Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

11 feb 2018

Michael Haneke: “El movimiento #MeToo se ha convertido en una caza de brujas”

El cineasta austriaco considera que esta 'revolución femenina' genera un nuevo "puritanismo" que daña la creación.

El director austriaco Michael Haneke.
El director austriaco Michael Haneke. AFP

 



El cineasta austríaco Michael Haneke, doble ganador de la Palma de Oro en Cannes, considera que el movimiento #MeToo (Yo también), que a lo largo de los últimos meses ha logrado unir a miles de mujeres que alguna vez han sido acosadas para denunciar los abusos sexuales que sufrieron, se ha convertido en una "caza de brujas" que genera un nuevo "puritanismo" que daña la creación.
  "Me preocupa este nuevo puritanismo, impregnado de odio hacia los hombres, que nos llega en la estela del movimiento #MeToo", ha dicho el director de cine, autor de películas como La pianista (2001) o Funny Games (1997), en una entrevista al diario austriaco Kurier esta semana.
Para el director de La cinta blanca (Palma de Oro, 2009) o de Amour (Palma de Oro y un Oscar en 2012), que no ha sido objeto de ninguna acusación, "cada aluvión de críticas que generan estas revelaciones, incluso en los foros Internet de diarios serios, envenena el clima en el seno de la sociedad". 
 Haneke considera que este ambiente de "caza de brujas hace cada vez más difícil un debate sobre este tema [el acoso sexual] tan importante".
El movimiento #MeToo, al que se refiere Haneke, comenzó a principios del pasado octubre, después de que apareciesen los primeros titulares sobre que el gigante de Hollywood Harvey Weinstein era destituido de su empresa tras la publicación, por parte de The New Yorker y The New York Times, de un cúmulo de acusaciones de acoso sexual supuestamente cometidos durante décadas y silenciados a golpe de talonario.
 El estruendo provocado por los testimonios de artistas famosas contra Weinstein —Ashley Judd, Mira Sorvino, Angelina Jolie o Gwyneth Paltrow— desencadenó un enorme terremoto en Estados Unidos que se ha sentido en todo occidente y que ha ido derribando, en cascada, a un rosario de hombres poderosos, semidioses en sus respectivos gremios.
 Un seísmo que ha animado a cientos de miles de mujeres anónimas han roto el silencio y se han lanzado a compartir sus propios casos de abuso.
El fenómeno ha alumbrado un potente movimiento contra el machismo y el acoso sexual, pero también han surgido voces discrepantes, como la de Haneke, que está preparando una serie de 10 capítulos titulada Kelvin's Book. 
Sin embargo, la que más revuelo causó fue la de un colectivo francés, formado por un centenar de artistas e intelectuales, que creó un manifiesto opuesto al clima de "puritanismo" sexual que habría desatado el caso Weinstein.
 La tribuna fue publicada en el diario Le Mondefirmada por conocidas personalidades de la cultura francesa, como la actriz Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet, la cantante Ingrid Caven, la editora Joëlle Losfeld, la cineasta Brigitte Sy, la artista Gloria Friedmann o la ilustradora Stéphanie Blake.
 


"Como artista, uno empieza a estar confrontado al miedo ante esta cruzada contra cualquier forma de erotismo", ha afirmado Haneke. Según él, ''El imperio de los sentidos, de Oshima, una de las películas más profundas sobre la sexualidad, no podría filmarse hoy".Y ha añadido: "Desde luego, cualquier forma de violación o abuso sexual debe ser sancionado. Pero esta histeria y las condenas sin proceso a las que asistimos hoy me parecen repugnantes", ha agregado el cineasta, de 75 años.


Condenan a Matthias Khün, novio de Normal Duval, por obras ilegales en su islote

El empresario ha sido condenado a seis meses de prisión e inhabilitado dos años como promotor. 

Tendrá que pagar 5.580 euros de multa

Matthias Khün y Norma Duval.
Matthias Khün y Norma Duval. CORDON PRESS

 

Alaska: “No entiendo el sexo virtual”................................ Luz Sánchez-Mellado

La musa de La Movida cumple 40 años de carrera y estrena en Madrid 'El amor está en el aire' con su marido Mario Vaquerizo.

