Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

14 ago 2014

Cuando se es interesante y atractiva no deberían hacerse ancianas......es algo terrenal por supuesto.....










Última mirada de Lauren Bacall.........................................................Elsa Fernández-Santos

Con la muerte de la actriz a los 89 años se extingue casi al completo una era dorada del cine de Hollywood.

 

Lauren Bacall en una imagen de 1946. / WELBOURNE, SCOTTY (Album)

En el cine negro de los años cuarenta, donde los diálogos, los sentimientos y las balas iban al grano, no encajaba cualquier actriz.
 Lauren Bacall, fallecida ayer en Nueva York a los 89 años, tenía 19 cuando demostró que ella no era cualquiera.
 Había estudiado interpretación en la American Academy of Dramatic Arts, pero los problemas económicos de su familia la obligaron a dejar la escuela y trabajar como modelo.
 Fue precisamente gracias a una portada de Harper’s Bazaar que la mujer de Howard Hawks reparó en ella. Hawks le pidió a su secretaria que buscara el historial de la chica de la foto, pero, por error, la ayudante hizo viajar a Bacall a Hollywood desde Nueva York para una audición con el director. Hawks buscaba rostros para sus nuevos proyectos, pero como recuerda Joseph McBride en un magnífico libro-entrevista con el cineasta, la chica no encajaba:
 “De repente apareció una cría con falda de gabardina, un jersey y una voz aguda, nasal, aflautada… aunque estaba muy ilusionada tuve que decirle que las chicas de nuestras películas eran bastante más sofisticadas y en ningún caso tenían esa voz”.
Pese al jarro de agua fría, Bacall se quedó en Los Ángeles y le pidió tiempo y un consejo para poder corregir ese defecto. “
Solo te puedo decir lo que me contó el mejor actor con el que jamás he trabajado, Walter Huston, sobre cómo consiguió la fabulosa voz que tiene”.
 Dos semanas después Bacall regresó a la oficina de Hawks y lanzo un “Hola, ¿cómo estás?” tan grave que se ganó la prueba y la gloria.
 Lo que siguió fue un entrenamiento de cuatro meses que hicieron mutar definitivamente a Betty Joan Perske en Lauren Bacall.
Aprendió de voz, de miradas y de cine, pero no era suficiente.
 Le faltaba un pequeño detalle: atraer a los hombres.
 Como era una cría, Hawks y su mujer la acompañaban a todas partes hasta que un día le preguntaron que por qué nunca salía de las fiestas con hombres.
“No se me dan demasiado bien”, dijo ella. Hawks le regaló otro truco impagable: “¿Y si dejas de ser tan amable con ellos? ¿Qué tal si pruebas a insultarles?”.
 Mano de santo. En la siguiente fiesta, Bacall ya tenía un candidato para acompañarla a casa: Clark Gable. Como decía William Faulkner, una mujer de verdad debe tener el corazón como una puerta giratoria.
Así, convertida en la insolente de voz grave, ha llegado a nuestros días
. Y así Hawks empezó a esbozar el papel que la lanzaría al eterno estrellato: la chica de Bogart en Tener y no tener, la novela de Hemingway en cuyos diálogos trabajaba Faulkner. Bacall supo aprovechar sus hoy célebres líneas (“¿Sabes que no tienes que actuar conmigo Steve?… No tienes que decir nada y no tienes que hacer nada. Nada de nada… O simplemente silbar… ¿Sabes cómo silbar, verdad Steve?… Simplemente junta tus labios y… sopla”) y fijar con ellas el mito. Cuentan que cuando Marlene Dietrich vio Tener y no tener se indignó tanto que llamó al director. “¿Sabes? Esa soy yo hace 20 años”, le espetó. “Lo sé”, respondió Hawks, “y también sé que dentro de 20 años llegará otra”.
