Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

20 sept 2015

El hombre al que amó Cary Grant............................................................ Irene Crespo

Orry-Kelly, ganador de tres Oscar por su trabajo como diseñador de vestuarios, fue pareja del gran actor. Su historia sale ahora a la luz en un documental.

Cary Grant, en una imagen de 1955. / Getty Images

Cary Grant, Tony Curtis, George Cukor y Billy Wilder portaron su féretro en 1964. Jack Warner, el poderoso presidente de Warner Bros, leyó su panegírico.
 Y, sin embargo, hoy pocos reconocen el nombre de Orry-Kelly
. Incluso dentro de Hollywood
. Es lo que le pasó a Gillian Armstrong, que como directora veterana (Mujercitas) y australiana jamás había oído hablar de su compatriota.
“Cuando empecé a leer sobre él no me lo podía creer: hasta el año pasado, cuando Catherine Martin le superó, Orry-Kelly era el australiano con más Oscar de la historia, tres, ganados por el vestuario Un americano en París, Las Girls y Con faldas y a lo loco; fue el diseñador de Casablanca, El halcón maltés, trabajó con Bette Davis, con Natalie Wood, con Jane Fonda”, cuenta Armstrong.
La directora presentó esta semana en el Festival de Toronto el documental Women He’s Undressed (Las mujeres que desvistió) dedicado a la figura de este nombre olvidado en las costuras de la meca del cine.
 “Me entró curiosidad por saber cómo lo hizo, qué tenía de especial; y, al mismo tiempo, quería reivindicar este arte, porque la gente no se da cuenta de lo que importante que es el vestuario en el cine”, dice Armstrong.
 Las grandes divas del cine mantenían estrechas relaciones con sus diseñadores de vestuario. “Orry y Bette Devis, por ejemplo, eran muy cercanos.
 Nada más conocerse, se entendieron”, dice la directora.
El diseñador Orry Kelly ajunstando el vestuario de Kay Francis en una escena de 'Women He's Undressed'. / Photo Courtesy of WOMEN HE’S UNDRESSED

Ojo artístico


Hijo de un sastre, nacido en un pueblo cerca de Sidney, en 1922, a los 24 años se marchó a Nueva York a ser actor.
Después de una breve experiencia algo desastrosa en Broadway, enseguida empezó a destacar por su ojo artístico y su instinto con la aguja.
Al poco de llegar, Orry-Kelly conoció a un joven inmigrante inglés que había llegado también persiguiendo el sueño de ser actor.
Entonces se llamaba Archie Leach, aunque años más tarde, sería conocido como Cary Grant.
 Los dos comenzaron una relación de amantes; vivían juntos en el Greenwich Village, con el dinero que mandaba la madre de Kelly, con lo que ganaba Grant como scort de mujeres ricas y con el de los primeros empleos de ambos en el mundo del espectáculo.
 Juntos, tras un breve paso por Reno, perseguidos por mafiosos, llegaron a Hollywood, donde ambos triunfaron por separado.
 Grant sería el nuevo Clark Gable. Y Orry-Kelly entró a trabajar en Warner Bros.
 Vistiendo casi 60 películas al año, su amistad con Davis o con el propio Jack Warner le ayudaron a convertirse en uno de los diseñadores mejor pagados.
 Cary Grant, decidido a ocultar su homosexualidad, le dio la espalda. “Orry fue de los pocos en aquella época que fue fiel a sí mismo, que no fingió un matrimonio como hacían actores o incluso otros diseñadores”, dice Armstrong.
“Solo se llevó mal con Marilyn Monroe”, cuenta Armstrong, a quien no le sentó muy bien que comparara su trasero con el de Tony Curtis y Jack Lemmon.
Tampoco recuperó su amistad y relación con Cary Grant.
 Salvo a finales de los cincuenta, cuando el actor volvió a mostrar interés, con el único objetivo: prohibirle a Kelly que contara nada sobre él en las memorias que estaba escribiendo.
 Orry-Kelly murió en 1964, dejando como última película Irma la dulce; y sus memorias jamás publicadas.
Supuestamente bloqueadas por Cary Grant. Durante casi 30 años permanecieron perdidas, hasta que Gillian Armstrong y su equipo las encontraron.
Bueno, siempre supe que Gary Grant era homosexual, y se casó y tuvo una hija.. Fue todo menos el actor que quisimos ver en muchas películas, guapo y elegante, hoy se dice que George Cloony es muy parecido a él. Siempre bien vestido y bien peinado, casado o no da igual, nadie saca del Armario a quién no quiere.


