
6 jun 2015
Ancianos despidiéndose............................................................ Antonio Muñoz Molina
En estos viejos tremendos hay una celebración incondicional del mundo, no la amargura de estar cerca de dejarlo.
Hay una parte de desvergüenza y de temeridad en la maestría sin
apariencia de esfuerzo del artista muy viejo, o el que no siéndolo
todavía mira de cerca a la muerte. John Huston dirigió The Dead en una silla de ruedas, respirando por una mascarilla el oxígeno que apenas llegaba a sus pulmones enfermos.
The Dead es una novela corta que trata del paso del tiempo y del modo en que se borra el recuerdo de los que se llevó una muerte prematura, pero fue escrita, asombrosamente, por un joven de veinticinco años. James Joyce la escribió con la lucidez adivinatoria que tiene a veces la juventud, como la que tuvo Scott Fitzgerald para escribir The Great Gatsby apenas a los 28.
Estremece la sabiduría en alguien tan joven, pero más aún la inventiva fervorosa y la entrega apasionada en un viejo; y las dos, cuando suceden, muestran algo que de otro modo no se habría podido descubrir, un hallazgo que no es del todo de este mundo, porque traspasa y parece desmentir la inexperiencia del que todavía ha vivido apenas, la fragilidad y el cansancio del anciano.
Una mañana, en Nueva York, en una galería recién abierta en un barrio que es todavía de garajes y de almacenes, voy con un amigo a ver una exposición de obras recientes de Alex Katz.
Nada más entrar, los dos nos quedamos parados en medio de una sala de paredes blancas y suelo de hormigón muy pulido en la que hay colgados unos pocos cuadros de gran formato.
En ese espacio, a la vez dilatado y ascético, destacan más los colores puros, las formas casi abstractas de los paisajes de Alex Katz: el amarillo cegador de un campo de trigo en verano, los verdes neblinosos de un bosque muy tupido a la orilla de un río, el rojo de una cabaña solitaria en mitad del campo, los blancos y grises de una de esas grandes nevadas que borran el horizonte y sumergen el mundo en una silenciosa amplitud.
A los 87 años, Alex Katz pinta con más libertad y más energía que
nunca
. La dedicación y el esfuerzo físico que requieren esas extensiones de color se corresponden con una especie de jovial desenvoltura, una visible efervescencia del talento creativo, del puro gozo de los sentidos: la mirada recreándose en las formas y las manchas de color, el tacto de la mano que se abandona al impulso de un trazo, hasta el olfato estimulado por el olor del lienzo húmedo, del óleo y el aguarrás. Alex Katz, que aprendió tanto del arte japonés, ahora parece haberse adueñado de la soltura de los dibujantes calígrafos, los que logran con un solo brochazo de tinta la máxima precisión de un ideograma o de la silueta de un árbol o una espesura de bambú.
En estos viejos tremendos hay una celebración incondicional del mundo, no la amargura de estar cerca de dejarlo, la mezquindad de esos otros viejos dañinos que reniegan de lo que ya no tienen o lo que van a perder y parece que preferirían que fuera destruido
. En su silla de ruedas, con su mascarilla de oxígeno y los tubos en la nariz, John Huston se recreaba filmando un banquete de Nochebuena con todos los esplendores de un bodegón holandés.
A la luz de las lámparas de gas, los comensales tenían los ojos brillantes y los carrillos encendidos de gula. Mayor que John Huston cuando rodaba su última película, tan viejo como es ahora Alex Katz, a los 87 años, Verdi compuso su última ópera, Falstaff, la más jovial y probablemente la mejor, un fluir de música tan resplandeciente como de Mozart o de Bach, un tumulto de peripecias tan desbordado como el de El hombre tranquilo de John Ford.
Hay una desenvoltura común, un aire de facilidad y hasta de burla en el arte de estos viejos maestros, un fraseo sin interrupciones ni tropiezos que parece no guiado por la voluntad, porque es como el discurrir de un río, como los arroyos y deltas que forman sobre la arena los hilos del agua cuando se retira la marea.
Son las improvisaciones al piano del viejo Duke Ellington, los trazos suntuosos que pintaba De Kooning hacia la mitad de los años setenta, o los del viejo Monet medio cegado por las cataratas, o los del viejo Rembrandt en ese autorretrato en el que se está muriendo de risa, vestido de harapos, con una risa de borrachín, burlándose de su propia maestría y a la vez desplegándola y celebrándola con un descaro sin soberbia; es la desmesura del Goya muy viejo que ya lo ha visto todo y la de Beethoven componiendo en el silencio de su imaginación la Gran fuga, rompiendo con ella cualquier sentido de la proporción clásica y hasta de la cordura, ese fluir que se repite y vuelve y sigue repitiéndose como si no fuera a terminar nunca.
