Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

24 ene 2016

La imparable mengua de mi reputación............................................ Javier Marías

Alguna gente del barrio, que antes me saludaba con amistosidad, murmura un “Buenos días, caballero”.

 

Quienes siguen estas columnas ya saben que suele haber una anual sobre la imparable escalada armamentística a que me somete con sus regalos de Reyes mi colega Pérez-Reverte. 
Ya conté que en los anteriores había ascendido un peldaño, y, tras varios de cuchillos, revólveres y pistolas, se había inclinado por un arma larga, un fusil desmontable o pistola ametralladora Sten, según los pedantes términos de mi amiga y colaboradora Mercedes, que por un azar se convirtió en experta y no perdona un vocablo inexacto.
 Tanto ella como Aurora como Carme, las personas que más me ven en mi casa, se mofaron de lo lindo y me anunciaron un bazuca o un cañón para los siguientes Reyes
. Este año Pérez-Reverte, muy generoso, me amenazó con un incremento de potencia y tamaño, en efecto. (Como siempre, y para que los puritanos no pongan el grito en el cielo, conviene advertir que son réplicas perfectas, y que no disparan.)
 Le rogué que se abstuviera: los subfusiles y rifles ocupan un sitio del que carezco en mi casa, y además apelé a su ejemplo: hace unos meses AP-R me invitó por fin a su domicilio, junto con nuestro amigo Tano y el excelente periodista y poeta Antonio Lucas. 
Y, en contra de lo que yo suponía, descubrí que no le cuelgan de los techos aviones Messerschmidt ni vi la piscina invadida por submarinos.
 Es más, ni siquiera vi armas de fuego, tan sólo blancas.
 Eso sí, imponentes. Aparte de una vitrina con dagas y puñales varios, el Capitán Alatriste posee una fantástica colección de unos sesenta sables de caballería auténticos, en perfectos estado y orden. Como los tres convidados apreciamos los objetos que no callan enteramente su pasado, AP-R tuvo a bien mostrarnos unos cuantos. No sé por qué, insistía en que fuera yo quien desenvainara las piezas (quizá porque soy zurdo), y cada vez que sacaba una espada veía cómo Tano y Lucas retrocedían un par de pasos, temerosos de que mi brazo calculara mal las distancias y Una colección fantástica, ya digo.
Ni siquiera vi armas de fuego, tan sólo blancas.
 Eso sí, imponentes
Así que se avino a limitarse a las pistolas. 
Quedamos temprano en un restaurante que él frecuenta, para que no hubiera comensales que pudieran atragantarse cuando me entregara su joya, una pistola automática Colt M1911. 
Yo le correspondí, como siempre, con algo más civil, el libro The British Spy Manual, un facsímil de la guía que destinó el Ministerio de la Guerra a los comandos secretos de la Segunda Guerra Mundial, con fotos e ilustraciones de los ingeniosos utensilios de que se valían aquéllos en sus arriesgadas misiones, incluidas las herramientas mortales.
 Pero a la pistola de Reyes: fue un modelo inventado por el famoso diseñador mormón John Moses Browning, con un fin en verdad mortífero: tras la toma de las Filipinas a España en 1898, no pasaron demasiados años antes de que los líderes religiosos musulmanes del archipiélago declararan la guerra santa (la yihad, vamos) a sus “libertadores”, con la consiguiente y consabida promesa del paraíso inmediato para cuantos cayesen en combate.
 Y así surgieron los llamados “Moros de Filipinas” o “Juramentados”, guerreros tan feroces y suicidas que, armados sólo con machetes, se abalanzaban a la carrera contra los soldados estadounidenses.
 No sólo los animaba su fe, me explicó Arturo, sino sustancias alucinógenas que los hacían creerse invulnerables.
 Y en parte lo eran momentáneamente, en efecto.
 
