En esta ocasión, las imágenes no han sido tomas por Kate Middleton.
La orgullosa madre ha declinado esta oportunidad y ha sido Matt Porteus
el fotógrafo elegido por los duques de Cambridge.
“Disfruté de verdad la
oportunidad de tomar estas fotos del príncipe Jorge.
Fue una atmósfera
muy relajada y divertida
. Me siento muy honrado de que hayan decidido
compartir estas imágenes con el público con motivo de su cumpleaños”,
asegura el fotógrafo.
Las instantáneas fueron captadas en la casa de los
duques de Cambridge en Norfolk, la semana pasada.
En esta ocasión, las imágenes no han sido tomas por Kate Middleton.
La orgullosa madre ha declinado esta oportunidad y ha sido Matt Porteus
el fotógrafo elegido por los duques de Cambridge. “Disfruté de verdad la
oportunidad de tomar estas fotos del príncipe Jorge. Fue una atmósfera
muy relajada y divertida
. Me siento muy honrado de que hayan decidido
compartir estas imágenes con el público con motivo de su cumpleaños”,
asegura el fotógrafo. Las instantáneas fueron captadas en la casa de los
duques de Cambridge en Norfolk, la semana pasada.
Guillermo y Catalina muestran de manera natural cómo van creciendo
sus hijos. Hace dos semanas llevaron con ellos a Jorge durante la visita
que realizaron a la base aérea militar Royal International Air Tattoo, en Fairford (Inglaterra).
El pequeño se ha convertido en todo un fenómeno mediático
. Cada día,
multitud de páginas web documentan la ropa que viste el príncipe Jorge
de Cambridge y facilitan información sobre dónde comprarla
. La edición
británica de la revista GQ lo incluyó en su lista de los mejor vestidos, pero la influencia del pequeño príncipe va más allá de la ropa que se pone.
En febrero de este año, Jorge empezó a ir a la guardería Westsacre Montessori,
un sistema educativo alternativo al habitual que se basa en la idea de
que los más pequeños aprenden de manera natural si se les permite seguir
sus instintos, en lugar de darles directrices
José Ángel
tenía Diógenes y murió sin que nadie lo reclamase. Vivía aislado de sus
vecinos, pero tenía 3.544 amigos en Facebook.
Uno de ellos dio la voz
de alarma.
Vivienda de José Ángel en la zona de Alcabre (Vigo), donde fue rescatado su cadáver hace más de una semana. ÓSCAR CORRAL
Entre los 3.544 amigos virtuales que acumulaba en internet, una mujer
telefoneó a la Policía Local de Vigo desde Canarias para advertir de
que José Ángel no entraba desde hacía casi una semana y tampoco
contestaba al Whatsapp.
Ninguno de sus conocidos de la Red sabía que el
vigués vivía sepultado en vida por la basura que recogía de los contenedores cuando salía al caer el sol en una de las bicicletas que almacenaba.
Los despojos urbanos habían cegado todos los vanos de la casa y ya
solo podía salir y entrar, como los gatos o los ratones, por una
ventana.
A pesar de haber nacido en Vigo y de que su historia fue
noticia en casi todos los medios, una semana después nadie había
reclamado el cuerpo y el Ayuntamiento tuvo que hacerse cargo este jueves
de un entierro de beneficencia.
Ahora solo una página de Facebook
suspendida en el tiempo y un número, el 113, pintado sobre una cruz
hincada en la tierra del cementerio de Pereiró, recordarán su
existencia.
De noviembre a abril, ocurre muchas veces que el fuego con el que
intentan espantar el frío prende en los cartones, las cajas de madera,
los colchones sucios y las bolsas de basura
. Las llamas engullen
toneladas de inmundicia en pocos bocados y el dueño del vertedero
doméstico muere carbonizado o por asfixia
. Cuando llega el verano
—muertos porque sí sin querer ir al médico y sin que nadie se entere— es
el olor de sus cuerpos descompuestos el que acaba por avisar a los
vecinos.
