Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

7 abr 2015

López Aguilar declarará en el Supremo por violencia de género

El eurodiputado y exministro del PSOE se declara víctima de denuncia falsa.

 

Juan Fernando López Aguilar, en 2012.

El eurodiputado del PSOE Juan Fernando López Aguilar será llamado a declarar ante el Tribunal Supremo como imputado por un delito de violencia de género del que ha sido denunciado por su exesposa.
 Un juzgado de la capital grancanaria cursará este martes esta petición al alto tribunal, después de entender en un juicio rápido celebrado este lunes que hay indicios de delito.
El exministro de Justicia niega “haber sido autor de malos tratos físicos y verbales” a la que ahora es su exmujer, y garantiza su “inocencia”.
 “Ha sido muy doloroso ver que personas a las que has querido y por las que has trabajado y comprometido te amenazan de que si culminas la ruptura matrimonial sufrirás, como estoy sufriendo ahora la agresión a mi honorabilidad, credibilidad y mi trabajo político de tantos años”, explicó López Aguilar en un comunicado.
El dirigente socialista era ministro de Justicia cuando el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aprobó la ley contra la violencia de género, en 2004. “Me declaro víctima de otra denuncia falsa. Sostengo la validez de la ley contra la violencia de género, pero me defenderé ante esta falsedad”, señaló López Aguilar.
Fuentes de la dirección del PSOE informaron ayer a EL PAÍS de que están a la espera de esclarecer los hechos y cuando esto ocurra actuarán “con toda la rapidez y contundencia”.
 Las mismas fuentes explicaron que hoy se reunirá la Comisión de Garantías de Igualdad del PSOE, y “como es norma en el partido, en el caso de que se abra juicio por violencia de género, López Aguilar será suspendido de militancia”.
Otro juzgado canario ya desestimó una denuncia anterior de su entonces mujer, quien se retractó ante el juez
. Ahora su ya exesposa se mantiene en la denuncia y ha aportado supuestos testigos.

6 abr 2015

Una muela...............................................................Javier Marías

España presumirá de honrar a sus mejores artistas, cuando lo cierto es que los ha maltratado siempre y continúa haciéndolo.

 

