18 ago 2014
Catherine Deneuve hace memoria................................................................. Gregorio Belinchón
La actriz francesa repasa su carrera ante el estreno de su nueva película, 'En un patio de París'.
Hoy la esfinge se ha levantado de buen humor. Lleva reinando en el
cine europeo 50 años, ahí queda eso, desde que estrenó en 1964 Los paraguas de Cherburgo.
Había otras actrices de su talla de su misma generación. Intérpretes más jóvenes han querido destronarla.
Pero con sus altibajos, Catherine Deneuve ha sobrevivido y triunfado durante todo este tiempo. Incluso se sobrepuso a la muerte en 1967 de su hermana, Françoise Dorléac, también actriz, más guapa, más talentosa.
Aún hoy siguen las comparaciones. Deneuve ha inspirado a Jacques Demy, a Luis Buñuel, a François Truffaut, a Roman Polanski
. Ha trabajado con Manoel de Oliveira, Lars von Trier, François Ozon, André Téchiné o Tony Scott. Martin Scorsese dijo:
“Catherine Deneuve es el cine francés”.
A ella siempre le han gustado los directores arriesgados, los auteurs más auteurs
. En cambio tiene pocos premios, más de los honoríficos, de los de reconocimiento a una carrera, que de los competitivos: solo ha sido candidata una vez al Oscar, con Indochina.
A ella le da igual: ya ha dejado su impronta, la esfinge —un apelativo que habla de su fortaleza, de su firmeza, a pesar de que se define como “una mujer vulnerable”— ha marcado el cine mundial por los siglos de los siglos.
Así que, por encima del bien y del mal, hoy Deneuve ha decidido mostrar su mejor cara
. Está de promoción de En un patio de París, que se estrena en España el 22 de agosto.
Carreras por el salón.
Una asistente pide perdón: “Nos llevamos las pastas”. La actriz está tomándose un café en la sala de al lado y le apetecían galletas.
Dos minutos después, previo aviso de otra asistente, se oye rumor por el pasillo y entra Catherine Deneuve, vestido marrón, pulsera de diamantes, melena trabajada y 70 años impecables.
Siempre se ha hablado de su tratamiento facial con hilo de oro, o del extremo cuidado con su melena, pero jamás se le fue la mano en la cirugía y así luce de bien en el siglo XXI.
En el filme En un patio de París, una comedia oscura de Pierre Salvadori, director con buena mano para hacer reír, la actriz encarna, de forma prodigiosa, a una mujer no muy inteligente, más bien algo boba, que vive en la típica casa de apartamentos del centro de París.
Allí entra a trabajar como portero un músico en perpetuo estado de depresión y ambos se convierten en unos extraños amigos.
Antes de la entrevista, Salvadori ha dado un par de pistas:
Deneuve es muy cinéfila, pero de ir a las salas, no del DVD:
“Cuando se estrenó en 2010 mi anterior filme, Una dulce mentira, París estaba colapsado por la nieve.
Yo estaba muy deprimido porque las salas estaban vacías, la gente no salía de casa.
Y recibí una llamada de Catherine, a la que conocía de pasada, alabándome la película.
Sí, la había visto en el cine.
Luego, durante el rodaje de En un patio de París, Deneuve me hablaba de directores chinos y japoneses ignotos para mí con una pasión que yo solo podía responder: 'Sí, sí, buenísimo, sí”
. Así que, para empezar, la primera pregunta para la actriz es: ¿Qué es lo último que ha visto en el cine? “He tenido suerte: he visto dos grandes filmes, Un toque de violencia, de Jia Zhangke, y De tal padre, tal hijo, de Hirokazu Kore-eda, que es un cineasta que idolatro”.
Deneuve se confiesa un poco cansada, pero a continuación cuenta un secreto: “Soy capaz de dormir siestas de 10, 15 minutos esté donde esté.
Como Napoleón.
Incluso con vestuario, en un plató.
Me siento, mantengo el equilibrio para no estropear el peinado y me duermo.
Hay una foto en la que se me ve echando la siesta con una corona puesta porque interpretaba a una reina de Francia”.
No le gusta que vayan amigos a verla al rodaje:
“Mi personaje sigue conmigo, lo mantengo. Mi espera es diferente a otras esperas, porque en pocos segundos me tocará hacer algo muy distinto”.
La entrevista se para: suena su móvil y sale a dejar la llave de la habitación a su hija, Chiara Mastroianni [hija de su relación con Marcello; tiene otro hijo, Christian Vadim, fruto de su romance con el director Roger Vadim a los 22 años].
“En cinco minutos estoy de vuelta”. Regresa en uno.
