Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

14 dic 2014

Identificado el mecanismo que graba el miedo en el cerebro....................................... Manuel Ansede

Un neurocientífico español describe cómo se almacenan los recuerdos traumáticos.

 

Equipo del neurocientífico Joseph LeDoux, en Nueva York. / NYU

Bajo la sombra de los rascacielos de Manhattan, muy cerca de los 20.000 cadáveres sepultados en un viejo cementerio oculto bajo el Washington Square Park, se encuentra el laboratorio del miedo.
 Allí, bajo las órdenes del neurocientífico y rockero estadounidense Joseph LeDoux, trabaja una quincena de investigadores para intentar comprender por qué, por ejemplo, una persona se queda paralizada al ver a un perro, traumatizada por un huracán o muda al intentar hablar en público.
Uno de los miembros de esta brigada de élite del miedo, empotrada en el Centro para la Ciencia Neural de la Universidad de Nueva York, es el neurocientífico español Lorenzo Díaz-Mataix, que acaba de identificar los mecanismos cerebrales que convierten las experiencias desagradables en recuerdos imborrables durante años.
Díaz-Mataix se ha sumergido en el cráneo de cientos de ratas.
En lo más profundo de sus cerebros, como en los de los seres humanos, se esconde la amígdala, una región del tamaño de una almendra en las personas a la que la comunidad científica señala como almacén del miedo.
 Presuntamente, en ella se guardan durante décadas los recuerdos de las vivencias traumáticas sufridas a lo largo de la vida.
 Y por ella el grupo de rock de LeDoux se llama The Amygdaloids
. Es el minúsculo archivo del terror en el kilo y medio de cerebro humano.
Lorenzo Díaz-Mataix. / NYU
En 2010, salió a la luz el caso de una mujer estadounidense de 44 años con la amígdala completamente dañada por una rarísima enfermedad genética.
 La mujer, conocida como SM para preservar su anonimato, era incapaz de sentir miedo.
 Un grupo de investigadores encabezado por el psicólogo Justin Feinstein, de la Universidad de Iowa, siguió su pista durante más de 20 años.
Rodearon a SM de serpientes y arañas venenosas, vieron con ella películas de terror como El resplandor y El silencio de los corderos, la acompañaron a sanatorios abandonados supuestamente habitados por fantasmas.
 Y nada.
 La mujer sin amígdala ni siquiera sintió miedo cuando, caminando de noche por un parque solitario, un yonqui le puso un cuchillo en la garganta y masculló: “Te voy a rajar, puta”. SM siguió andando como escuchara La Traviata.
Ahora, Díaz-Mataix ha iluminado ese enigmático cajón de recuerdos que es la amígdala cerebral.
 Su investigación parte de una hipótesis postulada en 1949 por el psicólogo canadiense Donald Hebb y sugerida hace más de un siglo por el nobel español Santiago Ramón y Cajal. “Dos células o sistemas de células que están repetidamente activas al mismo tiempo tenderán a convertirse en 'asociadas', de manera que la actividad de una facilitará la de la otra”, dejó escrito Hebb en su libro La organización de la conducta
. O, expresado de manera más simplificada, las neuronas de la amígdala del cerebro humano que se excitan eléctricamente tras el ataque de un perro permanecen conectadas durante años.
Sus puentes eléctricos se refuerzan. Ese sería el esqueleto del recuerdo.
Una mujer sin amígdala cerebral por una rara enfermedad es incapaz de sentir miedo
El equipo de Díaz-Mataix ha demostrado que la teoría de Hebb es cierta, al menos parcialmente, en los complejos cerebros de los mamíferos
. Su experimento, cuyos resultados se publican en la revista científica PNAS, es una versión sofisticada del célebre perro de Pávlov, aquel can ruso que se acostumbró a escuchar un metrónomo (sustituido por una campanita en el imaginario colectivo) antes de comer y ya salivaba cada vez que escuchaba el tic tac aunque no hubiera alimento.
 El investigador español, en tándem con Josh Johansen, del Instituto RIKEN de Ciencias del Cerebro en Japón, sometió a decenas de ratas a un pitido de 20 segundos rematado por una descarga eléctrica de medio segundo.
 A partir de entonces, las ratas se quedaban paralizadas cada vez que escuchaban ese sonido.
