Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

12 oct 2014

PERDIDA


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Póster de Perdida (Gone Girl)Título: Perdida
Título original: Gone Girl
País: USA
Estreno en USA: 03/10/2014
Estreno en España: 10/10/2014
Productora: 20th Century Fox, Pacific Standard, New Regency
Director: David Fincher
Guión: Gillian Flynn
Reparto: Ben Affleck, Rosamund Pike, Neil Patrick Harris, Tyler Perry, Kim Dickens, Patrick Fugit, Carrie Coon
Calificación: No recomendada para menores de 16 años

Sinopsis:

Una mujer desaparece el día de su quinto aniversario, ¿es su marido un asesino? Perdida es un thriller psicológico brillante con una trama tan apasionante y giros tan inesperados que es absolutamente imposible parar de leer. No has leído nada igual.
En un caluroso día de verano, Amy y Nick se disponen a celebrar su quinto aniversario de bodas en North Carthage, a orillas del río Mississippi. Pero Amy desaparece esa misma mañana sin dejar rastro. A medida que la investigación policial avanza las sospechas recaen sobre Nick. Sin embargo, Nick insiste en su inocencia. Es cierto que se muestra extrañamente evasivo y frío, pero ¿es un asesino?
Perdida arranca como todo buen thriller que se precie: una mujer desaparecida, una investigación policial... Pero es que Perdida no es solo un buen thriller. Es una obra maestra
. Un thriller psicológico brillante con una trama tan apasionante y giros tan inesperados que es absolutamente imposible parar de leer. Perdida es también una novela sobre el lado más oscuro del matrimonio, sobre los engaños, las decepciones, la obsesión, el miedo. Una radiografía completamente actual de los medios de comunicación y su capacidad para modelar la opinión pública. Pero sobre todo es la historia de amor de dos personas perdidamente enamoradas.

Notas de producción:

- Adaptación del best seller de Gillian Flynn editado en España por Mondadori bajo el título de 'Perdida'.

De los astronautas a las sanguijuelas.......................................................................... Rosa Montero

El lanzamiento del Sputnik 1 fue primera vez que salimos de la cárcel de nuestro planeta. Fue como colocar una estrella en el cielo.

 