El grupo de periodistas respira aliviado: “Me ha dicho mi hija que me relaje, que les trate bien
. Lleva razón, así que prosigamos”. Y sigue hablando de la película: “Lo complicado es trabajar con alguien por primera vez.
Por suerte, Pierre ha sido un encanto. Nunca comparo directores. Si me obligan les diré que Roman Polanski, por ejemplo, era muy preciso, es un director-actor que te indica por dónde ir.
Buñuel… era otra cosa, desde luego.
En cambio Salvadori es ligero”.
Uno de los iconos de Francia —Salvadori cuenta que en realidad su personaje perdido y confuso refleja en parte a su país hoy; ella, en cambio, rechaza esa posibilidad— rehúsa ser cualquier tipo de grandeur o de icono de la moda. “Por favor, grandeza...
Sigo aprendiendo hoy de todo.
En el cine también, aunque de forma diferente, porque obviamente estoy en una posición distinta a la de hace años”.
Asegura que se siente afortunada:
“He tenido mucha suerte. Ha habido actrices con más talento que el mío que han desaparecido antes. Vivo rodeada de amigos directores y guionistas que me apoyan.
El cine es mi segunda naturaleza”. ¿Y lo de ser icono? Salvadori señala que la primera vez que se reunieron, ella iba con sudadera y que no paró de fumar sus eternos cigarrillos finos.
“No, por favor. Yo no he influido a nadie, sino que han sido los diseñadores quienes me han influido en mí
. Cuando conocí a Yves Saint Laurent yo era muy joven, y me cambió físicamente.
Ha sido un amigo muy querido y muy cercano durante dos décadas. Pero, sí, llevo ropa de otros creadores.
Y vaqueros. Por supuesto
. Si estoy en el jardín, cuidando las plantas, los uso. Cuando cuento esto, la gente me mira raro. Por favor... Sí, la Deneuve hace jardinería en jeans
. Cada vez me atrae menos ir a las fiestas, a cosas así”. ¿Ni siquiera los premios? “He vuelto a ser candidata a los César. No fui.
No están pensados como espectáculo televisivo... y no me gusta cómo se vota. Es un sistema opaco, no estoy segura de que la gente vea las películas.
No volveré nunca más”. Dicho lo cual, enciende otro cigarrillo. “Esto es un sitio privado, ¿no? Pues puedo fumar
. Lo dejé durante once años... Lo mismo lo vuelvo a intentar”
. ¡Cualquiera se opone a sus deseos! En cuanto a lo de la jardinería, poco tiempo más va a dedicarle. Deneuve ha puesto a la venta su castillo de Primard, situado a unos 75 kilómetros al oeste de París, con sauna y hasta un home cinema, por cuatro millones de euros. "A mí me relaja estar allí y llevar a mi madre a pasear por el jardín”.
Sí, la madre de Deneuve, la también actriz Renée Deneuve —sus hermanas, Danielle, François y Sylvie usaron para la actuación el apellido de su padre, otro intérprete, Maurice Dorléac— vive, a sus 103 años.
“Así que a mí aún me debe de quedar cuerda para rato, ¿no?”.
En los últimos 15 años Deneuve ha ido derivando hacia papeles más cómicos, llegando a esta En un patio de París.
“He hecho de todo. En realidad lo difícil es encontrar buenos guiones.
Aunque es cierto que en estos años he colaborado con Ozon, que es muy bueno en este género.
Téchiné tiene un guion estupendo de comedia cuya financiación no logra levantar, y me encantaría hacerlo”.
¿No hay papeles ni para alguien para la que escriben directores como Salvadori? “Pues ni con esas. Hay grandes actrices en Francia, como Adèle Exarchopoulos [La vida de Adèle].
Y le aseguro que todas tenemos el mismo problema: la falta de guiones”.
Repulsión (1965). El lado oscuro de Deneuve, a plena luz.
Roman Polanski, en su primera película en inglés, dirige su personaje, el de una chica que va cayendo poco a poco en la esquizofrenia cuando aumentan sus alucinaciones y deriva en una psychokiller, con absoluta frialdad.
Bella de día (1967). Comienza su colaboración con Luis Buñuel con esta timorata ama de casa que empieza a dedicar sus tardes a la prostitución
. Una película repleta de detalles imaginativos como los zapatos o la caja misteriosa. Por cierto, ni siquiera Buñuel sabía explicar bien el final.
La sirena del Misisipi (1969). Truffaut y Deneuve, mano a mano.
En la vida real se convirtieron en pareja, y cuando ella le abandonó, él cayó en una profunda depresión
. En la pantalla el que sufre es Jean-Paul Belmondo, arrasado por esta femme fatale.
Tristana (1970). Esta vez Buñuel traslada a Deneuve a la España más profunda, a los años treinta, cuando queda bajo la protección de don Lope (Fernando Rey), un aristócrata que la convertirá en su amante.
