Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

8 ene 2018

¿Es el asesino de Diana Quer un enfermo mental?

 

Según el psicólogo que atendió a las víctimas de Alcásser, el psicópata no tiene una pérdida de contacto con la realidad, elige voluntariamente sus actos, conoce su ilegalidad y, a pesar de ello, actúa.

Traslado de Abuín tras un registro.
La población en general tiende a confundir a los psicópatas o personas con una “personalidad psicopática” con los psicóticos o enfermos mentales.
 Es muy importante que diferenciemos a los asesinos psicópatas de las personas que sufren una enfermedad mental o psicosis.
Por las razones que iremos desgranando, está muy claro que el psicópata no es un enfermo mental.
 La persona que sufre una enfermedad mental puede cometer en ocasiones actos violentos, pero bastante desgracia tiene con su trastorno para que encima les atribuyamos una conducta violenta.
 Cuando ocurre un acto violento, un asesinato particularmente brutal e inhumano, la sociedad –que busca una explicación a un hecho tan dramático tiende a relacionarlo con la enfermedad mental, y piensa que la persona tiene una anomalía psicológica, un trastorno mental transitorio, que obró influida por alguna sustancia tóxica o que tenía alterada la percepción.
 Nada de ello es cierto. 
El psicópata no es un enfermo mental y por supuesto, los enfermos mentales no son asesinos.
 Los enfermos mentales, las personas con diferentes tipos de psicosis, unas veces orgánicas y otras endógenas o funcionales, sufren ideas delirantes, alucinaciones, y no tienen conciencia de la naturaleza patológica de sus delirios y sus alucinaciones.
 En ocasiones tienen un trastorno bipolar, en el que padecen episodios maníacos con estados de ánimo elevados, expansivos e irritables, junto con otros episodios depresivos.

Por el contrario, los psicópatas tienen rasgos de personalidad patológica, formas de ver el mundo, de relacionarse y de pensar sobre los demás y uno mismo que son incorrectos, inflexibles y poco adaptativos. 
La personalidad, la forma de ser de las personas, en algunos casos, puede llegar a provocar malestar y mucho dolor en la propia persona, o como en este caso, en las personas que conviven con él. El profesor Hare dice que “sus actos no son provocados por una mente desequilibrada, sino de una decisión racional, calculada, combinada con una escalofriante incapacidad para tratar a los demás como seres humanos, dotados de pensamientos y sentimientos”.
Es frecuente que sean capaces de realizar comentarios como “disfruté con su dolor y lo volvería a hacer”, “ha sido el momento más glorioso de mi vida”, “fue él/ella quien se lo buscaron”.
 Por tanto, el psicópata comprende la ilicitud del acto que realiza y además elige actuar de la forma en que lo hace, siendo responsable de sus actos.
 El psicópata no tiene una pérdida de contacto con la realidad.
 Sus rasgos de personalidad están descritos en la “Escala de Evaluación de la Psicopatía de Hare”: facilidad de palabra y encanto superficial, manipulador; sentido desmesurado de su valor; ausencia de remordimiento o sentimiento de culpa; afecto superficial; insensibilidad afectiva y ausencia de empatía.
Acompañando a esta personalidad psicopática puede ir unida una inteligencia mayor o menor, que le ayudará a planificar, esconder y tener coartadas.
 El psicópata tiene una personalidad narcisista, histriónica, suspicaz o perfeccionista, y el consumo de sustancias, o una desviación sexual o sadismo, marcarán su forma de actuar.
Creo que debemos tener claro que las personas que sufren una psicosis o enfermedad mental, están influidas por los pensamientos delirantes, que invaden sus vidas, y por las alucinaciones que les hacen vivir las voces como reales. 
Y todo ello ocurre de forma completamente involuntaria. 
Sin embargo, el psicópata lleva en sí la semilla del mal, elige voluntariamente sus actos, sabe lo que está haciendo, conoce su ilegalidad y a pesar de ello actúa. 
El asesino de Diana Quer es un psicópata, y, por lo tanto, no es un enfermo mental.

