Manuela Carmena,
actual alcaldesa de Madrid, de 74 años, se presentará a la reelección en
los próximos comicios municipales, que se celebrarán en mayo. Carmena
no liderará ningún partido político ni coalición, sino una Agrupación de
Electores. A esta lista podrán sumarse, eso sí, personas pertenecientes
a distintas formaciones políticas. El paso adelante de Carmena despeja la principal duda electoral
para las elecciones en Madrid y su confirmación hará que el resto de
los partidos políticos reordenen desde ya sus estrategias. Hasta ahora, ni PSOE, ni el PP habían designado candidato para el Ayuntamiento de la capital, a la espera, precisamente, de saber si la actual alcaldesa se presentaba a la reelección.
Carmena comunicará de forma inminente su decisión a Pablo Iglesias,
líder de Podemos, formación que facilitó su llegada a la alcaldía hace
cuatro años al frente de Ahora Madrid.
Fuentes del entorno de Carmena no
quisieron este sábado ni confirmar ni desmentir la información.
La Alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. ULY MARTINEL PAÍSManuela Carmena, nacida en Madrid en 1944, abogada durante 15 años
y juez durante 30, se presentó a las elecciones municipales de mayo de
2015, dentro de la citada Ahora Madrid, una coalición formada por
partidos de izquierda (IU y Podemos), movimientos vecinales y
asociaciones ciudadanas. Quedó segunda, por detrás de Esperanza Aguirre
(PP), pero, con el apoyo del PSOE, salió elegida alcaldesa en junio de
2015 , acabando con un dominio del PP en la alcaldía de Madrid de 25
años.Uno de los puntos fuertes de su gestión ha sido su lucha contra el tráfico y la contaminación, encadenando una serie de medidas urbanísticas y de normas municipales para restringir
el uso del coche en el centro de Madrid, fomentar la bicicleta y
ampliar el espacio del peatón. Las luchas internas entre diversas
facciones de su coalición también han caracterizado también estos años. La presentación de su candidatura a la reelección ha sido la principal
incógnita municipal desde hace meses. Y no era raro que en cualquier
entrevista que se le hiciera saltara la cuestión de si se iba a
presentar o no a la reelección.
HABLAMOS, EN EFECTO, del puente Morandi, de Génova,
o de lo que queda de él tras perder ese tramo que paradójicamente, sin
estar, salta a la vista. La imagen nos trajo a la memoria el espacio
vacío existente entre las neuronas, de cuya cobertura se encargan los
neurotransmisores. Gracias a esas sustancias químicas, las ideas viajan
de una neurona a otra. Cuando los neurotransmisores fallan, las ideas se
despeñan como se despeñaron los automóviles por esa grieta el 14 de
agosto último. Observen la distancia sináptica sobrevenida entre los dos
tramos que permanecen en pie y fíjense en el vehículo verde que se ha
detenido al borde del abismo al fallarle el transmisor de hormigón
encargado de facilitar el tránsito entre el pilar de la izquierda y el
de la derecha. He ahí un problema de mantenimiento. A las neuronas y a los puentes
conviene vigilarlos todo el día. No sabe uno por dónde empieza la
corrosión, la úlcera, el desgaste. A veces, por el vocabulario. O por su
ausencia. La ausencia crea en la masa gris túneles por los que primero
desaparece la sintaxis y después la arquitectura. Aquí asistimos a un
problema de arquitectura que provocó decenas de muertos, además de un
sinfín de viviendas destruidas con su secuela de gente desplazada. Pero
esa catástrofe que apreciamos fuera comenzó dentro, seguramente con los
recortes mentales provocados por lo que hemos venido llamando crisis y
que ya vemos que era otra cosa, quizá un modelo nuevo de relación con la
gramática y con la ingeniería financiera, entre otras. Descansen en paz
los muertos y las ideas con ellos abatidas.
Las islas pueden ser un paraíso para los caciques. En Lanzarote, una
agente del Seprona ha sido expedientada en cinco ocasiones por hacer su
trabajo.
