Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

6 may 2015

Qué luna la de aquel día............................................................................ Jesus Hermida..


El astronauta Buzz Aldrin pisa La Luna, junto al módulo lunar en la misión Apolo 11 / NASA

Estas cosas uno no las puede remediar: cada vez que ahora me acuerdo de la noche de la Luna (¿dónde estabas tú la noche de la Luna?) siem­pre me sale un estribillo, hasta lánguido, de los Beatles: Oh, I believe in yesterday...
 Sí, claro: creer en el pasado es una consolación de los que aún no sabemos si creer en el mañana. Luego, en noches de tedio solitario, también me acuerdo del poema que escribió McLeish —por encargo, supongo, a tanto el verso y la finura a tanto- para la primera página de The New York Times ese día vigésimo del mes séptimo del año sexagesimonono, cuando, por decirlo con titular periodístico muy sobado por aquellas fechas, «los hombres pisan la Luna».
 Cierto: todo era muy sobado por aquellas fechas, pero el poema de McLeish, entonces, quizá tuvo su miga, no lo sé: «Y en el cuarto día, por la noche, bajamos como un rayo y pusimos el pie sobre tus playas y sentimos pasar por nuestros dedos tu arena fina. Y nos levantamos, aquí en el crepúsculo, en el frío, en el silencio.
Y aquí, como en el principio de los tiempos, levantamos nuestras cabezas. Y sobre nosotros, más bella que la Luna, una luna.»
Bueno, sí: seguramente no estuvo mal.
Pero 18 yo, la verdad, lo que más recuerdo y lo que siempre sí quiero recordar de la noche de la Luna es que había un hombre y una mujer sobre el césped manicurado de la NASA, como en sueño o en dormición o en lo que fuera, mirando ellos hacia arriba tal cual e imaginando ellos que sí veían a Neil Armstrong y a Buzz Aldrin en la Luna que por allí, entre nubes, se apareció.
 Que sí los veían, que los estaban viendo por las are­nas, las que luego dijo McLeish, tan finas y tan grises y tan recién desvirgadas.
 Pero eso fue al final de todo. Primero, al principio, en el prin­cipio de aquella noche, fue que se nos hacían el culo y los labios y las almas agua por lo que allí iba a pasar
. Y eso era, según nos dijeron, que en un cierto momento aparecerían por nuestros monitores las primeras imágenes y se oirían las primeras palabras de un hombre sobre la Luna: fe es creer aquello que verdaderamente quere­mos creer.
 Y yo me recuerdo con el corazón en la nuez de mi garganta: qué inocentes éramos, entonces, todavía. Y también revivo, ahora que me pongo a pensarlo después de diez años, una grandísima y nerviosa y hasta sensual algarada. Después de todo, 3.497 periodistas dan para mucho ruido. Periodistas registrados y con sus papeles en orden, quiero decir.
Y no cuento a los periodistas emboscados, consorte, amantes, francotiradores, amigos, conocidos y de oca­sión.
Me recuerdo con el corazón en la nuez de mi garganta: qué inocentes éramos, entonces, todavía
Otra cosa: hacía calor aquella noche en Houston, por donde la marisma huele a petróleo y a boñiga de vaca
. Ya lo había anun­ciado el periódico de la mañana: «Nubosidad considerable, con riesgos de chubascos y de tormentas
. Temperatura en los treinta grados.» Pero hacía más calor de sangre en los recintos del centro espacial.
 Y un ansia de besos que las gentes se daban o se robaban, de paso, por las esquinas. «Esta noche todos somos hermanos.» Sí, eso sí...
Y luego, por fin al fin, se hizo un silencio grandísimo, como de eclipse o de retre­ta.
 Y en mi monitor de televisión apareció una cosa blanca que yo no sabía lo que era. Y resultó ser Armstrong
. Y de lo que dijo, pues yo no creo que nadie se enteró así de primera instancia hasta que vinieron las secretarias en un vuelo: «Ha dicho no sé qué de un pequeño paso y un gran salto.»
 Bueno, vale... Y de lo que yo dije sólo recuerdo una solemne, seguramente, estu­pidez: «Y miren cómo Armstrong tantea con sus pies el suelo de la Luna, como un niño extiende los brazos hacia su madre...»
 Absolutamente gilipollas. Pero yo lo sentía entonces, y ahora no me da ni vergüenza ni nada.
Y después, a las tres horas de función o así, todo ya terminó (esperemos que el espectáculo les haya gustado, como también cantaban los Beatles) y se hizo un pandemonio y triquitraca generales, con banderas americanas que salían de todas partes y puros con su vitola y abrazos y parabienes a discreción
. Y yo recogí mis papeles y me salí al patio de la NASA, y allí fue donde se pasó lo del hombre y la mujer, que ahora mismo lo copio tal como lo puso en imprenta, por aquellos días, un cierto escribano:
“A la salida del edificio número 1 de la NA­SA, en Houston, hay una ladera de césped liviano, mínimo tobogán de hierba fresca.
 Y había un hombre y una mujer, allí echados, cara a la Luna, casi luna de Jueves Santo, que por entre unas nubes se estaba.
Era la madrugada del lunes 21 de julio (hora española), y Arms­trong y Aldrin habían ya terminado, entonces, de caminar por la carátula empolvada.
Y dijo la mujer: a partir de hoy ya no seremos los mismos, nunca más...»
Y eso, yo lo sé, resultó ser cierto después
. Porque cuando el hombre y la mujer se vieron otra vez, en la cosa de Apolo XII, ya sí que no eran los mismos y ya sí que no se amaron nunca más.
 Pero entonces, aquella noche, en los mote­les de Houston, nadie quiso pensar sino en lo que dice Kris Kristoferson: que el diablo se lleve el mañana.
Y ahora les copio otra vez:
Aquella noche fue una históri­ca, espléndida, magnífica grosería.
«Aquella noche hubo de todo: de lo bueno y de lo alto, de lo malo y de lo bajo.
 Todos lleva­mos en nosotros un gran señor de altivos pensa­mientos y, a su lado, el servidor humilde, de las ruines obras
. Aquella noche hubo de todo y la Luna hacía eses por las carreteras de Texas.
Y los hombres y las mujeres, ebrios de historia y de espacio, se echaron en las piscinas, y los vasos de plástico se echaron en las piscinas, y una sangre gloriosamente alcohólica se echó en las piscinas, y los huesos de pollo se echaron en las piscinas, y un manchurrón de labios y colorete se echó en las piscinas. Y por la mañana, ya, la Luna nos amaneció ahogada y beoda en las piscinas.»
Bueno, tampoco hay que ponerse así. Ni tan carnles como los que estábamos en Houston, ni tan exquisitos como McLeish: «Desde el prin­cipio de los tiempos, antes del principio de los tiempos, antes de que los hombres supieran el sabor del tiempo por primera vez, ya pensába­mos en ti.»
Yo, la verdad, no pienso mucho en la Luna. Y si pienso, cuando pienso, tampoco me dan es­calofríos. Eso sí: aquella noche fue una históri­ca, espléndida, magnífica grosería.

