Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

26 ago 2014

El niño de los cien años................................................................................................... Juan Cruz

Hoy se cumple el centenario de Julio Cortázar, autor de 'Rayuela'.

El escritorJulio Cortázar posa con su gato en 1982. / Ulla Montan

El niño. Le dijo a Elena Poniatowska, en una de las cuatro entrevistas que tuvieron, que se sintió mal de niño: “Sí, yo creo que fui un animalito metafísico desde los seis o siete años.
 Recuerdo muy bien que mi madre y mis tías —mi padre nos dejó muy pequeños a mi hermana y a mi—, en fin, la gente que me veía crecer, se inquietaba por mi distracción o ensoñación.
Yo estaba perpetuamente en las nubes. La realidad que me rodeaba no tenía interés para mi
. Yo veía los huecos, digamos, el espacio que hay entre dos sillas, si puedo usar esa imagen. Y por eso, desde muy niño, me atrajo la literatura fantástica”.
La gente. Su primer libro importante, o ambicioso, Los premios (1960), está lleno de gente que se va en un barco, de Buenos Aires a Europa
. Gente vulgar, todo tipo de gente. Tiene esta admonición de Dostoievski, nada más empezar: “¿Qué hace un autor con la gente vulgar, absolutamente vulgar, cómo ponerla ante sus lectores y cómo volverla interesante?
Es imposible dejarla siempre fuera de la ficción, pues la gente vulgar es en todos los momentos la llave y el punto esencial en la cadena de asuntos humanos; si la suprimimos se pierde toda probabilidad de verdad”.
Para sintetizar a Dostoievski, así empieza Los premios: “La marquesa salió a las cinco —pensó Carlos López—. ¿Dónde diablos he leído eso?”
. Estaban en el London, la cafetería de Buenos Aires, en Perú y Avenida, y a partir de esa pregunta en la que intervienen los diablos, esa gente empieza a desvariar.
 El resultado es la locura, que es la razón envuelta en el misterio.
La noche. Ese desvarío de Cortázar y de su gente de ficción alcanza su cima en Rayuela (1964), que fue leída (que es leída) como un breviario de la soledad y la noche, un monumento literario al amor, a la extrañeza y al tiempo.
Lo preside el juego, pues Cortázar quiere que lo leas como te dé la gana, pero si le quitas a esta inmensa cebolla literaria toda esa pasión lúdica que se le atribuye a Julio lo verás solo, despojado, hablando solo y de noche, en París pero también en Buenos Aires.
 Como si Rayuela hubiera sido escrita ante el espejo de un hombre solitario que convoca (como dice Dostoievski) a muchísima gente que, en este caso, se pregunta cuánto durará un niño.
 El niño se llama Rocamadour; los lectores de Rayuela solíamos vernos en esa criatura indefensa
. Y en el niño no era difícil ver también la metáfora que Cortázar le atribuía a la infancia.
Momias. La recepción de Rayuela asombró a Cortázar, a su editor (y amigo) Paco Porrúa, porque entonces (son palabras de Juan Carlos Onetti) por el mundo literario había (no se han marchado) “infinitas momias”.
 Cuando Félix Grande le dedicó a Julio un número especial de Cuadernos Hispanoamericanos (octubre-diciembre de 1980) Onetti se lo dijo en una carta: “(… sin previo aviso, apareció Rayuela. Ahí Cortázar se descolocaba y colocaba.
 Se descolocaba de la tradición novelística de nuestros países, aceptada o robada de lo que se escribía en España o Francia. Su actitud resultó escandalosa para infinitas momias, rechazo que no lo conmovió porque deliberadamente se trataba de provocarlo”
. Quien no se asombró fue Luis Harss, el gran escritor argentino que provocó (con Los nuestros) el conocimiento de todos los que, alrededor de Cortázar, hicieron boom.
Jóvenes. Seguía Onetti con su entusiasmo secreto y veterano:
