Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

22 dic 2014

Todos los besos y todos los bichos................................................ Rosa Montero

Siempre he sentido fascinación por los microbios y todos los organismos diminutos, por ese colosal hervor de vidas.

Uno de los trastornos obsesivos más comunes es la hipersensibilidad a la posible suciedad de las cosas, el horror patológico a los microbios.
 He conocido personas que se lavaban las manos doscientas veces al día, o que se estremecían ante la idea de tener que estrecharle la mano a alguien.
 Llevo pensando en ellos desde que leí, hace unas semanas, ese fascinante reportaje de Miguel Ángel Criado en EL PAÍS en donde explicaba que, cada vez que nos besamos con lengua con alguien durante diez segundos, intercambiamos ochenta millones de bacterias.
Pobres maniáticos de la higiene míos: supongo que a los casos más graves ya les daría cierto repelús lo de mezclar salivas, pero me temo que este reportaje ha podido terminar de estropear la vida sexual de más de uno.
Siempre he sentido fascinación por los microbios y todos los organismos diminutos, por ese colosal hervor de vidas que nos rodea y que, con nuestra habitual ceguera etnocentrista, ignoramos olímpicamente, como si todo aquello que no podemos contemplar con nuestros defectuosos y limitados ojos simplemente no existiera.
Nos sentimos los reyes de la creación, la medida del mundo, individuos orgullosos y solitarios, y no nos damos cuenta de que hasta el misántropo más aislado del planeta está inmerso en un tumulto monumental de bichejos varios. Empezando por los ácaros del colchón, de los sillones, de los cojines; vistos al microscopio, son unas bestias de aspecto aterrador y repugnante, peores que el Alien de la película.
 Y convivimos todos los días con millones.
 En el agua, en el suelo, en el polvo, en el aire, en la superficie de las mesas, en la pelambre de nuestros animales de compañía, por doquier nos rodean batallones y batallones de cosas vivas.
 Por no hablar, claro está, de nosotros mismos, que somos un territorio colonizado por los microbios. Según leí hace años en un libro escolar genial,
 Ni contigo ni sin ti (Gran Guignol Ediciones), escrito por Miguel Vicente, Marta García-Ovalle y Javier Medina, nueve de cada diez células de nuestro cuerpo son bacterias.
 Bien mirado, es como si las bacterias nos explotaran biológicamente, como si fuéramos su huerto, su vaquita. Por cada célula mía, nueve pasajeros: qué invasión, qué barullo.
 En total acarreamos cerca de kilo y medio de bacterias en nuestro cuerpo, la mayoría en el sistema digestivo. ¡Y en ocasiones nos sentimos solos!
 Qué ceguera.
Sabemos que convivimos con todo ese submundo maravilloso desde hace varios siglos
. La primera persona que vio los microbios fue un comerciante de telas holandés llamado Antoine van Leeuwenhoek. Como necesitaba poder contar los hilos de los tejidos que vendía, este hombre habilidoso fabricó unas cuantas lupas que luego, movido por la curiosidad, fue enfocando sobre todo cuanto le rodeaba: la hierba, las moscas, las gotas de agua.

 Así descubrió que, alrededor de él e incluso dentro de su cuerpo, porque también escudriñó su saliva, había una infinidad de cosas que se movían
. Dedujo acertadamente que esas pizcas itinerantes estaban vivas y las denominó animálculos. Si te paras a pensarlo, tuvo que ser un momento espeluznante y grandioso: el hallazgo de todo un universo paralelo de seres vivos que compartían el planeta con nosotros.
 Es como haber establecido contacto con los alienígenas, solo que se trataba de unos marcianos muy diminutos. Todo esto sucedió en el año 1676, o sea, hace un montón de tiempo, pero de algún modo nos las hemos arreglado para olvidarlo, de la misma manera que olvidamos que nos vamos a morir: son saberes incómodos, humillantes, amedrentantes.
 Nos rompen nuestro espejismo de protagonismo orgánico
. Por eso nadie se acuerda de Antoine van Leeuwenhoek ni de aquel instante estelar de la humanidad. Descubrir que somos una colonia de bacterias es un conocimiento amargo de tragar.
Y ahora además nos dicen que nuestros besos, esa cosa tan húmeda y tan íntima, no es sólo cosa de dos, sino que interviene una multitud.
 Al parecer en la boca puede haber hasta setecientas bacterias diferentes.
 Bichos aventureros y viajeros dispuestos a mudarse a una lengua ajena, verdaderos exploradores interestelares.
 Porque, desde el punto de vista de los microbios que nos habitan, debemos de ser tan grandes e inabarcables como una galaxia.
Un inmenso sistema que los acoge, a ellos y a los hijos de sus hijos
. A veces me imagino que los humanos somos las bacterias de algún organismo enorme, microbios alojados en la centelleante negrura intestinal de un megaser.
 Curiosamente, es un pensamiento que me serena.

