Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

16 ago 2014

BELLE

Título original
Belle
Año
2013
Duración
105 min.
País
 Reino Unido
Director
Amma Asante
Guión
Misan Sagay
Música
Rachel Portman
Fotografía
Ben Smithard
Reparto
Gugu Mbatha Raw, Tom Wilkinson, Sam Reid, Sarah Gadon, Miranda Richardson, Penelope Wilton, Tom Felton, James Norton, Matthew Goode, Emily Watson
Productora
DJ Films Ltd.
Género
Drama | Drama de época. Esclavitud. Racismo
Sinopsis
Película basada en la historia real de una joven mestiza, Dido Elizebeth Belle (Gugu Mbatha-Raw), la hija ilegítima de un Almirante de Marina real (Matthew Goode), que es criada por su tío abuelo aristocrática Lord Mansfield (Tom Wilkinson) y su esposa (Emily Watson). Y mientras su linaje le permite ciertos privilegios, su presencia provoca también problemas sociales, mientras vive en una Inglaterra que aún permite la esclavitud. (FILMAFFINITY)
Críticas

Érase una vez el fin.............................................. Leila Guerriero


Ilustración de Fernando Vicente.

Escritos dos meses después, o dos años más tarde, o al pie de la cama donde yace la carne querida. Amparados en la piedad de las elipsis, o repletos de detalles drenados al recuerdo. Bajo la forma de diarios, de epístolas, de canciones de cuna con ardiente error de paralaje
. Erizados de esquirlas de un incendio que no cesa. Hijos de un género al que nadie querría dedicarse. Libros. Libros que cuentan el fin (la muerte del padre, el tormento del hijo, la agonía tapizada de metotrexato) y que, para contar el fin, deben empezar por el principio.
 Y, para empezar por el principio, hay que recordar.
Y recordar duele.
“Tu hijo ha muerto y debes empacar una maleta para viajar hasta donde te espera su cadáver. Y lo haces. Alguien te ayuda, dice un pantalón negro, dice es mejor meter los zapatos en una bolsa”, escribe la colombiana Piedad Bonnett en Lo que no tiene nombre (Alfaguara).
“Me sigo preguntando cómo se escribe eso”, dice Piedad Bonnett desde su casa en Bogotá. “Por momentos me digo: ‘¿Qué ser humano soy yo, que soy capaz de eso?’. Cuando tuve la idea de escribir este libro me escandalicé, me aterroricé. ¿Cómo puede ser que a los dos meses de la muerte de Dani yo estuviera pensando en escribir esto?”.
Lo que no tiene nombre empieza con una escena inocente:
 Bonnett, sus hijas y su marido entran a un departamento en el que parecen haber estado antes.
 En la segunda página, Bonnett escribe: “Me pregunto qué sucedió aquí en los últimos veinte minutos de vida de Daniel”.
 Dos párrafos después, una pareja de vecinos pregunta si son parientes del estudiante que se mató ayer
. Y así, de una manera lateral, el lector entiende que la autora está en el departamento de su hijo, y que su hijo se ha suicidado.
 Más adelante, Bonnett describe la conversación con una funcionaria que chequea datos para proceder a la donación de los órganos:
—La piel de la espalda.
—Sí.
—Los huesos de las piernas.
—Sí.
“Y Daniel, mi hijo entrañable, el muchacho de labios carnosos y piel bronceada, se fue deshaciendo con cada palabra mía”.
“Lloré muchas veces mientras escribía esa escena.
 Y dudé: ¿debo escribir esto? Pero yo creo que la vida es física, y era tan contundente ese despedazamiento
. Mientras escribía, tuve que tomar miles de pequeñas decisiones narrativas, y esa fue mi salvación”.
Algunos queremos reconquistar el territorio que saquean los gurús y depredadores de lo cursi”, opina Sergio del Molino
Para reconstruir las horas que precedieron al suicidio, Bonnett averiguó, juntó las piezas: a tal hora, Daniel habló con su hermana, a tal otra subió a la terraza
. Y eso, duro como fue, no lo fue tanto como reconstruir los padecimientos previos a la muerte.
“Yo había lidiado diez años de incertidumbre, por su enfermedad. Todavía hoy, cuando dicen ‘su hijo esquizofrénico’… La gente tiene la idea de la esquizofrenia como último estado de locura, y eso me duele.
 Fue muy duro escribir eso, era una confesión muy dura”.
