La
desaparición de especies vegetales es una realidad. Agricultores y
empresas están recuperando semillas que garantizan la riqueza genética
necesaria para el ciclo vital.
Algunas especies de animales en peligro de extinción han conseguido
hacerse un hueco en el imaginario popular gracias a su gran exposición
mediática.
El lince ibérico, la ballena azul, el urogallo o el oso
pardo.
No pasa lo mismo con sus vecinas de la Naturaleza: variedades
vegetales que se esfuman de la faz de la tierra a ritmo trepidante sin
ocupar titulares.
Tipos locales de tomates, patatas o judías, que se
plantan en cada pueblo y que nunca volveremos a ver.
O no tan locales,
como el plátano, una de las frutas más populares del mundo que también
está bajo amenaza grave.
La causa, el mal de Panamá, un hongo resistente
a los fungicidas que casi se lleva por delante una variedad de banana
(Gros Michel) en los años sesenta.
Ahora, ha vuelto a aparecer otra cepa
con su misma virulencia arrasando plantaciones de Indonesia, África,
Australia... y, lo que es peor, amenazando la variedad que entonces
resistió, Cavendish, los plátanos más populares del planeta, que
representan el 47% de la producción mundial
. De momento, no hay
tratamiento eficaz para luchar contra la plaga.
¿Los responsables? La agricultura a gran escala que nació de la
llamada Revolución Verde en torno a los años sesenta (la introducción de
variedades mejoradas, monocultivo y productos químicos), y el éxodo de
la población rural a la urbe
. Los hijos de los que cultivaban ya no
quieren cultivar.
La Organización de las Naciones Unidas para la
Alimentación y la Agricultura (FAO) avisa: durante el último siglo se ha perdido el 75% de los recursos genéticos en agricultura y ganadería.
Y hay quien se preocupa.
Asociaciones, redes de intercambio y bancos
de semillas, practicantes de la agroecología, ciertas administraciones y
algunas pequeñas empresas se han empeñado en que esa riqueza genética
no se pierda. ¿Los motivos?
Desde conservar la biodiversidad a la
variedad en los platos, de la alimentación sana a la sana memoria de las
tradiciones agrarias de nuestros abuelos, de la protección del pequeño
agricultor a la de las recetas propias de cada lugar.
Las variedades locales se dan muy bien
Nos estamos perdiendo el sabor de la pera de siete en boca, la cebolla matancera o la lechuga moronda
El fréjol negro de Turón (Asturias), la berenjena china de Trebujena
(Cádiz), la pera de siete en boca, de Alhama-Linares (La Rioja), el
tomate corazón de toro andaluz...
Las variedades locales se caracterizan
porque se dan en una zona geográfica concreta, la evolución y la
selección de los mejores ejemplares por parte de los agricultores ha
hecho que con el paso del tiempo se hayan adaptado perfectamente.
De ahí
que pasen a formar parte de la gastronomía local
. Otra de sus
características es su heterogeneidad: mientras que los tomates del
supermercado son casi idénticos entre sí, en una huerta pueden ser
diferentes unos de otros.
Además, plantando variedades locales, los
campesinos recuperan el control sobre su producción, porque no necesitan
obtener las semillas de las grandes empresas: las obtienen ellos mismos
o a través de redes de intercambio.
Mediante estas redes, las semillas
viajan a otros lugares, evolucionan y dan lugar a variedades locales
nuevas.
Así, la vida no se estanca y los procesos fluyen.
“Las semillas de las variedades locales constituyen un derecho
colectivo de las comunidades agrarias que las han desarrollado.
Deben
ser de dominio público y no un bien privado de ciertas grandes empresas
que restringen su uso para su beneficio particular “, afirma María Carrascosa, integrante de la Red Estatal de Semillas Resembrando e Intercambiando,
una organización fundada por un puñado de personas concienciadas a
finales de los años noventa que coordina a unas 25 redes locales
. Entre
sus actividades están la formación de agricultores, el fomento de la
creación de bancos y redes de semillas y la organización de una Feria
Estatal de la Biodiversidad Agrícola.
