Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

22 jul 2016

Qué luna la de aquel día......................................... Jesus Hermida 22 JUL 1979 - 00:00 CEST

El periodista que transmitió por TVE la llegada del hombre a la Luna recuerda ahora las vibraciones de aquella noche, cuando el mundo, quizá, se puso a soñar...

El astronauta Buzz Aldrin pisa La Luna, junto al módulo lunar en la misión Apolo 11 / NASA

Estas cosas uno no las puede remediar: cada vez que ahora me acuerdo de la noche de la Luna (¿dónde estabas tú la noche de la Luna?) siem­pre me sale un estribillo, hasta lánguido, de los Beatles: Oh, I believe in yesterday...
 Sí, claro: creer en el pasado es una consolación de los que aún no sabemos si creer en el mañana. Luego, en noches de tedio solitario, también me acuerdo del poema que escribió McLeish —por encargo, supongo, a tanto el verso y la finura a tanto- para la primera página de The New York Times ese día vigésimo del mes séptimo del año sexagesimonono, cuando, por decirlo con titular periodístico muy sobado por aquellas fechas, «los hombres pisan la Luna».
 Cierto: todo era muy sobado por aquellas fechas, pero el poema de McLeish, entonces, quizá tuvo su miga, no lo sé:
 «Y en el cuarto día, por la noche, bajamos como un rayo y pusimos el pie sobre tus playas y sentimos pasar por nuestros dedos tu arena fina.
Y nos levantamos, aquí en el crepúsculo, en el frío, en el silencio. Y aquí, como en el principio de los tiempos, levantamos nuestras cabezas. Y sobre nosotros, más bella que la Luna, una luna.»
Bueno, sí: seguramente no estuvo mal.
Pero 18 yo, la verdad, lo que más recuerdo y lo que siempre sí quiero recordar de la noche de la Luna es que había un hombre y una mujer sobre el césped manicurado de la NASA, como en sueño o en dormición o en lo que fuera, mirando ellos hacia arriba tal cual e imaginando ellos que sí veían a Neil Armstrong y a Buzz Aldrin en la Luna que por allí, entre nubes, se apareció.
 Que sí los veían, que los estaban viendo por las are­nas, las que luego dijo McLeish, tan finas y tan grises y tan recién desvirgadas
. Pero eso fue al final de todo.
 Primero, al principio, en el prin­cipio de aquella noche, fue que se nos hacían el culo y los labios y las almas agua por lo que allí iba a pasar.
 Y eso era, según nos dijeron, que en un cierto momento aparecerían por nuestros monitores las primeras imágenes y se oirían las primeras palabras de un hombre sobre la Luna: fe es creer aquello que verdaderamente quere­mos creer.
Y yo me recuerdo con el corazón en la nuez de mi garganta: qué inocentes éramos, entonces, todavía. Y también revivo, ahora que me pongo a pensarlo después de diez años, una grandísima y nerviosa y hasta sensual algarada
. Después de todo, 3.497 periodistas dan para mucho ruido
. Periodistas registrados y con sus papeles en orden, quiero decir
. Y no cuento a los periodistas emboscados, consorte, amantes, francotiradores, amigos, conocidos y de oca­sión.
Me recuerdo con el corazón en la nuez de mi garganta: qué inocentes éramos, entonces, todavía
Otra cosa: hacía calor aquella noche en Houston, por donde la marisma huele a petróleo y a boñiga de vaca.
 Ya lo había anun­ciado el periódico de la mañana: «Nubosidad considerable, con riesgos de chubascos y de tormentas.
 Temperatura en los treinta grados.» Pero hacía más calor de sangre en los recintos del centro espacial.
 Y un ansia de besos que las gentes se daban o se robaban, de paso, por las esquinas. «Esta noche todos somos hermanos.» Sí, eso sí...
 Y luego, por fin al fin, se hizo un silencio grandísimo, como de eclipse o de retre­ta.
 Y en mi monitor de televisión apareció una cosa blanca que yo no sabía lo que era.
 Y resultó ser Armstrong.
 Y de lo que dijo, pues yo no creo que nadie se enteró así de primera instancia hasta que vinieron las secretarias en un vuelo:
 «Ha dicho no sé qué de un pequeño paso y un gran salto.» Bueno, vale... Y de lo que yo dije sólo recuerdo una solemne, seguramente, estu­pidez:
 «Y miren cómo Armstrong tantea con sus pies el suelo de la Luna, como un niño extiende los brazos hacia su madre...»
Absolutamente gilipollas
. Pero yo lo sentía entonces, y ahora no me da ni vergüenza ni nada.

