Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

1 abr 2018

Aspavientos de rectitud..................................Javier Marías

Deberíamos desconfiar de esta sociedad farisaica, encantada de sí misma y a la que le preocupa más su propia imagen que las calamidades del mundo.

UN GRAVÍSIMO ATAQUE de rectitud recorre el mundo, y España en particular.
 Esto sería bueno en principio, dados los delirantes niveles de corrupción de nuestros políticos y de la sociedad, que hace cuatro días los reelegía a sabiendas, una y otra vez.
 Pero cuando la rectitud no es resultado de un convencimiento estrictamente personal, sino algo sobrevenido, impostado y narcisista, y además se da en forma de arrebatos o ataques, constituye uno de los mayores peligros que acechan a la humanidad. 
He dicho “narcisista” y es así, o así lo veo yo.
 Otros prefieren utilizar el neologismo “postureo”, viene a ser lo mismo. 
El exceso de rectitud afecta a todas las capas sociales y a todas las ideologías, derecha, centro, izquierda, populismo o demagogia; a los tertulianos, a muchos columnistas y actores y actrices, escritores, cantantes e historiadores, y sobre todo a individuos desconocidos que creen haber dejado de serlo gracias a las redes y a sus plataformas.
En la discusión de hace unas semanas sobre la “prisión permanente revisable” o más bien “cadena perpetua hasta nueva orden”, los partidos enfrentados en el Congreso escenificaron sus histriónicos alardes de rectitud.
 Los que defendían su mantenimiento se mostraban como dechados de compasión hacia las víctimas y sus familiares, a los que no tenían reparo en utilizar con obscenidad.
 Los que abogaban por derogarla representaban, con más exageración que convicción, la rectitud de quien cree en la redención de los pecadores por encima de cualquier cosa, de quien sostiene que nadie hay intrínsecamente malvado y que a todos se nos puede rehabilitar.
 Ambas posturas merecen tomarse en consideración, no digo que no.
 Lo que casi las invalidaba en ese debate era la forma aspaventosa y espúrea de presentarlas, la carrera por ver quién se alzaba con el trofeo a la rectitud. 
No muy distinto es lo sucedido con la muerte del niño almeriense Gabriel Cruz.
 En las televisiones —repugnantes la mayoría— se libraba una competición para dilucidar qué presentador u opinador estaba más indignado, desolado y dolido.
 Y qué decir de las reacciones tuiteras de la gente: sus comentarios no iban a llegarle a la presunta asesina, así que el único verdadero sentido de los insultos, exabruptos y maldiciones era la recompensa y autocomplacencia de quienes los proferían. 
También similar ha sido la reacción de muchos ante la muerte de un mantero en Lavapiés, en Madrid. 
Incluso después de deshacerse el malentendido (no: malintencionada tergiversación) de que la policía le había provocado un infarto al perseguirlo, la “virtud” mimética se apoderó de políticos y tertulianos, que decidieron que lo que quedaba bien, lo más recto, era continuar atribuyendo su muerte a la xenofobia y al capitalismo, en abstracto.
 Sí, claro, cualquier persona pobre, excluida, desempleada, es, en sentido amplio, víctima del sistema.  
Pero no se organizan incendios y disturbios por cada una que fallece, y a fe mía que son millares.
 ¿Cuándo el noble afán de rectitud se convierte en exceso siniestro? En mi opinión es muy fácil detectar la frontera, y lo habitual de estos tiempos es que grandes porciones de la población la traspasen inmediatamente, casi por sistema.
 La rectitud —el concepto que cada cual tenga de ella— debería atañer tan sólo a nuestro comportamiento individual, es decir, a nuestro propósito de no hacer esto o lo otro, de regirnos por unos principios o normas más bien intransferibles y ceñirnos a ellos en la medida de lo posible.
 El exceso se da en cuanto alguien no aspira tan sólo a eso, sino a que los demás adopten su código particular y comulguen con él, por las buenas o por las malas.
 Entonces el recto se convierte en censor, en prohibicionista, en inquisidor y en dictador 
Ese recto en exceso no se conforma con no fumar ni beber ni drogarse, no ir de putas ni a los toros, no ver porno y proteger a los animales, sino que pretende que nadie fume ni beba ni se drogue, etc, y que cada represión suya sea aplaudida y ensalzada.
 Lo mismo que quienes antaño pretendían que todo el mundo fuera a la iglesia y nadie pudiera fornicar ni ver porno, etc.
 Es probable que López, Marqués de Comillas, no mereciera la estatua que desde hace siglo y pico tenía en una plaza de Barcelona, pero la alcaldesa Colau fue incapaz de enviar a unos operarios para retirarla sobriamente, sin más: su exhibicionismo la llevó a organizar una kermés con juglares, bailarines, títeres y batucadas, lo cual delata que no le importaba tanto la injusticia a la que ponía fin cuanto cosechar una ovación, escenificar su rectitud chirriante, y con jactancia decirse: 
“Pero hay que ver qué bien quedo, mecachis en la mar”. 
Hoy, no cabe duda, se encuentra un desmedido placer en escandalizarse y en indignarse, y cuando anda por medio el placer —en lo que sólo debería provocar consternación—, es preciso desconfiar. 
Lamento decirlo, pero, con las excepciones que quieran, veo una sociedad farisaica, encantada de sí misma y más preocupada por la figura que compone ante su propio espejo que por las infamias y calamidades del mundo ante las que se subleva supuestamente.
 Es como si, más que ocuparse y dolerse de ellas, en cada ocasión se preguntara: 
“¿Qué postura nos conviene ahora, para mejor presumir?” 


