Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

19 mar 2018

Los insultos de Ana Julia a Gabriel que dejaron "petrificados" a los agentes de la Guardia Civil

La asesina confesa del niño fue grabada con micrófonos en su coche mientras trasladaba el cadáver en el maletero.


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Los agentes de la Guardia Civil colocaron micrófonos en el coche de Ana Julia Quezada el día en el que la asesina confesa de Gabriel Cruz sacó el cuerpo del pequeño de donde lo había enterrado, en la finca propiedad del padre en Rodalquilar, y lo metió en el maletero de su vehículo.

Según informa Telecinco, mientras conducía camino de Vícar, donde finalmente fue detenida, maldecía en voz alta con expresiones que dejaron "petrificados" a los agentes de la UCO.
"Quienes han escuchado las grabaciones de Ana Julia no pueden creer que destilara tanto odio", informa la cadena de Mediaset, que asegura que la asesina confesa de Gabriel "hablaba con sarcasmo incluso del movimiento ciudadano en apoyo" del pequeño.

En esas grabaciones se escucha a Ana Julia lamentándose de tener que modificar su plan y planeando llevar el cuerpo a un invernadero, como recogía el juez en su auto de ingreso en prisión. "Vertiendo expresiones vejatorias que revelan una falta de sentimientos y humanidad", escribió el magistrado.

En dicho auto, el juez asegura que Ana Julia "le asfixió con sus propias manos hasta provocar su muerte para luego trasladarlo hasta el jardín donde previamente había cavado un hoyo con una pala".


 

Mito y depreciación de un genio: Leonardo da Vinci Publicado por Mario Colleoni


El Salvator Mundi expuesto en Christie’s, 2017. Fotografía: Peter Nicholls / Cordon.

