El cantante, de 61 años, cuenta que cambió de hábitos cuando nacieron sus hijos.
Miguel Bosé, este martes durante su actuación en el Festival de Viña del Mar, en Chile.RODRIGO GARRIDOREUTERS"Alcohol, vamos, me he bebido todo el que he podido; todo el que ha dado
tiempo a beberme y el mejor, el malo también. Fumar y el resto también,
todo". Son declaraciones que Miguel Bosé ha hecho a los periodistas que cubren el Festival de Viña del Mar, en Chile, según recoge la revista People en su edición en español. "He tenido mis momentos", ha reconocido el cantante español, de 61 años. Bo sé cada vez más antipático y aislado, no debe tener amigos mientra su familia se deshace lentamente. El músico ha asegurado que ya ha abandonado estas prácticas. "Yo ahora
no hago nada porque ya lo he hecho todo", ha dicho. "Lo que pasa es que
desperté un día y dije: '¿Y ahora qué? ¿Cuál es el chiste? ¿Para qué me
sirve todo esto?", ha explicado el cantante, quien ha indicado que se
dio cuenta de que debía cambiar de hábitos justo cuando nacieron sus dos hijos, en 2011. Bosé es padre de dos niños, Diego y Tadeo, que fueron gestados en un vientre de alquiler. Eres Idiota, como tantos otros que tienen niños por los que pagan, ellos no pueden pero demuestran una actitud en la que se les multiplica el trabajo para pagar a esas "Nanys" como diria Forges" Hombres............ Bosé ha sido homenajeado por el Festival de Viña del Mar como el artista
que más veces se ha presentado en el famoso evento. El reconocimiento
inédito alude a las diez actuaciones del intérprete de Si tú no vuelves,
desde que debutó en el lejano 1981, sobre el escenario de la Quinta
Vergara. En esta ocasión, además, Bosé ha sido el encargado de inaugurar
el certamen de seis días con un compilado de su Estaré Tour. En su
trayectoria junto al festival latinoamericano, Bosé ha dado muestras de
su evolución.
Antonio Fraguas, inolvidable retratista de la historia reciente de España, muere a los
76 años. Ciudadanos de todos los ámbitos expresan su pena por la pérdida del humorista.
Antonio Fraguas, Forges, en 2014.FEDE SERRAEL PAÍS
Un enorme dolor siguió en la madrugada de este jueves a la noticia de la muerte en Madrid de Forges,
el hombre que hizo reír a tantas generaciones. Desde 1995 fue nuestro
compañero en EL PAÍS. Todos los medios de comunicación expresaron ayer
el amor colectivo que concitó Forges en torno a su figura. El Rey, el presidente del Gobierno, la alcaldesa de Madrid, los
líderes de los partidos, compañeros de oficio, multitudes de ciudadanos
que hicieron su vida aprendiendo del humor de Antonio Fraguas,
expresaron estupor y soledad. Se muere a los 76 años uno de los
nuestros; con él aprendieron generaciones sucesivas, y hoy son de nuevo
los jóvenes, como sucedió cuando él empezó con sus blasillos, seguidores
indesmayables. Como prueba de que el Forges veterano jamás perdió su
chispa, cientos de viñetas circularon por las redes sociales La capilla ardiente de la que partirá hoy su entierro en el tanatorio
de la M-30 de Madrid se llenó en seguida de sus incontables amigos .
Recibiéndoles estaban allí su viuda, Pilar Garrido, sus hijos Toño (que
también trabajó con nosotros, en EL PAÍS), Micaela, Irene y Berta, sus
numerosos hermanos entre los cuales figura nuestro compañero Rafael...
Forges fue patrimonio de todo el mundo,
pero jamás dejó su raíz. La suya fue una familia grande, que él hizo
más extensa, con su generosa presencia pública, su dedicación a los
demás y su infatigable tarea como creador de personajes que ya están en
la historia. Era un sociólogo de la España vacía, un creador de
palabras, un visitante asiduo e inteligente de la soledad por la que,
como él en este medio siglo, transitaron en su día los personajes de
Cervantes. Un hombre capaz de la mayor fama, pero (como dice su amigo Juan José
Millás), dichoso de ser también un clandestino en la ciudad. Sus amigos
se volcaron, desde todo el mundo, con elogio a su sencillez y a su
alegría; desde Buenos Aires, Joan Manuel Serrat se quiso unir al dolor
de todos, pero se negó en redondo a unir a Forges con la palabra
tristeza. Ese fue el lugar en el que se encontraron todas las reacciones
ante la muerte de uno de los españoles más populares del último medio
siglo, dibujante y filósofo.
