Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

11 abr 2014

El tiempo libre ha muerto

En un mundo en el que trabajar demasiado no basta, estar ocupado y renegar del ocio se ha convertido en el símbolo de estatus definitivo.

Un marinero de huelga en Londres para poner fin a la semana laboral de 56 horas. Eso era en mayo de 1966. Casi 50 años más tarde, el problema se ha universalizado / Reg Speller  (Getty Images)

El ocio ha muerto. El ocio anhelado, el tiempo libre ansiado,  son eso, deseos
. Lo cool ahora es asumir la pose de no-tengo-tiempo-para-nada, el no-me-da-la-vida, el necesito-días-de-más horas.
  Es el busier than thou (más ocupado que tú; un juego de palabras con el Holier than thou inglés). Y la historia no es que esto se haya convertido en nuestra realidad, que también, sino que vivir estresado está de moda e implica estatus. Estar abrumado por el exceso de trabajo es algo así como una insignia de honor.
Así hemos visto que actúa EE UU y así se lo hemos copiado. Como casi siempre.
¿Cuándo fue la última vez que alguien dijo: 'No estoy haciendo gran cosa'? Si lo dice, tendemos a pensar que es un perdedor. La gente no tiene que estar tan ocupada pero estarlo se ha convertido en un símbolo de estatus
-Brigid Schulte, autora de Overwhelmed: work, love and play when no one has time
Este, al menos, es el punto de partida de Brigid Schulte en su reciente libro Overwhelmed: work, love and play when no one has time (traducible como Abrumados: trabajo, amor y juegos cuando nadie tiene tiempo)
. La autora, del Washington Post, vio que cada vez más sus compañeras no tenían tiempo para nada. Fue entonces cuando se puso a investigar por qué y cómo ha cambiado nuestra sociedad para que algo fundamental como los momentos de ocio hayan sido dilapidados por la vorágine laboral y familiar.
 Y no es un fenómeno solo femenino (vale que las cargas familiares suelen recaer más en las mujeres) o de padres (ha recopilado estudios que indican que ahora pasan más tiempo con sus hijos –ellos y ellas– que en los años sesenta y sesenta–llamativo porque ellas mayoritariamente eran amas de casa– quizás por esa sensación de compensar el tiempo de trabajo). Tal y como escribe Schulte:
“Piensa en cómo nos hablamos:
–¿Cómo estás?
–Hasta arriba. ¿Tú?
–Tan liado que apenas puedo respirar.
¿Cuándo fue la última vez que alguien dijo: 'No estoy haciendo gran cosa'? Si lo dice, tendemos a pensar que es un perdedor
. Y particularmente en Estados Unidos donde muchas personas se definen a sí mismas por su trabajo, por lo que hacen, por lo mucho que hacen y por lo mucho que hacen más que tú. Un sociólogo, que estudia la forma en la que gastamos el tiempo, asegura que la gente no tiene que estar tan ocupada pero que esto se ha convertido en un símbolo de estatus.
 Quería entender si era cierto y por qué. Al principio pensé que era un fenómeno de las personas que viven en las grandes ciudades.
 Yo vivo en Washington DC y aquí todo el mundo es un adicto a un trabajo de primera categoría. Me preguntaba si sería diferente en la América rural, donde pensé que tal vez la vida sería algo más lenta”, le explica Schulte a ICON.
Pero el resultado fue que no. Lo que la periodista encontró en Fargo (Dakota del Norte) fue la gente estaba también “casi compitiendo por estar ocupado”.