 “Y el autor se colocaba, sin buscarlo, sin buscar nada más o menos que un entendimiento consigo mismo, al frente de una juventud ansiosa de apartar de sí tantos plomos, de respirar un poco más de oxígeno, de entregarse con felicidad a la zona lúdica y sin respuesta satisfactoria de su propia personalidad”.
 Esos jóvenes se pusieron en fila entonces
. Pero luego, treinta años después, cuando Cortázar volvió a reinar en las librerías españolas, tras un interregno que inauguró su muerte (en 1984), otros jóvenes dieron varias veces la vuelta a la Fundación March de Madrid para escuchar jazz y palabras en honor de Julio Cortázar; para ese acontecimiento vino su viuda, Aurora Bernárdez, y el pintor Eduardo Arroyo dibujó el capítulo 7 de Rayuela, que fue como un banderín de enganche de la ternura que hay dentro de ese libro de gente perdida en la noche.
 Ahora de esto hace veinte años, y Rayuela sigue como el papel fresco.
Usted. El editor que creyó en él, que lo condujo, fue Paco Porrúa, que desde hace rato vive en Barcelona
. Estaban trabajando en la revisión de Los premios, era marzo de 1960, y él trataba a su editor todavía de usted. Y casi jugando llega a otro libro, que le ofrece.
“Hace un par de semanas terminé la revisión de Los premios, que mandé ya a Sudamericana.
Me acordé entonces de lo que me había dicho usted sobre los cronopios, y me puse a buscar esos papeles que andaban bastante desparramados por toda la casa, como corresponde a cosas de cronopios.
 Pero finalmente aparecieron, algunos salpicados de sopa y otros con evidentes huellas de taco de goma (…) Ahora que junté todos esos pequeños textos, y los estuvimos leyendo y criticando con Aurora, tengo la impresión de que no se excluyen de ninguna manera, aunque reflejan distintas épocas e intenciones. (…) Si sigue usted con ganas de publicar esas cosas, será cuestión de que primero me escriba diciendo con su franqueza habitual (y que es la razón (una de las razones) de mi simpatía por usted) los méritos y deméritos del bicharraco”.
Risa. Así se iban haciendo los libros; ante Plinio Apuleyo Mendoza (el escritor colombiano) se asombraba en París, cuando ya tenía 64 años y seguía pareciendo un niño de dientes separados, de la cantidad de libros que había publicado; tenía la certeza, decía, de que eso debía constituir un error, “no son míos”
. Los iba haciendo así, como si fueran bicharracos pintados desde dentro pero con risa
. Así hizo La vuelta al día en ochenta mundos (1967); con la ayuda de su amigo el pintor Julio Silva (que hizo la portada, los interiores) no sólo lo escribió sino que lo construyó, como quien dibuja una rayuela.
Todo lo que tocaba o recortaba, todo lo que veía viajando o sentado, todo lo que le inspiraba el exterior, se convirtió en literatura
. Como si el niño que siempre fue le llevara la mano y le hiciera recortables.
 Así hizo también, con las fotos tremendas de Antonio Gálvez, Prosa del observatorio(1972).
 En esos dos libros están sus descubrimientos y la gente, miradas para que permanecieran aún siendo vulgares, o extraordinarias.
Fin. El fin vino después de varias tristezas, la muerte de Carol Dunlop, su propia enfermedad. Mario Muchnik, su amigo y editor, lo invitó a su molino de Segovia. Cortázar podía ser circunspecto o alegre, pero en ambas actitudes conservaba la mirada del niño que fue, asustado o curioso. Aquí, sin embargo, en su último viaje español, su mirada era esencialmente la de la tristeza. Muchnik lo retrató en una fotografía inolvidable en la que Julio aparece escribiendo sin decir cómo le habían sobrevenido el tiempo con su noche. Aquel niño que fue siguió con él, un animalito metafísico buscando el hueco

