Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

28 jun 2015

El ADN de un legado millonario............................................................................Ángeles Lucas

Una mujer asegura ser hija del marido de la Duquesa Roja y de una sirvienta de su casa.

La duquesa de Medina Sidonia y José Leoncio González de Gregorio.
Cuenta que su madre iba de vez en cuando al paseo de la Castellana en el Madrid de los años sesenta para ver a escondidas al que fue su amor y padre de su primera hija
. Recuerda que le decía que lo veía tras las esquinas andando por la calle junto a su esposa y sus hijos, pero que no se atrevía a acercarse ni a enseñarle a la niña que habían concebido juntos en 1950. Rosario Bermudo, de 64 años, rememora las palabras de su madre y asegura que es la primogénita de José Leoncio González de Gregorio y Martí, un apuesto aristócrata madrileño y campeón de España de hípica que se casó en 1956 con la duquesa de Medina Sidonia, Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura, más conocida como la Duquesa Roja por su lucha antifranquista.
 Con ella tuvo tres hijos.
El silencio que durante décadas guardó su madre, Rosario Muñoz, quien decía que trabajó como sirvienta en la finca que la familia tenía en Badajoz, ha sido roto en los últimos años por la supuesta descendiente del jinete madrileño.
 Y para demostrarlo, ha logrado que un juez acuerde la exhumación de los restos de González de Gregorio, fallecido en 2008, del panteón familiar en Quintana Redonda (Soria) para que se pueda extraer su ADN y sea sometido a una prueba de paternidad.
 Con ella Bermudo sabrá si es su hija, por lo que podría percibir una herencia que según su abogado, Fernando Osuna, rondaría entre los dos y los cuatro millones de euros.
 “Mi madre me contaba que los dos estaban muy enamorados, y que él supo que ella se quedó embaraza cuanto tenía cerca de 18 años
. Pero en cuanto nací me llevaron a su casa y mi abuela Leticia (la madre de José Leoncio) nos echó”, asegura Bermudo, que añade que aún siendo hija de un hombre acaudalado, fue parida en el Hospital de la Inclusa de Madrid porque José Leoncio se desentendió de ella.

Imagen aportada al juicio por Rosario Bermudo.
Tras ser rechazada, Rosario Muñoz, que falleció el pasado marzo, llevó a su hija con apenas días de vida a Écija para que la criasen sus abuelos y luego se volvió a Madrid a seguir trabajando
 Después se casó y le dio a su primera hija el apellido Bermudo de su marido, (que también será exhumado por orden del mismo juez).
“Mi madre no intentó demostrar nada. Pero yo, viendo la situación de mis tres hijos, que no lo están pasando muy bien, he intentado varias veces reclamarlo.
 Ahora parece que llevo razón”, resume Bermudo, que recuerda que en Écija la llamaban la condesita.
El bufete Osuna ha conseguido una prueba de ADN de una botella de agua tirada a una papelera por uno de los hijos del aristócrata y, según apunta la familia, la coincidencia con su madre es del 99,8%. “Me da de verdad muchísima pena levantar el cuerpo de mi padre, pero al juez le ha parecido lo mejor.
 Podría haber sido más fácil si mis hermanos hubiesen dado su ADN”, detalla Rosario.
Cuando dice mis hermanos se refiere a Leoncio, Pilar y Gabriel, los tres hijos que José Leoncio tuvo con la Duquesa Roja, además de Javier, un cuarto descendiente reconocido hijo de otra mujer. “Estamos estudiando la situación para ver qué determinación tomar. Rosario fue al juicio con tres documentos muy vagos.
 Una foto, una carta y una prueba de ADN que se tomó sin consentimiento.
Además, por cuestiones científicas y éticas, nuestro ADN no sería válido”, defiende Gabriel González de Gregorio, hijo menor del matrimonio.
 “Yo estoy abierto a un acuerdo con Rosario y no voy contra ella, pero me gustaría que se respetase la ley para todos igual. Mi crítica es hacia la justicia española, que no termina de pronunciarse sobre nuestros derechos sucesorios y en cambio es ágil para este caso”, añade Gabriel.
José Leoncio González de Gregorio montando a caballo.
Este capítulo de aventuras y desventuras se suma a la ya polémica vida de la Duquesa Roja y de sus herederos, que todavía luchan por un legado que dejó atado para que recayese en su esposa Liliane Dalhmann, con la que se casó en 2008 en articulo mortis 11 horas antes de fallecer. Dalhmann es la presidenta de la Fundación Casa Medina Sidonia, que en su archivo de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) atesora seis millones de documentos históricos.
“Es lo único que queda prácticamente de la herencia”, apunta Gabriel, que avanza que el próximo octubre acudirá junto a sus hermanos a un juicio en la localidad gaditana que durará tres semanas y cuyos costes podrían ascender a 100.000 euros.
 En esta vista se determinará si definitivamente tienen derechos para heredar la fundación.
 Quedan episodios por cerrar para archivar la historia de esta familia.