Las mujeres, la tecnología y los ochenta

Creamos ocupaciones cuando podemos no necesitarlas porque necesitamos encajar, mostrar que somos tan importantes y tan dignos como los demás
“Las ocupaciones en los Estados Unidos son reales. Las horas de trabajo para los trabajadores con educación universitaria han ido en aumento desde la década de los ochenta, mientras que los trabajadores en el extremo inferior del espectro socioeconómico han sufrido dificultades tratando de encontrar suficiente trabajo para llegar a fin de mes, teniendo que improvisar dos y tres puestos de trabajo.
 Al mismo tiempo, los salarios se han estancado y el coste de la vida ha seguido aumentando.
 El precio de la matrícula universitaria se ha disparado casi un 900% desde la década de 1980 y nadie, fuera del 1%, ha tenido un aumento de 900% en sus salarios”, cuenta la periodista y escritora.
A todo esto, prosigue, hay que sumar la incorporación de la mujer al mercado laboral, lo que ha provocado que las familias trabajen más horas y hagan más malabarismos para compaginar el trabajo remunerado y el no remunerado, y la crisis y la incertidumbre respecto al futuro de las familias. Además, añade, “EE UU tiene una cultura devota del trabajo.
 Creamos ocupaciones cuando podemos no necesitarlas porque necesitamos encajar, mostrar que somos tan importantes y tan dignos como los demás.
 En otros países diversos estudios muestran una creciente presión del tiempo, que no hay tiempo suficiente en el día. Y parte de eso se debe a que las culturas laborales y políticas de todo el mundo todavía tienen que ponerse al día con la realidad de las familias trabajadoras. Recompensar a los trabajadores que llegan temprano, a los que se quedan hasta tarde y comen en sus mesas como si eso los hiciera los mejores trabajadores, incluso cuando la ciencia ha demostrado que el rendimiento no tiene porque ser necesariamente real
. Un escritor lo dijo mejor: A menudo esperamos trabajar como si no tuviéramos familias y tenemos familias como si no trabajáramos”.
El otro por qué llega con la tecnología. Un arma de doble filo, define Schulte, porque “Nos ha dado  libertad para trabajar de una manera nueva pero, al mismo tiempo, el flujo de información, la atracción adictiva del email y las redes sociales, y la incapacidad de apagar el trabajo puede hacernos sentir constantemente bajo presión y sin tiempo”. Pero, señala la escritora, hay tres grandes culpables: Nuestros empleos, nuestras expectativas y nosotros mismos. “El estrés y el agobio proviene de la incapacidad de predecir y de la incapacidad de controlar. A menudo estamos ciegos ante la realidad de nuestra situación en lugar de reaccionar. Los seres humanos están programados para conformarse. Somos criaturas sociales y así es como sobrevivimos y evolucionamos. Pero tenemos que preguntarnos si realmente queremos ajustarnos a estas presiones que están chupando todo nuestro tiempo y acaban con nuestra energía”.

¿Qué será del ocio?

El ocio está en peligro. Lo vemos como algo tonto. Vemos lo que queremos y luego empezamos a alardear de que estamos demasiado ocupados como para dedicarnos a ello
¿Está en peligro el tiempo libre? En EE UU sí, responde categórica. “Se ve como algo tonto, sin importancia, improductivo e incluso estúpido.
 Vemos lo que queremos y luego empezamos a alardear de que estamos demasiado ocupados como para dedicarnos a ello”, señala. Los hábitos de ocio en su país, prosigue, han pasado de comercializar productos como una semana de aventuras para pasar a ser de un fin de semana, de un par de horas. “Las campañas están dirigidas a tratar de conseguir que la gente salga a la calle unos minutos a la hora del almuerzo”.
Algo que contrasta con el siglo pasado cuando el estatus lo daba la cantidad de tiempo libre:
“Bill Gates se jactaba de cómo dormía debajo de su escritorio y abandonó el golf porque estaba trabajando todo el tiempo
. Y ahora todos estamos tratando de seguir su ejemplo”, ejemplifica Schulte.
Sin embargo, dice, por este lado del charco aún hay esperanza.
 “Hay países como España donde se ha mantenido el valor del ocio
. Allí hay gente que trata de proteger la cultura de tomarse tiempo para descansar y recargar en lugar de estar trabajando todo el tiempo”, explica. “O Dinamarca, que ha hecho de la felicidad, el ocio y el bienestar sus metas nacionales.
 Muchos países europeos tienen políticas que garantizan largos periodos de vacaciones pagadas. Eso en EE UU no existe”.
Hay países como España donde se ha mantenido el valor del ocio y la cultura de tomarse tiempo para descansar y recargar. O Dinamarca, donde la felicidad, el ocio y el bienestar son metas nacionales
Una realidad, cuenta, que conoció al encontrarse con una mujer estadounidense que había vivido y trabajado en España varios años antes de volver a EE UU.
 “Me dijo que cuando vivía en España se sentía más a gusto cuando tenía tiempo libre. Ella fue capaz de relajarse y disfrutar de sí misma.
 Pero que una vez que regresó a Estados Unidos si no tenía su agenda llena de cosas cada minuto, como todo el mundo hace, se sentía ansiosa
. Ella también sintió incluso que en su tiempo libre tenía que estar haciendo algo que valiera la pena, aprender algo, hacer ejercicio, mejorarse... Es lo que los investigadores llaman ocio "intencional". Lo pasaba mal dejando que el día pasara. Eso es común aquí, es un sentimiento que entiendo. Y creo que nos estamos perdiendo el dejar que la vida se desarrolle en todos sus misterios y la belleza del momento normal por estar siempre sintiendo que cada momento tiene que estar programado y ser útil”.
Bill Gates se jactaba de cómo dormía debajo de su escritorio y cómo dejó el golf porque estaba trabajando todo el tiempo y ahora todos estamos tratando de seguir su ejemplo