Durante siglos la Iglesia Católica hizo un gran negocio de las reliquias.
 Allí donde se tenía una, la gente supersticiosa acudía a verla, daba generosas limosnas al templo que aseguraba albergarla y beneficiaba a la ciudad en cuestión con un incremento de visitantes, que hoy llamaríamos turistas
. Así que llegó a ser asombrosa la cantidad de reliquias existentes en todas partes, algunas de ellas milagrosamente repetidas.
 Qué sé yo, cuatro o cinco lugares poseían el peroné de San Vicente, las tibias de Santa Justa se multiplicaron; había mantos que se habían echado a los hombros seis o siete apóstoles.
 Cada iglesia juraba guardar el vaso del que bebió Santiago, el anillo romano de San Eustaquio, la gorra de San Lorenzo o el mechero con que el Bautista encendió su último pitillo, antes de que lo decapitaran
. Cualquier cosa valía para engañar a una población fervorosa, ingenua y atemorizada
. Allí donde se ha permitido analizar los huesecillos, se ha demostrado a menudo que ni siquiera eran humanos, sino de liebres, perros o cabras; lo mismo con la mayoría de objetos, pertenecientes a épocas modernas, es decir, del siglo XVIII en adelante.
Hoy sólo los muy locos siguen creyéndose estas patrañas, y con todo son bastantes, o bien a la gente le divierte contemplar las antiguas estafas.
 Yo he visto largas colas en Turín para arrodillarse ante la Santa Sábana o como se llamen esos trazos tan feos y chuscos.
 Pero claro, la religiosidad ha ido en declive y ya no atrae a las masas como antaño, el número de fanáticos y crédulos ha descendido vertiginosamente
. Pero la vieja lección de la Iglesia la han aprendido bien los políticos: hoy se puede sacar dinero de las sobras de un escritor admirado, o de un pintor, o hasta de un músico.
 No por otra razón se ha tratado de sacar de Collioure el esqueleto del pobre Machado, o se ha levantado media Granada (y lo que aún nos queda) en busca del de García Lorca
. Suponen las autoridades que los cursis del mundo peregrinarían hasta sus sepulturas para dejarles mensajes, flores y versos
Y probablemente estén en lo cierto: casi todos tenemos una edad cursi, yo recuerdo haber depositado una rosa, a los veintidós años, sobre la tumba de Schubert en Viena.
Al menos el compositor llevaba allí enterrado (creo) desde su temprano adiós al aire, y nadie había tenido la desvergüenza de exhumarlo, trasladarlo, marear y manosear sus huesos.
Perturbar los restos de alguien me parece –además de una chorrada, como dijo bien Francisco Rico– una falta de respeto, aunque a la persona que fueron le dé evidentemente lo mismo.
Yo he visto largas colas en Turín para arrodillarse ante la Santa Sábana o como se llamen esos trazos tan feos y chuscos
Ahora un Ayuntamiento endeudado hasta las cejas ha gastado buen dinero en rebuscar los de Cervantes, con el único fin de hacer caja.
 Los responsables de la excavación han hallado una mandíbula y unas esquirlas que podrían haber sido del autor del Quijote, muerto hace 399 años: fragmentos mezclados con los de otros individuos que no interesan lo más mínimo porque no darían un céntimo
 Cuando esto se publique no sé si los políticos habrán apremiado a los investigadores a certificar que por lo menos una muela es cervantina
. Ignoro si a esa muela se le estará erigiendo un mausoleo para que lo inauguren la alcaldesa Botella, el Presidente de Madrid casi cesante, quién sabe si el del Gobierno con unos ministros, corregidores de Alcalá,
 Argamasilla y otros sitios que pelean por haber sido la verdadera cuna de Cervantes o el “lugar de La Mancha” de cuyo nombre nadie puede acordarse.
 Si todo eso sucede, no será sino dos cosas: un embaucamiento comparable a los de la antigua Iglesia y una desfachatada operación de maquillaje.
España presumirá de honrar a sus mejores artistas, cuando lo cierto es que los ha maltratado siempre y –lo que es peor– continúa haciéndolo.
Los mismos individuos que saldrían en televisión con la muela colgada al cuello, o se harían fotos mordiéndola como los deportistas sus medallas, son los que envidian y detestan a los escritores actuales; los que han presupuestado cero euros para las bibliotecas públicas en 2012 (y no sé si en los años siguientes); los que han subido el IVA al 21% (el más alto de Europa) para el cine y el teatro; los que remolonean para atajar la piratería cultural que arruina a muchos artistas, por si pierden votos entre los incontables piratas; los que desde Hacienda amenazan y persiguen a cineastas y periodistas; los que rara vez leen un libro o asisten a una función de nada; los que suprimen la Filosofía de los estudios secundarios y restituyen la catequesis más rancia, contraria al saber y a la ciencia; los que reducen a lo bestia la ayuda a la Real Academia Española y jamás ponen pie en ella (casi preferible esto último, para que así no la mancillen); los que no mueven un dedo para que los ciudadanos sean más ilustrados y civilizados, o lo mueven sólo para que cada día lo sean menos y se vuelvan tan brutos como ellos
. Estos son los que ahora celebran haber encontrado, quizá, unas cuantas astillas de una cadera de Cervantes.
 Alguien les habrá chivado que es un nombre venerado y que escribió unas obras maestras aún leídas por suficientes excéntrico.
elpaissemanal@elpais.es

¿Conocer más o menos a Virginia Woolf?....................................................................Marta Sanz

La monumental biografía de la autora muestra un lado comunicativo que sorprende. Bauer nos descubre el lado xenófobo y clasista entre una profusión de detalles y documentos.

