Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

11 may 2018

‘Servantes’, ‘servantas’ y sosiego......................... Juan Cruz

Nos arrepentiremos de haber tenido la razón marcada con la luz del sentimiento.

 Mujeres se manifiestan en Madrid contra la desigualdad de género, el pasado 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres.
Mujeres se manifiestan en Madrid contra la desigualdad de género, el pasado 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres.
De la discusión nace la luz. No siempre. 
Goethe se murió reclamando luz, más luz, él creyó que no tenía tanta, y eso que aquel fausto hombre se había pasado la vida discutiendo.
 Con razón (y sentimientos) se discute ahora sobre el papel de las mujeres y el papel (mojado) de los hombres.
 La desigualdad dura siglos, de hecho hasta la Biblia pone a las mujeres en un lugar descendente y al hombre al mando de la nave.
Es una discusión global: ocurre en la España de los lutos y pasa en Suecia, en la difícil Inglaterra, en lugares claros de Estados Unidos y también en los sitios más oscuros de país tan contradictorio. Sucede en las fiestas donde el macho cree que lleva el alfa en la frente y pasa en los juzgados y en la calle. 
Ya era hora de que al hombre le sacaran tarjeta roja.
Puesta en circulación la estricta vigilancia que conviene a la lucha por la igualdad, habrá que buscar treguas que convengan a ambos lados para que la dicha de esa igualdad no sea también el trampolín para que, tras tanto ajetreo, unos sigan siendo más iguales que otros, o viceversa, y que cada uno (o una) tenga su ley según la cual el otro (o la otra) no sabe ni entiende porque no es de este mundo y además es facha (o bendito) y siempre lo será.
Viene a la memoria, como ejemplo, de desigualdad, la historia de los premios Cervantes.
 Los dan muchos hombres a muchos hombres (y a pocas mujeres). Se da uno al año (hasta que aquí pase lo del Nobel, ojalá que no) y la tradición impuesta (mal impuesta) es que cada vez lo gane alguien de un lado u otro del idioma.
 Correlativamente: español, hispanoamericano. Decía un colega: “Verás lo que pasaría si a alguien se le ocurre proponer que un año sea premiada una mujer y otro año sea premiado un hombre”. 
Por decirlo con la bella ese de aquel lado (y de Andalucía, y de Canarias), Servantes y Servantas. Dios, la que se armaría. Hasta el Quijote tendría vela en la discusión.
 Luz, hace falta más luz; es necesario cierto sosiego para que entre las armas (y las letras) que se dirimen en el tráfico actual de acusaciones mutuas entre más la razón que el sentimiento.
No se puede tener razón y sentimiento simultáneamente. 
Estamos en la era del sentimiento. 
Cuando entremos en razones nos arrepentiremos de haber tenido la razón marcada con la luz del sentimiento. 
Un sosiego es muy bonito.

 

¿Qué hay en las maletas de Cristóbal Toral?................... Juan Cruz Periodista

cristobal toral 
El artista retratado ante el óleo 'Composición en color y blanco y negro', de 2017.
HAY UN DESORDEN meticuloso, dividido por sectores perfectamente distinguibles, en el estudio que tiene Cristóbal Toral (Torre Alháquime, Cádiz, 1940) a media hora de Toledo.
Para llegar allí hay que surcar vastos dominios devastados por la dejadez que ha hecho de la zona un símbolo de la España vacía pateada por el escritor Sergio del Molino
 Y cuando se llega a la finca que ocupa este andaluz que vivió en cuevas con su padre y que luego ha hecho del arte su viaje vital, ya se sabe que aquí, en El Torcal, vive un artista.
Su mano ha marcado hasta el crecimiento de árboles poderosos, de riachuelos humildes pero insistentes, de plantas o pájaros cuyos nombres él conoce como cada una de sus maletas.
Equipaje acumulado para un proyecto de instalación en su estudio de Toledo.
Equipaje acumulado para un proyecto de instalación en su estudio de Toledo.