Lauren Bacall, en 1948. / Bettmann (CORBIS)
Lo que siguió a esa película es historia
. El flechazo con Bogart, el duro principio de la relación amorosa por la doble vida que mantuvo el actor con su entonces tercera esposa, la actriz Mayo Methot, alcohólica, como él, muerta en 1951 por sus problemas con la botella, y el cuarto (y definitivo) matrimonio del actor con Bacall.
 Con la nueva boda llegó también el anuncio de una nueva meta en la cabeza de la tozuda Betty: ser madre.
 Pese a las reticencias iniciales de Bogart, en 1949, nacía el primogénito de los tres hijos de la actriz (el último fue de su segundo matrimonio, con Jason Robards) y cuyo nombre, Stephen, está dedicado al personaje masculino de Tener y no tener.
 Antes del nacimiento del niño, Bacall rodó La senda tenebrosa (1947) y El sueño eterno (1946), una de las cumbres del cine negro, escrita por Raymond Chandler y otra vez con Faulkner de guionista. Siguieron Cayo Largo (1949), Cómo casarse con un millonario (1953), Escrito en el viento (1956), Mi desconfiada esposa (1957)... Ese año Bogart fallecía a los 56 por un cáncer.
Diez años antes la pareja había encabezado el grupo de estrellas que viajó a Washington para apoyar a los testigos citados por el Comité de Actividades Antiamericanas
. En un avión de Howard Hughes volaron Bogart, Bacall, Gene Kelly, Danny Kaye, John Garfield y John Huston
. Bacall siempre se sintió orgullosa de este episodio.
Por desgracia, meses después, Bogart se borraría de la histórica foto al declarar en público que aquel viaje fue un error.
Para bien y para mal, la sombra del actor es alargada en la vida de Bacall.
 En 2011, en una entrevista a Vanity Fair, la actriz bromeaba sobre el asunto: “Me temo que mi obituario va a estar repleto de Bogart”. No se equivocaba, aunque nunca fue un mero apéndice y supo defender su lugar en la historia
. Cuando el actor murió, y después de recibir por una corta temporada el consuelo de Frank Sinatra, se casó con Jason Robards
. Entonces, dirigió su carrera hacia Broadway y empezó a elegir películas con cuentagotas. En 2009 recibió el Oscar honorífico.
 Quince años antes, coincidiendo con la publicación de uno de los dos volúmenes de sus memorias, Bacall aseguró que llevaba tiempo sola.
 “El problema es que hay muchos hombres a los que no les gustan las mujeres, les gusta el sexo, tener un florero, como quieran llamarlo, pero no les interesa la verdadera compañía de una mujer.
 Echo de menos compartir los buenos momentos, pero también he aprendido a disfrutar de mi soledad”.
Pese a su extraordinaria belleza, siempre se quitó importancia.
 Seguramente su humor fue clave para saber envejecer, espléndida. “Nunca fui una belleza, pero me considero una persona decente”, decía.
Con su muerte se extingue casi al completo una era dorada del cine.
 Consuela recordar la primera vez que la actriz apareció en la pantalla, sola, a la sombra. Lacónica, abría la boca para pedir una cerilla.
 Estaba tan asustada, le temblaban tanto las manos y las piernas, que clavó el mentón en su pecho para controlar la ansiedad.
 Y así, presa del pánico, nació esa mirada felina, desafiante, de abajo arriba, que desde aquella negra pantalla incendió para siempre el corazón de un hombre y el del resto del mundo.