Retrato de Virginia Woolf en 1926. / Lady Ottoline Morrel

Cuando Virginia Woolf paseaba por la calle con aire distraído, la gente decía: “Mírala”
. Leonard Woolf da cuenta de la doble faz de una persona a la vez ridícula y bella
. Absolutamente fascinante
. Quizá el propósito de Irene Chikiar Bauer al escribir esta biografía monumental sobre una de las más grandes escritoras del siglo XX consista en entender, a través del análisis del ingente acervo de documentos de Virginia Woolf y de parte de los integrantes del grupo de Bloomsbury, la complejidad de una mujer peculiar por sí misma que es simultáneamente un fruto reconocible de su época.
 El resultado es el mismo que se produce cuando en una novela se acumu­lan los detalles para construir un personaje: la asequibilidad de lo esquemático cede ante la bruma; el carácter revelador y subjetivo del impresionismo —el ojo que selecciona según comprende o comprende a medida que selecciona— deja paso a la minuciosidad de ese hiperrealismo que, en su recreación de cada arista, pelo, sombra, produce opacidad y se acerca a la abstracción. Chikiar Bauer consigue sustraer a la gran figura de Bloomsbury —con perdón de Keynes— de la espectacularización del icono que ha llegado a hacer de su imagen una mariquitina o un punto de lectura
 Al acabar este libro no sabemos si conocemos más o menos a Virginia Woolf y nos formulamos las preguntas de a quién va dirigida esta biografía y, sobre todo, de cómo la debemos leer: con el impulso fascinante de la novela río, con demorada lente académica o picoteando a la búsqueda de informaciones específicas de cualquier índole —puro cotilleo, apunte filológico, dato histórico—.
La biógrafa revisa los diarios y la correspondencia de una autora que llegó a escribir siete cartas diarias: tal exceso nos suscita la duda de si Virginia Woolf escribió tanto por su deseo de encontrarse con el otro o por esa modalidad del onanismo que, a través del ejercicio mental de la escritura, persigue el autorreconocimiento
. A diferencia de autores que han buscado ocultarse y escatimar detalles de su intimidad —fantasmagorizarse en vida—, nos sorprende el lado social y comunicativo de una Virginia Woolf que suele sernos presentada en sus facetas más introspectivas y delirantes.
 El celo de la biógrafa es casi tan grande como el de Virginia Woolf e incluso visibiliza las peculiaridades de la defecación de la escritora. Chikiar Bauer nos descubre el lado xenófobo, esnob y clasista de una mujer que tenía prejuicios contra los judíos, pero se casó con uno
. Acaso la conciencia de posteridad de Virginia Woolf puede ser otra de las razones para entender qué la condujo a producir esa mastodóntica cantidad de textos autobiográficos.
 No obstante, lo trascendente es la metodología de Chikiar Bauer que los utiliza como las miguitas de Pulgarcito: por una parte, da la impresión de que la biógrafa no hubiese escrito ni una sola línea sin haber consultado una prueba documental y conoce detalles tan asombrosos como el de que el fuego estaba encendido cuando Julia, madre de la autora, aceptó casarse con Leslie.
 Por otra parte, ante estas pinceladas de ambientación, los lectores más ortodoxos académicamente pueden llegar a inquietarse cuando las expectativas que desencadena Virginia Woolf. La vida por escrito derivan hacia lo libresco.
El contorno de Virginia Woolf y el fondo del cuadro se presentan como indisolubles y dan sentido a la palabra queer
. La escritora londinense era completamente queer y su extrañeza se vincula con su sexualidad, que camina entre lo frío y lo ambiguo, entre las experiencias traumáticas de abuso sufridas en la infancia y una virginidad que se prolonga hasta casi los 30 años, y que ella quiere superar fundamentalmente porque piensa que no conocer esa parte de la vida puede ser un lastre para su escritura.
La extrañeza de Virginia conecta con su deseo truncado de ser madre; con la dependencia y la competición permanente con su hermana Vanessa —carnalidad, maternidad, calidez—; con esos episodios patológicos en los que oía hablar en griego a los pájaros; con su vocación espeleológica, su autoexigencia y su afán de experimentación.
Precisamente uno de los aspectos más sobresalientes de este volumen es la inteligencia con que Chikiar Bauer va enlazando la biografía de Virginia con su concepción del lenguaje y la literatura, con sus novelas y ensayos. Se observa el proceso de evolución de una escritora y una mujer vital.
 La extrañeza de Virginia Woolf se relaciona también con el imperativo de ser una mujer, pero escribir como un hombre:
 Un cuarto propio, Orlando, la consigna de huir del imaginario victoriano del ángel del hogar, la reivindicación de que lo privado es político o de que las muchachas deberían beber vino, la conveniencia de alejarse de la cocina para que la escritura no se convierta en un vómito sensiblero de emociones… Chikiar Bauer, partiendo de los estudios de Leah Leone, se aproxima al peliagudo asunto de cuál hubiese sido la repercusión de Virginia Woolf en los autores del Boom si en las traducciones que Borges hizo de sus obras no hubiese alterado las cuestiones de género y neutralizado hasta cierto punto su efecto transgresor.
El fondo del cuadro se completa con una galería de personajes de una entidad indiscutible:
 Henry James, Leonard Woolf, Vanessa Bell, Katherine Mansfield, Roger Fry, T. S. Eliot, James Joyce, Vita Sackville-West, Ethel Smyth, Lytton Strachey, Dora Carrington…
 Al fondo de la imagen, pero tal vez mucho más dentro de sí misma de lo que la propia escritora hubiera deseado, aparece la guerra, el nazismo, el racionamiento, la falta de combustible, la percepción de que no hay futuro, las dificultades para escribir, el miedo a la locura, la renuncia a los placeres de la vida —caminar, conversar—, la impresión horrible de que el esposo y la hermana se alejan…
 Entonces aparece el río turbulento, una pesada piedra y una necrológica donde el suicidio de Virginia Woolf casi se interpreta como una imperdonable falta de patriotismo. Irene Chikiar Bauer lo cuenta bien.
Virginia Woolf. La vida por escrito. Irene Chikiar Bauer. Taurus. Madrid, 2015. 952 páginas. 23,90 euros.

 

3 abr 2015

Adiós a Pedro del Hierro, el modisto del arte

El diseñador madrileño de 66 años, uno de los últimos grandes de la alta costura, fallece.

