José María Aznar y Mariano Rajoy, en julio de 2015 en el campus de FAES.SAGRARIO CAGIGASAFP
José María Aznar se ha ofrecido este martes a ayudar a reconstruir el
espacio del centro derecha, dividido ahora entre el PP y Ciudadanos,
sin volver a la política activa. El expresidente del Gobierno ha
alertado sobre la crisis del sistema de partidos, la amenaza del
independentismo en Cataluña y la falta de lideres que a su juicio hay
ahora mismo en España. Y ha resaltado, por encima de todo, que el
enfrentamiento entre el PP y Ciudadanos ha roto lo que considera uno de
sus grandes logros: haber unificado todo lo que había "a la derecha de
la izquierda" en un única marca electoral.
"El centro derecha español ha sido desarticulado", ha dicho el antiguo
líder del PP. "Lo que estaba unido ahora está separado y me parece que
desgraciadamente enfrentado", ha seguido, sin mencionar en ningún
momento al PP y a Ciudadanos. "La superación de esta situación es
fundamental. La reconstrucción de un centro derecha nacional es
indispensable para ver con confianza el futuro de España. Si se
estuviese dispuesto a ello, desde mi posición actual, y desde ninguna
otra, contribuiría con mucho gusto para que los españoles puedan tener
esa mayor garantía de estabilidad y de seguridad en el futuro", ha
subrayado. Y ha matizado: "Mi compromiso es con mi país, con España y
con los españoles. No tengo ningún compromiso partidario, ni me
considero militante de nada ni me siento representado por nadie".
Aznar también ha apuntado a la necesidad de reconstruir el PSOE
aprovechando su llegada al Gobierno. "Si yo estuviese en su lugar y si
piensan en el interés general de España, el acento lo pondría en la
reconstrucción de una izquierda nacional", ha dicho sobre el nuevo
presidente, Pedro Sánchez, aupado a La Moncloa tras una moción de
censura contra Mariano Rajoy. El interés del expresidente por reconfigurar el centro derecho ha
crecido en paralelo a su enfrentamiento con Rajoy, hasta este martes
líder del PP, y a su entendimiento con Albert Rivera, el presidente de
Ciudadanos. A principios de octubre de 2016, FAES, la fundación del
expresidente, rompió con el que fuera su partido tras 25 años actuando
como el motor ideológico de la formación conservadora. Esa ruptura
sirvió para escenificar el distanciamiento entre Aznar y Rajoy, dos
políticos que habían mostrado su sintonía durante décadas y que habían
pactado la sucesión al frente del PP. Ese choque soterrado entre los dos referentes de la formación conservadora ha quedado más que claro en la despedida de Rajoy. "He sido el único presidente que no ha negociado con ETA", ha
sostenido Rajoy, en la primera referencia velada al político que le
precedió al frente del PP. “He asumido mis errores y también los que no
eran míos”, ha añadido sobre los casos de corrupción protagonizados por
personas nombradas por Aznar. “Estaré a la orden de quien elijáis”, ha
rematado tras años conviviendo con las críticas de su antecesor. La detención del exministro Eduardo Zaplana motivó el último
enfrentamiento entre Rajoy y Aznar. Aunque Mariano Rajoy mantuvo al
expresidente de la Comunidad Valenciana como portavoz parlamentario
entre 2004 y 2008, con su detención el PP intentó convertirle en una
persona “del pasado”, ajena a la etapa actual y vinculada a Aznar. Este
ha recordado este martes que ya pidió la máxima dureza contra los
corruptos en el pasado, y ha dejado una advertencia: “Cada uno responde
de sus actos. Yo respondo de los míos del primero hasta el último. En
este momento, el silencio es una irresponsabilidad”.