 

Los antiguos bailes del agua.................................................................................................. Roger Salas

En la milenaria tradición de las danzas clásicas orientales resulta fundamental el papel del Pabellón de las Concubinas en la Ciudad Prohibida de Pekín.

 

Una representación actual de la antigua danza 'Hacia la fuente', por la Compañía Nacional de Bailes de la República Popular Democrática de Corea del Norte, en Pionyang.

La primera vez que oí hablar del Pabellón de las Concubinas de la Ciudad Prohibida de Pekín fue en Pionyang en 1992.
Durante el congreso internacional Research work and other activities in dance: East-West Dialogue organizado por la Unesco en la capital de Corea del Norte, a fines de septiembre de aquel año, y fue evocado en varias ocasiones.
El tesón de Milorad Miskovich (1928 - 2013) logró reunir en Pionyang a los mejores especialistas de toda Asia con algunos interesados occidentales, unos pocos. La expedición viajó en el mismo avión Túpolev vía Berlín-Moscú con el primer bailarín de la Ópera de París Jean Yves Lormeau (1952) y la investigadora norteamericana Selma Jeanne Cohen (1920-2005), que estaba eufórica por haber culminado los complejos índices de su monumental Enciclopedia de la danza (Oxford University Press, 1998).
La sorpresa fue mayúscula en varios sentidos al aterrizar en la desolada ciudad asiática.
 El congreso fue un verdadero compendio de sabiduría, ya que los investigadores venidos de Japón y China estaban especializados en algo que se podría llamar “la arqueología de la danza culta” y llegaron a Pionyang con todo muy ordenado y aprendido.
 En el fondo de la cuestión había una polémica similar a la del huevo y la gallina, ya que se discutía dónde habían tenido origen ciertas cosas que se antojan ancestrales.
El ballet occidental tiene unos tres siglos; en Asia, 1.500 o 2.000 años
Todas las tesis del congreso tenían muchísimo interés y saltaron a la palestra argumentos variopintos, pues por allá aún se discute hasta la paternidad de los palillos para comer, que no siempre han sido de madera, por cierto, y para poner un ejemplo cotidiano, lo que se puede extender al papel moneda, los espaguetis o los mecanismos hidráulicos (el abanico plegable también entra en liza).
 La discusión de la paternidad cronológica de la coréutica se ciñe a coreanos y chinos, los japoneses son conscientes de que llegaron bastante después, aunque con un poder de refinamiento que los hace, desde entonces, líderes en muchas cosas; su baile culto más antiguo es hijo directo del coreano, y eso también se habló.
Nuestro ballet occidental tiene, por poner una cifra, unos tres siglos; y si se quiere apurar, llegamos a 350 años esgrimiendo la fecha de 1661 con la fundación de la Académie Royale de Danse en París por Luis XIV
. En Asia estamos hablando de tradiciones ancladas entre 1.500 y 2.000 años y que encuentran cobijo y desarrollo moderno en los tiempos de las dinastías Ming y Qing a partir de 1420, en el ámbito de los palacios imperiales pekineses, aunque el proceso constructivo de la Ciudad Prohibida se extendió hasta muchos años después.
El Pabellón de las Concubinas, según explicó un profesor de la Universidad de las Artes de Pekín, aun en 1992 en estado ruinoso, era un centro de poder y de irradiación de las más refinadas artes, entre ellas, la danza. Según dijo Peng Ziang (quien luego nos dibujó unos elegantes ideogramas descriptivos de las danzas y su mecánica) en una época, desde el pabellón de marras (que en realidad eran varios ámbitos conectados) también se establecían otros cánones suntuarios que abarcaban desde el mobiliario a los motivos y gamas de las sedas, elementos que adquirirían un protagonismo protocolario en las maneras de representación ritual.
Cuando las bailarinas van los cuencos están vacíos y llenos cuando vuelven
Los maestros chinos nos explicaron que los pabellones eran cotos vedados a los que un edicto impedía acercarse a nadie ajeno bajo pena de muerte
. La profesora y arqueóloga Xing-Ji se esmeró en explicar que la danza clásica china se enseñaba ya entonces de manera sistemática, que se escogían a las intérpretes desde pequeñas por su homogeneidad y condiciones físicas de belleza y proporciones, pero que sobre todo, se las mantenía en un severo aislamiento.
 En otras palabras: el cuerpo de baile imperial era muy privado
. Peng Ziang expuso otra tesis muy elaborada sobre la presencia y uso del agua en algunos bailes, a veces contenidos en cuencos, algo que aparece también en otros momentos y civilizaciones, antes en Corea y después en Japón.
Los norcoreanos dijeron entonces que ellos también tenían una danza culta inmemorial que aún se representaba intacta titulada Hacia la fuente, con dos partes muy diferenciadas por el ritmo y la música: cuando las bailarinas van, los cuencos están vacíos sobre sus cabezas, pero cuando vuelven las vasijas están llenas
. Los chinos defendían que esta danza tenía otro origen no popular, si no de representación simbólica; la que vimos en el teatro de Pionyang era muy alegre.
Poco tiempo después, en Pekín y dentro de la Ciudad Prohibida, no pude ver los pabellones llamados de la Corte Interior, atravesando la imponente puerta de Long-Zong; sólo hasta allí se llegaba entonces, mientras un guía, índice en alto, nombraba lecturas míticas como los Palacios de la paz benevolente (Cining Gong) y Longevidad y salud (Shoukang Gong).
Eran los lujosos habitáculos de las emperatrices y concubinas y donde tenían lugar los rituales de movimientos conjuntos reglados, de los que hay allí una tradición milenaria; lo poco que se enseñaba entonces, ya prometía una geométrica suntuosidad.
 Hoy, el nuevo intendente de los museos nacionales de China, Shan Jixiang, ha anunciado que este fabuloso conjunto, verdadera cuna de artes y estilos, puede por fin verse al completo.