El revólver reglamentario que utilizaban las tropas americanas era del calibre .38 long colt, cuyo “poder de parada” era escaso
. Por “poder de parada” se entiende capacidad para frenar en el acto y dejar seco al atacante
. Aquellos “Juramentados” lograban llegar con sus machetazos hasta los soldados aunque éstos les hubieran descargado las seis balas de su revólver, tal era su ímpetu. 
El ejército observó que algunos afortunados que aún poseían el viejo Colt M1873 (el clásico del Oeste, también regalo de AP-R hace unos años), de calibre .45, conseguían parar al fanático al primer tiro. 
Así que el nuevo Colt M1911 adoptó dicho calibre.
 El arma resultó tan eficaz que no fue jubilada hasta 1985, y fue empleada en las dos Guerras Mundiales, en la de Corea y en la de Vietnam, nada menos.
 Y, claro, también la usaron numerosos gangsters.
 Llegó el momento de que Arturo me enseñara su funcionamiento, y el restaurante estaba a rebosar, no era cuestión de provocar una estampida.
 Nos acercamos hasta el portal de mi casa, y allí estábamos amartillando y apretando el gatillo como dos críos de antaño o quizá dos idiotas, cuando salió del ascensor una joven que nos miró aterrorizada (ya digo que las réplicas son perfectas: de haber sido ella un policía de Ferguson o Chicago nos habría acribillado allí mismo sin preguntar, a buen seguro).
 Nos apresuramos a apuntar hacia el suelo y decirle: “No se asuste, es de mentira, no dispara”. “Menos mal”, contestó ella con nerviosismo y apretando el paso hacia la salvadora calle, casi espantada.
 En fin, no hay año en que, gracias a la generosidad de mi colega AP-R, mi reputación no mengüe.
 Es fácil que la joven haya alertado a todo el vecindario de que vive un majadero belicista en la escalera.
 No sé si son imaginaciones mías, pero empiezo a notar que alguna gente del barrio, que antes me saludaba con amistosidad, murmura un apresurado “Buenos días, caballero” y pasa a toda velocidad a mi lado
. (Lo de “caballero” debe de ser irónico.) Me preocuparé muy en serio cuando alguno me ofrezca su cartera y levante los brazos rindiéndose, antes de mediar palabra.
 

Los hijos de esos monstruos............................................................. Rosa Montero

En 2017 habrá tres millones de maltratadores en España.

A raíz del artículo que publiqué sobre el libro de James Rhodes, en el que cuenta cómo un profesor le violó de niño, he recibido la estremecedora, hermosa, brutal carta de una lectora hablando de otro tipo de abusos y otras infancias infernales: las vividas por los hijos de la violencia de género
. Que, por desgracia, son legión
. Según un estudio publicado el pasado mes de agosto y realizado por matemáticos de la Universidad Politécnica de Valencia (UPV), en 2017 habrá tres millones de maltratadores en España.
Esto es, tres millones de hombres entre los 16 y los 74 años habrán agredido físicamente a su pareja en algún momento de sus vidas.
La cifra se obtuvo por medio de ecuaciones y desarrollos de modelos matemáticos y parece tener una base fiable.
 Pero, aunque hubiera un error de bulto que la redujera a la mitad, seguiría siendo nauseabunda, exorbitante.
 Y sí, por supuesto, claro que también hay mujeres que ejercen la violencia sobre sus parejas e incluso madres que asesinan a sus propios hijos.
 Pero el número de casos es infinitamente menor y por eso en este artículo voy a centrarme en la agresividad masculina.
Y así fueron transcurriendo los años, sin que el odio y la maledicencia les dieran la menor tregua
Es este carácter casi endémico de la violencia de género lo que subyace tras el aterrador testimonio de A., la lectora a la que antes me he referido
A. nació en los años cincuenta en una ciudad pequeña y provinciana.
Para mayor desgracia, el brutal padre formaba parte de las fuerzas vivas
. Cuando A. y su hermana tenían 9 y 10 años, acordaron apoyar a la madre a cambio de que ésta se atreviera a separarse del verdugo.
 Al fin lo consiguió, pero eso no terminó con el infierno, antes al contrario.
 Desde que se separaron, en 1967, la madre y las niñas fueron acosadas socialmente
. Un año más tarde el padre se suicidó, y entonces el tormento arreció hasta límites indecibles:
“Nos gritaban: putas, lesbianas, no nos extraña que el padre se haya suicidado…”. A. y su hermana se convirtieron en unas apestadas; los demás niños no las hablaban.
 Les tiraban piedras a las ventanas por las noches, pateaban la puerta de su casa.
 La madre fue vigilada por la policía durante cinco años: intentaban encontrar un motivo para acusarla de inmoralidad y quitarle la pensión de viudedad.
 No lo lograron: la mujer, que antes de casarse había estado preparándose para ser monja, llevó una vida estoica y transparente.
Y así fueron transcurriendo los años, sin que el odio y la maledicencia les dieran la menor tregua. La buena sociedad provinciana mantenía la mirada fija en ellas, las escrutaba a través de la lupa de su mezquindad y sus prejuicios, esperando con impaciente afán que algún día dieran la campanada (o lo que ellos entendían por campanada), que provocaran un escándalo, que demostraran que eran en efecto unas perdidas, tal y como ellos venían vaticinando desde hacía años
. Una noche, ya cumplidos los 30, A. dio la vuelta a una esquina poco iluminada empujando un carrito de la compra y se topó con el director de una empresa de  servicios de la zona.
 El tipo alzó el brazo, la señaló y soltó una sonora y burlona carcajada.
Pero al acercarse advirtió su error y empezó a balbucear: Ah, creí que era el cochecito de un bebé… “Yo no pude ni contestarle, estaba en shock, ¿a qué venía esa risa?”.