En enero aparecieron entre montañas de desperdicios los cadáveres de
un hombre de 62 años (Corvera, Asturias) y una mujer de 84 (Cáceres), y a
principios de abril los bomberos entraron a rescatar en Erandio
(Bizkaia) a otra señora de 79.
Creían que ya estaba muerta por el hedor
que el piso dejaba escapar al exterior, pero aún expiró unos minutos
después.
Al día siguiente, la escena apocalíptica se repetía en Vigo con
el cadáver de José Ángel, un hombre de 51 años que, como casi todas las
personas con Diógenes no se trataba con sus vecinos pero que en su
caso, todavía excepcional para los psiquiatras, mantenía actividad
diaria en su página de Facebook.
Cada año mueren en soledad varias personas con Síndrome de Diógenes
en España.
Casi siempre, los protagonistas llevan días, semanas o hasta
medio año muertos. Casi siempre viven solos y han perdido los lazos con
su familia.
Han abandonado el cuidado de su cuerpo y no se quieren.
Algunos mueren por inanición, por enfermedades que se niegan a tratar, o
aplastados por un alud de desperdicios que se viene abajo cuando ya no
soporta más peso.
Cada vez que se recupera un cadáver de una tumba de basura que suele
llevar días desmontar aparece algún responsable de los servicios
sociales del consistorio diciendo que se habían iniciado los trámites
burocráticos y judiciales para solucionar el problema, pero que no
llegaron a tiempo
. Para desgracia del finado y desesperación de vecinos
que llevan años soportando los olores y las plagas.
Según el Colegio de
Administradores de Fincas de Madrid, el 60% de las consultas de las comunidades vecinales son acerca de casos de Diógenes.
Cada año, en la capital se abren unos 300 expedientes municipales por
denuncias sobre personas que acumulan miles de kilos de residuos hasta
invadir todas las habitaciones
. En ciudades más pequeñas, en un año se
pueden llegar a tratar más de 30 casos.
En 2010, en Almería se intervino en 34 viviendas convertidas en
estercoleros y cuatro de las personas murieron una vez que ingresaron en
el hospital.
Miguel, vecino de Málaga de 57 años, también acabó
muriendo en una cama hospitalaria después de ser rescatado del fuego en
2010.
En este caso, el Ayuntamiento llevaba desde 2001 tratando sin
éxito de que el juzgado lo incapacitase.
Una vez logró permiso para
entrar en la casa, vaciarla y pintarla.
Pero pasado el tiempo el
esfuerzo no evitó la tragedia.
Todas las historias son desgarradoras.
En marzo de 2015, en Palma, 25
bomberos tardaron cinco horas en controlar el fuego que dañó 10 pisos
de un edificio en el que vivía un hombre de 51 años con Diógenes.
Tres
de las viviendas quedaron completamente destruidas por la fuerza de unas
llamas alimentadas de basura altamente combustible.
Las hemerotecas
recogen casos similares en Sevilla, León, Sitges (Barcelona).
Algunas
con variantes como los miles de amigos de José Ángel en Facebook o como
el Síndrome de Noé
que ofrece incluso paisajes más dantescos.
En una casa del municipio
coruñés de Rianxo desbordada también de basura y excrementos, en una
ocasión fueron rescatadas dos ancianas y 140 perros enfermos
. La mitad
de los canes acabaron sacrificados. Una de las mujeres vivía en cama,
con los animales moviéndose sobre las sábanas.
La otra estaba ciega, y
años después seguía esperando una ayuda de las de la Ley de Dependencia.
Muchas veces, y a pesar de la hediondez que se acentúa con el calor,
la gente no se imagina lo que pasa hasta que saltan las alarmas porque
falta la persona.
Algunos de los muertos en esta década vivían en un
sexto o en un octavo y nadie jamás los había visto subiendo restos.
Sus
vecinos de abajo no sospecharon nunca que estuvieran viviendo bajo
enormes basureros.
