Abdulmonam Eassa (AFP) EL MUNDO ES uno de esos lugares a los que hay que
acostumbrarse. No se llega al mundo como el que llega a casa por la
noche, después de una dura jornada de trabajo. No se entra en la
realidad como en la cocina propia, donde a uno le reconfortan los olores
de las verduras o de las especias que utiliza para el estofado. El
mundo, digámoslo rápido, no es un lugar familiar, sino un espacio
extraño, incluso hostil al que, con suerte y habilidad, y si no nos
destruye él antes, acabamos conquistando. Significa que no somos de
aquí. Pero si no somos de aquí, ¿de dónde? Fíjense en la foto. Aparecen
en ella tres adultos que, evidentemente, por sus gestos, ya se han
acostumbrado al mundo. Actúan con la naturalidad con la que se movería
en la cárcel un preso veterano, en la montaña un alpinista, o en la
central nuclear un ingeniero. Nada les extraña, y eso que pertenecen a un equipo sanitario
de la Media Luna Roja. Quiere decirse que se pasan la vida sofocando
hemorragias, cosiendo y descosiendo cuerpos, extrayendo balas, vendando
cabezas. Ahora se encuentran atendiendo a un par de críos durante la evacuación de enfermos de Guta Oriental, en Siria.
Pero
a lo que íbamos. Observen la expresión del niño sentado en el centro en
la imagen. Si se fijan, no está asustado, sino extrañado, como si
acabara de aterrizar en Marte. ¿Qué lugar es este?, parece preguntarse. No ese lugar concreto, sino el mundo en general. ¿Qué lugar es el mundo?
Crecerá, si no le alcanza antes una bomba, y acabará acostumbrándose o
fingiendo que se acostumbra. Es lo que tarde o temprano hacemos todos.
Un rosario de hallazgos en los últimos 20 años nos ha obligado a cambiar
las egocéntricas teorías que sobre los neandertales manejamos durante
siglos.
Tengo en mi despacho la foto de la cabeza de un hombre de unos 40
años. Su cráneo rasurado está teñido con un pigmento rojo y luce un
bonito tocado de plumas de ave. Dos largas espinas decorativas le
atraviesan elegantemente las orejas. Una raya de pintura negra desciende
por la mitad de su frente y cubre el puente de su gran nariz. Sus ojos
son suspicaces y orgullosos, y de su rostro perfectamente afeitado emana
una impresión de fuerza y de poder. Podría ser cualquier gran jefe
indio de las praderas americanas. Pero no. Es la reconstrucción de un
cráneo de neandertal a la luz de las nuevas evidencias científicas. Durante siglos, con el pomposo egocentrismo que nos caracteriza, hemos visualizado a esos otros Homos, los neandertales,
como bestias hirsutas, feas como demonios y patizambas; muy parecidos,
en suma, a como imaginamos ahora a los ogros, a los yetis y a todas esas
criaturas legendarias que en realidad no son sino la huella mítica del
recuerdo real de aquellos primos. Hasta hace muy poco creíamos que esos
brutos no sabían hablar y no nos extrañaba que se hubieran extinguido de
un plumazo cuando nosotros, lampiños, inteligentes y bien plantados,
salimos con paso alegre de África camino de la gloria. Pero en los
últimos 20 años una cascada de descubrimientos nos ha ido hundiendo el
ego en la miseria.
Hoy sabemos que hablaban y que tenían nuestra misma capacidad
craneal, la misma inteligencia. Durante cierto tiempo intentamos
atrincherarnos en la estética: sostuvimos que habíamos sido nosotros,
los cromañones, quienes empezamos a fabricar adornos. Me encantó esa
teoría; era emocionante que los sapiens nos hubiéramos salvado
de la extinción gracias a necesitar esa cosa tan inútil que es la
belleza. Pero la alegría duró poco; enseguida se encontraron collares de
conchas en los asentamientos de nuestros primos. Estaban tan heridos
por la belleza como nosotros.