Pero donde las dan las toman, y si él le habla de libertad en la pareja, ella sabrá cómo disfrutarla.
El último metro (1980). Vuelta con Truffaut. Deneuve encarna a una actriz casada con el propietario judío de un teatro al que debe de ocultar en el París ocupado de los nazis
. Gérard Depardieu encarna a otro actor, con el que inicia un triángulo amoroso.
El ansia (1982). En su momento la actriz hizo sus pinitos en el cine estadounidense, y no escogió bien.
Aquí sí acertó al dar vida a una vampiresa egipcia envuelta en pleno siglo XX en un triángulo amoroso con Susan Sarandon y David Bowie bajo la dirección de Tony Scott.
Indochina (1992). Deneuve es una de las 12 actrices francesas que han sido candidatas al Oscar.
No lo ganó, pero a cambio la película con la que competía, Indochina, de Régis Wargnier, logró la estatuilla a mejor película de habla no inglesa.
La Indochina del título aún era colonia francesa y allí es donde vive el personaje de Deneuve, dueña de plantaciones.
Por cierto, otro drama con triángulo amoroso.
Los ladrones (1996). Deneuve y el director André Téchiné siempre han sabido conectar y sacar partido en la pantalla de su estupenda relación.
Puede que en Los ladrones la actriz no sea tan protagonista como en Mi estación favorita, pero está soberbia y es, desde luego, un enorme thriller.
Bailando en la oscuridad (2000). Movida por su olfato a la búsqueda de nuevos talentos, antes o después Deneuve iba a encontrar a Lars von Trier
. La actriz le escribió una carta al director danés, y, años después, este le regaló el personaje de la inmigrante francesa amiga de la protagonista
. Por cierto, cuando el escándalo Von Trier en Cannes, Deneuve le defendió a capa y espada.
Había otras actrices de su talla de su misma generación. Intérpretes más jóvenes han querido destronarla.
Pero con sus altibajos, Catherine Deneuve ha sobrevivido y triunfado durante todo este tiempo. Incluso se sobrepuso a la muerte en 1967 de su hermana, Françoise Dorléac, también actriz, más guapa, más talentosa.
Aún hoy siguen las comparaciones. Deneuve ha inspirado a Jacques Demy, a Luis Buñuel, a François Truffaut, a Roman Polanski
. Ha trabajado con Manoel de Oliveira, Lars von Trier, François Ozon, André Téchiné o Tony Scott. Martin Scorsese dijo:
“Catherine Deneuve es el cine francés”.
A ella siempre le han gustado los directores arriesgados, los auteurs más auteurs
. En cambio tiene pocos premios, más de los honoríficos, de los de reconocimiento a una carrera, que de los competitivos: solo ha sido candidata una vez al Oscar, con Indochina.
A ella le da igual: ya ha dejado su impronta, la esfinge —un apelativo que habla de su fortaleza, de su firmeza, a pesar de que se define como “una mujer vulnerable”— ha marcado el cine mundial por los siglos de los siglos.
Así que, por encima del bien y del mal, hoy Deneuve ha decidido mostrar su mejor cara
. Está de promoción de En un patio de París, que se estrena en España el 22 de agosto.
Carreras por el salón.
Una asistente pide perdón: “Nos llevamos las pastas”. La actriz está tomándose un café en la sala de al lado y le apetecían galletas.
Dos minutos después, previo aviso de otra asistente, se oye rumor por el pasillo y entra Catherine Deneuve, vestido marrón, pulsera de diamantes, melena trabajada y 70 años impecables.
Siempre se ha hablado de su tratamiento facial con hilo de oro, o del extremo cuidado con su melena, pero jamás se le fue la mano en la cirugía y así luce de bien en el siglo XXI.
En el filme En un patio de París, una comedia oscura de Pierre Salvadori, director con buena mano para hacer reír, la actriz encarna, de forma prodigiosa, a una mujer no muy inteligente, más bien algo boba, que vive en la típica casa de apartamentos del centro de París.
Allí entra a trabajar como portero un músico en perpetuo estado de depresión y ambos se convierten en unos extraños amigos.
Antes de la entrevista, Salvadori ha dado un par de pistas:
Deneuve es muy cinéfila, pero de ir a las salas, no del DVD:
“Cuando se estrenó en 2010 mi anterior filme, Una dulce mentira, París estaba colapsado por la nieve.
Yo estaba muy deprimido porque las salas estaban vacías, la gente no salía de casa.
Y recibí una llamada de Catherine, a la que conocía de pasada, alabándome la película.
Sí, la había visto en el cine.
