La Iglesia prohíbe esparcir las cenizas de los difuntos o tenerlas en casa..........eso es un debate muy profundo sobre los muertos la Iglesia católica no debe decidir nada ni en agua ni en la tierra, las cenizas irán donde haya dicho el difunto. ¿Que van a hacer con las que estan en el agua o en el viento?, esos ya se han incinerado.....y fue su deseo....
El incumplimiento de esta medida puede suponer la negación del funeral al fallecido.....que fuerte!! Ay Francisco que con la Iglesia siempre topamos, si no haces esto no te rezamos......que feo, que feo....
El Papa en la plaza de San Pedro.GIUSEPPE LAMI (EFE) / VÍDEO: EPV
La Iglesia católica
sigue prefiriendo enterrar a los muertos, pero en el caso de que –por
razones higiénicas o por la voluntad expresa del finado—se optase por la
cremación, prohíbe desde hoy que las cenizas sean esparcidas, divididas
entre los familiares o conservadas en casa. Según un documento
redactado por la Congregación para la Doctrina de la Fe –el antiguo
Santo Oficio-- y firmado por el papa Francisco, la prohibición pretende evitar cualquier “malentendido panteísta, naturalista o nihilista”.El Santo Oficio es la Inquisición?
El documento aprobado, que se titula Instruccion Ad resurgendum cum
Christo y sustituye a otro de 1963, advierte de que "no se permite la
dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en
cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos
conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos". Y va más
allá: "En el caso de que el difunto hubiera sido sometido a la cremación
y la dispersión de sus cenizas en la naturaleza por razones contrarias a
la fe cristiana, se le ha de negar el funeral". La Congregación para la
Doctrina de la Fe justifica la elaboración de un documento así de
drástico como reacción a las nuevas prácticas en la sepultura y en la
cremación "contrarias a la fe de la Iglesia". La conservación de las cenizas en el hogar solo se contemplará "en
casos de graves y excepcionales circunstancias", o cuando una persona lo
pida "por piedad o cercanía", ha explicado el consultor de la
Congregación de la Doctrina de la Fe, el español Ángel Rodríguez Luño,
en la rueda de prensa de la presentación del documento. Para la Iglesia,
"la conservación de las cenizas en un lugar sagrado ayuda a reducir el
riesgo de apartar a los difuntos de la oración". Además, "se evita la
posibilidad de olvido, falta de respeto y malos tratos, que pueden
sobrevenir sobre todo una vez pasada la primera generación, así como
prácticas inconvenientes o supersticiosas". Según la Congregación para la Doctrina de la Fe, las cenizas deben
mantenerse "por regla general en un lugar sagrado, es decir, en el
cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente
dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente. El prefecto
de la Congregación, el muy conservador cardenal alemán Gerhard Mueller,
llegó a decir durante la presentación del documento: "Los muertos no
son propiedad de los familiares, son hijos de Dios, forman parte de Dios
y esperan en un campo santo su resurrección".
Aunque la Iglesia admite que "no ve razones doctrinales" para
prohibir la cremación --"la cremación del cadáver no toca el alma y no
impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo", el secretario de
la Comisión Teológica Internacional, Serge-Thomas Bonino, la calificó
como "algo brutal", por tratarse de "un proceso que no es natural, sino
que interviene la técnica y que además no permite a las personas
cercanas acostumbrarse a la falta de un ser querido".
El autor
de 'El pintor de batallas' y 'Hombres buenos' vuelve a la acción con
'Falcó', embrión de una saga de espías ambientada en la Guerra Civil y
protagonizada por un tipo amoral.
