Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

29 jun 2014

Los negocios de Urdangarin empezaron el año que se endeudó con Pedralbes..................................................... José Manuel Romero

La suma de salarios del matrimonio (186.000 euros) no alcanzaba para cubrir los cuatro pagos trimestrales de la hipoteca del palacete barcelonés (208.000 euros)

La investigación del caso Nóos ha convertido la vida del matrimonio Urdangarin-Borbón en una gran urna de cristal donde cada uno de los gastos e ingresos de la pareja ha quedado al descubierto.
 Los negocios ilegales de Iñaki Urdangarin, esposo de la infanta Cristina, estuvieron ocultos al escrutinio público durante años y afloraron por un hallazgo casual de la Fiscalía de Baleares en 2011. Tirando de aquel hilo —una carpeta que guardaba unos pocos folios de un convenio público con el Instituto Nóos— surgió el escándalo de corrupción que puso bajo sospecha a la Monarquía y está a punto de sentar en el banquillo de los acusados a la hija del rey Juan Carlos y a su marido.
La instrucción judicial del caso Nóos derivó en una investigación a fondo de las finanzas de los duques de Palma: el sumario se llenó con el detalle documentado de los movimientos de sus cuentas corrientes, los apuntes de los gastos de sus tarjetas de crédito, los balances de su empresa particular, los contratos a su personal doméstico, el coste de la reforma de su casa...
Sus declaraciones de la renta durante 10 años se hicieron públicas.
 El matrimonio llegó a ingresar, en el mejor de sus ejercicios (2009), casi un millón de euros entre la nómina fija de la Infanta en La Caixa más su asignación de la Casa del Rey, y los ingresos de su marido en Telefónica.
La historia de perdición de la pareja arranca en 2004, cuando los duques de Palma deciden cambiar de domicilio
. Casados el 4 de octubre de 1997 en la catedral de Santa Eulalia de Barcelona, se instalaron en una vivienda de la Avenida de Pedralbes valorada en 414.000 euros donde vivieron durante siete años, en los que nacieron tres de sus cuatro hijos.
 Fue entonces, en 2004, cuando decidieron comprarse el palacete de Pedralbes, un complejo de 1.000 metros cuadrados edificables y 2.200 de parcela con tres plantas, siete habitaciones y diez baños. Pagaron 5,8 millones de euros por la propiedad a los que tuvieron que sumar otros tres millones para obras de reforma.
 La Caixa, entidad en la que trabaja la infanta Cristina, les concedió un crédito de cinco millones a devolver en 30 años con un interés del Euribor más 0,5 puntos.
 Cada trimestre, el matrimonio tenía que pagar una letra de 52.000 euros.