El paso y el salto

La página 339/2 del libro de transcrip­ciones correspondientes al viaje del Apo­lo XI va marcada en su parte superior con los siguientes datos: fecha, 20 de julio de 1969; hora, 21.52 (tiempo de Houston, Texas); momento del vuelo, 109 horas y veinte minutos. La página está dedicada a sólo doce líneas en inglés. Se trata de un casi monólogo que, traducido, podría quedar así:
Armstrong. Voy a salir del módulo lu­nar, ahora...
Armstrong. Este es un pequeño paso para un hombre. Un salto gigantesco para la humanidad.
Armstrong. ... La superficie es fina y polvorienta. Puedo... Puedo esparcirla con la punta de mi pie. Se adhiere en ca­pas muy finas, como polvo de carbón, a las suelas y a los filos de mis botas. Sola­mente he salido una pequeña fracción de una pulgada, pero ya puedo ver la huella de mis botas y las pisadas en las finas partículas de arena.
Control. Neil... Aquí, Houston. Te oímos...
Esas líneas son el testimonio más pri­migenio y verdadero de lo que ocurrió y se dijo en el momento exacto en que un hombre pisaba, por primera vez, la Luna.
 Según el propio Armstrong, la frase, ya histórica, sobre el paso y el salto no había sido preparada de antemano.

