Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

21 ago 2016

Inés Figaredo: “Está bien asumir que uno es excesivo. Tiendo a la exageración”.........................................Ana Fernández Abad

Sus bolsos los lucen desde la realeza hasta Lady Gaga; la primera muestra de un original universo creativo que busca abarcar también moda, joyería y arte, y en el que cada objeto esconde una reflexión. 

 

Inés Figaredo: “Está bien asumir que uno es excesivo. Tiendo a la exageración”
Inés Figaredo, en su salón, con el vestido Matrix, diseño propio
. Detrás, un retrato de su abuela realizado por Ricardo Summers Ysern, Serny, y cuadros de Aurelio Suárez, Eduardo Úrculo y Díaz de Orosia.
Foto: Mirta Rojo
 
Vive rodeada de objetos que cuentan una historia, le gusta evocar la de cada uno, recordar que ese mantel fue de su abuela o que el diván de los años 20 con un cisne en el lateral –una de sus obsesiones– perteneció a su madre cuando era niña.
 La narrativa es importante para Inés Figaredo (Madrid, 1976). Antes de empezar a diseñar bolsos, se dedicaba al derecho marítimo.
 Ahora navega otras aguas. «Somos como Ulises en su camino a Ítaca, atado al mástil mientras oye los cantos de las sirenas.
  Los escuchamos, pero nos mantenemos firmes en el rumbo fijado», reza el Manifesto de su firma.
 Porque, como los surrealistas o los dadaístas, Figaredo ha plasmado sus principios por escrito, busca la reflexión tras lo que se muestra a simple vista.
 «Todo parte del inconsciente
. Es tener los ojos invertidos hacia dentro, mirar muy bien lo que pensamos, lo que sentimos, las emociones. 
Petrificarlas, perpetuarlas.
 Son todo pensamientos», explica, el pelo rosa, la piel blanquísima, los ojos azules e inquietos. 
Está sentada –con su vestido Menina, aparatoso por la estructura del guardainfantes– en un sofá del luminoso ático de su casa. 
Por fuera parece otro chalé de tres plantas de La Moraleja (Madrid), pero por dentro, con sus siete alturas y un salón cuyo ventanal enmarca el jardín trasero, también es mucho más de lo que se ve a primera vista.
 
 
 
 
Vestido de la madre de Carlos Arniches y sus zapatos de cordones
Foto: Mirta Rojo
  Vestido de la madre de Carlos Arniches y sus zapatos de cordones 
 
«Nos mudamos hace siete años. 
Es un espacio para criar a cuatro niños –de 3, 6, 11 y 12 años–. Probablemente, la vida me lleve a un lugar más sofisticado, pero ahora es necesario este entorno para que ellos crezcan con un montón de referencias.
  Se están moldeando, tanto intelectual como estéticamente, y me parece fundamental que sepan que detrás de cada objeto hay una justificación.
 Quiero que no den nunca nada por sentado con respecto a un lugar, a un objeto, a un hogar», enfatiza.
 Le fascina el concepto del continente, del espacio que define y delimita.
 «Tengo hambre de definición por defecto; si no, tiendo a la dispersión. Soy una persona muy abstracta, y he de hacer un esfuerzo por definirme en todos los aspectos», sostiene.
 De ahí la importancia del continente. Por eso empezó a diseñar unos bolsos delirantes –con ojos, formas disparatadas, e inspiración artística, como la barra de labios que remite a Claes Oldenburg– que ahora lucen la reina Letizia, Lady Gaga o Rihanna.
 Decidió empezar a fabricarlos tras superar un coma en el que entró después de dar a luz a su segundo hijo, León.
 «Fue un parón forzoso, un punto de inflexión, pero lo veo sin ningún dramatismo.
 Solamente me ha aportado cosas positivas, entre otras, la urgencia de vivir, y de no fingir».
 Inés con el mono Duality 
Inés con el mono Duality
Tenía 27 años y dio un giro de timón. Ella, la única chica de cuatro hermanos, una buena estudiante que había seguido los pasos de su padre –quien incorporó Figaredo & Asociados al despacho de abogados Uría Menéndez–, decidió «mudar la piel». 
«Si hubiese estudiado una carrera más creativa, como Historia del Arte, creo que habría entrado mucho antes en lo que ahora es mi profesión.
Pero lo importante es el viaje y lo que encuentras por el camino.
 Es el efecto péndulo: probablemente esté haciendo lo que hago porque tuve una vida encorsetada. Soy poco convencional y me sentía muy forzada».
 Analiza cada etapa sin nostalgias, se centra en el presente. «Me inspira tanto lo bueno como lo malo, lo feo como lo bonito, la luz y la oscuridad».
  Y exporta esa filosofía a su día a día, en una casa fuera de lo convencional en la que conviven surrealismo y referencias clásicas.
 Un biombo encargado por su abuela a un pintor francés y dos de sus bolsos, Wheel Gold Pinkines y +34 Nude Lace (en la silla industrial).
Un biombo encargado por su abuela a un pintor francés y dos de sus bolsos, Wheel Gold Pinkines y +34 Nude Lace (en la silla industrial).
La chimenea del salón