Sus dibujos fueron herederos de esa simbología quijotesca a la que
rindió tributo. Antonio Fraguas de Pablo (Madrid, 1942) era totalmente
Forges, como si hubiera nacido a la vida en 1964, cuando publicó en Pueblo su primera viñeta, hasta esta con la que hoy se despide en la portada de EL PAÍS. Fue testigo crítico de un país al que amó incluso por sus pecados
capitales. De ellos trataron, hasta el día de su muerte, todas sus
viñetas. España fue la materia de la vida creativa de Antonio Fraguas. Y así pasará a la gran historia del dibujo en España: totalmente
Forges . Periodista de raíz, también era filósofo y músico, tertuliano
comprometido con la vida y con la política, y era paseante de Madrid,
ciudad que dibujó como escenario desolado de Castilla. Autor de libros
en los que repasó la historia de su país y del mundo, de la ciencia y de
la literatura, inventó también una peculiaridad: hacer que sus gentes,
ya entrañadas en la propia sociedad española, hablaran un lenguaje
escéptico e incrédulo. Legiones de lectores aprendimos en su
universiodad, la universidad de Forges. Forges hablaba como Forges...
Su muerte no sólo es una mala noticia porque deja un vacío, es
nuestro mundo el que se queda vacío sin sus metáforas. El suyo ha sido
un testimonio diario sobre la ineptitud, contra el lugar común y contra
el cinismo. Sin él este es un país mutilado, mucho más triste. La última vez que lo vi él caminaba a paso lento por una calle de
Madrid con sus auriculares. ¿Qué haces tan serio por la ciudad?
Escuchaba a Mahler. Por las tardes de entonces, el humorista gráfico tan
querido por el país, abandonaba por un rato las noticias y se entregaba
a un mensaje inmortal, la música. Forges, transeúnte perpetuo de una
ciudad que siempre tuvo la fisonomía desolada de Castilla.
Ha dejado una obra inmensa, pero su hueco no será solo el de una
viñeta en el periódico. Fue ligero y denso, filosófico y paródico. Y lo
fue en todos los soportes, la radio, la prensa, la televisión... Forges
fue lenguaje. La España que ahora le despide empezó a hablar como sus
personajes porque Antonio Fraguas les aplicó el sentido común del
descreimiento, una manera de ser español. Estuvo, con esa manera de contar, en Pueblo, en Informaciones, en Interviú, en El Jueves, en Diario 16, en El Mundo,
y estuvo aquí. Venía a vernos con frecuencia, traía sus dibujos o los
enviaba; como Peridis desde los inicios dejaba galletas, Forges dejaba
por las mesas su impronta y sus regalos, esos dibujos forgianos, los forgendros,
allí donde visitaba a sus compañeros del periódico, y algunos tenemos,
como testimonio de su saludo, papelitos amarillos en los que Antonio
Fraguas dejaba los recados de Forges. Era su manera de abrazar y de
permanecer, pues en su modo de estar estaba también su manera de
despedirse: quedándose.
Tuvo todos los premios imaginables del ámbito dedicado al humor en
España; y como era un trabajador sin desmayo recibió la Medalla al
Mérito del Trabajo y mereció la de Bellas Artes
. Vestía de oscuro y
blanco, como un colegial, llevaba zapatos grandes como sus criaturas y
nació para ser a la vez Samuel Beckett y Sancho Panza.
Cumplió con el mandato de su padre: haz dibujos, sí, pero que sean
reconocibles como tuyos a la distancia. No se ha buscado el chiste (¿el
chiste?) de Forges tan solo por el dibujo mismo, sino por el lenguaje;
ha aportado a la lengua española, en sus forgendros palabras
nuevas, y ha mejorado palabras viejas, combinando significados y giros .
De todas las cosas de las que Forges estaba orgulloso, esta de inventar
vocablos es la que más gozo le hacía sentir. Pero la Academia de la
Lengua no aplicó justicia a esta contribución, ¡gensanta!, llevándolo a la Docta Casa. Cuando publicó El primer Forges, en 1972, ya Antonio era
totalmente Forges. En las cartas que enviaba a sus críticos,
agradeciéndoles las reseñas, estaban esas montañas que eran sus letras y
sus frases, estaba tal como iba a ser Forges, le había abierto, con sus
parajes de tierra, una autopista por la que iba a transitar luego la
leyenda que ya es inmortal y se llama Forges. Pero, sobre todo, como él pedía en sus viñetas, no se olviden de Forges.
