Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

18 abr 2014

Espias de Verdad...................................Arturo pérez Reverte....

No supieron morir de otra manera

Me quedan vivos un par de amigos espías, o que lo fueron, o están a pique de dejar de serlo. Espías de verdad, quiero decir, de los de antes, con alguno de los cuales comparto intensos recuerdos africanos que, hace ya diez o quince años, mencioné por encima en esta misma página. Con otro de ellos, más reciente, comí hace poco para charlar de nuestras cosas; y en el transcurso de la conversación me pidió que algún domingo dedicara un recuerdo a los siete compañeros que -noviembre de 2003, hace poco se cumplieron diez años- murieron en el combate de Latifiya, Iraq.
 Y aquí me tienen ustedes. Cumpliendo. 
Eran espías de verdad, no hurones de cloaca especialistas en Corinnas, Bárbaras y braguetas reales. Tengo ante mí en este momento la carta de uno de ellos a su familia; y yo mismo, que vivo de contar historias, no podría narrar mejor lo que aquellos siete compatriotas nuestros, más el que sobrevivió del grupo, hacían allí, en un podrido rincón del mundo.
 Si han visto ustedes aquella película -buenísima- de Leonardo DiCaprio y Russell Crowe sobre agentes en Iraq, dejarán poco espacio a la imaginación: hacían exactamente lo mismo, con la diferencia de que, en vez de tener detrás el respaldo de la nación más poderosa del mundo, tenían lo que ustedes y yo tenemos aquí.
 Fotografiaban a miembros de Al Qaeda cuando salían de las mezquitas, se entrevistaban con líderes chiítas radicales, vestían como árabes, trataban con traficantes de armas y asesinos, falsificaban los documentos de sus propios coches, bebían cerveza camuflada en latas de refresco, dormían con una pistola debajo de la almohada y salían cada día a la calle, a hacer su trabajo -eran humildes soldados de España, sin uniforme, en misión en el extranjero- pensando que quizá ése iba a ser el día en que los secuestraran y llevaran a una casa remota, escondida; y allí, donde nadie pudiera oír sus gritos, los torturaran durante días, como a bestias, antes de degollarlos ante una cámara de vídeo para que sus padres, mujeres e hijos pudieran verlo a gusto en Internet.
 Hacían todo eso que dije antes, cada día, recorriendo Bagdad, tragándose el miedo mientras escuchaban canciones de Sabina en el radiocasete del coche, o como se llame eso ahora.
 Hacían su trabajo con valor y decencia. Se ganaban el jornal.
 Hasta que un día, en la ruleta de la suerte, o de la vida, salió su número. 
Hay por ahí unos viejos versos un poco cursis, pero cuyo final es hermoso: No supieron querer otra bandera / no supieron morir de otra manera.
 Y así sucedieron las cosas aquel día en la localidad de Latifiya, cuando los malos -en toda guerra, no importa el bando, el malo siempre es quien te dispara- les tendieron una emboscada.
 Iban cuatro comandantes, dos brigadas y dos sargentos: ocho hombres en dos coches
. Los estaban esperando y los achicharraron a tiros.
 No fue un atentado de hola y adiós, sino un ataque militar prolongado, con intensa potencia de fuego: Kalashnikovs contra pistolas y un par de subfusiles de corto alcance.
 Con los coches a un lado de la carretera, medio volcados y hundidas las ruedas en el barro, los supervivientes se reagruparon como pudieron, manteniendo la cohesión del grupo según habían aprendido en la escuela militar, tumbados en el fangal, defendiéndose como gatos panza arriba, tiro a tiro. 
Tres ya estaban muertos, otro se desangraba.
 Los supervivientes enlazaron con Madrid por teléfono satélite, pero allí sólo pudieron transmitir las coordenadas a los americanos y escuchar disparos hasta que se cortó la comunicación
. Prosiguió el combate bajo un fuego intenso, ya sin otra esperanza que vender caro el pellejo, no regalarlo.
 Sin munición, encasquillado el subfusil, un sargento recibió orden de buscar ayuda o encontrar un coche que funcionara. «Si sales ahora te van a freír», le dijeron
. Lo último que oyó, a su espalda, fue: «Me han dado». Después, disparando sus últimos cartuchos, los que aún podían disparar lo cubrieron mientras corría agazapado. Casi lo matan cien veces, pero logró salir de la zona de fuego. 
Los otros siguieron disparando hasta agotar la munición y morir uno tras otro. Los atacantes tuvieron que rematarlos con granadas.
 Cuando el superviviente volvió al lugar con una patrulla de la policía iraquí, sus compañeros estaban muertos. Todos, exactamente en el mismo lugar en que los había dejado combatiendo. 
Eran ocho españoles. Estaban muy lejos de casa, haciendo su trabajo, y murieron resignados y profesionales, como quienes eran
. Como supieron ser. Se llamaban Zanón, Merino, Martínez, Lucas, Baró, Rodríguez, Vega y Sánchez
. No está de más que hoy los recordemos en esta página.