Y después, a las tres horas de función o así, todo ya terminó (esperemos que el espectáculo les haya gustado, como también cantaban los Beatles) y se hizo un pandemonio y triquitraca generales, con banderas americanas que salían de todas partes y puros con su vitola y abrazos y parabienes a discreción.
 Y yo recogí mis papeles y me salí al patio de la NASA, y allí fue donde se pasó lo del hombre y la mujer, que ahora mismo lo copio tal como lo puso en imprenta, por aquellos días, un cierto escribano:
“A la salida del edificio número 1 de la NA­SA, en Houston, hay una ladera de césped liviano, mínimo tobogán de hierba fresca.
 Y había un hombre y una mujer, allí echados, cara a la Luna, casi luna de Jueves Santo, que por entre unas nubes se estaba.
 Era la madrugada del lunes 21 de julio (hora española), y Arms­trong y Aldrin habían ya terminado, entonces, de caminar por la carátula empolvada.
 Y dijo la mujer: a partir de hoy ya no seremos los mismos, nunca más...»
Y eso, yo lo sé, resultó ser cierto después.
Porque cuando el hombre y la mujer se vieron otra vez, en la cosa de Apolo XII, ya sí que no eran los mismos y ya sí que no se amaron nunca más.
 Pero entonces, aquella noche, en los mote­les de Houston, nadie quiso pensar sino en lo que dice Kris Kristoferson: que el diablo se lleve el mañana.
 Y ahora les copio otra vez:

«Aquella noche hubo de todo: de lo bueno y de lo alto, de lo malo y de lo bajo.
 Todos lleva­mos en nosotros un gran señor de altivos pensa­mientos y, a su lado, el servidor humilde, de las ruines obras.
 Aquella noche hubo de todo y la Luna hacía eses por las carreteras de Texas.
Y los hombres y las mujeres, ebrios de historia y de espacio, se echaron en las piscinas, y los vasos de plástico se echaron en las piscinas, y una sangre gloriosamente alcohólica se echó en las piscinas, y los huesos de pollo se echaron en las piscinas, y un manchurrón de labios y colorete se echó en las piscinas.
 Y por la mañana, ya, la Luna nos amaneció ahogada y beoda en las piscinas.»
 Bueno, tampoco hay que ponerse así.
 Ni tan carnles como los que estábamos en Houston, ni tan exquisitos como McLeish:
«Desde el prin­cipio de los tiempos, antes del principio de los tiempos, antes de que los hombres supieran el sabor del tiempo por primera vez, ya pensába­mos en ti.»

El paso y el salto

La página 339/2 del libro de transcrip­ciones correspondientes al viaje del Apo­lo XI va marcada en su parte superior con los siguientes datos: fecha, 20 de julio de 1969; hora, 21.52 (tiempo de Houston, Texas); momento del vuelo, 109 horas y veinte minutos.
 La página está dedicada a sólo doce líneas en inglés.
 Se trata de un casi monólogo que, traducido, podría quedar así:
Armstrong. Voy a salir del módulo lu­nar, ahora...
Armstrong. Este es un pequeño paso para un hombre. Un salto gigantesco para la humanidad.
Armstrong. ... La superficie es fina y polvorienta
. Puedo... Puedo esparcirla con la punta de mi pie. Se adhiere en ca­pas muy finas, como polvo de carbón, a las suelas y a los filos de mis botas
. Sola­mente he salido una pequeña fracción de una pulgada, pero ya puedo ver la huella de mis botas y las pisadas en las finas partículas de arena.
Control. Neil... Aquí, Houston. Te oímos...
Esas líneas son el testimonio más pri­migenio y verdadero de lo que ocurrió y se dijo en el momento exacto en que un hombre pisaba, por primera vez, la Luna.
 Según el propio Armstrong, la frase, ya histórica, sobre el paso y el salto no había sido preparada de antemano.