Urdangarin declaró ese año unos ingresos de 36.000 euros y su mujer algo más de 150.000 por su trabajo en La Caixa. La suma de ambos salarios (186.000 euros) no alcanzaba a pagar los cuatro pagos trimestrales de la hipoteca (208.000 euros)
. El rey Juan Carlos ayudó a su hija aquel año con un préstamo a devolver de 1,2 millones de euros.
Para entonces, Urdangarin había puesto en marcha un plan empresarial con Diego Torres basado en la organización de eventos para Administraciones públicas o empresas privadas a través del Instituto Nóos, entidad sin ánimo de lucro.
La imagen del yerno del rey Juan Carlos permitiría abrir muchas puertas para hacer realidad el negocio
. Sus primeros clientes aquel año fueron la Comunidad Valenciana y el Ayuntamiento de Valencia, instituciones que acordaron pagar casi un millón de euros a Nóos por organizar un evento de promoción del turismo a través del deporte.
La pareja llegó a ingresar casi un millón de euros en 2009
Del millón facturado, apenas gastaron un 20% en la organización del acto.
 El resto se desvió a empresas privadas que previamente habían creado el duque de Palma y Diego Torres
. Una de ellas, Aizoon, era propiedad de Urdangarin y su esposa, la infanta Cristina, a partes iguales. Esa sociedad, sin apenas actividad en 2003, declaró 261.356 euros de beneficio un año después, suficiente para costear el pago de la hipoteca del palacete
. El negocio de Urdangarin creció en 2005 y 2006 con nuevos contratos de la Comunidad Valenciana y Baleares (cinco millones).
 Pero la curiosidad de la oposición socialista en el Parlamento balear por conocer detalles de esos contratos a dedo alertó a la Casa del Rey de los peligrosos negocios del yerno.
Con el duque en paro, dejaron de abonar el préstamo y la casa está
en venta
Urdangarin tuvo que abandonar aquel proyecto empresarial y encontró, o le buscaron, nuevas fuentes de ingresos en consejos de administración de empresas españolas y extranjeras ajenas a su experiencia profesional —inmobiliarias, tabacaleras, cementeras, industrias de bebidas gaseosas, de armamento...— que le suministraban cuantiosas ganancias.
 El marido de la Infanta decidió pagar menos impuestos por esos ingresos extraordinarios y facturó sus servicios de asesoramiento a través de su empresa familiar Aizoon para ahorrarse el pago del IRPF.
 La Agencia Tributaria, algunos años después, descubrió esta treta ilegal. Urdangarin carga desde entonces con una imputación por delito fiscal que el juez del caso Nóos extiende a su esposa, la infanta Cristina.
En 2009, Urdangarin encontró un empleo con nómina fija en Telefónica a razón de 350.000 euros al año que cobró entre 2009 y 2012.
 Cuando el juez le imputó, Urdangarin perdió el trabajo (marzo de 2013), y la Infanta, su asignación de la Casa del Rey.
La hipoteca sigue viva (3,6 millones), los duques han puesto a la venta el palacete, por 8,9 millones, y Urdangarin está en paro.
 “Al no tener ingresos actualmente, como es público y notorio, me veo con la imposibilidad de hacer frente a la póliza de crédito
. No he podido pagar las dos últimas cuotas trimestrales”, confesó al juez.

 

La muerte adivinada de Martin Verfondern.................................................................................. Silvia R. Pontevedra

La Guardia Civil halla el cuerpo del holandés que desapareció hace cuatro años de un pueblo de Ourense. Antes de morir denunció ser víctima del “terrorismo rural”.

El coche parcialmente calcinado de Martín Verfondern, que apareció junto a su cadáver. / Nacho Gómez (EL PAÍS)

La Interpol lo buscaba por el mundo, pero sus restos yacían a 12 kilómetros de casa en línea recta y nadie fue capaz de darse cuenta en cuatro años y medio
. Poco antes de que lo mataran viajó a su país para contratar un seguro de vida y se dedicó a pertrechar su casa de cámaras como si fuese un búnker.
 Según contaba a este diario cuatro meses antes de desaparecer, jamás salía de su vivienda sin “una grabadora de vídeo en posición stand by”, presta a rodar cualquier bronca, cualquier agresión que pudiera sufrir, para luego denunciarla en el juzgado
. Decía protegerse de algo que definía como “terrorismo rural”.
Martin Verfondern, nacido alemán, nacionalizado holandés y dispuesto a vivir y morir en Santoalla, un remoto, despoblado y arruinado pueblo de Petín (Ourense) al que llegó después de buscar por el mundo un paraíso “libre de energía nuclear”, se esfumó sin dejar rastro aparente el 19 de enero de 2010.
 Sus supuestos restos mortales yacen desde el sábado 21 extendidos y ordenados sobre la mesa de trabajo del forense Fernando Serrulla, al que le toca enfrentarse con buena parte de las historias truculentas en Galicia.
 A duras penas puede reconstruirse el 40% del esqueleto, el cráneo está prácticamente completo.
Verfondern era un pelirrojo obstinado de 52 años, dispuesto a enfrentarse a quien hiciera falta en el propósito de cumplir su sueño de una vida en comunión con la naturaleza, tal y como él la entendía, junto a su esposa, Margo Pool.
Y con ese objetivo, según denunció a diestro y siniestro en sus últimos meses, vivía inmerso en una guerra permanente con el poder local y también con la única familia nativa que quedaba, y queda, en el pueblo desde la última estampida masiva de la emigración a América.
 Santoalla do Monte era ya hace cuatro años y hoy todavía más una desolada estampa de casas de pizarra que se desploman invadiendo las rúas de tierra cada vez que al tiempo, bastante malhumorado en invierno, le da por cabrearse.