 

31 mar 2018

Del amor y la desgracia................................... Elvira Lindo

Con los hijos la vida cambia, pero también deseas recuperar a la mujer que fuiste.

El Parque del Retiro, cerrado al público.
El Parque del Retiro, cerrado al público. EL PAÍS

Mañana de sábado en la peluquería, tratando infructuosamente de esquivar la atracción del papel couché con el libro en el que ando inmersa estos días, El nudo materno, de la escritora neoyorquina Jane Lazarre.
 Pienso en el retraso que llevamos en España en cuanto al cuestionamiento del mito de la maternidad, que tan pernicioso ha sido para quien tiene un hijo por vez primera.
 El nudo materno fue escrito en el 76 y en el 79 The New York Times ya lo reseñaba como un clásico.
 Advertía el crítico de que la visión de la madre unas veces ideal otras castrante retratada desde la ficción o en ensayos psicológicos solía tratarse desde el punto de vista de los hijos.
 

Lazarre escribió la experiencia en primera persona: Jane, estudiante de antropología, hija de una cultivada familia judía de Nueva York, se une sentimentalmente a un hombre negro (la cuestión racial pesa en la narración), decide tener un niño y narra sus pensamientos obsesivos desde el momento en que lleva la orina en un bote de refrescos para el test hasta que el crío tiene dos años y ella comienza a sentirse liberada de ese lazo que inunda su cabeza de sentimientos contradictorios en los que confluyen la angustia paralizante y el amor incondicional de la mítica ”buena madre”, donde solo caben la generosidad y la dosis de masoquismo que el resto de las mujeres imperfectas no seríamos capaces de asumir.
“La mayoría de nosotras”, escribe Lazarre, 
“no somos como ella. Por mucho que lo intentamos, cuando nos acosan las dudas mientras estamos a solas con nuestros hijos, nuestros auténticos yos vuelven una y otra vez, nos acechan.
 Aún así, queremos tener hijos.
 Y los amamos desmedida e intensamente como esta 'buena madre', si es que existe”. 
Qué bien nos hubiera venido esta caligrafía fundamental a aquellas que en algún momento hemos escrito sobre los tormentos que atenazan esto que se describe como la experiencia que te cambiará vida.
 Cierto que la cambia, pero también que deseas recuperar a la mujer que fuiste, a no ser, como ya digo, que te asista una voluntad de renuncia a cualquier otra faceta que no sea la de ser madre. 
Me pregunto cuántos lectores varones sentirán curiosidad por este libro testimonial que la poeta Adrienne Rich calificó de original e importante:
 “No puedo imaginar que, al leerlo, una mujer no se conmueva o un hombre no se sienta deslumbrado”. 
Sería un buen indicio que algunos hombres vieran en un libro sobre la maternidad algo más que un manual de obstetricia, psicología o una experiencia de interés exclusivamente femenino.
 Hay madres que prolongarían para siempre ese tramo de la vida en el que el hijo depende por completo de su cuidado; hay otras que lo aman más cuanto más lo conocen y que celebran los signos progresivos de independencia del niño como una liberación mutua. Leo y pienso. 
Leo y observo. A mi lado hay una joven con un bebé de días asistido por la abuela. 
Es una recién nacida tan plácida que sospecho que no es la primera de esta madre.
 De pronto, suena su móvil y contesta. Es la policía. Lo sé porque ella va repitiendo en voz alta lo que le están diciendo.
 Le están diciendo que su niño está en estado crítico
 Las manos de la joven tiemblan y la niña casi se le escurre de los brazos. La abuela se hace cargo de la nieta.
 Todas las que estamos allí las rodeamos.
Las peluqueras y yo, que soy la última clienta. Son cerca de las dos de la tarde.
 Me viene la imagen de la noche anterior cuando me levanté asustada por el ruido del viento y me asomé a la calle. La madre grita, “pero esto no puede ser, esto es absurdo, pero ¿cómo que un árbol?”.
 Se ha perdido la comunicación con la policía, pero una peluquera la recupera: la ambulancia del Samur y la policía pasarán por la puerta a recogerla. 
Hay algo que todas sospechamos pero que nadie dice.
 Hay ojos llorosos, incredulidad y esos temblores de frío que solo provoca la desgracia súbita.
 La joven se desploma y cuando la sientan en una silla se pone rígida, los brazos abiertos, muy separados del tronco.
Habla para ella misma, habita ya en el universo de la desgracia. 
La alegría de mi vida, dice con los ojos espantados, pero si es la alegría de mi vida.
 Ya sabemos que el niño tiene o tenía cuatro años, que paseaba por el Retiro con su padre.
 La pobre abuela abraza a su hija, trata de devolverla al mundo, de serenarla.
 Un policía entra, toma con delicadeza a la bebé en sus brazos. Un psicólogo desciende de la ambulancia.
 Los gritos de la madre paralizan la calle.
 Nosotras, y ahora los vecinos, asistimos a la escena en silencio, como un cortejo fúnebre.
Paseo estos días bordeando el Retiro cerrado. 
 La visión del parque de la felicidad me devuelve cada día esta escena brutal. Pero no quiero evitarla. Es un acto de amor.
 Ojalá, dice Lazarre, las madres aprendiéramos a amar a los niños de otras mujeres. 

 

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