La que yo
prefiero es la que intenta mantener el contacto con la realidad, por
pija que sea, yendo a cenar con las amigas, a ver cine de culto o de
rebajas a Mango.
La Reina después del desfile de las Fuerzas Armadas. Claudio ÁlvarezDicen que los toreros —esos exhéroes nacionales que ahora
van de mártires porque han pasado a ser villanos para algunos
aguafiestas— nunca dejan de serlo por mucho que se corten la coleta. Pues bien, con la autoridad que me dan 30 años de oficio y una querencia
de mula torda a hacerme películas, sostengo que los periodistas tampoco
dejan de serlo por mucho que les arrolle la Historia. Hace 13 años, la
reportera Letizia Ortiz presentó el telediario del viernes y el sábado
pasó a mejor vida como futura reina de España. Aun así, apuesto a que Su
Majestad mi colega, además de permitirme el tuteo porque bien sabe ella
que el que te traten de usted en este gremio equivale a estar muerta,
sigue con el gusanillo de querer saberlo todo royéndole las tripas. Rumiaba eso ayer viéndola tan pluscuamperfecta presidir el desfile y el
posterior besamanos de la madre de todas las fiestas. Porque ya tendrá
callo, pero elucubro que aún se muerde la lengua teniendo al Gobierno y a
la oposición y al quién es quién en funciones de todos los cotarros a
tiro y no poder siquiera decir ni que sí ni que no ni que blanco ni
negro ni que todo lo contrario. Y todo eso, además, sabiendo que te las
van a dar bien dadas hagas lo que hagas. Si colegueas porque colegueas,
si callas porque callas, si pantalón porque pantalón, si falda porque
falda. Llamadme cortesana, pero, más allá de la soberana impecable,
autoexigente, ansiosa, hierática y en ocasiones disuasoria de ciertas
citas, la Letizia que prefiero es la que intenta mantener el contacto
con la realidad, por pija que sea, yendo a cenar con las amigas, a ver
cine de culto o de rebajas a Mango. Es bueno ser reina, menuda noticia. Pero cuando clava su pupila en tu pupila, se le ve todo, todito, todo. Y
ya puesta, aprovecho y pido, no sé, una entrevista, un canutazo, un
total, un off the record, un lo que sea. El no ya lo tengo y bien sabe ella que en este curro quien no llora no mama.
El cantautor Bob Dylan durante un concierto en Basilea, en 1984.EFE / EL PAÍS VÍDEO
Cuando la secretaria de la Academia Sueca Sara Daniues ha pronunciado el nombre, han retumbado todos los cimientos. Bob Dylan, premio Nobel de Literatura. La sorpresa en los mundos de las letras y la música solo puede ser
comparable a la que seguro ha sido una legendaria, hipnótica, imbatible
sonrisita pícara del galardonado al enterarse, perdido como siempre en
su gira interminable alrededor del mundo, al margen del mito. Era el
eterno aspirante, así como un recurrente chiste entre los más escépticos
y, sobre todo, más ortodoxos. ¿Un músico, cuya única obra en prosa fue
un fracaso, cosechando el mayor de los premios literarios? Imposible. Pero lo imposible –y vivir a contracorriente- es lo que mejor se le ha
dado a este compositor que cambió como nadie el concepto de canción
popular en el siglo XX, añadiendo una particular dimensión poética a la
música cantada. Y tan importante como ese determinante hecho: su influencia, reconocida
por los Beatles, los Rolling Stones, Bruce Springsteen y cualquier icono
del rock y el pop que venga a la cabeza, no ha hecho más que crecer a
medida que ha pasado el tiempo. Ahora, con este premio, y tras haber
recibido antes el Pulitzer o el Premio Príncipe de Asturias de las
Artes, la onda expansiva da para otro siglo.
El bing bang comenzó a principios de los años sesenta, cuando
un Dylan chaval abandonó su pueblo de Minnessota para trasladarse a
Nueva York con el fin de dedicarse a la música y conocer en persona a su
ídolo musical Woody Guthrie. Provisto de una gorra y una guitarra
acústica, incluso inventándose parte de su biografía, recaló en
Greenwich Village, el bohemio barrio de Manhattan poblado de cafés y
clubes donde conoció ya la palabra afilada de los combatientes
cantautores Pete Seeger, Ramblin' Jack Elliott o Dave Van Ronk. Componía
a partir del contacto con ellos pero también de la poesía de los
surrealistas franceses, especialmente de Arthur Rimbaud, y devorando la
prensa diaria, que le daba combustible para esas primeras canciones que
cambiaron la cara del folk norteamericano y le dieron un carácter
contestatario sin renunciar al aspecto poético. Composiciones como Blowin’ in the wind, Masters of War, The Times They Are a Changing, A Hard Rain's a-Gonna Fall, Mr Tambourine Man o Chimes of Freedom
llegaron al corazón de la generación de los sesenta, donde se fraguó la
contracultura. “Venid senadores, congresistas, por favor oíd la
llamada, / y no os quedéis en el umbral, no bloqueéis la entrada, /
porque resultará herido el que se oponga, / fuera hay una batalla
furibunda, / pronto golpeará vuestras ventanas y crujirán vuestros
muros, / porque los tiempos están cambiando”, cantaba en 1964 con su voz
nasal en The Times They Are a Changing, anticipándose al revuelo social y político de Norteamérica.
