Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

25 jul 2015

Las vanguardias y los amores perros..................................................................... Tereixa Constenla

Angelina Beloff se casó en 1911 con Diego Rivera, que inició con ella una larga carrera de coleccionista de pasiones.

 

Angelina Beloff y Diego Rivera, en Brujas en 1909, el año en que se conocieron. / archivo fotográfico CENIDIAP / INBA

El verano en que Frida Kahlo cumplió dos años, Diego Rivera conoció a Angelina Beloff en un café de Brujas.
 En 1909 las mujeres todavía lucían faldas hasta los tobillos
. Faltaba poco para la Gran Guerra.
 En París unos atrevidos llegados desde todas partes estaban haciendo saltar por los aires el arte como había sido concebido hasta entonces.
 Beloff y Rivera figuraban entre ellos. Pintaban, bebían absenta, parloteaban en la tertulia
 La Rotonde, pasaban frío, se enmarañaban en redes sentimentales, se admiraban, se envidiaban, se envanecían.
Las vanguardias tomaban Montparnasse acaso sin saber que en realidad estaban acampando en la historia
.Y la Historia acampó en ellos, una minúcula parte de la Historia analizó a unos seres que miraban con" desdén absentista" al resto de la Humanidad.. Llenos de absenta y otras drogas, borrachos que les hacía ver la realidad inventada.
Angelina Beloff, hija de un magistrado del Senado ruso, prometía.
 Tras dejar atrás San Petersburgo, se formó con Matisse y Anglada Camarasa. Diego Rivera, claro está que también.
 En 1906 el Estado de Veracruz le había becado para estudiar en Europa, primero en Madrid —donde acude al taller de Eduardo Chicharro— y después en París, donde accede al círculo de exploradores artísticos que formaban, entre otros, Picasso, Gris o Modigliani.
Gracias a su amiga María Blanchard, una pintora española que alcanzó la cima del éxito antes de ser borrada de las letras mayúsculas del arte, conoce a Beloff.
 Al tiempo que le abre la mirada a pintores desconocidos, el mexicano le declara su pasión.
 En aquellos días de asedio, la artista rusa duda, se siente presionada hasta el extremo de acelerar su retorno a París en solitario, según escribirá en sus memorias, redactadas desde la distancia de la vejez. Después, añade, “cuando Diego llegara a París, le diría que aceptaba que fuéramos novios y que creía poder amarlo”.
Con ese apunte notarial se inicia una relación intensa, que culmina en matrimonio en 1911.
Diego Rivera jugaria con mujeres excentrícas toda su vida de borracho, feo y gordo y gran muralista porque un lienzo acapararía solo una mano con pincel.

Retratos de Diego Rivera y Angelina Beloff, realizados en Madrid en 1915. / archivo fotográfico CENIDIAP / INBA
Rivera crea con furia, explora estilos —en España, donde se refugian al inicio de la guerra, pinta paisajes puntillistas—, incurre temporalmente en el cubismo.
 Beloff se especializa en grabados.
 En sus memorias evoca aquellos años felices.
 Pero Rivera pronto mostrará la ansiedad del coleccionista, que caracterizará su vida tanto como sus murales políticos.
Marievna Vorobiev Stebelska, una pintura rusa embebida de cubismo se convierte en una amante duradera, incluso durante el embarazo y el nacimiento del primer hijo del mexicano: Diego Rivera Beloff, que morirá a los 14 meses de neumonía en un invierno que acuchilló París.
Marievna, a su vez, da a luz en 1919 a una niña, Marika —vivo retrato de su padre, como en todos los adulterios que se precien—, y a la que el artista se refería como “hija del armisticio”
. Rivera jamás reconoció su paternidad, según su biógrafo Bertram Wolfe.