Arturo-Pérez Reverte, a principios de octubre en Madrid. Uly Martín
A Arturo Pérez-Reverte, el autor de La piel del tambor o La reina del sur,
le gusta el calificativo revertiano para referirse a obras como esas,
donde la intriga novelística está mezclada con el espionaje, de
cualquier tipo, o la violencia, sea ésta callejera, religiosa o mafiosa. A veces se ha escapado de ese adjetivo y de ese tono, que también
subyace en su famosa saga de El capitán Alatriste, como en la muy melancólica El pintor de batallas o en El tango de la Guardia Vieja y Hombres buenos, en las que asume una voz más madura,
más distante de aquellas trifulcas marineras o religiosas de algunas de
sus novelas más famosas, y escribe como si estuviera navegando,
pausadamente. Esta vez ha escrito una novela de intriga y acción, que
sucede en un periodo muy difícil de convertir en ficción, el inicio de
la guerra civil española, cuando Franco aspiraba a tener el poder él
solo y persistía encarcelada en Alicante la sombra de José Antonio Primo
de Rivera. Esa presencia-ausencia del líder de Falange y la posibilidad
(que él recrea como ficción pero que en la realidad se vivió) de que
fuera finalmente liberado el líder de Falange no resulta tan decisiva en
el libro como el cinismo que domina la acción de los intervinientes en
la trama. Esta novela última, Falcó, tiene el aire de
convertirse en el principio de otra saga; el espía todoterreno que la
protagoniza, que se llama así, Falcó, es mucho menos humano que
Alatriste. Falcó es un amoral, cayó en el lado de Franco, pero pudo
haber caído de cualquier lado. Ese sitio amoral de las guerras es un
terreno que acoge a Falcó con los brazos abiertos. Y de ese recodo
oscuro de aquellos caminos bélicos trata la ficción revertiana. De ella
habla Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), que fue periodista de acción y que ahora libra en la Real Academia batallas que ya son públicas. Al final de la conversación le preguntamos si quería referirse a ellas. “Eso no viene a cuento aquí. Yo respeto muchísimo la Academia”.
PREGUNTA. Parece el principio de una saga… RESPUESTA. Lo parece. En El tango de la Guardia Vieja me quedaron en la cabeza flecos
por resolver, me dije que había una novela y me puse a trabajar en
ella. Vi que había un canon que la definía, un tipo de diálogos; que no
era como las otras. Y mientras escribía me di cuenta de que disfrutaba
con este modelo de escritura, y era una pena cerrarlo. Así que hay
puertas abiertas para poder seguir con Falcó. P. Tanto en El pintor de batallas como en El tango de la Guardia Vieja hay un aliento emocional que aquí desaparece… R. Cada novela tiene sus exigencias. No puedes escribir El duelo de Conrad como si escribieras Guerra y paz,
de Tolstói. Una novela de espionaje, de acción, de violencia, de
pasiones no puede tener un desarrollo muy lento, porque aburre al lector
y lo saca del tema. Esta novela me exigía contención, limpieza,
descripciones mínimas y eficaces, diálogos mucho más cortados y picados,
y una velocidad narrativa muy superior a las de otras novelas. P. ¿Y cómo afecta eso a la vocación literaria que subyacía, por ejemplo, en El pintor de batallas? R. No le afecta porque soy un escritor profesional, llevo 20
años en este oficio, mi trabajo lo conozco razonablemente bien. Cuando
me planteo un libro, antes veo cómo lo voy a contar. Cuando se me ocurre
Hombres buenos, El pintor de batallas o esta novela no me
digo: “Voy a ver cómo me sale el impulso creativo, qué bien, qué
emoción”. No, no. Durante meses reflexiono serenamente lo más que puedo,
fríamente, estructuro la historia para contar eficazmente la novela.
Cada novela tiene un canon. Puedes ser el más chulo del mundo, pero hay
algo que se llama humildad profesional. Cuando trabajas no eres tú quien
se pone en la novela, es la novela la que te dice cómo quiere que la
escribas. P. ¿A qué obliga hoy una novela que ocurre en la Guerra Civil? R. Una precisión importante: no es una novela sobre la Guerra Civil. Está de fondo. Es una novela de espías, de personajes. Mi objetivo no es explicar la Guerra Civil, ni juzgarla, ni enjuiciarla.
Describo un telón de fondo para mover a mis personajes . Como España es
un país conflictivo parece que haya que abordarlo siempre con un
compromiso moral previo: esto es bueno, esto es malo. Pero esta novela
no tiene ese objeto. Yo no quiero contar la Guerra Civil, yo no quiero
que el lector la entienda, mi compromiso es con la narrativa, no con el
lector. P. Pero ahí está el conflicto: una guerra de la que aún hay rescoldos.
R. Hay muchas formas de abordar una guerra civil. Una es la
ideológica, los buenos y los malos.
En esta guerra es evidente quiénes
son los buenos, los republicanos, y los malos son los rebeldes, nadie lo
discute.
Pero en el ámbito de trinchera, de individuo, el azar, la
vida, los intereses, las ambiciones aparecen mucho más grises.