 

Los milenios pasan, Alaska permanece.
 No es una virtuosa cantando ni bailando, pero sí alguien capaz de trascender las modas al haber inventado su nombre y su espacio, y mantenerlo 40 años.
 La entrevista transcurre en el hotel Emperador, en la madrileña Gran Vía, escenario de su boda con Mario Vaquerizo, transmitida en un reality de éxito entre la chavalería millenial
 Mientras charlamos, un grupo de adolescentes la acribilla a fotos desde la calle a través de la cristalera. La historia de su vida.
Mis hijas me encargan que les salude a Mario. ¿Desde cuándo la llaman la mujer de Vaquerizo?
Los amigos, desde el principio, porque saben que me divierte profundamente.
 Y ahora para muchas niñas soy la mujer de Mario, y la hija de América, mi señora madre, sí. 
No me importa, porque no dejo de ser yo y yo sé lo que soy. 
Mi ego puede soportarlo.
 

¿Cómo es vivir con Él?
Lo que todos piensan: divertido.
 A veces demasiado para una hija única como yo, que necesita su espacio.
 Pero sobre todo es fácil, porque se levanta y se acuesta de buen humor, y yo detesto a la gente eternamente enojada.
En su casa, el desmaquillante debe de ponérseles en un pico. ¿Cómo es Alaska a cara lavada?
Un huevo duro, que decía Boy George. 
No tengo facciones, ni cejas ni pestañas. Me produzco, me manipulo, me invento como quiero que se me vea.
 Y ahí solo vale tu criterio. Si hay una señora de 80 años que presume de no haberse hecho nada y lavarse con jabón Lagarto, pues felicidades, amiga.

A ver si logro preguntarle algo nuevo en sus 41 años de entrevistas. ¿Qué tal los triglicéridos?
Pues fíjate que no estoy segura, ni de los triglicéridos, ni si de me lo han preguntado. 
A lo mejor sí, para alguna revista médica.
¿Le han llamado ya vieja?
Empecé con 14 años y me decían que no podía vestirme como me vestía, y ahora estoy a punto de oír lo mismo por vestir como visto a los 54.
 Supongo que aún no se atreven: esperarán a los 60.
Distinga entre viejo y 'vintage'.
La diferencia es el precio, y el tonto que lo dice en la revista. 
Todo es antiguo, o viejo y tiene valor.
Se ha pasado usted un poco de los 5 minutos de fama de Warhol.
Pues sí, y más para ser su hija.
 Eso no lo buscas tú. Pero Warhol sí que es moderno, está más vigente que nunca.
 Lo que estamos viviendo hoy es puro Warhol.

Mira que le gusta un charco.
Ya no.
 Era divertido, pero he concluido que mi opinión no importa, y paso de mojarme cuando todo es causa de inquisición.
 Es un momento fatal para opinar,
¿Y para qué es bueno?
Pues, igual este es un buen momento para mirar hacia adentro.
“Alaska, introvertida”: eso sí que es un oxímoron.
Al revés, “Alaska, extrovertida” sí lo es. 
También me ocurrió con 16 años.
 Pedro [Almodóvar] siempre dice 'que lo cuente Alaska, que como no salió ni bebió, se acuerda de todo'. Y es cierto.
“Ya no quiero dramas en mi vida”, canta. ¿Los quiso antes?
De pequeña era más dramática, más de letra de ranchera o bolero para mi vida.
 Hasta que dije basta. Ahora mi vida, de ser algo, sería una comedia de Berlanga, riéndome de todo, hasta de lo que no tiene ninguna gracia.
¿Hay amor en el aire? Venga...
Mis amigos ya no encuentran jóvenes en las saunas o los pubs porque ahora quedan por Tinder o Grindr o Meetic.
 Pero al final, el amor está en el aire: en las ondas, en las feromonas, en el aliento.
¿Y qué hay del sexo virtual?
No comprendo el sexo virtual. 
¿Follar por WhatsApp? Pues igual es más higiénico, pero no le veo el sentido.
 Es como cuando estás a dieta y te pasas el día viendo fotos de comida. Prefiero comérmela.
Donde esté la carne...
O el hueso.
 Tengo la manga japonesa: muy ancha. Eso también lo da la edad. De joven solo me gustaba David Bowie, pero luego vi a Conan y John Goodman y me gustan los mazaos y los gorditos.
 Mejor, porque Bowies hay pocos.
¿Se jubilará de ser Alaska?
Mi logro es haber hecho de lo que yo pensaba que era y quería ser, lo que soy, poder vivir de eso y mantenerlo.
 ¿Cómo me voy a jubilar de Alaska? Alaska c'est moi.