La palabra esquizofrenia aparece poco en el libro de Bonnett. Quizás porque escribir la vida —contar todo lo que hubo para contar todo lo que se perdió— es más difícil que escribir la muerte.
***
La lista es larga y podría ser interminable. A El libro de mi madre, de Albert Cohen (1954); Una muerte muy dulce (1964) y La ceremonia del adiós (1981), de Simone de Beauvoir; Una pena en observación, de C. S. Lewis (1961); Desgracia impeorable, de Peter Handke (1972); Mortal y rosa, de Francisco Umbral (1975); La invención de la soledad, de Paul Auster (1982); Mi madre, in memoriam, de Richard Ford (1988), podrían sumarse títulos recientes, varios de ellos con ventas importantes y muchas reediciones, como La ridícula idea de no volver a verte (2013), de Rosa Montero; Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente (2010); El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince (2006); Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett (2013); La hora violeta, de Sergio del Molino (2013); Di su nombre, de Francisco Goldman (2011); Canción de tumba, de Julián Herbert (2011); Memorias de una viuda, de Joyce Carol Oates (2011); Un mar de muerte, de David Rieff (2008); Mi libro enterrado, de Mauro Libertella (2013); Ojalá octubre, de Juan Cruz Ruiz (2007); Diario de un duelo, de Roland Barthes (escrito entre 1977 y 1978, publicado en 2009); Mi abuela, Marta Rivas González, de Rafael Gumucio (2013); El año del pensamiento mágico (2005) y Noches azules (2011), de Joan Didion.
 Libros que se internan en recuerdos tristes —el rastro del cuerpo del niño en las sábanas vacías, las huellas de los dedos de la mujer en el envase de champú— para hacer, de una pesadilla, una pieza de literatura.
“La actual renovación de un género durante mucho tiempo vilipendiado, el memoir de duelo, es quizás un síntoma de que algunos escritores queremos reconquistar el territorio que ahora saquean los gurús y los depredadores de lo cursi”, escribía el español Sergio del Molino en Babelia en mayo de 2013. Del Molino, autor de La hora violeta (Random House), nació en 1979
. Eso quiere decir que era muy joven cuando tuvieron lugar los acontecimientos que dieron origen a este libro, que comienza así: “Mi hijo Pablo tenía diez meses cuando ingresó en el hospital, y estaba a punto de cumplir dos años cuando arrojamos sus cenizas”.
“Durante ese tiempo yo tomaba notas sueltas”, dice Del Molino, desde Zaragoza.
 “Mi mujer me dijo: ‘Tienes que escribir un libro sobre esto, escribir es tu forma de estar en el mundo’.
 Si ella no me hubiera animado, yo hubiera sentido pudor. El reto era que el texto no se me fuera de las manos en clave melodramática”.
Después de aquel principio, el libro retrocede hasta el momento en que los médicos diagnostican la leucemia y, a partir de entonces, avanza en una trama pudorosa, falsamente explícita: “He aprendido a sostener a Pablo en brazos sin que se obstruyan los muchos cables a los que está conectado. Los cirujanos le han instalado un reservorio en una vena del pecho y las enfermeras le pinchan en un botoncito que sobresale bajo su piel amarillenta y descuidada”.
“Cualquiera que haya estado en ese universo de la oncología pediátrica sabe que es mucho peor de lo que yo cuento.
 Pero había cosas que no estaba dispuesto a contar”.
Piedad Bonnett: “Cuando tuve la idea de escribir el libro me escandalicé, me aterroricé. ¿Cómo podía pensar en eso?”
Sobre el final, Del Molino, por obra de una elipsis, evita contar la muerte del hijo.
 Sólo dice: “Si Pablo fuera mi personaje, no habría muerto”.
“Yo necesitaba que el libro fuera sobrio y contenido. Y no hay una manera de narrar de forma sobria y contenida la muerte de un niño”.
***
“Mi libro en realidad no es un libro de duelo”, dice Rosa Montero. “Yo no hubiera escrito sobre la muerte de Pablo si no hubiera surgido este libro, que habla de la muerte como contrapunto de la vida”.
En La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral), Rosa Montero cuenta la vida de Madame Curie a partir de un diario que empezó al quedar viuda.