Yo, la verdad, no pienso mucho en la Luna.
 Y si pienso, cuando pienso, tampoco me dan es­calofríos
. Eso sí: aquella noche fue una históri­ca, espléndida, magnífica grosería.

 

21 jul 2016

Sueño de amor interminable................................................ Jordi Costa

La opción que ha tomado Tornatore acaba sobrecargando de explicaciones un último tramo de la historia al que el espectador llega realmente fatigado.

Olga Kurylenko y Jeremy Irons, en 'La correspondencia'.
Cuando Henry Hathaway rodó, bajo la inspiración de la obra de George du Maurier, Sueño de amor eterno (1935), una de las películas más inolvidables sobre una pasión capaz de trascender las barreras físicas e incluso de burlar a la muerte, nadie podía concebir una cotidianidad donde la tecnología podría convertir en irrelevante la coexistencia de dos amantes en un mismo plano de realidad.
 En La correspondencia, Giuseppe Tornatore reclama para el melodrama una idea que, en los últimos años, ha sido estímulo para verosímiles cuentos oscuros en clave distópica, como el que sostenía un memorable episodio de la segunda temporada de la serie Black Mirror: Be Right Back, o la pesadilla generada por una modalidad de trascendencia digital basada en los rastros de carácter que uno va dejando en redes sociales.

LA CORRESPONDENCIA
Dirección: Giuseppe Tornatore.
Intérpretes: Olga Kurylenko, Jeremy Irons, Simon Johns, James Warren.
Género: drama. Italia, 2016
Duración: 116 minutos.
La correspondencia centra su mirada –más delirante que excéntrica- en la prolongación post mortem de la intensa historia de amor adúltero que mantuvieron un profesor de astrofísica (Jeremy Irons) y su aventajada alumna (Olga Kurylenko).
 La película solo puede mostrar juntos a los dos amantes en su sintético prólogo: dos cuerpos abrazándose en una habitación de hotel, en los minutos previos a una despedida que encuentra su eficaz colofón –cargado de una premonición de la ausencia inminente- en el pasillo, helado e impersonal, que separa las puertas de sus respectivas habitaciones.
 Desafortunadamente, el director no vuelve a encontrar esa justa concisión en el resto del metraje, condicionado por la medular improbabilidad de todo lo que se cuenta, pese al demasiado visible esfuerzo por atar los cabos de la verosimilitud: ya puestos, este crítico hubiese preferido un trabajo que, regido por la fuerza del amour fou, despreciara a esos que Hitchcock llamaba, malintencionadamente, “nuestros amigos los verosímiles”.
En la película que La correspondencia decide, definitivamente, no ser hubiese podido resultar todo un valor la insensata (y arbitraria) ocurrencia de convertir a la estudiante de astrofísica en pluriempleada especialista en secuencias de acción
. La opción que ha tomado Tornatore acaba sobrecargando de explicaciones un último tramo de la historia al que el espectador llega realmente fatigado tras tanta carta póstuma.

 

Este no es mi rey de la jungla.............................................................. Carlos Boyero

LA PELÍCULA DE LA SEMANA | LA LEYENDA DE TARZÁN

Existen muchos escenarios exóticos, efectos especiales de lujo y acción continua. En vano.

