La alcaldesa de Barcelona hace un alegato en favor de la diversidad sexual en horario de máxima audiencia.
Ada Colau, durante la entrevista en Telecinco. Sálvame Deluxe
Este sábado 9 de diciembre Ada Colau fue una de las invitadas en el programa de Telecinco Sálvame Deluxe. Habló con Jorge Javier Vázquez de temas mucho más personales de los que
acostumbra. En un momento de la entrevista, mientras repasaban temas
personales de la alcaldesa de Barcelona, Colau dijo: "Tuve primero un
novio y luego una novia. Tuve las dos cosas". "Ah, ¿tuviste una novia
también?", preguntó el presentador, mientras se escucha la reacción de
sorpresa del público. "Sí señor, sí. Durante muchos años", contestó. El
público aplaudió a la política catalana. "¿Tus asesores no se van a enfadar?", preguntó entonces Vázquez. "No
lo creo. A lo mejor ellos ni siquiera lo sabían". Colau continuo
explicando que su novia era "parte" de su familia, a la que no le ocultó
la relación, que empezó durante una beca Erasmus en Italia. "Hubo otras
relaciones, pero como gran relación fue aquella", añadió cuando el
presentador le pregunta si fue la única mujer en su vida amorosa. "Madre
mía...", dijo Vázquez, "cómo estarán ahora los de Convergencia i Unió".
Puedes ver ese fragmento de la entrevista a Colau pinchando en la
siguiente fotografía. Pincha en la fotografía para ver la entrevistaLa alcaldesa de Barcelona, que cierra la lista de los comunes de cara a las elecciones del 21-D,
hizo un alegato en favor de la diversidad afectiva y sexual en horario
de máxima audiencia. "Paolo él y Elena ella. Fue una relación larga, de
dos años". Otros muchos políticos españoles han dado antes el mismo paso
en favor de la diversidad, como el candidato por el PSC, Miquel Iceta. El socialista fue el primer político que habló abiertamente de su homosexualidad en España, en 1999. La revelación de Colau fue muy aplaudida en redes sociales. "Creo que no tienen nada de extraño", añadió Colau, que destacó la importancia del apoyo que recibió de su entorno familiar: "En mi casa era algo totalmente normalizado. Teníamos un montón de
amigos gays. Formaba parte de la normalidad de nuestro entorno".
Entonces Colau tenía 21 años. Ahora, a los 43, tiene una relación
sentimental con el padre de sus dos hijos. "Vivimos en una sociedad moderna en la que cada uno tiene que querer a
quien quiera mientras respete a los demás. Viva el amor y que cada uno
quiera a quien quiera", añadió la alcaldesa de Barcelona. Durante la
entrevista, concedida en plena campaña de las elecciones autonómicas en
Cataluña, Colau también habló sobre su infancia. Como explicamos en este artículo, una de las claves para la aceptación de la diversidad sexual es la visibilidad: "Es muy fácil decir que algo así es pecado,
por ejemplo, si hablamos en abstracto. Pero cuando nos referimos a
nuestros amigos, nuestros vecinos o nuestra familia, la cosa cambia:
resulta mucho más difícil decir algo así de alguien a quien conocemos y a
quien queremos. ¿Por qué no van a poder hacer lo que les dé la gana, ya
sea vivir juntos, casarse o formar una familia, si eso es lo que
quieren?".
Esta sociedad sigue potenciando y valorando al hombre muy por encima de
la mujer, y nosotras también caemos en eso, pero algo ha cambiado.
ES, EN EFECTO, una avalancha. Empezó con unas tímidas denuncias de
abusos en Hollywood que fueron prácticamente ignoradas, como habían sido
ignoradas las anteriores. Recordemos que a Roman Polanski, tres veces
señalado como asaltante sexual, siempre lo ha apoyado masivamente el
mundo del cine. La última ocasión fue en 2009, cuando Polanski fue
arrestado en Zúrich por un antiguo caso de supuesta violación a una
chica de 13 años. Entonces todos los cineastas, desde Costa-Gavras hasta
Pedro Almodóvar, pasando por David Lynch o Woody Allen,
firmaron una ardiente carta solidaria. También había mujeres, entre
ellas Asia Argento, que ahora, sin embargo, ha denunciado a Harvey
Weinstein. Pero entonces, hace tan sólo ocho años, la canción social que
todos cantábamos seguía siendo la vieja tonada ancestral: qué
exageradas son esas mujeres, qué mentirosas, qué desmesurado escándalo,
qué manera de mancillar la dignidad de un profesional magnífico con
nimiedades sacadas de contexto. Y aún más abajo, ya en la frontera con
el inconsciente, un pensamiento atroz clavado en el cerebelo: pero si
todo esto es normal. Que los hombres hagan comentarios obscenos, que se aprovechen de su
posición de poder para toquetear, todo esto es tan normal, no nos vamos a
hacer los estrechos a estas alturas.