 La experiencia personal de Montero —su marido, el periodista Pablo Lizcano, falleció en 2009— aparece en pocas escenas, íntimas y discretas. En un momento, ella y él están en el hospital: “Imagínate esa habitación de hospital en penumbra, los niquelados brillando con un destello oscuro como de nave espacial (…), la soledad infinita”. Él abre los ojos y dice dos palabras: un código de enorme intimidad. Y, punto y seguido, Montero desbarata cualquier sensiblería:
 “Lo que acabo de hacer es el truco más viejo de la humanidad frente al horror. La creatividad es justamente esto: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza”.
“Es un dolor que siempre queda en la zona de lo indecible. Pero se puede hablar de ese dolor, y de lo bello que hay en ese dolor. Creo que esa es la función del arte: convertir carbones en diamantes”.
Hundir palabras en el dolor para que su materia terrible suelte esquirlas luminosas, astillas de una última, posible, herida belleza.
***
“Recuerdo la manera en que pronunciaba Frank cuando estábamos solos y cómo enciende mi corazón. Puedo escucharlo y sentirlo en mi interior, es casi un graznido suave acariciado por labios espléndidos, una vocal poco cargada que flota en su aliento hasta pasar la n y luego chasquea levemente la k
. Pero en su escritura, en sus correos electrónicos, siempre me llamaba Paco”. La escritora mexicana Aura Estrada murió el 25 de julio de 2007, después de que una ola, en una playa del Pacífico, le produjera heridas irreparables.
 Su marido, el escritor estadounidense Francisco Goldman, se hundió en un proceso enloquecido —demasiado alcohol, demasiado sexo— y, seis meses después, empezó a escribir. El resultado es Di su nombre (Sexto Piso), donde Goldman expone el cuándo y el qué desde la primera frase —“Aura murió el 27 de julio de 2007”—, pero no dice el cómo hasta el final, cuando los dos entran al mar y sólo uno de ellos sale sano y salvo.
“Este libro fue escrito desde un trauma total”, dice Goldman, desde EE UU. “Después de su muerte yo fui diagnosticado con el síndrome de estrés postraumático, y en medio de eso empecé a escribir. Cada hombre tiene su oficio
. Si yo hubiese sido médico, hubiera pasado un tiempo como loco, pero al final hubiera vuelto a trabajar. En mi caso, escribo.
 Mi deber era sentarme y escribir. Y no tenía ninguna otra cosa acerca de la cual escribir que no fuera Aura”.
Mauro Libertella es argentino, periodista, y en 2013 escribió Mi libro enterrado (Mansalva), donde cuenta la muerte de su padre —Héctor Libertella, un escritor de culto en Argentina— y empieza, como si la honestidad desde el arranque fuera imprescindible (‘A partir de aquí, monstruos’, advierte el título del capítulo que abre La hora violeta), yendo al grano:
“Mi padre murió hace cuatro años, un mediodía de octubre, en su departamento de dos ambientes en el que ahora vivo yo”.
“La creatividad es justamente eso: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza”, dice Montero
“Cuando murió sentí que tenía ganas de escribir algo sobre eso.
 Empecé a leer libros sobre la muerte del padre y pensé en escribir un libro de ensayos, alternando capítulos con mi propia experiencia. Pero no salía
. Y un día anoté quince escenas que me interesaba contar de la muerte de mi viejo y de mi relación con él. Y las fui escribiendo una por una”.
—¿Tomaste apuntes mientras tu padre estaba enfermo?
—No me acuerdo. Si me venían ideas, supongo que habré tratado de aplacarlas. Porque me debe haber parecido irrespetuoso tomar notas mientras él estaba vivo.
¿Antes, después, durante: en qué momento alguien se dice “amor partió y todo fue dolor, y ahora escribiré sobre su muerte”? Héctor Abad Faciolince esperó veinte años, desde 1987, para contar el asesinato de su padre en El olvido que seremos (Planeta). En Tiempo de vida (Anagrama), Marcos Giralt Torrente dice que había pensado en este libro antes de que fuera decoroso tomar notas para él. “Durante meses, mientras mi padre se apagaba delante de mí, supe que escribiría de nosotros”, recuerda. El 24 de octubre de 1977, Roland Barthes perdió a su madre y el 25 escribió su primera entrada en Diario de duelo.
