Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

3 dic 2017

La Transición pasó por mi casa............................. Guillermo Altares

Guillermo Altares: "No hubo ningún plan, y, si lo hubo, los hechos lo truncaron".

Una profesora da una clase al aire libre el 30 de abril de 1980 en el solar donde se tenía que construir un instituto en La Elipa, un barrio de Madrid.
Una profesora da una clase al aire libre el 30 de abril de 1980 en el solar donde se tenía que construir un instituto en La Elipa, un barrio de Madrid.
La Transición fue una chapuza, en el mejor sentido de la palabra (porque lo tiene). 
No hubo ningún plan y, si lo hubo, quedó casi siempre truncado por los hechos. 
¿Se hubiese legalizado el Partido Comunista sin el horror de los atentados de Atocha? Seguramente no tan rápido
 Pero sus protagonistas, de todos los partidos y credos, de todos los orígenes sociales y políticos, con intereses muy diferentes y a veces opuestos, tenían claros dos objetivos: instaurar una democracia sólida en España, que permitiese al país integrarse en Europa, y no repetir una guerra civil.

Las circunstancias eran las que eran: ETA matando a casi a diario, terrorismo de todo signo político —guerrilleros de Cristo Rey campando a sus anchas por Madrid y los GRAPO secuestrando y asesinando en los momentos más delicados—, unas fuerzas de seguridad todavía ultramontanas, un Ejército mimado por el régimen anterior, en el que se escuchaban muchas veces ruido de sables, unas instituciones franquistas que había que desmontar para construir otras nuevas, la crisis del petróleo de 1973 y la mayoría de los que lucharon en la Guerra Civil, en uno y otro bando, todavía vivos
. Contra todo pronóstico, se consiguió. 
No existió ningún Régimen del 78, se hizo lo que se pudo como se pudo y se logró que España entrase en un periodo de libertad y crecimiento económico inédito en su historia .
El escritor y periodista Manuel Vázquez Montalbán dijo una vez que "en la España de Franco parecía que a todo el mundo le olían los calcetines".
 Era un país en el que todavía se firmaban y ejecutaban sentencias de muerte, con presos políticos, con torturas en las comisarías, sin un Estado de derecho, sin partidos políticos, en el que las mujeres tenían menos derechos que los hombres... 
La España de los años ochenta vivió una explosión de libertad y creatividad insólita.
 En una década, un país que era una dictadura entró en la UE, después de haber aprobado una Constitución diseñada por personas que eran feroces enemigos políticos solo unos años antes.

Hubo decepciones con el país que se estaba creando. Es inevitable: las esperanzas y las realidades no siempre coinciden, todos sus actores hicieron renuncias importantes y, sí, es cierto, se olvidaron crímenes horribles.
 ¿Había otra posibilidad? Nunca lo sabremos, solo que todo aquello salió bien y se convirtió en un modelo. 
 Lo que algunos llaman el Régimen del 78 y los historiadores y sus protagonistas la Transición fue contemplado con fascinación y envidia en todo el mundo, especialmente en América Latina y en los países que tuvieron que reconstruir su libertad tras la caída del Muro de Berlín. 
Resulta increíble tener que escribir estas obviedades, tener que reivindicar lo evidente: España pasó de ser una dictadura a ser una democracia, con todos sus defectos, con todos sus problemas. Como recordaba un artículo reciente sobre los Pactos de la Moncloa, un acuerdo social firmado en 1977, el PIB por habitante era entonces de 3.000 dólares y hoy alcanza los 28.000 dólares.
Es verdad que escribo estas líneas influido porque tuve la suerte de ser adolescente en aquellos ochenta y porque mi padre, el periodista Pedro Altares, fallecido el 6 de diciembre de 2009 a los 74 años, tuvo un papel relevante aquellos años, como director de la revista Cuadernos para el diálogo. 
 En un artículo titulado ¿Quién mató a Liberty Valance?, y publicado en este diario en 1997, escribió: "La Transición fue una aventura colectiva, en la que una parte fundamental del camino se hizo al andar, impulsada desde abajo, trabajosamente buscada durante años por miles de españoles desde la clandestinidad y desde la frontera de la legalidad, ensanchando día a día el ámbito de lo posible, ampliando con riesgo físico los resquicios que ofrecía el sistema... 
No, no pudo haber diseño porque no podía haberlo. 
Fue precisamente su falta, sustituida a golpe de intuición, sin miedo al riesgo y con sentido de la realidad por Adolfo Suárez, lo que hizo posible que España saliese de la noche de la dictadura para encararse a un sistema democrático, fatigosamente trabajado durante años, y desde muchos frentes, por miles de españoles que no se resignaban a ser súbditos del general Franco". 

