Unas imágenes de la diseñadora y excantante han hecho saltar las alarmas.
Victoria Beckham, el miércoles en Los Ángeles. SMXRF/Star MaxGC ImagesLa delgadez de Victoria Beckham
ha hecho saltar de nuevo las alarmas después de que se hayan publicado
unas imágenes de la diseñadora en las que se aprecia su figura. Fue en
Los Ángeles (California) a su llegada al aeropuerto el pasado miércoles,
y diversos medios internacionales no han tardado en publicar las
imágenes de la excantante preocupados por su estado de salud. De sobra es conocida la obsesión de Beckham por mantenerse delgada. Con una estatura de 1,63 metros, pesa solo 48 kilos. La ex Spice Girl
tuvo problemas de sobrepeso en su infancia, a raíz de lo cual se
obsesionó con su aspecto físico. Desde entonces sigue una dieta tras
otra. Algunas de ellas, claros ejemplos de lo que no hay que hacer. Recientemente se publicó que la mujer de David Beckham prácticamente se alimenta solo a base de verduras. Últimamente no solo ha despertado críticas su delgadez, sino también la de sus modelos.
En septiembre del año pasado, en uno de los desfiles de la diseñadora
las modelos lucían extremadamente delgadas sobre la pasarela. La
polémica caló sobre todo en Reino Unido, donde Beckham tiene su centro
de operaciones. Varias asociaciones que luchan contra los desórdenes
alimentarios alzaron la voz contra la modista. La misma polémica se
generó en la campaña publicitaria que lanzó en marzo de 2015, donde
llevó la languidez de las modelos al extremo. Tras la presentación de su nueva colección primavera/verano 2017 en
la Semana de la Moda de Nueva York, Victoria Beckham se tomó unos días
de descanso y viajó, acompañada de su hijo mayor, hasta Kenia
para apoyar a una fundación que se preocupa de la salud materna e
infantil. A su vuelta del país africano, los paparazis la esperaban en
el aeropuerto.
Alemania investiga la conexión entre el miembro de la NSU y la pequeña desaparecida en 2001.
Retrato de la víctima Peggy Knobloch en un memorial de piedra en Nordhalben. JENS-ULRICH KOCHAFP
Aún no recuperada de la estupefacción por el suicidio en la cárcel del yihadista Jaber Albakr,
Alemania asiste a un nuevo misterio. La policía ha detectado restos de
ADN de Uwe Böhnhardt -uno de los tres miembros de la banda neonazi que
mató a una decena de personas en la década pasada- junto al lugar donde
alguien dejó el cuerpo sin vida de Peggy Knobloch, una niña desaparecida
en 2001 y de la que se encontraron los restos el pasado mes de junio.
Ningún vínculo unía los dos casos. Hasta ahora. El hallazgo anunciado en
la tarde del jueves arroja un buen puñado de preguntas, y pocas
respuestas. Ha quedado demostrado que Böhnhardt, que murió con su
compañero de fechorías en 2011, era un asesino racista. Los crímenes de
la célula Clandestinidad Nacionalsocialista (NSU) sacaron a la luz un inmenso fallo del Estado alemán,
que durante años miró hacia otro lado. Pero, ¿era además un pederasta? Los investigadores del caso no se pronuncian. “Para saber cómo llegaron
las huellas del ADN al lugar de los hechos y si están relacionadas con
la muerte de Peggy es necesario continuar con las investigaciones, que
por ahora están en una fase muy inicial, y mirar en todas las
direcciones”, afirman. A falta de pruebas concluyentes, se disparan las
especulaciones. Peggy, de nueve años, salió de su colegio del pequeño
pueblo bávaro de Lichtenberg el 7 de mayo de 2001. Nunca volvió a ser
vista con vida. Un hombre en busca de setas encontró su cuerpo el pasado
2 de julio a pocos kilómetros de su casa. Junto a los restos había un
minúsculo trozo de tela, de cerca de un centímetro. Y es ahí donde ha
aparecido el ADN del miembro de la NSU, al que no se ha podido juzgar
por sus crímenes: se suicidó con su compañero Uwe Mundlos en una
explosión cuando la policía estaba a punto de detenerlos tras atracar un
banco. La desaparición de la pequeña Peggy se produjo en plena
actividad de la banda NSU. Medio año antes, los neonazis, que dirigían
sus actividades sobre todo contra personas de origen turco, habían
matado al vendedor de flores Enver Simsek. Y un mes después acabarían
con Abdurrahin Özüdogru. Entre el pueblo de la niña asesinada y el piso
que los neonazis usaban como centro de operaciones hay solo 85
kilómetros. En el escondrijo de los terroristas se encontraron juguetes
de niños pequeños. Y en un ordenador de la NSU había también datos con
pornografía infantil. Además, en el proceso judicial contra el grupo
neonazi se han detectado amistades de Böhnhardt vinculadas a la
pornografía infantil. Pero esta pista tampoco parece definitiva, porque
en el entorno de Peggy también había personas con tendencias pedófilas. Todo esto deberá ser ahora investigado a fondo. La muerte de la pequeña Peggy no encaja con la decena de
asesinatos cometidos por la NSU. El hallazgo podría explicarse por un
error en la manipulación de los restos de los dos cuerpos, que fueron
analizados en el mismo instituto; aunque Der Spiegel
considera que esta posibilidad quedaría prácticamente descartada porque
no fueron analizados en la misma habitación. Otra posibilidad que
alejaría la implicación de Böhnhardt en la muerte de la niña sería que
la tela aparecida junto a su cuerpo no tuviera relación con este crimen y
hubiera aparecido ahí por casualidad; pero tanta coincidencia parece
poco probable. Un nombre emerge como la posible clave para desenmarañar este misterio. Beate Zschäpe, la única superviviente de la célula clandestina del NSU
que está siendo juzgada en Múnich. En los más de tres años que ha durado
el proceso Zschäpe ha permanecido en silencio. Hasta el pasado mes de
septiembre, que por fin se decidió a hablar y reconoció su ideología
neonazi. Pero dijo haber cambiado de forma de pensar y condenó los
asesinatos cometidos junto a sus dos compañeros. Está por ver si la
hasta hace poco nazi silente dispone de alguna información sobre esta
nueva pista; y la quiere dar.