Ellas son la materia prima de su imaginación: ¿qué habrá habido dentro?
 El pintor las compra en subastas de grandes compañías de transporte.
 Y de esa curiosidad por su contenido se hacen las obsesiones que Toral lleva a los cuadros.
 Las maletas, dice, tienen tres vidas: “Les sirvieron a los viajeros, me sirven a mí para convertirlas en obras de arte y les sirven a los que compren mis cuadros o mis esculturas”.
Es sobrecogedor este espacio, y quita el aliento, de asombro, el lugar en el que coexisten indiferentes pero aún útiles sus compras sucesivas de infinitos y diversos artilugios de viaje.
 En el estudio ahora hay otra acumulación, el contenedor en el que introdujo todo tipo de detritus de la construcción coexistiendo con un ilustre habitante del pasado, el rey emérito.
 ¿El rey en el basurero, los restos de la civilización de lo cotidiano en el basurero? ¿En qué se convierte el mundo en sus manos?: 
“El pintor tiene que ser un testigo de su época, un notario. Por eso soy, más que un artista realista, un artista figurativo. Describo figuras, metáforas.
“Nunca se ha viajado tanto como ahora, y la maleta simboliza ese movimiento, ese ir nómada de un sitio a otro”
Aquí se acumulan los equipajes, los objetos de pintor (“pinturas caras, las baratas no sirven a la larga”), lienzos de todos los tamaños, pero sobre todo los grandes; aún tiene por allí el cuadro que hizo del papa Benedicto en medio de terroristas del ISIS, y hay al fondo un inquietante ataúd que es también como una maleta final, un mensaje, otra vez, figura real de lo que le espera al mundo…
Además, para concluir las metáforas del viaje en que consiste la esencia de su arte, en su casa de Madrid tiene a la vista todo tipo de calzado. 
Ahora está muy orgulloso de unas zapatillas para caminar cuyo par último se trajo de Estados Unidos.
La maleta es la reina omnipresente de los utensilios que le sirven para explicar su conciencia del arte.
 “Quiero convertirla en un icono de nuestro tiempo. Nunca se ha viajado tanto como ahora y ese objeto simboliza ese movimiento, ese ir nómada de un sitio a otro”.
Y no solo eso: las maletas no son, en este momento, tanto síntomas del placer de conocer otros sitios como exponentes de una necesidad dramática. 
“Las de los sin tierra, que viajan en patera con la intención de quedarse en el lado poderoso del Mediterráneo.
 Las humildes de los que quieren superar los muros, esa valla de Melilla que se pueden encontrar entre la miseria y la esperanza”.

Fotos, artículos de prensa y materiales de trabajo sobre la mesa del estudio.
Fotos, artículos de prensa y materiales de trabajo sobre la mesa del estudio.
Son “los contrastes muy crueles” que él también sufrió en su juventud, cuando su padre se quedó solo y los dos, padre e hijo, tuvieron que buscarse la vida en los aledaños de los pueblos, en las sierras, cuidando cabras.
 Y, ­simbólicamente, ¿qué hay dentro de las maletas que usted ­pinta o acumula en esculturas, en envoltorios gigantes? 
 “Hay”, dice Toral, “un contenido enorme, una presencia de la ausencia.
 En la nave de al lado de este estudio tengo cientos de ellas y cada vez que entro me emociono.
 Pienso en las personas que han podido tener ese equipaje, qué han llevado dentro, dónde han estado”.
 El viaje está dentro de la maleta.
 “El viaje, al fin y al cabo, es una trayectoria. Todos venimos de algún sitio y a otro sitio nos estamos yendo”.
—Ese ataúd también se refiere al viaje, claro…
—El final del viaje, sí.
 Está forrado de postales que indican por dónde ha viajado ese personaje, sus recuerdos, los zapatos que le han ayudado a caminar.