  Extremando el método, el mexicano Julián Herbert empezó a tomar notas al pie de la cama de su madre cuando, en 2008, fue internada con un diagnóstico de leucemia. En Canción de tumba, el libro que resultó de esa experiencia, se pregunta: “¿Y si mamá no muere? ¿Valdrá la pena haber dedicado tantas horas de desvelo junto a su cama, un estricto ejercicio de memoria, no poca imaginación, cierto decoro gramatical; valdrá la pena este archivo de Word si mi madre sobrevive a la leucemia?”.
“Empecé a escribir antes de que se muriera, eso fue lo más gravoso”, dice Rafael Gumucio, desde Chile. “Necesitaba un final para el libro. Y el final era que mi abuela se muriera”.
En 2013, Gumucio publicó Mi abuela, Marta Rivas González (Ediciones Universidad Diego Portales), que cuenta la vida de su abuela y su relación con ella hasta el día de su muerte.
“Me entrenaba, me aleonaba, pero cuando empezaba la pelea abandonaba mi rincón (…). Porque en su desprecio por lo que yo escribía había ante todo preocupación, temor a verme hecho polvo (…), quería ahorrarme todo eso porque no era su pupilo, ni su alumno, ni su aprendiz de brujo: era su nieto”.
“Mi abuela tenía 93 años y yo estaba desesperado porque se muriera pronto para poder terminar. Pensé que estaba preparado para su muerte, porque hacía años que ella había perdido la cabeza.
Y lo sorprendente fue que cuando murió, en 2008, me afectó muchísimo. La culpa y la dificultad del material hicieron que me desmoronara.
Y terminé por publicar el libro cinco años después”.
El proceso de escritura da sentido a todo lo que parece no tenerlo, pero, a la vez, exige chapotear en fango de dolor
. Es probable que, del malestar que esa tensión produce, provenga una curiosa simetría: Una pena en observación, de C. S. Lewis, tiene 103 páginas; Mi libro enterrado, de Mauro Libertella, 77; Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett, 131; Noches azules, de Joan Didion, 150; Mi madre, in memoriam, de Richard Ford, 93.
 Como si nadie pudiera permanecer en ese territorio demasiado tiempo —como si estas fueran, desde el principio, historias que buscan su final—, casi todos son libros breves.
 ***
Un hombre o una mujer se despiertan cada día dispuestos a escribir, a arrancar detalles del recuerdo: los mejores momentos de una vida juntos.
 “Tenía un espacio entre los dientes superiores y un lunar bajo el lado derecho del labio inferior (…) Era la chica latinoamericana de mis sueños, pero diez años más tarde”, escribe Francisco Goldman acerca del momento en que conoció a Aura Estrada. Un hombre, una mujer, se despiertan cada día dispuestos a escribir, a arrancar detalles del recuerdo: la punción medular, los vómitos, los aullidos. “(…) los doctores en Seattle entraron en su habitación para decirle que el trasplante de médula había fracasado (…)”, escribe David Rieff en Un mar de muerte (Debate), sobre la muerte de su madre, Susan Sontag.
“Mi madre gritó: ‘¡Pero esto significa que voy a morir!’. Nunca olvidaré ese grito, nunca pensaré en él sin querer gritar yo mismo”. ¿Cómo se escribe la muerte: en qué estado de lucidez, de horror, de algarabía?
“Ha salido como un torrente”, dice Montero. “Lo escribí en estado de gracia.
No hubo momentos tediosos, sino momentos intensos, y momentos más intensos todavía”.
“El tiempo de la escritura fue un tiempo de luz y de alegría”, dice Del Molino. Aunque algunas mañanas acabase llorando y tuviese que abandonar después de haber escrito media página.
“¿Y si mamá no muere? ¿Valdrá la pena haber dedicado tantas horas de desvelo junto a su cama?”, escribió Julián Herbert
“Escribir era una manera de no soltarla”, dice Goldman. “Estuve tres años escribiendo. Fueron años de oscuridad total y la única luz que existía era estar trabajando. La escritura era combatir el abismo”.
¿Cómo se escribe la muerte?