Y otra cosa importantísima: a mí no me han contado la Guerra
Civil. Yo he vivido siete guerras civiles, las he visto, no las conozco
por los libros o por los telediarios.
Las conozco porque yo hacía los
telediarios. Sé que cuando te acercas al paisaje todo es mucho más
difuso.
Sabes de antemano quiénes son los buenos y los malos, pero
cuando los ves de cerca hay mil matices, mil ideas.
P. ¿Y quién es Falcó? R. Es un tipo amoral, sin escrúpulos, sin ideología; es un
mercenario de sí mismo, un golfo, un vividor, un mujeriego, un asesino. También encantador, guapo, simpático, elegante. Me permito el lujo de no
darle una ideología, de hacerlo un oportunista.
P. Quizá por eso es el espía que vino de fuera… R. Sí, vino de Suiza para no contaminarlo con la cutrez de
buenos y malos, de la vieja barricada española. Un hombre viajado, de
mundo; no es un cateto marcado por ideologías brutales o por ideologías
radicales, que lo presentaría como un personaje que toma posturas
violentas frente a las cosas. Y no se deja engañar por el discurso
dominante de la época, ni por los nacionales ni por los republicanos.
P. Su jefe le dice que se han salvado unos militares de su bando, y Falcó pregunta: “¿Y estamos a favor o en contra?”. R. Eso define perfectamente al personaje. Pero no es un
invento literario, hay mucha gente así. Creemos que cuando hay guerras
civiles y grandes conflictos la gente toma partido ideológico. Pero son
muy pocos. La mayor parte está ahí porque su familia está ahí, porque su
hermano ha sido fusilado, porque han caído en ese bando, por simpatía,
por amor… A la gente no la mueve sólo las ideologías. P. ¿Qué la mueve? R. En España, este país enfermo históricamente, creemos que
las ideologías lo determinan todo, y es mentira. Fue republicano, pero
no sabemos por qué lo fue. A lo mejor no fue por la ideología. O se dice
que un abuelo fue nacional, o falangista, pues a lo mejor fue porque
cayó en ese bando. O a lo mejor tu abuelo, héroe nacional o héroe
republicano, al que tanto admiras, no estuvo en el frente, a lo mejor
estuvo fusilando gente y robando. Porque alguien tuvo que hacerlo. ¿O es
que todos eran héroes? P. ¿Le ha preocupado esa dicotomía de buenos y malos a lo largo de la escritura?
R. No. Tengo una ventaja moral, personal: la violencia, el
dolor, el horror, la soledad, las noches oscuras, los cruces de
fronteras no me los han contado, los he vivido. Cuando tienes en la
mochila todo eso te importa un carajo la interpretación. Que lean mejor,
que se fijen cuando lean. No me preocupa… En esta novela todo ocurre en
la oscuridad o en la penumbra. Y es que no era lo mismo 1936 que 2016. Entonces no había luz, ahora das a un interruptor y se enciende. He
querido que el lector vea el mundo en esa penumbra, de claroscuros. P. En un momento de la novela se acata una condena
por traición. Esa violencia entre iguales o afectos es mucho más dura
que entre los enemigos… R. No pretendo explicarlo, pero esa es la condición humana. P. De todos modos, hay un punto de partida, el 18 de julio de 1936 y lo que pasa enseguida… R. Indiscutiblemente. Existe una asociación de militares
contra la República y una barbaridad, la de los nacionales que con el
terror y la violencia quieren aplastar la resistencia. Y la de los
otros, que por miedo a los nacionales, por necesidad de limpieza
interior, por rencor y porque la condición humana es infame, también se
entregan a barbaridades. Solamente que en un bando la barbaridad dura
tres años y en el otro dura cuarenta. Evidentemente los daños fueron
enormes, mucho más de un bando que de otro. Y las consecuencias, claro. P. ¿En qué se notan las consecuencias, aún hoy? R. En “el que no está conmigo está contra mí”, en esa
especie de vileza que supone querer al enemigo vencido, exterminado. Y
eso es la Guerra Civil; parece que lo inventó Franco en 1936, y está ahí
desde el Concilio de Trento y aún antes. P. El personaje es un cínico en un mundo de cínicos.
¿Hay flores en las grietas, se salva algún sentimiento en esa
dicotomía? ¿Todo es cinismo en una guerra?