Hay un fraseo que no se interrumpe y un descaro ante la muerte. Goya
se retrata a sí mismo congestionado y casi moribundo, sostenido por el
médico que le salvó la vida.
El adagio de uno de los cuartetos finales de Beethoven es un “canto de acción de gracias de un convaleciente” y también una anticipada marcha fúnebre.
Cuando Alex Katz pinta esas nieblas invernales, esas cabañas iluminadas en la oscuridad, esos esplendores de verano, sin duda lo hace con la plena conciencia de que ya está despidiéndose. Muy pronto esos lugares queridos se mantendrán idénticos, pero él no podrá verlos.
Por casualidad vuelvo en estos días a otra obra maestra de la vejez: Ravelstein, la última novela de Saul Bellow, que acaba de publicar Penguin en una edición de bolsillo. Bellow tenía 85 años cuando terminó la novela
. La leí en cuanto apareció, pero no me acordaba de lo buena que era
. O mejor dicho, es mucho mejor de lo que recordaba, o a mí se me ha vuelto mejor con los años. También he aprendido mejor el idioma a lo largo de todo este tiempo y ahora mi oído detecta con más nitidez las sutilezas del estilo, la oralidad jugosa que hay en la escritura de Bellow, su trasfondo coloquial y judío, el habla de los hijos de los emigrantes, los que se criaron en los barrios pobres en los tiempos de la Gran Depresión y lograron ir a la universidad, divididos entre las ambiciones intelectuales y literarias y el tirón del origen, incómodos luego en la época de la gran prosperidad material y la cultura de consumo
. Como en Alex Katz, o en De Kooning, lo que seduce desde la primera línea en Bellow es la naturalidad del fraseo, la libertad de una forma que va haciéndose a sí misma sin someterse a una trama o a un orden prefijado, que fluye en los borbotones de una inspiración que ha precisado de la disciplina de toda una vida para borrar cualquier huella de esfuerzo, incluso de premeditación
. La celebración del gran lujo de la vida se yuxtapone sin fisuras al examen de la cercanía de la muerte
. Recién terminada la novela empezó el declive mental de Bellow, se acentuó su deterioro físico.
No hay mejor despedida que una obra maestra.
•Siempre que tengas dinero y puedas estar activo, podrás seguir siendo uno mismo, sino te meterán en una residencia barata, donde poco a poco te deje de funcionar la mente de puro aburrimiento igual van a verte por Navidades como un acto de sacrificio y así tu vida se irá apagando sin pintar ni leer ni oir música, porque hay viejos que llegan como pueden a los más de 90 años y otros les obligará la soledad a irse cuanto antes.
Que nadie se le ocurra llorar ni decir tonterías ahora ya no se molesten por nada alguien hará lo inevitable y tendrá que fastidiarse unas horas pero uno solo, nadie más y quien habló con cansancio y hartura, o sencillamente ni eso hizo, pues que se vaya a la playa,!! cuidado que se les escapa un dia. y puede que hasta la vida.!!!
The Dead es una novela corta que trata del paso del tiempo y del modo en que se borra el recuerdo de los que se llevó una muerte prematura, pero fue escrita, asombrosamente, por un joven de veinticinco años. James Joyce la escribió con la lucidez adivinatoria que tiene a veces la juventud, como la que tuvo Scott Fitzgerald para escribir The Great Gatsby apenas a los 28.
Estremece la sabiduría en alguien tan joven, pero más aún la inventiva fervorosa y la entrega apasionada en un viejo; y las dos, cuando suceden, muestran algo que de otro modo no se habría podido descubrir, un hallazgo que no es del todo de este mundo, porque traspasa y parece desmentir la inexperiencia del que todavía ha vivido apenas, la fragilidad y el cansancio del anciano.
Una mañana, en Nueva York, en una galería recién abierta en un barrio que es todavía de garajes y de almacenes, voy con un amigo a ver una exposición de obras recientes de Alex Katz.
Nada más entrar, los dos nos quedamos parados en medio de una sala de paredes blancas y suelo de hormigón muy pulido en la que hay colgados unos pocos cuadros de gran formato.