Leyes que fomentan las especies clonadas
Según esta red, las normativas europea y estatal de semillas fomentan
el uso de variedades clónicas patentadas y favorecen a las empresas
privadas que las producen.
Esto no ayuda a conservar el patrimonio
genético-agrícola ya que impone una serie de normas (tomates del mismo
tamaño, sin irregularidades, sin cambios de color...) que impide la
comercialización de las variedades locales y limitan su intercambio.
Preservar una cultura
La conservación de las variedades locales tiene también una vertiente
cultural: la etnobotánica, que estudia las relaciones entre los seres
humanos y los vegetales, y permite preservar las tradiciones agrarias y
gastronómicas. Laura Aceituno,
de la asociación La Troje, en El Berrueco (Madrid), dedicada a la
formación, investigación y divulgación en esta materia, recoge en su
tesis doctoral este conocimiento en peligro de extinción a base de
entrevistas con los mayores de la zona.
“Alrededor de estas semillas
existe una cultura de formas de cultivo y recetas, una tradición oral
que se transmitía de generación en generación y que, en algunos casos,
hemos conseguido salvar in extremis”.
En La Troje trabajan con semillas
de variedades tradicionales como el tomarte gordo, la lechuga moronda o
la cebolla mantancera.
Producen semilla, plantel y frutales de estas
variedades para distribuir entre pequeños hortelanos interesados en
recuperar la diversidad y los sabores tradicionales.
“Es una forma de
crear vida y resistencia en el campo”, dice Aceituno:
"El control de las
semillas por parte de grandes empresas ha provocado una disminución
drástica de la diversidad y, desgraciadamente, cuando una variedad
desaparece lo hace para siempre”.
Que el campesino controle la producción
“Tradicionalmente siempre se han intercambiado semillas”, dice Lucía Díaz Fanjul, de la asociación asturiana Biltar:
“Los campesinos bajaban al pueblo con una bolsa de semillas para
cambiarlas.
La diversidad en la huerta es fundamental para garantizar el
sustento, si la cosecha de una variedad se pierde contamos con otras”
.
En Biltar son partidarios de que el campesino gestione la producción, y
consideran que producir su propia simiente es un acto de desobediencia
civil.
La agroecología hoy goza de buena salud.
“Hace 12 años era predicar
en el desierto; ahora hay más interés”, celebra Aceituno. ¿Las razones?
“Más conciencia social y preocupación por una alimentación saludable; y
la crisis, que ha provocado un regreso al campo y la revalorización de
la agricultura como ocurre en Francia, donde siempre ha estado muy
valorada”.
La actriz británica, nominada por '45 años', se opone a la creación de cuotas para los intérpretes negros.
Rampling en una escerna del filme "45 años." Agatha A. NiteckaAP
La veterana actriz Charlotte Rampling, nominada al Oscar por su interpretación en la película británica 45 años,
se ha opuesto este viernes a un boicot de la ceremonia de los premios
para protestar contra la ausencia de actores negros entre los nominados
en las categorías interpretativas. “Eso es racismo contra los blancos.
Es difícil saber si es el caso, pero puede que los actores negros no
merecieran estar en la recta final”, ha afirmado durante una entrevista
concedida a la emisora francesa Europe 1.
Rampling tampoco se ha mostrado partidaria de crear cuotas para mejorar la representación de las minorías entre los finalistas al Oscar,
como ha propuesto el cineasta Spike Lee, que apoya el boicot junto a
nombres como Will Smith y Jada Pinkett. “
¿Por qué clasificar a las
personas? Vivimos en países donde, más o menos, somos aceptados…
Pero
siempre habrá problemas y [gente que diga] “él es menos guapo”, “él es
demasiado negro”, “el otro es demasiado blanco”… ¿Por eso hay que crear
miles de pequeñas minorías por todas partes?”, se ha preguntado
. Instada
a precisar su opinión, Rampling ha zanjado su intervención con un “no comment”.