En un extremo de este enclave apartado de casi todo vive un matrimonio anciano con dos de sus cuatro hijos varones.
 En otro, están la casa y la tierra que compraron hace unos 16 años los holandeses.
Al principio todos eran amigos.
Los forasteros compartían mesa y mantel con los Rodríguez y reinaba una armonía que quedó retratada, como recuerda el alcalde socialista de Petín, Miguel Bautista, en la escena de la matanza del cerdo del documental La Aldea: entre lo antiguo y lo nuevo, elaborado en 2000 por el cineasta Ignacio Vilar.
El último año, en cambio, Martin se afanaba en escribir el guión de otro filme, Escuela para sobrevivir en Santoalla, donde amenazaba con denunciar en clave de humor la tensión que reinaba en el lugar, los vertederos que cegaban el río y el total abandono al que, decía, condenaba a la localidad el Gobierno municipal.
La rivalidad con los vecinos, que según Martin degeneró en chirriante rencor, se originó por la propiedad de los montes comunales.
 Los Verfondern reclamaron en los tribunales sus derechos sobre 500 hectáreas.
Sobre la madera de los pinos y también sobre la fuerza del viento, después de que una eólica prometiese unos 6.000 euros a los del pueblo por cada uno de los 25 molinos que quería instalar.
Cuatro meses antes de desaparecer, jamás salía de su vivienda sin “una grabadora de vídeo en posición stand by
La ley, recuerda el regidor socialista de Petín, Miguel Bautista, dice que para ser comunero “la chimenea tiene que echar humo al menos seis meses al año”.
 Y, en esas condiciones, en Santoalla solo había dos viviendas. El ambiente, supuestamente por esta causa, se volvió irrespirable.
 Las dos familias cruzaron denuncias. Según contaban los gallegos, ellos también llevaban golpes. Efectivamente, existen vídeos grabados y difundidos por el propio Martin en los que se puede ver alguno de esos choques violentos, aunque se intuye que el holandés también los provocaba.
La víctima decía  protegerse de algo que definía como “terrorismo rural”
A pesar de lo mal que se llevaban, la familia natural de Petín, interrogada en su día por la Guardia Civil, siempre ha negado tajante tener algo que ver con la misteriosa ausencia del extranjero.
 Hoy, alguno de sus miembros todavía dice que, en el fondo, lo querían.
La denuncia por la falta de Verfondern la presentó un israelí que aprendía en su casa agricultura biológica.
 Era uno más entre las decenas de voluntarios internacionales, desde ejecutivos y abogados hasta profesores y libreros, que contactaban con la pareja por Internet para cambiar de vida por unos días. Tras la desaparición de su pareja, Margo Pool, que el día de los hechos declaró que estaba en Alemania (cuidando de un tío de Martin enfermo de alzheimer), no se planteó marchar de Santoalla. Sigue viviendo aislada cuando cae la nieve, cultiva la huerta y cría su rebaño de cabras
. Los animales le hacen compañía mientras espera, con una calma que a muchos les cuesta comprender, noticias sobre su marido.
Martin Verfondern, en Petin en 2009. / pedro agrelo
La que ahora ya se sabe viuda no suele llorar.
Puede hacer cábalas sobre las causas de la muerte de su esposo sin perder la compostura.
Aunque en los primeros meses de ausencia se le quebraba la voz cuando confesaba que alguien le había venido con el cuento de que Martin podría estar “en Argentina, con otros alemanes, junto a otra mujer”.
 La idea de la traición sí le empañaba los ojos. Con el tiempo, y ante el fracaso de la orden de búsqueda internacional, se hizo firme en ella el convencimiento de que el holandés no era en absoluto errante, sino que el cadáver de aquel hombre empecinado seguía oculto en algún recodo de la imponente postal que se ve desde la carretera de Santoalla.
Los últimos testigos de su existencia vieron al holandés enfilando esta rizada vía, pasada la rotonda de Petín, después de hacer su compra en Lidl e intentar entrar en su Facebook —sin éxito porque fallaba la línea— en un cibercafé.
 Los amigos de Martin (en la comarca tenía unos cuantos) siempre habían pedido que se peinasen las rutas de montaña que partían desde el pueblo
. Aseguran que con un coche como el de él “se puede llegar hasta Portugal sin ser visto”. La Policía Judicial, por su parte, pensaba, y en esto acertó, que lo primero que aparecería, bajo el agua o entre matorrales, sería el coche, un Chevrolet Blazer único en la comarca, aparatoso y destartalado
. Este señalaría en el retorcido paisaje de montaña, cuajado de barrancos profundos y oscuros pantanos, el lugar en el que empezar a investigar lo que entonces todavía no se sabía si era accidente u homicidio. 
Desde el pasado miércoles 18, la primera opción está descartada.