En ese espacio, a la vez dilatado y ascético, destacan más los colores puros, las formas casi abstractas de los paisajes de Alex Katz: el amarillo cegador de un campo de trigo en verano, los verdes neblinosos de un bosque muy tupido a la orilla de un río, el rojo de una cabaña solitaria en mitad del campo, los blancos y grises de una de esas grandes nevadas que borran el horizonte y sumergen el mundo en una silenciosa amplitud.
En su silla de ruedas y con su mascarilla de oxígeno, John Huston se recreaba filmando un banquete de Nochebuena
. La dedicación y el esfuerzo físico que requieren esas extensiones de color se corresponden con una especie de jovial desenvoltura, una visible efervescencia del talento creativo, del puro gozo de los sentidos: la mirada recreándose en las formas y las manchas de color, el tacto de la mano que se abandona al impulso de un trazo, hasta el olfato estimulado por el olor del lienzo húmedo, del óleo y el aguarrás. Alex Katz, que aprendió tanto del arte japonés, ahora parece haberse adueñado de la soltura de los dibujantes calígrafos, los que logran con un solo brochazo de tinta la máxima precisión de un ideograma o de la silueta de un árbol o una espesura de bambú.
En estos viejos tremendos hay una celebración incondicional del mundo, no la amargura de estar cerca de dejarlo, la mezquindad de esos otros viejos dañinos que reniegan de lo que ya no tienen o lo que van a perder y parece que preferirían que fuera destruido
. En su silla de ruedas, con su mascarilla de oxígeno y los tubos en la nariz, John Huston se recreaba filmando un banquete de Nochebuena con todos los esplendores de un bodegón holandés.
A la luz de las lámparas de gas, los comensales tenían los ojos brillantes y los carrillos encendidos de gula. Mayor que John Huston cuando rodaba su última película, tan viejo como es ahora Alex Katz, a los 87 años, Verdi compuso su última ópera, Falstaff, la más jovial y probablemente la mejor, un fluir de música tan resplandeciente como de Mozart o de Bach, un tumulto de peripecias tan desbordado como el de El hombre tranquilo de John Ford.
Hay una desenvoltura común, un aire de facilidad y hasta de burla en el arte de estos viejos maestros, un fraseo sin interrupciones ni tropiezos que parece no guiado por la voluntad, porque es como el discurrir de un río, como los arroyos y deltas que forman sobre la arena los hilos del agua cuando se retira la marea.
Son las improvisaciones al piano del viejo Duke Ellington, los trazos suntuosos que pintaba De Kooning hacia la mitad de los años setenta, o los del viejo Monet medio cegado por las cataratas, o los del viejo Rembrandt en ese autorretrato en el que se está muriendo de risa, vestido de harapos, con una risa de borrachín, burlándose de su propia maestría y a la vez desplegándola y celebrándola con un descaro sin soberbia; es la desmesura del Goya muy viejo que ya lo ha visto todo y la de Beethoven componiendo en el silencio de su imaginación la Gran fuga, rompiendo con ella cualquier sentido de la proporción clásica y hasta de la cordura, ese fluir que se repite y vuelve y sigue repitiéndose como si no fuera a terminar nunca.
Recién terminada la novela empezó el declive
mental de Bellow, se acentuó su deterioro físico. No hay mejor despedida
que una obra maestra
El adagio de uno de los cuartetos finales de Beethoven es un “canto de acción de gracias de un convaleciente” y también una anticipada marcha fúnebre.
Cuando Alex Katz pinta esas nieblas invernales, esas cabañas iluminadas en la oscuridad, esos esplendores de verano, sin duda lo hace con la plena conciencia de que ya está despidiéndose. Muy pronto esos lugares queridos se mantendrán idénticos, pero él no podrá verlos.
Por casualidad vuelvo en estos días a otra obra maestra de la vejez: Ravelstein, la última novela de Saul Bellow, que acaba de publicar Penguin en una edición de bolsillo. Bellow tenía 85 años cuando terminó la novela
. La leí en cuanto apareció, pero no me acordaba de lo buena que era
. O mejor dicho, es mucho mejor de lo que recordaba, o a mí se me ha vuelto mejor con los años. También he aprendido mejor el idioma a lo largo de todo este tiempo y ahora mi oído detecta con más nitidez las sutilezas del estilo, la oralidad jugosa que hay en la escritura de Bellow, su trasfondo coloquial y judío, el habla de los hijos de los emigrantes, los que se criaron en los barrios pobres en los tiempos de la Gran Depresión y lograron ir a la universidad, divididos entre las ambiciones intelectuales y literarias y el tirón del origen, incómodos luego en la época de la gran prosperidad material y la cultura de consumo
. Como en Alex Katz, o en De Kooning, lo que seduce desde la primera línea en Bellow es la naturalidad del fraseo, la libertad de una forma que va haciéndose a sí misma sin someterse a una trama o a un orden prefijado, que fluye en los borbotones de una inspiración que ha precisado de la disciplina de toda una vida para borrar cualquier huella de esfuerzo, incluso de premeditación
. La celebración del gran lujo de la vida se yuxtapone sin fisuras al examen de la cercanía de la muerte
. Recién terminada la novela empezó el declive mental de Bellow, se acentuó su deterioro físico.