En estas circunstancias, el trabajo de los forenses se complica.
Con el
proceso normal de putrefacción se alía lo insalubre del escenario.
Larvas que en vida ya estaban en los cuerpos.
Animales, desde perros a
hormigas, que se han ido comiendo las partes blandas y dejan los rostros
inidentificables.
En 2012, en Ferrol, Carmen, de 70 años, apareció
después de dos meses sobre su cama, comida por las ratas.
Hay manuales
médicos que enseñan a distinguir entre las erosiones producidas por
distintos insectos y la forma del mordisco de cada tipo de mamífero.
"Es algo que veremos cada vez con más frecuencia"
S. R. P.
En 2010, en Ciudad Naranco (Oviedo), un hombre de 60 años fue hallado
después de una semana. Subía la basura al sexto piso hacía tiempo.
Sufría Diógenes y estaba alcoholizado desde que había perdido un hijo de
15 años, una década atrás. El chico había ido a hacer las pruebas para
jugar en el Real Oviedo y nunca regresó. Fue arrollado por un tren
cuando volvía andando a casa.
Luis Ferrer, psiquiatra y miembro de la Real Academia de Medicina de
Galicia, comenta que el “crac biográfico” siempre suele existir.
"Habitualmente, en las personas con Síndrome de Diógenes, hay un fondo
depresivo que se monta sobre la soledad"
. "El vacío se va aliviando con
los objetos" recogidos, y detrás puede haber una experiencia traumática.
"El 99% viven solos y se van aislando".
Muchos ya no trabajan y, en
bastantes ocasiones, beben.
Entre todos los desperdicios acumulados, es
frecuente que aparezcan cientos de botellas vacías.
El de Diógenes es un
síntoma de otras cosas, y se da tanto en hombres como en mujeres, y más
en mayores de 65 que en jóvenes, aunque muchas personas manifiestan los
primeros rasgos obsesivos ya en la adolescencia.
"Con los años, esos
rasgos se tienden a caricaturizar. Y entre los ancianos hay más soledad y
más angustia", sigue describiendo el psiquiatra.
El caso del vecino de Vigo (Pontevedra) que amontonaba basura y se
mantenía aislado en la vida real mientras buscaba amigos en Facebook
resulta novedoso para los psiquiatras y despierta su interés porque,
según Ferrer, "es algo que veremos cada vez con mayor frecuencia a
medida que vivamos más en el llamado tercer entorno".
El "tercer
entorno" es el mundo virtual en general, desde los mensajes de telefonía
hasta los videojuegos y todo el universo infinito de la Red, sus mundos
y sus submundos.
Su desarrollo "ha coincidido en el tiempo" con esa
transformación social que ha poblado el país de viviendas con una sola
alma. "En España, uno de cada cuatro hogares son unipersonales, y sobre
todo se trata de mujeres viudas y de varones solteros o separados",
ilustra el médico.
El vigués José Ángel cumplía con este perfil.
Estaba solo y había
perdido el empleo.
Y en su caso, por ser un hombre más joven, al
aislarse del mundo se refugió en las nuevas tecnologías:
"Era un sujeto
escindido. La misma mente puede sufrir un cuadro de Diógenes y vivir en
paralelo otro personaje superactivo en el mundo virtual"
José Manuel Menchón, jefe de Psiquiatría del Hospital de Bellvitge
(Barcelona), explica que una persona con el síndrome puede sentir o
buscar "desinhibición" en internet.
Pero mientras tanto, todos rechazan
la ayuda directa del prójimo.
La propia naturaleza del síndrome hace que
tantas veces acaben sus días en sus particulares refugios de basura en
vez de recurrir a un hospital.
“El propio abandono de sí mismos” escribe
ese final.
El de Diógenes “no es un diagnóstico”, no está considerado como una
enfermedad en sí, y aunque se describió en 1975, está mucho menos
estudiado que el Síndrome de Acumulación Compulsiva.