Pero en esta ocasión, para pasmo de todos, las primeras denuncias
empezaron a recibir el apoyo de otras. Y la bola de nieve fue
engordando. Algo ha cambiado de forma radical en el ambiente: es el vaso
que se va llenando hasta que al fin rebosa. Y el motor de ese cambio
está en nosotras: somos las mujeres las que por fin hemos dejado de
aceptar con resignada mansedumbre la supuesta normalidad de una
situación abyecta. El machismo es una ideología en la que se nos educa a todos y está
grabado a fuego en nuestro inconsciente. Lo peor de los prejuicios es
que, como su nombre indica, preceden al juicio y, por tanto, son
invisibles para quien los padece. Esta sociedad sigue potenciando,
valorando y priorizando al hombre muy por encima de la mujer, y nosotras
también caemos en eso, como demuestran numerosos experimentos. Por
ejemplo, se ha comprobado que en la atención médica primaria, ante los
mismos síntomas, a las mujeres les prescriben más ansiolíticos y
antidepresivos, mientras que a los hombres les hacen más pruebas
diagnósticas. Es decir, a ellos se les toma en serio y a ellas no, y eso
también lo hacen las doctoras. Así que estamos acostumbradas a vivir en esa supeditación, en esa falta
de valoración de nuestra propia demanda, de nuestro deseo y nuestra
necesidad. Desde los 10 hasta los 17 años estudié en el instituto
Beatriz Galindo de Madrid. Para llegar allí había siete estaciones de
metro con un transbordo. Como volvía a comer a mi casa, hacía el
trayecto cuatro veces al día. Siempre fui sola: por entonces, era en los
sesenta, los niños no estábamos tan hiperprotegidos, al menos en mi
clase social. Pues bien, creo que es probable que ni uno de los días me
librara de que me tocaran el culo o se frotaran contra mí al menos una
vez entre los cuatro trayectos. Sobre todo en los primeros años, cuando
era más pequeña y más indefensa. Recuerdo que una vez una amiga
protestó, debíamos de tener 11 o 12 años, y el pedófilo le dio una
bofetada. Nadie en el vagón nos ayudó.
Tu aprendizaje en la vida incluía tácticas de huida ante los
depredadores; recorrías los vagones a toda prisa o te bajabas de un
salto del tren; hacías ruido en el interior de los oídos para intentar
no escuchar las burradas que te decían que te harían; procurabas
sentarte en los cines de sesión continua junto a las mujeres para evitar
al que te metía pierna y mano en la oscuridad (cosa que también he
sufrido bastantes veces en la niñez). Éramos como gacelas que tratan de
escapar de los leones, resignadas ante una realidad mugrienta y
asustante pero por desgracia normal. Todo esto ya lo escribí hace unos
años y no pasó nada. Incluso hubo alguna carta suavemente burlona que se
refería a mi imaginación. Hoy, sin embargo, creo que puede ser mejor
escuchado, porque parte de los velos del prejuicio se han rasgado y
hemos decidido dejar de considerar normal lo aberrante. Es un gran paso.
Observen el pie izquierdo de Inés Arrimadas. Está desnudo, en efecto, porque el zapato se ha quedado atrás. Los
zapatos te la juegan porque tienen algo de vida propia. Poca, pero la
suficiente como para tomar algunas decisiones. Muchas noches los dejas
al lado de la cama y al día siguiente aparecen debajo de ella, como si
hubieran preferido pasar esas horas a cubierto. Hay gente que se los
quita en el cine y cuando acaba la película no los encuentra. Póngase
usted a la salida de una sala y comprobará que más de una persona, y a
veces más de dos, aparecen descalzas o con un par de zapatos disparejos
(hay encuestas). En los viajes trasatlánticos por avión, las compañías
te invitan a quitártelos para sustituirlos por unos gruesos calcetines. Resulta un espectáculo ver a la gente buscándolos a punto ya de
aterrizar. Tienen sus cosas los zapatos, sus rarezas, la mayor de ellas que son
dos, como los guantes o los matrimonios. No se sabe sin embargo de
ningún zapato que haya solicitado el divorcio, pero sí de lo mal que
envejecen cuando los separas. Un conocido mío perdió una pierna, la
izquierda, y solo conservó los zapatos de la derecha. Los otros, por no
tirarlos, los guardó en un cajón. Al cabo de un año se deshizo de ellos
porque estaban hechos un desastre debido a la tristeza. Observen los
zapatos de las personas que acompañan a Arrimadas y reparen en lo bien
que se llevan. Parece que representan un ballet y que son ellos el motor
de los pies. Fíjense, en cambio, en la sensación de desamparo que
transmite el zapato perdido. Queremos creer que no por mucho tiempo.
La dificultad de combatir la violencia machista estriba en que en ella
no hay conspiración ni proselitismo: cada sádico toma su decisión a
solas.