No hay mejor despedida que una obra maestra.
•Siempre que tengas dinero y puedas estar activo, podrás seguir siendo uno mismo, sino te meterán en una residencia barata, donde poco a poco te deje de funcionar la mente de puro aburrimiento igual van a verte por Navidades como un acto de sacrificio y así tu vida se irá apagando sin pintar ni leer ni oir música, porque hay viejos que llegan como pueden a los más de 90 años y otros les obligará la soledad a irse cuanto antes.
Que nadie se le ocurra llorar ni decir tonterías ahora ya no se molesten por nada alguien hará lo inevitable y tendrá que fastidiarse unas horas pero uno solo, nadie más y quien habló con cansancio y hartura, o sencillamente ni eso hizo, pues que se vaya a la playa,!! cuidado que se les escapa un dia. y puede que hasta la vida.!!!
Historia de una bolsa...................................................... Boris Izaguirre
En la vida de Isabel y los suyos, El Corte Inglés siempre estará allí, en los buenos y en los malos momentos
. En mi gimnasio se debatió sobre lo que podría haber entrado o salido de ella.
A lo mejor es un guiño para que el almacén apoye sus conciertos.
Isabel Pantoja junto a su hermano Agustin, a su salida de la cárcel. / GOGO LOBATO (AFP)
Me ha sorprendido que en las crónicas sobre la salida de Isabel Pantoja de la cárcel
donde cumple condena, no se haya reparado en la bolsa de El Corte
Inglés que sostenía su hermano Agustín. ¿Qué hacía esa bolsa entre
ellos? ¿Qué podría contener esa transversal, familiar y socorrida bolsa
de El Corte Inglés?
Es en momentos así cuando reconoces la importancia de los detalles
. Están tan a la vista que no siempre se ven. Probablemente, en la vida del clan Pantoja, igual que en la de millones de españoles, El Corte Inglés cumple una labor unificadora y balsámica.
Pase lo que pase en la vida de Isabel y los suyos, El Corte Inglés siempre estará allí, en los buenos y en los malos momentos.
Tanto en mi gimnasio, en Madrid, como en la calle Gil de Jaz, en Oviedo, se debatió sobre el misterio de la bolsa y lo que podría haber entrado o salido dentro de ella. “Un micrófono”, vociferó un invitado, “Maquillaje”, dijeron dos que discutían, “porque es del tamaño que emplean en la sección de cosmética”.
También se habló de horquillas y pinzas para el pelo de la reina de la copla. “Zapatillas”, sugirió un temerario especulando siempre sobre la bolsa.
Todos coincidieron en que no era de la tienda gourmet. “A lo mejor es un guiño a los propios almacenes para que apoyen sus conciertos como anunciantes”, escuché decir
. Pantoja, pese a que haya fracasado estrepitosamente en su relación con Julián Muñoz, no da puntada sin hilo.
Y también sabe mucho de bolsas.
Es importante saber invertir en Bolsa y en relaciones públicas, así que Pantoja lució muy sonriente y saludadora su última inversión: unas sandalias inspiración sahariana de importante cuña. Así quiso que la viéramos, alta, incluso con esos kilitos que hablaban, de nuevo, muy bien de la vida que ofrece el régimen penitenciario a los internos.
Haciendo con esa buena conducta, publicidad positiva para Instituciones Penitenciarias.
No se entiende por qué tantos imputados se resisten a entrar en la cárcel.
Basta ver a Luis Bárcenas, Ortega Cano y a Pantoja para darse cuenta de que sales rejuvenecido, saneado y con más ganas de vivir.
