Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

18 ago 2016

A quien corresponda.....................................................................................Enrique Vila-Matas

María Ogura es insegura, cualidad que el escritor catalán considera de gran utilidad en esta recomendación que dirige a una universidad neoyorquina.

COLUMNISTAS-REDONDOS_VILAMATAS
ES PARA MÍ un placer recomendarles a María Ogura para la plaza de lecturer de español en el Department of Spanish and Portuguese de la escuela de Artes y Ciencia de New York University.
Tras haber leído la hasta ahora única novela de Ogura, El inventor del individualismo, creo intuir que esa exquisita sujeción al canon realista español de la que hace gala en su primer libro tendrá continuidad en la segunda novela que se propone escribir y para la que necesita la estabilidad económica que podría proporcionarle la plaza de lecturer.

Para el puesto solicitado considero que es una candidata idónea, no sólo por la experiencia que tiene en la enseñanza del español, sino porque, como deja ver en El inventor del individualismo, su particular relación con el lenguaje revela una clase de conocimiento íntimo de la lengua y unas capacidades comunicativas fuera de lo común y que, a buen seguro, en caso de ser elegida, sabría también transmitir de una manera clara y desenfadada en las aulas.
He insinuado un notable genio comunicativo, y créanme que sin duda lo tiene.
 No hay día en que al hablar en público no mantenga con fuerza el interés de los oyentes. Y es curioso y debo exponerlo aquí: parte del interés que sabe crear surge en realidad de la íntima fascinación que siente por un tipo de inseguridad que tiene a bien delatar en público de pronto, cuando menos uno lo espera.
Es la misma fascinación por la fragilidad que se asoma de vez en cuando a las páginas de El inventor del individualismo, donde de repente todo cambia y, como si se hubiera hartado de ser tan adorablemente convencional y de estar sólo complaciendo a trasnochados “sociólogos de la literatura” de su fúnebre país, da giros de 180 grados y entonces personajes, sentimientos y hechos se ven sometidos a un vuelco radical que apenas dura nada, pero nos deja perplejos, pues sentimos que, sin haberlo solicitado, se nos quiere obligar por momentos a poner patas arriba todo, especialmente la buena conducta de la convencional narradora.
Ni que decir tiene que, dado que hay que saber mantener en todo momento la atención de los alumnos, considero que esa peculiar fascinación por la inseguridad que la lleva de pronto a buscar en la intemperie el frío de lo imprevisto, le habrá de ser  a Ogura de una gran utilidad a la hora de mantener tanto la tensión como la atención en las aulas, siempre y cuando se dé el caso, claro, de que se decidan ustedes a elegir a mi recomendada y por tanto se atrevan a correr el bello riesgo de que hallándose ella, por ejemplo, dictando una lección sobre la prodigiosa incidencia de la crisis económica en la narrativa española actual, interrumpa en seco su discurso para tatarear Help y preguntarse poco después cómo puede ser que en su tierra muy pocos sean conscientes de que el lenguaje no es nunca algo que represente la realidad, sino algo que “hace y deshace” esa realidad, siempre desde la más irrevocable subjetividad. Por esto y por lo otro, apoyo la candidatura de María Ogura, pues su insegura forma de trabajar sólo puede mejorar las clases de la New York University.
 Pero no duden en consultarme cualquier información adicional. Reciban un cordial saludo.