 

Tiranía de los pusilánimes.........................................................Javier Marías

Lo que anuncia es algo que conocemos bien en el pasado: la piel demasiado fina como pretexto para eliminar lo que no nos gusta.

Hace unas semanas, al hablar de los “linchamientos masivos” en las redes sociales, mencioné de pasada la pusilanimidad como uno de los mayores peligros de nuestro tiempo
. La cosa viene ya de lejos, pero al parecer va en aumento, hasta el punto de que nos vamos deslizando insensiblemente, al menos en ciertos ámbitos, a lo que podría llamarse “tiranía de los pusilánimes”.
El fenómeno original es conocido: en contra de la tendencia de la humanidad a lo largo de siglos y siglos, que consistía en educar a los niños con la seguridad de que un día serían adultos y tendrían que incorporarse a la sociedad plenamente, en las últimas décadas no sólo se ha abandonado ese objetivo y esa visión de futuro, sino que se ha procurado infantilizar a todo el mundo, incluidos ancianos; o, si se prefiere, prolongar la niñez de los individuos indefinidamente y convertirlos así en menores de edad permanentes.
El giro ha contado con escasa oposición porque resulta muy cómodo creer que se carece enteramente de responsabilidad y de culpa: que son la sociedad, o el Estado, o la familia, o los traumas y frustraciones padecidos en los primeros años, o el sadismo de los compañeros de colegio, o las condiciones económicas, o la raza, o el sexo, o la religión, los causantes de que seamos como somos y de nuestras acciones.
Y no digamos los genes: “No lo puedo remediar, está en mis genes”, empieza a ser una excusa para cualquier tropelía.
 Debería bastar con echar un vistazo a los hermanos de un criminal, por ejemplo, y ver que ellos, pese a compartir con él raza, condición social, abusivos padres o incluso genes, no han optado por robar, violar o asesinar a otros.
Pero no es así.
 Nuestra época no hace sino incrementar la infinita lista de motivos exculpatorios.
La infancia es cómoda y nos exime de obligaciones. Bienvenida sea, hasta el último día.
Pero no es sólo esto. En el artículo “La nueva cruzada universitaria”, de David Brooks (El País, 3-6-15), se nos cuenta hasta dónde ha llegado la situación en muchos campus estadounidenses. Brooks se muestra comprensivo y moderado, y al hablar de las nuevas generaciones admite: “Pretenden controlar las normas sociales para que deje de haber permisividad ante los comentarios hirientes y el apoyo tácito al fanatismo.
 En cierto sentido, por supuesto, tienen razón”.
Parece estarse olvidando que vivimos en colectividad; que las ideas de unos chocan con las de otros o las refutan
El problema estriba en que, continúa, “la autoridad suprema no emana de ninguna verdad difícil de entender.
 Emana de los sentimientos personales de cada individuo.
 En cuanto una persona percibe que algo le ha causado dolor, o que no están de acuerdo con ella, o se siente ‘insegura’, se ha cometido una infracción”. (Las cursivas son mías.)
 Y cita el caso de una estudiante de Brown que abandonó un debate en la Universidad y se resguardó en una habitación aislada porque “se sentía bombardeada por una avalancha de puntos de vista que iban verdaderamente en contra” de sus firmes y adoradas convicciones.
Estamos criando personas, salvando las distancias, no muy distintas de los fanáticos de Daesh o de los talibanes.
 Si se erige la subjetividad de cada cual en baremo de lo que está bien o mal, de lo que es tolerable o intolerable, no les queda duda de que dentro de poco todo estará mal y nada será tolerable, empezando por el mero intercambio de opiniones, porque siempre alguien “delicado” se dará por ofendido.
 Si se pone la “percepción” de cada cual como límite, estamos entregando la vara de mando a los pusilánimes (y el mundo está plagado de ellos, o de los que se lo fingen): a los que se escandalizan por cualquier motivo, a los que quieren suprimir las tentaciones, a los que encuentran “hiriente” toda discrepancia, a los que ven “agresión” en una mirada o en una ironía, a los que les “duele” que no se esté de acuerdo con ellos o se sienten “inseguros” ante la menor objeción o reparo.
Parece estarse olvidando que vivimos en colectividad; que las ideas de unos chocan con las de otros o las refutan; que existe la posibilidad de escuchar, de persuadir y ser persuadido, de atender a otra postura y acaso ser convencido.
 Del artículo de Brooks se deduce que, justamente en las Universidades –el lugar del debate y el contraste de pareceres, en la edad en que aún está todo indeciso– se considera que cada alumno es alguien cuyas convicciones, por lo general pueriles y heredadas, son ya inamovibles, intocables y sagradas.
 Hasta la variedad está mal vista
.Añade Brooks de esos universitarios: “A veces mezclan las ideas con los actos, y consideran que las ideas controvertidas son formas de violencia”.
 Que muchos jóvenes sobreprotegidos estén incapacitados para razonar y piensen semejante ramplonería no anuncia nada bueno para el futuro (y no hay mayor contagio que el que viene de América).
 Es más, lo que anuncia es algo que conocemos bien en el pasado: la piel demasiado fina como pretexto para eliminar lo que no nos gusta; la persecución del pensamiento que contraviene nuestras creencias; la prohibición de lo que nos inquieta o fastidia; la imposición del silencio.
 De manera un tanto simple, sin duda, eso se viene resumiendo en una o dos o tres palabras: fanatismo, totalitarismo, fascismo. Elijan o busquen otra, da lo mismo.
elpaissemanal@elpais.es