No me preocupa la suerte política de Cristina Cifuentes (ni la de nadie), pero su vestuario sí. Cifu, como la llaman cariñosamente sus compañeros de partido, atraviesa este vía crucis de no saber si gobierna o no, sin perder tiempo en demostrarnos que su ropa es un canto al retorno del minimalismo. Puede que no gobierne, pero su inclinación estética hacia la austeridad queda reflejada
. Combina chaquetas de cortes geométricos, colores sólidos, joyas invisibles y un tenso peinado hacia atrás con un discurso facial limitado.
Ese rigor presupuestario de Cifu no iba a concertar nada bien con la chulería colorista y el estampado desinhibido de su compañera Espe
. No haber reparado en ese detalle puede que le salga caro a su partido. Como la coquetería de Lucía Figar, consejera de Cultura de la Comunidad de Madrid y quizás una de las imputadas más elegantes de la actualidad. Con esa elegancia que parece tan natural, ¿por qué iba a gastarse 80.000 euros públicos para mejorarla a través de algo tan vulgar como la Operación Púnica?
Es otro pequeño detalle a observar: Figar podría servir de ejemplo de que incluso los pijos más místicos también pueden sucumbir y pecar ante las bolsas y cajas de dinero fácil. Pobre Lucía, pudo ser ministra pero tuvo que dimitir
. Podría ayudar al Gobierno con su plan para proteger la intimidad de los detenidos. Nadie mejor que ella sabe cómo salir bien en cualquier tipo de foto.
Están siendo unos días muy marcados por la moda de la línea roja. Encuentros, desencuentros y pactos que aún no se dan.
La línea roja, originalmente, era contra el PP pero el PP también tiene sus líneas rojas contra los rojos de Podemos. A muchos anfitriones nos parece una rígida antipatía que Mariano no se quiera ver con Pablo. Si Fraga se encontró con Carrillo, llenando de carisma la Transición, y yo me propongo hacer las paces con Peñafiel en la Feria del Libro, ¿por qué Rajoy e Iglesias no pueden cambiar esas líneas rojas por los triángulos verdes y blancos en forma de red de las bolsas de El Corte Inglés?
Termina una semana y seguimos sin saber nada de esa cazatalentos que ha sido Esperanza Aguirre. Lo dio todo la anterior, ¡fue una pasada!, y ahora, más reflexiva, quizás esté revisando baúles en casa. O álbumes de fotos pre Instagram. Quizás preparando el próximo golpe: un libro de memorias. Otro detalle que envolver en un lienzo de triángulos blancos y verdes como la eterna bolsa de nuestros grandes almacenes.
Es en momentos así cuando reconoces la importancia de los detalles
. Están tan a la vista que no siempre se ven. Probablemente, en la vida del clan Pantoja, igual que en la de millones de españoles, El Corte Inglés cumple una labor unificadora y balsámica.
Pase lo que pase en la vida de Isabel y los suyos, El Corte Inglés siempre estará allí, en los buenos y en los malos momentos.
Tanto en mi gimnasio, en Madrid, como en la calle Gil de Jaz, en Oviedo, se debatió sobre el misterio de la bolsa y lo que podría haber entrado o salido dentro de ella. “Un micrófono”, vociferó un invitado, “Maquillaje”, dijeron dos que discutían, “porque es del tamaño que emplean en la sección de cosmética”.
También se habló de horquillas y pinzas para el pelo de la reina de la copla. “Zapatillas”, sugirió un temerario especulando siempre sobre la bolsa.
Todos coincidieron en que no era de la tienda gourmet. “A lo mejor es un guiño a los propios almacenes para que apoyen sus conciertos como anunciantes”, escuché decir
. Pantoja, pese a que haya fracasado estrepitosamente en su relación con Julián Muñoz, no da puntada sin hilo.
Y también sabe mucho de bolsas.
Es importante saber invertir en Bolsa y en relaciones públicas, así que Pantoja lució muy sonriente y saludadora su última inversión: unas sandalias inspiración sahariana de importante cuña. Así quiso que la viéramos, alta, incluso con esos kilitos que hablaban, de nuevo, muy bien de la vida que ofrece el régimen penitenciario a los internos.
Haciendo con esa buena conducta, publicidad positiva para Instituciones Penitenciarias.
No se entiende por qué tantos imputados se resisten a entrar en la cárcel.
Basta ver a Luis Bárcenas, Ortega Cano y a Pantoja para darse cuenta de que sales rejuvenecido, saneado y con más ganas de vivir.