 

19 sept 2015

Fitzgerald y Gatsby: un entierro bajo la lluvia

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Francis Scott Fitzgerald. Foto Carl Van Vechten / Library of Congress. (DP)
Francis Scott Fitzgerald. Foto Carl Van Vechten / Library of Congress. (DP)
El ataúd de Francis Scott Fitzgerald estuvo expuesto en la trastienda de una empresa de pompas fúnebres de Hollywood, en Washington Avenue, como cualquier escritor olvidado.
 Acudieron a despedirlo sólo unos pocos amigos, y algunos guionistas y productores.
 Su biógrafo André Le Vot cuenta en Scott Fitzgerald que parecía «un maniquí de escaparate en technicolor».
 Uno de los asistentes al velatorio destacó que no tenía ninguna arruga, sus cabellos estaban divididos «por una fina raya, sin un solo pelo gris», pero «la realidad estaba en las extremidades», con unas «manos terriblemente arrugadas y descarnadas».
Fitzgerald había muerto el 21 de diciembre de 1940 a los cuarenta y cuatro años, después de una vida de éxitos, pero también de días desperdiciados.
 Su prestigio se había apagado tanto que sus libros apenas se encontraban.
 En una carta a su amigo y editor, Maxwell Perkins, con fecha de 20 de mayo, Scott lamenta que su hija Scottie asegura a sus amigos «que su padre era escritor y no encontró en las librerías ningún libro mío para demostrarlo (…).
 Pero, una edición barata, ¿no podría ayudar a Gatsby a mantenerse vivo? ¿O acaso la novela es totalmente impopular?».
Su amiga Dorothy Parker, también escritora, estuvo en el velatorio.
 Ambos habían sabido malgastar su talento a gran velocidad.
 A ella le pareció que ya había vivido aquel instante años atrás, cuando leyó El gran Gatsby, y se inclinó sobre los restos de Fitzgerald para susurrarle: 
«Pequeño hijo de puta». 
Esa misma frase es la que le dirige al cadáver de Gatsby uno de los personajes más enigmáticos de la novela, que aparece apenas al principio —borracho y maravillado ante la biblioteca del magnate— y al final, en su entierro, donde se sorprende de que no haya acudido nadie a despedirlo, salvo él y su único amigo, Nick Carraway.
Dorothy y Scott habían trabado una tenaz amistad durante su última época en Hollywood, cuando ambos trabajaban de guionistas, aunque ya se conocían de Nueva York y de sus viajes por Europa. Marion Meade cuenta en su libro sobre la escritora neoyorquina que en una ocasión esta confesó que en la primavera de 1934, coincidiendo con la publicación de Suave es la noche, se había acostado con Fitzgerald «de forma casual y espontánea un par de veces».
Las novelas de Scott Fitzgerald están salpicadas de entierros.
 Ese instante, y lo solo que se puede llegar a estar en un funeral, obsesionaba al escritor. 
Sucede en El gran Gatsby, pero también en A este lado del paraíso o en Suave es la noche.
 En esta última, Dick Diver se entera de la muerte de su padre mientras viaja por Austria
. Ha fallecido en Buffalo, completamente solo.
 Dick recibe un telegrama del párroco: «Tu padre ha muerto esta noche plácidamente». 
En cuanto puede, se sube a un barco rumbo a América. Al llegar a Nueva York, toma un tren a Buffalo y después otro al sur, a Virginia, acompañado del cadáver de su progenitor. Allí, en una gran soledad, lo entierran «entre un centenar de Divers, Dorseys y Hunters».
La propia muerte de Scott Fitzgerald había podido llegar antes, en uno de esos días que no quedaba nada en pie dentro del escritor. 
Sin embargo, el ocaso tiene sus trámites. 
El 20 de diciembre tenía una cita con el médico, pero le pidió a su amante, Sheilah Graham, que la cancelara.
 Estaban en casa de ella, en North Hayworth Avenue. Scott había empezado el sexto capítulo de la novela que estaba escribiendo sobre Hollywood; iba a buen ritmo y no quería interrumpir el libro. 
Por la noche, cuenta Andrew Turnbull en Scott Fitzgerald, el escritor propuso salir a cenar y al cine, pues Sheilah tenía invitaciones para el estreno de Eso que llaman amor.