25 ago 2014

La presión del bisturí..............................................................................................Isabel Valdés Aragonés

Expuestas a la crítica, algunas ‘celebrities’ no toleran que se mienta sobre su cuerpo.

 

Thalia, en la fotografía que subió a su cuenta de Instagram.

Todavía no se puede volver atrás en el tiempo
. Y envejecer es algo tan inevitable que parece irrisorio puntualizarlo.
 Aunque la lucha está ahí. Ellas la combaten mucho más; en España, el 88% de las operaciones de cirugía estética se realizan a mujeres —según datos de la Sociedad Española de Cirugía Plástica Reparadora y Estética, SECPRE—. Si a la lucha contra el paso de los años le sumamos la fama, la presión por aparentar lo que ya no se es se multiplica.
 ¿Pero qué pasa cuando lo que parece ser obra de un cirujano, en realidad no lo es?
El 12 de agosto, la cantante Thalía publicó en su cuenta de Instagram una fotografía junto a un tarro de cristal con cinco huesos. “Para mis amorosos fans filipinos, aquí está la prueba. Mis famosas costillas, las he guardado conmigo todos estos años”, decía su mensaje
. Fue su forma de responder a los rumores que levantó hace poco una presentadora filipina sobre una supuesta operación de la mexicana para estrechar su cintura.
La perfección continua que se les exige a las celebrities puede llegar a rozar la tiranía.
“El factor estético es fundamental en sus carreras”, aclara Santiago de Mollinedo, de la agencia de marketing Personality Media.
 El doctor Gustavo Sordo, cirujano plástico y miembro de SECPRE, lo normaliza: “Es posible que existan ciertas expectativas en alguien que vive de su imagen para que la mantenga.
 Y es lógico hasta cierto punto que usen la tecnología que tienen a su alcance”.
A Michelle Pfeiffer su dermatólogo le ordenó tirar el espejo de aumento que tenía en el baño; “el mejor consejo que nadie me dio”.
 Y es que según aseguró el pasado año la actriz, de 56 años, la imagen “es tan fundamental que puede causar estragos en la psique”.
Aunque la californiana dice haber aceptado ya que el tiempo pasa para todos, incluso para aquellos cuyos rostros aparecen en pantallas de más de 10 metros de largo:
“Hay menos presión cuando lo reconoces. Ya estoy más cerca de los 60 que de los 50 y creo que, para mi edad, estoy bien”.
Revelar la relación médico paciente es ilegal. Y lo más importante, inmoral
Aunque esa realidad es más difícil de ver para otras.
 El cambio que ha sufrido el rostro de Nicole Kidman gracias al bótox le ha valido las críticas de medios de comunicación y fans. Y sobre todo de sus detractores, que aseguran que ha perdido expresividad
. Hace unos meses, reconoció haberse equivocado y negó seguir usando bótox: “Fue un error, fruto de la presión y del deseo de lucir mejor.
 Algo que les pasa a muchas actrices en Hollywood. No he vuelto a usarlo y lo que se ve ahora es fruto de una vida sana, de alejarme del humo del tabaco y de dormir las horas que puedo: nada de cirugía”.
Obcecarse con el cambio físico lleva, en muchas ocasiones, al desastre estético
. El doctor Sordo aclara que la obsesión por las operaciones no es común
