Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

24 jul 2016

Venecia se la juega.......................................................................... Milena Fernández

La Unesco lanza un ultimátum a Italia por no impedir el tránsito de cruceros ni el turismo masivo.

El crucero 'MSC Preziosa' en uno de los canales de Venecia. ANDREA MEROLA (EFE) / EL PAÍS VÍDEO
No cabe un alma más.
El vaporetto de la línea uno navega repleto por el Gran Canal, hacia la Plaza de San Marcos: turistas y residentes viajan como sardinas enlatados.
A la altura de Rialto, el responsable de abrir y cerrar la puerta de ingreso pide casi un milagro: “Empujen, empujen; busquen espacio al fondo”.
 La gente, cabreada, da empujones; muchos usan los codos. Hace un calor africano y son apenas las ocho de la mañana de un lunes de julio.
 Cuando la nave de transporte público llega a la cuenca de San Marcos, pasa muy cerca un enorme crucero y todos, o casi todos, se quedan boquiabiertos.

Los viajeros del vaporetto parecen hormigas delante del gigante marino, cuyos huéspedes no dejan de saludar y de disparar fotos.
 La escena se repite cada día en la vieja urbe, al borde del colapso por culpa del exceso de turismo que, contrasta con el éxodo de residentes.
Se ha convertido en un Disneyland de callecitas y canales, una especie de museo al aire libre, colmado de turistas y de tiendas de máscaras venecianas, que, de venecianas no tienen nada, pues proceden de China.
El turismo masivo se ha convertido en el arma de doble filo.
 En el último año hicieron las maletas 327 residentes.
 El número oficial de habitantes es de 56.356, aunque podrían ser mucho menos, porque muchos son propietarios de una segunda casa, que utilizan apenas un par de semanas al año
. En 1951 vivían en la ciudad lacustre 174.808 personas.
 A este ritmo, Venecia parece condenada a quedarse sin habitantes y seguir invadida de peregrinos.
 A ello se suma el tráfico descontrolado y caótico sobre el Gran Canal -incluidos los monstruos marinos, taxis y otras embarcaciones privadas-, las alteraciones de la laguna, la falta de una estrategia para controlar el turismo, la posible creación de nuevos canales para el tráfico comercial y de gigantescos cruceros.
Y cómo no, el proyecto Moisés, la gran obra de ingeniería que prometía salvar Venecia de las mareas altas ahora investigado por presunta corrupción.
 Esos son los peligros que advierte la Unesco en su asamblea de la pasada semana en Estambul.

El tirón de orejas es para Italia y el gobierno local
. El ultimátum para cambiar es de siete meses de plazo, hasta el 1 de febrero de 2017 y es consecuencias de las alertas lanzadas por la organización Italia Nostra a la Unesco.
 De lo contario, Venecia y su laguna -Patrimonio de la Humanidad desde 1987- se podría unir a la lista de sitios en peligro como Damasco y Alepo, en Siria, o basílica de la Natividad, en Jerusalén. “El gobierno no tiene ninguna estrategia, el tiempo se ha acabado y debe actuar para salvar Venecia”, advierte la organización.
El actual alcalde, el empresario conservador Luigi Brugnaro, sin embargo, no parece tener muy clara la estrategia.
 Dice que la Unesco tiene razón y que hace falta más dinero y también que “tiene los cojones llenos” de tanto escuchar críticas
. Sus proyectos, sin embargo, son expansivos, como impulsar la isla del Lido, crear un parque temático cerca del aeropuerto Marco Polo de Venecia o un nuevo estadio.

 

‘Juno’ en Júpiter: la odisea espacial se hace realidad.......................................... Javier Sampedro

La sonda espacial que visita al planeta es un verdadero prodigio de la ingeniería y la inteligencia artificial.

Imagen del planeta Júpiter tomada con la cámara de la sonda 'Juno' .

