Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

10 nov 2015

Un ‘modigliani’, el segundo cuadro más caro en una subasta de arte

‘Desnudo acostado’ se ha subastado por 158 millones en Nueva York.

'Desnudo acostado', de Amedeo Modigliani. / Foto: EFE / Vídeo: REUTERS - LIVE
La obra Nu Couché (Desnudo acostado) de Amedeo Modigliani subastada en Christie's consiguió llegar hasta los 158 millones de euros (170,4 millones de dólares) de premio final con lo que superó con creces el último récord del artista, que se situaba en 66 millones.
 La pintura del italiano se ha convertido en la segunda obra por la que más se ha pagado en una subasta de arte en la historia, después de la  Las Mujeres de Argel de Picasso.
 La obra más cara de la historia, sin embargo, es Nafea faa ipoipo de Paul Gauguin que fue adquirida por un comprador catarí a cambio de 300 millones de dólares (270 millones de euros).
Nu Couché, que ha superado las expectativas de Christie's de 100 millones de dólares, es uno de los últimos trabajos de la trágicamente corta carrera de Modigliani, el paradigma del pintor bohemio romántico en París
. Aunque no fue el único de sus desnudos, si se trata del más desinhibido por la postura de la modelo, que muestra su cuerpo acostada y con las piernas y brazos abiertos.
El récord para el artista italiano ha tenido lugar en la primera gran noche de subastas de Christie's de otoño, dedicada a "la musa del artista" y que ha contado con 34 pinturas y esculturas de maestros como Paul Gauguin o Roy Lichtenstein, que también han conseguido sus propios récords.
Así, la escultura Thérese, de Gauguin, consiguió 30,9 millones de dólares de precio final, más que ninguna obra anterior del artista.
 Igualmente, la colorista Nurse (Enfermera), de Liechtenstein, que partía con una estimación de 80 millones de dólares, consiguió llegar los 95,3 millones, lo máximo jamás pagado por una obra del artista pop hasta la fecha (56 millones).
La famosa y colorista obra, quinta esencia de la heroína de Lichtenstein, llevaba décadas fuera del mercado en manos de un coleccionista privado.

 

 

9 nov 2015

CASABLANCA

CASABLANCA
    El bosque petrificado abrió las puertas del cine a Bogart, aunque le encasillo como gángster, El último refugio demostró que podía interpretar algo más que a un simple matón, en El halcón Maltés ya fue detective y protagonista, pero sería Casablanca la película que le encumbraría definitivamente al estrellato y, con el transcurso del tiempo, en el mítico actor que actualmente es.

Dooley Wilson (Sam, el pianista) con Bogart (Rick Blaine) en
un descanso del rodaje. Una copa y un paquete de cigarrillos,
compañía inevitable de Bogart.
     Nadie hubiese dado cuatro duros (duro: denominación coloquial que se daba a la moneda de 5 pesetas) por Casablanca. La Warner pensaba hacer una película más, una de las tantas que Hollywood vomitaba al cabo del año. Para empezar estaba basada en una obra de teatro (Everybody Comes to Rick's) que no había logrado ser estrenada en el escenario. Por si fuera poco, el guión estaba escrito por al menos cuatro guionistas que, salvo los hermanos Epstein, trabajaban independientemente unos de otros. Para más inri el guión, que no estaba terminado, se improvisaba, día a día, en el plató y, además, se desconocía el final. Sin embargo, en contra de toda lógica, Michael Curtiz, su director, consiguió rodar una obra maestra que, actualmente, es una leyenda mítica, un icono del mundo del celuloide que sigue acaparando espectadores generación tras generación. Curtiz, un director infravalorado (la crítica le sigue considerando un artesano de películas de encargo) fue el elegido por Hal B. Wallis, el productor de la Warner, para llevar a buen puerto la producción. Los guionistas fueron los gemelos Epstein, en dos etapas -pues abandonaron el proyecto y luego volvieron a retomarlo- Howard Koch y Casey Robinson (este último no acreditado).