Una señora del ‘upper west’................................................... Elvira Lindo

Lauren Bacall era una mujer, grande, fuerte, atractiva hasta la tumba.

Discrepo en lo de guapa, era un conjunto de cualidades que la hacían atractiva, todo en ella es anguloso, y creo que aunque fue esosa de Bogart y engatusó a otros actores en la enfermedad de su esposa, el apellido Bogart le daba mucha personalidad.

Lauren Bacall actriz estadounidense. / Agustin Sciammarella

Lauren Bacall era de otra época. Ideal para una cronista que también se siente de otra época como es mi caso.
Pero usted no es atractiva por decirlo suavemente....
 Eso pensé cuando una señorita me abrió la puerta de su apartamento en el edificio Dakota, me condujo al salón y me dejó allí sola un rato. ¡Sola!
 Me asomé a la ventana, contemplé los invernales árboles pelados de Central Park y pensé que ese era el jardín privado de la señora Bacall, el gran cuadro viviente donde la diva celebraba el paso de las estaciones, observando en la primera línea más privilegiada del mundo la rotundidad y el colorido furioso con que responden los árboles americanos al otoño o a la primavera
. Después, comencé a ser progresivamente más audaz, y me fui aproximando a las fotos que adornaban las paredes. Encontré, fascinada, que entre los rostros del álbum familiar estaban los de Hepburn, Tracy, David Niven, Leslie Howard…
 Si me hubieran dejado media hora más hubiera podido escribir un reportaje sin haber conocido a mi entrevistada, contando sólo cómo una estrella de las que no quedaban, o casi no quedan, permite a una cronista que husmee el cuarto en el que ella pasa los días desde finales de los cincuenta, desde que dijera adiós a Hollywood y volviera a la ciudad de la que se despidió cuando tenía 17 años.
Cuando Bacall entró yo tenía entre las manos un dibujo enmarcado en el que aparecía su amiga Katherine Hepburn felicitándola por un premio.
 Me miró. Me miró con la mirada de Lauren Bacall.
 Sobran las descripciones, ya está el cine para mostrar el tipo de mirada de la que les estoy hablando, y me saludó con esa voz que a los espectadores españoles se nos escatimó siempre.
 Gravedad e ironía en la mirada, gravedad e ironía en la voz.
No hubo interrupciones, no hubo preguntas que resultaran molestas ni respuestas con evasivas.
 Fue una conversación relajada sobre su vida en la que ella dominaba la situación con maestría, como debe ser, haciéndote creer que de aquella entrevista saldrían cosas que aún no se habían dicho. Eso es un arte.
 Y a los periodistas nos gusta que los entrevistados lo practiquen con nosotros.
 Ella se desenvolvía de maravilla. Con el desparpajo de quien a los 16 años ya era una preciosa acomodadora en un cine, digna de protagonizar un cuadro de Edward Hopper, y a los 17 se marchara rumbo a Hollywood acompañada de su madre para comenzar una carrera que se elevó de inmediato y se contrajo al poco tiempo, por estar a la sombra de Bogart, el hombre de su vida.
Todo eso era, de alguna manera, historia sabida en aquella mañana de invierno, digna de ser escuchada, escrita, recordada, pero para qué negarlo, registrada en la memoria de casi cualquier cinéfilo o amante de los mitos.
No eran conocidas, sin embargo, algunas claves de su carácter que pude apreciar observándola de cerca y conociendo el terreno en el que se movía. Lauren Bacall era una señora del Upper West Side, con todo lo que eso significa, de ese barrio de Nueva York en el que se agruparon las distintas capas de la inmigración judía que huía de la Europa del Este.
 Esto quiere decir que aunque la joven llamada Betty se criara en una familia tan humilde como para tener que abandonar sus estudios al entrar en la universidad eso jamás restara en su educación el aprecio a la cultura, a la palabra escrita y a las distintas lenguas de origen que la madre y la abuela de la Bacall aún manejaban con soltura.
 Ser vecina del Upper West Side, todavía hoy, significa algunas cosas que marcan el carácter colectivo de este barrio
. Por ejemplo, quiere decir apoyar al partido demócrata, máxime si eres uno de los artistas que habitan los señoriales edificios que miran a Central Park, y practicar un judaísmo poco ortodoxo, más apegado a las costumbres que a las pasiones religiosas. Entre esas costumbres está, como primer e inexcusable mandamiento, comprar en el mítico supermercado Zabar´s el salmón, los bialys, los bagels y el queso crema para el brunch de los sábados, entablar conversación con los vecinos de mesa, como así se hacía en los viejos diners, frecuentar los restaurantes del barrio, ser un tiquismiquis con el menú y la cuenta, acabar convirtiéndote en el dolor de cabeza de cualquier camarero paciente, estar dispuesto continuamente a defender tus derechos de consumidor e ir por las aceras con una desahogada excentricidad.
Lauren Bacall era una de esas mujeres que pisan las calles del Upper West: grande, fuerte, de melena canosa, atractiva hasta la tumba, luciendo nobles arrugas y un orgullo irreductible.
Era una de esas ancianas que atraen y que atemorizan, que se ríen de ti en tu cara o te riñen como si fueran las dueñas de la calle
. Los años convirtieron a Betty Bacall en una vecina del Upper West, la devolvieron a su pequeña patria.
 A ella, que era distinta a todas las mujeres; a ella, tan parecida a las señoras tremendas de su barrio.
No sé que añade esta introducción o reflexión de "Unas Horas con Bacall" porque vaya no veo que le pregunte nada.

 

13 ago 2014

La muerte en tiempos de ébola........................................... José Naranjo

Los entierros en Kailahun se realizan ante la mirada asustada de parientes y vecinos.