Fueron en esos primeros sesenta, en su tránsito diario de trovador por Greenwich Village, cuando conoció a los poetas beat.
Aquello determinó aún más su visión literaria, a la que impregnó de una
fuerza contracultural más incisiva, repleta de instinto y mordiente. Se
relacionaba con Jack Kerouac, Neal Cassady, William Burroughs, Herbert
Huncke, John Clellon Holmes o Allen Ginsberg, pero aún más importante:
había vasos comunicantes.
Dylan se fijaba en ellos, pero ellos veían en
él al portavoz generacional, sorprendiéndose de su capacidad de captar
la agitación, la desorientación, los desamparos y los ideales de
aquellos convulsos sesenta.
Con sus más de seis minutos de canción,
rompiendo en 1965 el molde de single y reventando el concepto de radio comercial, Like a Rolling Stone
conquistó el territorio de la ruptura generacional de los sesenta, más
que cualquier novela, obra de teatro o película.
Como dijo el poeta
estadounidense David Henderson, no se trataba de una canción, sino de
“una epopeya”.
Acababa de empezar la epopeya de Dylan, que abandonó el folk
por el pop, maravillado por el ímpetu desenfadado y juvenil de los
Beatles, los Rolling Stones y toda la tropa británica que desembarcó con
un éxito monumental en EE UU. Con su sonido circense, de folk-blues-rock acelerado, sin olvidar esas baladas al piano, los álbumes Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde elevaron a la música popular a lo más alto del universo cultural. Allí donde antes había un chaval folkie lanzando dardos surgía un merodeador que documentaba las emociones de la extraña realidad. Según ha declarado con exageración el poeta chileno Nicanor Parra, solo por tres versos de la canción Tombstone Blues, incluida en Highway 61 Revisited,
se merece el Nobel. Son los versos: “Mamá está en la fábrica / no tiene
zapatos / papá está en el callejón / está buscando un fusible / yo
estoy en las calles /con el blues de Tombstone”. “Es realismo real, con
la fábrica, el callejón y la cocina, donde está el niño solo con los
blues", ha dicho el poeta. A decir verdad, son muchos más los versos,
que abren imágenes como ventanas a otros mundos posibles y que se
recogen en esos dos discos esenciales para el desarrollo intelectual del
rock. Esas obras, publicadas entre 1965 y 1966, sirvieron de guía
fundamental para los Beatles, los Beach Boys y toda esa irrepetible
generación del pop y el rock que protagonizó el siglo XX con sus
canciones. Y, sin embargo, fue en esos años cuando, aupado por su propio
entusiasmo compositivo y su fama compositiva, publicó su única novela Tarántula,
una pifia de literatura experimental muy por debajo de toda su obra
musical. Está claro que el cómite del Nobel no ha tenido en cuenta el
aspecto narrativo de Dylan a partir de su único libro, en el que intentó
emular en prosa poética a Kerouac, Burroughs o Ginsberg.
El actor sufrió lesiones en una pierna al caerle encima una puerta de 'Halcón milenario'.
Harrison Ford en una escena de 'Star Wars: El despertar de la fuerza'.
La productora británica de la película Star Wars: El despertar de la fuerza ha sido multada con 1,7 millones de euros por no proteger a los actores y los trabajadores, tras un accidente en el que Harrison Ford sufrió la rotura de una pierna,
informó la BBC. Foodles Production, con sede en Londres, una filial de
Walt Disney, había admitido dos infracciones a la normativa de salud y
seguridad. La
sentencia fue dictada por un tribunal de Aylesbury, en el sur de
Inglaterra. Ford, que interpretaba en el filme el papel de Han Solo,
resultó herido en una pierna al quedar atrapado por el cierre de la
puerta durante el rodaje de la película en junio de 2014 en los estudios
Pinewood, cerca de Londres. La
potencia del sistema de accionamiento de la puerta era comparable al
peso de un coche pequeño, según la Agencia de Salud y Seguridad de Gran
Bretaña. "Fue un incidente previsible", ha señalado un portavoz de la
agencia en un comunicado. "La gestión de riesgos en el set de forma
sensata y proporcionada para todos los actores y el personal,
independientemente de su estatus, es vital para proteger el talento
tanto en la pantalla como fuera de la pantalla, y también para proteger
la reputación de la industria ", dijo. Ford, de 71
años en el momento de sufrir el accidente, fue trasladado a un hospital
de Oxford y posteriormente operado de la pierna izquierda. En el
juicio, la acusación aseguró que el fallo en el funcionamiento de la
puerta podría haber provocado una muerte. "No sucedió así porque se
activó un mecanismo de parada de emergencia", destacó el fiscal Andrew
Marshall, que, no obstante, recordó que el accidente "podía haberse
evitado".
