Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

13 abr 2015

A mí no me la dan con queso”................................................... Javier Marías

Parece como si el talante señoritil haya contaminado a la población, no se sabe por qué, pues no es que los españoles en conjunto sean entendidísimos en nada.

Decía Juan Benet que la actitud predominante entre los críticos –sobre todo españoles, pero no sólo– era semejante a la de los guardias urbanos o de la porra, como antaño se los llamaba.
 Aquellos individuos, con sus largos abrigos azul marino y sus cascos coloniales blancos, se encaramaban a un pedestal en medio de una plaza o de una encrucijada y, desde su elevación, estaban ojo avizor a ver quién cometía una infracción; luego andaban buscando infracciones y, por tanto, si no las había, se las sacaban de la manga a menudo, porque de otro modo, ¿cómo se justificaban su función y aun su existencia?
Esa disposición de los críticos se podía resumir, según Benet, en esta frase: “A mí no me la dan con queso”
. Es decir: “¿Que quiere usted circular con un libro, una película, una música que ha hecho? Le voy a demostrar yo que no puede, que su obra está llena de infracciones y que a mí no se me pasa una”. Esto significaba que los críticos poseían un rígido código, cada cual el suyo, y que con él iban a medir cuanto se ofreciera a sus ojos u oídos, por innovador que fuese.
 Este tipo de crítico no sólo no se ha extinguido, sino que ha proliferado con las nuevas generaciones: hay muchos que incluso nos cuentan su vida, sus reacciones viscerales, lo que experimentan ellos mientras leen una novela o ven una película, como si su personalidad y sus hábitos le interesaran al lector lo más mínimo.
 Sus reseñas pueden empezar así: “Cuando leo un libro de Fulano, me suele ocurrir que …”, o “El problema de esta película es que no me emociona …”, sin caer en la cuenta de que eso puede ser problema subjetivo suyo y no de la obra, y, sobre todo, de que a nadie le importan sus sentimientos (“Haga el favor de no relatarme lo que le pasa a su estómago, que ya tengo yo el mío”, dan ganas de espetarle).
No son muchos los lectores y espectadores que hoy se sientan en sus butacas de buena fe, o con ecuanimidad por lo menos
Lo peor es que estas actitudes se han contagiado a buen número de lectores y espectadores y oyentes, los cuales, por principio, se asoman a cualquier manifestación artística con espíritu perdonavidas: “A ver qué nos quiere endilgar este”, se dicen con pésima predisposición y recelo, sea “este” un autor novel o consagrado.
La cuestión es partir de la convicción de que quien se ha atrevido a hacer algo pretende estafarnos y “dárnosla con queso”, y ahí estamos nosotros con nuestro silbato para hacerlo sonar al instante y señalar las ilegalidades. No son muchos los lectores y espectadores que hoy se sientan en sus butacas de buena fe, o con ecuanimidad por lo menos.
 Me recuerdan a los alumnos señoritiles que hace ya 30 años me encontré en la Universidad de Oxford: repantingados, me miraban con condescendencia y escepticismo, como si estuvieran de vuelta de todo. Les podía leer el pensamiento: “A ver qué nos va a contar este español que no sepamos; o que nos interese; o que nos distraiga.
 Nada, probablemente”. Y entonces se dejaba uno el alma por conseguir que, sin percatarse, se quedaran absortos en lo que escuchaban.
Pero esta, extrañamente (no somos un país muy culto), es una actitud más española que extranjera. Es como si aquí nadie se tuviera en mucho si no se muestra exigente y difícil de seducir, y la cosa se ha propagado tanto que participan de ella hasta los “entregados” aficionados al fútbol, es el colmo.
 O al menos los de ciertos equipos, con el Real Madrid a la cabeza, que cada vez quieren parecerse más al taurino sobrevenido, es decir, al que no sabe nada de toros.
 Para disimular su ignorancia, no hace sino sacar defectos, abroncar, murmurar “Aquí no hay quien dé un pase”, manifestarse insatisfecho.
 Como si mostrarse complacido fuera un signo de debilidad, ingenuidad y desconocimiento. Al hincha le trae sin cuidado que el Madrid sea el vigente campeón de Europa, que Cristiano haya marcado más goles por partido que nadie, que Casillas lleve 17 años obrando milagros y salvando al equipo
. A éste lo escruta cada jornada como si fuera un debutante sospechoso, y demasiados espectadores sostienen el silbato en los labios para soplarlo al primer fallo, deseándolo de hecho, inventándoselo si no se produce.
 No hay afecto ni gratitud hacia los jugadores, es como si éstos tuvieran la obligación de servirle y nada más, jamás hay reciprocidad, ni comprensión ni ánimos (de compasión ya ni hablemos). Y parece como si ese talante señoritil y severo haya contaminado a gran parte de la población, no se sabe por qué, pues no es que los españoles en su conjunto sean entendidísimos en nada. Si uno echa un vistazo a los mensajes que se dejan en las redes, hay una abrumadora mayoría de denuestos, con frecuencia anticipados:
“Habrá que ver qué mierda ha hecho esta vez Fulano”, podría ser el resumen.
En todo, no crean: “Menganita iba fatal vestida, y con más arrugas que un pergamino”
. A veces da la impresión de que lo último a lo que el español medio está dispuesto es a admirar. Qué digo, ni siquiera a aprobar. Qué digo, ni siquiera a otorgarle a nadie el beneficio de la duda. Como si la mayor desgracia que pudiera ocurrirle es que alguien se la diera con queso y destacara.
 Pero para eso está él con su resabio, para evitarlo; para tocar el pito y agitar la porra, denunciando las infracciones.
 elpaissemanal@elpais.es