No hay cálculos
actualizados sobre su incidencia en la población, recuerda Menchón,
aunque existe una estimación "de hace tiempo" que dice que “aparece un
caso al año por cada 2.000 habitantes”. Las personas que acumulan basura
no son conscientes de su trastorno y no van al psiquiatra, y en
ocasiones muy contadas pueden llegar a arrastrar a su pareja o a otro
miembro de la familia hacia la misma compulsión
. Por lo general, el
síntoma no se presenta de forma aislada, sino asociado “a un
alcoholismo, una demencia, una esquizofrenia”, y se considera que tiene
que ver con alguna alteración del lóbulo frontal.
El periodista que transmitió por TVE la llegada del hombre a la Luna
recuerda ahora las vibraciones de aquella noche, cuando el mundo,
quizá, se puso a soñar...
El astronauta Buzz Aldrin pisa La Luna, junto al módulo lunar en la misión Apolo 11 / NASA
Estas cosas uno no las puede remediar: cada vez que ahora me acuerdo
de la noche de la Luna (¿dónde estabas tú la noche de la Luna?) siempre
me sale un estribillo, hasta lánguido, de los Beatles: Oh, I believe in yesterday...
Sí, claro: creer en el pasado es una consolación de los que aún no
sabemos si creer en el mañana. Luego, en noches de tedio solitario,
también me acuerdo del poema que escribió McLeish —por encargo, supongo,
a tanto el verso y la finura a tanto- para la primera página de The New York Times
ese día vigésimo del mes séptimo del año sexagesimonono, cuando, por
decirlo con titular periodístico muy sobado por aquellas fechas, «los
hombres pisan la Luna».
Cierto: todo era muy sobado por aquellas fechas,
pero el poema de McLeish, entonces, quizá tuvo su miga, no lo sé:
«Y en
el cuarto día, por la noche, bajamos como un rayo y pusimos el pie
sobre tus playas y sentimos pasar por nuestros dedos tu arena fina.
Y
nos levantamos, aquí en el crepúsculo, en el frío, en el silencio. Y
aquí, como en el principio de los tiempos, levantamos nuestras cabezas. Y
sobre nosotros, más bella que la Luna, una luna.»
Bueno, sí: seguramente no estuvo mal.
Pero 18 yo, la verdad, lo que más
recuerdo y lo que siempre sí quiero recordar de la noche de la Luna es
que había un hombre y una mujer sobre el césped manicurado de la NASA,
como en sueño o en dormición o en lo que fuera, mirando ellos hacia
arriba tal cual e imaginando ellos que sí veían a Neil Armstrong y a Buzz
Aldrin en la Luna que por allí, entre nubes, se apareció.
Que sí los
veían, que los estaban viendo por las arenas, las que luego dijo
McLeish, tan finas y tan grises y tan recién desvirgadas
. Pero eso fue
al final de todo.
Primero, al principio, en el principio de aquella
noche, fue que se nos hacían el culo y los labios y las almas agua por
lo que allí iba a pasar.
Y eso era, según nos dijeron, que en un cierto
momento aparecerían por nuestros monitores las primeras imágenes y se
oirían las primeras palabras de un hombre sobre la Luna: fe es creer
aquello que verdaderamente queremos creer.
Y yo me recuerdo con el
corazón en la nuez de mi garganta: qué inocentes éramos, entonces,
todavía. Y también revivo, ahora que me pongo a pensarlo después de diez
años, una grandísima y nerviosa y hasta sensual algarada
. Después de
todo, 3.497 periodistas dan para mucho ruido
. Periodistas registrados y
con sus papeles en orden, quiero decir
. Y no cuento a los periodistas
emboscados, consorte, amantes, francotiradores, amigos, conocidos y de
ocasión.
Me recuerdo con el corazón en la nuez de mi garganta: qué inocentes éramos, entonces, todavía
Otra cosa: hacía calor aquella noche en Houston, por donde la marisma
huele a petróleo y a boñiga de vaca.