Todo en él era grande.......................................... Carlos Boyero

Orson welles
Orson Welles en una imagen de la exposición de fotografías de Magnum 'La pasión por el cine', en Lisboa en 2001.

Hoy cumpliría cien años.
No hay que hacer esfuerzos proteicos para imaginar su aspecto
. Con Welles tengo la sensación de que nunca fue joven ni viejo, de que no tenía edad o de que podía aparentar la que le diera la gana, que siempre fue una cosa tan insólita como impresionante que respondía al nombre de Orson Welles, que no necesitó aprender ni evolucionar, que su personalidad y su inteligencia no tuvieron alteraciones, que fue deslumbrante, complejo y bendecido por el arte más poderoso desde su niñez y así hasta el final.
Seguramente, habitarían en alguien tan especial las luces y la tinieblas e imagino que podría llegar a resultar desesperante muchas veces para la gente que financiaba su creatividad pero también que, como el personaje de Alida Valli en El tercer hombre, el cine seguiría en deuda permanente con él y enamorado de su grandiosa e inquietante figura, aunque los hechos nos confirmaran algo tan monstruoso como que pretendió hacerse rico en el mercado negro adulterando la penicilina y dejando tullidos a niños en aquella Viena devastada por la guerra.

La fascinación que despierta el seductor, cínico y siniestro tercer hombre permanecería intacta aunque descubras su reverso tenebroso.
 Y te subirías a la noria del Prater con él para escuchar hipnotizado sus salvajes opiniones sobre la condición humana, los Borgia y el reloj de cuco, pero convendría que te agarraras muy muy fuerte a algún asidero, ya que no habría dudas de que si le suponías un mínimo problema te lanzaría al vacío.
No es casual que su gran amor fuera Shakespeare y que estuviera obsesionado con trasladarle al cine, para mi gusto con resultado desigual en Macbeth y Otelo (y que me excomulgue la Academia dedicada al culto a lo sagrado) y de forma conmovedora en Campanadas a medianoche.
 Y, por supuesto, siempre debió de tener claro que la historia le reivindicaría como el Shakespeare del cine.
 De igual a igual. Pero nunca sabremos cuántas obras prodigiosas hubiera creado Welles (o de lo que hubiera sido capaz de lograr Maradona en el fútbol si el adictivo polvo blanco no colonizara su organismo desde que se instaló en Barcelona) si le hubieran permitido engendrar sus múltiples y ambiciosos proyectos con plena libertad creativa, tal como las concibió su imaginación, con presupuestos a la altura de lo que pretendía hacer.
Aseguraba Welles que únicamente logró esa independencia con Ciudadano Kane, el lujoso bautizo en el cine de aquel niño prodigio que iba a revolucionar el lenguaje de contar historias con una cámara. Tengo sensaciones que se renuevan continuamente con esta película.
 La miré de reojo la primera vez ante las permanentes y solemnes listas de historiadores y críticos declarando que era lo más hermoso y profundo que había creado la historia del cine
. Y admitiendo su magia, su misterio, su potente expresividad, me pareció que no era para tanto, que lo más parecido a la felicidad me lo habían regalado en la pantalla directores como Lubitsch, Keaton y Murnau.
Tengo la sensación de que nunca fue joven ni viejo, de que no tenía edad
Pero cada cierto tiempo un imán extraño me obligaba a revisar la historia de ese hombre temible y trágico que se despedía del mundo obsesionado con ese enigmático y lírico Rosebud, algo maravilloso y puro que alguna vez poseyó y que después se lo llevó el viento
. Y las últimas veces que la he visto me ha hipnotizado, su grandeza es auténtica. Sin embargo, El cuarto mandamiento, de la que Welles renegaba, ya que la productora remontó su primitivo trabajo, me enamoró desde el primer encuentro
. Cuánta tristeza, sentimiento, poesía, comprensión y sutileza existe en la crónica del esplendor de los Amberson y en su inevitable derrumbe, en las devastadoras facturas emocionales que pueden acompañar al progreso.
Cinco de sus películas me han dejado huella a perpetuidad
Y, cómo no, me sentí intrigado y cautivado por los perversos amores de aquel marinero nihilista que se cuelga de la mujer que menos le conviene en la perturbadora y sombría La dama de Shanghai. O con esa negrísima obra maestra que desprende aroma a pesadilla perdurable titulada Sed de mal, cuyo inicio deslumbra ante la genialidad y la audacia de esa cámara cuyo virtuosismo solo es equiparable al de Hitchcock, pero que en su desarrollo y en ese final inolvidable, con el compadecible y odioso ogro llamado Hank Quinlan sabiéndose derrotado y agonizante, más borracho, añorante y solo que nunca, te crea un nudo en la garganta y un recuerdo eterno en la retina.
Ya sé que Welles es más que todo eso, aunque se me atraganten o me aburran algunas de sus presuntas obras de arte, pero las cinco películas que he citado me dejan huella a perpetuidad
. Era distinto, era único, era excesivo, era genial, lo cual no garantiza el eterno estado de gracia, pero cuando este funcionaba paría criaturas inolvidables.