Luego, durante el rodaje de En un patio de París, Deneuve me hablaba de directores chinos y japoneses ignotos para mí con una pasión que yo solo podía responder: 'Sí, sí, buenísimo, sí”
. Así que, para empezar, la primera pregunta para la actriz es: ¿Qué es lo último que ha visto en el cine? “He tenido suerte: he visto dos grandes filmes, Un toque de violencia, de Jia Zhangke, y De tal padre, tal hijo, de Hirokazu Kore-eda, que es un cineasta que idolatro”.
Deneuve se confiesa un poco cansada, pero a continuación cuenta un secreto: “Soy capaz de dormir siestas de 10, 15 minutos esté donde esté.
Como Napoleón.
Incluso con vestuario, en un plató.
Me siento, mantengo el equilibrio para no estropear el peinado y me duermo.
Hay una foto en la que se me ve echando la siesta con una corona puesta porque interpretaba a una reina de Francia”.
No le gusta que vayan amigos a verla al rodaje:
“Mi personaje sigue conmigo, lo mantengo. Mi espera es diferente a otras esperas, porque en pocos segundos me tocará hacer algo muy distinto”.
La entrevista se para: suena su móvil y sale a dejar la llave de la habitación a su hija, Chiara Mastroianni [hija de su relación con Marcello; tiene otro hijo, Christian Vadim, fruto de su romance con el director Roger Vadim a los 22 años].
“En cinco minutos estoy de vuelta”. Regresa en uno.
El grupo de periodistas respira aliviado: “Me ha dicho mi hija que me relaje, que les trate bien
. Lleva razón, así que prosigamos”. Y sigue hablando de la película: “Lo complicado es trabajar con alguien por primera vez.
Por suerte, Pierre ha sido un encanto. Nunca comparo directores. Si me obligan les diré que Roman Polanski, por ejemplo, era muy preciso, es un director-actor que te indica por dónde ir.
Buñuel… era otra cosa, desde luego.
En cambio Salvadori es ligero”.
Uno de los iconos de Francia —Salvadori cuenta que en realidad su personaje perdido y confuso refleja en parte a su país hoy; ella, en cambio, rechaza esa posibilidad— rehúsa ser cualquier tipo de grandeur o de icono de la moda. “Por favor, grandeza...
Sigo aprendiendo hoy de todo.
En el cine también, aunque de forma diferente, porque obviamente estoy en una posición distinta a la de hace años”.
Asegura que se siente afortunada:
“He tenido mucha suerte. Ha habido actrices con más talento que el mío que han desaparecido antes. Vivo rodeada de amigos directores y guionistas que me apoyan.
El cine es mi segunda naturaleza”. ¿Y lo de ser icono? Salvadori señala que la primera vez que se reunieron, ella iba con sudadera y que no paró de fumar sus eternos cigarrillos finos.
“No, por favor. Yo no he influido a nadie, sino que han sido los diseñadores quienes me han influido en mí
. Cuando conocí a Yves Saint Laurent yo era muy joven, y me cambió físicamente.
Ha sido un amigo muy querido y muy cercano durante dos décadas. Pero, sí, llevo ropa de otros creadores.
Y vaqueros. Por supuesto
. Si estoy en el jardín, cuidando las plantas, los uso. Cuando cuento esto, la gente me mira raro. Por favor... Sí, la Deneuve hace jardinería en jeans
. Cada vez me atrae menos ir a las fiestas, a cosas así”. ¿Ni siquiera los premios? “He vuelto a ser candidata a los César. No fui.
No están pensados como espectáculo televisivo... y no me gusta cómo se vota. Es un sistema opaco, no estoy segura de que la gente vea las películas.
No volveré nunca más”. Dicho lo cual, enciende otro cigarrillo. “Esto es un sitio privado, ¿no? Pues puedo fumar
. Lo dejé durante once años... Lo mismo lo vuelvo a intentar”
. ¡Cualquiera se opone a sus deseos! En cuanto a lo de la jardinería, poco tiempo más va a dedicarle. Deneuve ha puesto a la venta su castillo de Primard, situado a unos 75 kilómetros al oeste de París, con sauna y hasta un home cinema, por cuatro millones de euros. "A mí me relaja estar allí y llevar a mi madre a pasear por el jardín”.
Sí, la madre de Deneuve, la también actriz Renée Deneuve —sus hermanas, Danielle, François y Sylvie usaron para la actuación el apellido de su padre, otro intérprete, Maurice Dorléac— vive, a sus 103 años.
“Así que a mí aún me debe de quedar cuerda para rato, ¿no?”.
En los últimos 15 años Deneuve ha ido derivando hacia papeles más cómicos, llegando a esta En un patio de París.
“He hecho de todo. En realidad lo difícil es encontrar buenos guiones.
Aunque es cierto que en estos años he colaborado con Ozon, que es muy bueno en este género.
