Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

5 ene 2018

El Chicle, un correo de los narcos expulsado por traidor

 

El autor de la muerte de Diana Quer se convirtió en la oveja negra del clan de Os Fanchos cuando reveló que su tío le había metido dos paquetes de coca en el coche.

José Enrique Abuín Gey, durante el registro de su vivienda el pasado domingo. VÍDEO: ATLAS
La orden en clave a través de los móviles pinchados, aquel 7 de agosto de 2007, era servir "dos metros de arena" para una obra en Ourense, pero lo que los agentes se toparon en el Fiat Bravo de José Enrique Abuín Gey, alias El Chicle, Chiquilín o El Chiqui, autor confeso de la muerte de Diana Quer, fueron dos paquetes de coca.
 Había estallado la Operación Piñata, cuyos resultados en cantidad y pureza de la droga fueron inmensamente mayores de lo que auguraban los investigadores.
 Abuín Gey, el fitipaldi de la familia (que en 2010 y 2011 fue detenido por conducir sin carné), amigo de la velocidad y más despierto al volante que en la oscura diplomacia del negocio de la fariña, apenas tardó en cantar. 
Delató a su tío Rafael Rivas como cabecilla del grupo de Os Fanchos y cayó inmediatamente en desgracia.
 Fue apartado por chivato, por no respetar ni con sus parientes maternos el silencio que exigen los clanes como norma más sagrada de su ética.
"Hay un código de conducta sin el que los clanes de la ría no funcionan", explica una persona vinculada a históricas investigaciones en Arousa. 
"El que traiciona a la familia y la vende para obtener beneficios cuando se avecina un juicio queda marcado para siempre".

Con el tiempo, El Chicle se hizo deportista, se apuntó a un club de Moraña (Pontevedra) y se tomó muy a pecho su afición al atletismo, aunque desde hace medio año no corría tanto por culpa de una lesión y una operación en el hombro derecho
Después de algunos empleos efímeros, últimamente buscaba liquidez económica en el marisqueo furtivo y en los hurtos de gasoil y mercancías en las zonas portuarias. 
Su carrera en el mundo de la droga ya había quedado atrás por su traición al clan familiar de Os Fanchos, originario de la zona limítrofe entre los municipios coruñeses de Boiro y A Pobra do Caramiñal, la localidad de la que faltó Diana Quer en la madrugada del 22 de agosto de 2016.
 Aunque antes de todo esto tuvo tiempo de verse involucrado con otros Fanchos en al menos un par de juicios: el de la Piñata, por delitos contra la salud pública, y otro por lesiones a un hombre, con bate de béisbol y estilete, a las puertas de una discoteca, de la que El Chicle acabó saliendo absuelto.
El hombre que cuando se supo sospechoso de la desaparición de Diana Quer aleccionó a su esposa y dos cuñados, para que construyeran su coartada contando que aquella noche se la habían pasado robando combustible, no se lo pensó dos veces a la hora de cantar contra su familia. 
Reveló que su tío era el que le había ordenado el transporte de la droga en su Fiat y también el almacenaje de otros 17 paquetes y dos bolsas en la casa de sus padres, esa vivienda familiar del lugar de Asados (Rianxo) donde él se crió y que solo se encontraba a 200 metros de la nave con pozo donde nueve años después se desembarazó del cuerpo de Quer tras su muerte.
El registro de la casa de sus padres el 8 de agosto de 2007 sacó a la luz más de 19 kilos de cocaína de en torno a un 80% de pureza, pero en principio se declaró nulo porque El Chicle, detenido desde un día antes cuando se hallaron las dos tabletas (algo más de kilo y medio) en su coche, no estaba presente.
 En el juicio en la Audiencia Provincial de A Coruña, en el año 2015, José Enrique Abuín habló y dio todo lujo de detalles mientras otros investigados en la causa se acogieron a su derecho a no declarar.
 Llegó a decir que él no sabía lo que le había dado a guardar su pariente materno, pero fue condenado.
 A pesar del enorme volumen de droga localizada, que se valoró en 757.000 euros, por las dilaciones indebidas El Chicle solo fue condenado a pagar 300.000 euros y a dos años y seis meses de cárcel de los que únicamente cumplió una pequeña parte.
 Su abogado recurrió el fallo al considerar que se había vulnerado su presunción de inocencia y en mayo de 2017 el Supremo desestimó el recurso.
 En otras circunstancias y con otros ritmos procesales, quizás no le habría dado tiempo de cruzarse con Diana Quer en su camino, pero la sentencia, hoy, todavía se encuentra en fase de ejecución. 

