Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

19 abr 2014

El mundo empieza a despedir a Gabo


Una mujer lleva unas flores a la casa del escritor en México. / R. Valtierra

Mercedes Barcha, la compañera de vida de Gabriel García Márquez, pasó el día después de la muerte del escritor rodeada de familiares y amigos en su casa del sur de la Ciudad de México, en un barrio que se asemejaba este viernes, por sus calles empedradas y los árboles en flor, a un pueblito en plena primavera.
 Aquí vivían juntos desde hace más de tres décadas.
 Los dos teléfonos móviles de Barcha no pararon de sonar durante todo el día. El cuerpo del escritor había sido incinerado horas antes en una funeraria cercana, a unas cuantas calles del domicilio, en una ceremonia privada de la que no se conocen más detalles.
La despedida pública del Nobel de Literatura, en cambio, se antoja multitudinaria
. El lunes por la tarde será homenajeado en el Palacio de Bellas Artes, en el centro histórico de la ciudad en la que residía desde la década de los sesenta.
 Allí se han rendido honores a otros grandes de la cultura local como Mario Moreno Cantinflas o el también escritor Carlos Fuentes, despedidos como príncipes.
 El presidente de México, Enrique Peña Nieto, y su homólogo de Colombia, Juan Manuel Santos, estarán presentes en el que se espera masivo homenaje al colombiano más mexicano, como muchos se vanaglorian en decir en el mundillo cultural de la capital, mientras en su país natal se guardan tres días de luto oficial y mandatarios y personalidades de todo el mundo envían sus condolencias.
  La ceremonia del lunes será la más importante de la multitud de actos en recuerdo del escritor y su obra que se esperan en distintos países, que coinciden con la celebración, el próximo miércoles 23, del Día Internacional del Libro.
El escritor será homenajeado en el Palacio de Bellas Artes el lunes por la tarde.
 Allí se ha rendido homenaje a otros grandes de la cultura como Mario Moreno Cantinflas o Carlos Fuentes
Hasta el homenaje del lunes, no habrá más que silencio por parte de la mujer y los dos hijos del matrimonio, Gonzalo y Rodrigo.
 Este último escuchó desde la puerta de la vivienda, con gesto grave, cómo una funcionaria de la cultura mexicana anunciaba que el cuerpo del novelista iba a ser incinerado y pedía respeto y privacidad para los suyos
. Jaime Abello Banfi, un amigo personal del escritor y director de la escuela de periodistas que deja como legado, se pronunció en ese mismo sentido, recalcando que la familia quiere vivir momentos de tranquilidad durante el fin de semana.
El periodista mexicano Jacobo Zabludovsky, de 86 años, fue de los pocos que hablaron al salir de la vivienda donde el escritor murió el jueves pasando el mediodía.
Señaló que en el interior la familia buscaba tranquilidad y abstraerse un poco del ruido que ha generado la desaparición de uno de los escritores más laureados y queridos del mundo.
Zabludovsky estuvo en Estocolmo acompañando a García Márquez en la ceremonia en la que le otorgaron el Premio Nobel de Literatura, en 1982.
 Pero no guarda en su memoria con tanto cariño ese día —en el que el colombiano rompió el protocolo y recogió el galardón vestido de blanco— como de la mañana siguiente.
 Los dos fueron juntos a corroborar el premio literario más importante del mundo ante un notario sueco y allí les ofrecieron réplicas de la medalla que un día antes había colgado del cuello del escritor.
 Mercedes Barcha les regaló una a todos los presentes. Al salir de la casa este viernes, le preguntaron a Zabludosky qué iba a hacer con su copia. “¿Qué quiere que haga? ¡Quedármela!”, contestó con la fuerza aplastante de la lógica. Dijo que su amigo era uno de esos personajes singulares y privilegiados que deja un mundo mejor que el que encontraron al nacer.