Téchiné tiene un guion estupendo de comedia cuya financiación no logra levantar, y me encantaría hacerlo”.
¿No hay papeles ni para alguien para la que escriben directores como Salvadori? “Pues ni con esas. Hay grandes actrices en Francia, como Adèle Exarchopoulos [La vida de Adèle].
Y le aseguro que todas tenemos el mismo problema: la falta de guiones”.
Las grandes películas de Deneuve
Los paraguas de Cherburgo (1964). No fue su primera película —ya había trabajado con el entonces su pareja Roger Vadim—, pero Jacques Demy sacó lo mejor de ella en este musical en que Deneuve encarna a una chica enamorada de un joven soldado pero atrapada en un matrimonio sin amor.Repulsión (1965). El lado oscuro de Deneuve, a plena luz.
Roman Polanski, en su primera película en inglés, dirige su personaje, el de una chica que va cayendo poco a poco en la esquizofrenia cuando aumentan sus alucinaciones y deriva en una psychokiller, con absoluta frialdad.
Bella de día (1967). Comienza su colaboración con Luis Buñuel con esta timorata ama de casa que empieza a dedicar sus tardes a la prostitución
. Una película repleta de detalles imaginativos como los zapatos o la caja misteriosa. Por cierto, ni siquiera Buñuel sabía explicar bien el final.
La sirena del Misisipi (1969). Truffaut y Deneuve, mano a mano.
En la vida real se convirtieron en pareja, y cuando ella le abandonó, él cayó en una profunda depresión
. En la pantalla el que sufre es Jean-Paul Belmondo, arrasado por esta femme fatale.
Tristana (1970). Esta vez Buñuel traslada a Deneuve a la España más profunda, a los años treinta, cuando queda bajo la protección de don Lope (Fernando Rey), un aristócrata que la convertirá en su amante.
Pero donde las dan las toman, y si él le habla de libertad en la pareja, ella sabrá cómo disfrutarla.
El último metro (1980). Vuelta con Truffaut. Deneuve encarna a una actriz casada con el propietario judío de un teatro al que debe de ocultar en el París ocupado de los nazis
. Gérard Depardieu encarna a otro actor, con el que inicia un triángulo amoroso.
El ansia (1982). En su momento la actriz hizo sus pinitos en el cine estadounidense, y no escogió bien.
Aquí sí acertó al dar vida a una vampiresa egipcia envuelta en pleno siglo XX en un triángulo amoroso con Susan Sarandon y David Bowie bajo la dirección de Tony Scott.
Indochina (1992). Deneuve es una de las 12 actrices francesas que han sido candidatas al Oscar.
No lo ganó, pero a cambio la película con la que competía, Indochina, de Régis Wargnier, logró la estatuilla a mejor película de habla no inglesa.
La Indochina del título aún era colonia francesa y allí es donde vive el personaje de Deneuve, dueña de plantaciones.
Por cierto, otro drama con triángulo amoroso.
Los ladrones (1996). Deneuve y el director André Téchiné siempre han sabido conectar y sacar partido en la pantalla de su estupenda relación.
Puede que en Los ladrones la actriz no sea tan protagonista como en Mi estación favorita, pero está soberbia y es, desde luego, un enorme thriller.
Bailando en la oscuridad (2000). Movida por su olfato a la búsqueda de nuevos talentos, antes o después Deneuve iba a encontrar a Lars von Trier
. La actriz le escribió una carta al director danés, y, años después, este le regaló el personaje de la inmigrante francesa amiga de la protagonista
. Por cierto, cuando el escándalo Von Trier en Cannes, Deneuve le defendió a capa y espada.
17 ago 2014
Y el diablo salió del espejo.....................................................Patricia Ortega Dolz
El crimen de Saavedra, un caso de psicosis colectiva, conmocionó Argentina.
Dos hermanas mataron brutalmente a su padre, que se dejó hacer hasta morir desangrado.
Silvina tenía 21 años, estudiaba en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires
y, de vez en cuando, hablaba con voz de hombre.
Era "el purificador":
"Tenemos que limpiar la casa, hay que construirla mejor". Convencida, y reafirmada en una academia de esoterismo (Transmutar), de que tenía que "ver más allá del diablo", comenzó a comentar con su hermana mayor, Gabriela (27 años), y con su padre, Juan Carlos Vázquez (50 años), su idea de “depuración”.
Dejó de comer y de dormir. Y durante los días previos al asesinato ingirieron, los tres, un té con sustancias alucinógenas y hasta un líquido utilizado para limpiar suelos
. Todo por “la purificación” —dicho con voz gruesa—.