 

 

Woody Allen inmortal.....................................Por Rubén Amón........

Si el nihilismo no pudo con él, menos va a hacerlo una campaña de oscurantismo comercial.

Se dilata, se extiende, el proceso público de evisceración al que está siendo expuesto Woody Allen, convirtiendo incluso en cómplices de sus "delitos y faltas" a quienes profesamos devoción al cineasta neoyorquino. 
Devoción a su cine y a su filosofía, pues se intrincan la una y la otra en una visión del mundo que oscila del nihilismo al erotismo como si fueran poderes antagonistas.
 A Woody Allen se le condena a la muerte civil por de un delito sexual que ni siquiera fue elevado a los tribunales, y se le somete a un proceso de expiación de su obra.
 Una enmienda total. 
Se reniega del hombre y se termina prendiendo fuego a sus películas en una suerte de aquelarre oscurantista.
Se diría incluso que Hollywood, ese templo budista de la moral, está vengando al hijo descarriado.
 Y que se han puesto en cuarentena todas sus conductas con la ley de la justicia preventiva. 
Una purga que no proviene del estupor hacia el hipotético pederasta, sino de las cautelas comerciales. 
Nada es más sencillo que suscribir una moda y que comprometerse con la inercia.
 Porque no hay compromiso, sino mimetismo. 
Y porque el linchamiento colectivo amortigua la responsabilidad individual. Son los tiempos del eslogan. 
Y de las camisetas de usar y tirar, pues un día somos Charlie, otros somos las niñas de Boko Haram y al tercero la emprendemos contra Woody Allen. 
Tantas cosas somos que no somos ninguna en la comodidad de las criaturas mutantes.
De Woody Allen me gustan todas las películas, hasta las peores. Me confortan cuando la música de fondo, pongamos una música contemplativa de jazz, predispone, blanco sobre negro, en letras de tipografía windsor los nombres de Charles H. Joffe, de Stephen Tanenbaum, uniendo una obra con la anterior y con la siguiente, en una suerte de itinerario lúcido, sarcástico y pesimista.

No es verdad que Woody Allen repita una y otra vez la misma película.
 Ocurre que todas emanan de la misma personalidad y del mismo ingenio.
 Y también de las mismas obsesiones: el sexo, el nihilismo, claro, el humor negro, el sexo, el amor sin correspondencia, el sexo, la hipocondría, el sexo, y el pavor a la muerte.
 Que tiene, la muerte, verdaderos superpoderes, como ironiza uno de sus alter egos en un pasaje de Magia a la luz de la luna.
Pude conocerlo y entrevistarlo a propósito de Vicky Cristina Barcelona
 Lo admito.
 Esta película no me gustó ni a mí, pero la tengo idealizada porque me permitió charlar con Woody Allen.
 Identificar su mirada de asombro por encima de la montura de las gafas.
 Escuchar que estaba "completamente en contra de la muerte". Reconocer como un arrullo existencial su voz atiplada.
 Y confirmar la impresión de un personaje entrañable, nervioso, que no parecía exactamente un depredador sexual y que era consciente de que ya no podía aparecer como antigalán de sus películas.
Por eso lleva algunos años reencarnándose en Joaquin Phoenix, o en  Colin Firth, o en Owen Wilson, o en  Josh Brolin. Y resitiéndose a cumplir 80 años, pese a que los ha cumplido con creces.
 Como se resistió a recoger sus cuatro premios Oscar en las galas del onanismo.
 Hollywood le ha devuelto el desprecio.
 Y se ha propuesto empalarlo, aunque se trata, en realidad, de una moda efímera. 
Woody Allen ya nos sobrevive en cuanto creador de un lenguaje tragicómico que implica una concepción del ser humano.
 Y que explica -ya entramos en materia- que su aventura en la ópera consistiera en el humor, amor y pavor de Gianni Schicchi de Puccini.