 

Diccionario Penal......................................................................... Javier Marías

Uno se pregunta qué es lo que estos colectivos furiosos no entienden de lo que es tan fácil. El DRAE no “sanciona” ni “legaliza”.

A raíz de la nueva edición del Diccionario de la RAE (la 23ª), han arreciado las protestas por parte de colectivos e individuos
. Unas, porque no se ha suprimido o modificado tal o cual acepción de una palabra; otras, porque se ha añadido alguna, atendiendo a su vigencia entre los hablantes; las de más allá, porque se han incorporado vocablos aquí inauditos, olvidando que son frecuentes en países que comparten con nosotros la lengua: por ejemplo, “amigovio”, el cual, por desafortunado que en mi opinión resulte, se emplea en la Argentina, México, el Uruguay y el Paraguay.
 Muchas quejas son ya antiguas y simplemente se redoblan, cada vez con mayor intolerancia, como corresponde a nuestros tiempos.
Los judíos se enfurecen por el mantenimiento de “judiada”, que está en los clásicos; los gitanos se manifiestan ante la sede de la Academia exigiendo que desaparezca la acepción “trapacero”, sin tener en cuenta que también se recoge la elogiosa “que tiene arte y gracia para ganarse las voluntades de otros”; los enfermos de cáncer juzgan denigrante el siguiente sentido: “proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos”, como en la frase “la corrupción es el cáncer de la democracia”;
 las asociaciones de autismo se indignan ante esto: “dicho de una persona: encerrada en su mundo, conscientemente alejada de la realidad”, como en “Rajoy gobierna en plan autista”
. Como los aquejados de cretinismo son ya menos que antaño, no me consta que se hayan encolerizado por el significado “estupidez, idiotez, falta de talento”, ya longevo
. Pero, puestos a ser susceptibles, el número de ofendidos podría ser incontable.
Los frailes podrían soliviantarse porque “frailuno” sea “propio de fraile”, aunque se señale que es término despectivo; los jesuitas porque “jesuítico” quiera decir: “dicho del comportamiento: hipócrita, disimulado”; los lagartos –si pudieran– de que la forma masculina pueda ser “ladrón del campo” y la femenina “prostituta”; las ratas de que figure su nombre para “persona despreciable”, al igual que los perros, a los que se añade el agravio de que “perra” sea también “puta”, lo mismo que las vacas inglesas por uno de los sentidos de “cow”.
 Aunque los animales no puedan, todo se andará: oiremos clamar al cielo a sus exaltados “defensores”, que pedirán la eliminación de estas ofensas. No entro en las reivindicaciones supuestamente feministas (en realidad pacatas, la mayoría), por demasiado abundantes y ya vetustas.
Los hablantes son libres, y lo último que le corresponde a un diccionario es ejercer la censura
Uno se pregunta qué es lo que estos colectivos e individuos furiosos no entienden de lo que es tan fácil de entender. El DRAE no “sanciona”, no “legaliza”, no “da carta de naturaleza”, no “autoriza” a utilizar un vocablo, no señala lo que es admisible o inadmisible, entre otras razones porque no tiene poder para ello.
 La gente habla y escribe como le da la gana, y al hacerlo le trae sin cuidado lo que incluya o diga el Diccionario. Éste no “faculta” ni “impide”, tampoco castiga ni multa, ni siquiera reprende a nadie, todo eso está fuera de sus atribuciones. El DRAE es neutro, es un mero recipiente, un registro de lo que los hablantes deciden emplear libre y espontáneamente (eso sí, de forma mayoritaria y duradera). Cuando un uso arraiga, o figura en textos importantes, al Diccionario no le queda sino recogerlo.
 Da lo mismo que un término sea obsceno, desagradable, peyorativo, despreciativo, ofensivo, incluso racista.
 De sus existencia y vigencia no hay que culpar a las Academias, sino a los hablantes, y lo que todos esos colectivos olvidan es que los hablantes son libres para bien y para mal, y que lo último que le corresponde a un diccionario es ejercer la censura.
¿Por qué habría que hacer más caso a los autistas o a los judíos que a los jesuitas o a los puritanos? Estos últimos se sienten ofendidos por la presencia de “follar”, “polla” o “coño”, que antiguamente estaban ausentes.
 ¿Sería hoy esto aceptable? No, a todas luces: el Diccionario sería tildado, con motivo, de censor y mojigato.
Y es justamente ese espíritu, el censor, el que anima a quienes protestan: cada cual quiere que se supriman –es decir, se prohíban– los vocablos que siente agraviosos.
Si subrayo este último verbo es porque cada quejoso o indignado habla desde su subjetividad, y como éstas son infinitas, también lo serían las podas.
 Los que denuestan el Diccionario son enemigos de la libertad y autoritarios, aspiran a la prohibición y sujeción del habla, y además creen, erróneamente, que la censura del DRAE acabaría con el uso de las acepciones que los enojan, como si esa obra fuera una especie de Policía o de Código Penal capacitada para llevar a la cárcel a los infractores, a quienes se valieran de términos no consignados en ella. ¿Tan difícil es de entender lo ya expresado?
 El DRAE no impone nada, no puede; tampoco veta nada, no puede; a lo sumo orienta, guía, recomienda o desaconseja.
Está a merced de lo que los hablantes deciden, y éstos son libres, mal que les pese a muchos con vocación dictatorial.
Un solo ejemplo inocuo: etimológicamente, deberíamos haber dicho “crocodilo”, y a ello obedecieron el inglés y el francés “crocodile” y el alemán “Krokodil”
. A españoles e italianos se nos antojó que el nombre fuera “cocodrilo” y “coccodrillo”, y así fue y seguramente será hasta que nuestras lenguas desaparezcan.
 Para lo cual no falta mucho, dicho sea de paso, pero esa es otra historia,
elpaissemanal@elpais.es