¿Y cuál fue la última vez que se vieron los dos amigos? “Hace un par de meses en una reunión de unas cuantas personas.
 Era siempre un motivo de fiesta, de alegría”, señaló el comunicador, seguramente refiriéndose al 87 cumpleaños del escritor colombiano. Cada año, el matrimonio, que tenía más bien una vida pública discreta, celebraba por todo lo alto la efeméride.
No por conocida, la historia de cómo se fraguó en México el libro más celebrado del escritor, Cien años de soledad, ha perdido interés.
 Ya casi forma parte del epílogo del libro. Camino a Acapulco, la playa más cercana al DF, a poco más de 400 kilómetros en carretera, el escritor colombiano cayó en la cuenta del estilo en el que tenía que empezar a escribir su novela más ambiciosa. Se dio la vuelta sin pisar la arena ni ver el mar y se encerró en una habitación de su apartamento del DF a escribir compulsivamente.
Vendió el coche y dejó en manos de Barcha la precaria economía familiar
. De ser un escritor interesante y con talento, un meritorio al lado de otras figuras entonces más conocidas como Mario Vargas Llosa o Julio Cortázar, García Márquez pasó a ser una celebridad
. Un hombre agasajado por la calle. Querido. Amado. Buscado. Esa fama, en ocasiones, le molestaba.
“Hay dos lugares que son estupendos: México, porque es una ciudad tan grande y tan compleja que ya no se sabe si estoy o no estoy.
Entonces cuando voy a escribir me llevo mis maletas para México y me encierro allá y escribo tranquilamente allá.
 Y, además, allá tengo mi biblioteca de trabajo
. Y luego la costa, donde no me ponen ni cinco de bolas.
 Me saludan, me dicen y tal pero nadie se detiene a soltarme la filosofía”, le contó un día Gabriel García Márquez al periodista barranquillero Ernesto McCausland.
La ciudad monstruosa en la que podía esconderse aguarda hasta el lunes para despedirle como uno de los más grandes.
 Aunque le fastidiara.

luto en la tierra y en macondo Muere Gabriel García Márquez: genio de la literatura universal

  • El escritor y periodista colombiano fallece en Ciudad de México a los 87 años. Obtuvo el Nobel en 1982 gracias a obras como 'Cien años de soledad'

Desaparece uno de los grandes escritores del siglo XX.
 El narrador y periodista colombiano, ganador del Nobel en 1982, fue el creador de obras clásicas como 'Cien años de soledad', 'El amor en los tiempos del cólera', 'El coronel no tiene quien le escriba', 'El otoño del patriarca' y 'Crónica de una muerte anunciada'.
Nació en Aracataca el 6 de marzo de 1927 y fue el artífice de un territorio eterno llamado Macondo donde conviven imaginación, realidad, mito, sueño y deseo
. Con él la literatura abrió rutas maravillosas.
 Fue uno de los protagonistas de la universalización del 'boom' de la novela hispanoamericana

18 abr 2014

Espias de Verdad...................................Arturo pérez Reverte....