Nadie podía sospechar que en un lugar como Anchiano, un pueblo remoto —«insignificante» en palabras de Paolo Giovio de la comarca de Vinci, a treinta kilómetros de Florencia, en el vientre templado pero vivo, muy vivo de 1452, nacería un hombre ilegítimo que cambiaría el curso de la historia del mundo con el nombre de Leonardo di Ser Piero
El mismo día, un 15 de abril, seis años antes, expiraba uno de los dos padres de la arquitectura moderna, Filippo Brunelleschi.
 El segundo, Leon Battista Alberti, justo el mismo año en que nacía Leonardo, terminaba en Roma la redacción del De re aedificatoria.
 Y el orfebre Lorenzo Ghiberti, tras veinticinco de trabajo, entregaba los diez paneles que vestirían las (así bautizadas por Miguel Ángel) «Puertas del Paraíso» del Baptisterio de Florencia.
Sirven tres escuetas anécdotas para dar paso a una batería de acontecimientos que, en un período de tan solo veinte años, marcaron el pulso cultural del siglo XV en Florencia, determinaron el futuro de Italia y condicionaron naturalmente la vida de Leonardo.
 Muere el humanista Carlo Marsuppini, canciller de la República.
 Lo había hecho antes su homólogo, Leonardo Bruni, una estrella eterna. 
Y al otro lado del mundo, mientras las últimas luces del Imperio romano de Oriente se apagan y Constantinopla cae en manos del ímpetu otomano, en Lodi se firma un armisticio que pone fin a la rivalidad militar entre Milán y Venecia y dibuja cuarenta años de paz entre todas las potencias.
 Entretanto, en la renana Maguncia, Gutenberg inventa la imprenta de tipos móviles.
 Digamos que, como residencia palaciega de la historia, el Renacimiento tuvo en la ciudad de Florencia una antesala premonitoria y los tapices estaban dispuestos para recibir a sus dignidades.
 Pero no hay luz sin penumbras. También muere el devotísimo Fra Angélico y el humanista Flavio Biondo, nacen Angelo Poliziano y el gran Pico della Mirandola;
 Poggio Bracciolini comienza su Historia florentina y Benozzo Gozzoli, a instancias de Piero el Gotoso, padre de Lorenzo el Magnífico, concluye la Capilla de los Magos del Palazzo mediceo de Via Larga. 
Un aciago día, a los ochenta años nadie creía que fuera para siempre—, muere esa fuerza de la naturaleza llamada Donatello, Andrea Mantegna llega a la ciudad del Arno y Fra Filippo Lippi muere en Spoleto, mientras trabaja en los frescos del Duomo.
Este es el fermento cultural en el que crece Leonardo, entre príncipes, artistas, filósofos, cortesanos y hombres de Estado. Pero que un inquieto hijo bastardo sin futuro, ese tal Leonardo di Ser Piero, se convirtiera finalmente en nuestro Leonardo da Vinci, el hombre universal, era algo, como digo, imposible de prever.
 Si bien muchos intuyeron lo que se avenía, nadie sabía cómo llamarlo: la ruptura total y definitiva (aunque no tan total ni tan definitiva) con la Edad Media, la obsesión maníaca por la Antigüedad o aquella necesidad de cohabitar la naturaleza sin necesidad de sustituirla. 
Todo era nuevo. No era una sencilla pasarela entre siglos; fue el alumbramiento de una auténtica revolución, una era nueva.
 Se respiraba en los círculos humanistas y también en el fragor de los talleres: Bernardo Rossellino, el mismo Leon Battista Alberti, Francesco Filelfo, Antonio Pisanello, los hermanos Pollaiuolo, Andrea del Verrocchio, Giorgio Merula, Marsilio Ficino o Francesco Squarcione habían anunciado, cada uno a su modo, la inminente colisión con el pasado.
Antes de que llegasen el «Humanismo» o el «Renacimiento», sus huéspedes lo llamaron rinascere all’antico.
 No era tan solemne, sí más hermoso. El redescubrimiento del legado clásico grecorromano les indujo a creer que el arte, la religión, los libros, la filosofía y la política de su tiempo podían convivir con ese pasado (que ellos dibujaron) eternamente grandioso y que emularon con orgullo y celo. Fueron soberbios, pero lo fueron siempre por amor a la verdad y por un extraño y apasionado fervor hacia un sol redentor en cuyos rayos cifraron la belleza del universo.
 La clave está en su propia formulación: ese renacer a tal vez no nos dice nada y, sin embargo, lo insinúa todo.
 Habla de un pasado inserido en el presente como una forma de vida que transforma el mundo, de una naturaleza en continuo movimiento que hace orgánico lo inorgánico, de un animismo laico en el que todo objeto animado e inanimado participa de un ordenamiento universal; habla de palabras que encarnan ideas lejanas, pero no por ello remotas; y habla de la herencia de un estilo y una mentalidad que, durante un tiempo —siempre breve cuando excelso—, hizo realidad las utopías a fuerza de pronunciarlas.
Anunciación (1472-1475), Uffizi, Florencia.

«Este esplendor de la naturaleza es la justificación de aquellos hombres», anotaba en su cuaderno Albert Camus el 15 de septiembre de 1937 en Fiesole, a los pies del convento de San Francesco, apostado en la copa de esa colina habitada antaño por los primeros etruscos.
 Es indudable que Leonardo mamó de la oronda teta toscana y que ese clima artesano y familiar, calmo aunque no pacífico, propició que encontrase un pie de apoyo donde inclinar sus inquietudes.
 Fue su padre, sin embargo, el notario Ser Piero, un ágil hombre de negocios, quien supo reconocer en su hijo un talento precoz para el dibujo y lo condujo sin demora a la bottega de Andrea del Verrochio, donde por fin Leonardo aprendió los rudimentos de la pintura. 
El destino le había reservado cuarenta años más de vida.
 Una vez adquirido el conocimiento de los pinceles, al dominio del arte y la técnica se sumaron una deslumbrante desenvoltura y una pasmosa polivalencia para hacer casi cualquier cosa.
 Virtuoso en casi cada cosa que emprendía, Leonardo frecuentó las cortes más importantes de Italia y fue requerido por papas, príncipes y cardenales.
 No faltaron tropiezos, proyectos infructuosos, acusaciones de sodomía y desplantes de todo tipo.
 Pero al final de su vida, alejado finalmente de toda servidumbre, Francisco I de Francia le reservó un pequeño palacio junto al castillo de Amboise y lo nombró «Primer pintor, ingeniero y arquitecto del rey»
Allí, considerado por el Valois como poco menos que un dios, Leonardo vivió sus últimos años en la placidez —a orillas del Loira— de una libertad obscenamente feliz.
 Sin embargo, el curso de los acontecimientos fue abrupto y el trayecto hacia la fama, cuando menos, pedregoso.

