Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

15 ago 2016

Muerte entre las flores de opio.................................................................. Elena G. Sevillano

España, segundo país productor de adormidera del mundo, registra el único fallecimiento ocurrido en un campo legal.

 Es un negocio rodeado de secretismo.

Campo de opio en Palencia. Luis Almodóvar
El forense que llevó el caso recuerda perfectamente la escena: un cuerpo tendido entre un mar de plantas coronadas por peculiares cápsulas verdes mecidas por el viento. 
“Un entorno bucólico” donde perdió la vida Pasquale, italiano de 32 años que, burlando la vigilancia de la Guardia Civil, se coló con otros dos amigos en la plantación de adormidera para intentar conseguir droga.
 El forense incluso fotografió las toscas pero eficaces herramientas que encontraron bajo su cuerpo.
 Con ellas había hecho los cortes a las cabezas de las plantas para extraer el látex, el jugo blanco y pegajoso del que se obtiene el opio.
Poca gente lo sabe, pero España es una potencia mundial en el cultivo de adormidera.
 Con 13.000 hectáreas plantadas en la campaña que termina este verano, solo la supera Australia.
 El negocio del opio legal, en aumento por la creciente necesidad global de los analgésicos que se fabrican con él, está rodeado de secretismo en su segundo productor mundial.
 Una sola empresa controla, con autorización gubernamental, desde la siembra hasta la cosecha y la exportación del producto. 
El sigilo es tal que se prohíbe divulgar la localización de las plantaciones, vigiladas por los cuerpos de seguridad.
 Si un agricultor quisiera plantar opio, necesitaría un permiso del Ministerio de Agricultura. 

La muerte de Pasquale tampoco trascendió.

 Ocurrió un 25 de junio de 2009 por la tarde. 
Según el relato policial, empezó a sufrir convulsiones y dejó de respirar. 
Sus dos compañeros salieron corriendo a la carretera y alertaron a un paseante, que avisó a una patrulla de la Guardia Civil. 
 Fue, según determinó el forense, una muerte accidental por ingesta de opio.
 El fallecido era politoxicómano y, según relataron sus amigos, padecía epilepsia. 
Un juzgado de Albacete abrió diligencias previas, investigó y lo archivó cuatro meses después.
 Nadie, salvo sus allegados, supo de una muerte una tarde de junio en un campo de opio.
Y nadie lo habría sabido de no ser por el interés divulgador de una forense toxicóloga, María Antonia Martínez, que jamás olvidó aquel caso que llegó a su despacho en el Instituto Toxicológico de Madrid en 2009.
 Siete años después, una revista científica, Forensic Science International, acaba de publicar un artículo sobre aquel fallecimiento. 
Porque se trata de algo insólito: la primera muerte registrada en el mundo ocurrida en un campo de opio legal.
 En Europa, España, Albacete. 
“El trabajo generó mucha expectación cuando lo presentamos en el último congreso de forenses en Florencia”, relata Martínez.
Mientras en Afganistán, Irán y otros países se cultiva de forma ilegal y se producen intoxicaciones, incluso muertes accidentales —es una de las causas de ingreso hospitalario de niños más común en Pakistán—, en Occidente los incidentes de envenenamiento por opio son escasos.
 El artículo científico recuerda que en los años ochenta varios jóvenes robaron cápsulas de adormidera en Dinamarca y se hicieron tés.
 Uno de ellos falleció. No hay muchos más precedentes.
En el caso de Albacete, Martínez y otras dos colaboradoras, Salomé Ballesteros y Elena Almarza, realizaron nuevas pruebas a las muestras que se conservan. “Se detectaron tebaína, morfina y codeína, que son constituyentes naturales del opio.
 Además se observó un consumo de otras drogas de abuso: cocaína, cannabis e incluso alcohol etílico”.
 La causa de la muerte: policonsumo con un rol preponderante de la morfina y la tebaína, “una sustancia muy tóxica, muy peligrosa”, explica.
No es habitual, pero sucede, sobre todo en el sur.
 Fuentes de la Guardia Civil relatan que cada cierto tiempo detectan personas que se introducen ilegalmente en estos campos para sajar el látex de las plantas de adormidera (Papaver somniferum). 
Suelen ser franceses o italianos que acampan cerca de los cultivos, o incluso dentro.
 En 2013 la Audiencia Provincial de Toledo condenó a casi dos años de prisión a dos italianos por extraer látex de las amapolas de opio plantadas en Polán.
 También a indemnizar a la empresa propietaria del cultivo con casi 12.000 euros por daños y perjuicios.
“Hoy día el proceso está mecanizado. 
Se cosecha la planta ya seca y luego se procesa para obtener los alcaloides con los que se fabrican medicamentos como la morfina y la codeína.
 El método empleado en el caso que estudiamos es el tradicional, el que se usa todavía en algunas partes del mundo: hacer incisiones para que brote el látex, que cuando se seca se oscurece y es lo que se llama opio”, explica Martínez.