 

 

7 ene 2018

Todo se pudre alrededor de El Chicle............... Manuel Jabois.

La familia del presunto asesino de Diana Quer sufre un brutal acoso mientras algunos de sus miembros reniegan de él.

Enrique Abuín Gey sale de su vivienda tras un registro después de aparecer el cadáver de Diana Quer.
El 22 de agosto de 2016 la Guardia Civil emitió una alerta por la desaparición de una chica de 18 años en A Pobra do Caramiñal. 
 El 3 de enero de 2018 una mujer entró en Facebook, vio la foto de una niña de 12 años y le deseó la muerte.
 Ésta es una historia de odio y de niñas inocentes. 
Sobre la muerte física y la muerte civil. 
Sobre un asesino y un asesinato.
Diana no era la más rebelde de las hermanas Quer, dos chicas de 18 y 14 años con los conflictos propios de la adolescencia y del divorcio de sus padres.
 Su desaparición se produjo en un entorno idílico, el paseo marítimo de Areal en su lugar de veraneo, A Pobra.
 Por allí sobreviven las ruinas de la discoteca Boomerang, un viejo lugar de culto de los 80 del que se podía salir para bañarse en la playa y volver.
 Diana Quer se esfumó cerca, a la altura de un restaurante italiano. Era una noche de fiesta grande en un paseo iluminado junto a la playa; Diana vestía un pantalón corto rosa, camiseta blanca, sudadera y zapatillas con cordones.
 Su casa en Xobre, Monte Curota, domina las vistas del pueblo. Cuando salió el sol y su madre vio que la chica no estaba en su dormitorio, cogió el coche y se dirigió al puesto de la Guardia Civil.
 Los agentes se desplazaron con ella a casa para iniciar una pequeña investigación que resolviese lo que podría ser una larga noche de fiesta.
 Pero allí mismo se encendieron las alarmas: nunca había hecho eso, ni hubiera tardado en llegar sin dejar aviso.
 Se había ido de casa alguna vez, pero siempre tras una gran discusión y un portazo. No era el caso. 

24 horas más tarde, la prensa se hizo eco tímidamente de la noticia: “joven madrileña”, “chica de 18 años”, “joven desaparecida”. 
Es imposible saber qué estaba pasando entonces por la cabeza de José Enrique Abuín, alias El Chicle o Chikilín, vecino de Taragoña (Rianxo) de 41 años, casado y con una hija. 
Tenía oficios precarios, ilegales en su mayoría; acudía a comer a diario a casa de sus padres. 
Cerró la temporada de maratones en junio de 2016 con su equipo de Moraña acompañado de su hija, que estaba en el mismo equipo. A principios de julio acudió a las fiestas de San Antonio de Catoira, lugar de origen de su mujer, Rosario Rodríguez; 
allí el matrimonio se reunió con una de las hermanas de Rosario y su marido, los cuñados que posteriormente, junto a la propia Rosario, le proporcionaron una coartada para la noche de la desaparición de Diana Quer (él les dijo que no tenía nada que ver pero tampoco nada que le exculpase; luego los acabaría amenazando).
 El sábado 23 de julio, Abuín, su mujer y su hija disfrutaron de un día en Padrón y se fotografiaron en el puente colgante de O Xirimbao.
 A mediados de agosto, Abuín cubrió de andamios su casa de Taragoña, una llamativa construcción de color verde, para repintarla junto a un amigo.

 El domingo 21 de agosto le dijo a su mujer sobre las diez de la noche que salía a robar gasoil y entre las dos y las tres de la mañana metió por la fuerza en su coche a una chica de 18 años, Diana Quer y, según una declaración espontánea sin validez judicial cuando dijo dónde estaba el cuerpo, la estranguló al no ser capaz de violarla

. Los niveles de destrucción de un asesinato son masivos. Todo lo que ha quedado estos días en Rianxo es tierra quemada.

 Un silencio casi funerario después de dos semanas que sus vecinos no podrán olvidar nunca.