 

 

 

Leonard Bernstein: la leyenda musical a la que espió el FBI

 

La figura del director y compositor de ‘West Side Story’, narcisista, bisexual, comunicador, no hace más que crecer en el centenario de su nacimiento.

El presente es un tiempo miope. Lo ves de cerca, pero de lejos se difumina. 
La época en que vivió Leonard Bernstein (Lawrence, Massachusetts, 1918-Nueva York, 1990), hubo un trono musical ocupado por un emperador de su misma generación: Herbert von Karajan.
 En su terreno, el austriaco lo dominaba todo y fue muy hábil aliándose con un invento aparentemente imbatible, la industria del disco.
 Pero resultó un mal cálculo. Esta, tal y como la concebía, apenas le sobrevivió una década.
 Y el futuro, por muchas más razones, lo ha ido rebajando al ritmo que su oponente, Leonard Bernstein, se imponía en ese acceso al Olimpo tan goloso que llaman Historia. 
Al contrario que Karajan, había apostado más fuerte por otro medio como aliado de la música: la televisión.

Los tiempos del siglo XXI le han dado la razón en casi todo.
 No sólo en su labor pionera en la búsqueda de nuevos públicos, también en la vigencia de sus creaciones, tan frescas y chispeantes como una vitamina recién exprimida.
 Y en su visión política... Si Karajan fue un nazi diluido por el oportunismo hasta el fin de sus días, Bernstein sufrió el hecho de ser un judío neoyorquino comprometido con la izquierda de su país al que investigó durante años en FBI. 
 ¿Qué figura se asemeja más a la del héroe?
Si hoy preguntas a un director de las nuevas generaciones a quien prefiere como modelo, gran parte de ellos responden que a Bernstein. 
Gustavo Dudamel, que le homenajeará este año con dos de sus sinfonías, declaraba el miércoles en Madrid que fue el más completo de la Historia, según él.
 "Músico y a la vez, gran comunicador", comentaba. "Supo hacer de la música un acontecimiento divertido, más que solemne".
Concebía el liderazgo como una seducción sometida a un continuo proceso de convencimiento.
 De hecho, ya en sus tiempos, a muchos les sorprendía que sus músicos de la Filarmónica de Nueva York le llamaran Lenny y no Mr Bernstein. 
Atraía a las masas con sus programas de pura divulgación musical en la radio y la televisión.
 Reivindicaba compositores del presente o imponía a los de un reciente pasado como signos de modernidad, caso de Mahler. “Vivió para poder dirigir ocho de sus sinfonías: 
¡La novena la escribió para mí!”, decía en unos de esos comentarios que hicieron legendario otro de sus rasgos: el narcisismo. 

Leonard Bernstein durante un ensayo en el Carnegie Hall.
Leonard Bernstein durante un ensayo en el Carnegie Hall. getty
Como creador se empeñó en buscar –sin renunciar a la vanguardia- caminos de nueva conexión con el público, tanto a nivel sinfónico como dentro del teatro musical. 
Resultaba seductor y le sacaba un partido natural a su bisexualidad.
 Se casó y tuvo tres hijos, pero nunca escondió su predilección por los hombres.
Además, se alió con el cine, compuso bandas sonoras y se metió en todo tipo de fregados reivindicativos a favor de los derechos sociales. 
Bien contra el Apartheid en Suráfrica, a favor de Amnistía Internacional, en contra de la guerra de Vietnam y en pro del pacifismo.
 Sus tempranas diatribas y mucha envidia en un entorno que miraba a aquel adonis exaltado y extrovertido por encima del hombro, hicieron saltar las alarmas del FBI controlado J. Edgar Hoover cuando no había cumplido treinta años.
Ya al principio de la década de los cuarenta, Hoover quiso perseguirlo.
 Pero la primera investigación seria data de 1949, cuando lo conectaron como afiliado o simpatizante de lo que los informes denominan “frentes comunistas”. 
Ocurrió durante la presidencia de Harry S. Truman, en el cargo hasta 1953, justo cuando la caza de brujas del macartismo lo emponzoñaba todo.
Y ahí andaba Bernstein, en el ojo del huracán. 
 Marcado con su X de comunista y dentro de la lista más negra del ranking. 
Fue algo que viviría, quizás consciente, quizás no, durante tres décadas con intervalos.
 Intenso en los cincuenta, sin consecuencias durante la era Kennedy, del que fue buen amigo sin entrar de lleno en su Camelot, y con otra caída en desgracia en los tiempos de Nixon, que lo calificaba sin tapujos de hijo de la gran puta. 
De la década de los cuarenta hasta entrados los setenta, Bernstein, pese a haber jurado fidelidad a los Estados Unidos, no se quitó el sambenito.
Fue en parte esa persecución lo que le llevó a dedicar una obra al Cándido de Voltaire, que no tuvo mucho éxito al principio.
 Lo contrario de su pieza más conocida, reivindicada y sin mácula que hoy resulta muy aleccionadora en plena era Trump. 
Se trata de aquel Romeo y Julieta entre pandilleros blancos y portorriqueños titulado West Side Story.
 Una obra de teatro musical, ópera contemporánea, que busca la conexión con el público utilizando técnicas vanguardistas y melódicas a la vez, con claro trasfondo social, tal como describe Alex Ross en El ruido eterno.
 Brilló en los teatros, se convirtió en un éxito como película. 
Aun triunfa.
Su labor creativa lo catapultó y le sonrió.
 “El que, además, se le reconociera como a un gran compositor, fue algo que Karajan no podía soportar.
 Le produjo mucha envidia en vida”, comenta Alfonso Aijón, que los conoció bien a ambos como promotor musical e impulsor de Ibermúsica.
Pero también fue reconocido en vida por el crítico Harold C. Shonberg como el mayor director que ha dado Estados Unidos.
 Le costó.
 Porque en 1960, los más escépticos aun le consideraban una especie de Peter Pan de la música, puede que impactados al no ser capaces de encajar autodefiniciones de este tipo: 
“Tengo aspecto de traficante de drogas bien desarrollado”.
 Eso y que equiparara cualquier compás de algún compositor muerto a una canción de The Beatles o que utilizara símiles beisbolísticos para explicar una sinfonía ante los 10 millones de norteamericanos que se sentaban a ver sus programas, producía resquemores difíciles de digerir.
 Pero suyo fue el presente y el futuro. Mucho más que de otros.