 

Los coches matan más que las vacunas..................................................................... Rosa Montero

Los posibles efectos secundarios son tan ínfimos que dejar de vacunar a tu niño es como conducir borracho.Que las vacunas son uno de los grandes inventos de la medicina moderna es una verdad tan indiscutible como el hecho de que la Tierra es redonda (eso sí, achatada por los Polos, porque toda verdad tiene su letra pequeña). 

De hecho, las vacunas, junto con la penicilina, han reducido de tal manera la mortalidad en el mundo que,de rebote,

 se ha producido un incremento de las hambrunas: a más bocas que llenar, menos a repartir. 

En 1955 la vida media en el planeta era de 48 años; en 1995, de 65, y se espera que para 2020 la esperanza de vida llegue a los 73 años (datos de la OMS); y eso ha sido en buena parte gracias a las campañas de vacunación. 

Por ejemplo, sólo entre 2000 y 2012, la vacuna contra el sarampión evitó cerca de 14 millones de muertes (datos del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo).

El problema, claro, es que las vacunas, al igual que todas las medicinas que utilizamos, pueden tener efectos secundarios.
 Como la aspirina o el bicarbonato, que la gente ha tragado a mansalva tan alegremente durante décadas; como las vitaminas con las que nos atiborramos.
 Sí: la inocente vitamina C también puede ser perjudicial para tu salud.
Y no sólo las medicinas.
Todo lo que hacemos tiene un riesgo. Más aún, la vida misma conlleva un peligro descomunal, la amenaza cierta e inevitable de nuestro fin
. La vida mata. Sí, repitamos la perogrullada, porque se diría que no queremos enterarnos: la vida mata, pero vivimos como si la muerte fuera una anomalía, una equivocación de los médicos, una cobardía o una torpeza de nuestro propio cuerpo.
 Como si la muerte fuera siempre culpa de algo o de alguien.
Cada día, en fin, afrontamos la posibilidad de que nos ocurra algún percance.
 Los automóviles nos pueden reventar, cegar o dejar parapléjicos con una probabilidad bastante alta, y eso no nos impide meternos alegremente en el monovolumen con todos los niños, la abuela y el perro, para chuparnos quinientos kilómetros hasta la playa.
 Sin embargo, algunos padres no quieren correr el pequeñísimo riesgo de un efecto secundario por vacunar a sus hijos.
Para ello se aprovechan de la inmunidad general.
Es decir, no vacunar a tu niño te puede salir bien, en el sentido de que tu hijo no enfermará, si el resto de la población infantil está vacunada.
 Con el agravante de que es una decisión que tomas en contra de los demás, una decisión que puede dañar a tu vecino.
La vida misma conlleva un peligro descomunal, la amenaza cierta e inevitable de nuestro fin. La vida mata
Fernando Cereto, el médico de Barcelona que inició una petición en Change.org para que la vacunación infantil fuera obligatoria, sostiene que, por debajo de un 92% de vacunación, la sociedad deja de estar defendida contra los brotes infecciosos.
 Le escuché decir en televisión que en España la media se sitúa en torno al 94% (Sanidad sostiene que es un 97%) y que en Cataluña había descendido al 90%. En cualquier caso, ahí está la difteria asomando la cara tras casi treinta años de desaparición.