Podía haber sido, dice, un retratista de la realidad, de un membrillo, de un comedor perfecto, pero ha preferido detenerse en esos símbolos, 
“la realidad de esos pobres personajes que tienen que cruzar el Mediterráneo y se ahogan… 
Esa es la realidad: los éxodos, las guerras, el aspecto físico de una realidad social”.
“Viví en una pobreza muy acentuada, pero de gran riqueza a la vez.
 Tuve contacto con la naturaleza y la realidad”
Sobre su mesa de trabajo tiene una entrevista que Iker Seisdedos le hizo al profesor Benjamin Buchloh (EL PAÍS, 3 de marzo de 2016), en la que el gran historiador del arte ­critica, entre otras cosas, la banalidad de Jeff Koons. 
Toral está feliz de coincidir con él: “Al contrario de lo que afirma Koons”, resume Cristóbal Toral, “en el arte no todo es banal.
 Pues Koons había dicho que pintaba lo banal porque en el mundo todo es banal. 
No, el mundo es algo muy serio en el que ahora ­mismo están ocurriendo cosas muy serias.
 Y el artista ha de recogerlas. Leer eso me emocionó”. Y se levanta como si fuera a darle un abrazo a Buchloh
.
Él guarda las maletas que usa para contemplarlas, para darles nuevas vidas. 
Para seguir viviendo en ese mundo que es a la vez irreal y verdadero. 
De la obra de Toral decía el poeta y crítico José Hierro que tanta realidad terminaba pareciendo una fantasía, una borrachera de realidad. 
“Así es, esa es la magia del arte… En ese sentido me interesa mucho Edward Hopper porque aparentemente el mundo que representa es muy real, pero si te fijas bien tiene un surrealismo impresionante”.
La realidad, para él, vive en esos equipajes que almacena, y es sorprendente.
 “Es la imagen de la infinita espera que es la vida. Mira lo que decía Francis Bacon:
 ‘Todos partimos de la realidad, todo es realidad, incluso la imaginación”.
Fragmento de la instalación 'La abdicación de Juan Carlos'.
Fragmento de la instalación 'La abdicación de Juan Carlos'.

Se emociona ante los contenedores, ante los basureros donde se acumula innumerable tristeza, y se emociona también ante las vueltas que da la vida: de cabrero pobre a artista con varios estudios, viajero infatigable por un mundo que lo ha coronado. 
“No, no era tan pobre. Viví, es verdad, en una pobreza muy acentuada, pero de una gran riqueza a la vez porque me permitió tener contacto con la realidad y con la naturaleza. Suelo decir que tuve un bachiller virgiliano alrededor de la naturaleza”.

La vida en los infiernos de Agnetha Faltskog del grupo Abba

La fama de introvertida y con tendencia a la depresión persigue a la artista sueca, que se hizo famosa con el legendario grupo pop.

Agnetha Faltskog del grupo ABBA en una presentación en Londres en 2013. En vídeo, declaraciones de Agnetha Faltskog para la BBC en 2013. GETTY

A, la A de Agnetha (Faltskog) y de Abba, el legendario grupo pop sueco, es el título del disco publicado en 2013 por una de sus cantantes, la de la melena rubia.

 Fue una ocasión especial, porque lo promocionó en persona, dio una entrevista a la BBC y cantó en público, por primera vez en 25 años, en Londres, en un concierto organizado por Children in Need, la asociación caritativa de la propia cadena británica.

 Aunque Abba se separó en 1982, después de haber vendido cerca de 400 millones de discos, la fama de introvertida, su miedo a volar y supuesta tendencia a la depresión, persigue a Agnetha desde mucho antes.

 Ella asegura que no es “misteriosa ni tampoco está recluida; tal vez fuera la oveja negra del grupo y por lo tanto más fácil de señalar, solo eso”.

 Una leyenda avivada por las vueltas de su vida. 

Eso sí, ahora que la banda prepara una gira virtual, protagonizada por sus cuatro hologramas, ha preferido mostrar su alegría a través del único comunicado oficial del grupo. 

Nada de cámaras. 

Sigue tranquila en su granja de la isla de Ekero, en Estocolmo. 

