Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

7 feb 2016

‘¿Peccata minuta?’............................................................................... Javier Marías

Los años de afrenta y dolor no desaparecen porque así lo decreten o les convenga a los que los causaron.

Justo antes de Navidad, una editorial extranjera que próximamente me publicará una novela me envió 1.055 portadillas del libro para que las firmara, con vistas a satisfacer a los clientes de su país que gustan de ejemplares autografiados por los autores

. Y ante la inminencia de las vacaciones, además me metieron prisa.

 Lo interrumpí todo y dediqué un montón de horas a la tarea (una, dos, tres, y así hasta 1.055, aquello no se acababa nunca). Las tuve listas a tiempo y fueron enviadas, pero la persona que me había hecho la petición ni se dignó poner una línea diciendo “Recibidas, gracias”, con eso habría bastado.

 Ante la grosería, me dieron ganas de cancelar el viaje promocional previsto para dentro de poco.

 Pero claro, me abstuve de tomar tal medida, porque se habría considerado “desproporcionada”, o tal vez “divismo” o algo por el estilo. 

Hoy mismo veo que una actriz americana se permitió sugerirle a un periodista, en medio de la rueda de prensa que ella estaba ofreciendo, que dejara de teclear en su móvil y tuviera la delicadeza de atender a sus respuestas. 

El comentario de esa actriz ha sido calificado en seguida de “salida de tono” y de otras cosas peores. Bien, todo leve.

Hay políticos catalanes que claman contra la "opresión borbónica" pero se enfadan si un Borbón rehúsa estrecharles la mano
En otro sitio, y hace más de veinte años, escribí una columna defendiendo al futbolista Cantona, que había sido suspendido por su club, por la federación inglesa y no sé si por el Papa de Roma (amén de anatematizado por la prensa internacional en pleno), tras propinarle un puntapié a un hincha del equipo que se había pasado el partido soltándole barbaridades sin cuento
. Sin duda la reacción de Cantona fue excesiva, pero moralmente –que era como más se le condenaba– yo argüía que la razón estaba de su parte.
 En contra de lo que se piensa, un jugador no tiene por qué soportar estoica o cristianamente los brutales insultos de la masa, o lo hace tan sólo porque los insultadores son eso, masa: es difícil individualizarlos e imposible enfrentarse a todos ellos.
 Ahora bien, si uno descuella, si uno se singulariza, ¿qué ley le impide a cualquiera plantarle cara y defenderse?
Esta pretensión de impunidad se ha implantado en todos los órdenes de la vida.
 Parece normal y aceptable –la “libertad de expresión”, señor mío– que la gente injurie, provoque, zahiera y suelte atrocidades sin que pase nada.
Y en cambio, si el injuriado, provocado o zaherido responde, o retira el saludo, o se niega a recibir a quien lo ha puesto o pone verde, caen sobre él todos los reproches.
“Tampoco es para reaccionar así, hay que ver”, se dice. “Qué borde y qué resentido”, se añade. “Qué intolerancia la suya”, se continúa; “al fin y al cabo los otros ejercían su derecho a opinar y ahora le estaban tendiendo la mano”.
Se ha extendido la extrañísima idea no ya de que se puede decir –e incluso hacer– lo que se quiera, sino de que eso no debe tener consecuencias.
Y si el ofendido obra en consecuencia, entonces es un intransigente y un exagerado.
Si hay políticos catalanes que llevan años clamando contra la “opresión borbónica” o la “ladrona España”, y asegurando que nada tienen ni quieren tener que ver con este país (al que nunca llamarán por su nombre), esos mismos políticos se sorprenden y enfadan si un Borbón, o un español corriente, rehúsan estrecharles la mano. Fernando Savater y otros perseguidos de ETA lo han experimentado largos años. Savater ha vivido lustros amenazado y ultrajado, sin poder dar un paso sin escolta, insultado y vejado por los aliados políticos y simpatizantes de los terroristas.
Y si ahora no le sale “perdonar” a sus aspirantes a verdugos y jaleadores, hay que ver, es él el rencoroso, el vengativo, el crispador y el desalmado.
 Se puede ser violento, se puede agraviar y ser grosero, se puede impedir hablar a alguien en una Universidad, se puede poner a caldo a cualquiera. Bueno
. Lo que ya es inexplicable es que además se pretenda que todo eso se olvide cuando el ofensor cesa, o cuando a éste le interesa, y que carezca de toda repercusión y consecuencia. En una palabra, se exige impunidad para los propios dichos y hechos. Peccata minuta.
Esta pretensión de impunidad se ha implantado en todos los órdenes de la vida
Yo he hablado aquí acerbamente de figuras como Aznar, Rajoy o Esperanza Aguirre. Bien, estoy en mi derecho
. Pero lo que nunca se me ocurriría sería pedirles audiencia; si, llegado el caso (improbable), ellos me negaran el saludo o me respondieran con un bufido o desaire, me parecería lógico: desde su punto de vista, me los tendría bien ganados.
Y si un día me arrepintiera de cuanto he vertido sobre ellos (aún más improbable), y quisiera “hacer las paces”, no me sorprendería que me contestaran de malos modos o con una impertinencia.
 Lo manifestado y lo sucedido no dejan de existir porque cesen a partir de un momento determinado; lo que ya no se prolonga no queda borrado por su mera interrupción
. El sufrimiento padecido no se olvida porque “ahora esté en el pasado”.
 Los años de pena, de dolor, de miedo, de afrenta y hostilidad no desaparecen porque así lo decreten o les convenga a los que los causaron.
 Sin embargo, nuestras absurdas sociedades pretenden no sólo eso, sino que además el aguante sea ilimitado y el “perdón” simultáneo al agravio.
 A Cantona o a cualquiera se les puede provocar y maldecir sin medida; se puede ser grosero o agresivo, o humillar hasta el infinito
. Pero ay del que se lo tenga en cuenta a los agresores y a los humilladores. Será un intransigente, y su conducta la más censurable de todas .