Unas inocentes fotografías de Johnny Depp posando con fans durante la gira con su grupo de rock The Hollywood Vampires
han hecho saltar las alarmas. ¿Qué le pasa a Johnny Depp? La pregunta
que corre en las redes no hace referencia ni a su trabajo como actor o
músico, ni a sus recientes problemas legales o económicos. Ni tan
siquiera a las pataletas con las que destruyó más de una habitación de
hotel a lo largo de los años o a sus historias amorosas. Sus fans han
expresado su preocupación ante el aspecto tan desmejorado de la
estrella, pálido, sin gota de maquillaje. En las imágenes se le ve muchísimo más delgado que en su criticado paso por la saga de Animales Fantásticos. Pero este aspecto no acabó con la ilusión de una de las fans que posó
junto al actor que etiquetó la foto en Instagram diciendo que Johnny Depp
“se ve tan bien”. Pero las redes estallaron en comentarios ya que el
ídolo que posa a su lado es un pobre reflejo del que fue considerado dos
veces el hombre más sexy del mundo. En el mejor de los casos Depp, 54
años, recuerda a uno de los vampiros que dan nombre a su grupo musical. Las teorías de este drástico cambio en su fisonomía son muchas. Una es que se está preparando para unos de sus papeles con look icónico como el que creó para Piratas del Caribe. O un simple cambio cosmético sin maquillaje y sin su famosa línea en
los ojos. De hecho, a su paso por un museo de Moscú en la misma gira,
Depp presentaba mejor aspecto maquillado. Pero la constante vida de
excesos, drogas y alcohol muchas veces confesada a lo largo de su
carrera por él mismo ha hecho que sus fans se teman lo peor. “Mi héroe
parece enfermo”, tuiteó un seguidor. “Parece que le han quitado la
vida”, añadió otro. Los hubo más drásticos como el que preguntó en red
entre aspavientos y exabruptos eso de “¿Es este Johnny Depp?”
Depp, en Berlín en junio de 2018.GTRESONLINE
Entre los próximos estrenos del actor de Eduardo Manotijeras está la película Richard Says Goodbye
donde Depp interpreta a un profesor aquejado de una enfermedad
terminal.
Una trama que podría justificar su apariencia de no ser porque
el actor acabó ese rodaje hace casi un año.
De ahí que las
informaciones que circulan sobre su actual aspecto prefieran centrarse
en su afición a la bebida y a las drogas.
El propio intérprete dijo en
una ocasión eso de “soy un idiota y me he envenenado durante años”, una
supuesta adicción que en un momento de su carrera parecía controlada
pero que en los últimos años parece haber resurgido.
Ataques
El pasado noviembre, durante la gira promocional de Asesinato en el Oriente Express,
se presentó en varias ocasiones borracho. Y hace tan solo un mes
protagonizó uno de esos ataques violentos que han marcado su carrera
cuando intentó agredir a uno de los trabajadores del set de City of Lies,
otra de sus próximas películas. Además, están sus numerosos problemas
legales, que no solo han puesto en evidencia sus caprichos y la dudosa
economía de alguien que fue durante años uno de los actores mejor
pagados de Hollywood. Se habla de un Depp involucrado en actividades ilícitas con drogas y
enamorado del alcohol. Una de las denuncias la presentaron dos de sus
guardias de seguridad por impago. En ella también le acusan de
obligarles a hacer trabajos que no les correspondían como limpiar
rastros de droga de su rostro. La sustancia no es identificada en la
denuncia aunque su exesposa Amber Heard le describió en una ocasión como
un “cocainómano violento”. Los dos guardas de seguridad también argumentan en su denuncia que
tuvieron que conducir vehículos conteniendo sustancias ilegales y armas,
y que el ambiente en su lugar de trabajo cambió drásticamente una vez
que el último matrimonio de Depp comenzó a desintegrarse. La segunda
denuncia la presentó el propio actor contra sus exadministradores, a
quienes reclama 20 millones de euros y acusa de malas prácticas
profesionales.
Antonio Alcón dio hace unos años con un artículo sobre las
personas altamente sensibles con el que se sintió identificado y que le
llevó a investigar más sobre el asunto.
Estas personas perciben y
gestionan más información, lo que las lleva a vivir los estímulos de
forma más intensa.
Esto tiene ventajas: las PAS son conscientes de detalles
muy sutiles en su entorno.
También son reflexivas, intuitivas,
creativas, empáticas y cuidadosas.
Pero este rasgo, como cualquier otro,
también tiene sus inconvenientes: estas personas pueden ser muy cautas y
demasiado volcadas en su interior.
A veces se sienten desbordadas y
exhaustas por la sobreactivación que resulta, por ejemplo, de estar con
mucha gente o en ambientes muy ruidosos.
Un rasgo normal (y frecuente)
Aunque la etiqueta suene extraña, ser altamente sensible no
es ningún trastorno.
Y es más habitual de lo que parece.
Como escribe
Elaine Aron en El don de la sensibilidad, se trata de algo normal, “un rasgo básicamente neutro”.