No me preocupa la suerte política de Cristina Cifuentes (ni la de nadie), pero su vestuario sí. Cifu, como la llaman cariñosamente sus compañeros de partido, atraviesa este vía crucis de no saber si gobierna o no, sin perder tiempo en demostrarnos que su ropa es un canto al retorno del minimalismo. Puede que no gobierne, pero su inclinación estética hacia la austeridad queda reflejada
. Combina chaquetas de cortes geométricos, colores sólidos, joyas invisibles y un tenso peinado hacia atrás con un discurso facial limitado.
Ese rigor presupuestario de Cifu no iba a concertar nada bien con la chulería colorista y el estampado desinhibido de su compañera Espe
. No haber reparado en ese detalle puede que le salga caro a su partido. Como la coquetería de Lucía Figar, consejera de Cultura de la Comunidad de Madrid y quizás una de las imputadas más elegantes de la actualidad. Con esa elegancia que parece tan natural, ¿por qué iba a gastarse 80.000 euros públicos para mejorarla a través de algo tan vulgar como la Operación Púnica?
Es otro pequeño detalle a observar: Figar podría servir de ejemplo de que incluso los pijos más místicos también pueden sucumbir y pecar ante las bolsas y cajas de dinero fácil. Pobre Lucía, pudo ser ministra pero tuvo que dimitir
. Podría ayudar al Gobierno con su plan para proteger la intimidad de los detenidos. Nadie mejor que ella sabe cómo salir bien en cualquier tipo de foto.
Están siendo unos días muy marcados por la moda de la línea roja. Encuentros, desencuentros y pactos que aún no se dan.
La línea roja, originalmente, era contra el PP pero el PP también tiene sus líneas rojas contra los rojos de Podemos. A muchos anfitriones nos parece una rígida antipatía que Mariano no se quiera ver con Pablo. Si Fraga se encontró con Carrillo, llenando de carisma la Transición, y yo me propongo hacer las paces con Peñafiel en la Feria del Libro, ¿por qué Rajoy e Iglesias no pueden cambiar esas líneas rojas por los triángulos verdes y blancos en forma de red de las bolsas de El Corte Inglés?
Termina una semana y seguimos sin saber nada de esa cazatalentos que ha sido Esperanza Aguirre. Lo dio todo la anterior, ¡fue una pasada!, y ahora, más reflexiva, quizás esté revisando baúles en casa. O álbumes de fotos pre Instagram. Quizás preparando el próximo golpe: un libro de memorias. Otro detalle que envolver en un lienzo de triángulos blancos y verdes como la eterna bolsa de nuestros grandes almacenes.
Bruce Jenner: “Llamadme Caitlyn”........................................................................ Ignacio Gomar
A sus 65 años, ha declarado al mundo que su vida fue una mentira.
De héroe olímpico a mujer transgénero más famosa de EE UU. Hoy está decidida a aprovechar su nuevo momento de gloria
Caitlyn Jenner, en la sesión fotografica para la revista 'Vanity Fair'. / Annie Leibovitz (cordon press)
Los últimos años ha sido el ‘padrastro de’ en un reality cuyo título no incluía su apellido. Bruce Jenner ejercía de secundario en Keeping Up with the Kardashians, donde Kim Kardashian
y sus hermanas brillaban como protagonistas de un producto
frecuentemente criticado por vacuo y frívolo. Con la exposición pública
de su proceso de cambio de sexo esta semana en la portada de Vanity Fair, Bruce (ahora Caitlyn) no solo ha superado en repercusión cualquier selfie
de sus hijastras, se ha convertido en un símbolo de la lucha por los
derechos y la visibilidad de los transexuales en Estados Unidos. Hasta
el presidente Barack Obama se ha pronunciado en Twitter, alabando su “valor” al compartir su historia.
Pero también ha recibido críticas.
Hoy Jenner vive su segundo momento de gloria
. El primero tuvo lugar en 1976, cuando se convirtió en héroe nacional al proclamarse campeón olímpico.
Como mujer y casi 40 años después, proclama que su vida anterior “fue una mentira”. Para ella no hay mayor logro que haber pronunciado el titular de portada de la revista: “Llamadme Caitlyn”.
Los Juegos de Montreal siempre serán recordados como los de Nadia Comaneci. Mientras la gimnasta rumana deslumbraba al mundo, William Bruce Jenner (Nueva York, 1949) conseguía el oro en decatlón, con récord mundial incluido.
Un éxito que le convertía en ídolo para los estadounidenses.
Aún en plena Guerra Fría, el atleta devolvía a su país uno de los títulos más importantes de los Juegos, que cuatro años antes en Múnich había quedado en manos de la URSS. Entonces encarnaba el ideal de héroe americano.