Una pasión llamada Fidel

La primera vez que Gabriel García Márquez escuchó el nombre del líder cubano fue en 1955, cuando compartía exilio en París con un grupo de intelectuales latinoamericanos.

Fidel Castro y Gabriel García Márquez, hacia 1985, portada del libro 'Gabo y Fidel. El paisaje de una amistad', de Ángel Esteban y Stéphanie Panichelli.

La primera vez que Gabriel García Márquez escuchó el nombre de Fidel Castro fue en 1955.
 Por aquel tiempo el escritor compartía exilio en París con un grupo de intelectuales latinoamericanos y cada uno esperaba la caída de su propio dictador, por eso cuando una mañana el poeta cubano Nicolás Guillén abrió la ventana de su habitación y gritó: “¡Se cayó el hombre!”, cada cual pensó que se trataba del suyo propio.
 Los paraguayos creyeron que era Stroessner, los nicaragüenses, Somoza, los colombianos, Rojas Pinilla, los dominicanos, Trujillo, y así una lista interminable.
 Al final resultó ser Juan Domingo Perón y, poco después, charlando sobre el asunto Guillén le confesó a García Márquez que no tenía muchas esperanzas de ver el fin de Batista en Cuba.
 Fue entonces cuando el poeta le habló por primera vez de un joven llamado Fidel que acababa de salir de la cárcel tras asaltar el cuartel Moncada.
Tres años después, García Márquez estaba en Caracas viviendo como reportero el primer año de Venezuela sin Marcos Pérez Jiménez, y en eso llegó la noticia del triunfo de Castro.
 Dos semanas más tarde él y Plinio Apuleyo Mendoza se embarcaron en un avión con un grupo de periodistas rumbo a La Habana.
 García Márquez acabaría formando parte del núcleo fundacional de la agencia Prensa Latina, creada en el verano de 1959 por Jorge Ricardo Masetti y el Che Guevara, y desde entonces su relación con Cuba y con Fidel Castro, casi lo mismo para García Márquez, pues la isla y su amistad con el líder cubano eran para él cosas inseparables.
“La primera vez que lo vi con estos ojos misericordiosos fue en aquel mismo año grande e incierto de 1959, y estaba convenciendo a un empleado del aeropuerto de Camagüey de que tuviera siempre un pollo en la nevera para que los turistas gringos no se creyeran el infundio imperialista de que los cubanos nos estamos muriendo de hambre”, contó García Márquez de su primer encuentro con el líder cubano.
Como periodista de Prensa Latina, al principio, y como defensor de la causa de revolución por el mundo, cuando ya era un escritor famoso, a lo largo de los años García Márquez trenzó una relación de amistad muy especial con el líder cubano, hasta el punto de que llegó a ser su confesor y consejero literario, su cómplice para mediar en conflictos de la región e incluso su enviado en misión secreta a Estados Unidos durante el Gobierno de Bill Clinton.
Cuando García Márquez y su esposa Mercedes empezaron a viajar a Cuba con más frecuencia, Castro puso a su disposición una de las lujosas residencias de protocolo del reparto Cubanacán en La Habana, casona que enseguida se convirtió en centro de reunión y conspiración, actividad que a ambos apasionaba y que cultivaron sin medida mientras tuvieron salud.
En una de esas veladas hasta el amanecer en la mesa del jardín, Castro y el escritor colombiano concibieron la aventura de crear una escuela de cine y televisión para estudiantes del Tercer Mundo que sirviera de contrapoder a la “cinematografía imperialista”.
 Surgió así en 1985 la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano bajo la dirección del premio Nobel, y un año después la escuela, donde García Márquez impartió desde el primer día un taller de guión que se hizo legendario y que llevaba el nombre de Como se cuenta un cuento. Francis Ford Coppola, Robert Redford o Costa-Gavras fueron algunos de los cineastas que pasaron por allí a participar en talleres, cursos y seminarios.
En Cuba el autor de Cien años de soledad cultivó todo tipo de amigos, desde cineastas como Julio García Espinosa a comandantes como el legendario Barbarroja, Manuel Piñeiro, durante años responsable de la organización y apoyo de las guerrillas y movimientos de liberación de América Latina.
 Pero aquella casa, más que todo, era refugio para Fidel, quien lo visitaba sin previo aviso, la mayoría de las veces de madrugada, para hablar de cualquier cosa durante horas seguidas.
 “A veces entraba en tromba con un hambre desaforada, y una vez se comió 28 bolas de helado”, solía contar el escritor.
Sus relaciones privilegiadas le permitieron mediar ante Castro para las cosas más disímiles, desde sacar de la isla al escritor Norberto Fuentes —amigo de Tony La Guardia y Arnaldo Ochoa, oficiales cubanos fusilados en 1989—, a conseguirle a un amigo periodista una entrevista con Fidel.
Durante la IV Cumbre Iberoamericana de Cartagena de Indias, en 1994, Gabo paseó junto a su amigo en coche de caballos por las calles pese a la amenaza de atentado que había contra el líder cubano, y cuatro años más tarde, al visitar la isla el Papa Juan Pablo II, Castro lo invitó a sentarse a su lado durante la misa que el Pontífice ofició en la Plaza de la Revolución ante un millón de cubanos.
También realizó discretas gestiones ante Clinton durante la crisis de los balseros —en el curso de una cena veraniega en 1994 con el expresidente norteamericano en casa del escritor William Styron en Martha’s Vineyard— y en 1997, tras los atentados con bomba contra varios hoteles de La Habana, sirvió de correo a Castro para enviar un mensaje a Clinton que posibilitó que ambos países establecieran intercambios secretos de cooperación antiterrorista durante algún tiempo.
En su casa habanera, junto a obras de grandes pintores cubanos como Víctor Manuel o Amelia Peláez, García Márquez tenía un cuadro pintado por Tony La Guardia que este le regaló.
 El Nobel colombiano, que había sido su amigo, no quitó el óleo de la pared después de su fusilamiento por traición.
En Cuba Gabo tenía bula.
 En público y en privado era crítico con la burocracia y con muchas cosas del socialismo cubano que no le gustaban. Pero siempre, desde que lo vio por primera vez convenciendo a un camarero en el aeropuerto de Camagüey, fue fiel a su amigo Fidel.