Aunque a menudo se asocia este rasgo con otros como la
introversión y la timidez, Manuela Pérez, presidenta de la Asociación
Española de Profesionales de la Alta Sensibilidad, apunta que “tienen
similitudes, pero son diferentes entre sí”, hasta el punto de que un 30%
de las PAS son extrovertidas.
Una de las cosas que sí comparten estos tres rasgos es que
se tienden a ver de forma negativa en nuestra sociedad, como si se
tratara de defectos.
Se valora a la gente extrovertida, sociable y
despreocupada, lo cual está muy bien, pero no se ve con tan buenos ojos a
quien se muestra más sensible o necesita tiempo a solas, actitudes que a
menudo se ven como si se tuvieran que “curar”.
Como escribe Aron, “existe esa presión para hacer lo que
hacen todos, para ser normales, guardar las apariencias, hacer amigos,
satisfacer las expectativas de todos…”, que se nota especialmente en la
adolescencia y juventud.
Alcón explica que ha sentido esa presión a menudo, ya que
vivimos en una cultura “muy extrovertida.
Somos de calle y de
exponernos”.
Esto no es nada malo, pero hace que los PAS tengan la
sensación de “ir a contracorriente porque no te gusta lo que le gusta a
todo el mundo y parece que la cultura no te acepta”.
En resumen, “no
consigues encajar por mucho que lo intentes”.
Conocer los límites
Todo esto no quita que los PAS deban aprender sobre sí
mismos “y aplicar técnicas o procesos que nos ayuden a una mejor
adaptación al entorno o bien a sacar lo mejor de este rasgo.
Algunas
tienen que ver con la reformulación de creencias y otras con el
autocuidado, gestión de límites o la comunicación”, comenta Pérez.
Es decir, del mismo modo que una persona muy sociable
también ha de aprender a estar sola, una PAS tiene que buscar el punto
medio entre forzarse demasiado hacia afuera, (asumiendo muchas
responsabilidades, por ejemplo) y mantenerse demasiado hacia adentro.
Es
decir, a veces tiene a sobreprotegerse, “cuando en realidad lo que
anhela es estar fuera, en el mundo”, como escribe Aron.
La psicóloga
añade que “quizá lo más difícil de todo sea decidir hasta dónde
protegerse, hasta dónde forzarse”, sin dejar de valorar un rasgo que
“ofrece muchas cosas de las que carecen los demás”.
Por ejemplo, Alcón cuenta que hay sábados que le apetece
quedarse en casa con un libro y otros en los que va con sus amigos, pero
conociendo sus límites:
“A lo mejor llego un poco más tarde y me voy
antes”, cuenta. “Se trata de encontrar el equilibrio” y favorecer “un
entorno de confort en el que puedes ser tú mismo”.
Otra opción que Alcón tiene es verse también con otros PAS. A principios de febrero de 2015 organizó la Asociación de Alta Sensibilidad de Madrid, con el objetivo de conocer a más personas sensibles.
Hizo una convocatoria en la página MeetUp para un primer café y creía “que se apuntarían tres o cuatro.
Se apuntaron 40. No sabía dónde meter a tanta gente”.
Intentan reunirse en espacios tranquilos, “que nos permita escucharnos”
y, sobre todo, compartir sus experiencias.
No solo como PAS, claro:
“Tenemos vivencias y formas de ser muy diferentes”. Por eso también hay
grupos específicos para familias, personas LGTB+, mayores de 50 años…
Ya
llevan más de 100 encuentros.
“Quedamos por lo que nos une y
compartimos lo que nos diferencia”.
Gracias a este proceso de búsqueda de información, Alcón, jerezano de 38 años que vive en Madrid, sintió “serenidad -cuenta a Verne por teléfono-. Entendía por qué me pasaban muchas cosas y aprendí a gestionarlas”.
El hombre
que tomó la foto histórica de Robert F. Kennedy agonizando recuerda la
noche que acabó con las esperanzas de la izquierda de Estados Unidos en
1968.