Las soluciones

Parar, frenar y reflexionar sería un primer paso sin duda. En su libro, Brigid Schulte funde investigaciones y anécdotas para más que un mero libro de autoayuda, radiografiar nuestra vida cotidiana. “La solución requiere dos líneas de acción: el cambio social y el cambio individual. Y en ambos frentes, sostengo en mi libro, tenemos que rediseñar el trabajo, reimaginar nuestras relaciones en el hogar y recuperar el valor del ocio” porque, agrega, nuestra civilización se ha creado en los momentos de ocio. “La rueda, el arte, la filosofía, la política, la creatividad, la innovación, el pensamiento para resolver problemas viejos con nuevas maneras… Todo surge cuando no estamos corriendo como locos en la rueda de hámster o tenemos nuestras narices presionadas contra la pantalla del ordenador. Eso viene en los descansos, cuando soñamos despiertos, en el ocio. Cuando estamos en reposo, nuestros cerebros son en realidad más activos”, afirma.
Por esos sus consejos van en tres direcciones. En el trabajo son los líderes (aquellos a los que emulamos, dice) los que deben dar ejemplo y “tienen que repensar la forma en que trabajamos”; en el amor hay que desterrar los prejuicios de estatus laboral y compartir la carga familiar; y en el juego y el ocio como base para sentirse mejor.
 Es lo que nos hace humanos, garantiza. “Piensa que la lista de tareas seguirá creciendo hasta el día de tu muerte .
 Nunca vas a llegar al final de la lista de tareas pendientes. Así que hay que darle la vuelta y poner la alegría en primer lugar, el resto después”
. Esa es la clave, pero no hay receta mágica sobre cómo hacerlo aunque la periodista nos da algunas recetas en su libro aunque ¿realmente tenemos tiempo para leerlo?

 

Banderas, compositor de marchas de Semana Santa


Antonio Banderas, en la catedral de Albacete, donde la Banda Sinfónica ha interpretado tres obras compuestas por el actor. / EFE

Antonio Banderas ha llegado a España para cumplir con su ritual de Semana Santa.
 Anoche asistió en la Catedral de Albacete, al estreno de varias de las marchas que él mismo ha compuesto, en un concierto de la Banda Sinfónica Municipal de Albacete tras el que ha confesado haberse sentido "muy emocionado".
En declaraciones a los medios al término del concierto, que se ha celebrado en una Catedral, Banderas ha definido como un "hobby" esta nueva faceta y ha detallado que uno de los temas que han interpretado "es una marcha que compuse unos días después de la muerte de mi padre, no sabía que la iban a interpretar y ha sido quizás la más emocionante".
El actor ha desvelado que esta marcha será también interpretada este año en las calles de su ciudad natal, Málaga.
Antonio Banderas ha valorado que la interpretación de sus marchas por la Banda Sinfónica Municipal de Albacete le ha parecido "magnífica" y ha detallado que "compongo a piano, como un hobby, ya que paso muchas horas en hoteles y ahí es donde hago los arreglos, pero las compongo en piano, aunque después las voy pasando por todos los instrumentos".
Ha explicado que se han estrenado en la Catedral de Albacete porque en la Semana Santa de Málaga conoció a Francisco Grau, director de la Banda Sinfónica Municipal de esta ciudad castellano-manchega, y le comentó "que había compuesto algunas cosas".
"Las escuchó y me propuso arreglarlas para ser tocadas por hombres reales, no digitales", ha indicado Banderas.
"Es la primera vez que las escucho en un concierto en directo y ha sido una sensación muy bonita, ya conocéis mi conexión con la Semana Santa de mi tierra", ha valorado el actor y director que ha detallado que "quería marchas que se alejaran del folclorismo".
A preguntas de los medios sobre esta nueva faceta profesional ha indicado que "no sé si voy a ser compositor más allá del ámbito de la Semana Santa, empezó como un hobby".
Antonio Banderas continuará la Semana Santa en Málaga donde como todos los años saldrá en procesión.

