Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

18 ene 2015

Diez veces siete, Maruja Torres




Diez veces siete, Maruja Torres
ISBN 978-84-08-12632-4
Tapa dura con sobrecubierta
Formato: 15 x 23 cm
Páginas: 256
Precio: 19,90 €
Un ajuste de cuentas con la vida donde la autora repasa lo mejor de sus intensos setenta años.
Maruja Torres, con setenta años a sus espaldas y mil batallas en el recuerdo, ha sido convocada en el despacho del director de El País, diario en el que ha pasado los últimos treinta años de su vida profesional, pero algo en el ambiente augura que no será para nada bueno.
En este punto comienza Diez veces siete: de la niña del Raval, abandonada demasiado pronto por su padre, hasta la famosa reportera admirada por miles de jóvenes periodistas de este país.
Un diálogo directo con el lector. Una obra saltando en el tiempo que habla con valentía de los afectos, los amores, el periodismo y el compromiso.
Extraordinaria y genial como solo Maruja —«Era un patito feo y por suerte no me convertí en cisne, sino en una mujer sin apéndices»— podía hacerlo.

Nailon, la gran conquista sintética.................................................David López

Deseado y denostado a partes iguales, pero siempre necesario, el nailon cumple 80 años desde que el gigante químico DuPont lo patentó e inició así la conquista de las fibras artificiales. 

Nailon, la gran conquista sintética 
 


Un grupo de mujeres prueba los diseños de DuPont.
Foto: Cortesía DuPont.

«Fuerte como el acero, fino como una tela de araña». Con este reclamo publicitario llegó el nailon por primera vez a las tiendas.
Fue en mayo de 1940, cuando los almacenes Gimbels de Nueva York vendieron las primeras medias que la empresa DuPont acababa de patentar. Pero el hallazgo de este tejido tenía ya cinco años
. Uno de los ingenieros de esta empresa química fundada en Estados Unidos por franceses refugiados lo creó en febrero de 1935
. «Empezó entonces una revolución sintética silenciosa, que ha barrido todos los territorios dentro del vasto imperio de la moda, transformando sus tradiciones y generando confusión en todo su sistema jerárquico», sentenció Susannah Handley, exprofesora del Royal College of Art de Londres en Nylon: The Story of a Fashion Revolution (ed. Johns Hopkins University Press, 2000). El nailon había llegado para quedarse.
Nailon, la gran conquista sintética

 

Primero fueron las medias, que se vendían por menos de un dólar y medio y
 que causaron un furor inmediato, con más de cuatro millones de pares vendidos a las pocas horas. Pero este material enseguida se introdujo en la industria bélica, para ayudar a Estados Unidos a ganar la Segunda Guerra Mundial, convertido en componente de uniformes, neumáticos y paracaídas.
De hecho, durante el conflicto se suspendió la confección de medias (que entonces solo se conseguían en el mercado negro por 20 dólares).
El final de la contienda supuso el principio definitivo de su gran eclosión.
 En agosto de 1945, ocho días después de la rendición de Japón, DuPont anunció que iba a volver a fabricar medias
. Una noticia que fue aplaudida por las mujeres, que anhelaban hacerse con nuevos diseños. Sin embargo, los retrasos de producción y la escasez pronto se tradujeron en disturbios y colas infinitas (más de 40.000 mujeres en Pittsburgh para solo 13.000 pares a la venta)
. La popularización de este material creció y su uso se extendió a todos los sectores: de las camisas ceñidas y los cuellos como tiendas de campaña de las fiebres del sábado noche setenteras hasta los trajes de novia.