 Al finalizar la película, Scott se tambaleó: 
«Me encuentro terriblemente mal. La gente va a creer que estoy borracho». 
No quiso acudir al médico. Regresaron a casa, tomó sus somníferos y se quedó dormido. 
Al día siguiente, como si no hubiese ocurrido nada, siguió trabajando en la novela, tal y como recoge Sheilah Graham en un pequeño libro, publicado en 1967, con los recuerdos de sus días con Fitzgerald.
 Después le preparó emparedados y café, mientras él leía en los periódicos que Alemania, Italia y Japón acababan de firmar un pacto tripartito. 
Según él, esto significaba la «inevitable intervención de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial».
Por la tarde, ya sentado en su sillón, junto a la chimenea, se dispuso a consultar las notas sobre football de la revista de antiguos alumnos de Princeton. Todo parecía ir bien.
 «De pronto —relata André Le Vot—, Sheilah vio cómo se levantaba de la butaca, se aferraba a la campana de la chimenea y se desplomaba en el suelo».
En el momento de su muerte, a las 5 horas y 15 minutos del 21 de diciembre, según el certificado del registro civil, a Francis Scott Fitzgerald solo le quedaban setecientos dólares
. Los encontraron en su pequeño apartamento de la calle North Laurel Canyon.
 En pagar su funeral se gastarían seiscientos trece
. El resto de bienes terrenos, consignados en un inventario, se redujeron a un baúl de ropa, otro baúl más pequeño lleno de recuerdos, una caja de cartón con fotografías y cuadernos de notas, cuatro cajas de libros, dos mesas de madera, una lámpara, una radio y poco más
. Fitzgerald había redactado su testamento en 1937, poco antes de su partida a Hollywood, donde la Metro Goldwyn Mayer le había ofrecido un contrato durante seis meses ganando mil dólares semanales.
 La primera frase era casi de novela:
 «En primer lugar, una parte de mis bienes será destinada a unos funerales que estén en consonancia con mi rango». En 1939, sin embargo, cuando su contrato con la Metro ya había expirado, rehízo el testamento.
 No tuvo más remedio.
 Donde ponía «a unos funerales», escribió «a unos funerales menos costosos».
 Y en una nota anexa, añadió: «Sin ostentación ni gastos inútiles».
 Le había llevado toda la vida decidirse a recortar gastos.
 Sus días de gloria y su derrumbe habían compartido una constatación brutal: 
«Me es imposible reducir mi tren de vida».
Una vez que todo estuvo dispuesto, cargaron su ataúd en un tren con destino a Baltimore, para enterrarlo junto a sus antepasados de Maryland. Sheilah Graham no pudo acompañarle. Scootie, la hija que el escritor había tenido con la que todavía era su esposa, Zelda, le hizo saber que no sería bien recibida en los funerales. 
En Baltimore, el obispo se negó a su inhumación en el cementerio católico de Saint-Mary. 
Fitzgerald, después de todo, era un borracho y sus libros todavía se consideraban «inmorales»
. Hubo que recurrir a un ministro episcopaliano y al cementerio vecino de Rockville, aunque en 1975 sus restos y los de Zelda acabarían en Saint-Mary, finalmente. 
Eso fue el 27 de diciembre.
 Llovía igual que el día que enterraron a Jay Gatsby, cuando «a eso de las cinco nuestra procesión de tres coches llegó al cementerio y se detuvo a la entrada bajo una llovizna persistente»
. Fitzgerald también estuvo muy solo.
 Aparte de Scottie, y de algún familiar más, únicamente acudieron algunos compañeros de Princeton —entre ellos, John Biggs, que también era su albacea—, Max Perkins, su editor, y Harold Ober, su agente literario, y algunos amigos recientes, como Gerald Murphy o Andrew Turnbull.
 No estuvo Zelda, que se encontraba ingresada en un sanatorio de Asheville (Carolina del Norte), del mismo modo que tampoco Daisy había acudido a despedir a Jay Gatsby. 
«No mandó ni un mensaje ni una sola flor», lamenta Carraway al final de la novela.
Foto: Jay Henry (DP)
Foto: Jay Henry (DP)