Ingrid Bergman y Humphrey Bogart. Paul Henreid
completaba el triangulo amoroso.
La fotografía estuvo a cargo de Arthur Edeson y la música de Max Steiner que, curiosamente, el tema más famoso de la película,
 El tiempo pasara, no esta compuesto por él. El reparto lo encabezaba Humphrey Bogart junto a Ingrid Bergman y Paul Henreid, escoltados por Claude Rains, Peter Lorre, Conrad Veidt, Sydney Greenstreet y Dooley Wilson.
Y un gran número de secundarios (Marcel Dalio, Madeleine LeBeau, S. Z. Sakall...) en su inmensa mayoría exiliados europeos (de los citados tan solo Bogart y Dooley Wilson eran estadounidenses) que habían huido, por diversas causas, del regimen nazi.
Claude Rains y Paul Henreid junto a Bogart en dos
escenas de Casablanca.
 "¿Sabe cual es la película más popular jamás realizada? Casablanca. No es una película perfecta, no es la película que más dinero ha dado, pero cada vez que se pasa por televisión bate récords de audiencia". (Billy Wilder).

Hedy Lamarr, la actriz que inventó el wifi

Google homenajea con un doodle a la primera mujer que se desnudó en la gran pantalla.


 
La actriz austríaco-norteamericana Hedy Lamarr, protagonista del primer desnudo del cine mundial y que ayer hubiera cumplido 100 años, fue también una pionera de la ciencia y la tecnología y ahora se la reconoce como una de las inventoras de la conexión inalámbrica, la base del Bluetooth y el Wi-Fi.

Los que la conocieron señalan que Lamarr fue una superdotada, que comenzó a estudiar ingeniera a los 16 años en su Viena natal, pero abandonó los estudios tres más tarde para dedicarse a la actuación, donde en 1937 protagonizó Extasis, la producción Checa donde ella aparece desnuda al lado de un lago y luego corriendo por la pradera del país centroeuropeo.

El cine mundial tiene a esas escenas como el primer desnudo femenino del séptimo arte, pero en 1949 Lamarr agregaría otro acto pionero en el biógrafo, cuando fue la primera actriz en cortarle la cabellera al forzudo bíblico Samsón, protagonizado por el "metrosexual" de la época, Victor Mature.

Antes, en pleno desarrollo de la II Guerra Mundial, Lamarr y su amigo compositor -también genio tecnológico-, George Antheil, habían descubierto cómo interferir en el código de los torpedos teledirigidos, muy usados y con mucho éxito por los submarinos nazi-alemanes en las batallas navales.

Esta interferencia en el código de un arma letal no fue usada por parte de los aliados en la II Guerra Mundial. Pero en 1950, la patente fue reivindicada y aplicada por las empresas privadas en los Estados Unidos, y es la base de la comunicación inalámbrica.

El método Lamarr está hoy en uso en la telefonía celular y en los dispositivos Bluetooth y Wi-Fi. La actriz e inventora falleció en 2000, a la edad de 86, pero dos años antes la Electronic Frontier Foundation le entregó un premio por su contribución a la comunicación inalámbrica.

El amor por la ciencia y la tecnología le venía por su condición de ingeniera, título que alcanzó mientras estuvo casada con el fabricante de armas Friedrich Mandl, que la obligaba a participar en los conciliábulos armamentísicos con otro empresarios europeos.

Cansada de los celos y la posesividad del fabricante de armas pronazi, Lamarr huyó de su lado hacia Londres pocos años antes de la conflagración mundial, ciudad donde conoció a Louis B. Mayer, dueño de la Metro Goldwyn Mayer, con quien trabó amistad de inmediato.

Cuando Mayer viajó a Hollywood en barco, Lamarr lo acompañó y mantuvo la relación con él durante el resto de su carrera cinematográfica en los EE.UU. Fue el "fabricante de estrellas" quien bautizó a Hedwig Eva Maria Kiesler como Hedy Lamarr, la actriz del primer desnudo del cine y la inspiradora tecnológica del Wi-Fi.

 

 

 

 

 

 