 

Contra la intolerancia.................................................................................... Rosa Montero

Si la izquierda europea no asume la lucha contra el integrismo islámico, terminarán ganando los fascismos.

En 1999, la artillería rusa demolió salvajemente la ciudad de Grozni y 50.000 civiles chechenos fueron abandonados a su suerte sin que nadie hiciera nada por ellos, ni la ONU ni ningún organismo internacional y ni siquiera los intelectuales, tan activos en otros conflictos: pero en este caso, claro, los malos eran los rusos, y la intelectualidad seguía y quizá sigue sufriendo cierta inercia procomunista
. Momentáneamente conmovida por la soledad de esas víctimas (luego, claro, la tragedia chechena pasó a segundo plano en mi cabeza, como nos ocurre a todos: la memoria es débil, la conciencia fluctuante), escribí un par de artículos sobre el tema, moví un manifiesto, acudí a manifestaciones ante la embajada rusa.
 En la primera se me acercó un chico rubio con barba para darme las gracias “por denunciar la masacre de nuestra gente, la muerte de nuestros niños”.
Tenía los ojos llenos de lágrimas y me conmovió. Intenté darle un par de besos en las mejillas y el hombre pegó un respingo y saltó hacia atrás: su religión le prohibía tocar a una mujer
. Yo me reí de su santurronería, le dije alguna broma y dejé la cosa ahí.