Líder mundial

Mientras Australia (19.500 hectáreas esta campaña) produce en mayor cantidad la variedad rica en morfina, en España se cultiva sobre todo la rica en tebaína, un alcaloide a partir del cual se sintetizan varios fármacos analgésicos. 
El último informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), un organismo que vigila el cumplimiento de la Convención de Naciones Unidas sobre Estupefacientes de 1961, destaca la apuesta de España por este cultivo, que ha crecido un 62,5% en superficie plantada en solo un año.
España y el resto de países que han ratificado la convención están obligados a informar puntualmente de su producción de esta planta y de asegurarse de que no se “desvía”. 
En España todo lo controla Alcaliber, que, según su página web, es el mayor productor de morfina del mundo.
 La empresa obtuvo la autorización administrativa del Gobierno español en 1973. 
Desde su sede en la madrileña plaza de Colón sus responsables declinaron hablar para este reportaje.
 Alcaliber está integrada en el grupo Torreal, del inversor Juan Abelló, y está participada por la farmacéutica Sanofi Aventis. 
En 2014, según sus cuentas anuales, obtuvo un beneficio de siete millones de euros.
Al silencio de Alcaliber se suma el del Ministerio de Sanidad, que es quien autoriza a los agricultores a cultivar adormidera. 
En esta campaña son 536 (en la anterior, 313), y sus explotaciones se encuentran en Andalucía, Castilla-La Mancha, Castilla y León, La Rioja y País Vasco.
 . Esa es toda la información que se obtiene cuando se solicita a través del Portal de Transparencia.
 La localización exacta es secreta, y está sometida a la vigilancia de los cuerpos policiales, principalmente la Guardia Civil, que también controla “asentamientos de riesgo (colectivos marginales de consumidores)” y escolta y protege los transportes de la cosecha y de la materia prima ya transformada.
 Incluso se vigilan unos misteriosos “depósitos acorazados oficiales” sobre los que el Gobierno evita dar más explicaciones.



 

El nuevo perfil del adicto a la heroína..................................................................... Barbara Ayuso

El consumo de esta sustancia repunta en España. Álvaro cuenta que se enganchó tras un "varapalo emocional".

Un agente muestra un paquete de heroína decomisada en una operación en Cataluña en 2014.

 

Hace tres años que el jaco se quedó con el sitio que ocupaban los motivos.
 "¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?" se pregunta Álvaro (nombre ficticio) parafraseando a Mark Renton, protagonista de Trainspotting. 
Dice que la película, en muchos sentidos, condensa cómo se siente con esta adicción: "Cuando eres yonqui todos tus problemas se reducen a uno: saber si hay heroína o no
. Lo demás desaparece, y eso es formidable", asegura.
 Consume unos 20 euros diarios y no tiene problema en denominarse yonqui, aunque su historia nada tenga que ver con el retrato del término arraigado en el inconsciente colectivo.
 Álvaro no es el adicto marginal de los ochenta, estragado por las enfermedades y que utiliza jeringuilla.
 Es uno de los llamados "nuevos consumidores" que atestiguan que la heroína puede ser una droga del pasado, pero toma posiciones en el presente.
La sustancia experimenta un repunte en España, sin alcanzar las dimensiones de "epidemia" que sacude algunas ciudades de EEUU.
 Aquí el consumo se mantiene estable y desde Sanidad lo califican de "residual", pero los expertos coinciden en que son muchos los síntomas que alertan de un regreso silencioso de la heroína a nuestro país.
 Las incautaciones han aumentado en los últimos años y se han desmantelado laboratorios en varios puntos de la geografía española.