Un año de lecturas feministas...............................................................Emma Rodríguez

La actriz británica Emma Watson abandera un club literario con un único fin: que se lean más libros escritos por mujeres.
Parece que Emma Watson ha crecido fiel a su personaje de Hermione en Harry Potter, una joven inteligente, valiente y convencida de que hay mucho que aprender en los libros.
 La actriz creó el pasado enero su propio club de lectura y anunció que dejaba de lado la actuación para dedicar 2016 a leer y a estudiar temas de género, un ámbito cada vez más importante en su vida desde que se convirtió en embajadora de buena voluntad para la ONU y puso palabras a la desigualdad entre los sexos con un discurso que dio el pistoletazo de salida a la campaña HeForShe.
Que Watson está cumpliendo con creces su objetivo se comprueba al entrar en la plataforma Goodreads, donde se aloja su comunidad, que ya supera los 140.000 miembros y es un buen lugar para hablar de feminismo, especialización que marca la diferencia con aventuras similares lideradas por famosos como la presentadora Oprah Winfrey o el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg.
Para empezar su andadura, Watson optó por Mi vida en la carretera, unas memorias –que Alpha Decay publicará en castellano en octubre– de Gloria Steinem, veterana activista e icono de la lucha por los derechos de la mujer en los sesenta.
 Cada dos meses se elige un nuevo título, que se lee y discute.
 La propia intérprete destaca citas y fragmentos interesantes de los libros seleccionados, hace comentarios, formula preguntas para abrir el diálogo y, cuando tiene ocasión, sorprende con entrevistas a las autoras.
 En su estantería se encuentran obras como El color púrpura, la estremecedora historia de Alice Walker sobre la esclavitud; novelas gráficas como Persépolis, de la iraní Marjane Satrapi, o el rompedor ensayo de Caitlin Moran Cómo ser mujer.
 Aún no está en la lista la autora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, quien en su ensayo Todos deberíamos ser feministas señala que “no es fácil tener conversaciones sobre género”.
 Irritan a la gente, escribe, “porque incomoda pensar en cambiar el estado de las cosas”.
Romper con esos esquemas, promover la conversación, es lo que pretende Emma Watson, quien, como dice Elena Lasheras Pérez, fundadora de la Librería de Mujeres de Madrid, “se ha puesto las gafas moradas y ya no se las puede quitar, porque eso significa un cambio de conciencia.
porque eso significa un cambio de conciencia. Hay que aplaudir que un rostro conocido declare su pasión por los libros, pero mucho más que se declare feminista”.
Feministas se han declarado actrices como Patricia Arquette o Amy Schumer, que han alzado la voz ante las desigualdades de Hollywood, pero como alertaba recientemente en el diario The Guardian la periodista estadounidense Andi Zeisler, autora del libro We Were Feminists Once, hay que valorar en su justa medida la aportación de los personajes famosos a causas como la feminista. A todos ellos, escribía, se les da muy bien abanderar movimientos, pero “se limitan a ofrecer un mensaje seductor y, sobre todo, comprensible para el mayor número posible de gente”. 
Y, recordaba, el feminismo ni es sencillo ni es entretenido para la mayoría.


Emma Rodríguez

(S/C de Tenerife). Cuenta con una larga trayectoria como periodista cultural, desarrollando su trabajo en medios como el periódico El Mundo.
 Actualmente dirige la revista digital Lecturas Sumergidas, especializada en entrevistas y artículos a fondo de literatura, pensamiento y otros ámbitos de la cultura.


17 ago 2016

La envidia como una de las bellas artes.........................................................Marta Fernández

February 1928: Inventor Thomas Alva Edison (1847 - 1931) operating a telegraph key on his 81st birthday. The key he is pressing is actually inaugurating a modern Elison lighting system in Bellingham, Washington. (Photo by Hulton Archive/Getty Images)
Thomas Alva Edison, 1928. Fotografía: Getty Images.