Silencio, se maltrata Por: Miguel Lorente Acosta .........................................del blog Autopsia

Silencio, se maltrata

Por:
SILENCIONo es que hayan vuelto a las andadas, es que sus pasos siempre avanzan por el camino de regreso a un tiempo anterior para intentar desandar el progreso de la sociedad, de ahí que el machismo haya cambiado de mensaje a lo largo del tiempo, pero manteniendo siempre su posición de poder y referencia como eje sobre el que hacer girar la convivencia y las relaciones sociales. Unos giros mucho más intensos y rápidos conforme el contexto de la relación se reduce, lo mismo que el patinador aumenta la velocidad de las vueltas sobre el hielo cuando junta sus brazos al cuerpo.
El silencio ha sido el mayor cómplice de la violencia que las mujeres han sufrido a lo largo de la historia, la invisibilidad sólo ha sido una de sus consecuencias. La violencia siempre ha existido, y los entornos de las mujeres que la sufrían lo han sabido en todo momento, pero no se ha reconocido porque se decía a las mujeres que callaran, que no denunciarán ni lo contaran, que era algo normal del matrimonio, que en el fondo sus maridos las querían mucho, pero que el amor a veces se equivoca de camino y en lugar de en los besos termina en golpes, que por eso hace llorar quien bien quiere... Que era el alcohol, las drogas o los celos quienes maltrataban, que esta vida era de lágrimas, pero en la otra dios dirá…
El silencio ha escrito las páginas de la violencia de género, nunca tantas palabras calladas dijeron tanto, ni nunca el aire fue tan opaco e impenetrable.
 Cada palabra abría una vía de esperanza, pero luego llegaban los silenciadores que las apagaban para ocultarlas entre las sombras del hogar, de manera que nadie pudiera ver lo que todo el mundo sabía. De este modo silencio e invisibilidad formaron la sociedad anónima que hoy tenemos, productora infatigable de violencia de género y discriminación a partir de la materia prima de la desigualdad.
La cultura ha creado ese juego de luces y espejos para ocultar a las mujeres tras sus roles, y para mostrar su mundo a través del filtro del significado que la sociedad da a cada acontecimiento de su realidad. Esa es la razón por la que las tareas domésticas no han sido valoradas como trabajo, ni las capacidades de las mujeres admitidas como bienes comunes para la sociedad, y por ello tampoco los golpes dados por sus parejas han sido considerados como violencia...
 Todo ello forma parte de la normalidad que la cultura ha creado para ese escenario doméstico en el que las mujeres se desenvuelven bajo la supervisión y el control de un hombre.
 De ahí ese mensaje tan divino para los hombres que se lanza desde la Iglesia: "cásate y sé sumisa", o lo que es lo mismo, "cásate y somete", en versión original masculina. De este modo, ellas se ganan el cielo y ellos la Tierra, porque el mejor paraíso siempre ha sido el terrenal.
La situación está tan normalizada que los estudios sociológicos sobre la realidad de la violencia de género realizados desde el Ministerio de Igualdad, reflejan que la mayoría de las mujeres que sufren esta violencia no denuncia (78%). Los motivos principales para no hacerlo, según lo entiende la propia sociedad, son el miedo (el 61% así lo cree) y la vergüenza (19%). Podrían sacarse muchas conclusiones, pero ¿qué clase de sociedad tenemos para además de dar cabida a la violencia de género, hacer que las mujeres que la sufren callen por miedo y por vergüenza?