Un agente muestra un paquete de heroína decomisada en una operación en Cataluña en 2014.

"La verdad es que es algo que me imaginaba, porque hace no mucho he conseguido comprar caballo hasta en 12 casas distintas en el Puente de Vallecas", explica Álvaro.
 Ahora la consigue en el poblado de Valdemingómez, uno de los mayores centros de distribución de droga de Madrid, y confirma que la demanda ha aumentado. 
"La gitana que me lo vende dice que tienen tres proveedores de heroína para todo el poblado", cuenta. 
"Se lo compres a quien se lo compres, la calidad y el precio es igual: 5 euros la micra o 10 euros el gramo". 
Ha escuchado que existen otros puntos de venta más céntricos en Madrid (en Laguna o la Plaza de la Luna), pero desconfía de ellos.
Tiene 42 años, y su perfil encaja con la mayoría de aspectos del nuevo patrón de consumo de una vieja conocida. 
Posee todo lo que Trainspotting subestimaba en el monólogo inicial: la casa, el trabajo, la familia, el televisor grande. Y además, esnifa heroína.
 "Empecé por un varapalo emocional hace tres años.
 Yo soy de carácter ansioso y pesimista, y el speed o la cocaína lo que me provocaban era el efecto contrario que buscaba", explica. Se cansó del efecto recreativo de las demás drogas y de la factura del día siguiente: "Cuando bebía y esnifaba farlopa, muchas veces perdía los papeles.
 De repente probé esto y hostias, al día siguiente no tenía ningún problema de nada, no había metido la pata.
 Me ayudaba a estar de la forma que quería estar. Relajado", dice. La primera vez erró con la dosis y quedó al borde de la deshidratación.
 Hasta que alcanzó el equilibrio con las cantidades, se dormía frecuentemente y llegó a perder el gusto de algunos alimentos, pero pronto lo recuperó.
 La heroína esfumó los dolores musculares, y la consumía al terminar la jornada laboral.
 "Sin la droga, podía tocar la guitarra como mucho cuatro horas, el cuerpo no me daba para más. Con ella, puedo estar ocho", dice. Dejó el resto de sustancias. "Hasta los tercios se me calentaban". Todo parecía bajo control.