Los pies de Roxie Druse patalean a unos metros del suelo.
 A la misma altura en la que deberían flotar tan plácidos como muertos
. Y cada uno de sus estertores convertido en patada es una coz en el receptáculo de culpa de los muy respetables señores que han ordenado ahorcarla.
 Es intolerable lo mucho que tardan algunos condenados en morir. Habría que inventar algo, un método lo suficientemente limpio para que estos repugnantes espectáculos no vuelvan a producirse.
1886. El estado de Nueva York acaba de ejecutar penosamente en la horca a Roxialana Druse, una infeliz sin demasiadas luces y con las suficientes sombras como para matar a su marido, descuartizarlo, quemar los restos y deshacerse de los pocos huesos que sobrevivieron al fuego. 
Frente al patíbulo, no cabe un periodista más para la ceremonia. Hace cuatro décadas que no se ejecuta a una mujer en la ciudad. Pero ninguno esperaba una función tan agónica: más de quince minutos para morir con el cuello roto. 
Roxie lleva la cabeza cubierta con una pudorosa capucha—más por proteger al que mira que por librar del espanto al que muere—. Aunque no hay tela que pueda silenciar el grito inacabable de su final. 
No se puede repetir. Nueva York matará, pero limpiamente.
 Sin estertores, ni vómitos, ni bochornosos esfínteres. Nuevos métodos para nuevos tiempos.
 La electricidad.
Un charlatán ambicioso habría soñado con colocarles a las autoridades un nuevo sistema para ejecutar la pena capital. 
El prodigio que mataría sin mancha, ni vergüenza. Pero Thomas Alva Edison no era un vendedor de patentes cualquiera.
 Era un tiburón. Y en los recovecos de su mente surgió una idea mejor.
 No inventaría la guadaña del siglo XX. 
Le cedería el dudoso honor a su peor rival: George Westinghouse. Así conseguiría desacreditar la corriente alterna que el industrial defendía.
 Y, de paso, acabaría con el tipo más excéntrico y más hermético que había trabajado en su taller. Un europeo tortuoso y deslavazado que se había atrevido a dejarle plantado. Aunque, cierto era, Edison no le había pagado los cincuenta mil dólares que le prometió por interminables noches de trabajo. 

Aquel tipo llegado de París con una fervorosa carta de recomendación no era como el resto de los discípulos.
 «Conozco solo a dos grandes hombres y usted es uno de ellos. El otro es este joven».
 Se llamaba Nikola Tesla.
 A Edison le exasperaron aquellas palabras escritas por el responsable de su compañía en Francia.
 Y le pusieron en alerta. ¿Un gran hombre? ¿Tan grande como él? ¿De verdad?
 Nadie iba a competir con el Mago de Menlo Park.
 Él, solo él, pasaría a la historia como la mente más privilegiada de su tiempo.
 Por primera vez en su vida, Edison se sintió amenazado.
 Por primera vez le sacudió esa dentellada en la boca del estómago. Un odio constante. 
Incandescente como una de sus lámparas.
 Una aversión pegajosa como una serpiente atada a su esternón que no dejaría de crecer. 

Envidia, se llama.
 Y es una fuerza poderosa. Irrefrenable.
 Como las coces de Roxie Druse en la horca. Que mueve y que envenena. Es un diablo insaciable que le susurra que tiene que acabar con Tesla. Humillar a Westinghouse. 