La presión era tal que A. y su hermana llegaron a la conclusión de que no podían tener hijos porque les amargarían la vida en el colegio como se la habían amargado a ellas, los marginarían, los destruirían.
 Y, en efecto, ninguna de las dos ha sido madre.
 Otra posibilidad hubiera sido emigrar, marcharse de esa especie de Vetusta cruel
. Pero no era fácil, había responsabilidades y lazos familiares, económicos, emocionales.
Y además, ¿por qué van a tener que desarraigarse las víctimas y no toda esa gentuza que las agrede? Sólo se puede entender esta historia grotesca de acoso y linchamiento si tenemos en cuenta la aceptación y comprensión de las que el maltratador gozaba y aún sigue gozando en una parte de la sociedad.
Con todo, lo más potente y lo más bello es lo que A. me contó al final:
“Todo esto no quiere decir que, a lo largo de este proceso, nuestra vida no fuera maravillosa.
 Hemos ido a nadar en verano e invierno, hemos dado largas caminatas, incluso conseguimos trabajar y ganar un buen sueldo.
 Hemos vivido una vida paralela, una vida totalmente libre y transgresora o en ocasiones precursora”. A. incluso ha llegado a perdonar a su padre,
“pero no a la sociedad que nos machacó”.
 Claro que no todos los hijos de la violencia doméstica son tan fuertes o tienen tanta suerte: algunos incluso son asesinados por sus padres, al amparo de unos jueces que entregan a los aterrorizados críos a su maltratador.
En el caso de A., por lo menos su padre se suicidó antes de matar a su familia y no después, como suele ocurrir. Es un alivio.

 

La carcoma del resentimiento............................................................ Jenny Moix Queraltó

Perdonar no es fácil, pero fantasear con la venganza solo prolonga el rencor.

 Hay que pasar página, no hacerse tantas preguntas y pensar en el futuro

La carcoma del resentimiento
Hace tiempo impartí una conferencia en una prisión de hombres.
 En el discurso hablé de emociones tan corrientes como la vergüenza, la pena, la rabia, el miedo o el resentimiento
. En el turno del debate, uno de los internos contó cómo al ingresar en el centro penitenciario se sentía muy dolido por algo que su novia y su mejor amigo le habían hecho
. No dio más detalles.
 Simplemente explicó que cada día, al despertarse, se encontraba encerrado no solo tras las barreras físicas de la cárcel, sino en una auténtica jaula de rencor.
 El detalle más punzante es que confesó que estuvo varios años así.
 Un día se dio cuenta de que el resentimiento era absurdamente inútil. ¿Qué iba a conseguir fantaseando continuamente con vengarse?
Semanas después, la bibliotecaria que me invitó a impartir aquella conferencia me contó que, a raíz de esa confesión, otros internos resentidos se acercaron a él porque también querían deshacerse de esa carcoma que sentían en el pecho
. Después de escuchar el testimonio de su compañero, comprendieron que era posible dejar a un lado el rencor.
Desde la infancia, la sociedad inculca la importancia de aprender a perdonar.
 De hecho, la atmósfera judeocristiana está impregnada de ese mensaje
. Pero desde la psicología se le ha dado otro significado al perdón
. Lo que se desprende de los estudios realizados en este campo es que no se debe perdonar con fines altruistas, sino por puro egoísmo.
 Es decir, hay que olvidar para alimentar
 