 Dos guardias civiles que sobrevolaban la comarca de Valdeorras en labores de asistencia de un incendio forestal vislumbraron desde el helicóptero una mancha extraña en medio de un pinar del municipio de A Veiga, próximo a Petín.
 Se conoce que nadie había pasado por aquel punto del mapa durante todo este tiempo
. Los agentes enseguida pensaron en Verfondern y en el mamotreto a manchas que conducía, quizás porque el propio forense Serrulla les había refrescado la memoria con una búsqueda que organizó en marzo de este año, con resultado negativo, después de movilizar un sónar y dos cámaras especiales, geotérmica y de infrarrojos. 
A la mañana siguiente del hallazgo, los investigadores llegaron a pie a este lugar a 1.400 metros de altitud, conocido como Portela do Eixo.
 Y confirmaron al instante que aquel auto oxidado era el todoterreno verde claro, lijado en tiempos por su dueño para repintar, que habían buscado hasta la saciedad con perros de rastreo, buzos, equipos de rescate de alta montaña, partidas de voluntarios y cazadores de la zona. 
Curiosamente, durante estos años, la vista aérea del coche del labrador holandés había estado expuesta a ojos de quien fuese capaz de descubrirlo en el visor SigPac de imágenes de satélite; sobre un pequeño terreno de forma triangular limitado por dos cortafuegos y una de esas pistas de tierra que conectan con otras y llevan a todas partes “sin ser visto”.
 Los guardas forestales explican que quien condujo hasta aquel lugar el Chevrolet conocía bien el monte, sus usos y sus ritmos.
 En ese pinar no se da la caza, y los árboles que hay allí plantados son aún muy jóvenes. Podría pasar todavía una década antes de que sus dueños pensasen en ir a talarlos.
El titular del juzgado mixto número 2 de O Barco, Roberto Barba, empieza ahora desde el principio sus pesquisas sobre un suceso que ya se investigó en 2010 y que lleva dando que contar desde entonces a periodistas de varios países y rastreadores de misterios imposibles de desenredar.
 El juez, que ha declarado el secreto de sumario, afirma en un auto “con rotundidad absoluta” que Verfondern murió a manos de otras personas, y no hace otra cosa que buscarlas.
El holandés, socio de Amnistía Internacional, colaborador de un proyecto transfronterizo de agricultura ecológica, comparte espacio ahora en la unidad de Antropologia Forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia (Verín, Ourense) con el cadáver de un narco venezolano que apareció congelado 11 días antes, en un piso de Ponteareas (Pontevedra), con las piernas amputadas para que cupiese en el arcón
. A Serrulla ya lo apodan el Bones (Huesos) gallego, aunque se presenta en todas partes con su instrumental de siempre metido en el entrañable maletín que le regaló su padre al terminar la carrera. En sus recursos, más bien escasos, nada tiene que ver con la serie estadounidense.
Es prácticamente seguro que el esqueleto hallado en el pinar de A Veiga, compatible con el de un varón de mediana edad y estatura aproximada a la de la víctima, es el de Verfondern, pero la confirmación definitiva, si hay que esperar a la prueba de ADN, podría llegar tras el verano.
 De todas formas, según el protocolo, en estos casos lo primero que se hace es buscar radiografías y fichas dentales fiables, que en esta ocasión quizás aparezcan en Holanda o Alemania.
 Con ellas en la mano, un antropólogo forense puede llegar a determinar en pocas horas la identidad sin margen de error.
 Hace cuatro años no había cuerpo del delito
. Ahora están el vehículo, el esqueleto devorado, el ordenador y otros enseres del difunto que aparecieron a poca distancia del coche junto a una fogata.
Y los agentes de Criminalística están convencidos de que aparecerán huellas y de que quienes lo mataron “no eran profesionales”.
Más que un crimen perfecto, como se le podía considerar hasta ahora, el de Verfondern es un homicidio en el que los autores han tenido, simplemente, buena suerte.
 “Creyeron que con quemar los asientos delanteros, donde es probable que hubiese sangre, borrarían todas las pistas”, comentan fuentes de la Guardia Civil en Ourense.
“También le prendieron fuego a una rueda y parte de la chapa, pero no funcionó porque el mal tiempo, puede que la nieve, apagó las llamas”.
 Los agentes atribuyen el traslado del coche y el cuerpo hasta este lugar solitario a “al menos dos personas”.
 Creen que la segunda conducía otro coche en el que huyeron luego. Desde aquel día, los autores de la muerte adivinada de Martin Verfondern callan como tumbas
. Pero la Guardia Civil está convencida de que en el coche van a aparecer señales, y que “en cuanto se concrete una prueba, alguno se va a derrumbar”.