Y así la envidia se convirtió en la madre de la muerte eléctrica
. Y Edison inventó la silla.
 O, mejor dicho, aprovechó el invento de uno de sus discípulos.
 El artefacto cumplía con un requisito esencial.
 Achicharraría el buen nombre de sus rivales. Porque funcionaba con la corriente alterna que comercializaba Westinghouse.
 En una pirueta perversa, Edison llegó a proponer que el proceso letal se llamara westingizar. ¿No le dio Guillotin su nombre al brazo ejecutor de la revolución?
 Westinghouse no lo permitió, pero no pudo evitar que la corriente alterna alimentara la primera ejecución de la era moderna.
Solo que la muerte no fue tan limpia.
1890. William Kemmler no pasará a la historia por asesinar a su amante, pero sí por ser el primer humano en ocupar el trono funerario cargado de electricidad.
 Una descarga. Y otra. Otra más.
 O la corriente alterna no era tan mortífera o los hombres de Edison no habían calculado bien.
 Se habían esforzado. Habían tostado gatos, perros, pollos.
 Pero no sopesaron que el cuerpo de un hombre aguantaría mucho más.
 Kemmler habría deseado la imperfecta horca en la que agonizó Roxie Druse. 
Se habría ahorrado morir quemado vivo ante los ojos atónitos de los muchos periodistas que habían acudido a la prisión de Auburn a dar fe del invento definitivo de Edison.
 La sala se llena de humo.
 La descarga ha sido de más de un minuto.
 Pero el condenado no muere. «Habría sido mejor un hacha», dijo Westinghouse después.
 Esa fue su única venganza. 
La sirvió afilada y exquisita. Como él.
Ese fracaso alimentaría para siempre al gusano que corroía a Edison.
 La envida, la certeza de saber que siempre hay alguien mejor dispuesto a destronarte.
 Hasta de la silla eléctrica.
El genio nunca es inmune al pecado. 
El talento no sirve de escudo contra un odio tan irracional como los celos.
 Ese miedo se ha apoderado de un hombre en una sala de proyección. 
No sabe si abrir los ojos o cerrarlos para no maldecirse por haber dejado pasar la oportunidad.
 En la pantalla, una película de terror. 
Pero él no teme la bilis, ni el espanto, ni a Belcebú. 
Teme a otro demonio más familiar que siempre acecha: el fracaso como cara oculta del triunfo del otro. 
Teme no estar por encima de la perfección. Teme el olvido. Teme la gloria de los demás. Teme que no haya raciones de éxito para todos. Por eso cada plano en la pantalla se le clava como una espada en su ego acorazado.
 Él no lo habría hecho así. Pero él dijo que no. 
Él rechazó contar esta historia de metamorfosis y de posesión. Será por eso que le posee la rabia.
La envidia.
 Otra vez la envidia moviéndolo todo. Activando las neuronas desde las tripas.

Stanley Kubrick sur le plateau du film Orange Mecanique 1972 - Stanley Kubrick on the set of CLOCKWORK ORANGE, 1972
Stanley Kubrick, 1972. Fotografía: Cordon Press.