Se sabe que hemos coincidido con los neandertales, que nos
emparentamos y tuvimos sexo e hijos. Entre el 1% y el 4% de nuestros
genes (salvo en los subsaharianos) proceden de ellos. Como no todos hemos heredado los mismos rasgos, sumando a unos y
otros conservamos entre un 20% y un 30% de genes neandertales. Su
herencia nos predispone, entre otras cosas, a la depresión y a las
adicciones. Yo, que fumé durante 20 años tres paquetes de tabaco al día,
debo de tener una abuela neandertal de armas tomar. Ha habido otras especies humanas, como el Homo denisovano o
el de Flores, pero los neandertales han sido los más importantes, porque
duraron más de 200.000 años (una proeza: recordemos que la escritura y
nuestra historia empezaron hace solo 6.000 años). Ahora acaba de hacerse
un descubrimiento colosal: una nueva datación en las pinturas rupestres
de tres cuevas españolas han demostrado que fueron hechas por
neandertales hará 65.000 años. Son las obras de arte más antiguas del
planeta, y no son nuestras. Sí, nos parecíamos mucho. Y se extinguieron.
Ah, qué inquietud. Si nada nos diferencia, podríamos extinguirnos
nosotros también. El enigma de la desaparición de los neandertales se está convirtiendo
en el mayor misterio de la humanidad. Apunta Yuval Noah Harari en su
brillante ensayo Sapiens que fue la capacidad de crear ficción
lo que nos hizo triunfar como especie. Una preciosa explicación aunque,
la verdad, no me la creo: me imagino muy bien a mi abuela neandertal
contándoles historias a sus nietos en la hoguera. A mí me convence más
una profesora norteamericana, Pat Shipman, que hace un par de años
expuso una teoría que me deslumbró. Verán, los neandertales eran más
robustos que nosotros y necesitaban más cantidad de alimentos. Cuando se
extinguieron estábamos en plena glaciación; no solo escaseaba la
comida, sino que de repente habían aparecido unos extranjeros que hacían
algo muy raro: se aliaban con los lobos para cazar. Humanos y perros
formamos un equipo depredador de formidable eficacia, tanta que la
fórmula sigue vigente. Probablemente fuimos una especie de arma letal
por carambola:
acaparamos la comida y los matamos de hambre. Así que ni más listos, ni
más artistas, ni más sofisticados: nos salvaron los perros. Somos poca
cosa. Y desagradecidos.
Los siete magníficos de 1960 no era un western muy bueno,
pero sí simpático. Inferior a otros de su director, John Sturges, era
una adaptación, trasladada a México, de Los siete samuráis de
Kurosawa. Entre los siete, capitaneados por Yul Brynner vestido de
negro, estaban algunos actores principales o secundarios que después
alcanzaron la fama: Steve McQueen, James Coburn, Charles Bronson y
Robert Vaughn (éste sobre todo en la serie El agente de CIPOL), todos más bien blancos. En 2016 se hizo un remake
poco apetecible con Denzel Washington, pero una noche perezosa lo pillé
en la tele y le eché un vistazo. En seguida me desinteresó, porque los
siete de ahora eran totalmente inverosímiles, como un viejo mural de la
ONU representando a las razas del globo. Aparte de Washington, negro,
había un hispano o dos, un asiático, un indio o “nativo americano” y no
recuerdo si alguien con turbante (puede que lo soñara luego). Esto, de manera artificial y forzada, sucede cada vez más en el cine y
en las series estadounidenses, y va ocurriendo en las británicas. Si
hay un equipo de policías, suelen componerlo un par de negros o negras
(por lo general son los jefes), alguna asiática, un hawaiano, un inuit,
varios hispanos. Si la banda es de criminales, la diversidad racial se
relaja: pueden ser todos blancos, y además fumadores, puesto que son
“los malos”. Desde la penosa ceremonia de los últimos Óscars hemos sabido a qué se
debe esa convención cuasi obligada. La sexista actriz Frances McDormand
hizo ponerse en pie sólo a las mujeres
nominadas (imagínense que un actor hubiera invitado a lo mismo sólo a
sus colegas masculinos: se lo habría bombardeado por tierra, mar y
aire), lanzó un discurso y concluyó reivindicando la “Inclusion Rider”.