 

Para los rascados nos queda .....Las frases que te animarán tras saber que este año tampoco has ganado la lotería

Lo importante es la salud y otros clásicos del día del Gordo.

Un año más, no te ha tocado la lotería. Tampoco te habías hecho ilusiones, claro, pero algo de esperanza sí que tenías depositada en esos tres décimos (uno de ellos a medias) y cuatro participaciones que llevabas en la chaqueta.
 Incluso has estado toda la mañana con el Twitter de El País abierto, por si veías asomar uno de tus números. La tarde se presenta algo mustia y mohína, pero no te preocupes: te ofrecemos ocho frases que te ayudarán a consolarte cada vez que recuerdes que sigues sin ser millonario.
1. La lotería es un impuesto que grava a los que no saben matemáticas. Es normal que sigas siendo pobre: sólo había un 5% de posibilidades de ganar algún premio y un 0,000001% de que te tocara el Gordo
Ya lo decía el escritor de ciencia ficción Robert Heinlein: “Pienso en la lotería como en un impuesto para los que tienen dificultades con las matemáticas”, frase que hoy se ha repetido hasta la saciedad. Este argumento tiene un punto débil: sólo sirve si no has jugado
. Si has comprado varios décimos es aún peor porque encima te recuerda que has tirado el dinero por no pararte a pensar un poco.
2. Lo importante es la salud. A lo mejor no puedes comprarte un coche nuevo, pero lo importante es que estás sano y puedes seguir madrugando para ahorrar. Si pasas otros ocho años saliendo de la cama a las seis -entre lágrimas, quejas y bostezos- reunirás lo suficiente para comprarte otro coche. De segunda mano. En caso de que tengas un empleo.
3. Si hubieras ganado, no dejarías el trabajo y tu salud emperoraría. Lo dice Materia en un artículo publicado esta mañana, que recoge los resultados de un estudio sueco: sólo el 12% de los ganadores de la lotería deja su empleo y muchos adoptan malos hábitos, como fumar y beber más a menudo. 
¿Para qué quieres más dinero? ¿Para pagar las facturas del hospital?
4. Al menos no le ha tocado a mi cuñado. Este último tuit nos da otra clave: mejor no sentir el aguijón de la envidia
. Como decía Gore Vidal, “cada vez que un amigo tiene éxito, muero un poco”.
 En el caso de la lotería, el dolor que produce la felicidad ajena es uno de los motores que impulsan las ventas. ¿Acaso no compraste el número del trabajo o el del bar (por ejemplo), sólo por si le tocaba a todo el mundo menos a ti? Exacto: no podías permitir que alguien fuera un poco más feliz que tú.
5. También es un consuelo que no haya tocado en el bar de abajo. Todos sabemos que  la historia que narra el anuncio de la lotería de este año es ficción. 
Ese Antonio que nos ha guardado el décimo premiado NO EXISTE. Si ha tocado en el bar y bajamos a unirnos al jolgorio confiando en que nos den un sobre con el número premiado, nos arriesgamos a vivir la segunda decepción del día. 
No habrá sobre y si lo hay será una broma pesada: contendrá un papel arrugado, un número de otro sorteo, o un post-it en el que ponga “haber estudiao”.
6. El año que viene habrá otra oportunidad. Ante el hecho de que el sorteo de la lotería es anual, hay dos actitudes: los que mantienen la ilusión año tras año porque a alguien le tiene que tocar y porque todos los números están en el bombo, y los que asumen de una vez por todas que es casi imposible que toque y deciden no comprar ningún décimo el año que viene.
 Se trata del primer propósito de año nuevo que se hacen muchos
. Y como todos estos propósitos, tampoco se cumple.
7. Desgraciado en el juego, afortunado en amores. En realidad, el refrán es al revés, pero no es mala idea intentar darle la vuelta
. Sobre todo teniendo en cuenta que el refrán original tampoco tiene ningún sentido: no hay ninguna conspiración cósmica que asegure que tu vida siempre estará en equilibrio y cuando una faceta te vaya bien, alguna otra fallará
. En todo caso, si repites la frase el número suficiente de veces, te la acabarás creyendo.
8. A Carlos Fabra tampoco le ha tocado. Carlos Fabra, expresidente de la Diputación de Castellón, es probablemente el jugador de lotería más afortunado y más famoso de España. Lleva en la cárcel desde el 30 de noviembre y, que se sepa, este año no se ha llevado ningún premio
. Excepto el de ver que su leyenda sigue viva en Twitter.