 

Muere el escritor uruguayo Eduardo Galeano a los 74 años..........................................Magdalena Martínez

Su obra 'Las venas abiertas de América Latina' es un clásico de la literatura política.

Se están muriendo tantos referentes culturales, políticos, escritores premiados y luchadores a edades tempranas que da tristeza y miedo, no los olvidaremos porque convergemos, escriben y leemos y hablamos de lo que escriben y debatimos afortunadamente para los que la lectura es un acto de análisis y curiosidad.

 

Eduardo Galeano 
 
Eduardo Galeano, en una entrevista en 2010. / SAMUEL SÁNCHEZ
 
Eduardo Galeano
miguel rep
La noticia esperaba en las redacciones uruguayas desde muy temprano en la mañana
. En una ciudad como Montevideo, donde todos se conocen, era difícil guardar la información de la muerte de Galeano, en uno de los mayores sanatorios de la capital.
 Pero, respetuosos, hasta las diez de la mañana, los medios locales aguantaron la noticia que sólo inundó las radios y las páginas web cuando la familia confirmó el deceso.
 Fuentes médicas informaron después que el autor de Las venas abiertas de América Latina llevaba varios días ingresado en estado grave, en la última fase de un cáncer de pulmón que venía arrastrando desde hacía varios años.

La última aparición pública del escritor tuvo lugar a finales de febrero de este año y fue para recibir al presidente de Bolivia, Evo Morales.
 El mandatario visitó Montevideo con motivo del cambio de mando entre José Mujica y el ahora presidente Tabaré Vázquez.
 En las fotos, Galeano aparecía delgado y sonriente, mientras recibía un libro de manos de Morales con los argumentos bolivianos para exigir una salida al mar, un libro que bautizó como el "Libro del Mar Robado”.
El escritor era asiduo del Café Brasilero, en la Ciudad Vieja de Montevideo, y allí se lo encontraba el arquitecto y exalcalde de Montevideo Mariano Arana. “Eran momentos muy gratos los que pasábamos en ese local pequeño.
 Allí iba también Mario Benedetti. Galeano tenía una personalidad especialmente aguda y lúcida en su manera de expresar la realidad.
 Fue un referente para todo el país aunque no hizo la unanimidad”, afirma Arana.
En las pasadas elecciones Eduardo Galeano volvió a mostrar apoyo público al izquierdista Frente Amplio, lo que motivó una dura carga de la oposición del Partido Nacional, que en su programa electoral proponía impulsar otros referentes culturales y lo calificaba de representante de la cultura oficial. Uruguay espera el regreso del presidente Tabaré Vázquez de la cumbre de Panamá para iniciar los homenajes al autor.
Eduardo Galeano
El escritor, en el Café Brasilero, en Montevideo. / Reuters
Antes de convertirse en un intelectual destacado de la izquierda latinoamericana, Galeano trabajó como obrero de fábrica, dibujante, pintor, mensajero, mecanógrafo y cajero de banco, entre otros oficios. Las venas abiertas de América Latina se publicó cuando Galeano tenía 31 años y, según reconoció después el propio escritor, en aquella época no tenía la formación suficiente para rematar la tarea. “[Las venas abiertas] intentó ser una obra de economía política, solo que yo no tenía la formación necesaria”, dijo. “No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada”, añadió.
En 2009, durante la Quinta Cumbre de las Américas, el expresidente de Venezuela Hugo Chávez le regaló un ejemplar de esta obra de Galeano —prohibida por la censura de las dictaduras de Uruguay, Argentina y Chile— al presidente de Estados Unidos, Barack Obama.
 En esa ocasión, la obra saltó de la posición 60.280 de la lista de los títulos más vendidos de Amazon a la décima en solo un día.
El escritor fue preguntado después sobre este episodio. Respondió: "Ni Obama y ni Chávez entenderían el texto […]. Él [Chávez] se lo entregó a Obama con la mejor intención del mundo, pero le regaló a Obama un libro en un idioma que él no conoce.
 Entonces, fue un gesto generoso, pero un poco cruel".

El precio del paraíso.......................................................................... Marta Sanz

Tradición y violencia, ética y dinero son algunos de los ingredientes de 'La Oculta', novela del colombiano Héctor Abad Faciolince, un juego de voces en torno a una finca familiar.

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en la finca de su familia en Medellín. / Daniel Mordzinski