El copiloto Lubitz ensayó cómo estrellar el avión en el vuelo anterior..................................... Carlos Yárnoz

El copiloto manipuló hasta cinco veces el piloto automático para programar el descenso, según un estudio de la caja negra.

Varios aviones de Lufthansa, matriz de Germanwings, en Düsseldorf en 2013. Varios aviones de Lufthansa, matriz de Germanwings, en Düsseldorf en 2013. / Frank  


Andreas Lubitz, el copiloto de Germanwings que estrelló deliberadamente el Airbus A320 el pasado 24 de marzo en los Alpes con 150 personas a bordo, realizó también unas extrañas maniobras de descenso en el vuelo anterior entre Dusseldorf y Barcelona esa misma mañana.
En ese vuelo también se había quedado solo en la cabina durante unos minutos y puso el avión en descenso máximo en varias ocasiones, según el informe provisional dirigido por la Oficina de Investigación del Gobierno francés.
El informe, de 30 páginas, señala que, a las 7 horas, 19 minutos y 59 segundos del día 24, en el vuelo Dusseldorf-Barcelona, “se registran ruidos que asemejan la apertura y cierre de la puerta de la cabina, que corresponden a cuando el comandante salió de la cabina”. La aeronave estaba entonces a 37.000 pies de altura.

"Lubitz modificó reiteradamente la velocidad de descenso"