 Cuando España ha pasado su mayor crisis política desde el golpe de Estado de 1981 o desde la restauración de la democracia, cuando se anteponen intereses mezquinos y falsedades a intereses generales, aquellos años en los que España recuperó la libertad y la palabra se antojan cada vez más importantes. 
Fueron tiempos de renuncias y compromisos, que han convertido a España en una democracia sólida y europea, sin violencia política (más allá del terror yihadista). 
 ¿Existen problemas? Sin duda.
 La inmensa mayoría de ellos tienen que ver con la justicia social, el paro, la desigualdad y la corrupción (forman parte de lo mismo). También con los muertos en las cunetas y la imposibilidad de construir una memoria común, es cierto.
 Pero los hechos son tozudos: aquella chapuza, aquella improvisación, cerró una puerta a un pasado al que nunca deberíamos volver.
  ¿Se instauró un régimen en 1978?
 No sé si es la palabra adecuada, solo que si miramos hacia atrás y estudiamos la España que fuimos y contemplamos la que somos hay que estar muy ciego para pensar que no hemos salido ganando. Y deberíamos tratar de aprender de aquel periodo en vez de denigrarlo.

 

A la hermana perdida.............................. Vicente Molina Foix

La relación entre hermanos puede llegar a ser complicada.
 Uno no elige a la familia. En esa tesitura, el autor opta por recuperar el apego.


NUNCA TE QUISE, aunque eras la hermana mayor, risueña, muy vivaz, muy guapa. 
Y tú nunca te interesaste por mí, quizá porque la diferencia de más de siete años me daba un rol superfluo en la familia, donde mi nacimiento, debido a una encíclica del papa Pío XII que hizo mella en nuestros padres, alteró el orden establecido de la parejita, chica y chico, que formabais tú y tu hermano, mi siempre querido hermano.
Te fuiste, camino de un matrimonio por amor y un viaje de bodas demasiado corto, siendo yo todavía un niño cándido que empezaba a leer lo que encontrara por casa.
 Tú no leías. Parecías la más feliz, en tu simpatía, cuando, ya madre de tres hijos, tu vida se estancó en la ciudad de provincias de la que nunca saliste.
 Un día, pasados los años, tuvimos una conversación que empezó banal y acabó tensa. 

 Tu marido vivía apartado, a pocos kilómetros de vuestro domicilio de casados, y tus hijos tenían vida propia; entendí por ciertas alusiones que la mía no te gustaba, ni mis amistades. 
“¿Eres feliz así?”. “Mi felicidad la sigo buscando, pero mientras busco me siento bien”, te contesté, añadiendo: “Y tú, ¿eres tú feliz, aquí y sola?
 Desde tu boda no has vuelto a viajar, con lo que te gustaba, siempre lo decías, conocer mundo”.
 Tu mirada se apartó de mí y saliste de la habitación.
No te había querido nunca, ni tú a mí, pero al ver que me levantaba y me ponía el abrigo tus ojos se llenaron de lágrimas
Tus tres hijos me acercaron a ti.
 Mi fantasía era que ninguno se te parecía, en el carácter, en la determinación, en sus ganas de libertad. 
Tú te enfrascabas en tu vida, llena de pasatiempos estrambóticos, pero no desdichada en apariencia. 
Yo sentía que te amargabas. Te sulfuraban los cantantes afeminados de la tele, y en la democracia la política nos distanció aún más.
Murió nuestro padre, al que tú adorabas, y fue como si la pervivencia de mamá te resultara injusta, sin reconocer que era ella quien sufría la injusticia de una soledad prematura después de una larga y plena felicidad conyugal que ni tú habías conseguido ni yo me vi con arrestos para establecer con nadie. 
Te desocupaste de nuestra madre, te impacientaste con ella cuando, cumplidos ya los 80, se hizo débil, perdió del todo el oído, se recluyó anhelando la compañía de los nietos y las excursiones aventureras conmigo lejos de la ciudad de provincias. 
Ella viajó hasta el fin. 
Tú no. Murió mamá y no te sentí hermana de ese luto. 