"Puede que los actores negros no merecieran estar en la recta final"
En las últimas horas, actores como George Clooney, Mark Ruffalo o
Lupita Nyong’o se han mostrado críticos con la Academia, a la vez que la
etiqueta #OscarsSoWhite se multiplicaba en las redes.
La voz de Rampling
es la primera nominada que rompe el consenso
. La actriz de 69 años, que
ganó el Oso a la mejor actriz en el pasado festival de Berlín, ha dicho
que encontrarse “en el palmarés de los Oscar” ya es una recompensa,
porque implica “la entrada en el gran club del cine que es la Academia”.
Rampling es conocida en Francia, donde vive desde hace casi 40 años, por
sus posturas conservadoras
. En 2007, apoyó la candidatura de Nicolas
Sarkozy y se presentó por sorpresa a uno de sus mítines. Sin embargo,
poco después afirmó seguir sintiendo “afinidad con la izquierda”.
La
actriz ha dicho que, en caso de ganar, dedicaría el premio a su difunto
marido, el periodista Jean-Noël Tassez, que falleció en octubre tras
haber sido confidente de François Mitterrand y del mismo Sarkozy.
La irrepetible artista cumple 30 años sobre los escenarios.
Martirio, retratada en su casa. Jordi Socías
Que se sepa: María Isabel Quiñones (Huelva, 1954), alias Martirio,
es una buena anfitriona. El periodista recuerda visitas a mansiones de
superestrellas donde debió implorar un simple vaso de agua.
Pero
Martirio ha preparado una delicada merienda: té, café y los mejores
pasteles de Belém que se pueden encontrar en Madrid.
Como todos los
cantantes que viajan mucho, Martirio se ha convertido en una verdadera gourmet, con especialidad en dulces.
“Vivo sola, así que me permito caprichos”, explica.
Su piso madrileño
funciona como una especie de Casa de Contratación de las Indias: un
punto esencial del tráfico de canciones entre dos continentes.
Aquí
recalan los mejores discos que se hacen en España y en América Latina,
que Martirio alienta y promociona en las dos direcciones.
Por ejemplo,
hoy explica que Feeling Marta, de la cubana Gema Corredera, está entre lo mejor de 2015. “Son los boleros filin de mi admirada Marta Valdés”.
Puede que Martirio esté haciendo más por la hispanidad (musical) que muchas instituciones de nombres rimbombantes.
Aquí prepara minuciosamente Cantes rodados,
el programa quincenal que se escucha a través de gladyspalmera.com.
“Eso me conecta con mis padres: ellos trabajaban en el cuadro de actores
de la radio.
En los años cincuenta y sesenta, la gente no estaba
esclavizada por las pantallas; si tenían inquietudes artísticas, se
juntaban con otras personas y montaban lo que fuera, obras de teatro o
zarzuelas
. Por amor al arte, nunca mejor dicho”.
En los ochenta comenzó a actuar en Francia:
“Flipaban con mi imagen; salía en portadas, como representante de una
España sin complejos”
Déjenme meter aquí la cuña publicitaria: a ella no se le da bien la autopromoción.
Universal ha publicado 30 años,
un estuche panorámico de los que, ay, ya no se hacen: 30 canciones de
diversas discográficas más un espléndido documental en DVD de José
Sánchez-Montes, y que
presentará el 28 de enero en el Circo Price de Madrid, con invitados
como Kiko Veneno, Javier Ruibal y Miguel Poveda. Se me ocurre que el
estuche retrata perfectamente los 30 años de carrera de la Martirio
artista, pero en la sombra queda Maribel Quiñones.
Lo que sabemos de la joven Maribel sugiere el perfil de una mujer
apasionada:
“Me casé con 19 años y tuve a Raúl [Rodríguez, hoy celebrado
guitarrista].
Dejé la Universidad y me lancé a trabajar de auxiliar de
clínica.