Ana, la madre de los Ángel, muere y sus hijos Pilar, Eva y Antonio revisan el tiempo pasado y lo por venir desde su relación con el legado familiar: la finca La Oculta. Aconseja Anita: "No hay que decir siempre la verdad pura y cruda (…), debemos mantener la compostura, la elegancia en el desacuerdo". Héctor Abad Faciolince (Medellín, Colombia, 1958) maneja la materia autobiográfica en ese sentido laxo, pero lleno de verdad, que ya convirtió El olvido que seremos en un texto sobresaliente
. En La Oculta es posible que la referencia autobiográfica sea menos mimética y, sin embargo, se manipula de modo que descubre las contradicciones de los protagonistas y quizá del propio escritor. De los lectores.
A través de las voces entrelazadas de los hermanos, reflexionamos sobre la posesión de la tierra como rasgo de idiosincrasia antioqueña o colombiana o latinoamericana o universal; la construcción de un país, que ha vivido bajo el estigma de la anomia, y la forja del temperamento; orígenes y mezcolanzas.
También se pregunta cuál es el significado de una izquierda sensible hacia causas sociales y ecológicas, así como tolerante y opuesta al autoritarismo y la cicatería moral, que a la vez neutraliza el resentimiento económico, valora la ética protestante del trabajo y el esfuerzo, minimiza el valor de la herencia como punto de partida de la brecha de la desigualdad y subraya el sacrificio de quienes consiguen acrecentar sus bienes.
Habría que pensar en qué medida es posible ser buena persona y enriquecerse, mejorar, en un sistema corrupto.
 Los personajes de Anita —emprendedora— y de Cobo —el padre, simpatizante comunista, que no acepta la homosexualidad del vástago y se replantea su vida entera cuando a su nieto lo secuestra la guerrilla— hacen bascular, entre dos polos, a protagonistas que encarnan visiones del mundo no antagónicas pero sí llenas de matices.
 Pese a la genética, la educación y el paisaje común de un paraíso de infancia, se conforman tres existencias distintas a golpe de violencias, amores y desamores, permeabilidad hacia otros espacios y costumbres.
A través de las voces entrelazadas de los hermanos, reflexionamos sobre la posesión de la tierra como rasgo de idiosincrasia antioqueña
Esta diferencia verosímil reformula el concepto de familia y constituye un hallazgo en un escritor que además escribe en español inmejorablemente; Héctor Abad conoce los nombres de árboles, flores, accidentes geográficos y platos de la gastronomía colombiana.
 Escribe con palabras que recrean una atmósfera y definen un territorio que, a la manera de noventayochistas y novelistas de la tierra, le sirve para forjar el carácter de los narradores a partir de una perspectiva que rehúye el determinismo: desde la monogamia de Pilar hasta el deseo de despojamiento de Eva, pasando por el ansia de reconstrucción del pasado de un Antonio temeroso de que con su homosexualidad acabe su apellido.
La homofobia en una sociedad opresiva, la perversa voluntad de curarse, ofrecen momentos camaleónicos y brillantes como la primera experiencia sexual de Antonio.
 De su mano asistimos a la construcción de un pueblo que quiere tener nombre de utopía —Felicina— y acaba adoptando un topónimo bíblico, Jericó
 Aun así, persiste la búsqueda de la felicidad.
Neutraliza el resentimiento económico, valora la ética protestante del trabajo y el esfuerzo, minimiza el valor de la herencia
Destaca lo armónicamente que se ensamblan las polifonías y lo bien delineada que está cada una en su registro lingüístico.
 Elegir ese juego de voces no constituye un alarde, sino una exigencia para visibilizar las aristas morales y hacer avanzar un relato que dosifica con equilibrio momentos angustiosos y ligeros: el rastreo del apellido Ángel, sus raíces judías, se contrapuntea con el tono doméstico de la intimidad de Pilar, la reconstructora, la que arregla a los muertos, y con la huida de Eva de una muerte segura a manos de los que llegaron para limpiar el lugar de guerrilleros y marihuaneros, y acabaron convirtiéndose en asesinos. Próspero, el mayordomo, relata cómo los paracos torturan hasta la muerte a unos jóvenes.
 La huida de Eva se produce a través del lago
. Bajo el agua oscura, la mujer cuenta, tiene miedo y, con la misma falta de aire, el lector la acompaña. Abad Faciolince usa con mínima grandilocuencia símbolos telúricos —tierra, fuego, agua— que, pese al carácter regionalista del relato, lo universalizan faulknerianamente.
El deleite en el lenguaje sirve para corregir el entusiasmo por lo que de valioso pueda tener la ética capitalista.
 Porque el derrumbamiento, la derrota se producen no por amenazas y muerte, sino por los cantos de sirena del dinero. Tal vez por el alivio que supone escapar del pasado y aflojar nudos.
 Matar al padre y la madre y el espíritu santo, con amor y piedad, sabiendo que con esa acción —¿buena?, ¿mala?, ¿depende?— corremos el riesgo de perdernos o podemos salir a la superficie para tomar aire y revivir
. Al final la resistencia se mina por el signo de una época que nos invita a pensar sobre el punto en que confluyen reaccionarismo y progresía
. Como en La ciudad y las sierras, de Eça de Queiroz
. No comparto ciertos aspectos ideológicos de La Oculta, pero no por elegancia como Anita, sino por admiración literaria, se la recomiendo vivamente.
La Oculta. Héctor Abad Faciolince. Alfaguara. Madrid, 2015. 18 euros (electrónico 9,99 euros)

 

El síndrome de Anna Karenina...........................................................Xavier Guix.