Cuando tenías la edad que hoy es la mía, tus dos hijas te llevaron al médico.
 Eras fuerte, no parabas de reír y de hablar, pero a ratos te ibas del mundo.
 Al acabar la consulta, en vez de saludar al facultativo, te dirigiste al ordenador en el que había él tomado tu historial y le diste la mano al aparato.
 Una confusión que nos divirtió a todos, por lo que tenía de acto fallido un tanto novelesco.
 Fue el primer síntoma de un deterioro veloz. La pérdida de la cabeza, de la voz, tu bonita voz, de los deseos de salir, de la gana de comer, de la necesidad de estar guapa e ir limpia. 
Hace tres años, ya callada, aún quedaban sonrisas en tus labios pintados por tus hijas para darle a tu cara un resto de coquetería. Ellas rehacen cada día tu vida con su sacrificio voluntario, en tu casa, en la casa que fue de nuestra madre.
El invierno pasado tuve un acto literario en la ciudad donde crecimos, y fui a visitarte.
 No hablabas ni te podías mover sola; parecías contenta. 
No te había querido nunca, ni tú a mí,  ¿Sabías quién se iba de aquella casa? ¿Sabías tú quién era yo? Bajé a la calle conmocionado.
Ahora que estás perdida en ti misma para siempre quiero tener de ti, con esas lágrimas sin nombre, el recuerdo de lo que no hubo: un apego que nunca se mostró y tal vez en algún lugar de nosotros existía. 

Suaves y negras................................................. Rosa Montero

Ahora que las baldas de mi librería empiezan a llenarse de fotos de amigos muertos, he cogido la costumbre de mirarme en la vida de los otros.

BIEN MIRADO, no sé por qué tenemos tanto miedo a la muerte. 
Si la oscuridad que nos precedió antes de nacer, esa nada magmática de la que venimos, no nos inquieta ni atormenta lo más mínimo, ¿por qué ha de ser peor regresar a ella?
 Diluirse y no ser: también supone un alivio. 
 Asumir con serenidad que somos eso, un chispazo en un infinito mar de sombras. Un instante de fulgor y de pelea.
Pensaba en todo esto el otro día, mientras asistía al homenaje que le dieron a Luis Eduardo Aute en el Círculo de Bellas Artes de Madrid con motivo de la publicación de Toda la poesía (Espasa), una antología de su obra.
 Aute no acudió: todavía no se ha recuperado del todo del infarto que lo hirió hace año y pico.
 Lo que significa que tanto él como su familia están ahora en el lado bronco de la existencia, o, como he dicho antes, en la pelea. Pero el fulgor de sus palabras sigue ahí, recordándonos nuestros propios momentos de luz, la agitación feliz de sentirnos vivos.
Qué grande es Luis Eduardo Aute. Ha sido el cantautor más guapo de su generación (y que me perdone Serrat, que es un coqueto), un trueno apasionado y exuberante.
 Escritor, compositor, cantante, pintor…, todo lo ha hecho bien.
 En realidad, mucho mejor que bien.
 Siempre ha sido un explorador de nuevos límites, un verdadero artista a la búsqueda de ese algo fugitivo, de la belleza que siempre se nos escapa.
 Dicho de manera coloquial: un glorioso culo inquieto. 
Por eso no se ha limitado, como muchos otros, a sentarse sobre sus éxitos y repetirse (la peor influencia es la de uno mismo, decía Bioy Casares), sino que ha investigado intrincados caminos, rompedoras fórmulas que quizá hayan tenido menos éxito de público, pero que estoy segura de que le han hecho más feliz.
 Aplaudo y admiro ese coraje creativo. Su honestidad. 