Adicción, uso y abuso

A los dos o tres meses, el fantasma despertó.
 "Empecé a notar una dependencia física y psicológica. Me cogí una semana de vacaciones para intentar dejarlo, porque ya no reservaba la heroína para el fin de semana.
 Había añadido un día más, un día más, y al final consumía todos los días", recuerda
. No lo consiguió y pasó su primer "mono". "No fue tan duro como en las películas, porque me imagino que en los ochenta los monos eran así por la pureza de la droga y por la jeringuilla", aduce. 
 Empezó a esnifar también en el trabajo y a aumentar los viajes a Valdemingómez. 
Aunque querría ir solo una vez al mes - "coincidiendo con el día que cobro"- acude dos, para minimizar el riesgo de ser parado por la policía.
 Utiliza las cundas que parten de la zona de Embajadores, donde sufre los episodios "más desagradables" de su adicción. 
Según explica, la mayor parte de los consumidores tienen una edad y un perfil similares al suyo.
Fracasado el primer intento, acudió a un Centro de Atención a Drogodependientes (CAD) de la Comunidad de Madrid, donde confirmaron lo que intuía: estaba utilizando la heroína como antidepresivo o ansiolítico.
 Algo que coincide con el patrón de consumo detectado en los últimos años, tanto en EEUU como en Europa.
 "Lo utilizo como motivación para hacer cosas, para activar las neuronas, para superar un mal trago o un problema", reflexiona. 
Sin embargo, su experiencia difiere en uno los lugares comunes de los nuevos consumidores: no utiliza el opiáceo para rebajar el efecto de otras drogas. 
"Hace doce años un colega mío palmó por eso. Se ponía hasta arriba de todo, y cuando llegaba a casa tomaba heroína para dormir. Un día su novia no consiguió despertarle. 
Su muerte se me quedó muy grabada", recuerda
Por eso intenta no mezclar sustancias, aunque confiesa que de vez en cuando coquetea con la cocaína. 
Y se mortifica por ello. Le recetaron metadona, pero tampoco funcionó.
 "La médica me ha sugerido tomar antidepresivos, pero el problema que tienen es que no me van a dar la misma satisfacción que la heroína. 
Y además, muchos añaden el problema de la anorgasmia", dice. Le preocupa que esta vía remedie la adicción, pero no la abstinencia. En el centro de ayuda descubrió algo más:
 "Los consumidores siempre establecemos jerarquías. Cuando solo bebía alcohol, los farloperos eran lo peor. Cuando coqueteé con el speed, para mí los heroinómanos eran un mundo aparte. Y de repente, en los centros nos ponen a todos juntos. 
Todos somos adictos, incluso los que tienen adicción al juego", explica.
 Cree que la distinción entre drogas blandas y duras es una patraña.
Mientras baraja sus opciones bajo supervisión médica, Álvaro convive con el estigma.
 Es consciente de la imagen que proyecta la heroína en la sociedad, y con qué se asocia , pero no quiere recibir discursos al respecto. Por eso elude el tema en su entorno, donde afirma ser "prácticamente el único" que la consume.
 Afronta las incursiones al poblado entre la vergüenza y el miedo. "Intento que nadie que me conozca me vea por la zona, no quiero que sepan a qué voy a allí", dice. 
Alguna vez ha tenido que disimular frente a conocidos. "He elegido esto sabiendo lo que provocó a muchos en el pasado, pero libremente. Y también autoengañado, pensando que soy diferente y especial, y voy a saber controlarlo.
 La típica gilipollez que pensamos todos. Pero no quiero compasión", subraya.
La semana pasada su médico le preguntó si se veía dejando por completo la heroína.
 "Yo tengo el deseo de todo yonqui, el sueño del deseo controlado, el consumo controlado", dice, y hace una larga pausa.
 "Querría superar el abuso y quedarme en el uso, pero como soy un poco bipolar sé que tendré que escoger entre una de las dos vías: o todo o nada", concluye.
 Aunque su experiencia sea diferente, comparte ambición con el yonqui del pasado: quiere quitarse. Espera que "este año o el que viene" sea el de la nada. 
Precisamente la fecha del estreno de la segunda parte de Trainspotting.
 

14 ago 2016

y si recordamos una historia de amor??

















El verdadero sur son los olivos........................................................... Manuel Vicent

La cineasta, pelirroja e inteligente, siempre está detrás de las cámaras apuntando hacia causas justas.