Como nadie sabía qué era eso, se multiplicaron las consultas en
Internet y a continuación ha habido un aluvión de elogios tanto a la
sexista McDormand como a esa cláusula opresiva que los artistas con
poder pueden imponer en sus contratos para dictarles a los creadores
(guionistas, adaptadores, directores) lo que tienen que crear. Porque
esa cláusula exige que, tanto en el reparto como en el equipo de rodaje,
haya al menos un 50% de mujeres, un 40% de diversidad étnica,
un 20% de personas con discapacidad y un 5% de individuos LGTBI. Con
ello se quiere “comprometer” a la industria a que muestre en sus
producciones “una representación real de la sociedad”, y a que éstas
“reflejen el mundo en que vivimos”. Uno se pregunta desde cuándo el arte
está obligado a tal cosa. La exigencia recuerda a la de los retrógrados
que reprochaban a Picasso no plasmar la realidad “tal como era”. O a
los que criticaban a Tolkien por evadirse en ficciones fantásticas. Huelga decir que, con esos porcentajes, nunca se podría haber filmado El Padrino ni La ventana indiscreta ni Ciudadano Kane ni casi nada. La iniciativa de la efímeramente famosa “Inclusion Rider” al
parecer se debe a Stacy Smith, profesora de una Universidad
californiana, la cual se molestó en mirar con lupa, lápiz y papel
novecientas películas estadounidenses de entre 2007 y 2016, y en
indignarse al computar que el 70,8% de los personajes eran blancos,
frente a un 13,6% de negros —que, dicho sea de paso, es justamente la
proporción de la población de esta raza en su país— y un 3,1% de
hispanos. Más indignante aún: insuficientes personajes homosexuales y
transgénero. También comprobó con espanto que en los guiones hablaba una
mujer por cada 2,3 varones parlanchines. Y añadió furiosa: “Las
películas no dan a todo el mundo la misma oportunidad de aparecer en
ellas”. Uno se pregunta por qué habrían de hacerlo.
El arte no es lo mismo que la vida real, en la que, en efecto, todos
deberían tener la misma oportunidad de educarse, trabajar, ganar dinero y
demás. El arte depende de cada individuo. Cada novelista o dramaturgo
escribe sobre lo que lo inquieta o atrae o conoce, cada pintor pinta lo
que le parece o le inspira; y, si bien el cine es una industria, su
éxito depende en gran medida de los que inventan, y a éstos,
desde la defunción de la Unión Soviética y otros sistemas totalitarios,
se les ha garantizado plena libertad… hasta hoy. “Exigimos más
personajes femeninos”, se oye con frecuencia en la actualidad, “y además
que sean fuertes, inteligentes, positivos y de lucimiento”. ¿Y por qué
no los escriben ustedes a ver qué pasa —dan ganas de contestar—, en vez
de forzar a otros a que creen historias ortopédicas y falsas, de mera
propaganda, tan increíbles como las hagiografías que propiciaba el
franquismo en nuestro país? Mutatis mutandis, es como si se pidieran más Fray Escobas y Molokais, sólo que los santos de hoy han variado. Si en mis novelas se me impusieran semejantes porcentajes (dos de ellas
cuentan con protagonista y narradora femenina, y en todas aparecen
mujeres, pero no negros ni asiáticos ni personas transgénero, porque no
están en mi mundo y sé poco de ellos), nunca habría escrito
ninguna. Si de lo que se trata es de eso, de que se acabe el arte libre y
personal, no cabe duda de que cuantos aplauden a la sexista McDormand
están en el buen camino para asesinarlo.
El sino de este tiempo es que vamos abocados a lo imposible.
El rey Mohamed VI y la princesa Lalla Salma en el aeropuerto de Rabat en 2014.GTRESONLINE
Siempre he tenido problemas con Facebook.