 

Imagen del planeta Júpiter tomada con la cámara de la sonda 'Juno' .
Aunque desde nuestra perspectiva telúrica y provinciana resulte difícil apreciarlo, Júpiter es el planeta más importante del sistema solar en que habitamos.
Su masa formidable, que duplica con creces a la de los otros siete planetas juntos, es fundamental para dar forma a sus órbitas, marcar el destino de los cometas y organizar el cinturón de asteroides que le separa de Marte
. También fue vital para el origen de la ciencia moderna y de nuestra visión del mundo.
 En 1610, cuando Galileo enfocó su recién construido telescopio hacia él y descubrió sus cuatro lunas —Ío, Europa, Ganímedes y Calisto, cuatro amantes de Zeus—, la Tierra perdió definitivamente su lugar especial en el universo, pues quedó patente que no todo giraba alrededor de ella, como ya había previsto Copérnico con certeza matemática
. Hasta ese microcosmos, y con la intención de descifrar sus enigmas, ha llegado este mes la sonda Juno de la NASA.
Si las lunas de Júpiter —que en realidad son solo los cuatro mayores de sus 67 satélites— son los amantes de Zeus, Juno es nada menos que su esposa (a la vez que su hermana, según el disoluto y un punto escabroso folclore mitológico), pero la operación de frenado y puesta en órbita ha procedido sin mayor roce ni contienda.
 Juno es un verdadero prodigio de la ingeniería y la inteligencia artificial.
 La operación era muy dificultosa y arriesgada, pero duraba menos de lo que la luz tarda en viajar desde Júpiter hasta nosotros y volver, de modo que no había ninguna posibilidad de dirigirla desde la Tierra.
Juno ha tenido que hacerla solita, y le ha salido bordada. Juno ya es el 68º satélite de Júpiter, en justa igualdad de condiciones con sus rivales en el amor.

Juno no es la primera visitante del gigante gaseoso
. La sonda Galileo ya llegó allí en 1995, y varias otras han pasado por su vecindad, porque aproximarse a Júpiter es una maniobra clásica —efecto honda, o asistencia gravitatoria— para acelerar o desviar la trayectoria de un vehículo que se dirija a alguna otra parte.
Pero, como es habitual, la primera nave espacial que llegó a Júpiter no fue una obra de la ingeniería, sino de la imaginación.
 Se llamaba Discovery One, y condujo allí a los doctores David Bowman y Frank Poole, en riguroso estado de hibernación, con una misión vital y misteriosa
. Al mando de la nave estaba el ordenador HAL, tal vez el primer ingenio computacional merecedor de un tratamiento psiquiátrico.
 Y sí, como el lector ya habrá adivinado, todo esto pertenece a 2001: una odisea del espacio, estrenada por Stanley Kubrick en 1968, pero basada en un relato que Arthur Clarke escribió 20 años antes.
 Grandes mentes.
Cuando finalice su misión científica, en febrero de 2018, Juno debe morir por imperativo legal.
 La ley estadounidense exige a la NASA evitar a toda costa la mínima posibilidad de que algún microbio terrestre contamine Europa, donde es posible que exista agua subterránea y, por tanto, alguna forma de vida.
 La esposa de Zeus se suicidará tirándose en caída libre sobre su gigantesco amado. The end.

Lo público..........................................................................Rosa Montero

Cada vez que un enfermo se complica en la sanidad privada, lo derivan a la pública, que no sólo tiene que hacerse cargo de los tratamientos más costosos, sino también de las muertes.

COLUMNISTAS-REDONDOS_ROSAMONTERO
POR RAZONES que no vienen al caso,últimamente he visitado con cierta asiduidad el hospital madrileño Gregorio Marañón. 
Un lugar feo, destartalado y viejo, pero un magnífico hospital, sin duda alguna, con grandes médicos y una prestación sanitaria de primera clase. 
Siempre se me encoge un poco el corazón cuando voy por allí, porque me parece un símbolo de nuestro maltratado sistema de salud.
 La sanidad pública española ha sido nuestro mayor logro social, un tesoro al que estamos tan acostumbrados que nos resulta impensable que haya países en donde dejen morir a la gente por el hecho de ser pobre.
 Pero existen. 
En Estados Unidos, por ejemplo, los enfermos oncológicos que no pueden abonar la carísima quimioterapia simplemente se quedan sin ella, como se veía en la serie Breaking Bad
Imaginen a un niño con cáncer al que no le ponen tratamiento porque sus padres no tienen el dinero para pagarlo: es repugnante. De esa feroz, inadmisible, asesina desigualdad nos protege nuestro sistema de salud, pero lo estamos desmantelando.
La sanidad pública española ha estado entre los diez mejores servicios de salud del mundo. 
Ahora no sé por dónde andaremos en el ranking, porque llevan años demoliéndola.
 Hace un mes, altos cargos del sistema de salud madrileño dijeron que en la Comunidad sobran “4.000 camas para enfermos agudos”. Nadie parece haberse escandalizado ante esa afirmación, y sin embargo es grave.
 Primero, porque en toda la Comunidad sólo hay 13.000 camas: la reducción es sustancial.
 Y segundo, ­porque hace diez años estos mismos peperos, contra el criterio de los profesionales y dirigidos por una entusiasta Esperanza Aguirre, construyeron 2.000 camas de agudos.
 ¿Qué es lo que va a suceder, previsiblemente? Que se cerrarán camas de los hospitales públicos y se derivará el servicio a los privados.