Las fuentes propenden a dibujar la figura de un Leonardo caprichoso y meditabundo (no triste ni melancólico, sino ensimismado) que no para de ingeniar cosas y que, solo de forma extraordinaria, las completa.
 Esta idea fue difundida a lo largo y ancho del orbe gracias al papa León X, a quien probablemente la palabra libertad producía infaustas pesadillas.
 Cincuenta años después de que la Gioconda luciera por primera vez bigote daliniano en aquella intervención histórica de Duchamp (1919), Barnett Newman apuntó incisivamente:
 «Lo que les irrita es que con media docena de cuadros este hombre haya pasado tan brillantemente a la historia, mientras ellos se sienten inseguros con su extensa obra». 
Con un dardo tan envenenado de ironía como de ridiculez Newman había respondido a la entera contemporaneidad. 
Sin embargo, era preciso entender la maniobra de Duchamp por influjo del dadaísmo; de otro modo no se explica que André Gide, seducido también por esa suerte de magnetismo destructor, hiciera decir a su villano Strouvilhou en Los monederos falsos (1926): «La falta de guía será la estrella que nos guíe». 
Historiografía al margen, es indiscutible que la producción de Leonardo fue exigua en obras que fueron —diecinueve pinturas— y prolija en obras que pudieron ser —millares de páginas entre dibujos, manuscritos, códices, cuadernos y apuntes dispersos en depósitos de medio mundo—, lo cual nos revela, ante todo, un modo de trabajar que Schlosser resumió como nadie:
 «La creación se le derretía en las manos; pocos pudieron más que él, nadie aspiró a más, pero tampoco nadie llevó a término menos que él».
 Otro historiador del arte no menos legendario, André Chastel, puntal de la historiografía francesa del Renacimiento, recordaba poco antes de fallecer: 
 «El documento más precioso sobre la figura histórica de Leonardo es, sin duda, el texto capital de Giorgio Vasari».
«Siempre que su espíritu se volvía hacia los asuntos difíciles, con facilidad los liberaba de su complejidad»,
 «Se ponía a estudiar muchas cosas, y una vez las había empezado, las abandonaba», «Con cálculos numéricos movía montañas»,
 «Los persuadía [a sus comitentes] con tan grandes razones que parecía posible, aunque todos, cuando se había ido, constataban por sí mismos la imposibilidad de tamañas empresas» o «Debido a todos estos aspectos tan divinos, y a pesar de que obrara más con las palabras que con los hechos, su nombre y su fama ya nunca se extinguirán» son algunas de las afirmaciones que uno encuentra en las Vite (1550).
 Aunque se publicó una segunda edición en 1568, Vasari mantuvo prácticamente intacto el capítulo de Leonardo, a excepción de una significativa rectificación que transformaba al artista genuinamente herético («Llegó a tener unas concepciones tan heréticas que no se aproximaba a ninguna religión, pues tenía en mucha más estima ser filósofo que ser cristiano») en otro más pío y ortodoxo («Se quiso informar diligentemente de las cosas católicas y de nuestra buena y santa religión cristiana […] y quiso recibir devotamente el Santo Sacramento»).
 Así y todo, Vasari reservó a Leonardo un lugar preeminente en su historia de los pintores, de tal modo que, según el esquema orgánico que había diseñado, lo convirtió en el primer representante de la terza maniera, esto es, del colofón del arte naturalista, la suma perfección de la belleza, la primera bandera del estilo moderno que culminaría con Miguel Ángel.



¿Por qué mataron a Gianni Versace?...................Carlos Megía |

Llega a nuestras pantallas 'American Crime Story: El asesinato de Gianni Versace', la serie sobre el homicidio del diseñador italiano cuyo móvil sigue siendo hoy una incógnita.

¿Por qué mataron a Gianni Versace?

Gianni Versace, acompañado de Carla Bruni y Naomi Campbell en 1992. Foto: Getty

En la mañana del 15 de julio de 1997 Gianni Versace fue asesinado en la puerta de su mansión de Miami Beach.

 El diseñador italiano de 50 años volvía a casa después de haber desayunado en una cafetería cuando Andrew Cunanan, un trabajador sexual de 27 años, le disparó a quemarropa en la nuca y el cuello.