 

Muere Joe Cocker.............................................................Pablo Guimón

El cantante sucumbe a los 70 años a un cáncer de pulmón.

No lo puedo creer toda la vida a nuestro lado, parecía que nunca lo perderíamos...

 

Joe Cocker muere a los 70 años tras una larga enfermedad. / José Pedrosa (efe)

El cantante británico Joe Cocker ha fallecido a los 70 años.
La voz grave y volcánica del soul blanco sucumbió a un cáncer de pulmón (según un comunicado de su compañía discográfica, Sony), que pone fin a una carrera que empezó entre vapores de alcohol en los clubs de Sheffield en los años sesenta.
Deja para la historia su voz única y sus movimientos espasmódicos sobre un escenario, plasmados para la eternidad en su dramática interpretación de With a Little help from my friends, de los Beatles, sobre un escenario de Woodstock, cuando el cantante tenía 25 años, recogida en la película del festival
. Aquella versión, por la que le felicitaron los propios autores, supuso su primer numero uno en 1968 y reveló su gusto y acierto al reinterpretar composiciones ajenas.
De origen proletario, sucumbió a todas las tentaciones de la bohemia rockera.
Pero incluso cuando parecía tocar fondo era capaz de cosechar éxitos planetarios.
 Su voz quedará para siempre unida al cine de los ochenta, gracias a Up where I belong, su dueto con Jennifer Warnes en Oficial y caballero, y sobre todo por su versión de You can leave your hat on, de Randy Newman, en Nueve semanas y media, himno el erotismo para toda una generación

John Robert Cocker, nacido el 20 de mayo de 1944 en un suburbio de Sheffield, vivía desde hace años en Estados Unidos, en un rancho de Colorado, junto a su segunda esposa.
Su agente, Berrie Marshall, ha confirmado esta tarde la muerte de un artista “sencillamente único”. “Será imposible llenar el espacio que deja en nuestros corazones”, ha añadido.
Sus comienzos en la música fueron bajo el nombre artístico de Vance Arnold. Con su banda, los Avengers, y su poderosa voz, versionaban éxitos de Chuck Berry y Ray Charles
. En 1963 telonearon a los Rolling Stoens en Sheffield. Un años después firaba un contrato para el primero de su veintena de álbumes en solitario.
El año pasado se embarcó en una gira triunfal por diversas ciudades Europa que terminó en junio en el Hammersmith Apollo londinense, en el que el destino quiso que fuera su último concierto.