El copiloto Andreas Lubitz seleccionó la velocidad máxima permitida en el descenso de la aeronave, según las conclusiones del informe provisional de los investigadores. Lubitz eligió esa velocidad a las 9 horas, 35 minutos y 3 segundos, y el avión se estrelló exactamente a las 9 horas, 41 minutos, 6 segundos, como detalla el documento.
La velocidad seleccionada fue de 350 nudos, unos 640 kilómetros por hora, que es la máxima en las condiciones en que volaba el avión en ese momento, es decir, el límite recomendado para que aguante la estructura del avión.
 Los 350 nudos en ese momento era, señala el documento, “el valor máximo que la tripulación puede seleccionar”. “Corresponde”, precisa, “con la máxima velocidad operativa”.
Los investigadores relatan que el comandante del Airbus abandonó la cabina a las 9 horas, 30 minutos, 24 segudos, y que solo 31 segundos después, Lubitz seleccionó también la altitud mínima permitida, 100 pies, unos 33 metros sobre el suelo.
Modificó reiteradamente la velocidad de descenso.
 Seis veces, por ejemplo, durante 13 segundos, hasta que finalmente eligió la máxima posible en esas condiciones
. La velocidad final era de 345 nudos, solo cinco menos que la máxima.
A las 9 horas, 40 minutos, 41 segundos, se activó la primera alarma de proximidad al suelo. “Terrain, terrain. Pull up, pull up” (Tierra, tierra, ascienda, ascienda) del llamado Ground Proximity Warning System (sistema de alerta de proximidad a tierra). Permaneció activado hasta el final.
 Como otras dos alertas que se dispararon 12 segundos antes de la catástrofe.
A las 7 horas, 20 minutos y 29 segundos, el centro de control de Burdeos solicita al avión que descienda a 35.000 pies, una orden que ejecuta el copiloto.
 Sin embargo, 18 segundos después, el copiloto seleccionó una altitud de 100 pies, la mínima posible. La mantuvo durante tres segundos y, a continuación, la elevó al máximo permitido, 49.000 pies, y luego la redujo a 35.000.
De nuevo a las 7 horas, 22 minutos y 27 segundos, la altitud seleccionada por Lubitz volvió a ser de 100 pies.
 La cambió varias veces hasta situarla en 25.000. A las 7.24, se escucha la señal acústica accionada por el comandante para que le abra la puerta de acceso a la cabina. A las 7.24.29, se desbloquea la puerta y entra el comandante. Durante su ausencia, el copiloto seleccionó la altitud mínima en cuatro ocasiones para rectificar después.
La conclusión textual que figura en el informe provisional del equipo de investigación de accidentes aéreos coordinado por la Oficina francesa de Investigación confirma las hipótesis iniciales: “La información inicial revela que, durante la fase de crucero, el copiloto se encontraba solo en la cabina de mando.
 Entonces, y de manera intencionada, modificó las instrucciones del piloto automático para hacer descender la aeronave hasta que impactase con el terreno.
No abrió la puerta de la cabina de mando durante el descenso, a pesar de las solicitudes de acceso realizadas a través del teclado numérico, el interfono de cabina y las comunicaciones de radio”. Pero además, el texto hecho público este miércoles detalla al segundo qué ocurrió en el vuelo Barcelona-Dusseldorf y en el anterior, Dusseldorf-Barcelona, en el que el copiloto Lubitz ya ensayó una maniobra similar a la que originó la catástrofe.
Puesto que el principal objetivo de una investigación de accidentes aéreos es que no se repitan hechos similares, en este caso los autores de este análisis señalan que centrarán sus trabajos en dos aspectos fundamentales: el estado de salud de los pilotos y el sistema de bloqueo de las puertas de acceso a las cabinas de los aviones, utilizado desde los ataques del 11-S.

La licencia de Lubitz incluía "limitaciones"

Los investigadores recuerdan que Lubitz ya tuvo que interrumpir su entrenamiento como piloto de noviembre de 2008 a agosto de 2009 “por razones médicas”.
 En abril de 2009, de hecho, no le revalidaron su certificado médico correspondiente “debido a una depresión y a que tomada medicación para tratarla”
. En julio de ese año, sí le dieron el certificado, pero con este aviso adjunto: “Adviértanse las condiciones/restricciones especiales del permiso” para volar.
“En su licencia de piloto se incluyó la limitación “SIC incl.. PPL”, que significa: exámenes médicos específicos regulares; contactar con la autoridad emisora de la licencia”.

