17 oct 2016
Grandes Hermanos y Grandes Hermanas en la Rae
Grandes Hermanos y Grandes Hermanas en la Rae, y a gritos, aunque sea escrito se nota ese enfado envidioso y competitivo llamando a Pérez Reverte "Autor de bets Sellers"" y eso es malo? porque los escribe muy bien.....y es posible que haya escrito muy buenas novelas, porque yo lo conocí con La Tabla de Flandes y va por la mar en su embarcación, y juega al ajedrez y asiste a premios de blogueros y me gusta como escribe y mucho esperando estoy que salga su último libro.
Con un título de soterrada elegancia irónica, Los académicos y las académicas
(EL PAÍS, 12 de octubre), Jesús Ruiz Mantilla da cuenta del enésimo
episodio en “la más que civil batalla” (diría Juan de Mena) de quienes
rechazan por sexista el uso natural y espontáneo del castellano y se
empecinan en introducir especificaciones tan artificiales, tan
insensatas como “nosotros y nosotras”.
La cosa arranca ahora de una pieza publicada en la prensa y en la Red, en la que Arturo Pérez-Reverte embiste contra los miembros de la Academia que se negaron a hacer suya la petición que unos supuestos profesores le habían enderezado a él a título personal: se trataría de pedir amparo (?) frente a la sugerencia surgida en la Junta de Andalucía de imponer en las aulas los “todos y todas”, “los madrileños y las madrileñas” y demás prevaricaciones por el estilo.
Aunque con obvia base lingüística, una cuestión política, en la que la Real Academia Española (RAE) no tiene por qué entremeterse, por más que nunca sobre recordar por quien sea cuál es la realidad del idioma que la institución se limita a registrar en su Gramática. Ahora bien, es el caso que el alatristemente célebre productor de best sellers no deja de incurrir a su modo en “el ridículo desdoblamiento de género” que con razón denuncia. Cito a la letra: “En la RAE —escribe— hay de todo.
Gente noble y valiente y gente que no lo es. Académicos hombres y mujeres de altísimo nivel, y también, como en todas partes, algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla”. (Gloso en latín el último sustantivo: pudienda muliebris.)
(Gloso en latín el último sustantivo: pudienda muliebris.) En ese contexto, advertimos que el primer “gente” es un rodeo del mismo tipo que “la ciudadanía” para evitar “los ciudadanos” y que en seguida viene el palmario desdoblamiento “hombres y mujeres”.
Con todo, le sigue otro aun más pintoresca y penosamente sexista. Podía haber hablado de académicos tontos y talibanes, pero le parece preferible discriminar soezmente: “tonto del ciruelo” y “talibancita tonta de la pepitilla”.
Pero nótese que “alguno” tiene ahí un valor genérico, inespecífico, funcionando de hecho como un ambiguo plural: “alguno” no quita que haya más de uno, casi lo postula.
A falta de cualquier precisión de nombres, no sé cómo habrán recibido el maltrato los miembros de la docta casa, y en especial todas las dignísimas señoras académicas, de la veterana Margarita Salas a la novel Clara Janés.
La conclusión, en palabras del propio Reverte: “Hay académicos que dan lustre a la RAE, y otros a los que la RAE da lustre”.
La cosa arranca ahora de una pieza publicada en la prensa y en la Red, en la que Arturo Pérez-Reverte embiste contra los miembros de la Academia que se negaron a hacer suya la petición que unos supuestos profesores le habían enderezado a él a título personal: se trataría de pedir amparo (?) frente a la sugerencia surgida en la Junta de Andalucía de imponer en las aulas los “todos y todas”, “los madrileños y las madrileñas” y demás prevaricaciones por el estilo.