Sentía un impulso creativo muy grande, había estudiado guitarra
pero no tenía dedos ágiles.
Y terminé en Jarcha, un grupo esencialmente
coral”.
Junto al repertorio andalucista, Jarcha también reflejaba las ansias políticas del posfranquismo, en canciones como Libertad sin ira.
Para Maribel, fue un verdadero aprendizaje: “Jarcha actuaba ante
públicos grandes, pero todos trabajábamos en el montaje, el circuito era
muy primitivo.
Aparte, aprendí a musicar poemas, a actualizar canciones
populares”.
Que se sepa: María Isabel Quiñones (Huelva, 1954), alias Martirio,
es una buena anfitriona. El periodista recuerda visitas a mansiones de
superestrellas donde debió implorar un simple vaso de agua. Pero
Martirio ha preparado una delicada merienda: té, café y los mejores
pasteles de Belém que se pueden encontrar en Madrid. Como todos los
cantantes que viajan mucho, Martirio se ha convertido en una verdadera gourmet, con especialidad en dulces.
“Vivo sola, así que me permito caprichos”, explica. Su piso madrileño
funciona como una especie de Casa de Contratación de las Indias: un
punto esencial del tráfico de canciones entre dos continentes. Aquí
recalan los mejores discos que se hacen en España y en América Latina,
que Martirio alienta y promociona en las dos direcciones. Por ejemplo,
hoy explica que Feeling Marta, de la cubana Gema Corredera, está entre lo mejor de 2015. “Son los boleros filin de mi admirada Marta Valdés”.
Puede que Martirio esté haciendo más por la hispanidad (musical) que muchas instituciones de nombres rimbombantes. Aquí prepara minuciosamente Cantes rodados,
el programa quincenal que se escucha a través de gladyspalmera.com.
“Eso me conecta con mis padres: ellos trabajaban en el cuadro de actores
de la radio. En los años cincuenta y sesenta, la gente no estaba
esclavizada por las pantallas; si tenían inquietudes artísticas, se
juntaban con otras personas y montaban lo que fuera, obras de teatro o
zarzuelas. Por amor al arte, nunca mejor dicho”.
En los ochenta comenzó a actuar en Francia:
“Flipaban con mi imagen; salía en portadas, como representante de una
España sin complejos”
Déjenme meter aquí la cuña publicitaria: a ella no se le da bien la autopromoción. Universal ha publicado 30 años,
un estuche panorámico de los que, ay, ya no se hacen: 30 canciones de
diversas discográficas más un espléndido documental en DVD de José
Sánchez-Montes, y que presentará el 28 de enero en el Circo Price de
Madrid, con invitados como Kiko Veneno, Javier Ruibal y Miguel Poveda.
Se me ocurre que el estuche retrata perfectamente los 30 años de carrera
de la Martirio artista, pero en la sombra queda Maribel Quiñones.
Lo que sabemos de la joven Maribel sugiere el perfil de una mujer
apasionada: “Me casé con 19 años y tuve a Raúl [Rodríguez, hoy celebrado
guitarrista]. Dejé la Universidad y me lancé a trabajar de auxiliar de
clínica. Sentía un impulso creativo muy grande, había estudiado guitarra
pero no tenía dedos ágiles. Y terminé en Jarcha, un grupo esencialmente
coral”.
Junto al repertorio andalucista, Jarcha también reflejaba las ansias políticas del posfranquismo, en canciones como Libertad sin ira.
Para Maribel, fue un verdadero aprendizaje: “Jarcha actuaba ante
públicos grandes, pero todos trabajábamos en el montaje, el circuito era
muy primitivo. Aparte, aprendí a musicar poemas, a actualizar canciones
populares”.
Con el pianista Chano Domínguez, con quien comenzó a maridar la copla y el jazz, uno de los momentos clave de su carrera. Álbum de Martirio
Y entonces apareció Kiko Veneno.
En 1977 había publicado el primer disco de Veneno pero nadie lo
entendió.