Ilustración de João Fazenda

La recién y sorprendente versión cinematográfica de la novela de León Tolstói, Anna Karenina, se convierte en una buena excusa para mirar con ojos de hoy lo que conocemos como pasión amorosa. Más allá de la experiencia del enamoramiento existe una dimensión enajenante por su intensidad y descontrol que suele caracterizarse por una exaltación de todos los sentidos, una necesidad de fusión afectiva y un estado de dependencia de esos corazones apasionados.
Viven en un sinvivir porque nada tiene sentido, nada existe y nada puede soportarse si no permanecen juntos. Están “pillados” el uno con el otro.
 Más que una alegría es un sufrimiento por ausencia o por suponer un trágico abandono. Como Romeo y Julieta, la vida no vale si no pueden amarse.
El amor es deseo, y el deseo es falta”
Sócrates
 Aunque para el estudio del comportamiento humano dichos síntomas se consideren un trastorno afectivo obsesivo, para la mayoría de las personas los “tórtolos” se encuentran tocados por un estado de gracia. Cupido, que, por cierto, según la leyenda, fue un niño abandonado, parece vengarse a costa de clavar sus flechas envenenadas de pasión a dos seres humanos, sin importar la edad, raza o condición, ya que se trata de juntar lo que en otras circunstancias sería extraño o imposible.
 Todo ello lo supo retratar Tolstói, en un perfecto ejercicio de definición de constructos psicológicos como la culpa, la redención, la búsqueda del bien y la caída en el pecado, el rechazo social y unos personajes que rondan el arquetipo.
Aunque a muchas personas les gustaría que la pasión durara toda la vida, lo cierto es que la asiduidad, la convivencia y las tareas domésticas acaban por matar ese deseo que se convierte en angustia cuando no puede ser poseído
. Nada asesina tanto el deseo como su consumación.
 La ilusión queda desvelada cuando se descubre que, en efecto, no solo se puede vivir sin el otro, sino, incluso, mejor.
 Entonces, el amor debe de ser algo más misterioso que la pasión cuando se prefiere permanecer al lado de alguien.