Silvina, "esquizofrénica desde los 19 años", según los psiquiatras forenses que analizaron el caso, envolvió a su familia —su madre había muerto unos años antes debido a una enfermedad— en su particular delirio
. Los guió en la oscuridad de su casa de dos plantas del popular barrio de Saavedra de la capital porteña, que tenía las ventanas recubiertas con bolsas de basura negras
. Ahí crearon las condiciones de posibilidad para saltar a otra dimensión. Y saltaron. Lo que ninguno sabía entonces era que el resultado sería una muerte atroz, que la víctima sería el padre y que el sacrificio sería grabado por un cámara de una televisión argentina.
Este es un caso de psicosis colectiva que pasaría a la historia como el crimen de Saavedra.
Ocurrió una mañana de finales del mes de marzo del año 2000
. Bueno, en realidad ocurrió durante toda la noche y la madrugada de ese día 27, porque Silvina fue “desollando” —así lo recoge el informe forense— a su padre poco a poco con un cuchillo Tramontina, de esos que se utilizan para los asados.
Lo cogió de la cocina, justo después de que Juan Carlos rompiera de un puñetazo el espejo del pasillo de la segunda planta.
Ese golpe fue el momento del salto:
“Está poseído”, concluyó Silvina con su voz grave. El reflejo de sus imágenes sobre ese espejo fracturado los catapultó juntos a otra realidad.
Los rezos y los cánticos extraños de la casa “del dependiente de la ferretería”, como se conocía a Juan Carlos en el vecindario, se habían oído durante toda la noche
. Finalmente, uno de esos vecinos, alarmado por los alaridos, llamó a la policía.
Pero antes de que llegaran los agentes llegó un cámara de la televisión argentina que había escuchado la alerta por una frecuencia de radio interna.
Logró trepar por una terraza y colocó el visor en una rendija de una plancha de chapa que cubría el techo.
Así fue como su vídeo se convirtió en “la prueba imparcial” del asesinato.
Las espeluznantes imágenes, con la muerte en directo de Juan Carlos, nunca se hicieron públicas aunque algunos las vieron...
— “Váyanse de acá. Esto no es real. Ya le saqué el demonio a mi papá y ahora tengo que sacárselo a ella”, gritó Silvina con voz de hombre a los policías que, espantados, trataban de acercarse a la escena del crimen.
“Sangre en las paredes, en el suelo, en los muebles de cocina, en una botella de whisky y diluida en distintos recipientes.
Velas y vasos con agua distribuidos por toda la casa.
Excrementos y pis en el corredor. El agua que corría de las canillas, y cirios...
En un rincón, pelos cortados, pocillos con agua detrás de las puertas, folletos religiosos, una Biblia ensangrentada con versículos subrayados abierta en el salmo 120.
Sobre la mesa, un papel que envolvía restos de dulces y un disco de la Misa Criolla de Ariel Ramírez con la cubierta pringada de huellas dactilares rojas.
Sobre un plato de madera, se encontró un almanaque de Transmutar con la imagen de una virgen y un pequeño retrato de una mujer en blanco y negro
. Tendido sobre una mesa, en un desnivel entre la cocina y el salón, yacía el cuerpo desnudo de Juan Carlos que, con su mano derecha se agarraba a la columna de la escalera.Su cuerpo había recibido un centenar de cortes, uno de los últimos le rasgó la carótida y lo desangró;
otros, en su torso, dibujaban un círculo y un triángulo entrelazados
. A su rostro desfigurado, además de los ojos le faltaban pedazos de carne.
Silvina, también desnuda, hacía cortes sobre ese cuerpo y con voz masculina tronaba a los policías: ‘¡Váyanse! ¡Sal, Satanás! Deja el cuerpo de papá…’ Entre tanto, Gabriela, semidesnuda, ensangrentada, se acurrucaba contra la pared, con sangre en las manos, golpes y cortes en el rostro y el cuello”.
Esa fue la escena --confirmada por un forense-- que narró un testigo ocular, una de las personas que llegaron esa mañana y lograron ver lo que estaba sucediendo detrás de los cuatro cerrojos que encerraban los muros de la vivienda.
Hicieron falta cinco policías para reducir a Silvina: “Parecía una fiera”, relató uno de ellos después.
“La explicación que dieron las hermanas del desollamiento de su padre es que el diablo se hallaba debajo de su piel”, asegura el prestigioso psiquiatra forense español Juan Matías Santos, afincado en Argentina desde hace años y buen conocedor del caso.
Diagnosticadas con esquizofrenia y síndrome pseudoesquizoide, respectivamente, Silvina y Gabriela fueron a parar al ala penal del hospital Moyano de Buenos Aires, un psiquiátrico muy conocido en Argentina.
“Resultó evidente que Silvina padecía alucinaciones y que tenía un delirio muy estructurado, muy sistematizado, y una grandísima fuerza de convicción”, explica Santos.