 
Una niña montada en bicicleta se aleja hasta perderse por un camino entre álamos de primavera. Segundos después, por el mismo camino cubierto de hojas amarillas, vuelve la bicicleta montada ahora por una adolescente de 15 años
. Esta elipsis marca el paso del tiempo.
 La adolescente es Icíar Bollaín, en una secuencia de El sur, de Víctor Erice, su primer trabajo.
 La película puso en el mercado el rostro de esta cineasta, que con el tiempo se ha convertido en un valor cinematográfico.
La película El sur trata de una familia, un padre silencioso y una madre amargada, que viven su exilio con su hija en una ciudad del norte.
 Muchos espectadores, sin duda, recordarán la escena clave en la que el padre habla con esta hija en un café mientras en un salón contiguo suena la orquestina de una boda que interpreta el pasodoble En el mundo. 
 Habla con su hija de un amor perdido, de un pasado feliz en el sur. El pasodoble llena de añoranza la memoria de aquellos soleados días entre olivos, palmeras y limoneros.
 Al parecer la película se quedó sin presupuesto y el productor Querejeta cortó el rodaje, una decisión que jugó a favor de la historia, puesto que el viaje al sur, previsto en el guión, ya no fue posible rodarlo y quedó en una excelente metáfora de un deseo inaprensible de felicidad.
Icíar Bollaín es una chica muy lista y pelirroja y es bien sabido que hay pocos tontos con el pelo panocha.
 Un día alguien la felicitó por la suerte de haberse casado con Paul Laverty, el guionista habitual de Ken Loach, un buen tipo escocés lleno de talento. Icíar le contestó: “Nada de suerte. Yo siempre he sido muy buena para el casting”.
 La pareja vivía en Lavapiés, un barrio madrileño donde se cruzan todas las razas
. Los domingos al mediodía oía los tambores de unos negros que invocan a sus ancestros con un ritmo sincopado; compraba especias en los colmados árabes e hindúes y cumplía el rito de una vida desenfadada entre la rebeldía de unas tribus urbanas que, años después, reventó un 15 de mayo en la Puerta del Sol.
 Iziar pasa ahora largas temporadas en Edimburgo, patria de su compañero.
 Ver Madrid desde el sótano y España desde lejos le ha dado una visión sin una sola mota de caspa nacional.
Manolo Gutiérrez Aragón la llamó para la película Malaventura y en el rodaje Icíar coincidió con José Luis Borau, quien a partir de entonces la convirtió en protagonista de algunas de sus películas y la animó a ponerse detrás de las cámaras.
 El cine de Icíar Bollaín tiene una marca propia, un cine social según la huella de Ken Loach, con quien colaboró en la película Tierra y libertad, una lucha anarquista contra la injusticia atemperada por un sabor agridulce, que siempre toca una fibra sensible, frente al iberismo racial, agrio y violento.
Nunca engaña. 
El espectador sabe qué va a ver cuando se acerca a la taquilla. La emigración, los problemas de Latinoamérica, historias de tercer mundo, denuncias de la violencia machista.
 A Icíar la encuentras siempre detrás de las cámaras apuntando hacia causas justas, tocadas con una delicadeza acerada.
 Así es también ella, un chica despierta, que sonríe con los ojos, que siempre emite un aire fresco, inteligente y divertido, con un toque de distinción.
En su última película, El olivo, ha vuelto a encontrar su propio camino hacia el sur.
 Ese olivo milenario había visto pasar soldados de todos los bandos desde la Edad Media y, mientras a su alrededor se establecían fanatismos de cualquier índole y las guerras vertían sangre a raudales, su savia seguía dando aceite y el tiempo añadía nudos a su tronco para formar una maravillosa escultura.
 Durante siglos varias generaciones de agricultores nacieron y murieron bajo su sombra; el olivo no había muerto todavía, pero un día fue arrancado de cuajo.
 Olivos milenarios cuyos primeros esquejes fueron traídos por los griegos del mar Jónico han sido desarraigados violentamente de la tierra madre para presidir la rotonda de una carretera, decorar el vestíbulo de una multinacional o agonizar en el jardín de la mansión de un financiero corrupto.
 Ese cepellón de raíces arrancado junto con el sudor y el amor de los antepasados es todo un agravio a la historia de la agricultura y también la metáfora de la cultura especulativa, que ha puesto la estética a merced del puro interiorismo cuyo concepto no se refiere al cultivo interior del espíritu, sino a la simple decoración de salones.
 Aquella Icíar Bollaín adolescente expatriada en un norte brumoso encuentra por fin el verdadero sur entre los olivos milenarios sin perder el estilo que la define, la de una chica lista, pelirroja, inteligente y comprometida.