Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

25 mar 2018

A ver si le dejan crecer................................Juan José Millás.......


A ver si le dejan crecer

A ver si le dejan crecer
Juan José Millás  
EL MUNDO ES uno de esos lugares a los que hay que acostumbrarse.
 No se llega al mundo como el que llega a casa por la noche, después de una dura jornada de trabajo. 
No se entra en la realidad como en la cocina propia, donde a uno le reconfortan los olores de las verduras o de las especias que utiliza para el estofado.
 El mundo, digámoslo rápido, no es un lugar familiar, sino un espacio extraño, incluso hostil al que, con suerte y habilidad, y si no nos destruye él antes, acabamos conquistando. Significa que no somos de aquí.
 Pero si no somos de aquí, ¿de dónde? Fíjense en la foto.
 Aparecen en ella tres adultos que, evidentemente, por sus gestos, ya se han acostumbrado al mundo. 
Actúan con la naturalidad con la que se movería en la cárcel un preso veterano, en la montaña un alpinista, o en la central nuclear un ingeniero. 
Nada les extraña, y eso que pertenecen a un equipo sanitario de la Media Luna Roja. 
Quiere decirse que se pasan la vida sofocando hemorragias, cosiendo y descosiendo cuerpos, extrayendo balas, vendando cabezas. Ahora se encuentran atendiendo a un par de críos durante la evacuación de enfermos de Guta Oriental, en Siria.
Pero a lo que íbamos.
 Observen la expresión del niño sentado en el centro en la imagen. Si se fijan, no está asustado, sino extrañado, como si acabara de aterrizar en Marte. ¿Qué lugar es este?, parece preguntarse. 
No ese lugar concreto, sino el mundo en general. ¿Qué lugar es el mundo? Crecerá, si no le alcanza antes una bomba, y acabará acostumbrándose o fingiendo que se acostumbra.
 Es lo que tarde o temprano hacemos todos. 

El mayor misterio de la humanidad ...................Rosa Montero..

Un rosario de hallazgos en los últimos 20 años nos ha obligado a cambiar las egocéntricas teorías que sobre los neandertales manejamos durante siglos.
 
Tengo en mi despacho la foto de la cabeza de un hombre de unos 40 años. 
Su cráneo rasurado está teñido con un pigmento rojo y luce un bonito tocado de plumas de ave. 
Dos largas espinas decorativas le atraviesan elegantemente las orejas.
 Una raya de pintura negra desciende por la mitad de su frente y cubre el puente de su gran nariz.
 Sus ojos son suspicaces y orgullosos, y de su rostro perfectamente afeitado emana una impresión de fuerza y de poder. 
Podría ser cualquier gran jefe indio de las praderas americanas. Pero no.
 Es la reconstrucción de un cráneo de neandertal a la luz de las nuevas evidencias científicas.
Durante siglos, con el pomposo egocentrismo que nos caracteriza, hemos visualizado a esos otros Homos, los neandertales, como bestias hirsutas, feas como demonios y patizambas; muy parecidos, en suma, a como imaginamos ahora a los ogros, a los yetis y a todas esas criaturas legendarias que en realidad no son sino la huella mítica del recuerdo real de aquellos primos. 
Hasta hace muy poco creíamos que esos brutos no sabían hablar y no nos extrañaba que se hubieran extinguido de un plumazo cuando nosotros, lampiños, inteligentes y bien plantados, salimos con paso alegre de África camino de la gloria.
 Pero en los últimos 20 años una cascada de descubrimientos nos ha ido hundiendo el ego en la miseria. 