Los estadios de la pasión

Los fenómenos pasionales que sufrió Anna Karenina son reconocibles en el estado agudo de enamoramiento:
 Una enorme atracción (necesidad afectiva).
 Identificación mágica con el otro (idealización). Fusión (sentimiento de reciprocidad). Proyección (verse a uno mismo en el otro). Exclusividad (fidelidad sexual)
. Atención concentrada. Magnificación del otro. Pensamiento obsesivo. Energía intensa, tanto emocional como sexual. Una capacidad empática desbordante.
No obstante, el amor apasionado se añora
. Quien lo ha vivido quisiera repetir, al menos una vez más. Quisiera sentir la exaltación de los sentidos, la sensación de encontrar la media naranja, de completarse junto a alguien especial, de realizar por fin la ilusión de la relación perfecta.
 Todo amor es de ausencia o de trascendencia, proclamaba Platón
. Esa idea instalada en la mente de tantas personas conlleva una búsqueda obsesiva que se traduce en montones de intentos frustrados por culpa de no acabar de encontrar esa persona “especial”. Viven de la falta porque se acostumbraron a ella.
 Por el camino dejaron un reguero de opciones reales que menospreciaron porque a todas les faltaba algo. No sintieron la pasión deseada en su imaginario. Así descubrimos que la pasión, como el sexo, suele merodear más en la cabeza que en ninguna otra parte.
Actualmente es observable la dificultad de muchas personas para emparejarse. Es algo más que una moda pasajera. Es la certificación de que nuestras vidas afectivas no superan la prueba de la intimidad. Un buen medidor para observar la realización personal de una persona es la profundidad de las relaciones y contactos íntimos que mantiene, los sentimientos que se permite experimentar y la disposición a dar y recibir, a la reciprocidad. Tal proceso se enturbia muchas veces cuando aparece el síndrome de Anna Karenina.
Anna Karenina, mujer enérgica y honrada, queda prendada del caballero y militar Vronsky hasta romper con las costuras de su propia condición de mujer casada, en una sociedad aristocrática rusa decadente, falta de valores y preñada de hipocresía. La protagonista es capaz de trascender su propia historia, las costumbres sociales, un marido de alta alcurnia e, incluso, en el más doloroso de los casos, a su propio hijo. Todo por ese enamoramiento.
El enamoramiento es
un estado de miseria mental en que la vida
de nuestra conciencia
se estrecha, empobrece
y paraliza”
José Ortega y Gasset
No obstante, su incondicional entrega se corresponde a medias con la de su amado. Aunque al principio Vronsky se desboca por lograr su apreciado trofeo, luego caerá en lo que Schopenhauer advirtió: el aburrimiento. Allí donde ella empuja, él solo frena. Allí donde nació la pasión, ahora pervive la frustración. Se hizo realidad la visión de que en-amor-miento, es decir, que los estados afectivos alterados filtran una manera de ver el mundo errónea. Fiarse solo de los sentidos conlleva después el doloroso ejercicio de abrir los ojos y no reconocerse. ¿Cómo pudo ocurrir? ¿Cómo se puede estar tan ciego?