 Bajo ese silencio trata de recomponer su vida la familia de Abuín. 

Las pintadas en su casa (“Asesinos”, “cómplice”, “Chikilín estás morto”) son la punta del iceberg de un acoso masivo a través de las redes sociales.

 Comentarios que han llegado a apuntar a su hija, de 12 años, a la que una mujer le desea la muerte para que Abuín pague como está pagando la familia de Diana Quer. 

Un hombre, al ver la misma foto de la niña, le dejó este mensaje: “Hija de asesino”. Son comentarios respondidos automáticamente por usuarios que reclaman que se deje en paz a la familia.

 Pese a estas peticiones, también se han compartido fotos de la niña, de su madre y de sus tíos advirtiendo de quiénes se trata. Al sobrino de Abuín, un chico de 19 años, una mujer le escribió: “La misma cara y los mismos dientes”. 

Otra colgó el comentario: “Sois todos de la misma sangre y éste se parece al asesino”. El chico, que tenía mala relación con su tío, ha pedido la pena de muerte para violadores y asesinos: “Si antes le tenía asco, ahora más”. Decenas de comentarios se han ido repartiendo en las cuentas de cualquier perfil que tuviese relación con El Chicle, y miles de comentarios en el suyo; alguien con acceso a su cuenta ha borrado hilos de más de 2.000 mensajes en los que se podía encontrar toda clase de expresión de odio, especialmente insultos homófobos debido a su estancia en la cárcel.

La fábrica abandonada en la que apareció el cuerpo de Diana Quer, hundido por unos lastres en un pozo de agua dulce, se ha convertido en el altar improvisado a la memoria de la joven.
 Flores frescas y mensajes de la misma gente que la buscó con ahínco en los últimos días de agosto de 2016. 
A doscientos metros de los padres de un hombre que, sabiéndose sospechoso del asesinato, y tras ser interrogado y vigilado, volvió a atacar con el mismo procedimiento a una joven parecida físicamente.
 De ahí que no haya nada cerrado en relación a José Enrique Abuín: se investiga todo. 
Las consecuencias del asesinato ya transcurren en dos planos paralelos: por un lado la justicia, por el otro el dolor de su familia. Fuera de esos focos, la toxicidad del crimen pudre todo lo que esté cerca de él.

 

France Gall - Poupée de cire, poupée de son - Eurovision 1965 - Luxembou...

Muere la cantante francesa France Gall a los 70 años

 

Icono de la generación yeyé, de la que después renegó, ha fallecido de cáncer en París.

La cantante France Gall, en un concierto en París en 1981.
La cantante France Gall, icono de la Francia yeyé, ha fallecido este domingo, a los 70 años, en Neuilly-sur-Seine, rico suburbio adosado a París, por complicaciones derivadas del cáncer que combatía desde hace dos años, ha informado en un comunicado su representante.
 Un mes después de la muerte de Johnny Hallyday, se marcha otro mito de una época de la que quedan cada vez menos protagonistas: aquellos añorados sesenta en los que cantantes adolescentes de pronunciados tupés y faldas demasiado cortas para la moral imperante lograron revolucionar la música y la sociedad de su tiempo.
En aquella escena, cada cantante interpretaba a un personaje. 
Sylvie Vartan era el sol. Françoise Hardy, la sombra. 
Con su timbre infantil y flequillo perenne, Gall puede que fuera la menos clasificable: respondía al estereotipo teatral de la joven ingenua, aunque con la mirada teñida de una inexplicable melancolía, como si ya adivinara lo que la vida le iba a deparar.
La cantante nació en 1947 en París, en una familia donde abundaban los intérpretes y compositores.
 Su padre fue Robert Gall, que escribió temas para Édith Piaf y Charles Aznavour, y su abuelo materno fue Paul Berthier, fundador de una exitosa coral religiosa que inspiró la película Los chicos del coro.
 Su nombre de pila era Isabelle, pero le obligaron a cambiarlo para no ser confundida con Isabelle Aubret, otra cantante de éxito en la época (que, en realidad, se llamaba Thérèse).
 Como en toda ficción, no era posible contar con dos personajes que respondieran al mismo nombre.
 Gall debutó en 1963, a los 16 años, con Ne sois pas si bête, que triunfó en el programa Salut les copains, vivero del movimiento yeyé.
 Un año más tarde, su encuentro con Serge Gainsbourg, entonces todavía semidesconocido, resultó decisivo: le escribió éxitos como N’écoute pas les idoles y Laisse tomber les filles, a los que sucederá Sacré Charlemagne, tema infantiloide y algo engorroso que le escribió su padre y que nunca le gustó, pero que logró colocar dos millones de copias.
 