El hombre que mira la pantalla se llama Stanley Kubrick
 . Está viendo una película que se ha negado a hacer.
 Para empezar, él exigía algunos cambios en el guion.
 Quería contar de otra manera cómo el mal se infiltra entre las sábanas del día a día.
 Creía que era más terrorífico un adolescente que el propio Satanás. Pero la Warner tenía un plan menos difuso.
 Por eso es William Friedkin quien ha terminado dirigiendo esta versión viscosa y evidente.
 Se llevará un Óscar por la apoteosis maléfica de la pequeña Linda Blair en El exorcista
 Y Kubrick no ganará nada. Si acaso la inspiración. La firme decisión de aterrorizar al público sin necesidad de una maldad ultraterrena.
 Kubrick está convencido de que el infierno está en uno mismo. Y de esa epifanía envidiosa le saldrá una película.
 Lo maldito pudre cada arista del alma de Jack Torrance, atrapado en una única frase de su novela. Lucifer está en ti. Solo espera el momento adecuado para encarnarse.
 Cuando te encierres con tu familia y te quedes aislado por la nieve. Cuando tu máquina de escribir se obstine en hacerte teclear siempre lo mismo. All work and no play makes Jack a dull boy.
Quizá Kubrick, que no ganó ningún Óscar, tenía razón. 
No había premios suficientes para todos. Y el genio no tiene nada que ver. Está convencido de que su talento es siempre superior. Pero le tortura ver cómo la masa ciega adora a los otros.
 Le sucede con La guerra de las galaxias. No entiende los motivos del taquillazo.
 Sabe que no era tan buena como 2001. Solo que el público no lo sabe. 
Le volverá a pasar con Apocalypse Now. El viaje de Coppola por el Mekong le empuja a contar la miseria de los reclutas en La chaqueta metálica
Le sucederá de nuevo cuando el entusiasmo por E. T. le haga retomar el proyecto de Inteligencia artificial. Aunque la punzada de envidia terminará convertida en sincera admiración por Spielberg.
«El ajedrez te enseña que debes tener calma y pensar si realmente es una buena idea o hay otras ideas mejores».
 Esa fue una de las cosas que Kubrick aprendió en las mesas blancas y negras de Washington Square.
 Lástima que pasara su vida atormentado por la envidia, por la remota posibilidad de que una idea mejor estallara en la cabeza de otro.
Ese mismo terror atormentaba al genio viperino de Gore Vidal. «Cuando un amigo mío triunfa, muero un poco». 
Lo decía con ese desdén altivo del que sabe que es mejor pero que eso no es garantía de reconocimiento.
 Lo decía transpirando envidia. Sin ocultarla.
 Vidal hizo de la envidia una de las bellas artes. No es suficiente triunfar, los otros tienen que fracasar.
 Lo decía sin rubor. Lo decía pensando en Norman Mailer. En Truman Capote.
 En Andy Warhol, el único genio que conoció con un cociente intelectual por debajo de sesenta —años después Vidal rebajaría su maliciosa estimación a veinte—.
 Le molestaba el ascenso de un tipo que serigrafiaba latas. 
Del perfecto mamarracho. De la vacuidad coronada de canas que nada tenían que ver con la sabiduría. 
Tampoco ayudó que Warhol hubiera confesado la fascinación que a los veinte años le supuso descubrir el rostro efébico de Capote en la contraportada de Otras voces, otros ámbitos
Era la imagen voluptuosa de un hermoso jovencito de labios carnosos. 
Y Vidal también moría un poco al mirarla.
 De deseo. De resentimiento.
 Un resentimiento que alimentaría su enemistad durante años.
 Era como verles correr por un premio fabuloso desde la grada, apuntaba Tennessee Williams —el tercer perverso en discordia—. Demasiados enfants terribles para tan poco Manhattan.
 Demasiada envidia para una isla. Esa envidia que le precipitaba sobre el teclado para ser mejor que los otros.
 Para sobrevivir al éxito ajeno. Esa envidia que según Vidal era el hecho central de la vida americana.
La envidia española es distinta.
 Más cotidiana, pero menos inspiradora. La envidia española se evapora en el ejercicio de la difamación.
 Jamás intenta hacer de más, le basta con hacer de menos al envidiado. 
La envidia española es mezcla de resignación y de autoengaño. Es el arte de convencerse, a fuerza de repetirlo ante otros oídos, de que el listo brilla con un fulgor prestado. 
Fue envidioso difamador Quevedo, que prefirió emplear su genio en trabar versos contra Góngora antes que a favor de otros.
 Pero Gongorilla ya era grande cuando Quevedo le convierte en objeto de sus burlas.
 Y sin embargo, la leyenda deja a Góngora como el conceptista amargado y a Quevedo como el ocurrente luminoso.
 Aquel joven advenedizo, dotado con el don de la palabra y maldecido con el gusano de la envidia, era mala persona. Mentiroso. 
Embaucador. Pendenciero. Ladrón. Corrosivo. Buscón como su don Pablos.
 «Virtud envidiada es dos veces virtud», escribió el brillante impostor que parecía saber mucho de virtudes en la teoría y poco en la práctica.
«No hay amistades, parentescos, calidades, ni grandezas que se opongan al rigor de la envidia», lo decía Cervantes con la autoridad de quien sabe de lo que habla.
 Cuando vuelve a España, manco y prematuramente envejecido tras su cautiverio, Lope de Vega es el «Fénix de los Ingenios españoles»
. El ídolo de las audiencias teatrales.
 Y a Cervantes se le escapa el triunfo en la comedia. Sus obras aristotélicas y mesuradas no pueden competir con el circo barroco de Lope. 
Y cuando intenta pasarse al bando del enredo se da cuenta de que no sabe. No puede ser efervescente y superficial como sus rivales.
Los que un día fueron amigos empiezan a tirarse los versos a la cabeza.
 Dicen que Lope leyó el Quijote antes de publicarse. Y que sintió envidia. 
Hay quien insinúa que el Quijote apócrifo fue la idea más malvada de Félix Lope de Vega y Carpio. 
Habría incitado su escritura y colado frases hirientes. Lo habría llevado a la imprenta bajo el nombre falso de Avellaneda.
 De ser así no sabría que estaba consagrando a su rival, haciéndole su último favor de enemigo: obligando a Cervantes a que sacara a pasear de nuevo a su caballero andante. 
Aunque fuera para matarle.
Porque la envidia en España es más mortal que inspiradora.
«Los españoles siempre están pensando en la envidia.
 Para decir que algo es bueno dicen: es envidiable». 
Hasta Borges supo verlo. Él, que ni veía, ni sentía, ni envidiaba.