En 1999, la artillería rusa demolió salvajemente la ciudad de Grozni y 50.000 civiles chechenos fueron abandonados a su suerte sin que nadie hiciera nada por ellos, ni la ONU ni ningún organismo internacional y ni siquiera los intelectuales, tan activos en otros conflictos: pero en este caso, claro, los malos eran los rusos, y la intelectualidad seguía y quizá sigue sufriendo cierta inercia procomunista.
 Momentáneamente conmovida por la soledad de esas víctimas (luego, claro, la tragedia chechena pasó a segundo plano en mi cabeza, como nos ocurre a todos: la memoria es débil, la conciencia fluctuante), escribí un par de artículos sobre el tema, moví un manifiesto, acudí a manifestaciones ante la embajada rusa. En la primera se me acercó un chico rubio con barba para darme las gracias “por denunciar la masacre de nuestra gente, la muerte de nuestros niños”. Tenía los ojos llenos de lágrimas y me conmovió. Intenté darle un par de besos en las mejillas y el hombre pegó un respingo y saltó hacia atrás: su religión le prohibía tocar a una mujer. Yo me reí de su santurronería, le dije alguna broma y dejé la cosa ahí.
Volví a encontrármelo un par de veces. Siempre se retorcía para no rozarme y a mí me parecían ridículos sus tontos aspavientos.
 Me enteré de que era español, hijo, si no recuerdo mal, de un militar, y que se había convertido al islamismo unos años antes.
 Luego lo más álgido de la crisis chechena pasó y ya no coincidimos.
 La siguiente vez que vi su cara fue en una foto en los periódicos en 2004: era uno de los islamistas detenidos en la segunda o tercera ola de redadas tras la masacre del 11-M.
No estuvo incluido en el macrojuicio y no sé bien qué fue de él, pero desde luego era un fundamentalista y al parecer había estado en los campos yihadistas de Afganistán.
 Me quedé helada, y no sólo por él, sino por mí, por mi comportamiento tan permisivo ante su negativa a tocarme.
 Por tomarme a broma esa estruendosa señal de intolerancia.
 Si, en vez de hacer sus pamemas misóginas, hubiera levantado el brazo en el saludo nazi, yo lo habría condenado inmediatamente y lo hubiera considerado un enemigo de la democracia.
 Su radicalidad machista, en cambio, se la perdoné con una risa, sin darme cuenta de que era una señal igual o más peligrosa que la cruz gamada.
¡Qué vergüenza esa alcaldesa de Colonia que dice a las mujeres que no provoquen!
Todo esto viene a cuentos de los turbios, inquietantes, aterradores actos de violencia sexista cometidos en fin de año en la estación de Colonia y en varias ciudades europeas más.
 Desde el principio ha sido una noticia muy confusa.
 . De entrada, tardó un par de días en aparecer en la prensa.
 Después, no hay fotos de los asaltos, o al menos no se ha visto ninguna. Cosa rara en estos tiempos de teléfonos móviles e imágenes ubicuas.
Toda esa oscuridad suscita dudas; de hecho, al principio pensé que podría ser una campaña de intoxicación para justificar la represión.
 Que quizá las agresiones estuvieran magnificadas.
 Pero no, con el tiempo más bien se diría que lo que ha sucedido es lo contrario: que las agresiones se han querido tapar o minimizar (¿y las fotos se han ocultado?) para no agitar la bicha racista.
Sólo en Alemania hay más de mil denuncias; y las agresiones sucedieron sincronizadamente en varias ciudades alemanas y en Austria, Suiza, Suecia y Finlandia. Sin duda hubo detrás una consigna, un acuerdo, un plan
. Puede que ese plan esté pagado o infiltrado por la extrema derecha y que usen el sexismo criminal de los integristas para potenciar la xenofobia.
Pero de lo que no cabe duda es de que el integrismo islámico está ahí y es un peligro no sólo para las mujeres, sino para toda la sociedad, al igual que los remilgos de aquel rubio converso hubieran debido ser un aviso para mí de su potencial dañino.
La socióloga argelina Marieme Hélie-Lucas ha escrito un formidable artículo sobre el tema en la revista Sinpermiso.
Explica que este comportamiento tiene antecedentes: durante la primavera árabe, tanto en Túnez como en la plaza de Tahrir de El Cairo, las mujeres manifestantes fueron atacadas por integristas, desnudadas, manoseadas, golpeadas y alguna incluso violada ante la pasividad de la policía
. Sostiene Hélie-Lucas que esto es un desafío, una escalada de los fundamentalistas en Europa; que la izquierda no responde, sacrificando una vez más los derechos de la mujer ante supuestos valores superiores, como la protección de las minorías oprimidas.
Pero al hacer dejación de la defensa de los valores democráticos esenciales, dice con toda razón Hélie-Lucas, lo que hace la izquierda es potenciar a la extrema derecha xenófoba.
 En efecto: ¡qué vergüenza esa alcaldesa de Colonia que dice a las mujeres que no provoquen! Si la izquierda no asume con todas sus consecuencias la lucha contra el integrismo islámico, en Europa terminarán ganando los fascismos.

 

El príncipe Jorge aumenta la fama del método Montessori

La demanda de interesados en estas escuelas ha subido un 65%

 

El príncipe Jorge durante su primer día de clase. La foto fue tomada por su madre, Kate Middleton.
No es una exageración decir que Jorge de Cambridge marca tendencia desde el momento en que nació.
De la toquilla que le envolvía a las pocas horas de vida hasta el peto de la marca española Neck and Neck, cualquiera de las prendas que lleva se vende hasta agotarse.
Existen webs que documentan la ropa que lleva y la edición británica de la revista GQ le incluyó en su lista de mejor vestidos.
Solo tiene dos años y medio pero parece que sigue la tradición dandyde los Windsor, manifiesta en su abuelo Carlos pero ausente en la generación de su padre Guillermo, más anodino en el vestir.
Su influencia no se limita a la moda. Jorge ha empezado a ir a la guardería Westsacre Montessori próxima a Anmer Hall, la mansión de sus padres en el condado de Norfolk
. La difusión de esta noticia provocó que las solicitudes para escuelas primarias de este tipo se dispararan en todo el país.