 En su cerebro quedó grabado el miedo al chispazo.
Ahí empezó la sofisticación del experimento, gracias a una técnica conocida como optogenética
. Los investigadores instalaron genes de algas sensibles a la luz a bordo de virus, que funcionan como taxis microscópicos, y los inyectaron en los cráneos de las ratas.
 Una vez insertados en las neuronas de los roedores, los genes eran capaces de producir una proteína que funciona como un interruptor de la célula, activándola o desactivándola en función de ráfagas de luz láser enviadas por los científicos.
Las ratas con la amígdala cerebral apagada eran incapaces de recordar el chispazo y carecían de conexiones reforzadas entre sus neuronas.
 Al mismo tiempo, activar las amígdalas de ratas que no habían sufrido la pequeña electrocución servía para generar miedo al pitido sin necesidad de ningún tipo de shock.
 En este último caso, según los autores, era necesario que se activaran también los receptores de noradrenalina, una molécula cerebral implicada en los procesos de atención. Sin esta activación, no había aprendizaje.
Joseph LeDoux, con The Amygdaloids.
“Con una sola descarga eléctrica asociada a un pitido, las ratas ya recuerdan la experiencia toda su vida.
 El cerebro hace esto para afrontar los peligros.
 Un animal necesita aprender con una sola oportunidad, porque quizá no tenga otra”, explica el neurocientífico.
El despacho del también español Luis de Lecea, profesor de Psiquiatría en la Universidad de Stanford (EEUU), se encuentra a escasos 15 metros del laboratorio en el que se desarrolló la optogenética en 2004. Desde allí, De Lecea ha sido testigo de cómo esta técnica ha revolucionado la investigación del cerebro humano.
 Las teorías de Hebb ya se habían prácticamente confirmado “con rodajas de cerebro” de roedores en el laboratorio, pero los experimentos de Díaz-Mataix son “una demostración elegante” en mamíferos vivos, a juicio de De Lecea.
El neurocientífico español dibuja las posibles aplicaciones de sus hallazgos.
“En los enfermos con estrés postraumático, ansiedad o incluso depresión, su cerebro no es capaz de aprender que lo que una vez fue peligroso ya no lo es, y siguen respondiendo de forma exagerada”, señala. Personas que han vivido guerras, accidentes graves, violaciones o catástrofes naturales siguen sintiendo miedo y estrés una vez pasado el peligro.
La comunidad científica internacional trabaja desde hace unos años en intentar borrar esos malos recuerdos.
 Se basan en un proceso conocido como reconsolidación de la memoria.
 “Cada vez que un recuerdo sale a la luz, se pone en un estado frágil que hace que el cerebro pueda añadir cosas relevantes”, apunta Díaz-Mataix.
 Cuando se abre el baúl de los recuerdos es el momento de modificarlos.
Entender estos mecanismos cerebrales puede ayudar a las personas con estrés postratumático, ansiedad o incluso depresión
Si, por ejemplo, alguien va en un coche escuchando a todo volumen la canción Balada Boa de Gusttavo Lima y se estampa contra un árbol, cada vez que escuche el estribillo “Tchê tcherere tchê tchê” tendrá pavor. “Sin embargo, si cada vez que la víctima va a un bar a tomar algo ponen esa canción, el cerebro recupera el recuerdo y aprende que ya no es negativa
. Eso es la reconsolidación”, añade el investigador.
Este proceso se puede facilitar con fármacos que actúan sobre los receptores de noradrenalina, como el propranolol, que ya se suministró a víctimas del atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid.
 Los síntomas de su trastorno de estrés agudo remitieron en el 64% de los casos, según un estudio de la mutua Ibermutuamur.
Para Díaz-Mataix, es muy posible que el proceso para almacenar recuerdos desagradables que han observado sea en realidad un mecanismo general del sistema nervioso para generar otro tipo de recuerdos, ya sean de asco, ira o alegría.
 “El problema es cómo estudiar estas emociones primarias en una rata”, lamenta.
 Si tiene razón, será todavía más cierta aquella sentencia de Ramón y Cajal:
 “Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”.