Hijo de un combatiente de la II Guerra Mundial que ganó la plata en los 100 metros lisos en los Juegos Olímpicos del Ejército de 1945 en Alemania. Deportista desde pequeño, y campeón olímpico tras años de duro entrenamiento en los que su primera mujer mantenía la economía familiar mientras él entrenaba y vendía seguros de vida. Tras Montreal y con solo 26 años, Jenner decidió dejar el deporte y aprovechar su popularidad para ganar dinero con contratos publicitarios, charlas motivacionales y una carrera como actor de series y telefilmes.
También varios noviazgos y tres matrimonios, el último en 1991 con Kristen Mary Houghton, exesposa del abogado Robert Kardashian (conocido por el caso de O. J. Simpson), y con la que ha tenido dos hijas. Jenner es padre de otros cuatro hijos, dos con cada una de sus primeras mujeres.
A los 65 años, ha decidido revelar que siempre se sintió mujer y quiso convertirse en Caitlyn, una metamorfosis que acaba de culminar con su presentación al mundo fotografiada por Annie Leibovitz, tras meses de tratamiento hormonal y una cirugía facial de más de 10 horas
. La respuesta ha sido mayoritariamente positiva. Miles de mensajes de apoyo en las redes sociales. También el de su familia, liderada por la más famosa del clan, Kim Kardashian, que le dedicó en Instagram un “sé feliz, orgullosa, vive la vida a tu manera”.
Por otro lado, miles de detractores han enviado una carta firmada al COI pidiendo que le quiten la medalla de oro obtenida en 1976, por haber violado los estatutos olímpicos que impiden a una mujer competir como un hombre, ya que Jenner ha declarado ser una mujer en un cuerpo de hombre desde siempre.
Una iniciativa que ha generado en la Red una respuesta contraria, que tilda de ridícula una petición amparada en un argumento surrealista que enmascara una evidente transfobia.
Mientras, asociaciones de transexuales le piden que ayude económicamente a un colectivo que en EE UU tiene tasas de desempleo que rondan el 30% y una alta marginalidad relacionada con la prostitución o la cárcel. Jenner asegura en Vanity Fair que quiere que su próximo reality, un documental en el que contará su proceso de cambio de sexo, sirva para que baje la tasa de suicidio de las personas transgénero, nueve veces superior a la media del país
. También está decidida a aprovechar su momento y ya ha recibido ofertas de varias marcas de cosméticos para ser su imagen.
Según sus palabras, “al final todo esto trata de mi vida, de quién soy como persona”.
Y no cierra las puertas a un nuevo amor, puntualizando la diferencia entre tendencia sexual e identidad de género al dejar claro que a ella le siguen interesando las mujeres.
Podría haber una nueva señora Jenner. Señora de Caitlyn Jenner.
Estas últimas alcanzaron la fama habiendo completado la reasignación de género, pero ha habido otros casos como el de Jenner, en los que el público ha sido testigo del proceso. Chaz Bono, hijo de Cher y Sonny Bono, nació en 1969 como Chastity.
En 1995 y tras años de rumores, se declaró lesbiana en una entrevista en la revista The Advocate, y después publicó dos libros para ayudar a los gais y a sus familias en el proceso de contarlo y aceptarlo.
En 2008 inició el proceso para convertirse en hombre, que terminó en 2010, y al año siguiente estrenó en Sundance el documental sobre su transformación Becoming Chaz (convirtiéndome en Chaz).
Un poco antes, Larry Wachowski, director junto a su hermano Andy de películas como Matrix o V de Vendetta, se convertía en Lana Wachowski.
Ella sólo ha hablado de su cambio de sexo una vez, cuando recogió el premio de una campaña de derechos humanos por su contribución a la visibilidad de los transexuales
. Ese día reconoció que en su juventud se planteó más de una vez el suicidio.
Pero también ha recibido críticas.
Hoy Jenner vive su segundo momento de gloria
. El primero tuvo lugar en 1976, cuando se convirtió en héroe nacional al proclamarse campeón olímpico.
Como mujer y casi 40 años después, proclama que su vida anterior “fue una mentira”. Para ella no hay mayor logro que haber pronunciado el titular de portada de la revista: “Llamadme Caitlyn”.
Los Juegos de Montreal siempre serán recordados como los de Nadia Comaneci. Mientras la gimnasta rumana deslumbraba al mundo, William Bruce Jenner (Nueva York, 1949) conseguía el oro en decatlón, con récord mundial incluido.