La carcoma del resentimiento
Hace tiempo impartí una conferencia en una prisión de hombres. En el discurso hablé de emociones tan corrientes como la vergüenza, la pena, la rabia, el miedo o el resentimiento. En el turno del debate, uno de los internos contó cómo al ingresar en el centro penitenciario se sentía muy dolido por algo que su novia y su mejor amigo le habían hecho. No dio más detalles. Simplemente explicó que cada día, al despertarse, se encontraba encerrado no solo tras las barreras físicas de la cárcel, sino en una auténtica jaula de rencor. El detalle más punzante es que confesó que estuvo varios años así. Un día se dio cuenta de que el resentimiento era absurdamente inútil. ¿Qué iba a conseguir fantaseando continuamente con vengarse? Semanas después, la bibliotecaria que me invitó a impartir aquella conferencia me contó que, a raíz de esa confesión, otros internos resentidos se acercaron a él porque también querían deshacerse de esa carcoma que sentían en el pecho.
 Después de escuchar el testimonio de su compañero, comprendieron que era posible dejar a un lado el rencor.
Desde la infancia, la sociedad inculca la importancia de aprender a perdonar. De hecho, la atmósfera judeocristiana está impregnada de ese mensaje.
 Pero desde la psicología se le ha dado otro significado al perdón.
 Lo que se desprende de los estudios realizados en este campo es que no se debe perdonar con fines altruistas, sino por puro egoísmo
. Es decir, hay que olvidar para alimentar nuestra propia felicidad. Para entender el sentido de este verbo, lo mejor es aclarar lo que no significa.
No quiere decir que haya que olvidar. No existe ninguna cirugía que extraiga del cerebro recuerdos tan dolorosos como los que han sufrido las víctimas de malos tratos, o aquellos que fueron el blanco de una estafa o de cualquier otro tipo de abuso o humillación.
 Es muy complicado vivir con ese dolor sobre la espalda, pero al final se puede superar
. El milagro del perdón es que su capacidad corrosiva se va diluyendo.
No solo mengua su mordiente, sino su aparición en la conciencia.
 Los recuerdos permanecen allí, pero, si se logra dejarlos atrás, es posible que no afloren tan a menudo. Al final aparecerán solo cuando se les invoque, pero nunca lo harán por sí mismos.
 Es comprensible que cuando el rencor está en plena ebullición, el resentido no se crea esta teoría, pero hay que confiar.
La carcoma del resentimiento
“La gente no está dispuesta a renunciar a sus celos y preocupaciones, a sus resentimientos y culpabilidades, porque estas emociones negativas, con sus punzadas, les dan la sensación de estar vivos”, dijo el Maestro.
 Y puso este ejemplo: “Un cartero se metió con su bicicleta por un prado, a fin de atajar. A mitad de camino, un toro se fijó en él y se puso a perseguirlo
. Finalmente, y después de pasar muchos apuros, el hombre consiguió ponerse a salvo.
 ‘Casi te agarra, ¿eh?’, le dijo alguien que había observado lo ocurrido. ‘Sí’, respondió el cartero, ‘como todos los días”.
Cuento recopilado por Anthony de Mello en Un minuto para el absurdo (editorial Sal Terrae, 2009).
No significa tener que entender al otro.
Es más fácil superar el resentimiento si se conocen los motivos que han llevado a la otra persona a hacer daño, pero no siempre existe una explicación lógica.
Y sin embargo es muy tentativo caer en el error de buscar argumentos racionales que fundamenten el daño sufrido.
 Pero si se sigue este camino, se acabará dando vueltas y más vueltas a todos los detalles, pero no se concretará Es decir, se adentrará en un laberinto de difícil salida. 
Fred Luskin, director del departamento de estudios relacionados con el perdón de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, aconseja que es bueno olvidarse de las expectativas sobre cómo deben actuar los demás para que ese laberinto del rencor se desplome por sí solo.
 Este lío llega a enzarzarse aún más cuando alguien se hace preguntas del estilo “¿Por qué a mí?”. Lo conveniente es intentar no dar respuesta a esta cuestión porque lo único que genera es más frustración.
No hay que reconciliarse forzosamente con el pecador. El perdón tiene más finales de los que nos enseñaron
. No se trata obligatoriamente de poner la otra mejilla, quizá usted no esté dispuesto a arriesgarse más. Lo que cuenta es sentirse bien con uno mismo y quizá sea imposible volver a confiar en esa persona.
Por este motivo, se puede llegar a perdonar a alguien y luego decidir si se quiere o no apartar a ese pecador de nuestra vida.
Entonces, ¿qué significa perdonar? Se trata simplemente de pasar página y olvidarse de la venganza. Un estudio dirigido por Christine Bogar y Diana Hulse-Killacky, de las universidades estadounidenses de Alabama del Sur y de Nueva Orleans, que fue publicado en 2011 por la revista Journal of Counseling & Development, muestra cómo el perdón fue la clave para que una decena de mujeres superaran los abusos sexuales que habían sufrido durante su infancia.
Todas relataron que perdonar al agresor supuso un gran logro para dejar atrás ese capítulo de su vida. Saber olvidar es, por tanto, poner la felicidad en nuestras manos y no en manos del otro.
 Según algunas investigaciones, perdonar garantiza más años de vida, menos depresión y riesgo de infarto, una presión arterial más baja e ­incluso un sistema inmunitario fortalecido.
En definitiva, la exoneración trae consigo bienestar y salud.