Boris Yaro muestra la foto que le hizo a Kennedy agonizando, la semana pasada en su casa de Los Ángeles.P. X. S. | EPV
Durante meses, tan solo unas decenas de personas supieron realmente lo que le había pasado a John F. Kennedy. Apenas los que estaban delante cuando le reventaron la cabeza. Solo un pequeño grupo de colaboradores vio morir a Martin Luther King de un disparo lejano, cinco años después. Hay un par de fotos de King en el suelo. Pero en el asesinato del senador Robert Kennedy,
el 5 de junio de 1968, en el tercer gran magnicidio de los años 60 en
Estados Unidos, hubo cientos de testigos, televisión en directo y
decenas de fotógrafos . Boris Yaro era uno de ellos, y uno de los tres
que estaban delante de Kennedy en el momento de su muerte. La fotografía
que tomó es parte de la historia de Estados Unidos y su relato, un
viaje a la noche que enterró el idealismo del 68 norteamericano. Los aniversarios no son agradables para Yaro. Tiene 80 años y sufre las
secuelas de un ictus. Asegura que nunca le ha gustado mucho hablar de
aquella noche en la que ni siquiera tenía que estar allí. Junto a una
reproducción enmarcada de aquella foto, habla con dificultad en su casa
del norte de Los Ángeles. El martes 4 de junio de 1968 se celebraban las primarias demócratas de California, en las que Kennedy debía ganar a lo grande para poder disputar la nominación a presidente. En solo tres meses, había montado una campaña a la izquierda del ala
tradicionalista del partido, hablando a los pobres, a las minorías y a
los jóvenes que clamaban contra Vietnam, una guerra del presidente
demócrata Lyndon Johnson que se iba a llevar por delante al partido. Esa
noche, en el hotel Ambassador de Los Ángeles, sus seguidores se
preparaban para una fiesta. La jornada electoral había terminado. Yaro llamó a la redacción de Los Angeles Times
y le dijeron que se fuera a casa. “Hoy ya no vas a meter nada en el
periódico”, le dijeron. Eran las 9 de la noche, el primer cierre era a
las 10 y ya solo quedaban por hacer historias secundarias. Él vivía en
la Universidad del Sur de California, no lejos del hotel Ambassador. Decidió acercarse a la fiesta de Kennedy para hacer fotos. “Para mí”. Aspiraba a llevarse una foto de recuerdo del discurso de victoria.
Pero poco a poco revela que hay cosas que no
se olvidan nunca.
Cuando el resultado estuvo claro, justo después de medianoche,
Kennedy bajó de su habitación al salón donde le esperaban. Entró por la
cocina. Yaro estaba sentado sobre un frigorífico junto a un amigo del Pasadena Star News
llamado Richard Drew. Kennedy pasó rodeado de gente. Yaro tenía la
cámara en los ojos y no lo vio. “Y de pronto Richard me dice: ‘Boris, te
lo has perdido”. Kennedy había pasado por delante de ellos y se había
quedado sin foto. Después, el senador dio el discurso de victoria en un podio del salón
de fiestas. Había ganado en California y se iba a presentar en la
convención de Chicago dispuesto a voltear la convención demócrata. Cuando bajó, volvió a la cocina por donde había venido. Yaro, que estaba
delante del atril, fue tras él y llegó a tiempo de ponerse delante al
entrar en la despensa. En ese momento, Kennedy se paró a saludar a
trabajadores. Había decenas de personas a su alrededor. “La gente que
estaba en la zona de la despensa quería darle la mano, así que se paró”. De pronto, “el ruido”. “¿Pero qué es esto? ¿Petardos?”. Yaro todavía se
agita interpretando el momento.
Juan Romero, que hoy tiene 67 años, con la foto de Boris Yaro en la que aparece sujetando la cabeza de Kennedy.Jud Esty-KendallAP
Sirhan Sirhan,
un inmigrante palestino de 24 años, disparó ocho tiros de un revólver
Iver-Johnson calibre 22. Cuatro disparos impactaron en Kennedy. Otras
cuatro personas fueron heridas. La investigación determinó que Sirhan
era una especie de débil mental, obsesionado con matar a Kennedy y con
el apoyo de Estados Unidos a Israel, de donde su familia había huido
como refugiados (Sirhan cumple cadena perpetua en una cárcel de
California y asegura que no recuerda nada de aquella noche).
