Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

2 mar 2015

Un país adanista e idiota......................................................... Javier Marías

Que ahora haya desastres sin cuento, no puede ponerse en el debe de la Transición.

A veces tengo la sensación de que este es un país definitivamente idiota, en la escasa medida en que puede generalizarse, claro.
 Entre las idioteces mayores de los españoles está el narcisismo, que los lleva a querer darse importancia personal, aunque sea como parte de un colectivo.
Rara es la generación que no tiene la imperiosa ambición de sentirse protagonista de “algo”, de un cambio, de una lucha, de una resistencia, de una innovación decisiva, de lo que sea.
 Y eso da pie a lo que se llama adanismo, es decir, según el DRAE, “hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente”, o, según el DEA, “tendencia a actuar prescindiendo de lo ya existente o de lo hecho antes por otros”.
 El resultado de esa actitud suele ser que los “originales” descubran sin cesar mediterráneos y por tanto caigan, sin saberlo, en lo más antiguo y aun decrépito.
 Presentan como “hallazgos” ideas, propuestas, políticas, formas artísticas mil veces probadas o experimentadas y a menudo arrumbadas por inservibles o nocivas o arcaicas.
Pero como el adanista ha hecho todo lo posible por no enterarse, por desconocer cuanto ha habido antes de su trascendental “advenimiento” –por ser un ignorante, en suma, y a mucha honra–, se pasa la vida creyendo que “inaugura” todo: aburriendo a los de más edad y deslumbrando a los más idiotas e ignaros de la suya.
Los adanistas menos puros, los que encajan mejor en la segunda definición que en la primera, se ven en la obligación de echar un vistazo atrás para desmerecer el pasado reciente, para desprestigiarlo en su conjunto, para considerarlo enteramente inútil y equivocado.
Han de demolerlo y declararlo nulo y dañino para así subrayar que “lo bueno” empieza ahora, con ellos y sólo con ellos.
 Es una de las modalidades de vanidad más radicales: antes de que llegáramos nosotros al mundo, todos vivieron en el error, sobre todo los más cercanos, los inmediatamente anteriores.
 “Mañana nos pertenece”, como cantaba aquel himno nazi que popularizó en su día la película Cabaret, y todo ayer es injusto, desdichado, erróneo, perjudicial y nefasto.
 Si eso fuera cierto e incontrovertible, tal vez no haría falta aplicarse a su destrucción.
Tenemos aquí un precedente ilustrativo: tras casi cuarenta años de dictadura franquista, pocos fueron los que no estuvieron de acuerdo en la maldad, vulgaridad y esterilidad de ese periodo, y los que no lo estuvieron se convencieron pronto, sinceramente o por conveniencia (evolucionaron o se cambiaron de chaqueta aprisa y corriendo).
 El adanismo no careció ahí de sentido, aunque no fue tal propiamente, dado que, como tantas veces se ha dicho con razón, la sociedad española había “matado” a Franco en todos los ámbitos bastante antes de que éste muriera en su cama, aplastado no sé si por el manto del Pilar o por el brazo incorrupto de Santa Teresa.
Entre las idioteces mayores de los españoles está el narcisismo, que los lleva a querer darse importancia personal
Lo sorprendente y llamativo –lo idiota– es que ahora se pretenda ­llevar a cabo una operación semejante con la llamada Transición y cuanto ha venido a raíz de ella.
 Los idiotas de Podemos –con esto no quiero decir que sean idiotas todos los de ese partido, sino que en él abundan idiotas que sostienen lo que a continuación expongo– han dado en denominarlo “régimen” malintencionadamente, puesto que ese término se asoció siempre al franquismo.
 Es decir, intentan equiparar a éste con el periodo democrático, el de mayores libertades (y prosperidad, todo sumado) de la larguísima y entera historia de España.
 La gente más crítica y enemiga de la Transición nació acabado el franquismo y no tiene ni idea de lo que es vivir bajo una dictadura.
 Ha gozado de derechos y libertades desde el primer día, de lo que con anterioridad a este “régimen” estaba prohibido y no existía: de expresión y opinión sin trabas, de partidos políticos y elecciones, de Europa, de un Ejército despolitizado y jueces no títeres, de divorcio y matrimonio gay, de mayoría de edad a los dieciocho y no a los veintiuno (o aún más tarde para las mujeres), de pleno uso de las lenguas catalana, gallega y vasca, de amplia autonomía para cada territorio en vez de un brutal centralismo…
Nada de eso es incontrovertiblemente malo, como se empeñan en sostener los idiotas.
Yo diría que, por el contrario, es bueno innegablemente.
 Que ahora, treinta y muchos años después de la Constitución que dio origen al periodo, haya desastres sin cuento, corrupción exagerada y multitud de injusticias sociales, políticos mediocres cuando no funestos, todo eso no puede ponerse en el debe de la Transición, sino de sus herederos ya lejanos, entre los cuales está esa misma gente que carga contra ella sin pausa.
“Es que yo no voté la Constitución”, dicen estos individuos en el colmo del narcisismo, como si algún estadounidense vivo hubiera aprobado la de su país, o algún británico su Parlamento
. Es como si los españoles actuales protestaran porque no se les consultó la expulsión de los judíos en 1492, o la de los jesuitas en 1767, o la expedición de Colón a las Indias.
Tengo para mí que no hay nada más peligroso que el afán de protagonismo, y el de los españoles de hoy es desmesurado