Ahora que las baldas de mi librería empiezan a llenarse alarmantemente de fotos de amigos muertos y que el viento del tiempo sopla ensordecedor en mis oídos, he cogido la costumbre de mirarme en la vida de los otros. 
Es algo que me parece que muchos hacemos, porque nos es más fácil advertir el paso de los años en los demás que en nosotros mismos. 
Nunca fui íntima amiga de Luis Eduardo, pero siempre anduvimos en mundos cercanos.
 Por eso, si cierro los ojos, puedo ver toda su existencia en un instante: el joven y ardiente Aute, la alborotada Transición, cenas en su casa cuando sus hijos eran muy pequeños, cuando eran adolescentes, cuando eran adultos (Maritchu y Aute son los mejores y más generosos anfitriones); discos, libros, la película de dibujos animados que hizo, el pelo raleando, la edad abatiendo las carnes pero no la voluntad, conciertos en teatros, conciertos en plazas de toros y él cantando la canción suya que más me gusta, la enorme La belleza
“Reivindico el espejismo / De intentar ser uno mismo / Ese viaje hacia la nada / Que consiste en la certeza / De encontrar en tu mirada / La belleza”. 
Lo recuerdo diciendo esto en aquella noche cálida en Las Ventas, en el verano de mi existencia, y me estremezco, porque me parece estar a punto de entender el secreto de las cosas. 
Porque siento que, por un instante, soy capaz de ver la vida en toda su pequeñez y su hermosura, como una perfecta bola de cristal resplandeciente posada sobre la palma de mi mano.
Creo que eso fue lo que muchos experimentamos en el homenaje a Aute en el Círculo de Bellas Artes: la certidumbre de estar asistiendo a la celebración de una vida buena y plena que además de algún modo también era la celebración de nuestra propia existencia, porque el arte es compartir, es una magia que nos salva de nuestra desoladora individualidad.
 “Presiento que tras la noche / Vendrá la noche más larga / Quiero que no me abandones / Amor mío, al alba”, cantó sobrecogedoramente en el homenaje Xoel López, y pensé por vez primera que el celebérrimo tema puede entenderse no sólo como una torturada ruptura pasional (o, según algunos, como una crítica de las ejecuciones de 1975), sino que ese amor mío podía ser la vida, el amor a la vida, y la noche más larga, la oscuridad final. Suaves y negras llegan las olas, y gracias al poder salvador de artistas como Aute podemos sobrellevarlas y entendernos. 
No es ese mi recuerdo de Aute, si sabía que había estado muy enfermo, algo así como Sabina que eran muy amigos.
 Hablo en pasado porque ni idea de lo que hacen en el presente. Si los conocí una mañana en la estac´ión de Atocha, vendrían de una de sus noches locas. 
Ahora son muy familiares porque su salud no les permite esos dias y esas noches que pasaban hasta el Alba.
 Sus canciones me vienen marcadas por aquella de "Rosas en el Mar" que tb aunque su contenido era perezoso y aburrido cantabamos todos y era una canción prohibida porque "es más facil encontrar Rosas en el Mar, era algo malo y contra el franquismo....así que a saber que pensaban los franquistas igual que con las canciones en catalá de Raimon, La Cara al vent que querría decir....
hoy en que los que participamos de una lucha , de una carcel. de un TOP que seguramente los independentistas catalanes no tienen ni idea de detenciones y reclamaciones, no de querer un Estado Independiente sino de una vida digna contra el capitalismo que vivimos, el mundo en poder de una Hacienda que saca dinero a troche y moche y desaucia a personas que no pagan porque tampoco pueden alimentarse....Los Bancos y Empresas son carroñeros. 
Pero Rosa Montero está muy metida en ese no estar ya en el mundo, creo que se quedó muy afectada por esos amigos muetos que todos tenemos.Que descansen en Paz, porque su vida siempre fue ajetreada y quizás vivieron más allá de sus fuerzas.

Y se juntan levemente ...........................................Javier Marías

A lo largo de nuestras existencias, sobre todo si no son breves, ponemos el afecto en personas separadas por eternidades, nacidas en siglos diferentes.