Tengo guardados bastantes chistes de Forges. Algunos de
manera virtual, en mi ordenador; otros físicamente, en papel, recortes
amarillos que empiezan a crujir, como las cartas de los novios
adolescentes. Ahora mismo aliso uno de esos rectángulos con la punta de mis dedos:
el diminuto Mariano, con dos pelos disparados en lo más alto de la
cocorota, camina por la calle muy alicaído, colgado del brazo de la
majestuosa y cetácea Concha. Sin levantar la mirada del suelo, él dice:
“Te quiero mucho”. Y la gran, sabia Concha le responde: “Tranquilo,
Mariano, ya estamos llegando al médico”. La mayoría de esas historietas,
sin embargo, se encuentran almacenadas en mi memoria. Hay viñetas de
Forges que yo, que soy amnésica perdida, recuerdo con mayor claridad que
muchas de las peripecias de mi propio pasado. Forman parte de mi carne y
de mi sangre. Toda España está así. Intercambiando sus chistes preferidos de Forges como quien cambia cromos.
Leo las necrológicas de los colegas, escucho hablar de él en la radio, y
todos contamos nuestra viñeta. Incluso recibo por WhatsApp chistes y
más chistes. No creo que pueda haber un homenaje mayor para un humorista
que este súbito tsunami de sus creaciones. Cuando muere un escritor, un
cineasta, un pintor, por muy querido que sea, la gente glosa su obra y
resume su personalidad y su legado, pero lo hace desde fuera, tal vez
con tristeza pero con cierta distancia intelectual. No se pone a
describir cuadros del finado ni a recitar diálogos de sus películas. Los
chistes de Forges, sin embargo, han levantado el vuelo al unísono desde
lo más dentro de nosotros, una enorme bandada de viñetas tiernas y
lúcidas batiendo las alas con alegre furia. Creo que si nos asomamos a
la ventana y nos fijamos bien, las podríamos ver pasar, haciendo vibrar
el horizonte con su agitada masa.
Ternura y lucidez, esas son las dos palabras que creo que mejor le definen, y quizá la clave de su impacto . Los chistes de Forges entraban en nosotros a la vez por el corazón y la cabeza,
sin crueldad pero sin concesiones. Un berbiquí de seda con el que
horadar la realidad . Lo conocí un día, de pasada, en el diario Pueblo,
hace muchísimos años. Yo era casi adolescente y él era muy joven,
aunque no tanto como cuando murió. Porque fue una de esas poquísimas
personas que consiguen conservar intacta el alma de la infancia a través
de los años . Cada vez más sabio, cada vez más niño . Aquella vez en Pueblo, Forges me pareció un oasis en medio de
una redacción machista y cacareante. Siempre fue encantador, tímido y
modesto. Qué grande es la modestia verdadera. Esa autenticidad radical
ha hecho que sus chistes siguieran conectando con la sociedad,
generación tras generación. Un logro increíble, morir tan lleno de vida. Fuimos coincidiendo por aquí y por allá a través de las
décadas. Recuerdo, hace mucho, un miniespectáculo humorístico de una
única representación que hicimos los dos en el bar La Mandrágora: lo que
nos reímos. Hemos colaborado en causas sociales y nos hemos cruzado
fugazmente en la redacción de EL PAÍS y en copichuelas varias, aunque
era un hombre que no se prodigaba en los actos públicos. En realidad,
nunca fuimos amigos, pero ahora me doy cuenta de que era una de esas
personas a las que sientes como si fueran de tu familia. Un hermano
querido al que tratabas poco. Siempre te alegrabas de verle, con su
sonrisilla habitual y su graciosa expresión de ardilla lista. Su fama
crecía y crecía pero él seguía igual, escurriéndose discretamente por
las esquinas. Era capaz de desmontar en un santiamén la pomposa estupidez y
el fingimiento de la política, haciéndolo sin acritud y mostrando su
cara más absurda. Pero el Forges que más me gustaba era el más íntimo,
el formidable filósofo que hablaba de las relaciones personales, de
nuestras debilidades, nuestras alegrías y nuestros miedos. Todos somos
Conchas y Marianos, él el primero . Él siempre fue un Mariano más guapo y
con más pelo. No sé cómo vamos a arreglárnoslas para vivir sin el
espejo de sus chistes. Sin ese instante de reconocimiento, de risa y de
emoción con el que nos reconciliábamos con nosotros mismos. Espero,
querido Forges, que te hayas ido con la misma sabiduría con la que has
vivido. Que hayas sentido cómo tus personajes te decían: tranquilo,
Mariano, ya estamos llegando al otro lado.