Las palabras están presentes en la violencia de género, es la respuesta de las mujeres cuando se les pregunta si acudirían a alguien tras sufrir estas agresiones: el 49% se lo diría a un familiar y el 8% a una amiga.
Por lo tanto, hay palabras, también signos producidos por los golpes, y muchas evidencias que revelan el maltrato, sin embargo permanece invisible debido al efecto de quien impone el silencio para que los trapos sucios manchados con la sangre de las mujeres maltratadas se laven en casa.
Esa ha sido su táctica a lo largo de la historia, ocultar la realidad de la violencia de género para presentar lo invisible como inexistente.
La estrategia se completa cuando luego se justifican aquellos casos de violencia que por sus características o circunstancias traspasan la barrera del silencio y llegan a los ojos de la gente. Entonces es el alcohol, las drogas o los trastornos mentales lo que causan la violencia, cuando no es la propia mujer la responsable. Es lo que afirma el 34% de la sociedad al considerar que las mujeres que son maltratadas frecuentemente son culpables por no dejar la relación; para esa gente nada importa el silencio impuesto, la complicidad callada de los entornos, el miedo que genera el violento, el daño emocional que acompaña a los golpes, la distancia a la que se ve la sociedad cuando se vive en una isla hundida...
Por eso el machismo quiere el silencio a gritos y el posmachismo lo reivindica, de hecho, el acontecimiento que revolucionó la actitud de la sociedad ante la violencia de género fue la respuesta al asesinato de Ana Orantes
. Una respuesta que abrió las primeras grietas en el muro levantado por la cultura violenta de la desigualdad, y por las que se colaron las palabras que empezaron a iluminar las oscuras sombras de los violentos, y su idea del “todo queda en casa”.
Por eso ahora piden volver al silencio, no hay nada más que ver sus tuits y comentarios. No quieren que hablemos de desigualdad y de violencia de género.
 Quieren que no escribamos blogs, ni libros, ni tuits… que callemos para hacer del eco ausente la demostración de su mentira. Ellos (y ellas), en cambio, sí pueden continuar imponiendo valores, conductas y palabras a través de blogs, tuits y libros… Por eso quienes nunca se habían preocupado de la violencia de menores, hombres, ancianos… ahora hablan de ellas, no porque les importen, sino para que no se hable de violencia contra las mujere
s. Quieren mantener sus privilegios y para ello necesitan la desigualdad; y la desigualdad sólo se pueden mantener por medio de la violencia.
Los mismos estudios el Ministerio de Igualdad revelan que sólo un 0’7% de la población no ha oído hablar nunca de violencia de género, es decir, el 99’3% sí sabe de esta violencia, sin embargo, la respuesta generalizada ha sido el silencio.
Para el posmachismo “el camino se hace al desandar” y la mejor palabra es la que no se dice...
 Así todo continúa en silencio y en el mismo lugar.