Aunque con obvia base lingüística, una cuestión política, en la que la Real Academia Española (RAE) no tiene por qué entremeterse, por más que nunca sobre recordar por quien sea cuál es la realidad del idioma que la institución se limita a registrar en su Gramática. Ahora bien, es el caso que el alatristemente célebre productor de best sellers no deja de incurrir a su modo en “el ridículo desdoblamiento de género” que con razón denuncia. Cito a la letra: “En la RAE —escribe— hay de todo.
Gente noble y valiente y gente que no lo es. Académicos hombres y mujeres de altísimo nivel, y también, como en todas partes, algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla”. (Gloso en latín el último sustantivo: pudienda muliebris.)
(Gloso en latín el último sustantivo: pudienda muliebris.) En ese contexto, advertimos que el primer “gente” es un rodeo del mismo tipo que “la ciudadanía” para evitar “los ciudadanos” y que en seguida viene el palmario desdoblamiento “hombres y mujeres”.
Con todo, le sigue otro aun más pintoresca y penosamente sexista. Podía haber hablado de académicos tontos y talibanes, pero le parece preferible discriminar soezmente: “tonto del ciruelo” y “talibancita tonta de la pepitilla”.
Pero nótese que “alguno” tiene ahí un valor genérico, inespecífico, funcionando de hecho como un ambiguo plural: “alguno” no quita que haya más de uno, casi lo postula.
A falta de cualquier precisión de nombres, no sé cómo habrán recibido el maltrato los miembros de la docta casa, y en especial todas las dignísimas señoras académicas, de la veterana Margarita Salas a la novel Clara Janés.
La conclusión, en palabras del propio Reverte: “Hay académicos que dan lustre a la RAE, y otros a los que la RAE da lustre”.
Paco Rico, autor del ‘Quijote’........................................................ Arturo Pérez-Reverte.
Arturo Pérez-Reverte, en esta réplica al artículo de Francisco Rico publicado en estas páginas la semana pasada, fija la clave del enfrentamiento en la versión que el escritor hizo de la obra maestra de Cervantes para uso escolar.
No por la confusa sintaxis y ortografía del texto ni por citar mal en latín pudienda muliebris en vez de pudendum muliebre o pudenda muliebria (extremos ambos inexplicables en alguien de la enorme, casi desaforada, talla intelectual del profesor), sino por la biliosa virulencia con la que se pronunciaba sobre mi persona.
Y más sorprendente aún, habiendo tenido como tuvimos Paco Rico y yo, en otro tiempo, una razonable amistad y un mutuo y público respeto, con flores mutuas y comentarios elogiosos hacia el trabajo de cada cual, salvando las naturales distancias, incluido algún artículo firmado y publicado por Rico, también en EL PAÍS, donde elogiaba con entusiasmo (espero que sincero en ese momento, pues nadie se lo pidió por mi parte) las novelas del capitán Alatriste; para alguna de las cuales, por cierto, escribió incluso un magnífico soneto, publicado en El puente de los asesinos, séptimo volumen de la serie
. Ése que empieza: "No picaré en el cebo de la vida / turbio nombre que Dios puso a la muerte..."
De ahí la sorpresa de propios y extraños, como digo, ante el texto irrespetuoso y agresivo, venenoso incluso (acabo de confirmar la acepción exacta de venenoso en nuestro diccionario de la RAE), con que en la sección de Cultura de este diario se descolgó el otro día nuestro más destacado cervantista contra el arriba firmante; quien, de pronto, en insólita pirueta de gustos y afectos, se le antojaba alatristemente célebre (feliz hallazgo, debo reconocerlo) escritor de bestsellers.
El pretexto aparente, que lo confuso del texto, insisto, no permitía deslindar con nitidez, era un artículo mío titulado No siempre limpia y da esplendor, publicado en otro lugar, sobre ciertas actitudes pasivas de la RAE que personalmente desapruebo, y que también Paco Rico, al menos hasta ahora y delante de mí, ha desaprobado toda su vida.
En ese artículo, por supuesto, yo no mencionaba ningún nombre, y mucho menos el del profesor; que, sin embargo, se creyó en el deber de afear públicamente forma y contenido de mi texto.