: “Generalmente existen uno o dos deseos de cambio a lo largo de la vida”.
 La naturalidad es, como asegura el tópico, la clave.
 “Es lo que siempre recomendamos”, afirma Mollinedo.
 Aunque las celebrities no tienen que anunciar cada paso que dan, “siempre están expuestas al rumor, a la crítica, incluso a la ofensa”, concluye el experto.
Kate Winslet, reconocida luchadora por aceptar su cuerpo, ha estado en varias ocasiones en la diana de los rumores ofensivos.
 El periódico Grazia publicó que había acudido a un médico dietista para controlar su peso.
Tuvo que rectificar. En 2008, Daily Mail la acusaba de mentir sobre el ejercicio que hacía para mantenerse en forma.
 La oscarizada actriz les demandó al considerar que el artículo dañaba su “reputación personal y profesional”. El tabloide la indemnizó con 28.000 euros y una disculpa en sus páginas.
Megan Fox publicó una imagen para probar que no se ha inyectado botox.
A la altura de Winslet está Emma Thompson, que ha reiterado en varias ocasiones que el bótox sería una traición a todo en lo que cree:
“No le veo ningún sentido. Tengo 50 años y pienso, ¿qué tiene de malo? Me encantaría poder lavar el cerebro a todas las mujeres del mundo y explicarles que no importa su aspecto
. Es una obsesión insana”.
 Y muchas son las famosas que no quieren que se les cuelgue ese sambenito. Penélope Cruz lanzó un comunicado para desmentir que hubiese hecho dieta Dukan; la actriz Megan Fox publicó en su Facebook varias fotografías con la frente arrugada para demostrar que ella no se había inyectado bótox —aunque viendo su cambio físico con los años, es más que probable que se haya sometido a otras cirugías—; Kim Kardashian y Jennifer López han tenido que asegurar que sus respectivos traseros son naturales.
 Cuatro mujeres que también viven de su belleza y que han tenido que desmentir en alguna ocasión haberse hecho algún cambio con la hoja de un bisturí.
 Por orgullo o por privacidad, para el doctor Sordo “tienen derecho a comunicar aquellos aspectos sobre sus biografías que deseen”.
Los cirujanos, la mano detrás de los éxitos o los fracasos plásticos más comentados, no se sienten heridos por ser negados:
 “No somos más que el técnico que soluciona los problemas que le plantea el paciente.
 Tenemos que estar ocupados en dar el mejor servicio, no de la publicidad gratuita que nos pueda dar un personaje”. El derecho a contar que ellos respiraron a 30 centímetros de sonrisas millonarias no existe:
 “Ni para gente reconocida ni para la que no lo es. Revelar la relación médico paciente es ilegal.
 Y lo más importante, inmoral”.
Roza lo inmoral hacer bromas relacionadas con este tema, según el experto de Personality Media, “que no deja de ser un tema médico, un tema muy delicado como es la salud.
Hay un dicho perfecto para este caso que es: más vale parecer tonto que abrir la boca y demostrarlo”. Según Mollinedo, en este caso, Thalía lo borda.

Demasiada sangre, demasiado olvido.................................................................. José María Izquierdo

En el paso del franquismo a la democracia se retorcieron pasados para poder avanzar en la reconciliación.