Esa limitación, recuerda el informe, requiere que el examinador de medicina aeronáutica contacte con la autoridad emisora de la licencia “antes de proceder a la evaluación médica relacionada con cualquier extensión o renovación del certificado médico”.
 Se trata de que el examinador conozca la historia médico del piloto antes de proceder a su evaluación.
Lubitz obtuvo su último certificado médico para poder volar en julio de 2014 con validez hasta el 14 de agosto de 2015, a pesar de que, según diversas informaciones difundidas tras la catástrofe que provocó, seguía tomando medicamentos contra la depresión.
Por todo ello, los investigadores señalan ahora que hay que buscar un equilibrio “entre la confidencialidad médica y la seguridad del vuelo”.
 Se centrará en determinar cómo es posible que un piloto esté en una cabina de un avión con intención de estrellarlo pese a que existen normas que establecen “criterios médicos obligatorios para las tripulaciones, específicamente en las áreas de psiquiatría, psicología y problemas de conducta”; y en las políticas de reclutamiento y formación que tienen las compañías.
Con respecto al sistema de bloqueo de las puertas de la cabina, que propició que Lubitz impidiera el acceso al comandante, los investigadores señalan que revisarán todo el sistema.
Varias compañías ya exigían que nunca pudiera estar una sola persona en la cabina, una norma adoptada por otras muchas aerolíneas tras el siniestro de los Alpes.

Francis Ford Coppola, Premio Princesa de Asturias de las Artes.................................... Tommaso Koch

El director de 'El padrino' y 'Apocalypse Now', uno de los directores y productores más influyentes de la historia, tiene cinco Oscar y dos palmas de oro de Cannes.

 

ATLAS

Francis Ford Coppola (Detroit, 1939) ha sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Artes por su contribución privilegiada al universo del cine
. En realidad, para repasar la lista de premios del cineasta es más fácil buscar los que aún no tiene. Entre ellos estaba el Príncipe de Asturias. Hasta esta mañana, cuando se ha anunciado que el cineasta italo-estadounidense es el galardonado de 2015 con el Princesa de Asturias -desde este año se llama así- de las Artes
. Así, el genio que rodó El padrino y Apocalypse Now suma otro reconocimiento a una pecera que ya cuenta con cinco oscars (Mejor película, Mejor director y Mejor guión adaptado en 1974 por El Padrino II y los de Mejor película y Mejor guion adaptado por El Padrino en 1972, además del Oscar a Mejor guion original en 1970 ), cuatro Globos de Oro y dos Palmas de oro (La conversación en 1974 y Apocalypse Now en 1979), siendo uno de los únicos siete cineastas de la historia en poder presumir de este último récord.
El jurado del Premio Princesa de Asturias de las Artes 2015 ha valorado de Francis Ford Coppola que se trata de un "narrador excepcional" y de un "renovador temático y formal", que se ha convertido en un director de cine "imprescindible para entender la transformación y las contradicciones de la industria".