La fiebre de las pulseras de goma.........................Del Blog de Mamas and the Papas


La fiebre de las pulseras de goma

Por: | 10 de abril de 2014
Pul

Hace un mes no sabía nada de ellas. Esto era un lunes.
 Ese mismo jueves, las veía por todas partes. Me refiero a las pulseritas de goma que se han puesto de moda entre los niños con un furor que no recuerdo haber vivido antes, ni con chapas, peonzas o cualesquiera otras modas efímeras infantiles.
 Mire donde mire, veo niños tricotar como si no hubiera un mañana, con bastidores, con bolis, con tenedores, con los dedos y armados con unas agujas que recuerdan exactamente a las que usaban nuestras abuelas para el ganchillo.
Igual en unos días ya nadie se acuerda, así que hablemos ahora de ellas.
Buscando y rebuscando por ahí, leo que el origen de estas pequeñas gomitas elásticas de colores que se trenzan de dos en dos, de tres en tres, de infinito a infinito, está en un domicilio en Novi (Michigan, EE UU). En concreto, en la casa de Cheong Choon Ng, un inmigrante malasio de origen chino que trabajaba como ingeniero de sistemas de seguridad para Nissan. Cuenta en Detroit Free Press que tuvo la idea cuando vio a sus hijas hacer pulseras con gomas del pelo.
 Pensó en diversos trenzados, en gomas más pequeñitas y, sobre todo, en un bastidor o telar (loom, en inglés). Voilá, la idea de su vida.
El telar triunfó entre sus hijas y sus amistades, hasta que alguien le animó a emprender para vender su invento.
 Tenía 10.000 dólares (unos 7.200 euros), demasiado poco para EE UU, así que miró hacia China, donde pudo fabricar los telares.
 En el verano de 2011, recibió en su casa un cargamento de una tonelada con gomas, telares de plástico y el resto de partes del kit, que fueron empaquetando él y su mujer en sus ratos libres.
 Nacía Rainbow Loom, que empezó a vender esos kits por internet.
 No les fue demasiado bien, porque la gente no sabía qué hacer con esas gomas y esos pequeños bastidores, así que colgó en Youtube algunos manuales.
 Ahí estaba la clave, en enseñar a usar el producto.
 En el verano de 2012, Rainbow Loom comenzó a convertirse en fenómeno cuando el propietario de una tienda de la franquicia de jugueterías Learning Express Toys le hizo un pedido
. A los dos días, otro. Al poco, numerosas jugueterías de la cadena se unieron a la fiebre
. Comenzaron los talleres y demostraciones en jugueterías y tiendas de artesanía.
Traje
El traje de marras.
Hasta el infinito
. La pequeña inversión de Cheong Choon Ng creció y, para el siguiente verano, el de 2013, había vendido un millón de kits -dos telares, 24 cierres, una aguja-gancho y 600 gomitas- a un precio de entre 15 y 17 dólares. Rainbow Loom ya vale millones. Cheon Choon deja Nissan, fabrica en China, dirige una empresa de 12 empleados, tiene 600 puntos de venta, hay miles, millones de diseños, no sólo de pulseras, todo tipo de abalorios e incluso trajes confeccionados con miles de gomitas.
 Salen imitadores y aparecen las consabidas demandas judiciales a los imitadores. El delirio.
Cuenta The New York Times en un reportaje que el éxito del tricotado de pulseras y otros abalorios desplazaba incluso a los vídeojuegos entre algunos niños y en algunos sitios en agosto de 2013.
 No sé desde cuándo están en España, ya he dicho que hace un mes ni las había visto, pero me dice mi compañera Cecilia que los dueños de las tiendas de todo-a-cien de su barrio le han dicho que se van a primera hora para hacer cola ante los distribuidores de las gomitas. Y me lo cre
o. He sido testigo de cómo un hincha furibundo devenido en jugador de fútbol colgaba a ratos las botas para trenzar, usando dos deditos como bastidor. En solitario o en grupo, en el patio del cole o en el parque, niños o niñas, de cinco años o de doce. Gomas por todas partes. Sobre todo en casa, donde te las vas encontrando por cualquier parte.
TortuY el caso es que me gusta. Por lo que tiene de trabajo manual, de ejercitar las manos. Porque es una alternativa a la pantalla, la que sea. Por lo que tiene de hipnótico un trabajo minucioso y repetitivo como el de las gomitas, que me recuerda mucho a cuando mi madre hacía punto. Supongo que algo hará el dedicar tanta atención a una sola cosa durante un buen rato seguido, igual mejora la capacidad de concentración
. Por la creatividad que le ponen a sus diseños cuando tienen cierta destreza. Porque se juntan varios y se ponen a tejer en corro y charlan y comentan, comparan, se relacionan. Y se lo pasan bien. ¿Qué más se le puede pedir a una humilde gomita?
Por: | 10 de abril de 2014
Pul