“La hermana mayor parecía sufrir entonces un cuadro tóxico por una posible ingestión de drogas”. Cuando llegaron a Moyano, “ellas tenían recuerdos solo fragmentarios, al principio eran memorias delirantes, compatibles con el diagnóstico de la psicosis”, señala el médico forense, que asegura que se les sometió a un tratamiento con olanzapina y mejoraron, “en particular, la hermana mayor, porque Silvina era muy agresiva y tenía un alto nivel de peligrosidad, y tuvo que ser tratada con el antipsicótico más potente del que se dispone, la clozapina”, cuenta
. “A día de hoy, está fuera, en la calle, y estudiando en la UBA, aunque vive —no sin dificultades— con su enfermedad”.
Las dos hermanas, calificadas como “enfermas psiquiátricas”, fueron declaradas “inimputables” con arreglo al artículo 34 del Código Penal argentino, y ninguna fue a prisión, aunque a sus vidas “de aislamiento e ignorancia” —en palabras de Santos— tuvieron que añadir el estigma de asesinas.
— Me creí lo que mi hermana me dijo, aseguró Gabriela, incapaz de explicar cómo había acontecido la muerte de su padre, cuando fue dada de alta en el hospital.
Nunca se pudo comprobar si ella colaboró en el asesinato de su progenitor, aunque sí que no había señales de que Juan Carlos opusiera una clara resistencia a su propia muerte
. Aparentemente se dejó hacer toda clase de macabras perrerías, preso de ese delirio místico colectivo y, probablemente, “intoxicado por el té alucinógeno, deshidratado e hipoglucémico”.
Buena parte de las cuchilladas las recibió de pie o arrodillado.
Gabriela salió a los tres meses del hospital y luego, con su licenciatura en Magisterio de Educación Física, se reintegró en la sociedad
. Incluso, en una ocasión, concedió alguna entrevista para la televisión en la que aprovechó para pedir trabajo o para anunciar que estaba embarazada.
Era "el purificador":
"Tenemos que limpiar la casa, hay que construirla mejor". Convencida, y reafirmada en una academia de esoterismo (Transmutar), de que tenía que "ver más allá del diablo", comenzó a comentar con su hermana mayor, Gabriela (27 años), y con su padre, Juan Carlos Vázquez (50 años), su idea de “depuración”.
Dejó de comer y de dormir. Y durante los días previos al asesinato ingirieron, los tres, un té con sustancias alucinógenas y hasta un líquido utilizado para limpiar suelos
. Todo por “la purificación” —dicho con voz gruesa—.
Silvina, "esquizofrénica desde los 19 años", según los psiquiatras forenses que analizaron el caso, envolvió a su familia —su madre había muerto unos años antes debido a una enfermedad— en su particular delirio
. Los guió en la oscuridad de su casa de dos plantas del popular barrio de Saavedra de la capital porteña, que tenía las ventanas recubiertas con bolsas de basura negras
. Ahí crearon las condiciones de posibilidad para saltar a otra dimensión. Y saltaron. Lo que ninguno sabía entonces era que el resultado sería una muerte atroz, que la víctima sería el padre y que el sacrificio sería grabado por un cámara de una televisión argentina.
Este es un caso de psicosis colectiva que pasaría a la historia como el crimen de Saavedra.
Ocurrió una mañana de finales del mes de marzo del año 2000
. Bueno, en realidad ocurrió durante toda la noche y la madrugada de ese día 27, porque Silvina fue “desollando” —así lo recoge el informe forense— a su padre poco a poco con un cuchillo Tramontina, de esos que se utilizan para los asados.
Lo cogió de la cocina, justo después de que Juan Carlos rompiera de un puñetazo el espejo del pasillo de la segunda planta.
Ese golpe fue el momento del salto:
“Está poseído”, concluyó Silvina con su voz grave. El reflejo de sus imágenes sobre ese espejo fracturado los catapultó juntos a otra realidad.
Los rezos y los cánticos extraños de la casa “del dependiente de la ferretería”, como se conocía a Juan Carlos en el vecindario, se habían oído durante toda la noche
. Finalmente, uno de esos vecinos, alarmado por los alaridos, llamó a la policía.
Pero antes de que llegaran los agentes llegó un cámara de la televisión argentina que había escuchado la alerta por una frecuencia de radio interna.
Logró trepar por una terraza y colocó el visor en una rendija de una plancha de chapa que cubría el techo.
Así fue como su vídeo se convirtió en “la prueba imparcial” del asesinato.
Las espeluznantes imágenes, con la muerte en directo de Juan Carlos, nunca se hicieron públicas aunque algunos las vieron...