En su estudio con el vestido Menina. 
 

EL ARTE IMPORTA

Para Inés, el proceso artístico es esencial. Camille Claudel, Louise Bourgeois, Frida Khalo, Rebecca Horn, Cornelia Parker, Mona Hatoum, Yoko Ono, Yayoi Kusama o Marina Abramović son algunos de sus referentes.
 Por eso –«Poco a poco, porque si hay algo que se necesita en estos tiempos es parar, pensar, y darles a las cosas la importancia que merecen antes de empezar», advierte– su universo tiende a expandirse
. Fabrica ya algunas piezas de joyería con ojos y labios como protagonistas. Contempla realizar colaboraciones con mobiliario. Y ya ha configurado Inés Figaredo Estudio, que desarrollará la vertiente artística de su firma, «para tratar de explorar el concepto existente, pero de una manera mucho más profunda; la voluntad de expresión aquí es un fin en sí mismo».

El salón, con cuadros de Alexander Pavlovich Bubnov.
El salón, con cuadros de Alexander Pavlovich Bubnov.
Foto: Mirta Rojo

El agosto de los escritores................................................................... Juan Tallón

Quizá todos los veranos se parezcan, con su mezcla de guerra, paz, silencio, playa, viajes, felicidad, hastío.


Franz Kafka, a la derecha, con su amigo y editor Max Brod, en el balneario de Marielyst (Dinamarca).

¿Cómo era la vida en agosto hace cincuenta años, y hace cien, y en el siglo de León Tolstoi?
 Quizá todos los agostos se parezcan, con su mezcla de guerra, paz, silencio, playa, viajes, felicidad, hastío. 
Tolstoi anota en sus diarios, el 12 de agosto de 1854, que ese día empezó la mañana bien, trabajó un poco, pero por la tarde… "Dios, ¿no voy a reformarme nunca? Perdí en el juego lo que me quedaba de dinero y 3.000 rublos que no pude pagar
. Mañana venderé mi caballo". En otro universo, y en otro siglo, Virginia Woolf hablaba de agosto de 1927 como el año de los días felices en los que aprendió a conducir y "el coche está resultando la alegría de nuestras vidas, una vida adicional, libre, móvil y airada".
Hay años, o vidas, en las que ante agosto nada posee gravedad bastante.
 "Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación", escribe Franz Kafka en una de las entradas más citadas de sus diarios, en agosto de 1914.

 Por contra, hay existencias que en ese mes se vuelven gravísimas. Insensible al consuelo, Alejandra Pizarnik registró en una nota del 25 de agosto de 1962, durante su estancia en Saint-Tropez que "sé perfectamente que si no me suicido pronto, me daré a la bebida".
En 1959, Gil de Biedma pasó el 10 de agosto con Ángel González en Miraflores, donde visitaron a Vicente Aleixandre.
 "Día agradable, pero de mucho alcohol", escribe, resumiendo una estampa típica del verano.
 En otro gesto propiamente estival, Josep Pla paseaba en 1918 por Canadell cuando observó a cuatro muchachos agujereando las paredes de las casetas de la playa para ver cómo las señoritas se desnudaban a la hora del baño.
 "Siempre hace gracia contrastar, sobre la piedra de toque de la realidad, los tópicos escolares".
Siguiendo la costa, hacia el sur, se llega a Palamós.
 Allí pasó varios meses de 1962 Truman Capote, trabajando en A sangre fría.
 En una de sus postales a Marie Deway, con fecha de 8 de agosto, daba cuenta de la "gran aventura" que había vivido el día anterior, cuando "un incendio forestal quemó la finca de al lado y casi nos engulló".
Los viajes para trabajar son consustanciales al verano. 
En una conferencia de 1932, Federico García Lorca contaba cómo tres años antes llegó el mes de agosto "y con el calor estilo ecijano" que asolaba Nueva York decidió marcharse al campo, a Edem Mills, donde dos niños "con paciencia me enseñaron la lista de los presidentes de Norteamérica".
 Tras su periplo por Cuba, llegaron también a Nueva York Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí.
 Esta glosa en sus diarios, el 10 de agosto de 1939, que pasaron la mañana en el Museo de Arte Moderno.
 "El cuadro de Picasso, El perro y el hombre, de su período azul, me embelesó. […] El Gala de Dalí, espléndido".
En Descubrimientos, al llegar agosto Clarice Lispector improvisa preguntas para un cuaderno escolar. ¿Cuál es la cosa más antiguo del mundo? "Podría decirse que Dios". ¿Y la más bella? "El instante de inspiración". ¿La más grande? "El amor". ¿La más constante? "El miedo". "¿Y lo más fácil de hacer? Existir, después de que se pasa el miedo".