“Regresión’ de Amenábar me parece buena pero no una obra maestra”.......................................... Carlos Boyero

El crítico de cine de EL PAÍS comenta 'Regresión', así como la nueva de Pablo Larraín, presentadas en el Festival de San Sebastián.

 

'Regresión' es una película bien contada, pero que no me deja poso.

Un fotograma de 'Regresión', de Alejandro Amenábar.

Alejandro Amenábar debe de tener cuarenta y pocos años y una filmografía limitada a seis películas, pero tengo la sensación de que es un director con el que estoy familiarizado desde hace infinito tiempo, que su cine es de toda la vida.
 Disponiendo de un notable crédito comercial y artístico, pudiendo rodar lo que quiera y en cualquier momento, aborda sus proyectos con calma.
 Y está claro que hace lo que le apetece, que no acepta encargos lujosos, que se involucra solo lo justo en la promoción publicitaria de sus películas, que no se tira el rollo, que va a su bola.
Siendo una persona discreta y educada, alguien que afortunadamente se comporta con normalidad aunque su obra esté asociada permanentemente al éxito, sabe que cada nueva película que dirige posee el aura de los acontecimientos, que se espera mucho de él, que independientemente de la temática que aborde y de que le salga mejor o peor siempre imprime su poderosa firma.
 Y en Regresión yo no percibo esa autoría.
Es una película bien contada, dotada de clima y tensión, que ves y escuchas con atención y en el caso de algunos espectadores con verdadero acojone, pero que en mi caso no me deja poso
. Podría haberla creado cualquier director sólido y respetable del cine norteamericano.
 Lo cual me parece bien, pero sin huellas de ese concepto tan prestigiado (tal vez excesivamente) de la autoría, de reconocer la personalidad, el estilo narrativo, las obsesiones de su creador.
 No creyendo ni en Dios ni en Satanás, siento estremecimientos y mal rollo ante el cine (a condición de que sea bueno) protagonizado por el segundo y sus acólitos terrenales.
 No hace falta que estos sean perversos, sádicos y tenebrosos.
Los pintorescos y excéntricos viejecitos que vivían al lado de la pobre, violada y acorralada Rosemary en el siniestro edificio Dakota me siguen provocando escalofríos y la angustiosa imagen de esta mujer embarazada huyendo, sudando y suplicando ayuda por las calles de Nueva York en La semilla del diablo me provocan más miedo que el aquelarre más realista y feroz.
Amenábar no abusa del efectismo ni de los sustos (aunque tal vez le sobren planos de esos encapuchados que aparecen en las pesadillas), y te transmite la inquietud, la incertidumbre y el pavor en el que está inmerso un grupo de gente que investiga el mal, con el cerebro en estado de vértigo y la amenaza real o presunta que sienten.
El demonio parece haberse instalado junto a su humano ejército en un pueblo en el que nunca ocurría nada extraordinario.