Hace un mes no sabía nada de ellas. Esto era un lunes. Ese mismo jueves, las veía por todas partes. Me refiero a las pulseritas de goma que se han puesto de moda entre los niños con un furor que no recuerdo haber vivido antes, ni con chapas, peonzas o cualesquiera otras modas efímeras infantiles. Mire donde mire, veo niños tricotar como si no hubiera un mañana, con bastidores, con bolis, con tenedores, con los dedos y armados con unas agujas que recuerdan exactamente a las que usaban nuestras abuelas para el ganchillo. Igual en unos días ya nadie se acuerda, así que hablemos ahora de ellas.
Buscando y rebuscando por ahí, leo que el origen de estas pequeñas gomitas elásticas de colores que se trenzan de dos en dos, de tres en tres, de infinito a infinito, está en un domicilio en Novi (Michigan, EE UU). En concreto, en la casa de Cheong Choon Ng, un inmigrante malasio de origen chino que trabajaba como ingeniero de sistemas de seguridad para Nissan. Cuenta en Detroit Free Press que tuvo la idea cuando vio a sus hijas hacer pulseras con gomas del pelo. Pensó en diversos trenzados, en gomas más pequeñitas y, sobre todo, en un bastidor o telar (loom, en inglés). Voilá, la idea de su vida.
El telar triunfó entre sus hijas y sus amistades, hasta que alguien le animó a emprender para vender su invento. Tenía 10.000 dólares (unos 7.200 euros), demasiado poco para EE UU, así que miró hacia China, donde pudo fabricar los telares. En el verano de 2011, recibió en su casa un cargamento de una tonelada con gomas, telares de plástico y el resto de partes del kit, que fueron empaquetando él y su mujer en sus ratos libres. Nacía Rainbow Loom, que empezó a vender esos kits por internet. No les fue demasiado bien, porque la gente no sabía qué hacer con esas gomas y esos pequeños bastidores, así que colgó en Youtube algunos manuales. Ahí estaba la clave, en enseñar a usar el producto. En el verano de 2012, Rainbow Loom comenzó a convertirse en fenómeno cuando el propietario de una tienda de la franquicia de jugueterías Learning Express Toys le hizo un pedido.
 A los dos días, otro. Al poco, numerosas jugueterías de la cadena se unieron a la fiebre. Comenzaron los talleres y demostraciones en jugueterías y tiendas de artesanía.
Traje
El traje de marras.
Hasta el infinito.
 La pequeña inversión de Cheong Choon Ng creció y, para el siguiente verano, el de 2013, había vendido un millón de kits -dos telares, 24 cierres, una aguja-gancho y 600 gomitas- a un precio de entre 15 y 17 dólares. Rainbow Loom ya vale millones. Cheon Choon deja Nissan, fabrica en China, dirige una empresa de 12 empleados, tiene 600 puntos de venta, hay miles, millones de diseños, no sólo de pulseras, todo tipo de abalorios e incluso trajes confeccionados con miles de gomitas. Salen imitadores y aparecen las consabidas demandas judiciales a los imitadores. El delirio.
Cuenta The New York Times en un reportaje que el éxito del tricotado de pulseras y otros abalorios desplazaba incluso a los vídeojuegos entre algunos niños y en algunos sitios en agosto de 2013. No sé desde cuándo están en España, ya he dicho que hace un mes ni las había visto, pero me dice mi compañera Cecilia que los dueños de las tiendas de todo-a-cien de su barrio le han dicho que se van a primera hora para hacer cola ante los distribuidores de las gomitas. Y me lo creo. He sido testigo de cómo un hincha furibundo devenido en jugador de fútbol colgaba a ratos las botas para trenzar, usando dos deditos como bastidor. En solitario o en grupo, en el patio del cole o en el parque, niños o niñas, de cinco años o de doce. Gomas por todas partes. Sobre todo en casa, donde te las vas encontrando por cualquier parte.
TortuY el caso es que me gusta. Por lo que tiene de trabajo manual, de ejercitar las manos. Porque es una alternativa a la pantalla, la que sea. Por lo que tiene de hipnótico un trabajo minucioso y repetitivo como el de las gomitas, que me recuerda mucho a cuando mi madre hacía punto. Supongo que algo hará el dedicar tanta atención a una sola cosa durante un buen rato seguido, igual mejora la capacidad de concentración. Por la creatividad que le ponen a sus diseños cuando tienen cierta destreza.
 Porque se juntan varios y se ponen a tejer en corro y charlan y comentan, comparan, se relacionan. Y se lo pasan bien. ¿Qué más se le puede pedir a una humilde gomita?