Nailon, la gran conquista sintética
La película Fiebre del sábado noche (1977) inmortalizó la estética de la era de las fibras sintéticas: nailon, poliéster…
Foto: Cordon Press
El ‘hit’ de 1984. La diseñadora Miuccia Prada, que en 1978 había asumido el control del negocio familiar, llevaba varios años trabajando con este tejido.
 Pero fue en ese año cuando lanzó las famosas mochilas minimalistas de nailon negro. Aquel diseño se convirtió en un bestseller de culto y en uno de los modelos más imitados (todavía hoy) de la casa italiana.
 La generalización de este material en la moda propició, además, un proceso de «democratización de la industria», como explica Laura Luceño, profesora del Centro Superior de Diseño de Moda UPN. «El abaratamiento de los tejidos permitió a más gente acceder a las prendas; y eso produjo una masificación de la oferta».
 Las fibras sintéticas habían conquistado ya el mundo, a pesar de la aparición de continuas campañas en contra de su uso, como el movimiento hippie de los años 60 –que reclamaba un regreso a los materiales naturales– o el menosprecio creciente en los 80 hacia el nailon, la lycra (otro boom textil de DuPont) y el poliéster, asociados a la falta de gusto, calidad y recursos.

 
Nailon, la gran conquista sintética

Dior o-i 2014/15.
Foto: InDigital
Mirar al futuro. Hoy, ocho décadas después de su invención, DuPont ya no fabrica textiles; vendió esa división de su imperio en 2004.
Sin embargo, la empresa sigue siendo un gigante de la industria química (y uno de los referentes, entre otros sectores, de las semillas genéticamente modificadas) que factura casi más de 30.000 millones de euros anuales
. Y el nailon continúa en nuestra vida diaria con un papel destacado.
 Aunque, eso sí, todavía silenciosamente. No todos los diseñadores se atreven a introducir este material (aún denostado) en sus creaciones. Por eso cuando lo hacen resulta llamativo, como sucedió con la pasada colección de invierno de Dior, para la que el belga Raf Simons diseñó faldas con este tejido para conseguir un mayor volumen.
 «El nailon ha hecho posible un desarrollo estético que con los materiales nobles hubiera sido imposible lograr», ensalza Luceño, que señala en esta línea el caso, sobre todo, de los diseñadores japoneses.
 Creadores que, como Junya Watanabe o Issey Miyake, «han reivindicado su uso, dándole apariencia de material noble, porque les permite crear el efecto de las sedas y brillos tradicionales de la cultura de su país pero con mayor libertad creativa y mejores precios».
En estas ocho décadas de revolución el nailon ha llegado incluso al espacio –desde los años 60 se utiliza en la fabricación de trajes de astronautas– ¡y a la Luna!
 De hecho, allí sigue (o no), convertido en esa bandera de Estados Unidos tan famosa como sospechosa que en las fotografías flamea clavada en un satélite sin atmósfera.

Como llevar una trenza al estilo real.


Amor trágico entre la barbarie estalinista................................................................ Roger Salas

Se reedita ‘La quinta esquina’, la gran novela de Izraíl Métter que se ocultó dos décadas.

 

San Petersburgo, 1955, ciudad donde transcurre buena parte de la acción de 'La quinta columna'. / Yevgeny Khaldei (Corbis) (© Yevgeny Khaldei/Corbis)