 Los monstruos existen o los crea la mente, el pánico, la histeria colectiva.
Al frente de esa investigación está un policía atípico, tan vulnerable como cualquiera, tembloroso, alucinado, solo, muy creíble.
Hay espectadores que me cuentan que a los diez minutos ya saben la resolución del misterio.
 Y culpan a Amenábar.
 Bendita sea su perspicacia. Yo, que soy muy inocente, no puedo prever el desenlace.
 Regresión me entretiene y me desasosiega, algo que agradezco, pero se desvanecerá pronto de mi memoria
. Algo que no me ocurre con Tesis y Mar adentro.
 También imagino que dispondrá de mucho público, como todo el cine de Amenábar.
 Tele 5 se preocupará de que nos encontremos con ella hasta en la sopa, el cine de terror dispone de numerosa demanda y el talento de Amenábar siempre ha sido incuestionable.
 Pero el estado de gracia es algo que viene y va.
Y hablo de los más dotados.
Ojeando las películas de la sección oficial me encuentro con demasiados directores que desconozco. Ojalá que entre tanto exotismo, muchos de ellos supongan un hallazgo memorable
. Pero, por si acaso, intentaré frecuentar otras secciones que resultan más apetecibles.
 Por ejemplo, la película de Pablo Larraín, El club, exhibida en Horizontes latinos, se supone que es cine psicológico, pero yo la veo como un monumento del cine de terror.
 Es lo que me hacen sentir esos cinco curas pedófilos (y vete a saber que otras impunes aficiones practicaban), la sinuosa y cínica monjita que les cuida y una de sus antiguas víctimas, todos recluidos por la Santa Madre Iglesia en una casa junto al mar para que expíen sus viejos pecados.
 Aunque sospecho que el castigo les ha sido impuesto no ya con la intención de redimirlos sino porque se hizo pública su sórdida movida, porque dieron el cante excesivamente.
Larraín no es un moralista y muestra a esta gente de conducta abominable en su complejidad, su personalidad atormentada, sus tensiones, sus fantasmas, su condición de apestados, su supervivencia. El club es dura y áspera, destila necesaria mala leche, inteligencia, sarcasmo, claustrofobia y violencia interna, te remueve lo que ves, lo que escuchas y lo que imaginas. Incluso se permite el lujo de sentir cierta piedad hacia esos monstruos tan humanos que desde el poder se cebaron con los débiles.
 Y, por supuesto, a esas ovejas descarriadas que los pastores del rebaño han decidido ocultar para librarse del marrón, yo les desearía una estancia aún menos confortable.
 Entre barrotes, por ejemplo.

 

 

El aroma de Azzedine Alaïa................................................................................... Clara Morales Fernández

Es uno de los últimos diseñadores en resistirse a los dictados de la industria del lujo

Tras 24 años de carrera, ha decidido lanzar su primera fragancia.