Bob Dylan, en un concierto en Los Angeles en 2004. ROBERT GALBRAITHREUTERSNo se puede valorar a Bob Dylan por su obra en prosa. El autor de Like a Rolling Stone
es creador de centenares de canciones, muchas de ellas magistrales,
pero solo tiene dos libros, propiamente dichos a su nombre: Tarántula y Crónicas. El primero es un disparatado y fallido experimento de literatura beat .
En sus palabras, una divagación personal de prosa épica, que vino
influida por su pasión con la poesía surrealista francesa, que fue
acentuada por su amigo Allen Ginsberg, gran voz de la generación beat. Después de que Dylan quedase prendido de Una temporada en el infierno de Arthur Rimbaud, Ginsberg le recomendó Los cantos de Maldoror
de Comte de Lautreamont y se sumergió aún más en el decadentismo
artístico. No funcionó. A medio camino entre la improvisación y la
pretensión literaria, Tarántula, escrito entre 1965 y 1966,
naufragó. El libro no se publicó hasta 1971 y fue vapuleado por la
crítica, haciendo incluso que el propio Dylan, siempre tan seguro de sí
mismo, renegase de él. No se puede decir lo mismo de Crónicas (2004), el primer
volumen de unas memorias que, tal y como se pactó en su día con una
cifra millonaria con la editorial Simon & Shuster, deberían tener
otros dos tomos. Según su agente literario Andrew Wylie, el segundo
volumen, en el que se especula que detallaría entre otras cosas la
configuración de Blood on the Tracks, está en camino. Pero en el universo de Dylan, que también lo prometió en una entrevista en 2010 en Rolling Stone,
eso puede no significar nada. El nuevo premio Nobel de Literatura
siempre ha sido ingobernable y, por ahora, parece más preocupado en
sacar discos. Crónicas es un fabuloso mapa desordenado de sus recuerdos,
desde su llegada a Nueva York a principios de los sesenta hasta saltar
sin ton ni son a las sesiones de grabación del disco Oh Mercy! en los ochenta.
Son impresiones personales de su tiempo y sus ídolos –Woody Guthrie,
Roy Orbison, Elvis Presley…-, que desbordan una gran fuerza narrativa. En ese libro, Dylan acerca al lector a un mundo que parece extinguirse,
el suyo, el de la memoria americana del siglo XX, con evocaciones
literarias propias de un notable escritor. Es el mismo mundo al que,
entre 2006 y 2009, el veterano músico invitaba a adentrarse a través de
sus fascinantes programas de radio elaborados por él mismo. Cada
programa de Theme Time Radio Hour era un viaje en el tiempo con blues, soul, country, folk y rock’n’roll, aderezados de sus irónicos y, en ocasiones –cierto-, pasionales comentarios. No se puede medir la talla del monumental Bob Dylan por sus libros en
prosa. Son un añadido, como un adorno, a lo verdaderamente esencial,
trascendental: sus canciones. En ese terreno ha sido imbatible y, por
eso, es el primer músico en tener un Nobel de Literatura. Por eso, ha vuelto a hacer historia.
En vídeo, los asistentes al primer concierto de Bob Dylan como Nobel de Literatura celebran la concesión del premio al músico.REUTERS-QUALITY
El premio Nobel a
Bob Dylan es una noticia feliz. Primero, porque le da a uno la razón:
llevo diciendo por lo menos 20 años que Dylan es el mejor poeta de
América y de la lengua inglesa actual y también el que más ha influido
en varias generaciones. Así que en cierto modo me atrevería a decir que
el galardón llega tarde. La dicha es, por suerte, buena: el gesto de la
Academia Sueca hace que todos los que nos dedicamos a dignificar las
palabras en el pop nos sintamos premiados con él. En segundo lugar, porque creo que manda un mensaje evidente a
aquellos que se han dedicado a reducir durante décadas el oficio de la
canción popular a las cosas tontas de ‘chico conoce a chica’ o las
historias banales del sábado noche. Desde ayer, nuestro mundo ha quedado
elevado a la categoría de alta cultura, y eso está bien. Y por último, porque cierra en cierto modo un círculo íntimo para mí. La primera vez que escuché a Dylan fue a los 18 años, cuando una novia
inglesa me lo puso en mi casa de Granada. No entendí una palabra de lo
que decía, pero tuve claro que me estaba hablando a mí. Su manera
personal de jugar con la fonética, de escupir las palabras, de
frasearlas, consiguió que aquel poeta que yo entonces quería ser
decidiese convertirse en músico. Sobra decir que Dylan me cambió la
vida. Después llegó el estudio de su música. He leído sus letras a
conciencia (aunque no diría que me han influido en la escritura; él es
un poeta torrencial, un maestro del caos, yo soy más académico) y debo
de tener unos 100 libros sobre él. Escucho todos sus discos, incluso los
que no me gustan. También le he visto muchas veces en directo desde
aquel lejano concierto en el campo del Rayo Vallecano con Santana. Ha habido veladas maravillosas y otras en las que me ha irritado. Y si me preguntan si un músico en español podría ganar el Cervantes, la respuesta es: sí. Y tengo un candidato: Joan Manuel Serrat, que es el maestro de todos nosotros. Joaquín Sabina es cantante