Apuntes biográficos

Angelina Beloff (San Petersburgo, 1879-México, 1969) se estableció en 1909 en París para continuar estudios de pintura, tras la muerte de sus padres.
Ese mismo año conoció a Diego Rivera, con el que se casó en 1911 y que la abandonaría una década después
. Beloff se instaló en 1932 en México, donde trabajó como maestra de artes plásticas, grabadora, ilustradora infantil y creadora de guiñoles.
Diego Rivera (Guanajuato, 1889-México, 1957). Partió a Europa en 1906 gracias a una beca. En 1921 regresa definitivamente a México, donde realiza su primer mural, y un año después se casa con la escritora Lupe Marín.
 Despega una carrera de éxito como muralista y de compromiso comunista.
 En 1929 se casa con Frida Kahlo y en 1955 con Emma Hurtado, su marchante.
Angelina fue la primera mujer de largo recorrido en la vida del explosivo mexicano.
Más tarde se casaría con la escritora Lupe Marín (tuvieron dos hijas), la pintora Frida Kahlo y, dos años antes de morir, la marchante de arte Emma Hurtado.
 Entre ellas —y durante ellas— mantuvo un sinfín de amoríos sin papeles.
Diego fue el único hombre de la discreta rusa.
Que se sepa, aunque de ella se ignoran muchos aspectos. Beloff, pintora, grabadora, ilustradora, escenógrafa y diseñadora de guiñoles, apenas ha dejado rastros.
 O fueron muy tenues hasta que la escritora Elena Poniatowska decidió escribir un falso epistolario que tituló Querido Diego, te abraza Quiela (Impedimenta), donde recrea la desolación de Beloff en 1921, el año en que Rivera la abandona y decide regresar a México para sumarse a la causa del Gobierno.
Ese momento es ficcionado por Poniatwoska. “Leí una carta real de Angelina Beloff, que me dio el tono para el libro.
Además, yo sentía que se las estaba escribiendo a mi marido, que no me la pelaba.
 Los astrónomos están todo el día mirando el cielo”, cuenta con humor por teléfono desde México la escritora.
 Se publicó en 1978, se convirtió en una de sus obras más traducidas y se llevó al teatro en México y Francia en más de una ocasión.
“Le pasó lo que le pasa a las mujeres unidas a grandes hombres... pero cuando alguien sobresale, sobresale como una fuerza de la naturaleza”, añade.
Eso era Diego.
 Una fuerza de la naturaleza. Corporal y anímicamente.
 Un cíclope que tumbaría un cáncer de próstata en 1957. Angelina, no. Según Ramón Gómez de la Serna, era “una incógnita, silenciosa, bajo un delicado velo casi siempre”
. Según el historiador del arte Elie Faure, era “vigorosa y original”. Tal vez fue las dos cosas en distintos momentos de su vida.
 En los retratos de Rivera evoca la descripción de Gómez de la Serna.
 En una fotografía de autor desconocido, captada en 1917, asemeja una mujer poderosa y distinta: mientras amamanta a su hijo Diego mira casi con fiereza a la cámara con el pelo recogido en un pañuelo y unos aros de zíngara.
En 1932, Beloff viajó a México para quedarse para siempre.
Murió a los 90 años, en el país que escogió como patria. “Existe la anécdota”, cuenta Mireida Velázquez Torres, comisaria de la exposición Angelina Beloff. Trazos de una vida, organizada en el Museo Mural Diego Rivera, “que yo creo que es sólo eso y no un hecho que realmente haya acontecido, en la cual se decía que cuando Diego Rivera volvió a toparse con Beloff, ni siquiera la reconoció”.Seguro que es cierto porque no sé que atraía de Diego Rivera con mujeres artistas que si se habla de ellas es porque fueron amantes o esposas de ese enorme y machista artista. Nunca me gustó su obra, ni ahora ni antes, su vida sería la que él eligió a la sombra de una mujer y no al revés.

Hydra, la isla de Leonard Cohen...................................................................... Gloria Crespo MacLennan

El cantante fue uno de los protagonistas de la revolución hippy vivida en la ciudad griega. Desde los sesenta, es un refugio de artistas.