Hoy sabemos que hablaban y que tenían nuestra misma capacidad craneal, la misma inteligencia.
 Durante cierto tiempo intentamos atrincherarnos en la estética: sostuvimos que habíamos sido nosotros, los cromañones, quienes empezamos a fabricar adornos.
 Me encantó esa teoría; era emocionante que los sapiens nos hubiéramos salvado de la extinción gracias a necesitar esa cosa tan inútil que es la belleza.
 Pero la alegría duró poco; enseguida se encontraron collares de conchas en los asentamientos de nuestros primos.
 Estaban tan heridos por la belleza como nosotros.
Se sabe que hemos coincidido con los neandertales, que nos emparentamos y tuvimos sexo e hijos.
 Entre el 1% y el 4% de nuestros genes (salvo en los subsaharianos) proceden de ellos.
  Como no todos hemos heredado los mismos rasgos, sumando a unos y otros conservamos entre un 20% y un 30% de genes neandertales.
 Su herencia nos predispone, entre otras cosas, a la depresión y a las adicciones.
 Yo, que fumé durante 20 años tres paquetes de tabaco al día, debo de tener una abuela neandertal de armas tomar.
 Ha habido otras especies humanas, como el Homo denisovano o el de Flores, pero los neandertales han sido los más importantes, porque duraron más de 200.000 años (una proeza: recordemos que la escritura y nuestra historia empezaron hace solo 6.000 años).
 Ahora acaba de hacerse un descubrimiento colosal: una nueva datación en las pinturas rupestres de tres cuevas españolas han demostrado que fueron hechas por neandertales hará 65.000 años. Son las obras de arte más antiguas del planeta, y no son nuestras. Sí, nos parecíamos mucho.
 Y se extinguieron. Ah, qué inquietud. 
Si nada nos diferencia, podríamos extinguirnos nosotros también.
El enigma de la desaparición de los neandertales se está convirtiendo en el mayor misterio de la humanidad. 
Apunta Yuval Noah Harari en su brillante ensayo Sapiens que fue la capacidad de crear ficción lo que nos hizo triunfar como especie. Una preciosa explicación aunque, la verdad, no me la creo: me imagino muy bien a mi abuela neandertal contándoles historias a sus nietos en la hoguera.
 A mí me convence más una profesora norteamericana, Pat Shipman, que hace un par de años expuso una teoría que me deslumbró. 
Verán, los neandertales eran más robustos que nosotros y necesitaban más cantidad de alimentos.
 Cuando se extinguieron estábamos en plena glaciación; no solo escaseaba la comida, sino que de repente habían aparecido unos extranjeros que hacían algo muy raro: se aliaban con los lobos para cazar.
 Humanos y perros formamos un equipo depredador de formidable eficacia, tanta que la fórmula sigue vigente. 
Probablemente fuimos una especie de arma letal por carambola: 

acaparamos la comida y los matamos de hambre. Así que ni más listos, ni más artistas, ni más sofisticados: nos salvaron los perros. Somos poca cosa. 
Y desagradecidos.

Buen camino para el asesinato................... Javier Marías....

El arte no es lo mismo que la vida real, en la que todos deberían tener la oportunidad de educarse y trabajar. El arte depende de cada individuo.
Los siete magníficos de 1960 no era un western muy bueno, pero sí simpático.
 Inferior a otros de su director, John Sturges, era una adaptación, trasladada a México, de Los siete samuráis de Kurosawa.
 Entre los siete, capitaneados por Yul Brynner vestido de negro, estaban algunos actores principales o secundarios que después alcanzaron la fama: Steve McQueen, James Coburn, Charles Bronson y Robert Vaughn (éste sobre todo en la serie El agente de CIPOL), todos más bien blancos.
 En 2016 se hizo un remake poco apetecible con Denzel Washington, pero una noche perezosa lo pillé en la tele y le eché un vistazo.
 En seguida me desinteresó, porque los siete de ahora eran totalmente inverosímiles, como un viejo mural de la ONU representando a las razas del globo.
 Aparte de Washington, negro, había un hispano o dos, un asiático, un indio o “nativo americano” y no recuerdo si alguien con turbante (puede que lo soñara luego). 
Esto, de manera artificial y forzada, sucede cada vez más en el cine y en las series estadounidenses, y va ocurriendo en las británicas. 
Si hay un equipo de policías, suelen componerlo un par de negros o negras (por lo general son los jefes), alguna asiática, un hawaiano, un inuit, varios hispanos. 
Si la banda es de criminales, la diversidad racial se relaja: pueden ser todos blancos, y además fumadores, puesto que son “los malos”. 
Desde la penosa ceremonia de los últimos Óscars hemos sabido a qué se debe esa convención cuasi obligada.
 La sexista actriz Frances McDormand hizo ponerse en pie sólo a las mujeres nominadas (imagínense que un actor hubiera invitado a lo mismo sólo a sus colegas masculinos: se lo habría bombardeado por tierra, mar y aire), lanzó un discurso y concluyó reivindicando la “Inclusion Rider”.  