Se diría incluso que Hollywood, ese templo budista de la moral, está vengando al hijo descarriado. 
Y que se han puesto en cuarentena todas sus conductas con la ley de la justicia preventiva.
 Una purga que no proviene del estupor hacia el hipotético pederasta, sino de las cautelas comerciales.
 Nada es más sencillo que suscribir una moda y que comprometerse con la inercia. Porque no hay compromiso, sino mimetismo. 
Y porque el linchamiento colectivo amortigua la responsabilidad individual. Son los tiempos del eslogan
 Lo admito. Esta película no me gustó ni a mí, pero la tengo idealizada porque me permitió charlar con Woody Allen. Identificar su mirada de asombro por encima de la montura de las gafas. Escuchar que estaba "completamente en contra de la muerte". Reconocer como un arrullo existencial su voz atiplada. 
Y confirmar la impresión de un personaje entrañable, nervioso, que no parecía exactamente un depredador sexual y que era consciente de que ya no podía aparecer como antigalán de sus películas. Por eso lleva algunos años reencarnándose en Joaquin Phoenix, o en  Colin Firth, o en Owen Wilson, o en  Josh Brolin. Y resitiéndose a cumplir 80 años, pese a que los ha cumplido con creces. Como se resistió a recoger sus cuatro premios Oscar en las galas del onanismo. Hollywood le ha devuelto el desprecio. Y se ha propuesto empalarlo, aunque se trata, en realidad, de una moda efímera. Woody Allen ya nos sobrevive en cuanto creador de un lenguaje tragicómico que implica una concepción del ser humano. Y que explica -ya entramos en materia- que su aventura en la ópera consistiera en el humor, amor y pavor de Gianni Schicchi de Puccini.
Suya fue la dramaturgia que vimos hace un par de años en e Teatro Real como suya fue la idea de extrapolar la obra del medievo florentino al neorrealismo, recreando una escenografía abigarrada que predisponía al pintoresquismo de los personajes y que permitía al cineasta neoyorquino consumar un homenaje al cine italiano y la ópera, escogiendo para la ocasión el registro tan propicio y tan particular de la comedia negra.
Woody Allen ha tenido muy presente la ópera en su filmografía. De hecho, uno de los pasajes más celebres del repertorio personal proviene de Misterioso asesinato en Manhattan,cuando su alter ego declara a Diane Keaton paseando por el Lincoln Center que le entran ganas de invadir Polonia cada vez que escucha la música de Wagner.

Woody Allen | Ganas de invadir Polonia.

Toma sus precauciones Allen con la ópera, igual que hacían los hermanos Marx en una relación confusa y estrafalaria.
 La prueba está en que él propio cineasta convierte A Roma con amor  en un pretexto para representar el papel de un director de escena "moderno".
 Tan moderno que se jacta de haber concebido una Tosca en una cabina telefónica y de haber vestido de ratas a los personajes de Rigoletto.
La sátira tenía su interés porque se la había inspirado un montaje de Lohengrin estrenado en Bayreuth donde los protagonistas aparecían disfrazados precisamente de roedores.
 Y es aquí cuando siempre me acuerdo de mi amigo José Manuel Zapata, y del esfuerzo que tuvo que hacer en la Opera de Dusseldorf para cantar El barbero de Sevilla secuestrado en un traje abeja que lo comprimía y lo ridiculizaba.
Woody Allen perseveró en el disparate reclutando para la película romana al tenor Fabio Armiliato
 No haciendo un cameo, sino representando el papel de un tenor que únicamente era capaz de cantar en la ducha.
 Y así aparecía en los teatros, forzando la dramaturgia hasta el delirio para estimularlo debajo del grifo. 
Y organizándole recitales de estas características:
Puede tratarse de la mayor exageración operística en que ha incurrido Woody Allen, mucho más sutil cuando recurrió a la música de Otello para "ambientar" la historia de traiciones, pulsiones homicidas e infidelidades que late en la oscuridad de la angustiosa y sublime Match Point.