No supieron morir de otra manera

Me quedan vivos un par de amigos espías, o que lo fueron, o están a pique de dejar de serlo. Espías de verdad, quiero decir, de los de antes, con alguno de los cuales comparto intensos recuerdos africanos que, hace ya diez o quince años, mencioné por encima en esta misma página. Con otro de ellos, más reciente, comí hace poco para charlar de nuestras cosas; y en el transcurso de la conversación me pidió que algún domingo dedicara un recuerdo a los siete compañeros que -noviembre de 2003, hace poco se cumplieron diez años- murieron en el combate de Latifiya, Iraq.
 Y aquí me tienen ustedes. Cumpliendo. 
Eran espías de verdad, no hurones de cloaca especialistas en Corinnas, Bárbaras y braguetas reales. Tengo ante mí en este momento la carta de uno de ellos a su familia; y yo mismo, que vivo de contar historias, no podría narrar mejor lo que aquellos siete compatriotas nuestros, más el que sobrevivió del grupo, hacían allí, en un podrido rincón del mundo.
 Si han visto ustedes aquella película -buenísima- de Leonardo DiCaprio y Russell Crowe sobre agentes en Iraq, dejarán poco espacio a la imaginación: hacían exactamente lo mismo, con la diferencia de que, en vez de tener detrás el respaldo de la nación más poderosa del mundo, tenían lo que ustedes y yo tenemos aquí.
 Fotografiaban a miembros de Al Qaeda cuando salían de las mezquitas, se entrevistaban con líderes chiítas radicales, vestían como árabes, trataban con traficantes de armas y asesinos, falsificaban los documentos de sus propios coches, bebían cerveza camuflada en latas de refresco, dormían con una pistola debajo de la almohada y salían cada día a la calle, a hacer su trabajo -eran humildes soldados de España, sin uniforme, en misión en el extranjero- pensando que quizá ése iba a ser el día en que los secuestraran y llevaran a una casa remota, escondida; y allí, donde nadie pudiera oír sus gritos, los torturaran durante días, como a bestias, antes de degollarlos ante una cámara de vídeo para que sus padres, mujeres e hijos pudieran verlo a gusto en Internet.
 Hacían todo eso que dije antes, cada día, recorriendo Bagdad, tragándose el miedo mientras escuchaban canciones de Sabina en el radiocasete del coche, o como se llame eso ahora.
 Hacían su trabajo con valor y decencia. Se ganaban el jornal.
 Hasta que un día, en la ruleta de la suerte, o de la vida, salió su número. 
Hay por ahí unos viejos versos un poco cursis, pero cuyo final es hermoso: No supieron querer otra bandera / no supieron morir de otra manera.
 Y así sucedieron las cosas aquel día en la localidad de Latifiya, cuando los malos -en toda guerra, no importa el bando, el malo siempre es quien te dispara- les tendieron una emboscada.
 Iban cuatro comandantes, dos brigadas y dos sargentos: ocho hombres en dos coches
. Los estaban esperando y los achicharraron a tiros.
 No fue un atentado de hola y adiós, sino un ataque militar prolongado, con intensa potencia de fuego: Kalashnikovs contra pistolas y un par de subfusiles de corto alcance.
 Con los coches a un lado de la carretera, medio volcados y hundidas las ruedas en el barro, los supervivientes se reagruparon como pudieron, manteniendo la cohesión del grupo según habían aprendido en la escuela militar, tumbados en el fangal, defendiéndose como gatos panza arriba, tiro a tiro. 
Tres ya estaban muertos, otro se desangraba.
 Los supervivientes enlazaron con Madrid por teléfono satélite, pero allí sólo pudieron transmitir las coordenadas a los americanos y escuchar disparos hasta que se cortó la comunicación
. Prosiguió el combate bajo un fuego intenso, ya sin otra esperanza que vender caro el pellejo, no regalarlo.
 Sin munición, encasquillado el subfusil, un sargento recibió orden de buscar ayuda o encontrar un coche que funcionara. «Si sales ahora te van a freír», le dijeron
. Lo último que oyó, a su espalda, fue: «Me han dado». Después, disparando sus últimos cartuchos, los que aún podían disparar lo cubrieron mientras corría agazapado. Casi lo matan cien veces, pero logró salir de la zona de fuego. 
Los otros siguieron disparando hasta agotar la munición y morir uno tras otro. Los atacantes tuvieron que rematarlos con granadas.
 Cuando el superviviente volvió al lugar con una patrulla de la policía iraquí, sus compañeros estaban muertos. Todos, exactamente en el mismo lugar en que los había dejado combatiendo. 
Eran ocho españoles. Estaban muy lejos de casa, haciendo su trabajo, y murieron resignados y profesionales, como quienes eran
. Como supieron ser. Se llamaban Zanón, Merino, Martínez, Lucas, Baró, Rodríguez, Vega y Sánchez
. No está de más que hoy los recordemos en esta página.

Una pasión llamada Fidel

La primera vez que Gabriel García Márquez escuchó el nombre del líder cubano fue en 1955, cuando compartía exilio en París con un grupo de intelectuales latinoamericanos.

Fidel Castro y Gabriel García Márquez, hacia 1985, portada del libro 'Gabo y Fidel. El paisaje de una amistad', de Ángel Esteban y Stéphanie Panichelli.