 

Esa tendencia abominable................................................. Javier Marías

A Del Bosque y a esos jugadores ahora execrados se les debería tener un agradecimiento inamovible.

No es la primera vez que escribo de esto y me temo que no será la última, dado que la abominable tendencia, lejos de remitir, no hace sino ir en aumento e invadir todos los campos.
 Empezó siendo algo propio del deporte. En cuanto un compatriota gana algo, lo primero que hacen prensa y buen número de aficionados no es felicitarlo y congratularse, sino preguntarle por la próxima hazaña, como si la que acaba de lograr, por ya lograda, no valiera de nada
. Una vez más lo vimos hace poco, cuando Nadal obtuvo su noveno título de Roland Garros, algo que ningún tenista había conseguido nunca.
Sí, claro, hubo unos parabienes someros y una hinchazón de elogios huecos, pero en seguida se pasó a pedirle un décimo campeonato dentro de un año; a hacer cálculos sobre si podría, con la edad que tiene, alcanzar las suficientes victorias en torneos de Grand Slam como para batir el récord de Federer, que ha acumulado diecisiete (mientras que Nadal “sólo” lleva catorce).
 Otro tanto sucedió con el Real Madrid cuando se alzó con su décima Copa de Europa, doce años después de la novena.
 Los periodistas e hinchas imbéciles, los que jamás hacen nada de mérito, tardaron unos diez minutos en agobiar a los jugadores inquiriéndoles por la undécima
. Así ocurre casi siempre. Estoy harto de ver a ciclistas que llegan muertos a la meta tras vencer en un Tour o en un Giro, a los que, sin dejarles ni recobrar el aliento, una pandilla de cretinos con micrófono azuzan: “Qué, y ahora a por el siguiente, ¿no?”
 Me maravillan la educación y la paciencia de la mayoría de deportistas, que en lugar de mandarlos a la mierda (lo que se merecen), dan un sorbo a una botella y contestan a duras penas lo obvio:
 “Bueno, vamos a disfrutar un poco de este triunfo”. Si yo fuera uno de ellos estaría seguramente en la cárcel, tras haber estrangulado a algún reportero con el manillar de la bici.
Cuando ustedes lean esto habrá terminado la fase de grupos del Mundial de Brasil, y se sabrá qué ha sido de la selección.
 Yo lo escribo poco después de su derrota por 1-5 ante Holanda, la cual ha llevado a medio país a escarnecer a Del Bosque y a sus futbolistas, a jubilarlos a todos, a hablar de humillación, ridículo mundial y demás exageraciones.
 Lo que no veo es que nadie se haya parado a pensar lo que yo pensé en cuanto acabó ese partido y empezaron a correr los comentarios del tipo: “Holanda y Robben se vengan con saña”.
 Porque veamos, ¿ustedes creen que Robben y cualquier holandés no habrían firmado gustosos ganarle a España la Final de 2010 en Sudáfrica, por 1-0 y en la prórroga, y a cambio perder por 1-5 el primer encuentro del Mundial siguiente, el actual de Brasil?