 

 

“Woody Allen está obsesionado con las adolescentes”

Un periodista de 'The Washington Post' analiza las 56 cajas del archivo personal del director y sostiene que la "misoginia" recorre toda su obra y sus notas.

 

Woody Allen, en 2016, durante el rodaje de 'Café Society'.
Woody Allen, en 2016, durante el rodaje de 'Café Society'. Gettyimages
Asegura que se ha leído de principio a fin el archivo del cineasta Woody Allen: 56 cajas, llenas de guiones, sketches eliminados, cuadernos, notas personales, que custodia la Universidad de Princeton.
 Y de todo ello el periodista de The Washington Post Richard Morgan saca una conclusión, que coloca como titular de su información: 
 “Woody Allen está obsesionado con las adolescentes”. 
“Lo sé porque he visto toda su carrera de cerca, sus guiones y sus garabatos, su sala de corte física y mental que se encuentra en 57 años de archivos, que ha estado recopilando desde 1980”, arranca su explicación Morgan, la primera persona en analizar todos esos documentos, según le informaron en la propia Universidad de Princeton.

Hay que llegar hasta el final del artículo para hallar una aclaración que tal vez merezca la pena adelantar. 
“No hay nada criminal en la fijación de un hombre de 82 años con los 18 y no es tan malo como 'sacarse el pene de repente’.
 Pero es profunda y anacrónicamente burdo. 
Además, Allen no parece preocuparse en absoluto de mejorar o cambiar de alguna manera.
 Vive, piensa y crea al igual que lo hacía en los setenta, hace casi medio siglo”, es una de las conclusiones de Morgan.
 El periodista sostiene que contactó varias veces con Leslee Dart, publicista del director, para que comentara el artículo, pero que esta nunca respondió.
El autor sostiene que la lectura del archivo “despliega una repetida misoginia” y Morgan hasta pone en duda la trayectoria creativa de Allen:
  “Ha sido nominado 24 veces a los Oscar y nunca ha necesitado ideas más allá del hombre lujurioso y su bella conquista, un concepto alrededor del cual ha hecho películas sobre Roma, París, Manhattan, Barcelona, el periodismo, los viajes en el tiempo, la revolución comunista, el asesinato, Hollywood y muchas cosas más”.
 Y destaca que la obsesión por las niñas recorre “insistentemente” todas las cajas de material.
De ahí que el redactor pase a ejemplos concretos
. En un texto para un programa de televisión jamás realizado, Allen describe una “rubia llamativa y sexi de 16 años en un flamante vestido rojo largo escotado con una amplia apertura en un lado”. 
En el relato Consider Kaplan, un hombre de 53 años se enamora de su vecina de 17, mientras comparten un viaje en ascensor.
 En Rainy Day, Allen describe a una chica de instituto que “no debería tener 20 o 21, más bien 18, o incluso 17, aunque 18 parece mejor”, mientras que no aclara la edad del personaje masculino del texto.
 Y en el borrador de una historia en 1977, titulado The Kugelmass Episode, el cineasta habla de un hombre de 45 años fascinado por “las alumnas” de un instituto de Nueva York.
 “Al lado de uno de los diálogos de este personaje, Allen apunta, y luego borra, ‘c’est moi’ [soy yo]”, señala Morgan.
 “La ciencia nos ha fallado. Cierto, ha derrotado muchas enfermedades, roto el código genético y hasta llevado a los humanos a la Luna. 
Y sin embargo cuando un hombre de ochenta se encuentra solo en una habitación con dos camareras de 18 años todavía no ocurre nada”, reflexiona Allen en otro borrador, My Speech to the Graduates.
Más allá de sus textos, el archivo desvela también el comportamiento de Allen con algunas de sus intérpretes. 