 

Muere Gabriel García Márquez: genio de la literatura universal

Muere Gabriel García Márquez: genio de la literatura universal

 

Macondo existe:

Dicen que Aracataca desembocó en el disfraz de otro nombre porque al niño Gabo le atraía cada vez que pasaban por delante el cartel de una finca bananera.

María Magdalena Bolaño, de 97 años, fue la nana de Gabriel García Márquez. / Daniel Mordzinski

Todo queda a mano en Aracataca
. Todo a un paso. Aunque en mitad del trayecto que lleva del Instituto Picardía a la estación, uno pueda caer víctima del soponcio por ese calor húmedo que aprieta y reblandece hasta convertir en gelatina interna, el improbable calcio de los huesos.
Por eso extraña más
. Por eso no deja de llamar la atención que la inmensa e inabarcable dimensión de Macondo saliera un día de aquel olvidado trozo de terruño al que llegaron aquellos gitanos guiados por Melquiades y portadores de todas las claves de la sabiduría, así como de las orillas donde defecaran los cocodrilos, se confundieran sin parar todas las costumbres y el niño Gabo, Gabito, recorriera agolpando en el radar de sus sentidos cada olor, cada vestigio de vida, cada sonido animal y vegetal, hasta ensancharlo para dejar boquiabierto al mundo como su vasto territorio imaginario.
Sin embargo ya nadie en el planeta saca a colación los demás significados de dicha palabra encomendada al solar de su magia
Dicen que Aracataca desembocó en el disfraz de otro nombre porque al niño Gabo le atraía cada vez que pasaban por delante el cartel de una finca bananera.
 Lo relata en sus memorias, Vivir para contarla.
 “El tren hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino, que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo.
 Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética”.
Lo de menos era enterarse de qué se trataba: “Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera que significaba…
Lo había usado ya en tres libros, como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual, que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina.
 Más tarde, descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyika existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquel podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí el árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca”.
Sin embargo ya nadie en el planeta saca a colación los demás significados de dicha palabra encomendada al solar de su magia. Macondo ya para siempre es el territorio inventado por García Márquez.
 Y ese territorio está inspirado en la ciudad donde nació en el Nobel en 1923.
 Allí, junto a su casa, uno puede imaginar sus diarios recorridos.
 Allí sigue en pie la iglesia donde fue bautizado en la Plaza Bolívar. Un espacio —no la iglesia, la plaza— cuyos jardines fueron construidos gracias a la financiación de las putas que lo frecuentaban.
Con una de tantas crisis, escasearon los clientes y las peleas fueron habituales
. Por cada riña, el alcalde las conminó a aportar una cantidad que serviría para plantar árboles o acotar jardineras, como cuenta Rubiela Reyes, guía local.
 Seguido está la calle de los turcos, que más que turcos eran libaneses o sirios católicos despistados. Habían cambiado el calor seco del desierto por el húmedo borbotón de la selva a miles de kilómetros de distancia de sus orígenes.
Por allí se dejaban caer los mandamases de la United Fruit Company antes y después de la matanza bananera que asoló el lugar en diciembre de 1928