El otro día hablaba con una amiga muy joven de ciertos recuerdos de mi infancia.
 Llega una edad en la que te empiezas a convertir en una especie de narradora legendaria, y lo desconcertante es que las remotas leyendas que relatas son meros fragmentos de tu propia vida.
 En fin, el caso es que, por no sé qué razón, me puse a contarle aquel momento de absoluta magia en el que vi dar vueltas en el cielo, sobre mi cabeza, al Sputnik 1
. Lo lanzaron los rusos en octubre de 1957 y fue el primer satélite artificial de la historia, es decir, el primer objeto colocado en órbita por los humanos.
 Hoy la órbita terrestre está infestada de basura espacial y toneladas de porquerías dan vueltas por ahí arriba, de modo que lo de enviar una pequeña bola metálica de 83 kilos a la estratosfera nos parece una verdadera nimiedad.
 Pero debemos tener en cuenta que aquella fue la primera vez que la Humanidad consiguió superar el anillo de la gravedad terrestre. La primera vez que salimos de la cárcel de nuestro planeta.
 Fue como colocar una estrella en el cielo.
Y es que era en verdad como una estrella. Me recuerdo en el invierno de aquel 1957, una noche muy fría, saliendo a la calle junto con mis padres y mi hermano a contemplar el paso del Sputnik. Era muy tarde, al menos inusualmente tarde para los seis años de edad que yo tenía; y a la excitación de salir de noche se unía la de poder ver ese prodigio.
 Estábamos en la avenida de Reina Victoria de Madrid; yo colgaba de la mano de mi madre y los cuatro nos descoyuntábamos los cuellos escrutando el cielo.
Y no éramos sólo nosotros: la calle entera estaba llena de grupitos así, de padres con niños o personas solas.
 Todos con la cerviz tronchada mirando el firmamento. Y entonces, en medio de esa noche radiante y despejada, de esa noche escarchada que lamía con lengua de hielo las mejillas, vimos una pequeña, pequeñísima estrella recorrer el cielo, arriba, muy arriba, un chispazo de luz que se movía entre los otros astros inmutables, mientras media avenida de Reina Victoria levantaba la mano y un centenar de índices señalaba hacia arriba.
 Recuerdo perfectamente aquel instante; y la sensación de embeleso, de maravilla. Pese a mi edad, entendí perfectamente que aquel punto brillante era un logro de los humanos, que esa brizna de luz nos abría un mundo gigantesco. Deseé volar hasta allá lejos y en aquel mismo instante decidí ser astronauta de mayor.
Hace algunas décadas nos cabía el Universo en la cabeza, hoy nos revolcamos en charcos de lodo
En fin, ya sé que no lo he sido, pero por lo menos he escrito novelas de ciencia-ficción, y es muy probable que eso tenga que ver con aquel momento fundacional de mi existencia.
Le contaba todo esto a mi joven amiga y la vi boquiabierta y envidiosa.
 Enardecida por mi éxito, me puse a relatarle entonces mi siguiente momento sideral, a saber: la llegada de los humanos a la Luna.
 Por entonces, 21 de julio de 1969, yo tenía 18 años y estaba de vacaciones en Alicante en el pequeño piso de unas tías que carecían de televisor.
 La salida de los astronautas de la cápsula estaba prevista para eso de las tres y media de la madrugada, de manera que puse el despertador en medio de la noche y bajé al bar de la esquina, que tenía tele y había anunciado que estaría abierto.
 Era un barrio obrero y un bar bastante cutre, y el local estaba lleno de hombres sorbiendo carajillos. Bajo la luz de los neones y en una pantalla en blanco y negro vimos, a las 3.56 de la madrugada, la bamboleante salida de Armstrong, y escuchamos sus tensas, emocionadas palabras.
 Recuerdo que me asomé a la puerta del bar y miré hacia arriba. Ahí estaba la Luna, como siempre, pero también estaban dos hombres que en ese preciso instante caminaban sobre ella. La idea era tan sobrecogedora, tan descomunal, que apenas se podía asimilar.
 De ahí que muchos creyeran que era todo un montaje. Tras milenios de reverenciar y mitificar a nuestro satélite, nos resultaba inconcebible que hubiéramos logrado viajar hasta allí.
La envidia de mi casi adolescente amiga se redobló al escuchar todo esto, y yo celebré una vez más la suerte que he tenido de vivir la época que he vivido.
El optimismo de la contracultura, el amor libre sin sida, el frenesí de la Transición…
 Ya había pensado en ello muchas veces, pero nunca antes me había dado cuenta de que mi generación creció mirando las estrellas. Y contemplar el cosmos nos da una medida más exacta de la pequeñez que somos
. Pero luego la carrera espacial entró en crisis y la Humanidad bajó los ojos. Hoy veo el auge de los extremismos y los fanatismos, veo las carnicerías del Estado Islámico, la creciente ferocidad y atomización de los humanos.
 Hace algunas décadas nos cabía el Universo en la cabeza, pero hoy nos revolcamos en pequeños charcos de lodo como sanguijuelas hambrientas de sangre.
 Estamos ciegos.
Pero hay quien aprendió que ese sueño sería verdad, así que no estamos ciegps.

Hasta cuándo esperan los libros.............................................................. Javier Marías

Al leer todo seguido sobre esos libros jaleados y encumbrados, que no obstante es como si no existieran, uno se pregunta por qué escribimos tanto.