¿Por qué había que estudiar para ver a Susan Sontag?............................................. Juan Cruz

Curiosa hasta la extenuación, la escritora odiaba los lugares comunes y no perdió ni un segundo de su vida.

 

Susan Sontag, en su última visita a Madrid en 2003.

Para encontrarse con Susan Sontag había que estudiar muy bien a Susan Sontag. Odiaba los lugares comunes, los chistes fáciles y los juegos de palabras.
 No te dejaba suponer ni irte por las ramas. Estaba atenta como un águila.
 Cuando te desviabas de su libro de estilo de entrevistada te miraba como si te mordiera la mano.

Cuando llegó a Madrid, en la primavera de 1978, ya tenía el mechón blanco
. Sus ropas holgadas, sus pantalones, sus zapatones, el color negro, el violeta
. Interrumpía las preguntas si éstas se desviaban o apuntaban a generalidades. ¿En qué contexto escribe usted este libro de ensayos? “Yo no escribo mis libros en un contexto: los escribo en mi habitación”.
Era muy difícil arrancarle una sonrisa.
 Su carcajada acababa pronto, como si el ánimo hubiera que administrarlo.
 Esa vez vino al estreno español de la película Morir en Madrid que produjo Nicole Stéphane, la actriz y cineasta francesa con la que tuvo una larga relación sentimental.
 Recién enterrado el franquismo, ella pensaba que la Gran Vía se iba a cerrar para ese estreno.
“Mis amigos en Nueva York creían que venía al final simbólico de la Guerra Civil”.
Pero ya España pensaba en otra cosa. “Cuando yo llegué a Madrid me di cuenta de que el estreno de la película no resultaba tan histórico ni tan simbólico”.
Ya había pasado lo peor de su enfermedad, un cáncer
. Ese mal causó estragos en su cuerpo y le dio velocidad a su vida.
 Ni un minuto sin actividad, una curiosidad abrasadora.
 Como si se comiera el tiempo.
La enfermedad y sus metáforas fue su libro sobre esa lucha decisiva contra el mal
. De ahí quedó, como una bandera, ese mechón blanco
. Quería estar a la vez en el Prado y en Lucio, y en las ventas de la calle, en la Feria del Libro, despierta a todas horas, se llamaba Susan Energía.
La vida tenía que ser un ruido.
 En Cartagena de Indias, muchos años más tarde, convertía hasta la piscina en un ring de sus luchas. ¿Estar quieta en el borde?
 Qué va. Nadar, nadar, nadar hasta el olvido.
En aquella atmósfera de humedad al 90%, al atardecer gris del Caribe, ella entraba y salía del agua oscura, vestida de negro.
 Chorreando como si sudara.
 Ahí mismo, en Cartagena, sintió que tenía que desafiar la atmósfera, y cruzó calles en busca de exposiciones o fetiches, sudando su maratón humano, huyendo del silencio de los sitios
. En la cena que le dieron sus anfitriones sintió que la herían con su desconocimiento… de Susan Sontag
. Y estuvo sin hablar hasta después de la sobremesa, como una niña ofendida.
 Al día siguiente le dijeron, yéndose ya del Caribe: Quizá debió ser usted más conmiserativa. “¿Me porté mal? ¿No tuve una actitud adecuada?” Nunca antes, ni después, vi sollozar a Susan Sontag. Pero ese día lloró, arrepentida de ser la niña que tenía por dentro.
Quiso conocer a José Saramago, ver en Lanzarote (donde pudo haber transcurrido su El amante del volcán, que sucedió en Grecia) la geografía de César Manrique.
 Saramago era una obsesión, su escritura escueta, hecha con fuego, tan terrenal.
 Estaba exultante, una joven Susan entre aquellos volcanes.
El distribuidor de sus libros en la isla preguntó “por qué Susan Sontag va a este hotel en concreto”. De todo lo que escuchó ella entendió la palabra “hotel”. Y preguntó:
—¿Ha dicho que quizá este no es el hotel que me merezco?
Le gustaba deletrear nuestra lengua, sus nombres propios (Juan Goytisolo, Federico García Lorca, Carlos Fuentes, Pedro Almodóvar, Vicente Molina-Foix), pero no dominaba el idioma.
 A la vuelta de aquel viaje a la geografía de Saramago (y de Manrique) un amigo al que ella admiraba le dijo: “¿Y qué se te ha perdido en Lanzarote?” Ella miró a su editor, que la había llevado de viaje, y le preguntó:
—¡Eso! ¡¿Por qué me has llevado a Lanzarote?!
Susan quería una cosa y la contraria a la vez; vivía pendiente del mundo entero, de las noticias, como si fueran volcanes o metáforas.
 Y de sí misma, claro. Un escritor había enviado a EL PAÍS un artículo sobre El amante del volcán. “Y mira, Susan, han preferido dar otro.
 He roto el mío, naturalmente”. Su mirada bramó, como si el restaurante se hubiera prendido del fuego de sus ojos y éstos incendiaran al culpable.