 

El diseñador Pedro del Hierro.

Pedro del Hierro fue “uno de los diseñadores más cultos de nuestro país”, según Modesto Lomba, presidente de la Asociación de Creadores de Moda de España (ACME)
. El viernes fallecía a los 66 años de edad tras una larga enfermedad cardiovascular.
 En 2011 anunció su retirada por su delicado estado de salud
. Con él no desaparece sin embargo su marca, que integrada en el grupo Cortefiel y con Carmen March como dirección creativa presenta sus propuestas en la semana de la moda de Nueva York.
 Que una firma sobreviva a su creador es algo común en Francia –Dior, Chanel, Saint Laurent-, pero todavía resulta un hecho extraordinario en España.
Pero es que Del Hierro era “una rara avis”, en palabras del antropólogo de la moda,
 Pedro Mansilla.
 El madrileño no solo poseía una sensibilidad creativa única, sino también una visión del negocio textil tan inusual como necesaria dentro del sector nacional.
Una dualidad que también se repite en su trabajo como modista.
 Sus colecciones aunaban con éxito su pasión por las estructuras arquitectónicas con su querencia por lo barroco y lo decorativo.
“Sus prendas tenían un gran peso artístico porque era un hombre que vivía rodeado de cultura y de belleza [era hijo del pintor Pedro Mozos], pero a su vez nunca perdía de vista la realidad de la mujer, sus necesidades.
Ese es el hilo conductor que vertebra la marca hoy y que tiene que ver con su valentía en el uso del color, con el amor por los tejidos y el estudio del cuerpo femenino”, explica March.
Del Hierro Debutó en 1974 y dos años después, con 28, se convirtió en el diseñador más joven y también en el último en ingresar en la Cámara de la alta costura española, compuesta, entre otros, por Manuel Pertegaz, Pedro Rodríguez y Elio Berhanyer.
Llegó, según Pedro Mansilla, en el peor de los momentos posibles, cuando las grandes casas comenzaban a agonizar y “sus modistas empezaban a buscar trabajo en Galerías Preciados”ç. Prometió “no derramar una sola lágrima si la haute couture moría”. Y no se quedó regodeándose en la nostalgia mientras el sector de la moda se transformaba.
“Quizá por su edad fue el que mejor de todos supo hacer la transición a la alta costura y uno de los primeros en apuntar, con total lucidez, que el futuro de un creador pasaba por unirse a un gran grupo”, recuerda Lomba.
Una cualidad, la de “vincular” negocio y diseño, que también quiso destacar ayer el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert. A Del Hierro le gustaba decir que “la moda sin industria no es nada” y en 1981 pudo presumir –“y lo hacía”, según Mansilla- de ser el primer modista en tener una boutique en el Corte Inglés.
En 1986, en una entrevista concedida a TVE, aseguraba que la diferencia entre los diseñadores españoles y los franceses no residía en el talento sino en que los segundos contaban con un apoyo empresarial del que carecían los primeros.
 Un discurso aún vigente tres décadas después, pero que el creador madrileño quiso subvertir.
En 1989, finalmente, consiguió asociarse con el grupo Cortefiel para introducir su línea de prêt à porter en la cadena de tiendas nacional, y nueve años después empezarían a desarrollar juntos las boutiques de Pedro del Hierro. En 2003, cuando abandonó la firma, esta continuó en activo y en 2012, Carmen March –que había cerrado su propia marca dos años antes – fue nombrada directora creativa de Pedro del Hierro Madrid, una línea más exclusiva que presenta sus colecciones actualmente en la semana de la moda de Nueva York y se vende, entre otros, en puntos de venta tan influyentes como Net a Porter.
“Fue muy generoso conmigo cuando tomé las riendas de la marca”, explica March
 “Tenía fotos, bocetos y muestras de tela de todas sus colecciones y las compartió conmigo. Manteníamos conversaciones sobre su concepto de la belleza de la mujer
. Era un gran admirador de los cánones de belleza clásica y un obseso del trabajo de materiales”, cuenta la diseñadora.
Sus últimos años los pasó apartado del mundo de la moda, aunque esta no se olvidó de él.
 En 2011 el Museo del Traje de Madrid le dedicó una exposición retrospectiva titulada Color, belleza y tiempo.
 “Es triste que mucha gente vaya a recordar esta época final por el episodio de su desahucio [2005]”, apunta Mansilla.
March prefiere quedarse con otra imagen.
“Se sabía el nombre y los apellidos de todas las personas que habían pasado por su taller a lo largo de 40 años.
 Le encantaba el trabajo de costura y cuando hablaba de un tipo de acabado que había hecho décadas atrás lo hacía en presente y lleno de ilusión”.