Sabina acorta un concierto en Madrid marcado por su emoción..................................Pedro Zuazua

El cantante renunció a los bises por una indisposición.

Joaquín Sabina, durante el concierto en el Barclaycard Center de Madrid. / Claudio Álvarez

Joaquín Sabina volvió al escenario anoche en Madrid pero acortó una actuación que había comenzado pletórica.
 Menguado de facultades por la emoción, fue una indisposición, según fuentes cercanas al artista, lo que le impidió acometer los bises con los que el cantante tenía previsto terminar su actuación.
 Era su regreso en solitario a España tras cinco años.
Para comprender al Sabina que actuó en el Palacio de los Deportes de la capital había que fijarse en su cara mientras interpretaba A mis cuarenta y diez.
 Cuando entonó la parte que dice “de empezar a pensar en recogerse, de sentar la cabeza, de resignarme a dictar testamento, perdón por la tristeza”, lo hizo con tal convicción, que el público, acostumbrado a gritar “¡no!” en ese punto, no tuvo nada que objetar.
 Con los ojos conmovidos por la emoción, la mirada fija y una expresión entre el dolor y la felicidad, Sabina resumía en un gesto todo lo sufrido, todo lo gozado y todo lo que queda por venir.
 A mitad del concierto, tras un descanso, ya no estuvo tan pletórico.

Subió el de Úbeda al escenario vestido con traje turquesa, camiseta negra, bombín y perilla larga y canosa. Dispuesto a aportar luz “en tiempos de tormenta”.
 Y se encontró con que su público —el que ha crecido sentimentalmente con sus letras— acepta con agrado que la pista se haya convertido en sus conciertos en un patio de butacas.
 Las 15.000 personas que le aplaudían habían agotado las entradas para el concierto en menos de una hora.
 Las del segundo concierto, que se celebrará el martes, duraron 10 minutos.
Tocar en casa le supone más presión de la habitual.
 Ayer habló del “miedo escénico” (recordó a Pastora Soler) y confesó haber sufrido un vahído en las horas previas al concierto.
 Al citar el miedo escénico, algo cambió en su cara.
 Y minutos después pedía perdón al público por no poder hacer “los bises que estaban preparados”. Pero pareció más una sobredosis de emoción que otra cosa.
 Hasta ese momento había llorado al menos tres veces
. Luego vino el bajón ("la verdad es que no me encuentro muy bien") que dio paso al cierre de su concierto.
El representante del cantante ha asegurado el artista se encuentra descansando en su casa.
El artista confesó haber sufrido un vahído antes del recital de Madrid
Para cuando llegó ese inesperado final, habían pasado casi dos horas y estaba claro que el show llegaba muy rodado tras su paso por Sudamérica.
 Fueron 26 conciertos en 58 días.
 La gira, que agotó todas sus entradas, tendrá su continuación en España en marzo y abril y dará lugar a un disco en directo con el material grabado en el Luna Park de Buenos Aires.
Antes del cierre se había visto a un Sabina muy activo
. Tocó las primeras siete canciones de pie
. Cantó con pasión cada “ahora que” del tema de apertura e hizo un guiño a Madrid con Yo me bajo en Atocha
. Demostró que, aunque se haya ganado un cantante para la historia de la lengua española, se ha perdido un gran humorista y también un digno pintor: suyos eran los dibujos que aparecían en la pantalla trasera del escenario.
 Y que sigue siendo el músico que mejor presenta a su banda: fue uno a uno, loando sus virtudes, con ritmo y con rimas, con guiños y cariño
. También dejó claro que es un maestro de la captatio benevolentiae latina cuando aseguró que las canciones de 19 días y 500 noches —”viejas verdes”, las llamó— no se escuchaban en su casa porque allí sólo se pone “buena música”
. Y recordó a Dylan, con una versión de It ain´t me babe.
Sabina explicó la elección de 19 días y 500 noches haciendo referencia al “último verano” de su juventud, que alargó hasta los 50.
 Habló sin tapujos del ictus que sufrió e hizo un alegato contra el consumo de drogas
. El disco que da nombre a la gira era la culminación de una serie de álbumes —Mentiras piadosas, Física y Química, Yo, mí, me contigo— que coincidieron con una etapa de creación desenfrenada, de una vida de ritmo complicado
. Ayer, esas canciones, cantadas desde la perspectiva que da el tiempo, parecieron adquirir un poso que solo da ver las cosas desde fuera.
 Al finalizar el concierto, una chica se acercó a la sala de prensa y se dirigió a los periodistas: “No seáis malos, ha sido un gran concierto y le ha podido la emoción
. Ha estado casi dos horas y eso hay que valorarlo”.