A veces agosto es un mes de espera.
 En sus notas de 1965, Ricardo Piglia relata cómo pasó un domingo preso en una comisaría.
 Había ido a un concierto de Mercedes Sosa, "estábamos un poco borrachos y de pronto, al salir, empezamos a pelear con un grupo de provincianos". 
Fue en Buenos Aires.
 En la misma ciudad, en 1951, Julio Cortázar se sentó a escribir una carta a Edith Aron para anunciarle que regresaba a Francia y que le gustaría verla.
 "No sé si se acuerda todavía del largo, flaco, feo y aburrido compañero que usted aceptó para pasear algunas veces por París para ir a escuchar a Bach". 
Lo espera una ciudad eterna, floreciente, distinta a la que paseaba Gaziel en 1914, en plena Gran Guerra, con los museos, las salas de conferencias y los teatros cerrados.
 "Los editores y libreros también han clausurado oficinas y tiendas, con unos rótulos que dicen: À cause de la mobilisation", escribe en Diario de un estudiante.
Hay tantas imágenes de París en agosto como escritores.
 En 1967, Paul Auster acababa de llegar a la ciudad, donde descubre el placer de fumar Parisiennes y salir temprano a la calle para tomar café con los trabajadores, el vendedor de hielo, el basurero…
 "Lo único curioso es que esos hombres –destaca en Informe de interior– en lugar de tomar café trasiegan toda clase de exóticas bebidas alcohólicas".


 

Un monstruo en medio de Venecia...........................................................Juan José Millás

FUI UNA VEZ a Venecia porque parece que si no has estado allí no eres nadie y yo estoy empeñado desde pequeño en ser alguien, no sé quién quiero ser, esa es otra historia, pero alguien, al modo en que el lunes es lunes o el martes es martes y la gente lo sabe. 
Preguntas a cualquiera qué día es hoy en la parte del mundo más ignorante que quepa imaginar, y te lo dice: jueves o viernes, o domingo, según.
 Y eso se debe a que cada día tiene un carácter, que es lo que me falta a mí, carácter.
 Fui a Venecia, aunque me mata la humedad, porque cuando salía el tema en la conversación y confesaba que no había estado allí, me miraban como si fuera un tipo raro y yo siempre he querido ser normal, que no es incompatible, creo, con ser alguien. 
Me dije voy a ir, sin darme cuenta de que al ceder al deseo de los otros mi personalidad, en vez de crecer, disminuíaAlquilé una habitación con terraza que daba al Gran Canal dispuesto a tirar la casa por la ventana si a cambio de ello entraba la personalidad por la puerta.
 Al día siguiente de llegar me levanté pronto y salí a la terraza para sentir las cosas que se deben sentir al contemplar el panorama, cuando me di cuenta de que durante la noche había brotado frente a mi hotel un edificio gigantesco como el que se aprecia al fondo de la foto. Luego resultó que no era un edificio, sino un crucero desde cuyos balcones cientos o miles de personas me sacaban fotos como si fuera alguien.
 Como fotografiaríamos un miércoles si los miércoles se pudieran fotografiar. 
La pena es que salí en pijama y en pijama, seas quien seas, no eres nadie.