Un fotograma de 'La leyenda de Tarzán'.
Recuerdo a mi primer y más memorable Tarzán filmado en un rudimentario blanco y negro, en la infancia, viendo reposiciones o en la televisión, ya que Johnny Weissmuller deja los campeonatos de natación para calzarse un taparrabos, saltar de liana en liana con la mona Chita, lanzar su legendario aullido, pelearse en la selva con cocodrilos, leones, tigres, blancos y negros malísimos, hacerle monerías a sweet Jane (existen serias dudas de que Maureen O’Sullivan portara ropa interior, imagino que a causa del bochornoso calor de la jungla, aunque rodaran en los estudios) en el año 1932, pocos años después de la llegada del sonoro. Y creo haber visto esas películas entre finales de los cincuenta y los sesenta.
 O sea, que no viví el bautismo de mi Tarzán favorito, de ese grato descubrimiento de la niñez.
 No he vuelto a ver esas películas. Es probable que ahora me resultaran excesivamente naives, o convencionales, o torpes.
 Bueno, que me quiten lo bailado.
LA LEYENDA DE TARZÁN
Dirección: David Yates.
Intérpretes: Alexander Skarsgård, Margot Robbie, Christoph Waltz.
Género: aventuras. EE UU, 2016.
Duración: 110 minutos.
Por supuesto, han existido muchos tarzanes, pero la mayoría cutres. Las productoras siempre han confiado en la pasta que generarían las resurrecciones de la exótica criatura que parió la imaginación de Edgar Rice Burroughs. 
Y no les ha debido de ir mal. Pero ninguno de ellos ha durado demasiado tiempo.
 Por ejemplo: cada vez que repasan la apasionante trayectoria vital de la baronesa Thyssen citan que estuvo casada con Lex Barker, intérprete del mítico Tarzán.
 Pero no conozco a nadie que haya visto esas películas, incluido el firmante.
Hay excepciones.
 Me pareció bonita y espectacular Greystoke, la leyenda de Tarzán. La dirigía Hugh Hudson, señor con oscar y enorme tirón comercial gracias a la ejemplarizante y pretendidamente épica Carros de fuego
También creo haber visto por primera vez en la pantalla a esa señora tan elegante y distinguida llamada Andie MacDowell. Terminaba con el niño salvaje regresando a la mansión inglesa de sus aristocráticos padres, rescatado para la civilización aunque añorando África, heredando el título de Lord Greystoke y comiendo perdices al lado de su amada Jane.

 Tanto Tarzán para nada.


Y en ese escenario, complacido con su burguesa existencia, volvemos a encontrarlo en La leyenda de Tarzán. 
 Podían haberse esmerado con el título, ya que es el mismo de la anterior aparición. 
Se supone que van a ocurrir muchas cosas en el retorno de Tarzán a África, acompañado de la hasta entonces infértil Jane, para ayudar a la amenazada tribu de nativos que le cuidaron y amaron.
 También para reencontrarse con un fraternal gorila, que acabó mosqueado y celoso con él
. Y para enfrentarse al sibilino y cruel emisario del rey Leopoldo de Bélgica, que quiere adueñarse de las minas de diamantes que posee en el Congo una tribu ancestral.
 Todo ello narrado en paralelo con la antigua historia en la jungla del Tarzán niño y adolescente.
Y efectivamente, existen muchos escenarios exóticos, efectos especiales de lujo y acción continua
. Pero en vano. Todo es previsible, rutinario, hueco, tópico. Alexander Skarsgård, el nuevo Tarzán, tampoco aporta nada especial.
 El chico es tan guapo como hierático. 
Se supone que los secundarios Christoph Waltz y Samuel L. Jackson, esos actores siempre brillantes con Tarantino, van a otorgar un toque de clase. pero me cargan ambos.
 No funciona ni la sofisticación del primero ni el histrionismo del segundo. 
¿Por qué ya no existen grandes películas de aventuras? Necesito reconciliarme con el género, volver a ser feliz con El hombre que pudo reinar, El viento y el león o El halcón y la flecha.