Como nadie sabía qué era eso, se multiplicaron las consultas en Internet y a continuación ha habido un aluvión de elogios tanto a la sexista McDormand como a esa cláusula opresiva que los artistas con poder pueden imponer en sus contratos para dictarles a los creadores (guionistas, adaptadores, directores) lo que tienen que crear.
 Porque esa cláusula exige que, tanto en el reparto como en el equipo de rodaje, haya al menos un 50% de mujeres, un 40% de diversidad étnica, un 20% de personas con discapacidad y un 5% de individuos LGTBI.
 Con ello se quiere “comprometer” a la industria a que muestre en sus producciones “una representación real de la sociedad”, y a que éstas “reflejen el mundo en que vivimos”. 
Uno se pregunta desde cuándo el arte está obligado a tal cosa.
 La exigencia recuerda a la de los retrógrados que reprochaban a Picasso no plasmar la realidad “tal como era”.
 O a los que criticaban a Tolkien por evadirse en ficciones fantásticas. 
 Huelga decir que, con esos porcentajes, nunca se podría haber filmado El Padrino ni La ventana indiscreta ni Ciudadano Kane ni casi nada.
La iniciativa de la efímeramente famosa “Inclusion Rider” al parecer se debe a Stacy Smith, profesora de una Universidad californiana, la cual se molestó en mirar con lupa, lápiz y papel novecientas películas estadounidenses de entre 2007 y 2016, y en indignarse al computar que el 70,8% de los personajes eran blancos, frente a un 13,6% de negros —que, dicho sea de paso, es justamente la proporción de la población de esta raza en su país— y un 3,1% de hispanos.
 Más indignante aún: insuficientes personajes homosexuales y transgénero.
 También comprobó con espanto que en los guiones hablaba una mujer por cada 2,3 varones parlanchines. 
Y añadió furiosa: “Las películas no dan a todo el mundo la misma oportunidad de aparecer en ellas”.
 Uno se pregunta por qué habrían de hacerlo. 

El arte no es lo mismo que la vida real, en la que, en efecto, todos deberían tener la misma oportunidad de educarse, trabajar, ganar dinero y demás.
 El arte depende de cada individuo.
 Cada novelista o dramaturgo escribe sobre lo que lo inquieta o atrae o conoce, cada pintor pinta lo que le parece o le inspira; y, si bien el cine es una industria, su éxito depende en gran medida de los que inventan, y a éstos, desde la defunción de la Unión Soviética y otros sistemas totalitarios, se les ha garantizado plena libertad… hasta hoy. 
“Exigimos más personajes femeninos”, se oye con frecuencia en la actualidad, “y además que sean fuertes, inteligentes, positivos y de lucimiento”. ¿Y por qué no los escriben ustedes a ver qué pasa —dan ganas de contestar—, en vez de forzar a otros a que creen historias ortopédicas y falsas, de mera propaganda, tan increíbles como las hagiografías que propiciaba el franquismo en nuestro país? Mutatis mutandis, es como si se pidieran más Fray Escobas y Molokais, sólo que los santos de hoy han variado.
Si en mis novelas se me impusieran semejantes porcentajes (dos de ellas cuentan con protagonista y narradora femenina, y en todas aparecen mujeres, pero no negros ni asiáticos ni personas transgénero, porque no están en mi mundo y sé poco de ellos), nunca habría escrito ninguna.
 Si de lo que se trata es de eso, de que se acabe el arte libre y personal, no cabe duda de que cuantos aplauden a la sexista McDormand están en el buen camino para asesinarlo. 

24 mar 2018

Redes de frivolidad............................................ Boris Izaguirre

El sino de este tiempo es que vamos abocados a lo imposible.

El rey Mohamed VI y la princesa Lalla Salma en el aeropuerto de Rabat en 2014.
El rey Mohamed VI y la princesa Lalla Salma en el aeropuerto de Rabat en 2014.