La forma
de abordar la creciente tendencia política y social a diferenciar
masculino y femenino y prescindir de nombres genéricos provoca un debate
en la RAE.
Fernando Vicente En los pasados Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro,Jorge Dueñas,
el entrenador de la selección femenina española de balonmano,
sorprendía al realizar sus declaraciones en televisión después de
cualquier partido. A cada paso, con una voz varonil de aúpa, soltaba:
“Nosotras…”. Se trataba de una situación natural, aunque
lingüísticamente extraña. En los ámbitos donde existe una mayoría
preponderante de mujeres, ¿conviene seguir utilizando el masculino? Dentro de su contexto, Dueñas y otros muchos entrenadores, ante sus
chicas, se diluyen en un pronombre femenino. Es una de las cuestiones
que desde hace años preocupa de una manera creciente en la Real Academia Española
(RAE), donde las tendencias sociales y políticas partidarias de
eliminar lo que consideran un uso sexista del lenguaje ponen en jaque la
estructura del idioma. No es que quite el sueño este caso específico, si no que en aras de
una corrección política o de apoyar a colectivos que dicen sentirse
discriminados, se propongan usos de género diferenciados: compañeros y
compañeras; candidatos y candidatas... La cuestión entre los académicos
es candente: ¿deben entrar como institución en una creciente tendencia
pública alimentada por movimientos políticos y sociales o deben
mantenerse al margen? Hace cuatro años, el lingüista y académico Ignacio Bosque publicó un informe, firmado por todos los miembros de la RAE, titulado Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer. Desde entonces, el debate no ha cesado. En la calle, en las
instituciones y, dicen, en menor intensidad pero a veces con virulencia,
dentro de la misma institución. Un artículo firmado por el escritor y
también académico Arturo Pérez-Reverte el 2 de octubre en su sección Patente de Corso, del XL Semanal,
lo ponía de manifiesto e invitaba a no permanecer pasivos ante las
peticiones “de amparo ante unas normas que pueden obligar a los
profesores, en clase, a utilizar el ridículo desdoblamiento de género”.
Fernando Vicente
Frente a quienes desean llevar la discusión al campo de la esfera
pública están los que se centran en un debate lingüístico. Bosque
insiste: “Con el pasado informe queríamos dejar clara nuestra postura,
pero sabíamos perfectamente que no se resolvería el asunto. Más cuando
algunos se empeñan en llevarlo al plano político. Simplemente digo que,
antes de pasar al mismo, antes de saber en qué campos o situaciones se
producen discursos sexistas frente a los que todos estamos en contra,
por supuesto, hay que entrar en los detalles lingüísticos”. Para empezar, la estructura de las lenguas románicas. Todas utilizan el
masculino plural como genérico para ambos sexos. Por motivos atávicos,
patriarcales, antropológicos… Los que se quieran esgrimir, pero así es.
¿A qué precio se puede cambiar ese uso que se ha convertido desde hace
siglos en natural? A un precio político, creen muchos de los que
observan con preocupación que se quiera revertir de una forma impuesta y
un tanto artificial. “Va a ser imposible. Si alguien intenta así forzar
la lengua está abocado al fracaso”, advierte Pedro Álvarez de Miranda, miembro de la RAE, filólogo, lexicógrafo y catedrático de la Autónoma de Madrid. La filóloga Inés Fernández-Ordóñez, la más joven de los miembros de
la institución, los pone de manifiesto: “Existen numerosos colectivos
que consideran al masculino un modo no inclusivo. Entre ellos, algunos
proponen soluciones que no coinciden con los usos clásicos del español. Por ejemplo, utilizar un término neutro como profesorado en vez de los
profesores”. Y prosigue: “Es difícil. En las lenguas, una vez que una
estructura se fosiliza no es fácilmente reversible. En ciertos
contextos, yo no usaría la diferenciación candidatos y candidatas, pero
no por eso desde la RAE debemos censurarlo”. Inés Fernández-Ordóñez
se muestra partidaria de abrazar y no rechazar: “Las estructuras
lingüísticas son heredadas y no se pueden cambiar por decreto. A dichos
colectivos se les ha hecho ver que la estructura de nuestra lengua
funciona así, pero proponen cambiarla y, es más, lo practican. Deben ser
respetados. La lengua supone cambio permanente y lo mismo que si antes
no se podía convivir fuera del matrimonio y hoy solo el 20% de la
población se casa, debemos mostrarnos abiertos”. ¿Tantos como para que se abandone el masculino como uso genérico? “No
ha pasado y no creo que vaya a pasar”, apunta la filóloga. “Pero, lo
mismo que en los últimos años, en pos del panhispanismo, desde la
academia se han aceptado como válidos usos de cada país de habla
hispana, debemos permanecer atentos y abiertos a todo cambio”.