Un éxito que le convertía en ídolo para los estadounidenses.
Aún en plena Guerra Fría, el atleta devolvía a su país uno de los títulos más importantes de los Juegos, que cuatro años antes en Múnich había quedado en manos de la URSS. Entonces encarnaba el ideal de héroe americano.
Hijo de un combatiente de la II Guerra Mundial que ganó la plata en los 100 metros lisos en los Juegos Olímpicos del Ejército de 1945 en Alemania. Deportista desde pequeño, y campeón olímpico tras años de duro entrenamiento en los que su primera mujer mantenía la economía familiar mientras él entrenaba y vendía seguros de vida. Tras Montreal y con solo 26 años, Jenner decidió dejar el deporte y aprovechar su popularidad para ganar dinero con contratos publicitarios, charlas motivacionales y una carrera como actor de series y telefilmes.
También varios noviazgos y tres matrimonios, el último en 1991 con Kristen Mary Houghton, exesposa del abogado Robert Kardashian (conocido por el caso de O. J. Simpson), y con la que ha tenido dos hijas. Jenner es padre de otros cuatro hijos, dos con cada una de sus primeras mujeres.
A los 65 años, ha decidido revelar que siempre se sintió mujer y quiso convertirse en Caitlyn, una metamorfosis que acaba de culminar con su presentación al mundo fotografiada por Annie Leibovitz, tras meses de tratamiento hormonal y una cirugía facial de más de 10 horas
. La respuesta ha sido mayoritariamente positiva. Miles de mensajes de apoyo en las redes sociales. También el de su familia, liderada por la más famosa del clan, Kim Kardashian, que le dedicó en Instagram un “sé feliz, orgullosa, vive la vida a tu manera”.
Por otro lado, miles de detractores han enviado una carta firmada al COI pidiendo que le quiten la medalla de oro obtenida en 1976, por haber violado los estatutos olímpicos que impiden a una mujer competir como un hombre, ya que Jenner ha declarado ser una mujer en un cuerpo de hombre desde siempre.
Una iniciativa que ha generado en la Red una respuesta contraria, que tilda de ridícula una petición amparada en un argumento surrealista que enmascara una evidente transfobia.
Mientras, asociaciones de transexuales le piden que ayude económicamente a un colectivo que en EE UU tiene tasas de desempleo que rondan el 30% y una alta marginalidad relacionada con la prostitución o la cárcel. Jenner asegura en Vanity Fair que quiere que su próximo reality, un documental en el que contará su proceso de cambio de sexo, sirva para que baje la tasa de suicidio de las personas transgénero, nueve veces superior a la media del país
. También está decidida a aprovechar su momento y ya ha recibido ofertas de varias marcas de cosméticos para ser su imagen.
Según sus palabras, “al final todo esto trata de mi vida, de quién soy como persona”.
Y no cierra las puertas a un nuevo amor, puntualizando la diferencia entre tendencia sexual e identidad de género al dejar claro que a ella le siguen interesando las mujeres.
Podría haber una nueva señora Jenner. Señora de Caitlyn Jenner.
Ella no es la primera
Caitlyn Jenner se ha convertido en la transexual más famosa de EE UU. Un país en el que triunfan estrellas transgénero como la actriz Laverne Cox, nominada al Emmy por su papel en Orange is the new black, o la pionera Amanda Lepore, musa de Andy Warhol.Estas últimas alcanzaron la fama habiendo completado la reasignación de género, pero ha habido otros casos como el de Jenner, en los que el público ha sido testigo del proceso. Chaz Bono, hijo de Cher y Sonny Bono, nació en 1969 como Chastity.
En 1995 y tras años de rumores, se declaró lesbiana en una entrevista en la revista The Advocate, y después publicó dos libros para ayudar a los gais y a sus familias en el proceso de contarlo y aceptarlo.
En 2008 inició el proceso para convertirse en hombre, que terminó en 2010, y al año siguiente estrenó en Sundance el documental sobre su transformación Becoming Chaz (convirtiéndome en Chaz).
Un poco antes, Larry Wachowski, director junto a su hermano Andy de películas como Matrix o V de Vendetta, se convertía en Lana Wachowski.
Ella sólo ha hablado de su cambio de sexo una vez, cuando recogió el premio de una campaña de derechos humanos por su contribución a la visibilidad de los transexuales
. Ese día reconoció que en su juventud se planteó más de una vez el suicidio.
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