Padre de familia con necesidades urgentes, Kiko se retiró a
Conil de la Frontera, donde llevaba un bar en la playa:
“No era un
chiringuito cualquiera, allí se hacía música y yo me sentí entusiasmada.
Imagínate que estás de veraneo y descubres que quien te sirve la
cervecita es algo así como el Bob Dylan andaluz
. Kiko tenía nuevas
canciones, las que salieron en Seré mecánico por ti, y necesitaba una corista para su grupo”.
Maribel asegura que ha sido muy afortunada: siempre ha encontrado
colaboradores para llevar adelante sus visiones.
“Yo intentaba convencer
a Kiko de que teníamos un tesoro muy grande en la copla, que se podía aproximar al rock.
Él estaba más por el flamenco, pero terminó probando.
Primero, hicimos Estoy mala,
una adaptación de Quintero, León y Quiroga; luego, nos atrevimos con
canciones totalmente nuevas.
Yo estaba arrebatada, sentía una
creatividad que salía en canciones o en vestimentas o en lo que fuera
necesario”.
“Aunque iba travestida de folclórica, el mensaje era muy real.
¿Es que las ‘maris’ no tienen sentimientos?”
El personaje de Martirio era revolucionario: alguien que se situaba
en la vida anodina de tantas amas de casa pero que manifestaba su
insatisfacción, a un paso de la rebelión.
“Si lo cuentas así, parece que
estaba premeditado, y allí no había nada de marketing.
Inicialmente, lo que hacía era jugar: salir en un grupo de rock pero con
mantillas y peinetas alucinantes.
Aunque iba travestida de folclórica,
el mensaje era muy real. ¿Es que las maris no tienen sentimientos?
Resulta que sí. En mis conciertos se jartan
de reír y llorar.
Luego me dicen: ‘Lo que tú has cantado yo lo he
vivido’. Me callo pero pienso: ‘Igual yo lo viví antes’.
He sufrido
mucho por amor pero también sé lo que es gozar”
.
Tras tratar con compañías que insistían en manipular sus ideas,
Martirio encontró al productor de sus sueños: Mario Pacheco, que sacó su
primer disco (1986) en su propio sello, Nuevos Medios, y que facilitó
que luego saltara a una multinacional. “Mario era un entusiasta. Me
llevaba a Francia y allí no entendían mis letras, pero flipaban con mi
imagen; salía en portadas, como representante de una España sin
complejos. En realidad, yo era muy tímida, pero me ponía aquella ropa y,
zas, como si me dieran superpoderes”.
Martirio retratada con el estilismo que la lanzó a la fama. Álbum de Martirio
Los años desfilan mientras damos cuenta de la merienda.
Pasamos fugaz
revista a sus trabajos en cine, teatro y televisión, acelerando hacia
su siguiente salto mortal.
“Me encerré con [el pianista] Chano Domínguez
en su garaje de El Puerto de Santa María
. Llevaba tiempo con un runrún
en la cabeza: la sospecha de que las mejores coplas eran el equivalente a
los standards de Cole Porter, de Gershwin
. Hicimos la prueba y
las coplas empezaron a tomar formas esplendorosas.
Muchas en jazz,
algunas en blues, aquella en plan kabarett berlinés.
Conservo recuerdos vivísimos de aquellos días: hacía muchísimo
frío, solo teníamos una estufa de butano, pero no podíamos dejarlo
. Ahí
también apareció el productor providencial, Borja Casani, que nos sacó
el disco-libro en El Europeo”.
Luego llegó el (re)descubrimiento de América
. Como todos los que
crecieron en la España anterior a los Beatles, Maribel había
interiorizado tangos, boleros, rancheras, “lo que sonaba en la radio,
los discos que había en las casas. Otro asunto era demostrar que aquello
se podía personalizar.
El genio de los flamencos fue demostrar que esas
canciones sudamericanas, como se decía entonces, eran adaptables por
rumba o por bulerías
. Cuando empecé a viajar a América, me traje
cantidad de discos.