Leonard Cohen y Marianne Ihlen en Hydra, en 1960. / JAMES BURKE

Poner un pie en Hydra es retroceder en el tiempo. 
 Quizás sea este su secreto. 
Cautiva al viajero de un solo golpe, con la aparición de su pintoresca bahía a medida que se aproxima a tierra.
 La “salvaje y desnuda perfección”, que deslumbró al escritor Henry Miller, se ha mantenido prácticamente inmune al paso del tiempo
. Conserva su pureza arquitectónica, donde sencillas casas de pescadores comparten escenario con grandes mansiones de estilo veneciano construidas en el siglo XVIII.
 Pero tal vez su encanto se encuentre en su silencio, un tipo de silencio al que el hombre contemporáneo está poco habituado: no hay coches, sólo burros.
El puerto es el lugar más animado de esta isla griega del golfo Sarónico.
 Allí los burros esperan, enfrente de restaurantes y boutiques, la llegada de los viajeros para transportar sus equipajes por todo un laberinto de encrucijadas.
 Es al pasear por las sombrías y empinadas calles, subiendo y bajando escaleras empedradas, dejando atrás tapias encaladas cubiertas por buganvillas, iglesias ortodoxas y coloridas puertas de recios picaportes, cuando perciben la esencia de la isla; su ritmo lento y simple y su relajada decadencia. Arropado por la sencillez y generosidad de sus habitantes, el turista comprueba que la legendaria philoxenia griega es real.
No resulta fácil dar con la casa de Leonard Cohen, pero cuando uno la encuentra se vuelve tan iluso que tiene la sensación de haber desvelado una pequeña parte de su solitaria y compleja “vida secreta”. No lo busquen, él ya no está, pero la austeridad de la casa, bañada por la voluptuosidad de la luz del Egeo, encierra los recuerdos de uno de los periodos más significativos del cantante.
 Fue allí donde compuso So long Marianne (1967) o Bird on wire (1969), entre otras de sus canciones más conocidas.
 Llegó a Hydra recién estrenados los sesenta.
 Allí se encontró con una colonia de artistas expatriados, inconformistas y bohemios.
 Juntos rompieron el silencio y las tradicionales costumbres de la isla, iluminando sus largas noches con lámparas de aceite en las terrazas y trastiendas de los colmados, adelantando 10 años la revolución que llegaría con los hippies.
 Bajo la presencia y el ingenio de este grupo, Hydra vivió su esplendor y atrajo a la flor y nata de la sociedad:
 Allen Ginsberg, Mick Jagger, Jacqueline Kennedy, Sofia Loren, y un largo etcétera, pasearon por sus calles. 
Todo ello otorgó a la árida isla un tinte chic y cosmopolita, que ha persistido hasta hoy, donde la tradición y la vanguardia se unen en una búsqueda común de los placeres más básicos. La isla sigue atrayendo a los artistas
. El pintor Brice Marden pasa allí parte del año. 
Otro habitual es el coleccionista de arte Dakis Joannou; su lujoso y colorido yate, decorado por Jeff Koons, delata su presencia.
La isla griega de Hydra, en el mar Egeo. / Corbis
Hydra no es lugar para turismo de masas, ni aquellos que busquen resorts o grandes playas de arena fina.
Su reclamo seguirá siendo su recogida y placida sencillez.

 

La buena muerte....................................................................... Nuria Barrios

‘El arte de morir’, de Peter y Elizabeth Fenwick, es una actualizada ‘guía’ para el último viaje.

'Peste en Roma' (1869), de Jules-Élie Delaunay. / Album / Joseph Martin

A finales de la década de 1340, la peste negra mató entre uno y dos tercios de la población mundial. El horror marcó tan intensamente a los supervivientes que la Iglesia publicó en 1415 una guía para la muerte que bautizó Ars Moriendi.
 La obra no solo daba consejos a los enfermos para “morir bien”, sino también a los familiares y amigos para comportarse adecuadamente junto al lecho del moribundo.
No hay motivos para temer el final, era el mensaje.
 El texto tuvo tal éxito que fue traducido a la mayoría de las lenguas europeas occidentales y años después se publicó una versión abreviada.
 Este best seller medieval inauguró una larga tradición literaria: las guías para el último viaje.