Al principio me fastidiaba que fuera tan celoso con su seguridad,
haciéndote pasar por infinitas preguntas y hambre de datos. Entonces
creía que todas esas medidas servían para proteger mi intimidad. Yo, que vivo de analizar la intimidad de otros y de ventilar la mía de
mil y un maneras, no encajaba bien tanta vigilancia, tanto código. Ahora
ya sabemos cómo se comerciaba con esos datos. Vivimos en un mundo dirigido por el dato. Y una confusión de datos sobre su currículo académico ha puesto en aprietos a Cristina Cifuentes y los que ella ha aportado en su defensa
podrían ser insuficientes. Pero hemos podido datar su aplomo ante la
situación y ese dejar caer el dato de que todas estas noticias podrían
ser parte de una emboscada. El dato es tecnológico y el sentimiento
analógico. El descubrimiento de la manipulación de Facebook, por la que
su fundador ha tardado cinco días en dar la cara y ha perdido casi
tantos millones de dólares como millones de usuarios vieron violados sus datos personales,
nos deja perplejos y vuelve a poner el dedo sobre si somos ingenuos de
nacimiento, por convicción o por rutina. Una red social que nace de la
nada y se convierte en un gigante casi invencible, no puede ser una
santa.
Está en su tecnológico ADN el querer explotar a cambio de dinero
su inmensa influencia. Aunque ahora se le pueda llamar Fakebook
y se acuse de frivolidad a las redes, al final, todos seguiremos
subiendo fotos a Instagram y atacando a desconocidos en nuestros muros. Ya no podemos vivir sin ello. Otra adicción es la espera. Más que un tiempo de tormentas, empiezo a sentir que vivimos un tiempo de espera. Esperamos porque al fin haya gobierno en Cataluña y esperamos que Urdangarin y su socio tengan una sentencia definitiva. Según la Fiscal sabemos que “eran el motor del proceso delictivo”.
Ahora han confirmado que lo sabremos antes de un mes. No se quien sufre
más con estas esperas, si los encausados o nosotros los contribuyentes. Como exguionista de telenovelas, recuerdo que mi tarea era la de enredar
todo lo posible el débil hilo argumental porque así se atrapaba y
atraía a más espectadores. Estábamos entrenados a imaginar cualquier
cosa para que la tensión no cediera. Y cuando al fin lo hacía, era
siempre un final feliz. Con el caso Nóos, al igual que con el procés y
el Brexit, pareciera imposible un final feliz, pero ahí esta la razón de
su tensión: volver ese final algo que nunca suceda.
Mark Zukerberg el pasado mes de abril en California.Stephen LamREUTERSPodría ser el sino de este tiempo: vamos abocados a lo imposible. Lo que nunca sucederá. Por eso nos sorprende, según informa ¡Hola!, el divorcio del Rey Mohamed VI de Marruecos. Recordemos que al casarse, Mohamed VI disolvió el harén real, que es un
poco lo contrario de lo que hacen muchos maridos. En Miami hay un
barrio llamado El Design District, construido para albergar la mayor
cantidad de tiendas de lujo de esa parte del mundo. Mientras lo
recorres, con un inusual paso lento, observas como esas tiendas están
completamente vacías pero llenas de cosas caras. Solo las habitan
maniquíes y vendedores con sonrisas congeladas. Si entras, se esfuerzan
por hablarte y te cuentan que el rey de Marruecos, el ahora
supuestamente divorciado Mohamed, “acaba de marcharse, después de
gastarse miles de dólares”. Así, y con los latinos ricos, imagino, se
mantienen esas tiendas. Por eso, tras la noticia del divorcio
real, llamé a un amigo que trabaja en una de ellas y le pregunté si en
su último dispendio, el monarca compró algo para Lalla Salma. “Yo solo
le enseño ropa de hombre”, me respondió. “Y no paga en cash. Con él viene un señor, muy alto, que entrega una tarjeta de presentación
para que llamemos y resolvamos la cuenta. No es necesario el datáfono”. Sin necesidad de compartir ese dato en mi muro de Facebook, sospecho
que en esta respuesta está una de las razones del divorcio. Pero el mismo dependiente me confesó: “A mí me duele porque ahora no
habrá duelo de estilismo entre Letizia y Lalla Salma”. Nunca se sabe,
pensé, el rey supuestamente divorciado puede ponerse ahora todo lo que
ha comprado en Miami y tiene en el armario. ¡A ver quién le gana en
estilismos! Ya lo veremos en Facebook para que se confirme lo frívolos
que somos y cómo aprovecharlo.