Ya lo había anunciado el
periódico de la mañana: «Nubosidad considerable, con riesgos de
chubascos y de tormentas.
Temperatura en los treinta grados.» Pero hacía
más calor de sangre en los recintos del centro espacial.
Y un ansia de
besos que las gentes se daban o se robaban, de paso, por las esquinas.
«Esta noche todos somos hermanos.» Sí, eso sí...
Y luego, por fin al
fin, se hizo un silencio grandísimo, como de eclipse o de retreta.
Y en
mi monitor de televisión apareció una cosa blanca que yo no sabía lo
que era.
Y resultó ser Armstrong.
Y de lo que dijo, pues yo no creo que
nadie se enteró así de primera instancia hasta que vinieron las
secretarias en un vuelo:
«Ha dicho no sé qué de un pequeño paso y un
gran salto.» Bueno, vale... Y de lo que yo dije sólo recuerdo una
solemne, seguramente, estupidez:
«Y miren cómo Armstrong tantea con sus
pies el suelo de la Luna, como un niño extiende los brazos hacia su
madre...»
Absolutamente gilipollas
. Pero yo lo sentía entonces, y ahora
no me da ni vergüenza ni nada.
Y después, a las tres horas de función o así, todo ya terminó
(esperemos que el espectáculo les haya gustado, como también cantaban
los Beatles) y se hizo un pandemonio y triquitraca generales, con
banderas americanas que salían de todas partes y puros con su vitola y
abrazos y parabienes a discreción.
Y yo recogí mis papeles y me salí al
patio de la NASA, y allí fue donde se pasó lo del hombre y la mujer, que
ahora mismo lo copio tal como lo puso en imprenta, por aquellos días,
un cierto escribano:
“A la salida del edificio número 1 de la NASA, en Houston, hay una
ladera de césped liviano, mínimo tobogán de hierba fresca.
Y había un
hombre y una mujer, allí echados, cara a la Luna, casi luna de Jueves
Santo, que por entre unas nubes se estaba.
Era la madrugada del lunes 21
de julio (hora española), y Armstrong y Aldrin habían ya terminado,
entonces, de caminar por la carátula empolvada.
Y dijo la mujer: a
partir de hoy ya no seremos los mismos, nunca más...»
Y eso, yo lo sé, resultó ser cierto después.
Porque cuando el hombre y la mujer se vieron otra vez, en la cosa de Apolo XII,
ya sí que no eran los mismos y ya sí que no se amaron nunca más.
Pero
entonces, aquella noche, en los moteles de Houston, nadie quiso pensar
sino en lo que dice Kris Kristoferson: que el diablo se lleve el mañana.
Y ahora les copio otra vez:
«Aquella noche hubo de todo: de lo bueno y de lo alto, de lo malo y
de lo bajo.
Todos llevamos en nosotros un gran señor de altivos
pensamientos y, a su lado, el servidor humilde, de las ruines obras.
Aquella noche hubo de todo y la Luna hacía eses por las carreteras de
Texas.
Y los hombres y las mujeres, ebrios de historia y de espacio, se
echaron en las piscinas, y los vasos de plástico se echaron en las
piscinas, y una sangre gloriosamente alcohólica se echó en las piscinas,
y los huesos de pollo se echaron en las piscinas, y un manchurrón de
labios y colorete se echó en las piscinas.
Y por la mañana, ya, la Luna
nos amaneció ahogada y beoda en las piscinas.»
Bueno, tampoco hay que
ponerse así.
Ni tan carnles como los que estábamos en Houston, ni tan
exquisitos como McLeish:
«Desde el principio de los tiempos, antes del
principio de los tiempos, antes de que los hombres supieran el sabor del
tiempo por primera vez, ya pensábamos en ti.»
El paso y el salto
La página 339/2 del libro de transcripciones correspondientes al viaje del Apolo XI
va marcada en su parte superior con los siguientes datos: fecha, 20 de
julio de 1969; hora, 21.52 (tiempo de Houston, Texas); momento del
vuelo, 109 horas y veinte minutos.