"Narrador excepcional, ocupa un lugar prominente en la historia del cine.
 Su carrera ha sido una continua lucha por mantener la total independencia emprendedora y creativa en todas las facetas que ha desarrollado como director, productor y guionista", señala el acta leída por el presidente del jurado, el empresario José Lladó.
Para el jurado, la figura de Francis Ford Coppola es "imprescindible para entender la transformación y las contradicciones de la industria y el arte cinematográficos, a cuyo crecimiento ha contribuido decisivamente".
"Renovador temático y formal, sus exploraciones en torno al poder y sobre los horrores y el absurdo de la guerra han trascendido su obra artística, convirtiéndose en iconos colectivos y universales del imaginario y de la cultura contemporáneos", concluye el acta.
A sus 76 años, Coppola es uno de los directores más admirados del planeta.
 Es prácticamente imposible escuchar una crítica a su trayectoria y cada vez que un periódico o revista lanza una encuesta para establecer la mejor película de la historia, el resultado se repite idéntico: El padrino.
  Y eso que, al principio, Paramount intentó fiar el proyecto a Sergio Leone y, después de su rechazo, a Peter Bogdanovich.
Finalmente, sin embargo, detrás de la cámara acabó Coppola, y el cine de gánsteres y mafia nunca volvió a ser el mismo.
Enumerar los grandes filmes de Coppola significa perderse en un repaso infinito: es el director de la trilogía de El padrino -cuya segunda entrega, por cierto, fue la primera secuela en ganar un Oscar al mejor filme-, Apocalypse Now, Ya eres un gran chico, El valle del arco iris, La conversación, La ley de la calle y Drácula de Bram Stoker, por citar solo algunos ejemplos.
El último filme que ha dirigido hasta la fecha es Twixt, de 2011, una historia de terror que fue tumbada por la crítica, aunque Coppola se encuentra trabajando en un proyecto, todavía sin título, sobre dos jóvenes italo-americanos.
Mientras se tomaba una pausa de la dirección, el cineasta se ha volcado en su labor de productor, en la que suma más de 70 filmes: los más recientes son En la carretera (2012) y The Bling Ring (2013). También se encarga de su viñedo en California y de un restaurante en San Francisco, cuyos copropietarios son Robert de Niro y el fallecido Robin Williams.
Nacido en Detroit, segundo hijo de Carmine Coppola e Italia Pennino, debe su nombre al empresario del automóvil Henry Ford y a su abuelo, Francesco Pennino.
 El cineasta sufrió desde pequeño una poliomielitis que le obligó a quedarse durante largos períodos de su juventud en la cama.
 Pésimo estudiante, pese a su cociente intelectual por encima de la media (117), Coppola se interesó especialmente por la música y el teatro, aunque finalmente acabó decantándose por el cine en la UCLA (Escuela de Teatro, Cine y Televisión de Los Ángeles).
Siempre declaró que Elia Kazan fue una de sus principales influencias a la hora de dedicarse al mundo de las películas
. Años después, afirmó que “el arte depende de la suerte y el talento”
. El segundo, desde luego, siempre le ha sobrado.
El jurado encargado de escoger al galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2015 se ha reunido el martes y el miércoles en Oviedo.
 Se trata del primero de los ocho galardones internacionales que convoca este año la Fundación Princesa de Asturias, y que cumplen con esta su XXXV edición, anteriormente conocida como Fundación Príncipe de Asturias.
Según ha informado la citada fundación, el premio se concede a aquellos "cuya labor en la cinematografía, el teatro, la danza, la música, la fotografía, la pintura, la escultura, la arquitectura y otras manifestaciones artísticas constituya una aportación relevante al patrimonio cultural de la humanidad".
A este premio han optado un total de 31 candidaturas, procedentes de Alemania, Argentina, Australia, Cuba, China, Dinamarca, Estados Unidos, Estonia, Hungría, Iraq, Irlanda, Islandia, Israel, Italia, México, Polonia, Portugal, Reino Unido y España.
El Premio está dotado con una escultura de Joan Miró [símbolo representativo del galardón], la cantidad en metálico de 50.000 euros, un diploma y una insignia.
El jurado está compuesto, entre otros,  por el empresario José Lladó; el cineasta José Luis Cienfuegos; los editores Catalina Luca de Tena, Carlos Fitz-James Stuart Hans y Elena Ochoa; el director del Museo del Prado, Miguel Zugaza; y el director de teatro Josép María Flotats.
Norman Foster, Woody Allen, Paco de Lucía, Vittorio Gassmann, Fernando Fernán Gómez, Bob Dylan, Miquel Barceló, Pedro Almodóvar, Óscar Niemeyer, Eduardo Chillida y Luis García Berlanga, se encuentran entre la lista de galardonados de las Artes.
Me hace feliz que Coppola reciba este premio, efectivamente El padrino mejor película de todos los tiempos actuales y Apocalipses >>>>>>Now la mejor sobre la Guerra de Vietnam, curiosamente Marlon Brando en las dos.