A casi 20 años de la primera edición de La quinta esquina por la editorial Lumen en 1995, Libros del Asteroide ha recuperado este título prodigioso y al que se le puede poner el adjetivo de subyugante. Se trata de la obra cumbre de Izraíl Métter (Járkov, 1909-San Petersburgo, 1996), un desgarrador testigo literario de la barbarie estalinista. Lumen también editó en 2001 Genealogías, unos relatos autobiográficos que en muchos sentidos entroncan con este libro sin género preciso.
Si se quiere, llamémoslo novela.
El traductor y prologuista de Genealogías, Ricardo San Vicente, recogía una entrevista esclarecedora con el escritor. Métter dice: “Mi patria, Rusia, es un campo de pruebas donde la historia realiza sus experimentos sociales, y donde además no tiene en cuenta el destino de cada uno de los hombres aislados.
 El individuo se enreda entre las patas de la historia y ésta pasa por encima de él y lo convierte en polvo, y por muchas veces que el hecho se produzca, sólo llegamos a comprenderlo, preparados ya para una nueva espiral de errores".
Todas estas palabras caben en un resumen argumental de La quinta esquina.
Judío, marcado por unos discretos orígenes burgueses, sin acceso a la universidad, forjándose una profesión guarnecido por sus propias y piadosas mentiras, Méttel dibuja al Boria de la novela con sus mismas heridas y vivencias, con su amor desaforado, trágico y caótico por Katia.
El libro se publicó en 1989, tras la desintegración de la URSS
Ese Boria se dice a sí mismo:
“¿Por qué no hemos dejado ninguna huella en la tierra?”. En la entrevista citada, recapitula:
 “Desde niño me he acostumbrado a percibir el aliento pestilente del antisemitismo a mis espaldas. Tal vez suene terrible, pero ¿se puede uno acostumbrar a la inmundicia?”
. Pero ¿qué es la quinta esquina a que se refiere el título? Un tenebroso sistema, una tortura que inventaron en aquellos tiempos y que luego enseñaron generación tras generación: al torturado, entre golpes, se le impelía a encontrar la quinta esquina de una habitación cuadrada.
No hay un orden cronológico en las escenas porque acaso no lo hay tampoco en la mente del escritor; el respaldo de cualquier ordenación más lógica está sustituido por un borrascoso torrente de angustia, a veces con un anárquico, tozudo sentido del papel de los recuerdos.
Narrador de potente estilo propio, tan poético como seco, Méttel escondió celosamente el libro más de 20 años después de darlo por terminado.
Es verdad que en 1964 apareció Katia, breve librito con algunas escenas entresacadas del original de La quinta esquina y del que expurgó todas las escenas políticas o citaciones comprometidas; lo que quedó era bonito, pero sabía a poco
. Como asegura la crítica literaria Mercedes Monmany, su mayor atractivo es su estilo, y este se despliega a plenitud con el total de las páginas escondidas
. Era un manuscrito que quemaba, unas páginas que ardían solas, como ese fuego mítico por espontáneo de que hablan las leyendas.
 Nunca hubo copias de La quinta esquina. La esposa de Izraíl la tecleó pacientemente con un dedo, aporreando —con mucho miedo— la vieja y sonora máquina de escribir
. Una vez hecho, el manuscrito pasó por diversos escondites domésticos, imaginando cada vez un escondrijo inaccesible a la imaginación y olfato de los sabuesos del KGB
. Tuvo que surgir la perestroika y la glásnost, tuvo que caer el muro de Berlín y desaparecer la Unión Soviética, tuvieron que rodar las estatuas de Lenin y Stalin (no todas) para que finalmente en 1989 viera la luz de la impresión este libro, un texto que hace pensar que todos los totalitarismos se merecen tener, por lo menos, un Izraíl Métter que sustituye olvido por memoria.
Pero este libro es también y sobre todo una poderosa obra acerca de la soledad, una soledad substancial y sobrehumana, esa que en la literatura rusa se informa en profundidad desde antes en Gogol y Chéjov y que ya habita y domina el discurso, su lírica interior, desde los tiempos del Oblómov de Iván Goncharov (paradigma del personaje superfluo) a los personajes de Turguéniev. Mucho después, en el también ucraniano Mijail Bulgakov, se volverá a encontrar a estos observadores desgraciados del mundo, un arquetipo del que muy autobiográfico Boria de La quinta esquina es parte y hace coro, amén de los ruidosos fantasmas de tantos sacrificados en vano, de Isaac Babel a Meyerhold.
Al final de la obra aparece un personaje con visos de fantasma corporeizado, deambulador y grotesco, rechazado por el grupo
. Se trata de otro jubilado como nuestro triste héroe que todos los veranos, mochila al hombro, peregrina más que ir de excursión a los lugares donde cayó todo su batallón.
 Allí escarba y señala de vez en cuando una tumba. “Pero eso se ha convertido en la idea central de su vida”, escribe Métter
: “El caminante continúa yendo de un lado a otro por la región, aburriendo con sus preguntas y sus peticiones”. Métter concluye que padecen “la misma locura”:
 “Los dos erramos entre tumbas imposibles de encontrar”.