 ¿Azuzando el dolor, punzando sus alas de dragón para que salga entero de su espantosa madriguera? ¿Velándolo de manera pudorosa? “Continúa sin cagar pero mea cada veinte minutos (…) tengo que traer el cómodo y meterlo bajo sus nalgas, retirarlo cuando cesa el sonido, limpiar el coño con un kleenex y vaciar luego los meados en el inodoro”, escribe Julián Herbert en Canción de tumba.
“Y al cabo de seis semanas estaba muerta.
 No hay nada excepcional que contar al respecto”, escribe en Mi madre, in memoriam, Richard Ford. ¿Cómo se cuenta la muerte: hay una forma? En 2004, Joan Didion empezó a escribir El año del pensamiento mágico (Global Rythm), que comienza diciendo:
 “No hice cambios en ese archivo desde que escribí esas palabras en enero de 2004, dos o tres días después del suceso”.
Tensando la cuerda del suspenso por varias páginas más, sin aclarar de qué se trata ese suceso, finalmente aclara: “Hace nueve meses y cinco días, aproximadamente a las nueve de la noche del 30 de diciembre de 2003, mi marido, John Gregory Dunne (…) sufrió (…) un repentino y severo ataque al corazón que le causó la muerte.
Nuestra única hija, Quintana, llevaba cinco noches inconsciente en una unidad de cuidados intensivos”. En agosto de 2005 su hija también murió, y Didion volvió a escribir sobre eso en Noches azules (Random House), publicado en 2011.
“Mis propias necesidades expresivas me iban diciendo: ‘Empieza por el final, y genera tensión”, explica Bonnett. “Y me dije que sería vergonzoso que me pusiera a hacer una prosa ornamentada con semejante tragedia. Así que lo escribí bien seco”.
“En el libro”, dice Goldman, “están todas las cosas que yo necesito para escribir una novela: patrones, ritmos, climas. Yo quería un estilo muy transparente, que no se sintiera vanidoso”.
“¿Tengo derecho a escribir que mi madre y sus hermanos fueron todos, en un momento u otro de sus vidas (o durante toda su vida), heridos, dañados, desequilibrados?”, escribe Delphine de Vigan en Nada se opone a la noche (Anagrama, 2012), un libro presentado como novela en el que escribe sobre su madre después de encontrarla muerta en su departamento.
“Es raro, porque la versión que uno escribe es la que todos van a recordar”, dice Gumucio.
 “Le estoy quitando el derecho a mis primos de ser los portadores de la historia, y todo eso es una culpa.
Pero también siento que si no lo escribiera se perdería y que la historia de mi abuela puede ser de utilidad para alguien más. Pero es una justificación que uno inventa, porque el trabajo es ligeramente inmoral”.
“Yo creo que no tendría que dar ninguna explicación”, dice Piedad Bonnett. “Alguien me dijo: ‘Escríbalo, pero ¿para qué publicarlo?’. Y yo dije que escribo para publicar, esto no es escritura terapéutica”.
Y un día, finalmente, hay que poner en marcha los relojes, deshacer el hechizo, y escribir the end. “En la medida en que estas notas pudieran suponer una defensa contra el colapso total (…) han dado algún resultado (…); y si no dejo de escribir esta historia en un momento determinado, por caprichoso que sea, no habría razón para que dejara de escribir nunca”, escribe C. S. Lewis en Una pena en observación (Anagrama), donde aplica una lente de aumento sobre su duelo después de la muerte de su mujer por un cáncer óseo.
“Uno escribe para no morir, o para que la gente no muera”, dice Gumucio.
 “El resultado de la escritura es paradójico.
 Yo pude hablar con los muertos, estar con mi abuela los últimos cinco años. Lo que no pude hacer es que estuviera viva”.
“Escribes porque está en el ADN del escritor”, dice Sergio del Molino. “Pero yo dilaté la escritura para no tener que enfrentarme a la habitación vacía de mi hijo. Para no salir a enfrentar la vida sin Pablo”.
“(…) Te nos rompiste, mi amor, y no sé cómo decirte lo siento”, escribe Del Molino.
 “Y ahora ni siquiera te voy a encontrar aquí, en la punta de mis dedos, mientras tecleo este libro que no quiero dejar de escribir (…). No sé qué haré sin estas páginas”.
Libros que terminan, quizás, por el mismo motivo por el que empezaron: porque no podía hacerse otra cosa.

