El lanzamiento del Sputnik 1 fue primera vez que salimos de la
cárcel de nuestro planeta. Fue como colocar una estrella en el cielo.
El otro día hablaba con una amiga muy joven de ciertos recuerdos de
mi infancia.
Llega una edad en la que te empiezas a convertir en una
especie de narradora legendaria, y lo desconcertante es que las remotas
leyendas que relatas son meros fragmentos de tu propia vida.
En fin, el
caso es que, por no sé qué razón, me puse a contarle aquel momento de
absoluta magia en el que vi dar vueltas en el cielo, sobre mi cabeza, al
Sputnik 1
. Lo lanzaron los rusos en octubre de 1957 y fue
el primer satélite artificial de la historia,
es decir, el primer objeto colocado en órbita por los humanos.
Hoy la
órbita terrestre está infestada de basura espacial y toneladas de
porquerías dan vueltas por ahí arriba, de modo que lo de enviar una
pequeña bola metálica de 83 kilos a la estratosfera nos parece una
verdadera nimiedad.
Pero debemos tener en cuenta que aquella fue la
primera vez que la Humanidad consiguió superar el anillo de la gravedad
terrestre. La primera vez que salimos de la cárcel de nuestro planeta.
Fue como colocar una estrella en el cielo.
Y es que era en verdad como una estrella. Me recuerdo en el invierno
de aquel 1957, una noche muy fría, saliendo a la calle junto con mis
padres y mi hermano a contemplar el paso del Sputnik. Era muy tarde, al
menos inusualmente tarde para los seis años de edad que yo tenía; y a la
excitación de salir de noche se unía la de poder ver ese prodigio.
Estábamos en la avenida de Reina Victoria de Madrid; yo colgaba de la
mano de mi madre y los cuatro nos descoyuntábamos los cuellos escrutando
el cielo.
Y no éramos sólo nosotros: la calle entera estaba llena de
grupitos así, de padres con niños o personas solas.
Todos con la cerviz
tronchada mirando el firmamento. Y entonces, en medio de esa noche
radiante y despejada, de esa noche escarchada que lamía con lengua de
hielo las mejillas, vimos una pequeña, pequeñísima estrella recorrer el
cielo, arriba, muy arriba, un chispazo de luz que se movía entre los
otros astros inmutables, mientras media avenida de Reina Victoria
levantaba la mano y un centenar de índices señalaba hacia arriba.
Recuerdo perfectamente aquel instante; y la sensación de embeleso, de
maravilla. Pese a mi edad, entendí perfectamente que aquel punto
brillante era un logro de los humanos, que esa brizna de luz nos abría
un mundo gigantesco. Deseé volar hasta allá lejos y en aquel mismo
instante decidí ser astronauta de mayor.
Hace algunas décadas nos cabía el Universo en la cabeza, hoy nos revolcamos en charcos de lodo
En fin, ya sé que no lo he sido, pero por lo menos he escrito novelas
de ciencia-ficción, y es muy probable que eso tenga que ver con aquel
momento fundacional de mi existencia.
Le contaba todo esto a mi joven amiga y la vi boquiabierta y
envidiosa.
Enardecida por mi éxito, me puse a relatarle entonces mi
siguiente momento sideral, a saber: la llegada de los humanos a la Luna.
Por entonces, 21 de julio de 1969, yo tenía 18 años y estaba de
vacaciones en Alicante en el pequeño piso de unas tías que carecían de
televisor.
La salida de los astronautas de la cápsula estaba prevista
para eso de las tres y media de la madrugada, de manera que puse el
despertador en medio de la noche y bajé al bar de la esquina, que tenía
tele y había anunciado que estaría abierto.
Era un barrio obrero y un
bar bastante cutre, y el local estaba lleno de hombres sorbiendo
carajillos. Bajo la luz de los neones y en una pantalla en blanco y
negro vimos, a las 3.56 de la madrugada, la bamboleante salida de
Armstrong, y escuchamos sus tensas, emocionadas palabras.
Recuerdo que
me asomé a la puerta del bar y miré hacia arriba. Ahí estaba la Luna,
como siempre, pero también estaban dos hombres que en ese preciso
instante caminaban sobre ella. La idea era tan sobrecogedora, tan
descomunal, que apenas se podía asimilar.
De ahí que muchos creyeran que
era todo un montaje. Tras milenios de reverenciar y mitificar a nuestro
satélite, nos resultaba inconcebible que hubiéramos logrado viajar
hasta allí.
La envidia de mi casi adolescente amiga se redobló al escuchar todo
esto, y yo celebré una vez más la suerte que he tenido de vivir la época
que he vivido.
El optimismo de la contracultura, el amor libre sin
sida, el frenesí de la Transición…
Ya había pensado en ello muchas
veces, pero nunca antes me había dado cuenta de que mi generación creció
mirando las estrellas. Y contemplar el cosmos nos da una medida más
exacta de la pequeñez que somos
. Pero luego la carrera espacial entró en
crisis y la Humanidad bajó los ojos. Hoy veo el auge de los extremismos
y los fanatismos, veo las carnicerías del Estado Islámico, la creciente
ferocidad y atomización de los humanos.
Hace algunas décadas nos cabía
el Universo en la cabeza, pero hoy nos revolcamos en pequeños charcos de
lodo como sanguijuelas hambrientas de sangre.
Estamos ciegos.
Pero hay quien aprendió que ese sueño sería verdad, así que no estamos ciegps.