UNESCO threatens Venice to be placed on list of endangered heritage sites
COLUMNISTAS-REDONDOS_JUANJOSEMILLAS

Mentiras perdurables..................................................................Rosa Montero

Los ciudadanos rusos llevan décadas inmersos en una falsa realidad orquestada por su Gobierno y muchos se niegan a abrir los ojos.
HACE UN PAR de semanas estuve en Leópolis, Ucrania, en un festival de literatura europea.
 Me gustó mucho la ciudad, monumental e histórica, y me encantaron los ucranianos, gente dulce, cariñosa, casi diría inocente. T. R., una brillante hispanista de Kiev, me conmovió; sus padres son rusos y siempre sintió una profunda devoción por la gran patria rusa.
 Pero ahora lleva dos años herida y desolada.
 Cuando comenzó el conflicto entre rusos y ucranianos, T. R. no tuvo más remedio que reconocer que su imagen pura y perfecta de Rusia era un mito.
 Durante cuarenta años había creído a pies juntillas en la veracidad de unas historias que, ahora se daba cuenta, eran todas mentira: “Y a mi edad tengo que volver a repensarme el mundo por completo”. 
Hay muchas otras personas como ella, gente que vivió una realidad fingida y que ahora se balancea sobre el vacío.
 Es lo que sucede con las dictaduras, las tiranías y con los Gobiernos que, como el ruso, aunque se denominen democracias, distan mucho de ser transparentes y veraces. 
De hecho, todos los sistemas políticos, incluso los más avanzados, tienen trastiendas ocultas, secretos de Estado, cosas que no se dicen, mentiras tenaces; pero la diferencia de tergiversación de la realidad entre las democracias y los sistemas tiránicos y paratiránicos siguen siendo abismales. Ya conocen la famosa frase de Abraham Lincoln: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”.
 Suena bien y resulta consolador pensar así, pero, a medida que he ido envejeciendo, he visto que la historia se obstina en demostrar lo contrario. 
Es decir, hay sociedades capaces de engañar a la inmensa mayoría de sus ciudadanos durante todo el tiempo de sus vidas, durante una generación o quizá dos.
 Sí, seguro que cien años después habrá investigadores que demuestren la perversidad de sus mentiras, pero ¿de qué sirve eso para la generación que vivió y murió creyendo sin fisuras en el embuste? Y, sobre todo, ¿de qué le sirve eso a las víctimas?
 Además, y esto es lo peor: hay muchos que no quieren abrir los ojos. 
La realidad es ventosa, desagradable, contradictoria, muy poco heroica.
 Hay gente incapaz de vivir sin la edulcoración de las mentiras fanáticas.

El 12 de julio de 2014, en lo más álgido del conflicto ruso-ucraniano, el primer canal de la televisión rusa sacó a una mujer refugiada en Sloviansk, una tal Galina,  diciendo que, cuando entraron en la ciudad, los militares ucranianos habían crucificado a un niño ruso de tres años. 
Aseguraba que ella lo había visto y que había sucedido delante de toda la población.
 Nadie pudo encontrar jamás a otro testigo de semejante hecho, y los padres de Galina declararon que probablemente le pagaron para decirlo. 
Resulta inquietante que el infundio reproduzca a la perfección los antiguos libelos de sangre, esas calumnias antisemitas que recorrieron Europa en la Baja Edad Media y que sostenían que, para mofarse de Jesucristo, los judíos crucificaban niños cristianos. 
Lo que demuestra la perdurabilidad de los bulos malignos en nuestro imaginario. 
Y lo peor es que los ciudadanos creen esas mentiras.
 Creen que les están crucificando en Ucrania, y cuando personas como T. R. hablan por teléfono con sus parientes y les explican que no es así, responden que el Gobierno les oculta la realidad y que los que de verdad saben lo que está pasando en Ucrania son ellos.
 Qué curioso que jamás se planteen la posibilidad de que les engañe su propio Gobierno.
 Y así se va creando el miedo, se va atizando el odio, se infunde en la sociedad una avidez de sangre que puede justificar cualquier barbarie. 
Nuestro equivalente fueron las armas químicas de Sadam Husein, pero la diferencia es que fueron contestadas desde el primer momento.
El problema es que la manipulación informativa en Rusia alcanza niveles alarmantes (y quienes luchan contra ella suelen acabar en la cárcel o muertos, como la periodista Anna Politkóvskaya). 
¿Que algún día los rusos sabrán todo esto? Seguro, pero ¿cuándo? ¿Después de que una generación haya vivido (y haya matado) en el engaño?COLUMNISTAS-REDONDOS_ROSAMONTERO