Su primera fragancia acaba de salir a la venta y es un aroma “animal”.
La entrada al universo de Azzedine Alaïa (Túnez, 1940) es tan discreta como él mismo: una puerta marrón en la parisiense calle de la Verrerie (4º distrito) que pasa totalmente desapercibida pese a la pequeña placa que luce el nombre de la casa de alta costura.
 Una tranquila noche del pasado mayo, sin embargo, monsieur Alaïa organizaba una fiesta. Presentaba el primer perfume de la marca desde su creación hace 24 años.
El nombre, sencillo: Alaïa Paris.
Si el lanzamiento de una nueva fragancia es un hecho señalado para cualquier maison, en el caso de Alaïa se convierte en un acontecimiento único.
 No solo porque el diseñador, tan poco dado a las entrevistas, ha invitado a varios centenares de periodistas a cenar a su casa
. No solo porque la noche acabará con el propio Alaïa bailando rumba y haciéndose selfies a diestro y siniestro
. Su perfume es más que un movimiento comercial: si el creador ha tardado décadas en lanzarlo no ha sido, aseguran en su entorno, para entrar ahora en la carrera de las fragancias, una fuente segura de ingresos para las grandes marcas.
"Mi perfume no refleja una época particular, sino emociones de todas las épocas”, asevera Alaïa en una nota. Marie Salamagne, perfumista y encargada de crear el olor Alaïa a las órdenes del diseñador, completa la idea:
 “No es un perfume que esté ahí para ser comercial.
Lo que él ha elegido es representativo de su marca y su personalidad, y está pensado para resistir el paso del tiempo”, añade. El propósito casa con su espíritu de trabajo. Alaïa es famoso por haberse resistido durante décadas a los imperativos de la industria: lanza solo dos colecciones al año (aunque dividida cada una de ellas en dos) y continúa presentando sus esculturales vestidos (entre 2.000 y 5.000 euros en el prêt-à-porter) en privado y, de nuevo, en casa, bajo la impresionante luz de la cristalera de la galería principal.
 Mientras, el resto de grandes firmas no suelen bajar de las cuatro colecciones, sin contar las dos de alta costura y las de la línea masculina.
Su perfume, defienden en la marca, nada tiene que ver con la treintena de fragancias y variantes que venden actualmente otras grandes marcas francesas.
 Los números que definen a Alaïa son, de nuevo, más discretos de lo que suele estilarse en el sector: desde la cifra de negocio (59 millones de euros en 2014) hasta la cantidad de tiendas propias (solo dos: la de su estudio y una abierta en 2013 cerca de los Campos Elíseos).
La elaboración de la fragancia duró un año y medio. “Estará listo cuando esté listo”, decía el creador tunecino
Tampoco el proceso de creación se asemeja a los habituales en la industria del lujo.
 “Nunca he trabajado tan cerca de ningún diseñador”, asegura Salamagne, que ha colaborado con gigantes como Giorgio Armani e Yves Saint Laurent.
 La elaboración de la fragancia duró año y medio, siguiendo los tiempos pausados del creador, que suele explicarse con un tautológico “estará listo cuando esté listo”.
Salamagne se reunió en una decena de ocasiones con todos los actores que participaron en el proyecto.
 “Uno no va a casa de Alaïa para media hora”, explica, divertida, la perfumista. “Al final de cada sesión nos decía: ‘Venga, os quedáis a comer, a tomar algo”.
A juzgar por el perfume, encerrado en un frasco casi completamente opaco y decorado con los icónicos troquelados del autor, Alaïa huele a almizcle y flores, una “fragancia animal” en palabras de Salamagne.
 Sobre el aroma intenso y penetrante se ilumina una nota de pimienta rosa. “Fue el único ingrediente que él me indicó directamente.
 Pensé que no funcionaría, y de repente era justo lo que necesitaba”, cuenta.
 En un principio, el diseñador solo le dio una pista, un recuerdo de infancia: el olor fresco y terroso que desprendían las paredes del patio de su casa en Túnez cuando su abuela las regaba con agua para resistir al calor.
 Y alguna línea roja: nada de jazmín y naranja, nada que remitiera a “lo oriental”.
A última hora de la fiesta, Alaïa bailaba, azuzado por su amiga la coreógrafa Blanca Li que participó en la presentación.
 “Ha descubierto las castañuelas y le tienen fascinado”, asegura
. Un gesto inusitado en un hombre tímido que huye de focos y micrófonos.
 El perfume Alaïa huele a pimienta rosa, pero también a cambios.
elpaissemanal@elpais.es