O, para ser más exacto, de apoyarse en mi texto para ajustar cuentas.
Para subirse, como apunta el viejo dicho, en los trenes baratos.
Y es aquí donde parece oportuno que mencione, para dar claridad al asunto, un suceso todavía reciente que tal vez ilumine el misterio
. Hace dos años, de forma desinteresada y cediendo todos los derechos editoriales a la RAE, hice, con la muy valiosa colaboración del excelente filólogo Carlos Domínguez Cintas (que participó, también, en la conocida y soberbia edición de El Quijote anotada por los colaboradores de Paco Rico), una versión del texto cervantino adaptada para uso escolar, aligerada de ciertos pasajes, relatos y digresiones.
Mi intención natural era utilizar para ese Quijotillo académico el texto tan magníficamente fijado por el profesor y su equipo, y así se lo dije.
Sin embargo, y para mi estupefacción, Paco Rico me preguntó qué pasaba con sus derechos de autor.
Le dije que no había derechos a cobrar por parte de nadie, que se trataba de aportar ingresos a la Academia, y él se negó.
"Ya hablaremos", dijo. Hasta hoy.
Decidí, por tanto, mandarlo a paseo y utilizar el texto de nuestra edición cervantina de 1780, con su agradable aroma dieciochesco, enriqueciéndolo con los bocetos originales de las ilustraciones que acompañaron aquella edición.
El éxito fue enorme, nuestro Quijotillo ha vendido hasta la fecha unos 80.000 ejemplares, y los derechos de traducción han sido adquiridos por varios editores extranjeros, produciendo unos modestos ingresos que a la RAE le vienen muy bien, habida cuenta del vergonzoso abandono económico en que la tienen las altas instituciones del Estado.
En lo que acabo de contar radican, lamentablemente, las principales claves del asunto.
Desde que el Quijotillo académico vio la luz, Paco Rico se embarcó ante terceros, cada vez que tuvo ocasión, en una ácida campaña de desprestigio de la obrita y de quienes la alumbraron.
Cualquier pretexto lo caza al vuelo.
Cosa comprensible, por otra parte, habida cuenta de que el profesor, que asiste a muy pocos plenos de la Academia y sólo atiende en ella a lo que le conviene al bolsillo, ha hecho de su famoso texto cervantino, reeditado una docena de veces en distintos lugares con distintos patrocinadores y nunca gratis et amore, que yo sepa, un rentable medio de vida.
Nada tengo que objetar a eso, pues cada cual se busca las lentejas como puede. Unos publicamos novelas con más o menos fortuna y otros manosean Quijotes sin rubor y a destajo.
Pero en el caso de Paco Rico, en mi opinión, eso ha terminado por hacerle creer que posee una especie de derecho exclusivo, o de propiedad intelectual, sobre las palabras Cervantes y Quijote.
Y lleva fatal el intrusismo de quienes, aunque sea sin cobrar y para beneficio de la Academia, dentro o fuera de ella, interfieren en su negocio.
Aunque, en este caso, la palabra exacta debe ir en plural: negocios. Quizá en otro artículo, más adelante, si es que el profesor Rico me anima a ello, pueda extenderme con espantables y jamás imaginados detalles sobre el asunto.
Deudas, venganza y muerte en el encinar mallorquín------------------------------------------ Juan Carlos Galindo
Carlos Soto publica 'El carbonero', realismo rural y negro al servicio de una historia de pasiones.
Una mujer con un hachazo en la cabeza; un niño, su hijo de
13 años, con la vida rota para siempre; una venganza, algo de justicia y
un montón de deudas; el encinar mallorquín, los oficios muertos, el
paraíso perdido.
Con estos ingredientes, Carlos Soto Femenía (Palma de
Mallorca, 1966) ha construido El carbonero (Destino)
la novela con la que ha irrumpido en el panorama literario español.