La primera vez que Gabriel García Márquez escuchó el nombre de Fidel Castro fue en 1955.
 Por aquel tiempo el escritor compartía exilio en París con un grupo de intelectuales latinoamericanos y cada uno esperaba la caída de su propio dictador, por eso cuando una mañana el poeta cubano Nicolás Guillén abrió la ventana de su habitación y gritó: “¡Se cayó el hombre!”, cada cual pensó que se trataba del suyo propio.
 Los paraguayos creyeron que era Stroessner, los nicaragüenses, Somoza, los colombianos, Rojas Pinilla, los dominicanos, Trujillo, y así una lista interminable.
 Al final resultó ser Juan Domingo Perón y, poco después, charlando sobre el asunto Guillén le confesó a García Márquez que no tenía muchas esperanzas de ver el fin de Batista en Cuba.
 Fue entonces cuando el poeta le habló por primera vez de un joven llamado Fidel que acababa de salir de la cárcel tras asaltar el cuartel Moncada.
Tres años después, García Márquez estaba en Caracas viviendo como reportero el primer año de Venezuela sin Marcos Pérez Jiménez, y en eso llegó la noticia del triunfo de Castro.
 Dos semanas más tarde él y Plinio Apuleyo Mendoza se embarcaron en un avión con un grupo de periodistas rumbo a La Habana.
 García Márquez acabaría formando parte del núcleo fundacional de la agencia Prensa Latina, creada en el verano de 1959 por Jorge Ricardo Masetti y el Che Guevara, y desde entonces su relación con Cuba y con Fidel Castro, casi lo mismo para García Márquez, pues la isla y su amistad con el líder cubano eran para él cosas inseparables.
“La primera vez que lo vi con estos ojos misericordiosos fue en aquel mismo año grande e incierto de 1959, y estaba convenciendo a un empleado del aeropuerto de Camagüey de que tuviera siempre un pollo en la nevera para que los turistas gringos no se creyeran el infundio imperialista de que los cubanos nos estamos muriendo de hambre”, contó García Márquez de su primer encuentro con el líder cubano.
Como periodista de Prensa Latina, al principio, y como defensor de la causa de revolución por el mundo, cuando ya era un escritor famoso, a lo largo de los años García Márquez trenzó una relación de amistad muy especial con el líder cubano, hasta el punto de que llegó a ser su confesor y consejero literario, su cómplice para mediar en conflictos de la región e incluso su enviado en misión secreta a Estados Unidos durante el Gobierno de Bill Clinton.
Cuando García Márquez y su esposa Mercedes empezaron a viajar a Cuba con más frecuencia, Castro puso a su disposición una de las lujosas residencias de protocolo del reparto Cubanacán en La Habana, casona que enseguida se convirtió en centro de reunión y conspiración, actividad que a ambos apasionaba y que cultivaron sin medida mientras tuvieron salud.
En una de esas veladas hasta el amanecer en la mesa del jardín, Castro y el escritor colombiano concibieron la aventura de crear una escuela de cine y televisión para estudiantes del Tercer Mundo que sirviera de contrapoder a la “cinematografía imperialista”.
 Surgió así en 1985 la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano bajo la dirección del premio Nobel, y un año después la escuela, donde García Márquez impartió desde el primer día un taller de guión que se hizo legendario y que llevaba el nombre de Como se cuenta un cuento. Francis Ford Coppola, Robert Redford o Costa-Gavras fueron algunos de los cineastas que pasaron por allí a participar en talleres, cursos y seminarios.
En Cuba el autor de Cien años de soledad cultivó todo tipo de amigos, desde cineastas como Julio García Espinosa a comandantes como el legendario Barbarroja, Manuel Piñeiro, durante años responsable de la organización y apoyo de las guerrillas y movimientos de liberación de América Latina.
 Pero aquella casa, más que todo, era refugio para Fidel, quien lo visitaba sin previo aviso, la mayoría de las veces de madrugada, para hablar de cualquier cosa durante horas seguidas.
 “A veces entraba en tromba con un hambre desaforada, y una vez se comió 28 bolas de helado”, solía contar el escritor.
Sus relaciones privilegiadas le permitieron mediar ante Castro para las cosas más disímiles, desde sacar de la isla al escritor Norberto Fuentes —amigo de Tony La Guardia y Arnaldo Ochoa, oficiales cubanos fusilados en 1989—, a conseguirle a un amigo periodista una entrevista con Fidel.
Durante la IV Cumbre Iberoamericana de Cartagena de Indias, en 1994, Gabo paseó junto a su amigo en coche de caballos por las calles pese a la amenaza de atentado que había contra el líder cubano, y cuatro años más tarde, al visitar la isla el Papa Juan Pablo II, Castro lo invitó a sentarse a su lado durante la misa que el Pontífice ofició en la Plaza de la Revolución ante un millón de cubanos.
También realizó discretas gestiones ante Clinton durante la crisis de los balseros —en el curso de una cena veraniega en 1994 con el expresidente norteamericano en casa del escritor William Styron en Martha’s Vineyard— y en 1997, tras los atentados con bomba contra varios hoteles de La Habana, sirvió de correo a Castro para enviar un mensaje a Clinton que posibilitó que ambos países establecieran intercambios secretos de cooperación antiterrorista durante algún tiempo.
En su casa habanera, junto a obras de grandes pintores cubanos como Víctor Manuel o Amelia Peláez, García Márquez tenía un cuadro pintado por Tony La Guardia que este le regaló.
 El Nobel colombiano, que había sido su amigo, no quitó el óleo de la pared después de su fusilamiento por traición.
En Cuba Gabo tenía bula.
 En público y en privado era crítico con la burocracia y con muchas cosas del socialismo cubano que no le gustaban. Pero siempre, desde que lo vio por primera vez convenciendo a un camarero en el aeropuerto de Camagüey, fue fiel a su amigo Fidel.