“Hemos pensado que después de 35 años sería estupendo unir de nuevo nuestras fuerzas y grabar.
 [Una vez en el estudio] es como si el tiempo se hubiera detenido: una experiencia jubilosa”, reza la nota que anuncia la gira. 
Las declaraciones de Agnetha sobre su carácter son de la charla con la BBC, donde reconoce que la imagen que se tiene de ella no le parece ajustada. 
Una queja que luego ha repetido en otras entrevistas dentro y fuera de su país.
Componentes del grupo ABBA después de ganar Eurovisión en 1974. De izquierda a derecha: Benny Andersson, Anni-Frid Lyngstad, Agnetha Faltskog y Bjorn Ulvaeus
Componentes del grupo ABBA después de ganar Eurovisión en 1974. De izquierda a derecha: Benny Andersson, Anni-Frid Lyngstad, Agnetha Faltskog y Bjorn Ulvaeus getty
Se considera una mujer sencilla, así que con gran delicadeza afirma allí que en “Abba estábamos todos muy cansados, y después de nuestros divorcios no había razón para seguir juntos”. 
Estuvo casada entre 1971 y 1980 con Björn Ulvaeus, uno de los compositores de la banda.
 La otra pareja del cuarteto, formada por la cantante Anni-Frid Lyngstad, y el compositor Benny Andersson, también se separó un año después. 
En el curso de una década, el periodo de gloria de Abba, Agnetha se unió a Ulvaeus, tuvieron dos hijos, y se separaron. 
Y aunque ya era famosa en Suecia gracias su voz de mezzo soprano antes de la banda, su miedo escénico y a las multitudes, y su necesidad de preservar su intimidad marcaron su vida posterior.
Para superar el divorcio precisó terapia, pero la muerte de sus padres resultó casi insuperable. 
En 1994, su madre se suicidó, y ella dijo durante mucho tiempo que había sido un accidente.
 Dos años después falleció su progenitor. 
Ambas tragedias se produjeron en el largo periodo de silencio de la artista (entre 1988 y 2004).
 Luego tendría lugar el episodio más extraño y complejo de su biografía. Un camionero holandés, Gert van der Graaf, uno de sus admiradores más acérrimos, la persiguió durante varios años.
 En 1997, entablaron una relación íntima, que ella terminó en 1999. “Era tal su interés por mí, que pensé ¿por qué no?”, afirmó entonces.
 El problema es que Van der Graaf no se conformó y acabaron imponiéndole una orden de alejamiento por acoso.
 Deportado en el año 2000 a Holanda, volvió en dos ocasiones a Suecia, para ser apartado de nuevo.
El pánico a volar, de todos modos, es de siempre.
 En la medida de lo posible, solía ir por tierra mientras el resto tomaba un avión. 
En 1979, y durante una gira por Estados Unidos, su vuelo a Boston atravesó un tornado y tuvo que efectuar un aterrizaje de emergencia.
 Creyó que viajar en autocar sería más placentero, pero en 1983 el que la llevaba a una de sus galas en solitario en Suecia volcó en la autopista.
 Salió despedida, pero resultó ilesa. La búsqueda de tranquilidad se convirtió entonces en una obsesión, y ahora, en el terreno de su casa en Ekero, vive también su hija, con su pareja e hijos.
En su biografía, titulada Como soy (1997) intentó iluminar las zonas oscuras de su vida. 
Admite allí los buenos momentos con Abba, la victoria en Eurovisión en 1974,
 “la gratitud y sensación de humildad que produce verse aplaudido por masas de gente en distintos países”, y lo difícil que es ser una “leyenda del pop”.
 Si bien su canción favorita es The Winner Takes It All, compuesta tras su traumático divorcio, la vida en su granja, cantar a su ritmo y disfrutar de su familia, es hoy lo que más aprecia.


Sheela, la polémica cerebro de una inconcebible secta........ Laura Fernández

La exsecretaria del gurú Osho, célebre por una serie de Netflix, explica su vida y su paso por la cárcel en el festival literario Primera Persona.

Entrevista a Ma Anand Sheela, la protagonista de la serie documental Wild Wild Country.
En 1981 un pequeño pueblo de Oregón de tan solo 40 habitantes, jubilados en su mayoría, fue “tomado” por un puñado de hombres y mujeres vestidos de rojo.
 Provenían de la India y habían comprado, por orden de la secretaria del gurú al que seguían, un tipo de mirada perdida y barba abundante que se hacía llamar Bhagwan luego conocido como Osho (de quien quizá hayan visto sus libros súperventas de autoayuda en un aeropuerto), un rancho de 25.000 héctareas en el que planeaban construir una ciudad.
 La construyeron. Hicieron realidad su Shangri-la. 
Pero uno no puede escapar del mundo por el mero hecho de querer hacerlo.
 Y cuando se sintieron amenazados por los lugareños, empezaron a comprar propiedades en el pueblo.
 Se presentaron a las elecciones. Ganaron. 
El pueblo pasó a llamarse Rajneeshpuram.
 Lo siguiente fue intentar conquistar el condado.
 Ataques bioterroristas e intentos de asesinato mediante.