HOY NO PUEDO permitirme florituras literarias. Es un asunto demasiado
grave y necesito todo el breve espacio del que dispongo para enunciar
siquiera el tema, que es muy largo. Porque larga es la persecución que
está sufriendo Gloria Moreno, sargento jefe del Seprona (Servicio de
Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil) en Lanzarote. Por otro
lado, no es una novedad. Seguramente ya han oído esta historia, y eso es
bueno. Debería convertirse en un clamor. Las islas, y más aún si son pequeñas y lejanas, pueden ser un paraíso
para los caciques. Y una prisión para quienes disienten. Al parecer,
todo el mundo sabía que en Lanzarote se cazaba habitualmente de manera
ilegal la pardela, un ave en riesgo de extinción, y que era un deporte
practicado por las élites del lugar con aparente impunidad. Al fin, en
2015, una gran operación policial detuvo a 19 personas cazando o asando
pardelas: grandes empresarios, propietarios de gasolineras e incluso un
agente de la Policía Nacional. Gente de poder. En la detención tuvo
mucho que ver la segoviana Gloria Moreno, que llegó a la isla en 2014. No sólo hizo eso Gloria; además se convirtió, por vez primera según las
organizaciones animalistas, en alguien fiable para gestionar las
denuncias por maltrato animal. Gracias a ella, los crueles dueños de un
perro llamado King pueden ser los primeros en entrar en la cárcel en
España por un delito así. Es una genia. Y bien, ¿le hacen la ola sus jefes por su trabajo impecable? Nada de
eso. En nueve meses, Gloria ha sido expedientada en cinco ocasiones por
sus superiores. Primera sanción (leve), por la queja del director del
Centro Isla de La Graciosa “por entender que la sargento no le había
tratado con la consideración debida” al preguntarle por el destino de
unos gatos. Segunda (leve), por “incentivar a una ciudadana a poner
queja” por unas denuncias de maltrato no cursadas. Tercera (grave),
porque, al regresar al trabajo tras la baja maternal, dio respuesta a
las protectoras de animales cuyas denuncias no habían sido registradas
(no comprendo que la sancionaran a ella en vez de a quienes no
tramitaron esas denuncias). Cuarta (grave), por solicitar copia de las
declaraciones de testigos en otros expedientes. Y quinta (muy grave),
por una queja del veterinario de la perrera de Arrecife cuando la
sargento investigaba denuncias contra él .
Por cierto que hace poco se archivó un proceso penal contra Gloria
iniciado por una queja de ese mismo veterinario, al constatarse que la
denuncia carecía de fundamento. Aun así, y pese a la poca credibilidad
de las alegaciones de este hombre, la sanción muy grave sigue su curso. Si la ratificaran, se la inhabilitaría durante seis meses y la
separarían dos años del Seprona. Pero un momento, que aún falta la
traca. En agosto, la Fiscalía ha pedido cuatro años de cárcel para ella y
tres de inhabilitación por supuesta falsedad en documento oficial. Y
eso tiene que ver otra vez con la pardela: cuando llegó a la isla,
Gloria recibió una información sobre un guardia civil que supuestamente
podía estar avisando a los pardeleros de los movimientos del Seprona,
información que comunicó, como es natural, a sus superiores. Y esos
superiores, que son los mismos que la están cosiendo a expedientes, no
dieron importancia al asunto y cerraron el caso. De esa fallida
investigación viene la petición de la Fiscalía. Hoy día (ya saben que escribo este artículo dos semanas antes de que se
publique), de las cinco sanciones, Gloria ha sido absuelta de dos, la
tercera ha caducado y están a la espera del recurso de la cuarta y de
que se termine de tramitar la quinta. Más el hachazo pendiente de la
Fiscalía. Me temo que el hecho de que sea mujer tampoco ayuda. Hay dos
estupendos reportajes que explican con amplitud esta historia increíble.
El suplicio de la agente que plantó cara a los cazadores de aves protegidas, de Elena Sevillano, en El País, y ¿Quién investiga en Canarias los delitos contra los animales?,
de Laura Ruiz, en eldiario.es. Léetelos: te quedarás tan horrorizado
como yo, y con la inquietante sensación de que la hermosa y acogedora
Lanzarote a lo peor es como Sicilia. No hay nada peor que una goda hablando de Canarias y sus habtantes. Antes de que usted escribiera todo este lio, los Conejeros sabían de lo que pasaba y aquí como en todas partes hay caciques y matan conejos con los coches ¿Lo sabía Usted?
Si comparamos el periodo 2000-2018 con sus equivalentes del XX y el XIX,
podemos congratularnos. Pero en muchos aspectos esta época es
reaccionaria.
EN ESTE 2018 han alcanzado o alcanzarán la mayoría de edad los
nacidos en el esperado y celebrado 2000. Los que en esa fecha tenían
diez años son ya adultos o deberían serlo (ya se sabe que el
infantilismo abarca hoy la vida entera). Pero gran parte de los vivos
tuvimos conciencia de que cambiaba el siglo, y aun el milenio (con doce
meses de antelación, pues la gente, fascinada por la redondez del
número, decidió que el giro se producía el 31 de diciembre de 1999, sin
aguardar a que transcurriera el 2000 completo, como correspondía). Cada
cual, dentro de sus posibilidades, procuró que fuera especial aquella
Nochevieja. Yo, aprovechando el dinero llovido de un premio literario o
de un golpe de suerte, invité a seis amistades a un precioso hotel de
Bath, en el sur de Inglaterra, a las que se unieron, para la cena, otros
dos amigos ingleses que se acercaron desde Oxford. (Me doy cuenta ahora
de que si incurrí en el dispendio —vuelo y estancia de varias noches—,
fue también porque entonces se gastaba con más alegría y porque nadie se
metía con uno ni lo criticaba por cómo se fundiera su dinero honradamente ganado; se fiscalizaba menos a las personas, se las espiaba menos, se las delataba y denunciaba menos.) Ha transcurrido suficiente tiempo del siglo XXI, en fin, como para
rememorar y echar un vistazo. Uno se da cuenta de que es mucho tiempo si
lo compara con el periodo 1900-1918. A los que lo vivieron les tocó una
época convulsa o más bien espantosa, en la que todo quedó patas arriba.