 

Roberto Torretta y María Ke Fisherman, premios Nacionales de Moda

La Reina ha entregado los galardones y ha hablado de la importancia de este sector por su contribución a la cultura y a la creación de puestos de trabajo.

La Reina, con los premiados. Getty Images
 

 

Los diseñadores Roberto Torretta y María Ke Fisherman han sido galardonados hoy con los III Premios Nacionales de la Moda, así como las firmas Neck & Neck, Woody's Barcelona y Royo Textile Group, en una ceremonia presidida por la reina Letizia.
  Durante el acto, celebrado en el Museo del Traje, también han recibido premios el Isen Fashion Business School de la Universidad de Navarra, el programa Flash Moda de TVE y El Corte Inglés.
Tras entregar las distinciones, doña Letizia ha ensalzado el poder de la industria española de la moda porque, pese a las dificultades, "siempre ha mantenido la línea ascendente de la calidad y el aliento incansable de la mejora continua y el deseo de crecer y llevar más lejos nuestro modo diverso y rico de ver la vida, de ser moda, moda española".

En su discurso de clausura ha teorizado sobre la trascendencia de la moda, con citas del filósofo alemán Georg Simmel y de la escritora británica Virgina Woolf, mientras hacía hincapié en que se trata de una de las industrias españolas "más importantes".

Doña Letizia durante su discurso. Getty Images
Ha explicado la Reina que los premios nacionales, que se otorgan por tercer año consecutivo, reconocen "una extensa cadena de valor conformada por profesionales de toda índole, desde artesanos hasta tecnólogos digitales, porque la moda es una industria en transformación".
Y ha invocado la filosofía para tratar de explicar qué es la moda, más allá de una "economía creativa".
"La moda es mucho más que moda.
Si acudimos a la filosofía, leemos en Georg Simmel que la moda es arbitraria, que practica la estética de lo contingente aunque aspire a los permanente", ha apuntado doña Letizia, para quien este argumento puede explicar la "seducción y proyección que tiene en todos los órdenes de la vida".
Entonces ha recurrido a la escritora Virginia Woolf porque ella opinaba que "más allá de mantenernos cálidos, la ropa cambia nuestra visión del mundo y la visión que el mundo tiene de nosotros".
Citas literarias aparte, la Reina ha aseverado también que "la moda lo es todo" y ha hecho relación de algunas posibles definiciones:
 "Es lenguaje instantáneo, es cambio, es radical transitoriedad, es el dibujo de uno mismo, es el atractivo del límite, a menudo es la expresión de un estado de ánimo o de un estatus o de un rol determinado".
 Eso sí, no ha olvidado remarcar que también se trata de "industria y creación de puestos de trabajo", así como de "tradición y gusto" e "innovación".
En este sentido, la secretaria general de Industria, Begoña Cristeto, que le ha precedido en el uso de la palabra, ha manifestado que la industria de la moda "es uno de los exponentes más visibles en el mundo de nuestra creatividad y capacidad de innovación de nuestra economía".

Y ha recordado que el sector mueve en España 11.000 millones de euros, da empleo a más de 270.000 personas (el 70 por ciento del comercio y el resto de la industria productiva) y supone un 2,7 del Producto Interior Bruto (PIB) nacional.
Los galardones entregados y dados hoy a conocer se distribuyen en varias categorías y así doña Letizia ha entregado al veterano modisto Roberto Torretta el correspondiente a la trayectoria de un diseñador de moda y a la joven María Ke Fisherman el de "nuevo valor".
A Royo Textile Group le ha correspondido el Premio Nacional a la Industria Textil de Cabecera, de Curtidos y de otras materias primas.
También pretenden los premios reconocer el papel de la formación de profesionales, y por ello el Premio Nacional a la Academia y Cultura en el sector de la Moda se ha concedido al Isen Fashion Business School de la Universidad de Navarra.
En el ámbito de la comunicación se ha distinguido al programa de TVE Flash Moda y el jurado ha concedido el Premio Nacional Honorífico a la empresa El Corte Inglés.