. Ni más idiota, no hace falta insistir en ello.
elpaissemanal@elpais.es

 

1 mar 2015

Crítica de Ex Machina, ciencia-ficción de calado................................................Raquel Hernánde..

CRÍTICA DE: Ex Machina - DIRIGIDA POR: Alex Garland - PROTAGONIZADA POR: Alicia Vikander, Domhnall Gleeson, Oscar Isaac, Corey Johnson, Deborah Rosan, Evie Wray, Chelsea Li, Sonoya Mizuno, Elina Alminas y Ramzan Miah.

ARGUMENTO: Un programador multimillonario contrata a Caleb, un joven empleado, para que pase una semana en un lugar remoto con el objetivo de que participe en un test en el que estará involucrada su última creación: un robot dotado de inteligencia artificial.

Elegante, sobria, profunda e inquietante. Buenísimos calificativos para el debut de Alex Garland, responsable de los libretos de 28 días después y Dredd (y de la futura Halo), que se estrena en la dirección con Ex Machina, una cinta protagonizada por Oscar Isaac, Domnhall Gleeson y Alicia Vikander.

Se trata de un intenso thriller psicológico que cuenta la historia de Caleb, un programador de 24 años que trabaja en una de las mayores empresas de Internet del mundo. 
Un día gana un concurso cuyo premio es una semana de vacaciones en la mansión privada del presidente ejecutivo de la compañía, un excéntrico demiurgo que vive alejado de la civilización en una suerte de laboratorio-búnker semifrankensteiniano en el que ha alumbrado el que parece ser el siguiente paso evolutivo.
Alicia Vikander como AVA en Ex Machina

Cuando Caleb llega a la estupenda casa en medio de la nada, descubre que deberá participar en un experimento tan extraño como fascinante en el que interactuará con la primera inteligencia artificial auténtica del mundo que habita en el cuerpo de una preciosa mujer-robot.

Ex Machina continúa la tendencia del cine actual de ciencia-ficción a indagar en las relaciones de los humanos con entes de inteligencia artificial como es el caso de TranscendenceHer o Autómata y lo hace desde la premisa de un test de Turing muy particular: ¿podrá Caleb demostrar que ese ser creado por por el hombre ha conseguido desarrollar conciencia de sí mismo?


Uno de los robots de Ex Machina

Es curioso que precisamente de forma transversal Ex Machina establezca un diálogo con The Imitation Game, la película basada en la vida de Alan Turing en la que se narra cómo el famoso programador ideó una prueba para distinguir una máquina de un ser humano.
 Por supuesto, Caleb se enfrenta a un enorme problema y es que de hecho sabe de antemano que se enfrentará a un robot, de modo que deberá tener cuidado con las apariencias para poder diagnosticar las capacidades de la máquina.

No solo el guión de Alex Garland es absorbente y brillante (si analizáramos sus resonancias literarias, artísiticas y filosóficas necesitaríamos mucho más tiempo), sino que además la puesta en escena de la película impresiona por su efectividad: desde los espacios abiertos hasta la artificiosa claustrofobia del lugar en el que se desenvuelve la mayor parte del metraje: ese lugar diáfano cuajado de cámaras y espejos en el que nada es lo que parece ser.

Alicia Vikander como AVA

La sexualidad es otra de las ideas mejor fundamentadas de la película: desde el nombre de la ginoide (androide de apariencia femenina), AVA (con resonancias de la variante en inglés de "Eve" o Eva, la primera mujer en el relato bíblico), hasta la propia concepción de la identidad sexual como parte inalienable de la humanidad que destila la creación de una conciencia autónoma.