Su consagración definitiva llegó al ganar el Festival de Eurovisión de 1965, donde representó a Luxemburgo con otro tema de Gainsbourg,

La nutrida etapa yeyé llegó a su final con el escándalo provocado por Les sucettes, otra canción de Gainsbourg, siempre adicto a los dobles sentidos, sobre una chica aficionada a chupar piruletas de anís.
 Gall, que no se percató de la referencia velada a las felaciones, dijo haberse sentida manipulada y humillada.
 “No me gusta suscitar el escándalo. Quiero que me quieran”, explicó Gall, convertida en Lolita a su pesar. 
Más tarde, no dudó en renegar de aquellos años. 
“Borraría ese periodo. He conservado de él un recuerdo de malestar. No había escogido cantar ni exponerme.
 Las canciones no me pegaban, aunque adore las de Gainsbourg. Para los demás era un personaje turbio, con la identidad enmarañada”, explicó a Le Monde en 2004.
La llegada de los setenta vino acompañada de una profunda puesta en duda de sí misma, como le sucedió a la mayoría de yeyés, convertidos en personajes obsoletos.
 Ahí empezó la emancipación de esta muñeca manipulada, igual que un títere, por los hombres que la rodeaban.
 Tras una breve colaboración con Giorgio Moroder en la etapa más temprana del disco, fue su encuentro con el joven compositor Michel Berger, lejanamente vinculado a la familia yeyé, lo que dio impulso a su carrera.
 En 1974, La déclaration d’amour marcó el inicio de un nuevo ciclo musical y sentimental: dos años después, contrajeron matrimonio. 
“Nací cuando conocí a Michel, un poco como la Bella durmiente”, solía decir Gall.
 El resto de su trayectoria musical estuvo vinculada a Berger, con quien grabaría grandes éxitos de los setenta y ochenta, como el musical Starmania, y temas como Musique, Si maman si, Évidemment o Ella elle l’a, homenaje a Ella Fitzgerald que triunfó en la Francia de Mitterrand.
 De esa época también se recuerda su compromiso con el continente africano: participó en numerosas causas humanitarias y se compró una casa en Dakar, donde pasó largas temporadas. 

La muerte de Berger, en 1992, víctima de una crisis cardiaca a los 44 años, dio un nuevo vuelco a su vida.
 Aquella desgracia vino seguida, solo un año después, de un primer cáncer de mama y, en 1997, de la muerte de su hija Pauline. 
Fue entonces cuando Gall decidió poner fin a su carrera.
 Nunca volvió a subirse a un escenario, con una única excepción: en 2000 aceptó cantar con Johnny Hallyday un tema firmado por Berger, Quelque chose de Tennessee.
 En 2015, coescribió el musical Résiste, homenaje a Berger, que tomaba el título de su mayor éxito conjunto, última gesta de una cantante más influyente de lo que la historia oficial ha querido contar.
Gall ha sido una referencia no siempre confesa para distintas generaciones de vocalistas francesas, de Lio en los ochenta, a jóvenes cantantes de hoy como Fischbach o Juliette Armanet, que reivindican la variété francesa en su versión más sofisticada.
 “¿Qué nos gusta de las canciones de Berger y Gall? Había algo profundamente naíf y sincero en ellas.
 Es tarea nuestra reavivar ese impulso de sinceridad y emoción verdadera”, declaró Armanet en febrero pasado.