 

Algunos agostos aprovecho para echar un vistazo a los numerosos Babelias –suplemento cultural de este periódico– que durante el resto del año no he tenido tiempo de leer, ni de hojear siquiera.
 Como no descarto hallar algo interesante en ellos, los aparto para mejor ocasión, ahora llegada. Todos sabemos que la lectura de diarios atrasados provoca melancolía.
 Cuán grave parecía tal noticia en el momento de producirse, pensamos, y al poco se quedó en nada, una gran falsa alarma
. O bien: nada ha cambiado, los políticos –sobre todo ellos– siguen hoy exactamente igual que hace un año, con sus sandeces, sus falacias, sus frases inconexas y vacuas, sus minúsculas querellas que a casi nadie importan pero a las que la prensa presta atención desmesurada
. O bien: qué ingenuos y optimistas fuimos, al creer que tal o cual cuestión estaba ya arreglada o amansada, y ahora está más virulenta que nunca. O bien (lo más evidente): qué nuevo era esto o aquello, y qué viejo se ha hecho en muy poco tiempo.
 Qué novedosos resultaron Obama o Francisco I, y cuán velozmente nos saturamos de ellos; la anhelada independencia de Cataluña se ha convertido en asunto vetusto, como las ya descoloridas y casi raídas esteladas que proliferaron en los balcones en 2012: si algún día se alcanza esa independencia, parecerá un hecho anacrónico, anticuado, y es probable que la población lo acoja con indiferencia, si es que no con cansancio.
 Hasta Felipe VI empieza a semejar rutinario, y en breve lo será Pedro Sánchez, flamante secretario general del PSOE.
Un suplemento literario, sin embargo, debería estar más a salvo de la fugacidad y del rápido envejecimiento de cuanto acontece.
 Los libros siempre esperan, suelo decir a los lectores que se “disculpan” por no haber leído “todavía” tal o cual novela mía; los libros son pacientes y están acostumbrados a aguardar su turno, que a veces llega al cabo de décadas y a veces no llega nunca
. Así solía ser tradicionalmente, pero quizá ya no. Uno va mirando las críticas que aparecieron hace seis o doce o más meses
. Lamento decir que la mayoría no son en sí mismas atractivas: en poquísimas hay una idea, o una consideración llamativa sobre algún aspecto literario o sobre la literatura en su conjunto
. Tampoco logran invitar a asomarse a las obras objeto de su comentario.
 En este agosto de Babelias esperaba elaborar una nutrida lista de títulos que me hubieran pasado inadvertidos o de cuya existencia no me hubiera enterado.
 Lo cierto es que no he anotado ni uno. Apenas ha habido reseñas (con excepción de las que escribía Guelbenzu acaso, pero él hablaba casi siempre de obras traducidas y más bien clásicas que ya conocía; con la de algunas de Manguel y quizá de alguien más) que me hayan incitado a salir corriendo a la librería, sólo fuera por la curiosidad despertada.
 Los apabullantes elogios que han recibido demasiadas novelas, poemarios y ensayos me han producido un efecto anestesiante, por sonarme a maquinales, o a “obligados”, o a insinceros, o a gratuitos, o a convenientes.
 Alabanzas sin alma, por decirlo de manera cursi; palabras apasionadas escritas sin pasión reconocible, como si nos hubiéramos acostumbrado en exceso a manejar sólo envoltorios.
Sólo los exaltadores críticos han visto su importancia, y sus consejos han caído en el vacío
En esos Babelias ya viejos veo una desproporcionada atención a lo que viene de las dos principales Américas, la de nuestra lengua y la anglosajona
. En lo que respecta a la primera, da la impresión de que haya un voluntarismo rayano en la adulación, como si fuera forzoso insistir en que hay cien “genios” en México, en la Argentina, en Colombia, en el Perú, en Chile, en cada país de habla española.
Y no hay ni nunca ha habido cien genios a la vez, ni siquiera en el mundo entero.
 En cuanto a lo procedente de los Estados Unidos, se trata casi todo ello con una especie de beatería, o de provincial papanatismo, cuando la literatura de ese país (con sus salvedades) lleva decenios alumbrando a menudo obras parecidas entre sí, repetitivas, casi clónicas.
 Anticuadas para mi gusto, y sin embargo saludadas una y otra vez como lo más innovador del planeta.
 Los genios estadounidenses no son cien, sino mil por lo menos.
 Lo más desa­sosegante de este repaso es comprobar qué se ha hecho de todas esas obras maestras al cabo de unos meses.
 La inmensa mayoría ha pasado sin pena ni gloria; sólo los exaltadores críticos han visto su importancia, y sus consejos han caído en el vacío para la población lectora.
 Ni siquiera da la impresión de que esos libros esperen, como lo hacían antaño todos.
 Más bien parece que la oportunidad se les haya pasado, para siempre.
 O hasta que una película de éxito basada en ellos vuelva a señalarlos, pero contar con eso es como jugar a la lotería.
Al leer todo seguido sobre esos libros jaleados y encumbrados, que no obstante es como si no existieran, uno se pregunta por qué escribimos tantos y no puede por menos de acordarse de los casos contrarios: de Moby-Dick, por ejemplo, se imprimieron menos de tres mil ejemplares en 1851, y a la muerte de Melville, en 1891, era un título inencontrable, al que gran parte de la crítica había puesto verde.
Casos como el suyo son la única esperanza inútil a la que nos podemos aferrar los que hoy escribimos: a que un día un libro logre elevarse por encima de la confusión de denuestos y elogios y del magma siempre creciente.
 Lo malo es que, si se produce, no lo veremos ni sabremos, como no lo vio ni supo Melville con su enorme ballena blanca. elpaissemanal@elpais.es