La página está dedicada a sólo doce
líneas en inglés.
Se trata de un casi monólogo que, traducido, podría
quedar así: Armstrong. Voy a salir del módulo lunar, ahora... Armstrong. Este es un pequeño paso para un hombre. Un salto gigantesco para la humanidad. Armstrong. ... La superficie es fina y polvorienta
. Puedo...
Puedo esparcirla con la punta de mi pie. Se adhiere en capas muy finas,
como polvo de carbón, a las suelas y a los filos de mis botas
.
Solamente he salido una pequeña fracción de una pulgada, pero ya puedo
ver la huella de mis botas y las pisadas en las finas partículas de
arena. Control. Neil... Aquí, Houston. Te oímos...
Esas líneas son el testimonio más primigenio y verdadero de lo que
ocurrió y se dijo en el momento exacto en que un hombre pisaba, por
primera vez, la Luna.
Según el propio Armstrong, la frase, ya histórica,
sobre el paso y el salto no había sido preparada de antemano.
Yo, la verdad, no pienso mucho en la Luna.
Y si pienso, cuando
pienso, tampoco me dan escalofríos
. Eso sí: aquella noche fue una
histórica, espléndida, magnífica grosería.
La opción
que ha tomado Tornatore acaba sobrecargando de explicaciones un último
tramo de la historia al que el espectador llega realmente fatigado.
Olga Kurylenko y Jeremy Irons, en 'La correspondencia'.
Cuando Henry Hathaway rodó, bajo la inspiración de la obra de George du Maurier, Sueño de amor eterno
(1935), una de las películas más inolvidables sobre una pasión capaz de
trascender las barreras físicas e incluso de burlar a la muerte, nadie
podía concebir una cotidianidad donde la tecnología podría convertir en
irrelevante la coexistencia de dos amantes en un mismo plano de
realidad.
En La correspondencia, Giuseppe Tornatore reclama
para el melodrama una idea que, en los últimos años, ha sido estímulo
para verosímiles cuentos oscuros en clave distópica, como el que
sostenía un memorable episodio de la segunda temporada de la serie Black Mirror: Be Right Back,
o la pesadilla generada por una modalidad de trascendencia digital
basada en los rastros de carácter que uno va dejando en redes sociales.
LA CORRESPONDENCIA Dirección: Giuseppe Tornatore. Intérpretes: Olga Kurylenko, Jeremy Irons, Simon Johns, James Warren. Género: drama. Italia, 2016 Duración: 116 minutos.
La correspondencia centra su mirada –más delirante que excéntrica- en la prolongación post mortem
de la intensa historia de amor adúltero que mantuvieron un profesor de
astrofísica (Jeremy Irons) y su aventajada alumna (Olga Kurylenko).
La
película solo puede mostrar juntos a los dos amantes en su sintético
prólogo: dos cuerpos abrazándose en una habitación de hotel, en los
minutos previos a una despedida que encuentra su eficaz colofón –cargado
de una premonición de la ausencia inminente- en el pasillo, helado e
impersonal, que separa las puertas de sus respectivas habitaciones.
Desafortunadamente, el director no vuelve a encontrar esa justa
concisión en el resto del metraje, condicionado por la medular
improbabilidad de todo lo que se cuenta, pese al demasiado visible
esfuerzo por atar los cabos de la verosimilitud: ya puestos, este
crítico hubiese preferido un trabajo que, regido por la fuerza del amour fou, despreciara a esos que Hitchcock llamaba, malintencionadamente, “nuestros amigos los verosímiles”.
En la película que La correspondencia decide, definitivamente,
no ser hubiese podido resultar todo un valor la insensata (y arbitraria)
ocurrencia de convertir a la estudiante de astrofísica en pluriempleada
especialista en secuencias de acción
. La opción que ha tomado Tornatore
acaba sobrecargando de explicaciones un último tramo de la historia al
que el espectador llega realmente fatigado tras tanta carta póstuma.