Personal concentrado a la puerta de El País tras un atentado en 1978.

Quieren vender los nuevos y vírgenes profetas de la democracia –en pinza curiosa con la extrema derecha- que aquella transición del franquismo a la democracia no fue otra cosa que un chanchullo, un gatuperio o un cambalache entre sinvergüenzas franquistas y sinvergüenzas más modernos, que so capa de nuevos demócratas, robaron la libertad y el auténtico poder de representación a ese pueblo al que una vez más engañaron.
 Bien. Solo algunos beatos –que los hay- ven en aquel periodo la esencia de la bondad, sin mezcla de mal alguno
. Una tontería, claro. Como pensar lo contrario, sin entender que entonces se hizo aquella reforma –podría haber tenido algunas variantes, por supuesto- porque nadie tuvo la fuerza necesaria para imponer la ruptura.
 Ninguno de los hoy profetas entiende que en aquellos años ni las urnas ni la calle acompañaron a los revolucionarios.
 Se impuso la reforma por la fuerza de los votos, expresión libre del pueblo, y fracasó la ruptura porque nadie siguió a quienes apostaban por acabar a sangre y fuego –literal- con aquel vergonzoso franquismo.
¿Digresiones teóricas en esta serie? Creo que justificadas, porque aquí vamos a ver que aquella engañifa –dicen sus purísimos detractores- se llevó la vida de casi 600 personas, sacrificadas por la violencia asesina de quienes sí querían la ruptura o quienes se oponían a la reforma. Mariano Sánchez, en su completísimo La Transición Sangrienta, Península, 2010, cifra el número de víctimas de esos extremismos en 591 entre 1975 y 1983.
 Y los distribuye así: los grupos incontrolados de extrema derecha causaron 49 muertos; los grupos antiterroristas asesinaron a 16 personas, principalmente del entorno de ETA y el GRAPO; la represión policial le costó la vida a 54 personas; 8 personas fueron asesinados en la cárcel o en comisaría; 51 murieron en enfrentamientos entre la Policía y los grupos armados; ETA y el terrorismo de izquierdas asesinó a 344 y el GRAPO a 51.
Conviene grabarse en la memoria esos números.
 Poco podríamos aportar a los repugnantes y repetidos atentados de ETA. Son conocidos e incluso la existencia de 500 presos de la banda da buena cuenta de su saña.
 Menos recordada, por no decir absolutamente borrada de la memoria colectiva, es la violencia policial o la actuación de los grupos de extrema derecha, en ocasiones coordinada o dirigida desde los mismos servicios secretos de los Gobiernos de la Transición
. En esos grupos había italianos de los grupos fascistas que tanta muerte sembraron en su país, o ultraderechistas argentinos que habían trabajado en el exterminio directo de opositores a los militares, todos ellos cariñosamente acogidos y amparados, incluso económicamente, por los responsables de las alcantarillas posfranquistas, refugiados en el llamado SECED (Servicio Central de Documentación).
Quizá podríamos seleccionar algunos casos de la época y así resumir en ejemplos, como en los libros escolares, la brutal violencia de la época.
 Para empezar, las fuerzas de orden público, responsables de más de esas 100 muertes, que eran, por decirlo con suavidad, de aquella manera.
 El general José Antonio Sáenz de Santamaría, que tuvo a su cargo en distintos cometidos a la Policía y la Guardia Civil durante aquellos años, le confesaba lo siguiente a Diego Carcedo, El general que cambió de bando,
 Temas de Hoy, 2004: “Tanto la policía como la Guardia Civil apretaban el gatillo con bastante facilidad. Las manifestaciones solían ser disueltas a tiro limpio y era muy frecuente que acabasen con las calles ensangrentadas […] La policía armada no estaba preparada para mantener el orden en las manifestaciones sino para reprimirlas”.
 Desgraciadamente, pudieron comprobarlo en Vitoria el 3 de marzo de 1976.