— “Váyanse de acá. Esto no es real. Ya le saqué el demonio a mi papá y ahora tengo que sacárselo a ella”, gritó Silvina con voz de hombre a los policías que, espantados, trataban de acercarse a la escena del crimen.
“Sangre en las paredes, en el suelo, en los muebles de cocina, en una botella de whisky y diluida en distintos recipientes.
Velas y vasos con agua distribuidos por toda la casa.
Excrementos y pis en el corredor. El agua que corría de las canillas, y cirios...
En un rincón, pelos cortados, pocillos con agua detrás de las puertas, folletos religiosos, una Biblia ensangrentada con versículos subrayados abierta en el salmo 120.
Sobre la mesa, un papel que envolvía restos de dulces y un disco de la Misa Criolla de Ariel Ramírez con la cubierta pringada de huellas dactilares rojas.
Sobre un plato de madera, se encontró un almanaque de Transmutar con la imagen de una virgen y un pequeño retrato de una mujer en blanco y negro
. Tendido sobre una mesa, en un desnivel entre la cocina y el salón, yacía el cuerpo desnudo de Juan Carlos que, con su mano derecha se agarraba a la columna de la escalera.Su cuerpo había recibido un centenar de cortes, uno de los últimos le rasgó la carótida y lo desangró;
otros, en su torso, dibujaban un círculo y un triángulo entrelazados
. A su rostro desfigurado, además de los ojos le faltaban pedazos de carne.
Silvina, también desnuda, hacía cortes sobre ese cuerpo y con voz masculina tronaba a los policías: ‘¡Váyanse! ¡Sal, Satanás! Deja el cuerpo de papá…’ Entre tanto, Gabriela, semidesnuda, ensangrentada, se acurrucaba contra la pared, con sangre en las manos, golpes y cortes en el rostro y el cuello”.
Esa fue la escena --confirmada por un forense-- que narró un testigo ocular, una de las personas que llegaron esa mañana y lograron ver lo que estaba sucediendo detrás de los cuatro cerrojos que encerraban los muros de la vivienda.
Hicieron falta cinco policías para reducir a Silvina: “Parecía una fiera”, relató uno de ellos después.
“La explicación que dieron las hermanas del desollamiento de su padre es que el diablo se hallaba debajo de su piel”, asegura el prestigioso psiquiatra forense español Juan Matías Santos, afincado en Argentina desde hace años y buen conocedor del caso.
Diagnosticadas con esquizofrenia y síndrome pseudoesquizoide, respectivamente, Silvina y Gabriela fueron a parar al ala penal del hospital Moyano de Buenos Aires, un psiquiátrico muy conocido en Argentina.
“Resultó evidente que Silvina padecía alucinaciones y que tenía un delirio muy estructurado, muy sistematizado, y una grandísima fuerza de convicción”, explica Santos.
“La hermana mayor parecía sufrir entonces un cuadro tóxico por una posible ingestión de drogas”. Cuando llegaron a Moyano, “ellas tenían recuerdos solo fragmentarios, al principio eran memorias delirantes, compatibles con el diagnóstico de la psicosis”, señala el médico forense, que asegura que se les sometió a un tratamiento con olanzapina y mejoraron, “en particular, la hermana mayor, porque Silvina era muy agresiva y tenía un alto nivel de peligrosidad, y tuvo que ser tratada con el antipsicótico más potente del que se dispone, la clozapina”, cuenta
. “A día de hoy, está fuera, en la calle, y estudiando en la UBA, aunque vive —no sin dificultades— con su enfermedad”.
Las dos hermanas, calificadas como “enfermas psiquiátricas”, fueron declaradas “inimputables” con arreglo al artículo 34 del Código Penal argentino, y ninguna fue a prisión, aunque a sus vidas “de aislamiento e ignorancia” —en palabras de Santos— tuvieron que añadir el estigma de asesinas.
— Me creí lo que mi hermana me dijo, aseguró Gabriela, incapaz de explicar cómo había acontecido la muerte de su padre, cuando fue dada de alta en el hospital.
Nunca se pudo comprobar si ella colaboró en el asesinato de su progenitor, aunque sí que no había señales de que Juan Carlos opusiera una clara resistencia a su propia muerte
. Aparentemente se dejó hacer toda clase de macabras perrerías, preso de ese delirio místico colectivo y, probablemente, “intoxicado por el té alucinógeno, deshidratado e hipoglucémico”.
Buena parte de las cuchilladas las recibió de pie o arrodillado.
Gabriela salió a los tres meses del hospital y luego, con su licenciatura en Magisterio de Educación Física, se reintegró en la sociedad
. Incluso, en una ocasión, concedió alguna entrevista para la televisión en la que aprovechó para pedir trabajo o para anunciar que estaba embarazada.
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