Verán, la sanidad privada es un negocio.
 Pero es que el objetivo de la sanidad no puede ser el de ganar dinero.
 No todo en la sociedad ha de moverse hacia el lucro.
 En el concepto mismo de la democracia anida un impulso de ordenación social, de moderación de las desigualdades, de freno al botín salvaje.
 Por eso se pagan impuestos: por el bien común. Y la sanidad está en la base de ese bien común.
Argumentan los partidarios del dinero tintineante que la medicina privada es más barata y eficiente que la pública. 
Mienten, porque engañan en la forma de medir. Cada vez que un enfermo se complica en la privada, lo derivan a la pública, que no sólo tiene que hacerse cargo de los tratamientos más costosos, sino también de las muertes. 
Pondré un ejemplo; si no recuerdo mal, hará unos diez años el geriatra del Gregorio Marañón José Antonio Serra (que es una eminencia en su campo) y su equipo hicieron un importantísimo estudio sobre la rotura de cadera en los ancianos y demostraron que, si eran atendidos por geriatras y traumatólogos a la vez, y no sólo por traumatólogos, morían menos y sufrían menos complicaciones.
 El estudio se publicó en la revista especializada más importante del mundo y los resultados se han incluido en los protocolos médicos de medio planeta.
 Pero ese es un modelo de medicina que no todos comparten.
 Aquí hay algunos hospitales privados que operan a los ancianos de cadera y los mandan a las 48 horas a su casa sin rehabilitar.
 ¿Que el paciente no anda? No importa.
 Ya se ocupará la pública, si puede, de arreglar el desaguisado, y además, si se muere, que se muera con ellos, fuera del hospital privado, porque ese fallecimiento les bajaría su rutilante índice de éxitos. 

Así estamos, en plena campaña del desprecio a lo público. 
Ya se sabe: los funcionarios son todos unos sinvergüenzas y unos vagos, mientras que el sector privado es otra cosa. 
Sí, desde luego que es otra cosa: es ahí donde se dan los bonos basura, los abusivos usos bancarios, los fondos de Panamá. ¡Es el muy serio, eficiente y honesto sector de los directivos de Volkswagen! ¿Pero de qué ­estamos hablando?
 Pues me temo que, en el fondo, el único tema es la rapiña. 
Pero, ojo, mucho cuidado con el desmantelamiento de nuestro sistema de salud.


 Porque cuando aquí empiecen a morir los niños porque no pueden pagar las medicinas, sus padres incendiarán las ciudades. Y yo lo entiendo.

Ya no los quiero ni ver.......................................................Javier Marías

Si producen tanto y tan rápido hartazgo es porque pocos de nuestros políticos son demócratas, y fuera del sistema sólo hay propaganda.

COLUMNISTAREDONDA_JAVIERMARIAS
HA DURADO poco la novedad
, ¿verdad? 
Bueno, esa sensación tengo, y como me considero una persona corriente tiendo a pensar que lo que a mí me pasa le pasa a mucha gente más. 
¿Recuerdan cuando, en tiempos de Aznar, cada vez que éste salía en pantalla muchos cambiábamos automáticamente de canal porque su mera visión nos resultaba insoportable, más que nada (aunque no sólo) por hartazgo y saturación? 
Daba lo mismo lo que dijera, si su intervención era debida a su cuota diaria de televisión o a un anuncio crucial para el país: si se trataba de lo segundo, ya nos enteraríamos por el periódico, sin necesidad de sufrir su rostro desdeñoso, su cadencia pseudopija, sus acentos de importación, su gesticulación ni por supuesto sus permanentes cinismo y vacuidad.
 Lo padecimos ocho años, en gran medida por culpa de Anguita, uno de los mayores ídolos de Podemos junto con Perón, aquel dictador que se refugió en la España de Franco, como tantos otros antes que él.(Manía que le tiene a Anguita)

