Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

23 oct 2016

Y si busco algo original?

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Crónicas de los tiempos infames................................................... Carlos Boyero

El documental se titula 'El fin de ETA' e ilustra con voces múltiples pero todas ellas interesantes cómo el monstruo entró en inapelable agonía.


El documental se titula El fin de ETA (sin interrogaciones) e ilustra con voces múltiples pero todas ellas interesantes, independientemente de que estés de acuerdo con unas u otras, cómo el monstruo entró en inapelable agonía.
 Imagino que podrán verlo alguna vez en las televisiones y sería deseable que encontrara distribución comercial en las salas de cine, aunque fuera muy restringida.
 Lo dirige Justin Webster y el muy documentado guion lo firman Luis Rodríguez Aizpeolea y José María Izquierdo, dos periodistas de raza que siempre saben de lo que están hablando
. Lo protagonizan los encuentros clandestinos entre dos políticos antagónicos, Eguiguren y Otegi, que buscaron complicadas formulas políticas para que terminara una pesadilla inacabable, aunque ya se sintiera muy débil, acorralada por la ley y sin fuerza, pero también por el progresivo desencanto de la gente que hizo posible su siniestra supervivencia.
Y es tremendo el relato sobre las negociaciones que hace Eguiguren, alguien que habla y mira con señales de una depresión larga y feroz, incomprendido y hostiado por todos, por los suyos y los otros, un tipo que le echó coraje y paciencia, que comprobó que la luz era escasa y la oscuridad casi irrompible. 
Y entre todos mataron a la alimaña y ella sola se murió.
 Mi calificativo sobre ETA no es exagerado.
 De lo primero que nos informan en este documental es de que ETA asesinó a 847 personas.
 Y no aparecen los tullidos físicos o emocionales a perpetuidad.
 Y tampoco se sabe el nombre de los que enviaron al cementerio a más de trescientas víctimas. 
Este más que meritorio testimonio se cierra en la tumba de un masacrado. 
A su viuda la acompaña un hombre.
 Fue el asesino de su esposo. Pide perdón. Es perdonado. Me parece admirable.
 Pero no creo que yo pudiera perdonar a los que que hubieran segado la existencia de los míos, convirtiéndome en un zombi.
Excepto a sus autores, el terrorismo nos inspira consecuente y cotidiano pavor al resto de los seres humanos.
 Incluyo el terrorismo en masa que imponen los estados y que nunca será juzgado en los nuevos y deseables Núremberg, que los asesinos más poderosos morirán en su camita y arrullados por su familia. 
Siempre ha disfrutado de infame protagonismo en la vida real, en cualquier lugar del mundo. 
También es un tema muy goloso para el cine.
 Los ancestros, el esplendor y los últimos espasmos del monstruo en la geografía de Irlanda ha inspirado películas que me gustan bastante.
 Recuerdo sin ser exhaustivo títulos como La hija de Ryan, Michael Collins, Agenda oculta, Juego de lágrimas, En el nombre del padre, The Boxer, El viento que agita la cebada, Omagh...
 En España, Imanol Uribe ha realizado, con mayor o menor fortuna, en cuatro ocasiones, películas relacionadas con ETA.
 Y acabo de devorar una novela difícilmente superable sobre dos décadas en el imperio del terror. 
Se titula Patria y lleva la firma de Fernando Aramburu.
 Posee sabor, olor, lucidez, una narrativa digna de los clásicos, una capacidad de emoción que pueden derretir a espíritus glaciales. Cuenta lo que le ocurre a la gente por fuera, pero sobre todo por dentro, antes y después del asesinato de un pequeño empresario en un pueblo de Gipuzkoa.
 Nadie me ha descrito mejor, con tanta veracidad, sentimiento, dureza, retrato ambiental y observación del alma lo que ocurrió en el País Vasco durante los salvajes años de plomo.
 Ojalá que esta novela excepcional encuentre un director de cine a su altura. estética y moral.
 Si no es así, que la dejen en paz. 
Sus 650 páginas podrían ser más. Y dejan inolvidable huella.

 

Elegancia

Los clásicos nos hacen críticos.................................................... Carlos García Gual

Las grandes obras nos ayudan a entender aspectos esenciales de la condición humana: su mensaje se reinterpreta con los años, abre nuevos horizontes y moldea a personas más críticas e imaginativas.