“Me di cuenta de que alguien le estaba disparando cuando vi la
pistola. Él levantó las manos para protegerse”. La gente se apartó y en
cierto modo dejó un pasillo para Sirhan, que se iba acercando mientras
disparaba, según lo reinterpreta hoy Yaro. Los primeros disparos los
hizo desde unos tres metros y el último a menos de un metro del senador. Para entonces, Kennedy estaba ya cayendo, con las manos protegiéndose
la cabeza.“Sirhan disparó hacia abajo”, gesticula Yaro, como si hubiera
sido un tiro de remate. La gente se echó sobre Sirhan en ese momento. Lo estamparon contra
una mesa y la pistola cayó de su mano, delante de Yaro. Asegura que la
agarró. “El mango estaba caliente, de haberla llevado en la mano mucho
tiempo”. Dice que entonces se la quitó de la mano el jugador de fútbol
americano Rosey Grier, que estaba allí como seguridad de los Kennedy. “No lo vi venir, estaba mirando el revólver y pensando qué iba a hacer
con él”. Grier contó después que él desarmó a Sirhan. Yaro se reafirma
en su versión.
“En ese momento, Kennedy empezó a caer al suelo lentamente. La gente
gritaba. Yo intenté abstraerme del ruido y concentrarme en la foto. Me
acerqué con la cámara”. Era una Nikon F con un objetivo gran angular de
24 milímetros. La película era Kodak Tri-X en blanco y negro, de
sensibilidad 400, forzada a 650. Debía ser suficiente para confiar en la
luz del salón de fiestas y dejarse en flash en el coche. “Quería luz
natural. En los sesenta eso era muy importante”. Hizo tres fotos en las que se ve a Kennedy de cuerpo entero en el
suelo, con un chico al lado vestido con el uniforme del hotel. Después
se acercó e hizo otras tres de la cara de Kennedy. El chico que aparece
en la foto se llama Juan Romero. Tenía 17 años. Era un inmigrante
mexicano que trabajaba de chico de los recados del hotel Ambassador. Sujetó la cabeza del senador con su mano derecha y trató de ponerle un
rosario en la mano. Antes de perder el conocimiento, Kennedy le preguntó: “¿Están todos bien?”. Yaro estaba a centímetros de esta escena cuando notó que le tiraban
de la manga. “Una señora me agarró del brazo y empezó a decir: ‘¡No haga
fotos!’. Me cabreé y le dije: ‘¡Maldita sea, señora, esto es
historia!’. Me quedé asombrado”. Salió de allí porque tenía que buscar
un teléfono y porque la señora gritando le dejó intranquilo. Había
estado en muchos tiroteos de la policía y no quería que empezaran a
requisar cámaras. Llegó a la sala de prensa, donde los teléfonos no funcionaban. No
había operadoras al otro lado. Finalmente, de camino al aparcamiento vio
una cabina y desde allí llamó a la redacción central de Los Angeles Times. Contestó al teléfono Bill Thomas, jefe de local. - Han disparado a Kennedy. - Lo sabemos. Le han dado en la pierna. - No, no. Le sale sangre de los oídos. Tengo fotos. - Ven inmediatamente.
“No recuerdo haber parado en ningún semáforo”. En la sede del
periódico, subió al tercer piso y le entregó el rollo a un fotógrafo del
laboratorio llamado Bill Murphy, que salió del laboratorio sujetando
copias de las dos versiones, una en cada mano. Luego, Yaro habló con un
reportero para contarle lo que había visto. “Entonces me metí en el
cuarto oscuro del laboratorio y me eché a llorar”. Se fue a casa a las
tres y media de la mañana.
En medio siglo no ha contactado con ninguno de los otros testigos o
supervivientes de aquella noche. “He intentado alejarme de aquello. No
es agradable”. Esa mañana, Yaro había votado por Kennedy en las
primarias demócratas. Por la noche, presenció su ejecución a bocajarro. Todavía se incomoda y suelta un insulto cuando se le menciona a Richard Nixon,
que acabaría ganando aquellas elecciones y del que también tiene una
foto en la pared de su casa, una especie de museo de las noticias del
sur de California. El pasado domingo, en Los Angeles Times, Juan Romero contaba
que él acabó de hablar con la policía a las 6:30 de la mañana del 5 de
junio. Volvió a su casa en autobús, aún con las manos manchadas de la
sangre que le salía a Kennedy por el oído derecho, perfectamente visible
en la fotografía de Yaro. Una señora delante de él estaba leyendo el
periódico, le reconoció y le preguntó si él era el de la foto. “Esa es
la primera vez que vi la foto. Y nunca quise volver a verla”.