“Jamás pensé en escribir algo rural. No había pasado ni de cerca por esa
tradición. Delibes y poco más.
Tampoco fui consciente de que estaba
escribiendo algo negro”, se sincera el autor, que pasa unas horas con EL
PAÍS recorriendo los escenarios reales de su novela antes de recalar en
Getafe Negro como uno de los nuevos valores del género.
El carbonero
es una historia rural de posguerra, la de un joven, Marc, cuya madre
murió asesinada siete años antes y saca adelante a su padre, catatónico
tras el crimen, y mantiene el oficio de sus ancestros, tala y despedaza
encinas, monta sitjas -esas pirámides artesanales, imposibles,
en las que ardía la madera- pero, sobre todo, prepara su venganza, busca
justicia, su justicia, trata de dar un sentido a su vida, quiere amar
pero no puede.
“La justicia es complicada. La ley es objetiva pero la
justicia es la de cada uno.
Tenemos deudas materiales, pero sobre todo
morales, cargas que nos imponemos y que nos atan al pasado.
Esas deudas
estructuran la novela”, cuenta Soto al borde de un rotllo, ese
círculo perfecto bordeado de piedra que servía a los carboneros para
aislar la sitja y que el aire no arruinara la pira que les salvaba de la
inanición.
Al lado, la cabaña minúscula en la que vivían seis meses al
año, en la que reposaban tras vigilar el fuego, alucinados, hambrientos,
a medio camino de la locura.
Todo está descrito en la novela de forma
casi cruel, seca, sin artificios.
“Imagina qué vida. Qué tiempo, sin
prisas”, asevera Soto en susurros.
Estamos a 20 minutos en coche de Palma, no mucho más lejos de Magaluf, del turismo masivo.
Sin embargo, en medio del encinar de la sierra de la Tramontana, al que se llega por una serpenteante carretera invadida de cicloturistas, solo nos espera el silencio y la mirada torva de las cabras asilvestradas.
“La vida de esta gente era miseria sobre miseria. El Estado se quedaba con la mejor parte del carbón, con la cáscara de la almendra con la que se calentaban y de la que se incautaba para fabricar gasógeno para los coches.
Al final la gente buscaba otras vías”, cuenta para ilustrar la presencia en la novela de el Buhonero, un hombre sin escrúpulos, traficante, ladrón, estafador, contrabandista, pero aceptado por todos
. “Hay dos tipos de criminales”, continúa, “los profesionales, que lo hacen por dinero, como un trabajo cualquiera, como si haces churros, y los no profesionales.
Moralmente son lo mismo. No hay hombres buenos y malos.
El peligro del hombre es que es un animal que encuentra razones para justificar cualquier cosa”, resume para poner luz sobre la violencia que se desata cuando Marc busca a los asesinos de su madre.
La novela es una historia de mundos perdidos.
Hace más de
30 años que no hay carboneros; tampoco señores, los terratenientes, los
dueños del lugar tan presentes en la vida de la gente de la época y en
este libro.
Para llegar a la sierra hay que dejar a un lado Santa
Margarita, el lugar de donde surgieron Juan March y su fortuna. “En esta
isla la riqueza viene del contrabando.
Todo el mundo lo sabe y a todo
el mundo le parece bien”, cuenta Soto como si nada.
No es un, sin embargo, escritor político.
Llegado a la
literatura por la amistad que le une desde los 14 con Lorenzo Silva,
Soto ha trabajado muchos años como informático, rama a la que llegó
desde la filosofía apasionado por la lógica y la inteligencia
artificial.
Un periplo nada habitual para este escritor casi secreto,
poco disciplinado al escribir, lector enfermizo y anárquico, amante de
la literatura de género, del cine de género.
El tiempo pasa y la lluvia
nos sorprende ya camino del aeropuerto, el encinar lejano, el cruel y
bello paraíso convertido en el recuerdo de una historia de violencia y
muerte.
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