El cantante descansa en casa

EP
El representante de Joaquín Sabina, José Navarro 'Berry', ha explicado que el cantante se encuentra "muy bien" y ha dormido "toda la noche" tras abandonar precipitadamente el escenario del concierto que ofrecía este sábado en Madrid.
En declaraciones a Onda Cero, 'Berry' ha explicado que a Sabina "le pesa mucho Madrid" y que, quizás, después de "estar sin cantar dos meses, al terminar la gira en Sudamérica, debería haber ido a una ciudad más pequeña"
. "Pero la idea era despedirse en Madrid y Barcelona y terminar el año así", ha apuntado.
'Berry' ha recordado el ictus sufrido por Sabina, un episodio del que "siempre queda un poso" y que "no es fácil de llevar", según el representante.
 Aún así, ha dado fe de que "los días anteriores se cuidó mucho, estuvo en su casa y no salió", además de haber empezado el concierto "muy bien".
Pues que todo haya sido un susto, y que te recuperes, recuerda que esperamos tus canciones, y esperando "Nos dieron las diez, las once las doce, la una y las dos y lo que haga falta, !Suerte Querido Sabina.....no pienses en cosas de los bulevares rotos ni que Abril no los van a quitar. Piensa que no queremos tardar en que vuelvas ni 19 dias y menos quinientas noches!!!!...

 

13 dic 2014

Retrato de un amigo......................................................... Juan Cruz

Joan Barril era un hombre que quería hacerte feliz con todos los detalles.


El escritor Joan Barril / Arxiu ACN / Lida Amengual

“La ciudad que amaba nuestro amigo sigue siendo la misma”. Lo encontrabas en cualquier lugar, cerca del placer de vivir; te llevaba, por ejemplo, a almorzar porque sí (porque sí lo hacía todo: para vivir) a un restaurante añejo, para que vieras comer (para que viéramos comer) a sus grandes amigos; una vez, con Fabiá Estapé, quiso no sólo que comiéramos y habláramos, sino que conspiráramos para que aquel venerable hombre de los números se hiciera, con nosotros, adicto a la risa de la literatura. Al final lo llevamos a la residencia en el que vivió por último el veterano economista, y como él, Joan, no quería que su amigo se quedara solo le dejo en compañía una botella del mejor whisky.
Ahora se producirá esta otra sensación.
 “La tristeza que nos inspira la ciudad cada vez que volvemos a ella está en sentirnos como en nuestra casa y sentir, al mismo tiempo, que nosotros ya no tenemos motivos para estar en nuestra casa…”. Eso mismo sentiremos; esta misma mañana, cuando Jacinto Antón me corroboró la noticia, murió este buen periodista, era un hombre que quería hacerte feliz con todos los detalles, ya tuve esa sensación en Barcelona, la ciudad que amaba; luego leí a Joan Ollé, y noté cuánto pesa la ausencia de los amigos muertos que han llenado las vidas de los otros; eso no se observa sólo en el semblante propio, en los ojos ajenos, se ve también en esa ciudad que amaba, de modo que esta niebla cansada de la ciudad del sábado parece la melancólica reverberación de un día cualquiera de esos días laborables que siempre tenían razón, según Gil de Biedma, ¿o fue Ángel González?, de noche fue escrito en todo caso…

“Nuestra ciudad, por lo demás, es melancólica por naturaleza…”.
 A veces él se iba con ella, desde ella, hacia la ciudad en la que vivo; llamaba por sorpresa, te invitaba a champaña, te hablaba de un proyecto (Barril y Barral, la editorial con Malcolm Otero Barral, el nieto de Carlos) y te lo decía como si no costara nada hacerlo, como si fuera uno más de los suspiros del puro que fumaba.
 A la camarera la atraía con los ojos y un golpe sencillo de dedos sobre el cristal de la copa, y ella volvía con champaña, y entonces Joan brindaba, quizá, por el brillo de los ojos
. Luego te enviaba una carta manuscrita, agradeciéndote el tiempo; en la era de los ceñudos, él sonreía también por carta
. En una de esas ya hizo los libros, los paseaba, paseaba a Iñaki Gabilondo y sus lecciones de periodismo, que el propio Barril (y Barral) recogieron y rehicieron con la finura elegante de la edición a la que sometieron todos sus otros libros.
Y todas esas cosas, como las emisiones de radio, como las columnas, como los perfiles, como todo lo que hizo en esta tierra, en la ciudad que amaba, en la ciudad que viajaba con él, lo hizo por amistad y para alegrar.
Le dije a Jacinto (al saber por él que eso que había visto en Internet era cierto, que había muerto Joan) que este amigo era como un niño elegante, que hacía felices a los otros con todos los detalles.
 Con todos los detalles; en eso era como Dios, él estaba en todas partes porque detrás dejaba el perfume barril de sus detalles.
Después salía a la ciudad que amaba, como si la ciudad fuera él.
 Y lo es. “Ahora nos damos cuenta de que nuestra ciudad se parece se parece al amigo que hemos perdido y que tanto la amaba; es, como él era, laboriosa…, dispuesta a holgazanear y a soñar”. Como él era. “No he dicho a nadie que estuve a punto de llorar”, escribió José Hierro.
No sabemos llorar, pero llorar es menos que recordar al amigo en la ciudad que amaba
. “Nuestro amigo vivía en la ciudad como un adolescente, y así vivió hasta el final. Sus días eran, como los de los adolescentes, larguísimos, y estaban llenos de tiempo”. Ahora la ciudad es más adolescente y está más sola, se acabó el brillo de esos ojos de Joan Barril. ¿Se acabó? El recuerdo los vive.
Las frases entrecomilladas proceden del texto Retrato de un amigo, escrito por Natalia Ginzburg sobre Cesare Pavese. Publicado en Las pequeñas virtudes (Acantilado).