Fui distinguiendo a los principales autores, vi que
tenían un repertorio que era aún mejor que el que conocíamos aquí
. Y me
decidí a cantarlas pero en lento, sin forzarlas”.
Esos viajes fueron transformadores. “Allí no puedes ir con aires de
conquistador, vas a aprender. En cada país, yo hago al menos una canción
suya. Y lo aceptan si ven que hay cariño, respeto, profundidad,
trabajo. Aparte, siempre he cantado para las mujeres…, bueno, y para los
hombres sensibles. En América descubrí una tradición de compositoras de
primera línea: Marta Valdés, Consuelo Velázquez, María Grever, Chabuca
Granda. Por no hablar de las intérpretes: Soledad Bravo, Mercedes Sosa, mi querida Chavela Vargas. Para mí, América es hembra y canta con el corazón”.
Acompañada por su hijo, Raúl Rodríguez, un reputado guitarrista. Álbum de Martirio
Para los que tengan memoria corta conviene recordar que esto ocurría años antes de que El Cigala publicara su Lágrimas negras.
En este viaje a la semilla cubana fue fundamental conocer a Compay
Segundo.
Que no era exactamente el viejito bondadoso de leyenda:
“No,
Compay tenía su punto de orgullo, de orgullo legítimo.
Era exigente y no
toleraba tonterías.
Fue emocionante que aceptara cantar conmigo y que
luego me llevara como invitada a muchos lugares, incluyendo el Olympia
de París. Como hombre, tenía peligro
. Con 90 años, todavía se ofrecía a
toda mujer que se le ponía por delante”.
Reflexiona
Martirio que siempre ha conectado bien con los veteranos.
“Cuando
comencé con el repertorio americano, me llamaban los autores, me
invitaban a visitarlos cuando pasaba por su país, se sentían
agradecidísimos de que rescatara unas canciones que entonces no estaban
de moda
. Fíjate, les encantaban tanto los arreglos como mis trajes”. Martirio se siente totalmente responsable de su look:
“Ahora puedo recurrir a Elena Benarroch y a otras diseñadoras, pero me
sigue encantando dibujar mis modelos, entrar en las tiendas a buscar
telas, todo eso.
En realidad, no he dejado de ser una curranta”.
E insiste en detallar las maravillas de los músicos, técnicos,
artesanos que la han acompañado en estos 30 años:
“Los equipos de
trabajo se montan de dos maneras: poniendo dinero encima de la mesa o
haciendo amistades. Yo estoy muy satisfecha de haber formado una familia
extensa, donde todos nos entendemos.
Viajamos juntos, comemos juntos,
nos alojamos en los mismos hoteles. En la vida tienes que ir con amor,
sin dar cuartel al rencor”.
Hay un favorito, es cierto. A Martirio le resplandece la cara cuando
habla de su hijo Raúl, Raúl Rodríguez:
“Actúa conmigo desde 1994 pero de
forma intermitente, ha mantenido sus propios proyectos, desde
Caraoscura a Son de la Frontera.
Está haciendo unas investigaciones muy
profundas sobre las músicas ibéricas y la relación con el Caribe.
De
momento, ya ha metido el tres cubano entre los instrumentos flamencos.
En marzo se va a Nueva York para hacer conciertos mano a mano con
Jackson Browne
. Aquí igual no se entera nadie, pero va a ser un músico
muy importante”. elpaissemanal@elpais.es
A pesar de mis limitaciones sigo con interés 'La gran apuesta' y acabo enterándome de lo esencial. Y provoca mucho miedo.
Fotograma de 'La gran apuesta'.
Alguno de los protagonistas de este retrato del gangsterismo económico
que estalló en el infausto año 2007 y que prolonga sus brutales efectos
al aquí, allí, ahora y en el futuro, se afirma en algo tan obvio y
elemental que podría entender hasta un bebé
: “Esta crisis solo la
pagarán los pobres y la clase media. Como siempre”.