Pero ¿qué es exactamente lo que nos hace humanos? ¿Romper la barrera de la creación nos convierte en dioses? ¿Es posible crear un ser de materia inerte e imbuirle la capacidad de razonar y de ser consciente de sí mismo? El desarrollo de la película es tan interesante y abre tantos debates que me atrevo a deciros que éste es uno de los títulos imprescindibles del género. Ex Machina eso sí, decepcionará a quienes busquen acción o no tengan la capacidad de seguir los diálogos que casi exigen un segundo visionado.
Lo mejor
El diseño de la ginoide y la intrepretación de la enigmática Alicia Vikander
Lo peor
El mal rollo que da plantearse que la IA pueda superar con creces al hombre..
 
No hay nada más humano que el deseo de sobrevivir .






Fallece Héctor Colomé, actor de larga carrera en cine y teatro............................................... Gregorio Belinchón

En la gran pantalla trabajó en 'La hora de los valientes', 'Libertarias', 'AzulOscuroCasiNegro' o 'La gran familia española'

El actor Héctor Colomé, en 2006. / gustavo cuevas (efe)
Actor de rostro duro, edad indescifrable en pantalla y voz potente, con la muerte del hispanoargentino Héctor Colomé ayer sábado en Madrid víctima de un cáncer se va un intérprete de larguísima carrera en teatro y cine.
Llegó a España en 1976, con 32 años, así que Héctor Buffa Colomé, que ha fallecido a un mes de cumplir los 71, ha pasado más tiempo fuera de su Argentina natal que en ella.
 Nacido en Córdoba (Argentina), “más argentino que un porteño”, dijo en diversas ocasiones, a Colomé le cambiaron el nombre artístico en España de una forma extraña, como contó en El diario de Navarra: “Yo no me lo quité, ¡me lo quitaron! Cuando debuté en el Teatro Príncipe de Gran Vía, en Madrid, me encontré con que en los carteles me habían quitado el Buffa.
Es que en valenciano suena muy mal eso de Buffa, me dijo el productor que era valenciano. Dije en plan chulito: ‘O me cambias el nombre, o no estreno’.
 Me contestaron que sí, que lo cambiaban, pero si la obra funcionaba y había dinero para volver a pintar mi nombre.
Al final, estrené y me llevé todo de calle: críticas, público, entrevistas... todos me pusieron de maravilla.
Y pensé: ¿para qué voy a cambiar? Eso sí, con toda la familia de mi padre, que son italianos, me costó un disgusto”.
 Porque cuando el aún Buffa Colomé llegó a España, ya era un reputado intérprete –debutó con 15 años- en Argentina ganador de un Premio de Teatro en 1970. Había estudiado Ciencias y Económicas y Teatro en la Universidad Nacional antes de decidirse por la interpretación.
En España su primer gran éxito llegó con Absalón (1983) en el teatro (donde también empezó una larguísima relación con José Sanchis Sinisterra), y un poco más tarde en el cine con Redondela (1987), de Pedro Costa, un año después de debutar en la televisión española.
 La de Colomé es una larguísima carrera en la que concatenó sin complejos cine, teatro y televisión. Incluso trabajó como actor de doblaje en series como Los caballeros del Zodiaco, McGyver, Colombo o Falcon Crest.
A inicios de los noventa, tras zarzuelas como La revoltosa, entra en la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que entonces dirigía Adolfo Marsillach. Llegan así La gran sultana, su Comendador en Fuenteovejuna, Don Gil de las calzas verdes, El médico de su honra, el rey Basileo de La vida es sueño o El misántropo
. A finales de los noventa se desvincula de la compañía, empieza a estrenar en el Centro Dramático Nacional (Eslavos, San Juan o La fundación) e inicia su relación con la actriz Carmen Arévalo, madre del cineasta Daniel Sánchez Arévalo
. En diversas ocasiones el director ha calificado a Colomé de su “padre en el cine”, y solía reservarle ese rol en sus películas, como en AzulOscuroCasiNegro (2006), La gran familia española (2013) y los cortos Física II y Traumalogía.
 Otro cineasta con el repitió fue Xavi Puebla, con quien actuó en dos soberbios filmes: Bienvenidos a Farewell-Guttman (2008) y A puerta fría (2012).
Pero en cine actuó en muchas más películas: con Antonio Mercero en La hora de los valientes (1998), con Vicente Aranda en Libertarias (1996), Juana La Loca (2001) y Canciones de amor en Lolita’s Club (2006), en La ciudad de los prodigios, La caja 507, El Lobo, Atraco a las tres… y media, El penalti más largo del mundo, Obaba, 25 kilates, Flores negras, Pudor, Los límites del control, Lope…
  Su última aparición en la gran pantalla fue el año pasado en REC 4: Apocalipsis. En televisión se le pudo ver en series como Policías, en el corazón de la calle, Petra Delicado, Amar en tiempos revueltos, 14 de abril. La República, Herederos, 23-F: Historia de una traición, Karabudjan y Carta a Eva, donde encarnó a Juan Perón.
De los escenarios nunca se bajó gracias a obras como Noche de reyes, Eduardo III, Tirano Banderas, Filomena Marturano o Panorama desde el puente. Candidato dos veces a los premios de la Unión de Actores, Colomé explicaba así que habitualmente le llamaran para personajes de villano o de tipo apesadumbrado: “Supongo que el físico condiciona.
Sobre todo si se trabaja con prisas.
 Si ya todo te viene dado, casi puedes trabajar sin maquillaje. Te peinan de época y ya está. También la edad influye”. En la programación del Teatro Real ha quedado pendiente su participación en 2 delirios sobre Shakespeare, de Alfredo Aracil.