POR AZARES DE LA VIDA, yo, que no he tenido hijos, me encuentro con que han adquirido bastante presencia en la mía dos niños pequeños.
 La niña tiene cuatro años y es madrileña, el niñito acaba de cumplir uno y es barcelonés.
 Hace unos días me senté en una butaca a escuchar música, y en ese rato de quietud y atención mi mirada fue a posarse en las fotos que tenía enfrente, delante de los libros de un estante. 
Allí está desde hace tiempo mi madre, Lolita, no sé exactamente con qué edad, cuarenta y tantos o algo así.
 Tiene la mirada algo perdida y melancólica, como no solía ser infrecuente en ella. Pese a su continuo despliegue de actividad, a veces se quedaba pensativa con sus pensamientos indescifrables, no sé si más dedicados a la rememoración, a la preocupación o a la fantasía.
Era una madre aprensiva con los demás, no desde luego consigo misma. 
 Allí está, desde hace menos tiempo, mi tío Odón Alonso, el director de orquesta, con su pelo blanco de músico y su acusado perfil y su media sonrisa de quien acostumbraba a estar en las nubes y tarareando. 
Y, desde hace obligadamente muy poco, está también la foto del niñito nuevo, ahí todavía con meses, claro está. 
Y así, mientras oía la música y miraba los retratos, se me hizo extraña la idea de que el nacimiento de mi madre y el de ese niñito —la una contó sobremanera en mi vida, el otro es probable que cuente, si es que no cuenta ya— estuvieran separados por ciento cuatro años.
 Sorprendido, me repetí los cálculos: mi madre nació el 31 de diciembre de 1912, el niñito el 22 de noviembre de 2016. 
Sí, casi ciento cuatro años. 
La niña que también está ahora en mi vida, y que es bisnieta de Lolita, nació el 19 de septiembre de 2013, casi ciento un años después. 

 
Si pienso en mis propios abuelos, la diferencia aumenta.
 Mi abuela materna, por ejemplo (la única que conocí, hasta mis quince años o así), debió de nacer hacia 1890 en La Habana, y vino a Madrid en 1898, cuando España perdió Cuba.
 Aún pequeña, lo cual no le impidió conservar el acento de la isla hasta su fallecimiento.
 Y mi abuelo paterno, al que no conocí pero bien podría haber conocido (llegó a ver a mis tres hermanos mayores), había nacido en 1870, es decir, ciento cuarenta y seis años —casi siglo y medio— antes que el niñito de la fotografía.
 ¿Cómo es posible que en una misma vida y memoria (las mías) quepan y convivan personas tan distanciadas, tan de diferentes épocas, incapaces de concebir a quienes han venido tan detrás ni a quienes llegaron tan delante al mundo? 
 La niña, la bisnieta de Lolita, se parece mucho a su madre, mi sobrina Laura, y tiene precisamente la edad que su madre contaba cuando la mía hubo de despedirse de ella y murió.
 Durante los cuatro años en que coincidieron se adoraron mutuamente.
 Laura apenas lo recuerda, pero yo sí: cómo la niña, cuando venía a ver a su abuela y la divisaba desde la entrada, echaba a correr por el largo pasillo hasta abrazarse a ella con risa y contento, y cómo Lolita la acogía, especialmente feliz de que por fin hubiera otro miembro de su sexo en la familia, tras haber dado a luz a cinco varones y haberse pasado la vida entre “chicos” un poco distraídos y un poco egoístas.
 Así que en este caso no me cuesta figurarme la relación que ella habría tenido con la actual niña de cuatro años. 
Tampoco, en realidad, la que habría tenido con el niñito de un año. Entre ellos no hay consanguinidad, pero tanto da. 
Seguro que le habría hecho el mismo caso y lo habría querido igual.
 Los veo a los dos en las fotos, la una muy cerca del otro, caras que jamás se vieron ni se podrían ver, y que sin embargo, a través de mis ojos, a través de mi viejo afecto por la una y mi incipiente afecto por el otro, que sin duda irá a más, se encuentran extrañamente vinculados. 
A todos nos pasa, a cada uno de ustedes también, sobre todo si han alcanzado cierta edad.
 Nada tiene de particular, lo que señalo es algo de lo más común. Pero, si no me equivoco, rara vez nos paramos a pensar en ello, en el hecho misterioso de que quepan en nuestra memoria, en nuestros afectos y en nuestra imaginación personas de diferentes siglos y mundos, personas del XIX y del XXI y por supuesto del XX. 
No personas de las que meramente hayamos oído hablar o hayamos leído, sino que hemos visto y tratado, que de niños nos hicieron una caricia o a las que saludamos con un beso, tan naturales y reales como la caricia y el beso con que saludamos a la niña y al niñito de hoy. 
A través de nuestras mejillas transmisoras, esas personas condenadas a no saber unas de otras y a no verse jamás, a ignorarse por los siglos de los siglos, se juntan levemente y entran en fantasmagórico y tenue contacto, y mantienen el enigmático hilo de la continuidad.