 Versace murió al instante. Cunanan, que era perseguido por otros cuatro asesinatos, se suicidó ocho días después en una casa flotante, rodeado por la policía.

 Hasta aquí, los únicos hechos de los que se tiene verdadera certeza en uno de los crímenes más mediáticos de las últimas décadas.

 Un homicidio que cambió para siempre la industria de la moda, despertando una batalla por el control de la legendaria firma que resuena todavía hoy, con una heredera mayoritaria (su sobrina Allegra Beck) que tenía por aquel entonces 11 años de edad.

 Y una historia que reúne todos los ingredientes para atraer al cineasta Ryan Murphy, la mente detrás de la antología American Crime Story, que estrena ahora la segunda temporada con el chocante asesinato del modisto como detonante.

La primera entrega de la ficción, The people vs. O.J. Simpson, se confirmó como una de las grandes revelaciones de la temporada, logrando el Emmy y el Globo de Oro a la mejor miniserie. 

Un crimen sin resolver, exposición mediática, celebridades involucradas… Son varias las similitudes que emparejan el caso del jugador de fútbol americano con El asesinato de Gianni Versace, que acaba de llegar a la televisión española.

 Basado en el libro Vulgar Favors de la periodista Maureen Orth, la ficción está encabezada por un reparto estelar conformado por Édgar Ramírez (La chica del tren), Darren Criss (Glee), el cantante Ricky Martin y Penélope Cruz, que debuta en la pequeña pantalla dando vida a Donatella Versace. La producción de la serie no ha sido bien recibida por la familia del modisto, que ha atacado con dureza los hechos narrados en la misma con diferentes comunicados.

 Poco tiempo después de su vigésimo aniversario, la ficción intenta arrojar algo de luz sobre un homicidio cuyo móvil sigue siendo una incógnita. ¿Por qué Andrew Cunanan mató a Gianni Versace? 

Estas son todas las hipótesis que se manejaron en la investigación, veremos por cuál se decantan los guionistas. 

Gianni Versace

En el centro, Donatella Versace y su hija Allegra, quien heredaría la mayor parte de la fortuna de Gianni

 Versace. Foto: Getty


Gianni Versace
Entrada de la mansión de Gianni Versace, lugar de su asesinato en julio de 1997. Foto: Gtres
Hipótesis de la mafia
Una paloma muerta encontrada junto al cadáver del modisto desató todo tipo de conjeturas sobre si Cunanan era en realidad un sicario a sueldo. Aunque no se encontraron más pruebas que apoyaran la hipótesis, la publicación del libro Metastasi en 2010 reabrió la polémica. Giuseppe Di Bella, un ex miembro de la mafia calabresa (hogar natal de Gianni Versace), aseguró que el asesinato fue un ajuste de cuentas ordenado por el padrino Paolo de Stefano, con quien el diseñador tenía deudas pendientes. 
 A través de la firma de moda, el mafioso supuestamente blanqueaba “montañas de dinero” procedentes de sus oscuros negocios.
 Di Bella, que fue informante de la policía, también describía el plan para robar las cenizas de Versace de un cementerio cercano al lago de Como para chantajear a sus seres queridos. 
Pero jamás se llevó a cabo. Todas las declaraciones fueron desmentidas por la familia Versace que las tachó de “vergonzosas” y anunció acciones legales contra Di Bella.

Hipótesis del SIDA
En su juventud, Andrew Cunanan era un conocido gigoló en la vida nocturna de la costa californiana. Tenía fama de entablar relaciones con hombres mayores y poderosos, que le agasajaban con grandes cantidades de dinero y regalos caros. También mentía sobre su identidad, haciéndose llamar Andrew Da Silva e inventando realidades alternativas en las que unas veces era el gerente de una fábrica en México y otras el heredero de una adinerada familia filipina. 
Pero en 1997 sus días como toy boy habían acabado.
 Sus últimas parejas le habían abandonado, tenía fascinación por la figura de Hitler y había ganado mucho peso. Pese a que la policía no hizo público este aspecto, todos los indicios apuntan que había contraído el SIDA.
 La noticia de su enfermedad despertaría una supuesta sed de venganza en Cunanan, que decidió acabar con la vida de los hombres que podrían haberlo contagiado.
 Así se explicarían las muertes de Trail, Manson y Miglin, pero no tanto la de Gianni Versace, ya que la naturaleza de su relación jamás se ha aclarado.