CADA VEZ hay más desesperación respecto a la llamada violencia
machista (nunca emplearé la insensata expresión “de género”). Se suceden
las protestas y las campañas en su contra, y se exigen “medidas” para
atajarla y erradicarla. Todo ello con razón, pero, lamentablemente, con
escaso sentido de la realidad. Lo terrible de estos crímenes, y la
dificultad para combatirlos, estriba en que son individuales. No hay una
conspiración de varones que prediquen el castigo a las mujeres que los
abandonan. No hay proselitismo, a diferencia de lo que ocurre con el
terrorismo, fuera el de ETA ayer o el del Daesh hoy. Tampoco, como con
el actual independentismo, hay “evangelización”. No se intenta convencer
a los hombres de que maten a mujeres, no se trata de una “causa” que
busque “adeptos”. Por desgracia (bueno, no sé qué sería más trágico),
cada bruto o sádico va por su cuenta y toma su decisión a solas. . Lo más que puede concederse es que haya el factor mimético que suele
acompañar a cualquier atrocidad, al instante imitadas todas. En ese
aspecto, siempre cabe preguntarse hasta qué punto la sobreexposición en
los medios de cada maltrato o asesinato de una mujer no trae consigo
unos cuantos más, del mismo modo que los eternos minutos y enormes
planas dedicados a cada atentado yihadista tal vez propicien su
multiplicación. Pero poco puede hacerse al respecto: si ustedes
recuerdan, durante los años más sangrientos de ETA, cuando ésta llegó a
matar a unas ochenta personas cada doce meses, había ocasiones en que
los asesinatos ocupaban tan sólo un “breve” del periódico, y eso no
logró que disminuyeran. Por mucho que las noticias den malas ideas o
estimulen la más nefasta emulación, es imposible dejar de informar de
los hechos graves e indignantes. Lo cierto es que cada crimen machista va por su cuenta, con su historia
particular detrás. Cada asesino asesina sin confabularse con otros
(salvo en casos tan irresueltos como los de Ciudad Juárez, donde sí
pareció haber conjura), ninguno necesita el aliento, el beneplácito ni
la propaganda de sus congéneres. Contra eso es muy difícil luchar. ¿Endurecer las penas? Desde luego, pero no es algo que importe a los
asesinos de sus parejas o exparejas, los cuales se suicidan con
frecuencia —o más bien lo intentan— después de cometido su crimen (uno
se pregunta por qué diablos no lo hacen antes). ¿Educar desde
la infancia? Sin duda, pero no parece que eso dé mucho resultado: un
alto porcentaje de adolescentes españoles ve hoy “normal” el control de
sus “chicas” y hasta cierta dosis de violencia hacia ellas. Es
deprimente, y da la impresión de que, lejos de mejorar las mentalidades,
las vamos empeorando. No sé, cuando yo era niño, nos pegábamos de vez
en cuando en el patio o a la salida del colegio. Las niñas,
rarísimamente, y no pasaban de tirarse del pelo, poco más. Conocíamos,
sin embargo, una serie de normas inviolables: era inadmisible pegarse
con un compañero de menor tamaño o edad; también ir dos contra uno
(“mierda para cada uno”, era la frase infantil); y, sobre todo, a una
chica no se le pegaba jamás, en ninguna circunstancia. Eso se consideraba una absoluta cobardía, algo ruin, algo vil.
El que lo hacía quedaba manchado para siempre, por mucho perdón que
pidiese luego. Pasaba a ser un apestado, un individuo despreciable, un
desterrado de la comunidad. Y esas enseñanzas se prolongaban hasta la
edad adulta. A una mujer no se le pone la mano encima, a no ser,
supongo, que sea muy bestia y se nos abalance con un cuchillo en la
mano, por ejemplo. Pero éramos conscientes de nuestra mayor fuerza
física y de que era intolerable emplearla contra alguien en principio
más débil (insisto, sólo en lo físico). Obviamente, no todo el mundo cumplía esas reglas, porque, de haber sido
así, no habría habido en el pasado palizas de maridos a sus mujeres, y
ya lo creo que las ha habido, probablemente más que hoy. Al fin y al
cabo, durante siglos se consideró que no había que entrometerse en la
(mala) vida de los matrimonios, y que esas palizas y aun asesinatos
pertenecían a la “esfera íntima o familiar”, una verdadera aberración. Lo
que sí es relativamente nuevo, algo cada vez más extendido, es que los
varones maltratadores maten también a los hijos de la mujer,
para causarle el mayor dolor imaginable. Ha dejado de ser una rarísima
excepción. Los niños de mi época nos creíamos bastante a salvo,
precisamente por ser niños incapaces de infligirle el menor daño a un
adulto. ¿Cómo iban éstos a hacerle nada a una criatura no ya indefensa,
sino inofensiva? Dudo que los críos de hoy se puedan sentir seguros, a
poco que se les permita ver o leer las noticias. Las mujeres llevan
siglos viviendo con un suplemento de miedo, al ir por la calle y aun en
sus casas. Los niños, no, y quizá ahora sí.
Lo peor es que, como sociedad, poco podemos lograr contra todo esto,
más allá de exigir jueces más severos y repudiar a los maltratadores
hasta el infinito. Pero es ingenuo creer que eso les va a hacer efecto. Es lo que tienen los crímenes personales, que nada disuade a cada
asesino individual.