Si un guionista hubiese imaginado una vida como la suya, nadie hubiese creído en un personaje como el de Hedy Lamarr (Viena, 9 de noviembre del 1914). La actriz a la que Google dedica hoy su doodle, coincidiendo con el 101 aniversario de su nacimiento, fue la primera en desnudarse en la historia del cine y la primera en interpretar un orgasmo en la gran pantalla. Pero hoy además el buscador de Internet le recuerda por haber desarrrollado la teoría del espectro ensanchado, el precursor del wifi.
La vienesa hizo historia con 16 años al aparecer desnuda en Éxtasis, de Gustav Machaty. Inició así una carrera que le convirtió en «la mujer más bella de la historia del cine», como se le conoció en sus años de esplendor. Pero, tras los rodajes, la estrella de Hollywood dedicaba las noches a desarrollar un sistema de salto de frecuencias de comunicación, precursor del actual WiFi.
Un día Lamarr conoció al compositor y pianista George Antheil, un pionero de la música mecanizada y la sincronización automática de instrumentos. Juntos pensaron en aplicar el principio de la pianola a los torpedos dirigidos por radio; es decir, emplear rollos de papel perforado para que la frecuencia de la comunicación fuera saltando entre 88 valores distintos (el número de teclas del piano) según una secuencia que solo podrían conocer quienes poseyeran una clave. Eso impediría que el sistema fuera interceptado. La patente se publicó el 11 de agosto de 1942 con el número 2.292.387, bajo el título Sistema de comunicación secreta.
Sin embargo, el sistema de Antheil y Lamarr no fue explotado de inmediato. Para Stephen Michael Shearer, biógrafo de la actriz y autor de Beautiful: The Life of Hedy Lamarr esto se debió a dos razones: “Primero y más importante, el gobierno no entendió o no conceptualizó entonces la comunicación inalámbrica”. Pero según el autor, el segundo motivo obedecía al perfil inusual de la inventora. “Posiblemente el invento fue aparcado porque se consideraba a Lamarr la chica más guapa del mundo y debemos tener en cuenta que en esa época nadie tomaba en serio a una mujer bella en cuestiones intelectuales”.
Sin embargo, la invención de Antheil y Lamarr sería aprovechada a partir de los años 60, cuando la patente se utilizó para desarrollar comunicaciones militares inalámbricas para misiles guiados. Su labor como inventora no fue reconocida hasta después de su muerte, en el año 2000. Desde 2005 su cumpleaños, el 9 de noviembre, está señalado como el Día del Inventor en los países de habla germana (Austria, Suiza y Alemania) y en mayo de 2014, Lamarr y Antheil fueron incorporados al Inventors Hall of Fame de EE UU.

 

Aunque ya sea demasiado tarde......................................................... José Andrés Rojo

En 'La grandeza de la vida' (Tusquets), Michael Kumpf­müller sigue muy de cerca el amor entre Franz Kafka y Dora Diamant.

Dora Diamant, en un retrato de 1921. / Album
Esta es la historia de amor de un hombre de 40 años, que acaba de jubilarse y padece una grave enfermedad, y una joven de 25 que empieza a buscarse la vida.
 Se conocen durante unas vacaciones en Müritz, en la costa del mar Báltico.
Él es torpe e inseguro, complicado: escribe un diario desde muy joven donde apunta observaciones como esta:
“Soy una persona cerrada, callada, insociable y descontenta”
. Ella, en cambio, es espontánea, natural, sencilla, abierta; trabaja en la colonia de vacaciones del Hogar del Pueblo Judío de Berlín.
 Se gustan cuando él la encuentra allí preparando un pescado, luego dan algunos paseos, se hacen carantoñas
. El hombre, que viajó a Müritz para recuperarse de su dolencia en casa de su hermana, empieza a barruntar que quizá no sea aún demasiado tarde, que acaso pueda entregarse por fin a una mujer sin tantas reservas, y que quizá esa mujer sea aquella joven jovial y atractiva.
 Empiezan a hacer planes.
Vivirán en Berlín, donde siempre quiso instalarse.
En La grandeza de la vida (Tusquets), Michael Kumpf­müller los sigue muy de cerca.
Va contando lo que piensan y sienten, está atento a cada uno de sus movimientos, describe cómo pasan un largo tiempo, “fundidos en una especie de abrazo, pelvis contra pelvis, como una pareja”. Son los años veinte del siglo pasado, han pasado cinco desde la Gran Guerra, Alemania se ha llenado de refugiados del Este y muchos son judíos.
 La inflación es brutal. Hay hambre, hay violencia, florece el antisemitismo.
El hombre es Franz Kafka, la joven se llama Dora Diamant. Kumpfmüller ha reconstruido el último año del escritor, de julio de 1923 al 3 de junio de 1924, cuando murió de tuberculosis
. No quedan muchos rastros de ese periodo.
 Parte de los cuadernos y escritos de aquellos días los quemó la propia Diamant a petición de Kafka y los que conservó se los quitaría la Gestapo. Kumpf­müller ha tenido la osadía de meterse en el interior de esa relación, con delicadeza y elegancia, para atrapar lo que duró un suspiro.
 El desafío de Kafka de vivir con una mujer y su precipitado final al que lo arrastra la enfermedad.