La pareja ideal................................................................ Boris Izaguirre

María Teresa Campos y Bigote Arrocet la felicidad del reencuentro de Tita Thyssen y Borja.

María Teresa Campos, una de las protagonistas del verano 'rosa' el pasado julio en Madrid. / getty images

Si existe algún fetiche contemporáneo, ese algo que todo el mundo desea pero no siempre consigue, es tener pareja.
 Y qué mejor ejemplo de las infinitas posibilidades de la pareja que la revelación esta semana del amor maduro entre María Teresa Campos y el caballero y humorista Bigote Arrocet.
Campos es más que una decana de los medios de comunicación.
 Es un referente.
 Una mezcla inusual de madre y patrona, de guía y compañera. Arrocet es también una escuela, a su manera, en la virilidad relajadita y cachonda, curtida en prolongar el sentido del humor en la madurez.
Un caballero con una cultura de pelo en pecho, antítesis de la metrosexualidad, que ofrece más confianza que la depilación radical propia de la burbuja inmobiliaria.
“Bigote y María Teresa te hacen sentir seguro”, comentan en Málaga. “Verlos no sólo me da buen rollo, me hace pensar que de verdad estamos saliendo de la crisis
. Como si todo volviera a su cauce. Como si apostáramos por la normalidad.
 Por el sentido común”. Y por el vello
. Para otros, sin embargo, el sentido común puede ser un antídoto contra la pasión.
 “Despiertan envidias, encontrando el amor en un momento que ya crees que no lo tendrás”, discute una presentadora.
“No es asombro lo que tiene que causarnos. Porque el amor no envejece”, sentencia la misma presentadora.
 “Solo la piel envejece, que es superficial”.
Campos y Bigote han agitado el verano.
 Han eclipsado tanto a la felicidad que nos ofrecía el reencuentro de Tita Thyssen con Borja y Blanca como cualquier tristeza que sintiéramos por el divorcio de Melanie y Antonio Banderas.
  Incluso hizo que la portada de Paris Match con Charlene de Mónaco pareciera intrascendente.
 Y no lo era. Charlene está embarazada y subida a una maquinaria de cambio de imagen, aunque la veamos avanzar en su gestación con la misma cara con la que se casó.
 Que es la misma cara con la que la conocimos en la Gala de la Rosa de 2009, dedicada a la movida madrileña, y que es también la misma cara con la que inaugura una exposición o encaja la muerte por asesinato de una magnate de Montecarlo.
De esa misma cara y su expresión, bautizada como Charlinismo que, solo refleja apatía, aburrimiento máximo, lo que ha interesado es el proyecto de cambio de imagen implementado por la delicada y firme mano cinceladora de Corinna zu Wittgenstein, la entrañable princesa que ejerce de sabia consejera y restauradora, al menos, de la imagen pública de Charlene.
 Corinna no solo vive en Mónaco sino que trabaja para Mónaco.