No sería justo culpar a la desairada Karenina, puesto que puso toda la carne en el asador. Se entregó. Se rindió a la pasión y quiso creer que su altivo caballero la seguiría al fin del mundo. El delito de Anna, su único y gran error, fue su inmediatez, dejarse llevar por sus sentimientos sin tener en cuenta los de los demás. Con algo más de paciencia, con algo más de cordura y con los ojos bien abiertos se hubiera dado cuenta de la inconsistencia de su amado. Pero eso es lo que ocurre cuando solo hay pasión: mucha intimidad y muchas hormonas, sin tiempo de que crezca una verdadera raíz fruto del vínculo.
Anna Karenina se condenó por su empeño en querer a quien no la podía querer. Ese es su síndrome, el que sufren los que aman ciegamente, es decir, sin darse la oportunidad de encontrarse con el otro. Aman una idea y aman sus propias sensaciones. Pero no se dan cuenta de quién tienen delante, porque solo pueden ver su propio reflejo, como Narciso. Embriagados por la euforia confunden el amor a sí mismos con el amar.
Lev Nicoláievich Tolstói jugó en su novela una carta extraordinaria. Compaginó la historia de Anna Karenina con la de Levin y Kitty. Él, un joven campesino, sencillo y poco hábil en el arte de la seducción. Ella, una princesita aristocrática enamorada y despreciada por el mismo hombre que su rival Karenina. Superadas sus adolescentes expectativas, al final decide darle una oportunidad a Levin. Se van conociendo. El vínculo se fortalece hasta el compromiso. Una vez juntos, Kitty se traslada a la casa parental de Levin en la que da muestras de una actitud madura, sensible e, incluso, compasiva al cuidar a su suegro enfermo. Es otro tipo de entrega. Más que una pasión de los sentidos es una calidez interior. Más que grandes e intensas emociones, son pequeños gestos cargados de amor profundo.
El deseo es potencia;
el amor, alegría”
Spinoza
Dos en amor. Dos corazones que viven en la alegría de estar juntos. No hacen falta grandes exaltaciones, aunque bienvenidas si las hubiere. Muchas personas hoy hablan de sus relaciones sin nombrar la palabra enamoramiento. Se han conocido, se han gustado y han decidido emprender un camino o un proyecto en común. Vivir exaltadas, descontroladas, con necesidades fusionales propias de una niñez que no se ha actualizado no cabe ante un compromiso estable y duradero. No nos juntamos con otra persona para que siga siendo nuestro padre o nuestra madre, para que llene todas nuestras expectativas o se someta a todos nuestros caprichos.
Dos se juntan, pero no se mezclan. Dos se juntan, aunque forman una trinidad: tú, yo, y tú y yo. Dos en amor es para gozar, procurarse felicidad y cuidarse mutuamente. Sin dejar de ser ellos mismos. Es una experiencia única que permite un conocimiento profundo de uno mismo, a la vez que lo extirpa de su tendencia egocéntrica. Justamente lo que le faltó a Karenina. Solo se escuchó a sí misma. Quiso ver en su amado su propia pasión y quiso eternizarla. El amor auténtico, el amor duro, no se robustece de sensiblerías, sino de la alegría de saber que podemos contar con el otro, pase lo que pase. Es el amor de la reciprocidad, de la amistad y del ágape, de la ternura y de la compasión.