LO QUE DIJO (Y SUFRIÓ) EL PAÍS

El 30 de octubre de 1978, un día antes de que las Cortes aprobaran la Constitución hoy vigente, estalla un paquete postal en la conserjería de EL PAÍS.
 En el momento de abrirlo, tres trabajadores resultaron heridos, dos de ellos gravísimamente.
 El conserje Andrés Fraguas, de 19 años, murió a los dos días. Juan Antonio Sampedro, jefe de los Servicios Generales, se quedó sin mano izquierda, destrozada la derecha y secuelas irreversibles en cara y ojos. Carlos Barranco sufrió heridas menores.
Este es un párrafo del editorial que bajo el título No tenemos miedo publicó EL PAÍS el 31 de octubre:
“El atentado contra la vida de nuestros compañeros -realizado de una manera tan cobarde como vil- lo es contra la vida de todos los hombres de bien.
Por eso, ante los cuerpos destrozados de estos trabajadores de EL PAÍS hacemos hoy más firme nuestra decisión de seguir trabajando por la causa de la libertad.
 Desde el comienzo de la transición, y coincidiendo con cada hito significativo de la democracia, los profesionales del asesinato político han venido asolando a nuestro país y regándolo de sangre inocente (…) Si la prensa es hoy atacada es porque la prensa es el reflejo y el motor de un cuerpo social vivo, de un país en marcha hacia la conquista de sus libertades y de sus derechos.
 ¿Podemos decir hoy que a pesar de todo estamos convencidos de la irreversibilidad del proceso democrático, de lo inútil a medio plazo de esta alocada violencia que nos consume y de la decisión palpable de nuestras fuerzas sociales representativas para seguir adelante?”
Estrambote final.
 El 9 de setiembre de 2005, Jorge A. Rodríguez firmaba la siguiente información en este periódico: “Pedro Bel Fernández, de 45 años, condenado a 30 años de cárcel por el atentado perpetrado contra EL PAÍS el 30 de octubre de 1978 por un grupo de ultraderecha (en el que falleció un trabajador y dos resultaron heridos), ha aprobado una oposición para funcionario de prisiones y en la actualidad está de prácticas en un centro penitenciario”.
Ese día, un numeroso grupo de trabajadores celebraba una asamblea en la iglesia de San Francisco de Asís, en el barrio obrero de Zaramaga.
 La Policía Nacional lanzó numerosos botes de humo en el interior, que obligaron a los obreros a salir, alguno ya medio asfixiado
. A la salida, un grupo de policías les molían a palos por las alas, mientras que por el frente se les recibió con más de mil tiros, como posteriormente se pudo leer en las grabaciones policiales. Murieron ocho trabajadores.
 Manuel Fraga era entonces el ministro de la Gobernación, el equivalente a Interior. Nadie, absolutamente nadie asumió la responsabilidad de aquella matanza.
¿La extrema derecha? Servirá, seguro, el ametrallamiento de los abogados laboristas del bufete de la madrileña calle de Atocha, número 55.
Un comando ultraderechista entró en el despacho, buscando a un dirigente de CC OO que había salido minutos antes.
 No les importó. Vaciaron los cargadores de la Browning F/N 9 mm. Parabellum y de la Star sobre los abogados que se encontraban en el despacho:
 Cinco muertos y cuatro heridos muy graves. Una de ellas era la esposa de uno de los muertos.
 La investigación policial y judicial duró más de lo previsto y tuvo que salvar muchos escollos. Como reconocería años después el entonces ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa:
“No estaba tan claro que la policía quisiera detener a los asesinos”.
Finalmente, los pistoleros corrieron distinta suerte. Fernando Lerdo de Tejada, miembro de una muy buena familia del régimen, amigada con Blas Piñar, se fugó durante un vergonzante permiso que se le concedió antes del juicio. José Fernández Cerrá y Carlos García Juliá fueron condenados a 193 años de prisión cada uno.
 El primero cumplió 15 y el segundo, 14.
 Del primero nada se sabe; del segundo, fugado a Paraguay, se conocen sus trapicheos con el tráfico de drogas.