 

Del punk al rococó


Creaciones de Anton Heunis, compuestas a partir de piedras 'vintage' de los años cuarenta y cincuenta recicladas de talleres que en su día colaboraron para Dior y Schiaparelli. / James Rajotte

Colesberg es una ciudad semidesértica del centro de Sudáfrica donde solo llueve dos veces al año. De un día para otro, el campo florece inundándose de miles de colores que surgen de la nada.
 Allí creció el diseñador Anton Heunis y, aunque hace tiempo que lo dejó atrás, el arcoíris que aparecía en aquellos días de lluvia continúa grabado en su memoria.
 En su taller madrileño, del que salen cada mes cerca de 4.000 piezas de bisutería, replica ese universo multicolor a través de cristales y piedras semipreciosas.
Con puntos de venta en más de cuarenta países, espacio exclusivo en la neoyorquina tienda Henri Bendel, y admiradores influyentes como la bloguera rusa Miroslava Duma, las creaciones de Anton Heunis viven una época dorada impulsadas por la tendencia actual de lucir bisutería de gran tamaño para complementar estilismos informales.
“Yo prefiero llamarla joyería de moda en lugar de bisutería”, incide Heunis, sentado en un rincón de su estudio.
Sus diseños son una mezcla que transita del punk al rococó
. Para él nada es demasiado. Las piedras de los años cincuenta se mezclan con cristales de Swarovski y afilados pinchos bañados en oro.
Debajo del logotipo de la marca se puede leer handmade in Spain (hecho a mano en España). “Lo añadimos porque nos dimos cuenta de que en el extranjero ven como un valor añadido que el producto esté hecho en Europa, y más aún en España”, explica el diseñador.
Todos los collares, pulseras, pendientes y anillos se elaboran en su taller de Madrid, donde trabajan 15 artesanos
. Considerando las ventas que registran actualmente, resulta difícil imaginar que en este tranquilo estudio del barrio madrileño de Justicia se manufacture tal volumen de producción.
 Pero así es. “A veces hay diseños que no puedo hacer porque necesitan demasiado tiempo. Intentamos que una pieza no lleve más de tres horas de trabajo porque si no el coste se eleva demasiado”.
Lo único que no hacen ellos mismos son los baños en oro y plata, que encargan a un taller de Mallorca.
Anton Heunis en su estudio madrileño, donde se producen todas sus colecciones. / James Rajotte
La historia de Anton Heunis comienza a miles de kilómetros de Madrid
. En Sudáfrica, el país que le vio nacer en 1976.
 Desde pequeño tuvo claro su objetivo. Estudió Bellas Artes, se especializó en joyería y realizó un posgrado en Alemania.
 Tras experimentar con la joyería contemporánea (en la que una sola pieza puede llevar meses de trabajo), decidió que su lugar estaba en el prêt-à-porter y se marchó a Londres.
 Allí trabajó en los talleres de Roberto Cavalli y Emanuel Ungaro. “Tuve que cambiar el chip. Aquí tenía dos días para hacer un corsé (…) Me di cuenta de que por mi personalidad, soy muy impulsivo y espontáneo, encajaba mejor en esa manera de trabajar.
"Siempre he tenido muchísimas ideas, y las técnicas de la bisutería me han facilitado llevarlas a cabo”, cuenta Heunis.
 “Pero llegó un momento en el que, como cualquier artista, quise algo de reconocimiento. Cuando veía mis cosas en las tiendas de Cavalli nunca pude decir ‘yo he hecho esta pieza’, porque por contrato no podía”.
 Fue entonces cuando decidió montar su propia empresa. El destino quiso que fuera en Madrid, ya que su pareja (y socio) se mudaba.
 Él decidió acompañarlo hasta la capital española.
“Si hubiera sabido lo difícil que iba a ser, nunca lo habría hecho. Fue muy duro”, destaca el diseñador.
 Estaba en una ciudad nueva y desconocía el idioma. “Necesitaba un galvanizador [aparato para dar baños de oro], buscaba ‘bañadores’, y claro, me aparecían bañadores de vestir”, recuerda el diseñador entre risas.