Miguel Bosé: "Habría que cuestionar cómo pagamos impuestos" Miguel Bosé regresa a la cita con sus fans acérrimos el 4 de noviembre, cuando publique su úlltimo álbum, Amo, en el que incluye su primera canción protesta.


Miguel Bosé 
 
A sus casi 40 años de carrera hay que sumarle cuatro hijos y un proceso creativo «cada vez más caótico» que le lleva a sumirse en la duda constante.
 Aun así, él siempre tiene ganas de más y regresa, cada vez que se lo pide el cuerpo (y la mente), a la cita con sus fans acérrimos.
 La próxima será el 4 de noviembre, cuando publique su último álbum, Amo, en el que incluye su primera canción protesta. Por si tenía pocos pelos en la lengua… aquí llega Bosé en estado puro.
Bosé puede tener un mal día. De hecho, estos suelen ser sonados
. Por eso, cuando entra en el estudio de fotografía, mira la ropa seleccionada para él y expresa que le gusta mucho, comienzan los guiños cómplices entre la gente de su equipo. «Va a ir bien la cosa», dicen los que le acompañan. Se respira entonces tranquilidad, pero nadie baja la guardia.
 En cualquier momento la calma se puede romper. Se cambia de prenda como un huracán, se planta delante del fotógrafo y dice con disposición: «¿Qué queréis hacer?». Posa con la seguridad de un avezado modelo mientras parece que hasta se imita a sí mismo. Pero es que si no se gusta Miguel Bosé, ¿quién puede hacerlo?
Al hablar, sus ojos miel atrapan mirando fijamente al interlocutor y su voz, seductora, queda sellada en el aire.
Publica su nuevo disco, Amo. Tiene fama de ser buen amo de casa, ¿va por ahí la cosa?

No. Así se llama la primera canción que nace. Un tema dedicado al saber.
Desde pequeño, uno de los rasgos más distintivos de mi personalidad es la insaciable curiosidad. Me metía debajo de la sábana con una linterna a leer lo que fuera: cuentos, diccionarios, prospectos…
 El viajar con el dedo por los atlas y recorrer el Yangtsé con la yema del índice me definen.


Miguel Bosé 
Miguel Bosé no va envejeciendo bien, ni de caracter ni fisicamente, es una mezcla de su madre y la señorita Rotenmeyer con un casi 90% de narcisismo.
Era un niño solitario.