Pues bien, aquella saturación superior a nuestras fuerzas, ¿no la sienten ya ustedes respecto a casi todos los políticos nuevos, los que llevan tan sólo dos años ejerciendo como tales?
 De los más veteranos no hablemos, eso se da por descontado: ver aparecer a Rajoy, a Cospedal, a Aguirre, a Soraya Sáenz, a Montoro, a Fernández Díaz, a Báñez, equivale a bostezar y a buscar cualquier otro espectáculo, por caridad.
 Lo mismo sucede con los tertulianos “políticos”, que no por ponerse estolas de fantasía y chaquetas rojas o añiles (o rizos de peluquería) dejan de tener el aspecto de señores y señoras de su casa que sueltan obviedades y lo llevan a uno a preguntarse por qué diablos están ahí, contratados para opinar con engolamiento.
 (Dan ganas de acordarse de lo que dijo Stendhal sobre su zapatero, pero la cita sería considerada elitista y clasista; y lo era, aunque no le faltase algo de razón.)

Pero los nuevos no han tenido medida. Como si fueran concursantes de Gran Hermano, y aupados por uno de esos periodistas enloquecidos (hay decenas) que pretenden ser a la vez moderadores, directores de informativos, tertulianos, entrevistadores y entrevistados, no han desaprovechado ocasión y han salido hasta en la sopa, provocando la náusea del espectador.
Cada vez que veo en pantalla a Iglesias, Errejón, Monedero, Bescansa, Echenique, Montero y correligionarios, me asalta un gran sopor.
 Parece que tengan teléfono rojo con ese periodista monomaniaco, García Ferreras, y que estén en todo momento disponibles para él (y para otros), noche y día, hasta el punto de que no se sabe cuándo les queda tiempo para estudiar, debatir o simplemente pensar.
 Se han prodigado menos Pedro Sánchez y Albert Rivera, pero lo suficiente para suscitar asimismo un bostezo pavloviano difícil de reprimir.
 Si uno va a menudo a Cataluña, lo mismo le ocurre con el nuevo político inoportunamente llamado Rufián (inoportunamente para él), con la avinagrada Anna Gabriel, la ufanísima Colau y la estricta Forcadell; no digamos con Mas y Homs, el lloriqueante Junqueras y el atropellador Tardà.
 Todo es como un círculo viciosísimo del que resulta imposible escapar.
 Uno oye las mismas sandeces repetidas hasta la saciedad, los mismos disparates y provocaciones, asiste atónito a la fatuidad de varios (Iglesias habla con desparpajo y sin sonrojo de su propio “carisma” o de su “lucidez”: no tiene abuela), a la sosería infinita de muchos, a las salidas de pata de banco de la mayoría, al pésimo castellano de casi todos. (Es joven Julian, de mayor será como tú, que eres engolado, y no te sonrojas cuando hablas de ti en cabeza ajena)

Tengo para mí que, si producen tanto y tan rápido hartazgo, es porque pocos de nuestros políticos son demócratas, y fuera del sistema democrático sólo hay propaganda y consignas, que aburren pronto.
 No lo son los del PP, como se comprobó con Aznar y se ha vuelto a comprobar con Rajoy.
 No basta con ganar elecciones para serlo. Esto es una condición necesaria pero insuficiente.
 Si no se gobierna democráticamente a diario … Esto significa sin despreciar a la oposición, sin imponer leyes injustas o parciales gracias a una mayoría absoluta, sin utilizar Hacienda e Interior para los propios fines y para represaliar a críticos y adversarios. 
No son demócratas los del actual Unidos Podemos, se ve a la legua, o lo son a la manera de Putin, Berlusconi, Maduro, Orbán; ni los de la CUP, ERC y CDC, como se vio cuando negaron hasta la aritmética para proclamar su “triunfo” independentista.
 Sí lo son por ahora el PSOE, Ciudadanos y el PNV (con sus mil defectos), justamente partidos mal parados en las últimas elecciones.
 Supongo que todo es en efecto como Gran Hermano: se premia a los corruptos y a los que arman bulla, a los que sueltan necedades mayores o muestran desfachatez más llamativa.

 A los que dan espectáculo superficial. Pero nadie cuenta con que eso, lo superficial, lo que carece de verdadero interés y no hace pensar nunca, se agota pronto, y harta y satura hasta decir: “Basta, no puedo oírlos más, ya no los quiero ni ver”.