 “Al principio yo quería hacer joyas de verdad, pero no tenía dinero para adquirir plata ni nada, así que mi única opción era comprar cuentas en Pontejos.
 Así empecé a hacer los primeros collares”. Con una selección de piezas bajo el brazo, Heunis fue de tienda en tienda hasta que Piamonte, Fahoma y Delitto e Castigo, tres establecimientos madrileños, apostaron por él.
Un collar diseñado por Heunis. / James Rajotte
Heunis se levanta, sale de la habitación y regresa con una pieza que conserva con especial cariño
. Se trata de un collar con cristales y piedras naturales que diseñó en 2007 y que llegó a las páginas de la edición estadounidense de la revista Harper’s Bazaar.
 Aquella aparición en prensa multiplicó sus pedidos y aceleró el crecimiento de la marca. Heunis atesora ese collar como recuerdo de que las jornadas de trabajo de 12 horas y los años sin recibir un sueldo al final tienen su recompensa.
Hoy, siete años después, el joyero lanza 300 modelos distintos cada temporada.
 Los concibe según su mercado de destino. “Cuando diseño tengo en cuenta si es para mi clienta japonesa, o para mi clienta rusa…”, explica.
“Pero las tendencias se están internacionalizando. Por ejemplo en Japón, donde suelen llevar piezas más finas, también están poniéndose de moda los maxicollares, aunque no tan grandes como los que se venden en Arabia Saudí”.
En España sus diseños calaron un poco más tarde. “Yo pensaba que las españolas eran más clásicas, pero ahora hay una generación (influenciada por las blogueras) que arriesga más, especialmente en el sector de la bisutería”, apunta el diseñador. Ana Pérez Lafuente predijo la invasión de esta tendencia y abrió, en 2010, la tienda multimarca Muïc. “Lo que más se vende son los pendientes, en general, pero Anton Heunis arrasa. Sus modelos de media luna son los más demandados”, cuenta la empresaria madrileña.
 “Anton tiene la habilidad de crear cosas muy novedosas cuando ya está todo inventado”.
Panel de inspiración de Anton Heunis, con referencias del toreo, iconos católicos y piezas de El Rastro madrileño. / James Rajotte
La presencia internacional de la marca y su confianza en la industria española son algunos de los factores que han favorecido su reciente incorporación a la Asociación de Creadores de Moda Española (ACME).
 Antes el grupo solo contaba con la joyera Helena Rohner en el sector de accesorios. “En este momento los complementos son una parte fundamental de la moda”, explica Pepa Bueno, directora ejecutiva de la asociación. Heunis añade: “Para nosotros, entrar en ACME significa que la marca ya está en otro nivel, que ha madurado”.
 Al preguntarle sobre su visión de la moda española, destaca la creatividad como característica principal.
 “Mucha gente no se ha dado cuenta de lo que ha pasado aquí en la industria. Yo desde fuera veía a España estancada en sus maneras, pero en los últimos cinco años ha habido muchísima innovación y talento… Tenemos marcas como Delpozo que están empezando a resonar.
 La gente piensa que es como hace diez años, que lo de París o Londres es mejor.
 Al llegar, cuando vi los trajes de luces, los azulejos pintados a mano… Todas esas cosas para mí supusieron una fuente de inspiración tremenda”, señala el diseñador.
Su próximo paso es abrir tienda propia
. “La primera la ubicaré en Madrid. A lo mejor no es la apuesta más rentable, pero tengo que ver si todo funciona.
 Luego supongo que abriríamos en Rusia y en Oriente Próximo”, explica. Citando a Blanche en Un tranvía llamado deseo, una de las obras favoritas del diseñador:
“No quiero realismo, ¡quiero magia! Sí, sí, magia”. Nada mejor que esa frase para comprender el mundo Heunis.