Absolutamente. Tenía dos hermanas a las que yo preguntaba si querían jugar conmigo al Scalextric o al Mecano y la respuesta siempre era: «¡No!»
. Así que me salvó la lectura. No había televisión, pero mi madre leía muchísimo y tenía una nutrida biblioteca.
 Yo iba a hurtadillas al salón, donde cuando éramos pequeños nadie podía entrar si no estaban nuestros padres.
 Solo podía bajar cuando venían invitados. Entonces nos peinaban, nos mostraban y nos volvían a subir.
 Pero cuando el salón estaba cerrado, entraba, me subía a la estantería, cogía un libro y juntaba los contiguos para que no notaran su ausencia.
No hay nada que me guste más que descubrir algo nuevo, investigar, profundizar. En los momentos más desoladores de mi vida, aprender algo que no sabía me ha hecho olvidar la tristeza. Mi hijo Tadeo lo ha heredado multiplicado por 10. Lo observo y me fascina.
Las letras de este disco son más directas que nunca.

Es el fruto de 12 años de escribir SMS. Ya no dices: «Voy a llegar un poco tarde porque estoy en un atasco». Sino que pones: «En 5». Y el resto se sobreentiende. Eso es economizar el lenguaje.
 Y estas cosas tan sencillas, cuando rozan lo poético, se transforman en verdaderas bellezas de frases.

¿Cómo ha sido este proceso creativo?

Con los años es más lento y caótico. Vivo en el infierno de la duda.
 Todo lo que hago me parece una mierda y al día siguiente digo: «Bueno, igual salvo algo». A los dos días me parece una genialidad y a los cinco, una gilipollez.
 En ese tiempo me abandono, me siento solo, me desvelo y las ideas aparecen como una urgencia, como un pis.
 Hace cinco años que no paro en ningún momento de dibujar, escribir, hacer fotos, componer, etc. Es algo huracanado que no me ayuda para nada porque me crea confusión.
 Va cada vez a más y sé que habrá un momento en el que me volveré loco y así se acabará todo.

Miguel Bosé: "Habría que cuestionar cómo pagamos impuestos"

Miguel Bosé regresa a la cita con sus fans acérrimos el 4 de noviembre, cuando publique su úlltimo álbum, Amo, en el que incluye su primera canción protesta.

Miguel Bosé

A sus casi 40 años de carrera hay que sumarle cuatro hijos y un proceso creativo «cada vez más caótico» que le lleva a sumirse en la duda constante. Aun así, él siempre tiene ganas de más y regresa, cada vez que se lo pide el cuerpo (y la mente), a la cita con sus fans acérrimos. La próxima será el 4 de noviembre, cuando publique su último álbum, Amo, en el que incluye su primera canción protesta. Por si tenía pocos pelos en la lengua… aquí llega Bosé en estado puro.
Bosé puede tener un mal día. De hecho, estos suelen ser sonados. Por eso, cuando entra en el estudio de fotografía, mira la ropa seleccionada para él y expresa que le gusta mucho, comienzan los guiños cómplices entre la gente de su equipo. «Va a ir bien la cosa», dicen los que le acompañan. Se respira entonces tranquilidad, pero nadie baja la guardia. En cualquier momento la calma se puede romper. Se cambia de prenda como un huracán, se planta delante del fotógrafo y dice con disposición: «¿Qué queréis hacer?». Posa con la seguridad de un avezado modelo mientras parece que hasta se imita a sí mismo. Pero es que si no se gusta Miguel Bosé, ¿quién puede hacerlo? Al hablar, sus ojos miel atrapan mirando fijamente al interlocutor y su voz, seductora, queda sellada en el aire.
Publica su nuevo disco, Amo. Tiene fama de ser buen amo de casa, ¿va por ahí la cosa?