Hipótesis de los celos
Las autoridades confirmaron que Gianni Versace y Andrew Cunanan habían coincidido en el pasado. La primera vez, en el club gay Colossus de San Francisco, donde ambos residían a principios de los 90. La revista Time publicó otra supuesta aproximación, en el backstage de la Ópera de la misma ciudad. Versace creyó reconocer a Cunanan de un encuentro anterior en el lago de Como. 
 “Gracias por recordar un momento tan agradable”, contesto él. Pese a todo, no ha sido ratificado que el sociópata realmente visitara Italia alguna vez en su vida. Sea como fuere, los posteriores encuentros entre el diseñador y su asesino siguen siendo un misterio. 
Durante la investigación, la policía confirmó que Versace y su novio Antonio D´Amico habían contratado los servicios de varios prostitutos.
 Si Cunanan hubiera sido uno de ellos, sostendría la teoría de la venganza contra los hombres que podrían haberlo contagiado, pero la pareja del modisto jamás corroboró tal circunstancia.
 En otro artículo de 1997, El País se hacía eco de la entrega de fotos y vídeos al FBI de una mujer brasileña que mostraban a Cunanan y Versace en una fiesta celebrada en Miami Beach el 13 de julio, dos días antes del asesinato. Por otro lado, Vanity Fair recoge las declaraciones de un amigo de Cunanan que confesó al FBI que este no estaba obsesionado con Gianni Versace, sino con alguien que formaba parte de su equipo. 
 Puede que hasta del propio Antonio D´Amico, convirtiendo el homicidio en un crimen pasional.

 Después de meses de pesquisas, un informe de 700 páginas, 13 vídeos, 17 cintas de audio y docenas de fotografías, ningún móvil pudo llegar a confirmarse.
 Nadie expresó mejor la decepción de la investigación como el encargado de la misma, el jefe de la policía de Miami, Richard Barreto: “No podemos establecer un motivo. Podría ser un robo. Podría ser el hecho de Andrew Cunanan buscando fama tiroteando a una persona de este calibre. Podría ser venganza. A todos nos gustaría saberlo, especialmente en un caso de perfil alto como este.
 Desafortunadamente, la verdadera respuesta es que nos hemos hundido con el barco, por decirlo de alguna forma”. Veremos si la serie que acaba de llegar a la parrilla ayuda a reflotarlo.

El abogado de Ana Julia revela la preocupación de su clienta por encontrarse con otras internas en prisión

Recuerda que la primera vez que vieron a la asesina confesa de Gabriel "estaba en un estado de ataque de nervios". 

 

LA SEXTA
El periodista Manuel Marlasca ha entrevistado, en el programa de LaSexta Expediente Marlasca, a Esteban Hernández y Beatriz Gámez, abogados de Ana Julia Quezada, asesina confesa del pequeño Gabriel.
Hernández, quien ha visitado este sábado en prisión a Ana Julia por humanidad, "para prestarle apoyo y ver cómo se encuentra", sobretodo "teniendo en cuenta que no tiene a mucha gente en España", ha reconocido que su clienta "estaba preocupada de encontrarse con otras internas", si bien "en prisión se relajan".
"En la cárcel están mejor que en un centro de detención, en unos calabozos", ha explicado el letrado, quien ha recordado que la primera vez que vieron a Ana Julia "estaba en un estado de ataque de nervios que nos hizo muy difícil comunicarnos".
No obstante, Hernández ha matizado que "es de suponer que con el protocolo antisuicidio se le administre ansiolíticos, lo que ayuda en ese trance".
El abogado de Ana Julia ha reconocido que en este momento tienen el trabajo más difícil posible, "por su repercusión mediática y lo dramático del asunto", si bien "tenemos la obligación de cumplir con nuestra obligación legal y deontológica".
Asimismo, Hernández ha explicado que la decisión de colaborar con la Guardia Civil fue de Ana Julia, y que los letrados tienen una labor de asesoramiento técnico:
 "Eso fue espontáneamente, ella dijo que quería declarar y así lo hizo", matiza.