(Magnum /Contacto)
Como señala Alfonso Berardinelli, los libros que calificamos de “clásicos” no fueron escritos para ser estudiados y venerados, sino ante todo para ser leídos (Leer es un riesgo, traducción de S. Cobo; Círculo de Tiza; Madrid, 2016). 
El renovado y largo fervor de sus lectores ha dado prestigio a algunos libros que se mantienen vivos a lo largo de siglos.
 Acaso por eso hay quien cree que esos escritos de otros tiempos no son de fácil acceso, son inactuales y se han acartonado por la distancia y están mantenidos por una retórica académica.
 Contra tan vulgar prejuicio me parece excelente el consejo de Berardinelli: “Quien lea un clásico debería ser tan ingenuo y presuntuoso como para pensar que ese libro fue escrito precisamente para él, para que se decidiese a leerlo”.
 Sin más, cada clásico invita a un diálogo directo, porque sus palabras no se han embotado con el tiempo, y pueden resultar tan atractivos hoy como cuando se escribieron, para quien se arriesga a viajar sobre el tiempo con su lectura.
Leer un clásico no presenta mayor riesgo que la lectura de algo actual de cierto nivel literario. 
Es decir, exige una vivaz atención, y tal vez cierta lentitud, para llegar a captar con precisión lo que nos dice por encima de los ecos de su trasfondo de época. 
Más allá de las convenciones de estilo, lo que caracteriza a un libro clásico es el hecho de que pervive porque fue interesante y emotivo y capaz de sugerir apasionadas lecturas al lector de cualquier época. Classicus quería decir en su origen “con clase” o “de primera clase”, según los mandarines de la crítica; pero los grandes clásicos no requieren lectores muy selectos ni con título especial, sino inteligentes y despiertos, porque versan sobre aspectos esenciales de la condición humana.
 Un libro clásico es el que puede releerse una y otra vez y siempre parece inquietante y seductor porque nos conmueve y cuestiona, a veces en lo íntimo, y, como escribió Italo Calvino, “siempre tiene algo más que decir”. 
 Por eso se ha salvado del gran enemigo de toda cultura: el abrumador olvido (hablo de los libros, pero vale lo mismo para los clásicos de la música o de otras artes). 

Creo que hay dos tipos de clásicos: los universales (que mantienen su vivaz impacto incluso a través de sus traducciones) y los nacionales (aquellos cuyo prestigio va ligado a la frescura y belleza de su lengua original)
Así, Cervantes, Shakespeare y Tolstói resultan del primer grupo; y Góngora y Ronsard, más bien del segundo.
 Es evidente que la lista canónica puede variar según épocas.
 Solo los clásicos más indiscutibles han sobrevivido a las varias fluctuaciones de la cotización crítica.
 Virgilio y Horacio permanecen, mientras que Estacio ha desaparecido desde fines de la Edad Media, y el fabulista Esopo, ya en el siglo XX
. Los clásicos más antiguos de Occidente son los griegos, que ya los romanos leían como tales y modélicos.
 Homero, Virgilio, Platón son mucho más cercanos de lo que se pudiera imaginar.
 Se han salvado del gran enemigo de toda cultura: el olvido
Y en su pervivencia los clásicos no viven momificados, sino que renuevan su mensaje. 
Porque la interpretación no está fijada, sino varía según las lecturas en una tradición que no sólo los conserva, sino que los reinterpreta. No leemos El Quijote como los lectores del XVII. La tradición literaria posterior puede modificar nuestra percepción de los temas y personajes descubriendo perspectivas diversas. Incluso cada lector puede matizar su reinterpretación.
 Después de leer a Kafka advertimos rasgos prekafkianos en autores antiguos. (Eso sucede también con los héroes míticos. La tradición renueva máscaras sobre figuras literarias; como sucede con Prometeo, Edipo, o Fausto y Don Juan, por ejemplo).
Por otra parte, también los logros de los estudios históricos nos hacen comprender mejor un texto, al descubrir nuevos aspectos de su contexto y su formación. 
Pensemos, por dar sólo un ejemplo destacado, en todo lo que sabemos hoy del mundo que evocan y el contexto en que surgieron los poemas homéricos, es decir, sobre la Ilíada y la Odisea. 
 Ahora conocemos la época en que se forjaron esos cantares y el modo de componerlos mucho más que lo que sabían los eruditos de hace siglo y medio, y mucho más de lo que pensaban al respecto Platón y los filólogos de Alejandría. 
Nuestro conocimiento ha progresado gracias a tres audaces personajes: Heinrich Schliemann (que descubrió las ruinas de Troya), Milman Parry (que estudió la técnica de la épica oral arcaica) y Michael Ventris (que descifró el silabario micénico B). Ninguno de ellos era un académico ni un filólogo profesional, pero con sus estupendos logros abrieron un nuevo horizonte a nuestra mirada sobre lo homérico.
 Gracias a los nuevos datos arqueológicos conocemos mejor esa Edad Oscura que, en su nostalgia hacia un pasado más glorioso, dio un impulso decisivo a la épica con el canto y culto de los héroes micénicos.
Y, sin embargo, por encima de todos esos estudios, lo esencial respecto a la pervivencia de Homero sigue siendo la inigualable fuerza narrativa de su poesía. 
Lo que mantiene nuestra lealtad a la Ilíada y la Odisea como perennes clásicos no es su trasfondo histórico ni el manejo magistral de fórmulas y epítetos de larga tradición oral. 
Es la magnánima recreación con que un poeta recuenta los mitos heroicos a la vez que da a ese legado mítico una honda perspectiva trágica con figuras inolvidables. 
Es la sensibilidad del lector la que salva del olvido ese mundo de fascinantes héroes y fabulosos dioses, como hizo a lo largo de tantos siglos y tantas modas.