 

Siempre he tenido problemas con Facebook. Al principio me fastidiaba que fuera tan celoso con su seguridad, haciéndote pasar por infinitas preguntas y hambre de datos.
 Entonces creía que todas esas medidas servían para proteger mi intimidad.
 Yo, que vivo de analizar la intimidad de otros y de ventilar la mía de mil y un maneras, no encajaba bien tanta vigilancia, tanto código.
 Ahora ya sabemos cómo se comerciaba con esos datos.
Vivimos en un mundo dirigido por el dato.
 Y una confusión de datos sobre su currículo académico ha puesto en aprietos a Cristina Cifuentes y los que ella ha aportado en su defensa podrían ser insuficientes.
 Pero hemos podido datar su aplomo ante la situación y ese dejar caer el dato de que todas estas noticias podrían ser parte de una emboscada.
 El dato es tecnológico y el sentimiento analógico.
 El descubrimiento de la manipulación de Facebook, por la que su fundador ha tardado cinco días en dar la cara y ha perdido casi tantos millones de dólares como millones de usuarios vieron violados sus datos personales, nos deja perplejos y vuelve a poner el dedo sobre si somos ingenuos de nacimiento, por convicción o por rutina. 
Una red social que nace de la nada y se convierte en un gigante casi invencible, no puede ser una santa.

 Está en su tecnológico ADN el querer explotar a cambio de dinero su inmensa influencia.
 Aunque ahora se le pueda llamar Fakebook y se acuse de frivolidad a las redes, al final, todos seguiremos subiendo fotos a Instagram y atacando a desconocidos en nuestros muros. 
 Ya no podemos vivir sin ello.
Otra adicción es la espera. 
Más que un tiempo de tormentas, empiezo a sentir que vivimos un tiempo de espera. 
Esperamos porque al fin haya gobierno en Cataluña y esperamos que Urdangarin y su socio tengan una sentencia definitiva
Según la Fiscal sabemos que “eran el motor del proceso delictivo”. Ahora han confirmado que lo sabremos antes de un mes. 
No se quien sufre más con estas esperas, si los encausados o nosotros los contribuyentes.
 Como exguionista de telenovelas, recuerdo que mi tarea era la de enredar todo lo posible el débil hilo argumental porque así se atrapaba y atraía a más espectadores.
 Estábamos entrenados a imaginar cualquier cosa para que la tensión no cediera.
 Y cuando al fin lo hacía, era siempre un final feliz.
 Con el caso Nóos, al igual que con el procés y el Brexit, pareciera imposible un final feliz, pero ahí esta la razón de su tensión: volver ese final algo que nunca suceda. 

Mark Zukerberg el pasado mes de abril en California. 
Mark Zukerberg el pasado mes de abril en California. REUTERS
Podría ser el sino de este tiempo: vamos abocados a lo imposible.
 Lo que nunca sucederá. Por eso nos sorprende, según informa ¡Hola!, el divorcio del Rey Mohamed VI de Marruecos.
 Recordemos que al casarse, Mohamed VI disolvió el harén real, que es un poco lo contrario de lo que hacen muchos maridos.
 En Miami hay un barrio llamado El Design District, construido para albergar la mayor cantidad de tiendas de lujo de esa parte del mundo.
 Mientras lo recorres, con un inusual paso lento, observas como esas tiendas están completamente vacías pero llenas de cosas caras.
 Solo las habitan maniquíes y vendedores con sonrisas congeladas. 
Si entras, se esfuerzan por hablarte y te cuentan que el rey de Marruecos, el ahora supuestamente divorciado Mohamed, “acaba de marcharse, después de gastarse miles de dólares”.
 Así, y con los latinos ricos, imagino, se mantienen esas tiendas.
 Por eso, tras la noticia del divorcio real, llamé a un amigo que trabaja en una de ellas y le pregunté si en su último dispendio, el monarca compró algo para Lalla Salma.
 “Yo solo le enseño ropa de hombre”, me respondió. “Y no paga en cash.
 Con él viene un señor, muy alto, que entrega una tarjeta de presentación para que llamemos y resolvamos la cuenta. No es necesario el datáfono”. 
 Sin necesidad de compartir ese dato en mi muro de Facebook, sospecho que en esta respuesta está una de las razones del divorcio
Pero el mismo dependiente me confesó: “A mí me duele porque ahora no habrá duelo de estilismo entre Letizia y Lalla Salma”. 
Nunca se sabe, pensé, el rey supuestamente divorciado puede ponerse ahora todo lo que ha comprado en Miami y tiene en el armario.
 ¡A ver quién le gana en estilismos! Ya lo veremos en Facebook para que se confirme lo frívolos que somos y cómo aprovecharlo.