 

Beethoven épico con la voz de Jeremy Irons........................................................... Javier Pérez Senz

El actor recitó en el coliseo barcelonés el 'Egmont' del compositor alemán.

Jeremy Irons, durante uno de los ensayos de 'Egmont' en la que interviene en el Liceo. . Quique García EFE / ATLAS
Cuando Jeremy Irons pisó el escenario del Liceo en la noche del sábado, la música de Ludwig van Beethoven ya se había adueñado del teatro con una vehemente versión de la Séptima sinfonía dirigida por Martin Haselböck al frente de la Orquesta Wiener Akademie.
 Bien caldeado el ambiente, y ante un público ansioso por ver en carne y hueso al famoso actor británico, apareció Irons en la segunda parte del concierto, todo elegancia y glamur. Fue un narrador de lujo que, con el poder de la palabra, añadió emoción a la música incidental que Beethoven compuso para el drama de Goethe Egmont.
 La dicción exquisita y el carisma de Iron dieron grandeza al mensaje libertador de la obra.
En espléndida forma a sus 67 años,
 Irons irradia distinción y grandeza interpretativa
. Se podían escuchar suspiros de admiración en las primeras filas; todos los ojos estaban pendientes del actor, que desplegó una gran variedad de matices: su narración, arropada por la fuerza musical de Beethoven, causó gran impacto.
 rons brilla sin destrozar con exceso de ego un texto al que la música otorga su plena fuerza dramática
. Juega a su favor la nueva adaptación y traducción inglesa del original alemán de Goethe realizada por el escritor Christopher Hampton, guionista ganador de un Oscar por la adaptación de la película Las amistades peligrosas.
La versión, destinada inicialmente para otro famoso actor, John Malkovich, que canceló su participación, es el gancho de una gira el domingo recaló en el Auditorio de Oviedo.
Tiene mucho valor, ya que pocas veces se ofrece Egmont en nuestros auditorios, salvo la obertura, justamente célebre, que ha eclipsado el resto de las piezas que Beethoven destinó a un montaje del drama en cinco actos de Goethe estrenado en el Burgtheather de Viena en 1810.
El actor británico aporta el punto justo de histrionismo y despliega la máxima intensidad en la arenga final, cuando el Conde de Egmont, general y héroe nacional flamenco en la lucha por la independencia contra la monarquía española, que fue condenado a muerte y decapitado, clama con furia su ideal de libertad, dando paso a la Sinfonía de la victoria que cierra la obra.
Fiel a los criterios historicistas, Haselböck primó la claridad, la precisión y la fascinante belleza tímbrica del genio sinfónico de Beethoven.
A la incisiva y bien matizada respuesta orquestal - tempi ligeros, cuerda flexible, elegantes maderas y brillantes metales- se sumó, con resultados discretos, la soprano sueca Kerstin Averno, solista en las dos canciones de Clara, la joven que ama al Conde de Egmont, y en la escena y aria Ah! Perfido, op. 65, que completó el programa.
Popular por películas como La mujer del teniente francés, La misión y El misterio Von Bülow, por la que gano el Oscar, y con muchas tablas en el teatro, Iron siente pasión por la música - en 1989 dio vida al profesor Higgins en una grabación de My fair lady con Kiri Te Kanawa como Eliza y el gran John Gielguld como Pickering-y quedó claro en el Liceo, disfrutando con la energía orquestal, dejándose impregnar por la fuerza de Beethoven.
La adaptación inglesa del texto de Goethe puede dar nueva vida concertística internacional a Egmont, pieza que mantiene una relativa vigencia en los auditorios del ámbito germánico; actores del calibre de Bruno Ganz, Erich Schellow y Klausjürgen Wussow han grabado la obra dirigidos, respectivamente, por Claudio Abbado, Herbert von Karajan y George Szell.