Hace exactamente cien años todavía no había acabado la Primera Guerra
Mundial, iniciada más de cuatro antes, en julio de 1914, de manera harto
estúpida. Como saben, esa Guerra ensangrentó Europa como nunca (que ya
es decir), y se calcula que murieron en ella unos 18 millones de
individuos. También en 1918, como colofón, se produjo la epidemia de la
llamada “gripe española”, que añadió más de 50 millones de cadáveres
repartidos por el planeta. Antes, en 1912, se había hundido el Titanic,
por mencionar algo que ha perdurado en la memoria colectiva. En realidad, para 1818 la larga dominación de Bonaparte había
concluido, y el Emperador se hallaba preso en la isla de Santa Helena,
donde moriría en 1821. Así que si comparamos 2000-2018 con sus equivalentes del XX y el XIX,
podemos darnos con un canto en los dientes. Al menos no ha habido
matanzas masivas ni guerras en nuestro continente, ni una plaga
demencial como la de la célebre gripe. Pero también es cierto que
aquella Nochevieja en Bath mis amigos y yo no podíamos imaginar que el
siglo XXI se desarrollara como lo viene haciendo. Aún estaban bastante
recientes la caída del Muro de Berlín (en 1989), el desmantelamiento de
la Unión Soviética, la improbable democratización de Rusia y la
liberación de los países del Este. No se habían producido los atentados
contra las Torres Gemelas, que lo trastocaron todo, ni por tanto las
Guerras de Afganistán y de Irak, la primera aceptada por la comunidad
internacional y la segunda no, gratuita, nefasta e impuesta por Bush Jr. Y si
retrocedemos cien años más, el periodo 1800-1818 es el de las guerras
napoleónicas, con sus millones de muertos y nuestro país invadido.
Nadie podía prever la virulencia fanática del Daesh, ni que en 2008
habría un elegante negro en la Presidencia de los Estados Unidos, ni un
fantoche blanco —o naranja— en 2016 . Ni que esos países del Este,
admitidos en la Unión Europea, se iban a revolver contra ella
convirtiéndose en autoritarios de extrema derecha coincidentes con la
falsa izquierda. Tampoco se vislumbraba una recesión económica como la
que afecta al mundo desde hace un decenio. Ni que políticos catalanes
iban a aspirar a un Estado propio intransigente, malversador y
totalitario, y a torpedear también la Unión Europea, lo mismo que el
zafio fascista Salvini en Italia —otro separatista en su raíz, lo cual
muestra cuán fácilmente éstos se tornan fascistas de manual en casi
todas partes—. Con todo, ya digo, podemos congratularnos. Pero lo que no esperábamos aquella Nochevieja era que tanta gente fuera a entontecer (aún más) masivamente. Que fuera a ser tan contradictoria, y a pedir a la vez libertades
absurdas (eliminar la gramática y la ortografía, por poner un ejemplo
inocuo pero especialmente idiota) y exigir regularlo todo y prohibir
mucho y censurar a mansalva. Que gran parte de la población viviría
abducida por sus pantallas y se vería impelida a opinar de todo, con o
sin conocimiento, casi siempre para echar pestes. Que esa gente sería
pusilánime y se sentiría “amenazada” hasta por una opinión disidente (y
aspiraría a suprimirla), y quemaría virtualmente —o no tanto— a cuantos
contrariasen sus convicciones. Que una porción de las mujeres decidiría
ver a los varones, en conjunto, como verdugos y enemigos, desatando la
desconfianza entre los sexos y el desinterés de uno por otro hasta
niveles desconocidos. Que demasiadas personas renunciarían a razonar y a
argumentar, y relegarían la verdad a un segundo o tercer planos, en
favor de sus creencias, supersticiones e irreales deseos. Ninguno preveíamos, en suma, que en tantos aspectos el siglo XXI sería
tan reaccionario y medievalizante.
Ojalá tome otra senda, para que el
periodo 2039-2045 no se asemeje en nada al de cien años antes.