 También fueron condenados por facilitar las armas y dirigir el operativo veteranos falangistas, uno de ellos secretario del sindicato del Transporte franquista que presidía Vicente García Ribes, padre de Juan García Carrés, el civil del 23-F.
 Pero hubo, se supo en Italia en los años 90, otro integrante más de aquel comando: Carlo Cicuttini, refugiado en España desde 1972 y relacionado con la red Gladio de la OTAN. Un ultraderechista italiano, de los muchos acogidos por los servicios secretos. Cicuttini fue condenado a cadena perpetua en Italia por numerosos atentados fascistas.
 Otros italianos, como Stefano Delle Chiaie, estuvieron muy presentes en muchos de los atentados ultraderechistas, incluido el Montejurra de 1976, recordado aquí hace bien poco con la publicación del relato del inolvidable Ismael López Muñoz.
¿Hablamos de los argentinos? Seleccionemos dos nombres: Rodolfo Eduardo Almirón y Jorge Cesarsky. El primero fue un pez gordo de la ultraderechista Triple A
. En su país estaba acusado de participar en varios asesinatos, entre ellos el de la fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, Noemí Esther Gianotti de Molfino
. Llegó a España como escolta de José López Rega. También estuvo en Montejurra.
 Y redondeó su dilatada carrera como discreto escolta personal de Manuel Fraga. Descubierto por Cambio16 en 1983, Alberto Ruiz-Gallardón, el hoy ministro de Justicia, mano derecha entonces de Fraga, logró que se secuestrara la revista. Cesarsky era verso más suelto, extrovertido y un punto folclórico. Pero en 1977 fue detenido por el asesinato a tiros y a sangre fría de Arturo Ruiz García, un chaval de 19 años que estaba en los alrededores de la Gran Vía madrileña, donde tenía lugar una de las muchas manifestaciones de la época.
Este asesinato, ocurrido el 23 de enero de 1977, se enmarca en una semana terrible que define el ambiente de una época marcada por el terror.
Porque al día siguiente, en un acto de protesta por la muerte de ese joven, un pesado bote de humo lanzado por los antidisturbios acabó con la vida de la veinteañera María Luz Nájera
. Solo 24 horas después, el teniente general Emilio Villaescusa, presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, era secuestrado a las puertas de su domicilio de Madrid.
 Los autores fueron los GRAPO, que ya mantenían en su poder desde diciembre a Antonio María de Oriol, uno de los personajes más connotados del franquismo.
 Y apenas 12 horas después de la muerte de la joven universitaria, el asesinato de los abogados que antes comentábamos.
Un último recuerdo.
 El 1 de febrero de 1980, en el barrio de Aluche, un grupo de falsos policías se llevaba a Yolanda González Martín, 19 años, representante de su centro profesional de Vallecas en la Coordinadora de Estudiantes.
 Pero ni Emilio Hellín ni Ignacio Abad, sus asesinos, eran policías.
 Se responsabilizaron del asesinato con un comunicado firmado por el Batallón Vasco Español, en base a la presunta militancia –absolutamente falsa- de Yolanda en ETA.
 La trasladaron en coche, con la ayuda de más ultras, entre ellos el jefe de seguridad de Fuerza Nueva, la organización de Blas Piñar, hasta un descampado.
 Golpeada salvajemente, Hellín le disparó dos tiros con una P-38 Walther, 9 milímetros, a unos 70 centímetros de la cabeza. Ignacio Abad fue el encargado del tiro de gracia
. Lo hizo con su pistola Star.
 Dos trabajadores encontraron su cadáver al día siguiente en un camino rural.
La historia de Emilio Hellín, condenado a más de 43 años, tiene un final interesante.
 El 24 de febrero de 2013, en una información firmada por José María Irujo, EL PAÍS informaba de que Emilio Hellín, agazapado bajo el nombre de un presunto hermano, Luis Enrique, trabajaba en esas fechas para los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.
 Había pasado 14 años en prisión, con el paréntesis de una estrambótica huida a Paraguay, donde sirvió a la dictadura militar de Alfredo Stroessner
. Vuelve a España en 1996.
Con éxito laboral, a lo que se ve.