 Y desde que esto se sabe, a Charlene se la ve no sólo más operativa sino también felizmente embarazada aunque sea complicado erradicar de su rostro ese serenísimo fastidio
. Es probable que Corinna haya transmitido a Charlene su experiencia ante los medios de comunicación y facilitado la colaboración de la fotógrafa Vanessa Von Zitzewitz, una amiga suya de la infancia que es la esposa actual de Juan de Villalonga, expresidente de Telefónica. ¡A los ricos cuando trabajan les encanta hacerlo en equipo! ¡En confianza!
 Con movimientos estratégicos de profundo calado: si Corinna consigue hacer de Charlene una creíble estrella mediática, no solo revalidará su figura como consultora internacional sino que también obtendrá una merecida compensación por sus servicios
. Y generará una nueva fuente de ingresos para Montecarlo, la marca Charlene. Juntas, como dos Ces entrelazadas, Charlene y Corinna son un nuevo logo que propone una nueva verdad: detrás de una princesa tonta siempre hay una princesa lista.
Tontas o no, las parejas van y vienen. Eva González y Cayetano Rivera han vuelto.
 Probablemente, les ha pasado lo que a muchas parejas de larga duración o a los expresidentes de la Junta de Andalucía: se han dado cuenta que es mejor negocio estar juntos que separados. González ha encontrado una reafirmación profesional importante ante el éxito de MasterChef y Cayetano ha descubierto, como buen español, después de dar la vuelta al mundo que no hay mejor menú que el jamoncito, la tortillita y el solecito.
 Ambos atravesaron sus nueve meses de soledad sin otras compañías.
 Eva se concentró en MasterChef mientras que Cayetano observaba desde la barrera las andanzas de sus otros hermanos, Francisco y Francisco (Kiko).
Francisco ha hecho este año una gira temática de bodas, una con chistera, otra con comida y decoración india, todas católicas y con reportaje.
 Pero Kiko, mediático también, ha dejado a todos sin habla en la emisión de Sábado Sensacional, con un dúo con su mamá, Isabel Pantoja.
La pareja madre e hijo ha vuelto a reventar el trending topic con una canción, Debo hacerlo, que fusiona el tecno, la balada y el folclore con el desagarro de una mujer implorando una nueva oportunidad en el amor.
 “Necesito un nuevo amor, porque ya no aguanto más, quítenme esta soledad”, brama Pantoja arrancándole la máscara a la realidad:
 ¡Necesitamos que Pantoja tenga un nuevo amor! Esta vez sin bigotes, porque ese ya lo tiene María Teresa Campos
. Quizás más joven, que es un tipo de pareja que Pantoja aún no ha probado.
Hay que darle a Pantoja lo que pide.
 Un nuevo amor que nos haga olvidar
. Que recupere esa loca alegría que todos estos amargos veranos nos han robado.
 O nos lleve al séptimo cielo.
 Debemos hacerlo.