En una entrevista falsa, se refiere así a la actriz Janet Margolin, que colaboró con él en Annie Hall y Toma el dinero y corre: “De vez en cuando fui obligado a hacerle el amor para obtener una performance decente. 
Hice lo que tuve que debía, por el negocio”. 
La intérprete falleció en 1993.Y sobre la modelo española Nati Abascal, que trabajó con Allen en Bananas, asegura: “¿Podía actuar? 
Sí, descubrí, sobre todo en su defensa.
 Bloqueó mi mano cuando iba por su muslo y llevaba su rodilla hacia mi ingle mientras discutíamos de negocios… 
Saqué un contrato de mi bolsillo y ambos firmamos, no antes de que le explicara la obligación sexual que formaba parte del trabajo de las actrices que colaboran conmigo”. 
El redactor de The Washington Post trató de contactar en vano con un representante de Abascal.
El propio periodista matiza que Allen es célebre por su humor y que algunas de sus frases pueden ser irónicas, pero que eso no cambia, para él, la sustancia del asunto.
 Tampoco duda frente al hecho de que decenas de actrices más o menos célebres han querido trabajar con Allen a lo largo de todas estas décadas —la última, Kate Winslet, en Wonder Wheel, que está en las salas españolas estas semanas— y han sido nominadas en repetidas ocasiones a los principales premios de Hollywood por sus papeles.
 Para Morgan, se trata de un “juego de muñecas rusas” que resume con: “Sus trofeos tenían trofeos”.
 El periodista considera que, además, el éxito de sus actrices servía para alejar los focos “de la oscuridad” de Allen.
El artículo llega en pleno auge de la batalla #MeToo contra el acoso sexual y ya ha generado las primeras reacciones polémicas.
 Rose McGowan, una de las principales caras públicas de las denuncias contra Harvey Weinstein —el todopoderoso productor de Hollywood acusado de abusos por decenas de mujeres y cuya caída en desgracia fue el punto de partida de un movimiento mundial—, se ha alegrado en Twitter de que Allen sea “al fin desenmascarado”. El cineasta ya fue acusado en 2014 por su hija adoptiva Dylan Farrow de abusar de ella cuando tenía siete años.
 En una entrevista reciente con la BBC, sobre el caso Weinstein Allen declaró temer “una atmósfera de “caza de brujas, donde cada hombre que le guiña el ojo a una mujer en una oficina tiene que llamar enseguida a su abogado”. 
Bueno eso mismo hacen o hicieron otros directores o escritores como Lewwis Carrol con su Alicia, Nabokov con Lolita o con Ada o el Ardor, y wody Allen se caso después de tener relaciones con una hija de su pareja Mia Farrow, y era una niña, fea, no como la que él describe, pero niña adoptada que dejó fotos desnuda para que Mia las viera, eso es ser muy ruin y hasta es un delito.
 

La cruda reflexión de este juez tras el asesinato de Diana Quer que remueve conciencias

"El asesinato de Diana Quer muestra otra vez el riesgo que sufren las mujeres solo por serlo.

 En casi el 100% de las agresiones sexuales los autores son hombres. 

En el 91% de asesinatos entre parejas las víctimas son mujeres. Toda prevención criminal decente debería entender esto".

LA SEXTA
El magistrado y portavoz territorial de Jueces y Juezas para la Democracia, Joaquim Bosch, publicó el pasado 1 de enero un tuit sobre Diana Quer, la joven madrileña desaparecida en agosto de 2016 y cuyo cadáver fue hallado el pasado 31 de diciembre, que da muchísimo que pensar.
Para Bosch, el caso de Diana evidencia una vez más el riesgo que sufren las mujeres por el simple hecho de serlo, por lo que "toda prevención criminal decente debería entender esto":