R. No. Hay dignidad. Y justamente en esta novela hay gente
con dignidad, en los dos bandos. La dignidad no conoce bandos. La
dignidad personal no es ideológica. P. ¿Y el perdón tampoco? R. Todo. Las virtudes son personales, no hay virtudes colectivas. Es algo de la civilización cristiana que inventaron los curas. P. José Antonio es un fantasma en la novela, pero tiene encarnadura en la guerra. ¿Qué protagoniza él? R. No protagoniza nada, al contrario…Es su ausencia,
paradójicamente, lo que cuenta, no su presencia. Esa ausencia condiciona
la Guerra Civil. Este es el detalle interesante, pero en la novela,
como personaje, José Antonio me importa un pimiento… Y lo que me ha
importado es lo bien que me lo he pasado escribiendo Falcó. P. Tampoco triunfa mucho Franco en su novela como personaje… R. Franco era una mala presencia, traiciona a todo el mundo. Su hermano Nicolás sí está; era el que llevaba los servicios de
información, el jefe último de Falcó.
P. ¿Cuáles son las diferencias entre Falcó y Alatriste?
R. Alatriste ha tenido fe y la vida se la ha quitado, pero tiene
códigos, lealtades, un canon por el que se guía.
Falcó es amoral, carece
de códigos.
Es un jeta. Alatriste es moralmente salvable, Falcó no.
Con
Alatriste un profesor enseñó ética durante un año. Con Falcó sería
imposible. Yo me iría de copas con Falcó, seríamos amigos; pero si tengo
que confiar en alguien la vida de mi gente, ese sería el capitán
Alatriste.
Muy bien esa elección, aunque tengo que esperar a leer Falcó, pero me gusta esta entrevista que hace Juan a Arturo, después de todo conocí a Arturo cuando Juan lo trajo a Canarias en varias ocasiones, y tengo todas sus novelas, las de Juan y Las de Arturo.
El traje
que lució la Reina durante los premios Princesa de Asturias recuerda a
un modelo del dominicano que llevó Nicole Kidman en 2014.
Desfile de Oscar de la Renta en 2013 y, a la derecha, la reina Letizia en los Premios Princesa de Asturias, en 2016. Cordon press/Gtres
Después de la Fiesta Nacional, el pasado 12 de octubre, los medios acusaron a Felipe Varela de haberse inspirado demasiado' en un modelo de Óscar de la Renta para vestir a doña Letizia. Y la historia se repite. El mismo tuitero que encontró el parecido al vestido del desfile militar, Miquel M. Albero, ha vuelto a resaltar en las redes sociales que el look
elegido por la Reina para los Premios Princesa de Asturias —firmado
también por Varela— se parece a otro de la colección otoño/invierno 2013
del diseñador dominicano.
Este vestido de Óscar de la Renta lo lució la actriz Nicole Kidman en
marzo de 2013 durante una gala Omega. Algo que refuerza aún más la
teoría que sostienen algunos críticos de moda sobre que doña Letizia
elige modelos más adecuados para una estrella de Hollywood que para una
reina. Las buenas críticas que habían recibido la Reina
y su modisto de cabecera, Felipe Varela, el pasado viernes durante los
Premios Princesa de Asturias se han visto ahora empañados por una nueva
acusación de copia. Ambos modelos están compuestos por lágrimas de
cristales negros Swarovski sobre un tul invisible y un forro de color nude. El estampado es el mismo, lo único que cambia es la largura y la forma de los tirantes. Albero ha escrito en Twitter que le parece "indecente" que la Reina
siga vistiendo prendas de un diseñador tan controvertido que, además, ha
recibido acusaciones de plagio. El tuitero refleja un malestar
existente en la industria de la moda española desde hace tiempo. Aunque
doña Letizia haya ampliado su armario a nuevas propuestas de diseñadores
españoles como Juan Vidal o firmas low cost como Mango y Zara, muchos se quejan de que la monarca no apoye a otros creadores como sí hace, por ejemplo, Michell Obama.
El pasado domingo, doña Letizia hizo una excepción en su reducida
cartera de firmas y lució un abrigo fucsia de un diseñador asturiano,
Marcos Luengo, en su visita a Los Oscos (Asturias), Pueblo Ejemplar de
2016.
En Oviedo también llevó un traje de Carolina Herrera que ya se
había puesto antes
Nicole Kidman en la fiesta de Omega de 2014. cordon pres