Wild Wild Country, la serie documental de Netflix de los hermanos Way que cuenta la historia de los rajneeshees, el auge, cisma y fin de la secta que perpetró el mayor ataque bioterrorista de la historia en Estados Unidos —una salmonelosis que infectó a 750 personas: una ciudad entera—, ha devuelto a Bhagwan, y, sobre todo, a su secretaria, la ambiciosa Ma Anand Sheela, despiadado cerebro y mano ejecutora de todo el asunto, la atención perdida. 

“No me arrepiento de nada. ¿Por qué iba a arrepentirme? Si no hubiera creado todo eso, estaría en una cocina y sin atreverme a pensar por mí misma”. 
 La que habla es la propia Sheela, que, convertida en una controvertida celebridad que fascina a quien ve la serie, ha dejado unos días su retiro en Zúrich, que en realidad no es tal —“sigo viviendo en una comuna, sólo que ahora es de discapacitados a los que ayudo”, dice: posee tres residencias—, para asistir al festival literario Primera Persona, que, con sedes en Madrid y Barcelona, propone un espectáculo en torno a la palabra y el testimonio.
Como buena estratega, alguien capaz de planear la adopción de vagabundos con el fin de convertirlos en ciudadanos del condado que pretendían conquistar para, una vez usados, abandonarlos en la ciudad más cercana, Sheela dirige cada pregunta hacia la respuesta que le interesa dar.
 Así, cuando se le pregunta de dónde salía el dinero —construyeron un aeropuerto, compraron aviones; levantaron carreteras, por las que circulaban los 17 Rolls Royce del gurú; crearon su propia policía, compraron armas para todos—, dice que, simplemente, eran “buenos para los negocios”.
 “Teníamos cafeterías, discotecas, y organizábamos un festival muy exitoso cada verano”.
¿Y qué opina de haberse convertido hoy en un icono feminista? Después de todo, fue increíblemente poderosa, e hizo lo que quiso, aunque lo hizo, en teoría, por un hombre.
 “No veo a Bhagwan como un hombre. Para mí era el dueño de mi corazón.
 Nunca competimos. Es algo que aprendí de mis padres.
 Hombres y mujeres estamos aquí para ayudarnos”.
Tampoco hace una sola referencia a su pasado. 
A cómo fue su vida antes de los 16, edad a la que conoció a Bhagwan, y en la que se enamoró “perdidamente” de él. 
¿Tiene alguna cuenta pendiente con la justicia? Fue condenada a 20 años, por un intento de asesinato, asalto de primer y segundo grado de funcionarios públicos, fraude de inmigración, escuchas telefónicas y el ataque bioterrorista de 1984.
 “Pasé 29 meses en la cárcel. Y no los viví como un castigo, sino como un aprendizaje.
 Aprendí a ser paciente, algo que me ha servido para lo que hago ahora. Estoy limpia”.
 ¿Y qué hay de su don para la estrategia? “No me considero una estratega. Todo lo aprendí de Bhagwan.
 Entendía la psicología humana al 100%.
 Quiso crear una comunidad capaz de vivir en armonía. Sólo ejecutaba sus órdenes.
 Y si lo hice bien fue porque soy como mi madre, capaz de cocinar para 20 en cualquier momento”, contesta. 
Parece una jubilada encantadora. 
Si la hubieran dejado, ¿habría llevado a uno de los suyos hasta la Casa Blanca? “Nunca pretendimos hacer carrera política, si nos metimos en política fue porque querían destruirnos”.
 La Sheela de hace tres décadas hubiera añadido un: “Y seremos nosotros los que acabaremos con ellos”.
 La de hoy, sonríe.