A mí no me cabe duda de que sí
. Aquel partido de cuatro años atrás suponía un título, el mayor entre selecciones, mientras que el de ahora son sólo tres puntos, con posibilidad de enmienda.
 Vencer en aquella Final significaba que España pasase a engrosar la exigua lista de naciones que alguna vez han sido Campeonas del Mundo, algo que aún le falta a Holanda, con sus tres finales perdidas a lo largo de la historia
. ¿Creen que Holanda y Rob­ben estaban en condiciones de “vengarse”? Por seguir con el término, la única “venganza” posible por la pérdida de un título es un enfrentamiento en el que ese mismo título esté otra vez en juego. Y no ha sido el caso.
A Del Bosque y a esos jugadores ahora execrados se les debería tener un agradecimiento inamovible. Aunque hayan sido eliminados a las primeras de cambio –espero que no, lo ignoro– y con tres goleadas.
 Da lo mismo.
Hay cosas tan difíciles y admirables que bastan para justificar una existencia, y nada puede anularlas. La última novela que publicó García Márquez en vida, Memoria de mis putas tristes, era bastante irrisoria y cursi, aunque los críticos no se atrevieron a decirlo y la pusieron por las nubes.
 Pero ese borrón ni salpicó al autor: diez novelas igual de malas no habrían menoscabado El amor en los tiempos del cólera ni Crónica de una muerte anunciada.
 Quien las escribió merece gratitud y admiración infinitas.
 Flaubert publicó muy pocas novelas, pero bastan dos de ellas para que conserve hasta el final de los libros un lugar de honor en la historia de la literatura.
 Ahora hay la abominable tendencia a considerar que sólo cuenta el presente.
 O ni siquiera: lo venidero.
 Así, de un escritor que ha hecho obras maestras se exclama con alborozo “Está acabado” si las más recientes no llegan a tanto.
Como si Shakespeare o Conrad, Cervantes o Faulkner hubieran estado siempre a la misma altura (todos tienen algún patinazo, pero eso, al lado de sus cimas, no importa nada; son éstas las que continúan iluminando a una generación tras otra, y van unas cuantas).
Los futbolistas de la selección han ganado dos Eurocopas y un Mundial seguidos. ¿No basta?
 No, en este país estúpido, deshonesto, perezoso y desagradecido no basta.
 Aquí nunca nada es suficiente, ni siquiera lo que acaba de acontecer, que se ve ya como “pasado”. La maldita pregunta
“¿Para cuándo la próxima?” delata a una sociedad insaciable, es decir, descontenta consigo misma y mezquina con casi todos.
Si cada uno hiciera lo suyo con honradez y competencia –lo suyo modesto y anónimo–, probablemente no habría tanto desprecio ni tanta ansia de revancha contra los que destacan.