 

Rómpete, muñeca....................................................................... Manuel Vicent

Emma Suárez sigue siendo en el fondo una criatura del barrio de la Latina y su extracción popular le ha regalado buen olfato para moverse en el asfalto.

 

En las tardes del café Gijón un grupo de náufragos, no más de cinco, en torno a un velador crearon una asociación con estas siglas: EDES. Enamorados de Emma Suárez. La asociación no tenía estatutos. Solo era un pacto secreto. En esa tabla redonda donde había cómicos, periodistas y algún magistrado siempre se aludía a ella como si fuera la vestal de una secta. Había un comentario que funcionaba a modo de divisa: Emma Suárez era esa actriz que siempre lo hacía bien. Nadie se permitía discutir este principio. Cuando se hablaba de alguna película o de una obra de teatro donde ella trabajaba junto con otras figuras estelares los cinco enamorados querían ser el primero en decir: Emma es la que está mejor. Su nombre fluctuaba siempre en los carteles sin alcanzar una cima detonante, pero ese segundo primer plano la hacía más atractiva. Era una actriz solo para degustadores y de hecho los miembros de la asociación preferían que se mantuviera siempre así: discreta, con un morbo envasado, con ese mensaje en la mirada como queriendo decir: sólo necesito un buen director que me rompa por dentro.
Su familia era ajena al mundo del espectáculo, pero un día, con 14 años, su padre la llevó a un casting juvenil y a bote pronto consiguió el papel de protagonista de la película Memorias de Leticia Valle, sobre la novela autobiográfica de Rosa Chacel.
 Sucedió en 1980.
 Desde entonces comenzó su carrera y al principio su madre la acompañaba a todos los rodajes y la esperaba en todos los camerinos para que ningún lobo se comiera a su Caperucita, pero la adolescente Emma pronto aprendió a manejarse en el bosque dejando piedrecitas en el camino para volver a casa.
La sensación que da esta actriz es que incorpora siempre a su oficio la experiencia que obtiene en la vida
. Su manera de actuar tiene algo de artesanía después de fabricarse pieza a pieza el alma todos los días
. Frente a la artista pretenciosa ella aporta una labor hecha a mano, como la del alfarero a la hora de modularse.
Se sabe guapa pero nunca pone en primer término su belleza; es consciente de que las cámaras la adoran, pero nunca hace valer su fotogenia para esconder o falsificar alguna carencia.
 Puede que desee la fama, incluso la gloria, pero nunca a un precio que desdibuje su figura de chica normal, que va al supermercado, que está preocupada por su familia, que espera a su hija en la parada del autobús a la salida del colegio y que también va al dentista.
 Su aire de resistente te da a entender que puedes contar con ella para sacar la carreta del charco
. Así se la ve pasar por el barrio de Chamberí con un sombrero o una gorrita en dirección al café Comercial donde entra como si se tratara de un salón del Oeste.
Es muy fácil imaginar a Emma Suárez como esa mujer fuerte, dura de pelar, de una película de vaqueros.
 Tiene el moño rubio un poco desgreñado mientras saca agua de un pozo, se quita el sudor de la frente con el dorso de la mano, su marido con tirantes y calzones de felpa arregla el tejado de la casa a martillazos, de pronto llegan los cuatreros
, Emma puede sacar el rifle y disparar desde una ventana hasta ahuyentarlos; por la tarde el vaquero desnudo se introduce en una cuba humeante y ella lo lava, también le ha dado tiempo a preparar una tarta de calabaza; al anochecer el vaquero lee salmos de Isaías en el libro sagrado balanceándose en una mecedora, cuando Emma aparece en camisón trasparente en el vano de la alcoba y se suelta el pelo que le cae sobre los hombros.
El vaquero cierra la Biblia y va hacia ella.
Siempre hay un momento estelar. Emma Suarez ganó un Goya por el papel de Diana, la condesa de Belflor, en El perro del hortelano, la película de Pilar Miró
. Bordó el verso después de un duro aprendizaje
. El pleno de la asociación EDES proclamó una vez más que su trabajo había sido el mejor, pero ella no es de esas que ni come ni deja comer.
Sigue siendo en el fondo una criatura del barrio de la Latina y su extracción popular le ha regalado buen olfato para moverse en el asfalto.
Ya lo dijo Bogart: la gente se divide en dos, profesionales y no profesionales
. Si contratas a un asesino, busca que sea un buen profesional.
 Este principio rige también con los poetas y los artistas, los políticos y los atracadores. Emma Suárez ha dicho alguna vez: “Nada me gusta más que volverme loca”.
 Puede que sea verdad, pero lo más seguro es que después de una noche de orgía, como buena profesional, a la hora en punto estará en el rodaje o en el camerino y no hay duda que, una vez más, será la mejor, según sus enamorados.