En momentos pacíficos amaba los mariscos, la comida japonesa, los restaurantes que ya conocía, los nombres propios, la cultura, las referencias.
 Llegó a Madrid (para firmar libros, El amante del volcán) y casualmente fue a su caseta la Reina de España de entonces (1995).
El libro pasaba en Grecia y ella y Doña Sofía departieron como coetáneas que hubieran nacido en el mismo sitio.
 Luego EL PAÍS la sacó en la portada
. Cuando se presentó la novela, unos días más tarde, la gente no cabía en el Círculo de Bellas Artes. Ella estaba al lado de Saramago, de Goytisolo, de Molina-Foix, y era feliz, sonreía.
 Ahora, por decirlo así, se había parado la Gran Vía para un estreno suyo.
Te podía desarmar con una mirada, con un desdén.
 Pero había en su carácter algo que parecía a la vez un volcán y un tormento, una furia de búsqueda y de huida.
 Su hijo, David Rieff, ensayista, escritor, editor, que fue con ella a Lanzarote y que fue quien organizó que descansara para siempre en París, cerca de donde también está enterrado Samuel Beckett, escribió un libro conmovedor sobre ella (Un mar de muerte. Recuerdos de un hijo).
 Ahí Rieff recoge un poema de Philip Larkin sobre el terror a la muerte y él mismo dice de su madre: “Murió como había vivido: sin reconciliarse con la mortalidad, incluso después de haber sufrido tanto dolor; y ¡cuánto dolor sufrió, por Dios!”
 Le hubiera querido decir a su madre (“la melena canosa y negra y la intensidad de los ojos oscuros”): “No te deleites tanto con la vida, siempre la valoraste demasiado”.