 Parece que aquí nada brindara más placer que ver a los mejores “darse el batacazo”, desprestigiados y caídos.
elpaissemanal@elpais.es

 

28 jun 2014

Koons pulveriza récords en Nueva York................................................ Irene Crespo


'Mujer en la bañera', una de las esculturas incluidas en 'Jeff Koons: a retrospective'. / timothy a. clary (afp)

En octubre próximo, el Museo Whitney de Nueva York se despedirá de la que ha sido su sede durante 48 años.
 El edificio de hormigón diseñado por Marcel Breuer en el Upper East Side pasará a ser una extensión del Metropolitan y el Whitney se mudará, en la primavera de 2015, a un espacio nuevo, más amplio y adecuado para las grandes dimensiones (y ambiciones) del arte contemporáneo.
 Como un centro de exposiciones dedicadas al arte estadounidense, guarda cierta lógica que el canto del cisne del viejo Whitney sea una muestra de Jeff Koons, quintaesencia del creador americano de éxito, poseedor del récord en una subasta para un artista vivo, que logró el pasado noviembre cuando su escultura Balloon dog (Orange) se adjudicó en Christie’s por más de 58 millones de dólares (42,5 millones de euros). La muestra, titulada sencillamente Jeff Koons: a retrospective, se podrá ver hasta el 19 de octubre y viajará después al Pompidou y al Guggenheim de Bilbao.
Para que no decaigan los superlativos, la exposición quedará en los anales como la mayor retrospectiva dedicada a un único artista por el Whitney.
Y es la primera consagrada a su legado en la ciudad en que vive.
 “No queríamos dejar el edificio mirando atrás con nostalgia. Queríamos hacer algo audaz que fuera nuevo para el Whitney, para Jeff y para Nueva York”, dice Scott Rothkopf, comisario de la antológica.
Jeff Koons, en la presentación a la prensa de la exposición. / timothy a. clary (afp)
Cuatro años le ha costado organizar esta gran retrospectiva que recorre toda la carrera del artista, “desde su serie de 1978 hasta obras terminadas literalmente la semana pasada”, explica.
Han hecho falta tres semanas, con equipos trabajando los siete días en turnos de 11 horas, para meter y colocar las más de 150 piezas que se exhiben, cuyo coste, “millones de dólares”, el museo prefiere no revelar. Espera, además, que marque un récord de asistencia.
La faraónica tarea de encapsular la trayectoria de Koons ya la emprendió el Guggenheim de Nueva York a finales de los noventa, pero fracasó por el excesivo coste y las elevadas exigencias de Koons. El artista, que ha tardado 20 años en acabar su última obra, Play-Doh, porque no daba con el material correcto que imitara la famosa plastilina, tiene unos altos estándares de calidad. Y siempre quiere más.
Como dice Adam D. Weinberg, director del Whitney: “Jeff Koons es el Andy Warhol de su tiempo”. Y no solo porque también eleve el objeto cotidiano y los motivos populares —una aspiradora, una colchoneta, un Popeye— a piezas (carísimas) de museo, sino porque, además, ha sido un adelantado a su tiempo, al influir, por ejemplo, en Damien Hirst.
 Y, como Warhol o Dalí, Koons ha hecho de él mismo su mejor obra.
“Esto es lo que quería en este momento de mi vida”, explicó el autor con su perenne sonrisa durante la presentación a la prensa.
“Tengo 59 años, y [con esta retrospectiva] puedo compartir mi diálogo con el arte con otros artistas jóvenes.
 Creo de verdad en el arte; me ha enseñado a ser mejor persona”, dijo.
Cada serie de la obra de Jeff Koons corresponde a una etapa vital; nunca ha puesto límites entre lo personal y lo profesional. Celebration, por ejemplo, la más famosa, se la dedicó a su hijo, cuando su exesposa, ex actriz porno y expolítica, Cicciolina, se lo llevó a Italia.
 Aprendió la lección de Dalí, su primer ídolo y por quien empezó a pintar:
“Mi experiencia con él me hizo sentir que podía hacer lo que quisiera. Puedes tener una vida y el arte puede ser el centro de tu vida”.
'Play Doh' (1994-2014), una de las obras de Koons en la muestra.
Por eso, la muestra se ha organizado de una manera “tradicional, cronológicamente”, dice Rothkopf. Y de abajo arriba: “Las salas de este edificio son más grandes según subes y la escala del trabajo de Koons también”.
 Y está todo, desde las pequeñas Flores hinchables de 1978, su primera obra, o las aspiradoras en vitrinas de The new hasta Gorilla o la serie Balloon dog, pasando por Celebration o su época más controvertida, cuando creó, precisamente para el Whitney, Made in Heaven. En ella, interpretaba con Cicciolina una película porno.
“Es como juntar a la familia”, afirma al ver toda su obra desplegada cronológicamente por primera vez.
 “Cada uno es como un hijo; cada uno es único, tienen su propio espíritu, pero comparten ADN”. En su obsesión por los materiales y por incluir al espectador en la obra está el código genético de su carrera, a la que no ve final.
 “Esta exposición es una plataforma para el futuro.
Creo en el trabajo que hay aquí y espero que otra gente pueda encontrar un significado, pero para mí es el futuro. Espero tener otras tres décadas, quizá más, para crear arte, y ser capaz de hacer uso de mi libertad como individuo”, señala.
Esas son las esperanzas que los gerentes del museo cifran en el nuevo Whitney. Situado en el moderno barrio de Meatpacking, al sur de Manhattan, ha sido diseñado por Renzo Piano para albergar piezas de gran formato y otros sueños salvajes.