El último viaje

Obsesionados con prolongar la vida, aseguran Peter y Elizabeth Fenwick, nos hemos olvidado de cuidar nuestro final.
En el ensayo El arte de morir (Atalanta) tejen una panorámica de experiencias diversas (muchas de ellas, poco convencionales) para que, aspiran, el lector piense con mayor naturalidad –y menor gravedad– en la muerte.
Casi siete siglos después, la medicina ha conseguido prolongar nuestras vidas, pero la muerte es un tabú.
 En el pasado, el duelo y el luto formaban parte de la cotidianeidad.
 Hoy, la muerte es una experiencia casi clandestina, relegada a hospitales y tanatorios.
A muchos nos gustaría morir en casa, rodeados de nuestros seres queridos, pero lo más probable es que terminemos en una unidad de cuidados intensivos con tubos conectados a cada orificio de nuestro cuerpo.
 ¿Es eso morir bien? ¿Nadie teme el encarnizamiento terapéutico? ¿Qué significa exactamente una buena muerte?
A esas preguntas dedican El arte de morir el neuropsiquiatra Peter Fenwick y su esposa Elizabeth, que ha trabajado con enfermos terminales.
 Ambos defienden la necesidad de una nueva Ars Moriendi para el siglo XXI.
Fieles al espíritu de la obra original, los Fenwick ofrecen una sosegada, casi dulce, visión de la muerte.
 Para ello acuden a testimonios de personas que han estado muy cerca de morir, de enfermos que fueron diagnosticados como clínicamente muertos, del personal que los atiende y de sus familiares. Muchos encontrarán este enfoque esotérico y discutible, pero hay en el ensayo una defensa apasionada de la “buena muerte”, del derecho a elegir dónde y cómo queremos morir.
Y ese asunto nos afecta a usted y a mí.

 

La ciencia que desmanteló Franco................................................................... Manuel Ansede

Un libro repasa la destrucción de la investigación científica en España tras la Guerra Civil.

Franco visita el Instituto Nacional de Investigaciones Agronómicas, en 1954. / UAM