Allí estaba el teatro Olimpia, por allí sigue viviendo Magdalena Bolaño, la niñera del escritor, quien aún lo recuerda como muy tremendo, y un poco más alejado, a la derecha, la ruta que lleva al colegio María de Montessori, donde Gabo cuenta que le costó mucho aprender a leer
. Una prueba que logró pasar cuando se adentró en un volumen polvoriento que andaba por la casa y que mucho tiempo después descubriría que se trataba de Las mil y una noches.
Justo enfrente, al parecer, don Nicolás Márquez, coronel retirado que insufló para siempre en él cierta fascinación por el poder y otros enigmas desde que le regalara su primer diccionario, nada más soltar al crío en manos de sus maestras, se dejaba querer por una de sus amantes en la casa de enfrente. Fue un secreto que el nieto jamás reveló a nadie
. Quizás por lealtad, quizás por no ver sufrir a su abuela Tranquilina.
Vicios menores y negocios mayores dejaban constancia de la inclinación hacia las mujeres de este personaje que fue primer héroe de Gabito.
 Un hombre cercano, curioso y avispado para desenvolverse entre las filas del liberal Rafael Uribe, caudillo que dio mucho juego posterior al autor de Cien años de soledad
. El abuelo Nicolás, aparte de sus aficiones por la gramática en un país donde al menos cuatro presidentes de la república habían publicado compendios sobre la materia en sus años de juventud, parece ser que regentó un burdel dedicado a prestar servicios a los extranjeros en las afueras del pueblo.
 No muy alejado de la estación, aquel antro se dio en llamar con un guiño de elegancia La academia de baile.
Aracataca fue fundiéndose en la ciénaga terrenal de una irremediable decadencia
Por allí se dejaban caer los mandamases de la United Fruit Company antes y después de la matanza bananera que asoló el lugar en diciembre de 1928
. Silenciada entonces para no alentar la rabia de todos los sindicalistas del país que hubieran podido levantarse en armas, pasó de puertas para afuera como una anécdota y quedó grabada en el lugar como una supurante sombra de silencio.
Sólo años después, certificado por el Departamento de Estado en EE UU, se supo que por aquellos altercados se había llevado a cabo una matanza indiscriminada con más de 1.000 víctimas bajo orden del presidente Miguel Abadía Méndez.
A partir de entonces nada volvió a ser lo mismo. Aracataca fue fundiéndose en la ciénaga terrenal de una irremediable decadenci
a. Hasta que aquel niño, testigo inquieto de las epopeyas calladas que protagonizaron los suyos, elevó aquel lugar a los cielos inmortales de la literatura con otro nombre.
 El que resuena hoy en todos los oídos con un eco de luto conocido como Macondo.

 

 

La última aparición de García Márquez

El pasado 6 de marzo, con motivo de su 87 cumpleaños, el escritor colombiano se dejó ver en público.

 

Gabriel García Márquez en la puerta de su domicilio el pasado 6 de marzo / Atlas

El escritor colombiano Gabriel García Márquez celebró el pasado 6 de marzo su 87 cumpleaños en su residencia de la capital mexicana.
En la que fue su última aparición pública, el nobel de Literatura se asomó a la puerta de su domicilio para atender a los seguidores, vecinos y periodistas allí congregados, que le cantaron las Mañanitas (canción de cumpleaños típica de México) y lo celebraron con flores y pasteles.
El autor, que no hizo declaraciones, escuchó sonriente las felicitaciones con un ramo de rosas amarillas entre las manos y aplaudió al finalizar la canción.