 

La muerte de un familiar en la aldea de Boima provoca desesperación e incertidumbre en los familiares. / J. N.
Mamie Lahai murió a las tres en punto el sábado pasado
. Desde entonces, nadie ha tocado su cuerpo, en un camastro de madera, tapado con una sábana de cuadros amarillos y azules.
 A las tres y un minuto de ese mismo día sus hijos salieron de la casa y no han vuelto a entrar.
 Tal es el miedo que infunde el virus que se extiende como una maldición por los pueblos de la provincia de Kailahun, en el este de Sierra Leona
. Tras recibir el aviso, un equipo de 10 voluntarios de la Cruz Roja local encabezado por el enfermero Daniel James salió este lunes en dirección a la pequeña aldea de Boima para encargarse del entierro, tarea que, en estos tiempos de ébola, tiene su complicación.
Lo explica Virgil Atchia, beninés, enviado por Cruz Roja hasta Kailahun para encargarse de la movilización social.
“Desde que se declaró la epidemia, todos los fallecidos en esta zona del país se consideran casos sospechosos de ébola
. Y como tal los tratamos”, dice
. Y es que justo en el momento de la muerte del paciente es cuando el virus se encuentra en su periodo de máxima actividad y es más peligroso.
 Ante la duda, toda precaución es poca.
 Desde el pasado 17 de julio, su equipo de voluntarios ha dado sepultura a 44 cadáveres, de los que 34 estaban en el centro de aislamiento y eran casos confirmados de ébola y los otros 10, personas fallecidas en los pueblos que podrían serlo.

Cuando el equipo llega a Boima, los parientes ya están inquietos.
 El cadáver de Mamie, de 80 años, lleva dos días en la cama y nadie se atreve a entrar. Mohamed Musa, el mayor de los ocho hijos de la difunta, los recibe con el ceño fruncido por la tardanza
. “Lo primero es explicarles lo que vamos a hacer”, comenta James, “que tengan toda la información necesaria”.
 Cuatro voluntarios empiezan la laboriosa tarea de ponerse el PPE (Equipamiento de Protección Personal), el famoso traje de astronauta.
 El esmero a la hora de vestirse es muy importante y para ello han sido entrenados por personal de Médicos sin Fronteras (MSF).
Cada vez llegan más vecinos.
 Muchos sacan el móvil para grabar la escena, en plena calle. Kayatsu Jimi, hija de Mamie, está conmocionada.
“Mi madre llevaba una semana en cama, tenía fiebre y le costaba mucho respirar.
 Era ya muy mayor, pero hasta hace unos días estaba bien, iba y venía por la casa... No hemos querido entrar, tenemos miedo”, dice.
“Ha habido casos de ébola cerca de aquí, en Daru, y a todos se nos ha pasado por la cabeza…”. En la puerta de la casa, los voluntarios de Cruz Roja ya están listos para entrar. Nixon B. Aruna, un joven de 18 años que quiere estudiar Medicina, coge la fumigadora y empieza a desinfectar: la entrada, la barandilla, las paredes, el suelo...
 Y entran todos.
Pasados unos minutos, uno de ellos sale con una bolsita.
 Son fluidos del cadáver para hacer el test del ébola
. Pero los resultados tardarán un día en llegar y hay que continuar con el proceso
. Desnudan el cadáver, lo amortajan y lo meten en una bolsa blanca impermeable, que sacan al exterior.
 Desde allí, otros tres voluntarios lo trasladan en camilla hasta la fosa y ellos mismos lo colocan dentro.
 Dos personas cogen las palas y empiezan a echar tierra mientras Mussa entona un canto fúnebre
. La ceremonia, que es mínima y sin florituras, dura apenas cinco minutos
. Las mujeres rompen en llanto. “¿Ya podemos entrar en la casa?”, pregunta el primogénito. “Esperad hasta mañana”. Los voluntarios empiezan a desvestirse.
 “Este es el momento más delicado, cualquier pequeño error puede hacer que te infectes a ti mismo”, explica James.
Los voluntarios de Cruz Roja se preparan para entrar a la casa de una supuesta víctima del ébola. / J. N.
La reacción en la gente es variada.
 “A veces nos ignoran o nos miran mal. Incluso nos dicen que estamos esparciendo algún veneno para matarlos o que cogemos partes del cuerpo del cadáver para seguir extendiendo la enfermedad. Cosas así.
 Otras veces somos bien recibidos”, cuenta Aruna. Cuando les toca ir al centro de aislamiento de MSF, el procedimiento es aún más frío, si cabe, y los familiares casi nunca acuden a los entierros, no quieren ni acercarse por allí.
 Cruz Roja tiene agentes sociales en todos los municipios de Kailahun para que no se les escape ni un fallecimiento.
Hilda de Klerk, responsable de MSF en Kailahun, dice:
“Les decimos que tienen que cambiar sus hábitos, que no pueden tocar sus cadáveres, ni abrazarlos ni enterrarlos
. Es duro. Pero saben que el ébola está aquí, conocen sus consecuencias y el miedo es poderoso. Están cambiando”.