Según el Instituto Maria Montessori de Londres, desde que se anunció que el príncipe asistiría a un colegio Montesorri, se ha registrado un aumento de la demanda del 65%.
El interés ha llegado hasta España.
 Ana Juliá, de la Asociación Montessori española, confirma que tanto la noticia como las recientes publicaciones científicas que recalcan la importancia de la educación temprana han reforzado el interés por el método, con las consiguientes listas de espera:
“Hay pocos colegios Montessori en España, y son centros que tienen buena acogida. A menudo, las familias no encuentran centros en sus zonas”, asegura Juliá.
Con esta decisión sobre la educación de su hijo, Guillermo confirma que la figura de su madre, Lady Di, sigue presente en su vida cotidiana.
 Tanto él como su hermano Enrique fueron educados según este método pedagógico a instancias de Diana de Gales, que antes de casarse trabajó en una de las guarderías Montessori de la capital británica.

Kate Middleton y el príncipe Jorge en un partido de polo en 2015. cordon press

Los orígenes

El método fue desarrollado a principios del siglo XX por Maria Montessori, una de las primeras mujeres médico de Italia.
Fundó su sistema basándose en la idea de que los más pequeños aprenden de manera natural si se les permite seguir sus instintos.
El fin es ayudarles a pensar, actuar y decidir por sí mismos
. Los profesores formados según esta pedagogía promueven el juego como método de aprendizaje. Uno de los detalles que más sorprende al entrar en una institución Montessori es el silencio que reina en las clases, algo que no casa con un espacio repleto de niños.
 Los profesores mantienen que se respira más tranquilidad si se les permite elegir con libertad la actividad que más les interesa.
En su escuela, el príncipe Jorge aprenderá a ser independiente, respetar a los demás y concentrarse en cualquier situación, lo que le servirá en los largos viajes que le esperan.
Algunos de los alumnos Montessori más famosos son el novelista Gabriel García Márquez, Jackie Kennedy, el dueño de Amazon, Jeff Bezos, y los fundadores de Google Sergey Brin y Larry Page.
Al método no le faltan las críticas
. Es común que se reproche el carácter elitista.
 Las plazas son reducidas, lo que provoca la competencia entre los padres.
 En Gran Bretaña, las escuelas Montessori cierran durante largos períodos de vacaciones, lo que obliga a los padres trabajadores a tomarse días libres o a desembolsar dinero extra en niñeras.
Todo contribuye a que estas instituciones no suelan reflejar la diversidad de la sociedad.
 Otros observan que en las clases apenas hay juguetes y no se promueve el juego imaginativo.
. Una dosis de realidad sin duda necesaria en la educación de un principito.

Polvos para maquillar la crisis........................................................ Luz Sánchez-Mellado.


Clara y Marta tienen 20 y 23 años, pero están como dos niñas en una pastelería.
 Se lo zamparían todo, si no fuera porque, aunque parecen caramelos, los productos de belleza de la nueva megatienda de Primark en Madrid no son comestibles.
 Son, eso sí, casi tan baratos como las chuches.
 Coloretes por un euro, carmines por dos, paletas de ojos por cuatro.
 Un delirio de colores para vestir el rostro a tono con el estado de ánimo.
 Al final, Clara y Marta salen con el ansia saciada y el neceser lleno por menos de 20 euros.
 El auge de la cosmética asequible ha impulsado un crecimiento del 6% en los 823 millones de euros que movió el maquillaje en España en 2014 a pesar de la crisis.
 La apuesta de ciertas marcas por el volumen de ventas en vez de por márgenes desorbitados, y la demanda de las nuevas generaciones obsesionadas por la imagen están detrás de esta penúltima versión del dicho de al mal tiempo, buena cara.
Ya en el crack de 1929, los economistas hablaban del lisptick index: la subida de las ventas de pintalabios en tiempos de depresión.
 Tiene lógica.
 El carmín no es un artículo de primera necesidad, pero es barato, anima el rostro más apagado y transmite un grito de rebeldía personal frente a las privaciones.
 Hoy, sin embargo, eso no basta. Base, sombras, máscaras, lápices, polvos, hidratante, contorno, sérum.
 Hasta una niña de 6 años sabría nombrar una docena de productos de maquillaje con su correspondiente utillaje y los mejunjes sobre los que aplicarlos
. Conocerlos es quererlos. Y si no se pueden comprar los caros, bienvenidos son los baratos.
Hace tiempo que los grandes supermercados incorporaron las cremas de cuerpo y cutis a su oferta. Mercadona vende millón y medio de tarros al mes de la de aceite de oliva, a dos euros el pack de dos. Lidl coloca cinco millones al año de su antiarrugas Q10, a 2,99, desde que la OCU la equiparara en 2014 con ungüentos de alta gama.
 Pero faltaba color, y ahora son las cadenas de moda de gran consumo, como Primark y H&M, las que se han subido al carro y han multiplicado la oferta y el espacio que dedican al maquillaje.