Normal. Hasta los
disminuidos psíquicos saben que los creadores de la crisis, las agencias
de calificación, los banqueros, los muy ricos, además de no pisar esos
lugares tan poco civilizados llamados cárceles, de disfrutar de amañada
impunidad, aumentaron considerablemente sus incontables fortunas.
Los
grandes robos, como siempre, están legalizados.
Y los débiles, los hijos
de los débiles, incluso sus nietos, seguirán pagando a perpetuidad la
factura que les impusieron los grandes canallas, la rapiña de los
pobladores menos legendarios de la historia universal de la infamia.
Fotograma de 'La gran apuesta'.
Alguno de los protagonistas de este retrato del gangsterismo económico
que estalló en el infausto año 2007 y que prolonga sus brutales efectos
al aquí, allí, ahora y en el futuro, se afirma en algo tan obvio y
elemental que podría entender hasta un bebé: “Esta crisis solo la
pagarán los pobres y la clase media. Como siempre”. Normal. Hasta los
disminuidos psíquicos saben que los creadores de la crisis, las agencias
de calificación, los banqueros, los muy ricos, además de no pisar esos
lugares tan poco civilizados llamados cárceles, de disfrutar de amañada
impunidad, aumentaron considerablemente sus incontables fortunas.
Los
grandes robos, como siempre, están legalizados.
Y los débiles, los hijos
de los débiles, incluso sus nietos, seguirán pagando a perpetuidad la
factura que les impusieron los grandes canallas, la rapiña de los
pobladores menos legendarios de la historia universal de la infamia. La gran apuesta, como antes el tenebroso documental Inside job y la lúcida Margin call,
habla de las raíces de la hecatombe, de la metodología delincuente de
los que jugaron con el dinero ajeno, de su complicidad con otros poderes
para crear esa torre que podía derrumbarse en cualquier momento.
Al parecer, lo que cuentan el libro de Michael Lewis y su adaptación
al cine, realizada por el director Adam McKay, es dolorosamente cierto.
Nos muestra a varios hombres especializados en fondos de inversiones que
descubren aterrados como la pirámide económica ha sido construida con
cimientos falsos, con un material basado en la nada, y el caos universal
que provocará el derrumbe del mercado de inversión dedicado a las
hipotecas, la burbuja inmobiliaria, las trampas con las que se ha
montado el repugnante negocio.
Y a partir de su estupefacción ante las
dimensiones monstruosas del gran timo, y sabiendo que no pueden vencer
al sistema, intentarán sacar provecho de él, jugar fuerte después de
conocer las claves de lo que está ocurriendo.
Tengo un problema con esta inteligente y acerada película.
Y es que
me pierdo continuamente ante la catarata de términos y conceptos
económicos.
Aunque desde hace poco tiempo leo con interés a Krugman,
señor que hace comprensible para los profanos un mundo y unos
tecnicismos que antes nos resultaban indescifrables, sigo sin enterarme o
me hago una vaga idea de las cosas que hablan los personajes de la
película.
Sé lo que suponen los bonos-basura y los fondos buitres, pero
poco más.
Me ocurrió lo mismo con Steve Jobs.
Me abrumaba el continuo protagonismo de las nuevas tecnologías, me
resultaba todo marciano.
La culpa es mía y no de la película.
Alguien
que no tiene ordenador, ni Internet, ni los diversos inventos
tecnológicos con los que funciona el mundo actual, lo normal es que no
comprenda nada viendo la obra de alguien
al parecer tan genial como visionario que ejerció de Cristóbal Colón en la nueva era.
A pesar de mis limitaciones sigo con notable interés La gran apuesta
y acabo enterándome de lo esencial. Y lo esencial provoca mucho miedo.
Su lenguaje visual tiene vocación de estilo, los actores son muy
convincentes, te los crees. Normalmente me molesta que los personajes
miren al espectador y hablen con él. Incluido el impresionante Kevin
Spacey en House of cards.
Aquí también, pero es una película que, además de funcionar, resulta necesaria.