No. Así se llama la primera canción que nace. Un tema dedicado al saber. Desde pequeño, uno de los rasgos más distintivos de mi personalidad es la insaciable curiosidad. Me metía debajo de la sábana con una linterna a leer lo que fuera: cuentos, diccionarios, prospectos… El viajar con el dedo por los atlas y recorrer el Yangtsé con la yema del índice me definen.
Miguel Bosé

Foto: Sergi Pons


¿Y no sigue una disciplina concreta? Cuénteme cómo es estar un día en su piel.

Lo tengo muy bien agendado
. Me levanto a las 5:30 de la mañana sin necesidad de despertador. Y a partir de ahí empiezo las labores cotidianas: los niños, la familia, la oficina, la compra… y hasta las 22 horas no paro.
 Si la semana tiene siete días, entrego cinco o seis a Bosé. Pero hay un día que lo reservo solo para mí. Para Miguel
. Ha sido una regla sagrada que he seguido siempre y, gracias a ella, me he salvado. Si a esta carrera de 40 años de profesión, por error, le hubiera entregado mi vida entera, ahora tú y yo no estaríamos hablando
. Lo habría mandado todo a tomar por culo.
Miguel Bosé
Camisa desestructurada de Jaime Mesa para 44 Store.
Foto: Sergi Pons
Entonces, ¿es difícil ser Miguel y Bosé?

Es que ambos se odian a muerte
. No comparten absolutamente nada más que un cuerpo. Y tienen que cohabitar. Bosé es pura creatividad, le gusta saltar al vacío y volar, pero es el que paga las facturas
. Y Miguel tiene que tragar.

Con esta doble personalidad, ¿no te vuelves loco?

En cuanto entro por la puerta de mi casa todo lo que pueda pasar fuera me da exactamente igual y me dedico a recuperarme
. Entonces me vuelvo un hombre aburrido, gris, que está con su familia, sus niños, su jardín, sus perros, su cocina y sus amigos
. En mi casa no se habla del trabajo. Pero cuando llega la hora de salir, cabreadísimo porque me tengo que ir, al pasar la cancela exclamo: ¡Vamos!. Y soy también feliz.
 Me he educado a que sea así y me funciona bien.
¿Y con quién estoy hablando ahora?

Uf, no sé.
Si escucha una canción suya, ¿la identifica rápidamente con el momento vital en el que la compuso?

No todas. Un día un amigo tenía un CD puesto en el coche y le pregunté que de quién era el tema. ¡Y era mía!
 Pertenecía a mi primer álbum y no recordaba ni la melodía. A partir de Bandido, que es cuando surge el Bosé que llega hasta hoy, más o menos recuerdo todas, algunas con mucha dificultad y otras ni te las puedo cantar.
 Son muchos años, mucho volumen de obra.
Miguel Bosé 
 
Su ropa define las etapas de su carrera.

Me gusta y sigo la moda.
 Es una forma de expresión que te cuenta muchas cosas y algunas, de repente, son afines a mi estado de ánimo
. Cuando hice Bandido, fue el comienzo del auge de toda la información que venía de Japón.
 A través de la lectura de cómics, de los primeros manga, más toda la cultura samurái que me encantaba, empecé a fabricarme un vestuario con faldas largas
. La gente flipaba, pero es que mis pijamas eran falda pantalón. Luego con Salamandra me pasé a los zajones y a lo español. Una cosa me llevaba a otra y evolucionaba.
 Así vestía en el escenario y en la calle.
¿Y ahora?

Mi estilo es muy diferente al hombre español, que es más conservador
. Me encanta Ann Demeulemeester, todo el diseño belga y los Etxebarrías españoles que crean cosas que son como de La Guerra de las Galaxias
. Y como me identifico con ellas, y me valen, me las pongo. No me enfundo un Dolce & Gabbana ni muerta.
 Con esa manía de ajustar todo, tienes que ser muy estrecho, y mira la caja torácica que tengo de cantar y hacer inmersión.
 Vamos, que no entro ni en Prada.