Michelle y
Barack Obama presentaron sus retratos y derrocharon complicidad. Como
merengue final, la despedida de Carolina Herrera como directora creativa
de su propia marca
Carolina Herrera recibiendo los aplausos de Wes Gordon, el nuevo director creativo de su marca en su despedida.Caitlin OchsGetty Images
El 14 de febrero, día de los enamorados, algunas parejas
recibieron terribles noticias. Por ejemplo Melania y Donald Trump. No
fue el tiroteo en una escuela de la Florida, sino la confirmación de que
el abogado del millonario presidente había pagado de su propio bolsillo
136.000 dólares para comprar el silencio de Stormy Daniels,
la actriz de cine adulto que habría tenido una escena privada con el
presidente en 2006. Stormy significa tormentosa en inglés. Muchos se
preguntan si Melania asumirá esa estrategia sumisa de las esposas
engañadas que se mantienen al lado de sus maridos implicados en algo
indigno. Hillary Clinton tuvo que pasar por ese aro, dicen que hacerlo
le costó la presidencia. Melania guarda silencio pero sus gestos hablan,
como el de hace días, no permitiendo que su marido la tomara de la mano
antes de subir a un helicóptero de la fuerza aérea. En cambio, Michelle y Barack Obama han aprovechado la presentación de sus retratos
en el Museo Smithsonian para dejar claro que ellos sí son una pareja
que funciona como equipo. En la que hay amor, complicidad, historia. Puede que los retratos resulten demasiado modernos,
aunque para mí nada es demasiado moderno, pero queda el mensaje de los
Obama: Donald Trump se empeña en deshacer el legado de su antecesor pero
no puede ofrecer la misma imagen de estabilidad conyugal. La pareja es
uno de los grandes fetiches, todos anhelamos una. Atravesamos tiempo,
éxitos y fracasos junto a una. También Melania, que no está feliz este
San Valentín. Atormentada por el caso Stormy Daniels que puede resultar
aún más nocivo para la presidencia del marido que sus amistades rusas. El expresidente Bararck Obama y su esposa Michelle en la presentación de sus retratos en el museo Los que no se lo han pensado dos veces para calificar a
Ciudadanos de “partido Starbucks”, son los asesores de Mariano Rajoy.
Todo surgió en una tormenta de ideas en el gabinete de la presidencia.
Tiene su gracia el calificativo, que intenta desmerecer a otro partido
asociándolo a una cadena de cafeterías quizás demasiado urbanita y
transgénica. Rajoy presume de que él conoce la verdadera España, la
orgánica, como si nadie le ganara en eso. Pero comparar a Ciudadanos con
Starbucks lleva a pensar que el Partido Popular pudiera confundirse con
las cafeterías Mallorca, de toda la vida, muy adultas y madrileñas. De
hecho, enfrente de la sede del PP, hay un buen Mallorca. Cuando algo o
alguien les abre el apetito van allí a disfrutar sus delicias. Además
queda de paso a la Audiencia Nacional que está un poco más abajo, frente
a Starbucks. Como merengue final, Carolina Herrera, largamente vinculada al estilo y paradoja de la elegancia, renunció como directora creativa de su marca
y se despidió rodeada de amigos y homenajes a sus 35 años en la moda. En el momento final, varias modelos desfilaron con grandes faldas,
algunas siguiendo los colores de la bandera venezolana, todas combinadas
con la camisa blanca almidonada, icono de la diseñadora. Un momento
brillante e histórico, Herrera dio su último saludo junto a los miembros
de su taller y presentó a su sustituto, Wes Gordon, que protagonizó una
inesperada cobra ante la diseñadora. Aunque Herrera salvó la situación,
se criticó al novato por desconocer el ritual de besar ambas mejillas.
Dicen que por ser americano. Una tormenta en una taza de té.