Entiendo muy bien el dolor, el horror y el rechazo de unos padres que tienen un niño con autismo, por ejemplo, y que piensan que esa dolencia ha sido causada por una vacuna; puede que sea cierto, no lo sé.
Y también entiendo la profunda desconfianza que producen los laboratorios farmacéuticos, esa desasosegante sensación de que todos somos conejillos de Indias en sus manos
. Los laboratorios, inmensas empresas de extraordinario poder, forman parte de la cúpula dominante de este planeta y se han ganado a pulso su mala fama: inventan dolencias para dar salida a sus productos, manipulan la información mundial, amañan investigaciones a la carta para su conveniencia y en definitiva se diría que comercian con nuestra salud con el único y exclusivo fin de enriquecerse.
 Y a mí no me parece mal que ganen dinero, desde luego, pero ¿sólo trabajan para eso? ¿No hay controles éticos? ¿Y necesitan ganar tanto?
La diarrea, el paludismo y la tuberculosis causan casi una tercera parte de las muertes en los países pobres, pero como son pobres, precisamente, son enfermedades a las que la industria farmacéutica no hace apenas caso.
 Le interesa mucho más descubrir una crema contra la impotencia sexual, por ejemplo.
 En España acaba de salir a la venta. Cuatro dosis cuestan 47 euros.
Lo entiendo todo, en fin, los miedos, las dudas, las sospechas
. Pero los posibles efectos secundarios son estadísticamente tan ínfimos en comparación con los beneficios que dejar de vacunar a tu niño es como conducir borracho.
 No sólo podéis partiros el cuello tú y tu hijo, lo peor es que puedes matar a un inocente.
 Exijamos a nuestros Gobiernos que aprieten a los laboratorios en temas de calidad, de controles, de estudios
. Pero con eso o sin eso, por tu propio interés, por sentido común, por responsabilidad social y, sobre todo, por la salud de tu niño y de todos los niños de este país, por favor, vacuna.

 

27 jun 2015

Niña Isabel ten cuidado


Isabel Preysler

Belleza facial | 08/08/2014 - 10:46h
¿Qué retoques se ha hecho?

Rinoplastia y, para subsanar el paso del tiempo, lifting cervicofacial, que corrige el descolgamiento de la piel y de los tejidos profundos faciales y, relleno en los pómulos, para aportar volumen en esta zona.
 También hay una extracción de las bolas de Bichat, que son unas bolsas de grasa que hay en la mejilla. Al sacarlas se logra marcar los ángulos faciales. Y se ha inyectado vitaminas en el tercio medio facial, con lo que consigue mantener la piel hidratada retrasando la aparición de arrugas.

¿Cómo le queda?

La rinoplastia le queda bien, porque le armoniza el rostro dándole un aspecto más dulce.

Cuidado con esta operación/tratamiento porque...

Son intervenciones seguras, pero hay que tener un poco de paciencia para ver el resultado definitivo. Durante el primer mes conviene evitar la exposición solar, pues podría producir manchas en la piel.

¿A qué tipo de persona le recomendaría hacerse lo mismo?

A mujeres que quieran afinar su nariz para conseguir un rostro más armónico, o que pretendan combatir los efectos del paso del tiempo. En una primera fase, con inyecciones de vitaminas y ácido hialurónico y, si no es suficiente, con un lifting cervicofacial en una segunda fase.

Foto: Gtres