 

Las palabras y el diablo...........................................................................Juan Cruz

No se puede a hacer literatura comparada de los insultos, o de los calificativos desmejorativos, que se intercambian los políticos.

Lo que le pasa a la palabra patético es que la cargó el diablo hace rato y la convirtió en una palabra maldita.
Imagino que por ese lado, el lado de lo maldito, que la hace una mezcla de enfermedad y de detritus, la tomó el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cuando se la arrojó desde el estrado del hemiciclo a su oponente, Pedro Sánchez, en el debate del estado de la nación que los desunió tan gravemente.
El diccionario (que aquí transita con tanta solvencia Álex Grijelmo) dice lo que dice, pues en la etimología de patético está, incluso, la posibilidad de asociar a la expresión "sensible" ese vocablo que se siente como insulto.
 En la raíz de lo que dijo Rajoy (no en lo que quiso decir, naturalmente) están, en efecto, la enfermedad, la pasión, el sufrimiento, la herida, y está también la sensibilidad herida.
 En un caso como este, en el que el presidente decide decirle a su oponente principal que es un hombre patético, y que no vuelva otra vez por el hemiciclo a decir lo que le dijo, no hay compasión alguna, no hay estima verdadera por la persona del que le contradice; es más, no lo quiere ver ni en pintura.
Lo que han dicho quienes defienden al presidente (que los tiene muy abundantes, incluso tiene a Rafael Hernando) es que él mismo había sido insultado, pues Sánchez lo acusó de no tener vergüenza.
 En este caso también la expresión tendría atenuantes, que acaso no estaban en la mente del líder socialista cuando dijo eso desde el estrado: no tener vergüenza es incluso positivo, pues te permite adentrarte en la vida con más respiro que si estuvieras atenazado por esa clase de timidez que llamamos vergüenza
. Claro, la desvergüenza a la que apela Sánchez es la que marca algunas vidas del PP, atadas sin remedio a la desvergüenza que convoca la figura de Bárcenas, que se paseó como si no existiera (como un fantasma de El Ministerio del Tiempo) por el hemiciclo.
A lo que no se puede llegar, a estas alturas, es a hacer literatura comparada de los insultos, o de los calificativos desmejorativos; lo que dijo el presidente es lo que este dijo, y lo que el líder del PSOE dijo es lo que dejó dicho Sánchez, y no sólo hay que ver por separado y en sus propios términos ambos exabruptos, sino que hay que tener en cuenta la autoridad de cada uno de los que los pronuncia.
 Al presidente del Gobierno, que tiene tanto poder, y tanta mayoría, habría que pedirle que exhiba la magnanimidad correspondiente para rebajar su propia capacidad de descalificar al otro, pues Rajoy es (como él mismo afirma, con justeza) el presidente de todos los españoles, mientras que Sánchez es, en puridad, el aspirante, el pretendiente o, aunque ese puesto esté tan disputado como el voto del señor Cayo, el jefe de la oposición.
En la exposición que abrió esta semana en Madrid Elena Foster con los grandes libros de artistas hay una maleta en la que introdujo todo lo que el pintor Francis Bacon dejó desordenado en su estudio.
 El conjunto se llama Detritus, y aun bajo ese nombre es una luminosa expresión del alma de Bacon, tan atormentada
. Se me vino a la cabeza, oyendo a Hernando después, y habiendo oído el desafortunado epíteto del presidente, esa metáfora; imaginé que esas palabras que carga el diablo eran detritus, verdaderamente, pero por ninguna parte encontré la luz que Foster puso sobre Bacon.