“Al carro de la cultura española le falta la rueda de la ciencia”, sentenció Santiago Ramón y Cajal, único científico 100% español que ha ganado un premio Nobel.
 El investigador recibió el galardón en 1906 por descubrir las neuronas del cerebro y un año después predicó con el ejemplo y se transformó en el carretero del país: se puso al frente de la nueva Junta para Ampliación de Estudios (JAE), una institución que pagaba a los mejores científicos españoles estancias en las grandes universidades europeas y americanas.
La JAE contribuyó al florecimiento de la Edad de Plata de las letras y las ciencias en España durante el primer tercio del siglo XX.
Hasta el físico Albert Einstein aceptó dirigir una cátedra extraordinaria en la Universidad Central de Madrid en 1933.
 Pero el golpe de Estado de 1936 y la Guerra Civil barrieron este progreso.
 El 8 de diciembre de 1937, el general Francisco Franco disolvió la JAE y creó otra institución para colocar la “vida doctoral bajo los auspicios de la Inmaculada Concepción de María”.
El libro Enseñanza, ciencia e ideología en España (1890-1950), editado por la Diputación de Sevilla y Vitela Gestión Cultural, repasa ahora el desmantelamiento de la ciencia en España ejecutado por la dictadura franquista.
 “A los que estudiamos en la Universidad española entre finales de los sesenta y principio de los setenta nos hacían creer que antes de 1940 la ciencia estaba atrasada y fue casi inexistente, que todo lo que se estaba haciendo entonces provenía del actual régimen, el cual había puesto los medios materiales y las personas adecuadas para que la ciencia española progresara y saliera del atraso en que se encontraba en la década de 1930.
Pero nada más lejos de la realidad”, reflexiona el historiador Manuel Castillo, catedrático emérito de Historia de la Ciencia en la Universidad de Sevilla y coautor del libro.
De los 580 catedráticos que había, 20 fueron asesinados, 150 expulsados y 195 se exiliaron, señala el historiador Manuel Castillo
Castillo recuerda que José Ibáñez Martín, ministro de Educación entre 1939 y 1951, asumió la decisión de “recristianizar la sociedad”.
 La represión vació la universidad.
 De los 580 catedráticos que había, 20 fueron asesinados, 150 expulsados y 195 se exiliaron, señala Castillo. “La Iglesia supervisó o participó en cada una de estas denuncias”, afirma.
Uno de los primeros en huir fue el físico Blas Cabrera, un experto en magnetismo que había sido elegido miembro de la Academia de Ciencias de París en sustitución del fallecido Svante August Arrhenius, premio Nobel de Química.
“A México llegaron medio millar de médicos e investigadores de ciencias biomédicas”, prosigue Castillo. También escaparon grandes figuras de las ciencias naturales, como Ignacio Bolívar, sucesor de Ramón y Cajal al frente de la JAE en 1934, y Odón de Buen, pionero de la oceanografía en España y un divulgador de la ciencia cuyos libros fueron prohibidos por el papa León XIII por defender las teorías de Darwin.
Las matemáticas españolas perdieron a Luis Santaló, uno de los padres de la Geometría Integral, que se exilió en Argentina y continuó investigando en la Universidad de Buenos Aires.
En 1983, con 72 años, recibió el premio Príncipe de Asturias de investigación científica.
 La química también se resintió. Antonio García Banús, catedrático de Química Orgánica en la Universidad de Barcelona, se exilió en Colombia y allí creó la Escuela de Química en la Universidad de los Andes, en Bogotá. Enrique Moles, autoridad mundial en la determinación de los pesos atómicos, también fue depurado, como firmante del manifiesto “Contra la barbarie fascista” publicado tras el bombardeo aéreo de Madrid.
El CSIC nació para buscar “la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias destruida en el siglo XVIII”
Son solo algunos de los ejemplos que aparecen en Enseñanza, ciencia e ideología en España (1890-1950), cuyo segundo autor es Juan Luis Rubio, profesor de Historia de la Educación en la Universidad de Sevilla.
 El Decreto del 8 de noviembre de 1936, dictado por Franco en Salamanca, había ganado.
 Era una orden de eliminar “las ideologías e instituciones disolventes, cuyos apóstoles han sido los principales factores de la trágica situación a que fue llevada nuestra Patria”.
Sobre las cenizas de la JAE, y bajo la batuta de José María Albareda, miembro del Opus Dei más tarde ordenado sacerdote, se creó en 1939 el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Albareda propuso en un primer momento que se denominase Nacional en lugar de Superior, pero en cualquier caso el CSIC nació para intentar “la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias destruida en el siglo XVIII”, según la ley que lo creó el 24 de noviembre de 1939.
Aquel texto criticaba la supuesta “pobreza y paralización” de la ciencia en España durante el primer tercio del siglo XX
. Franco decretaba el olvido de la JAE, una falta de memoria que se repitió de manera sorprendente en 2014, en el 75 aniversario del CSIC, cuando el organismo pasó de puntillas por su pasado de exilios y depuraciones en los actos de celebración.
El actual presidente del CSIC es Emilio Lora-Tamayo, hijo de Manuel Lora-Tamayo, ministro de Educación con Franco y también presidente del CSIC, entre 1967 y 1971.
El franquismo convirtió a España en uno de los países "más subdesarrollados del continente en ciencia", según Castillo
Con la llegada de la dictadura, El origen de las especies de Charles Darwin se convirtió en una obra totalmente prohibida.
El ministro Ibáñez Martín incluyó pasajes del Génesis bíblico en algunos libros de Ciencias Naturales.
 La investigación de la evolución humana, que había empezado a despuntar gracias a la JAE, fue sustituida por Adán y Eva.
 La paleontología “se retrotraía hasta el Cuarto Concilio de Letrán”, organizado por el papa Inocencio III en el año 1215, según Castillo.
“Hay que reconocer que en esto el franquismo fue pionero: se adelantó decenas de años a la corriente creacionista tan en boga hoy en algunas universidades norteamericanas que afinan la inventiva para introducir sus teorías como avaladas por la ciencia”, ironiza el catedrático emérito.
“La falta de libertad de pensamiento y de expresión durante casi 40 años taró al país y lo convirtió en uno de los más subdesarrollados del continente en ciencia y en cultura general”, sentencia Castillo.
 El Auditorio de la Residencia de Estudiantes, una de las joyas de la JAE en Madrid y sede de importantes conferencias científicas internacionales, fue demolido parcialmente y se convirtió en una iglesia. “Si de las basílicas romanas surgieron las primitivas iglesias cristianas, por qué de un teatro o cine, en donde se pensaba ir ensuciando y envenenando, con achaques de cultura y de arte, a la juventud española, no puede surgir un oratorio, una pequeña iglesia para que sea el Espíritu Santo el verdadero orientador de esta nueva juventud de España”, escribió tras la Guerra Civil su arquitecto, Miguel Fisac, por entonces miembro del Opus Dei.