Las jóvenes 'adictas a la belleza' piden más productos, más variados y más baratos
La firma italiana Kiko Milano abrió su primera tienda en España en 2008, tiene ya 129, y prevé aumentar su negocio de 86 a 102 millones de euros este año. L’Óreal ha comprado Nyx, una firma de maquillaje asequible, y acaba de abrir en Madrid su primer punto de venta fuera de EE UU.
El pastel es muy goloso para quedarse al margen.
El  86% de las españolas mayores de 15 años compran maquillaje, según un estudio de L'Óreal. El 20% de ellas son beauty junckers, o sea, adictas a la belleza, en la jerga comercial.
 Compran entre 10 y 25 productos al año.
Porque todas ellas lo valen, como proclama el eslogan de la casa.
 Pero no todas pueden comprar a cualquier precio.
 Por eso piden más productos, más variados, más baratos.
 Son esas chicas que siguen apasionadamente las tendencias en Youtube, Instagram y las revistas y, si les gusta algo, lo quieren y lo quieren ya.
 Ahí es donde algunos han visto la oportunidad y han extrapolado el modelo de la moda rápida a la cosmética.


Si la celebridad Kim Kardashian, por ejemplo, publica una foto en sus redes sociales contorneándose el rostro a base de polvos claros y oscuros —el contouring, una de las técnicas en boga, junto al baking o el strobbing—, estas firmas están al quite y lanzan el correspondiente producto primorosamente presentado en cuanto lo permite la producción.
 Lo ilustra Paco Jaén, formador de los maquilladores de Kiko en España, en el tocador de su tienda insignia en la Gran Vía de Madrid donde, además de vender maquillaje, se enseña a las clientas a usarlo.
 “Tenemos una colección básica, una rotación continua de novedades y promociones constantes, de forma que todos puedan encontrar siempre algo atractivo y que puedan comprar”, dice, rodeado de una pequeña multitud de mujeres revolviendo sombras de ojos al 50%.
La doctora Elia Roo, miembro de la Sociedad Española de Dermatología, constata que la cosmética barata ha contribuido a “generalizar la hidratación y la fotoprotección, y eso es bueno”.
 “Puede que algunos productos no logren el efecto que prometen, pero no perjudican. 
Peor es arriesgarse a comprar cosméticos presuntamente de lujo sospechosamente baratos fuera de circuito
. Ahí sí hay peligro”, advierte. Clara y Marta saben lo que compran. 
“Por lo que cuesta una barra de labios de marca, aquí te llevas todo lo necesario para maquillarte y además unas pestañas postizas
. Igual se te caen enseguida
. Pero son tan baratas y tan monas..
 

El español que le saca los colores a las europeas

Del rosa chicle al rosa fucsia hay equis infinitesimales matices de color casi indistinguibles para el ojo humano.
 La marca essence, así, con minúsculas, tiene al menos 60 en su gama de lacas de uñas, a razón de 2,20 euros el pote
. Y las europeas se los quitan de las manos.
 El español Javier González y su esposa, la alemana Christina Oster-Daum son los cofundadores de Cosnova, la empresa matriz de essence, firma líder en venta de maquillaje por unidades en Europa con más de 200 millones de productos despachados al año.
La suya es la historia de un profeta en tierra extraña.
 A principio de los 2000, González y Oster-Daum trabajaban en Frankfurt como altos ejecutivos para la multinacional cosmética Coty.
 Detectaron un hueco en el mercado europeo, presentaron un proyecto de lanzamiento de una línea de maquillaje barato y, al ser rechazado, decidieron independizarse y lanzarlo por su cuenta.
 Hoy, Cosnova, creada en 2002, tiene 20.000 referencias, 400 trabajadores en oficina y en fábrica y crece más de un 10% anual.
 Los cosméticos de essence —y los de Catrice, su marca más adulta y sofisticada— se presentan como golosinas en los anaqueles de las perfumerías y en el mostrador de las farmacias. González y Oster-Daum apuestan por los precios bajos y la venta masiva de unidades, en lugar del tradicional y enorme — hasta un 1.000%— margen de beneficio del sector
. Para ello, han de vender mucho y rotar mucho el producto.
Crear la necesidad de comprar. Cuentan con una demanda creciente
. Las ventas totales de maquillaje 'low-cost' en España crecieron un 258% entre 2010 y 2014, pasando de un peso del 9% al 34% en el sector. González, vallisoletano, resume su éxito con un refrán español: “somos buenos, bonitos y baratos”.