Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

23 feb 2014

Un mundo más triste y más lerdo...................................................... Javier Marías

Si lo que inventan los artistas es tan valioso, resulta contradictorio que se los trate en vida tan mal.

 

Algunas cosas son “así” desde hace tanto que casi nadie se para a pensar, ni se pregunta, quizá ni siquiera sabe por qué son de esa manera
. Hace unas semanas hable aquí de la piratería de libros, que en nuestro país chorizo va en lógico aumento, y por lo menos hubo reacciones.
 Unas sensatas, otras peregrinas e incomprensibles; no faltaron las airadas (“La cultura ha de ser gratis; dedíquese a otros menesteres para ganar dinero”), e incluso una compungida que se justificaba por su bajo nivel de ingresos y prometía abandonar la práctica en cuanto mejorara.
 Lo que pocos se plantean, me temo, es el motivo por el que las obras literarias, musicales, etc, pasan a ser del dominio público a los sesenta o setenta años, según los países, de la muerte de sus creadores. ¿Por qué constituyen una excepción en un mundo y en un sistema en los que todo se lega y se va heredando indefinidamente, de generación en generación y sin límite temporal ninguno?
 Las fortunas, el dinero, las tierras, las casas; la panadería, la zapatería, la empresa, la fábrica; el banco, los cuadros, el palacio y la modesta choza; el apartamento en la playa, los muebles, el reloj del bisabuelo y las joyas de la tatarabuela; el periódico familiar, la pastelería, el supermercado, las acciones …, todo se va dejando a los herederos ad aeternitatem.
He hablado de ello en otras ocasiones, pero tanto da mientras ningún gobierno se detenga a pensar en la injusticia que esto supone.
 ¿Por qué las obras artísticas, y por ende sus autores, sufren esta discriminación palmaria?
 Esas obras ni siquiera son compradas o ganadas, como la mayor parte de lo que he enumerado. Son “propiedades” en cierto sentido, pero no algo preexistente que pueda “adquirirse”, sino creado por quienes las conciben y realizan.
 Y, pese a eso, se ven castigadas, en comparación.
 Si la ley que las regula se aplicara a todo lo demás, no quedaría familia rica en el mundo, y la Duquesa de Alba carecería de patrimonio
. Si las obras de arte pasan al dominio público (es decir, pueden editarse y reproducirse libremente transcurridos esos sesenta o setenta años, y ya nadie paga por disfrutarlas ni –ojo– por explotarlas, utilizarlas y manipularlas, o hacer criminales “versiones” o “adaptaciones” de ellas), es justamente porque se las considera un bien para la humanidad de tal calibre que no se puede restringir sine die el acceso a ellas.
 Tan sólo se ven emparejadas –si acaso– con los grandes descubrimientos científicos que benefician a toda la especie: las vacunas, la penicilina, la anestesia, cosas así.
 Hasta cierto punto es comprensible
. Sería lamentable que no pudiéramos leer a Cervantes o a Shakespeare, ni oír a Beethoven o a Mozart, por las exigencias y cortapisas que impusieran sus más remotos descendientes, tal vez gente insensible y avariciosa y parásita.
 Pero también es una lástima que a nadie se le permita pasear por tal finca desde hace siglos porque pertenece a una familia que se la ha ido traspasando sin caducidad ni tope.
Si lo que inventan los artistas es tan descomunal y valioso que a sus herederos se les enajena por fuerza, a fin de que alcance a todos sin excepción, resulta contradictorio que a esos artistas se los trate en vida tan mal como se los trata hoy, y más aún por parte de un Gobierno iletrado y bárbaro como el actual de España.
Si lo que hacen es, o puede llegar a ser, tan extraordinario y enriquecedor que se impide que quede en manos privadas indefinidamente –repito, a diferencia de lo demás–, ¿cómo es que no son una especie protegida a la que se cuida? La mayoría sentimos una gratitud profunda hacia Cervantes y Shakespeare, Beethoven y Mozart, y pensamos que si estuvieran aquí los abrazaríamos, les rogaríamos que escribieran o compusieran más e intentaríamos facilitárselo al máximo.
“Por favor, no paguen impuestos”, les diríamos, por ejemplo, “que ya nos pagarán con creces con sus creaciones. Déjennos alguna más”.
 Claro que es imposible saber, en el presente, cuáles de nuestros contemporáneos seguirán siendo leídos al cabo de cuatro o dos siglos, cuáles beneficiarán de veras a la humanidad futura.
 Sin embargo, y por si las moscas, resulta que todas las obras, hasta las pésimas, están sujetas a la misma “condena”: no poder ser heredadas más que durante un tiempo determinado.
 En vista de lo cual, y lejos de otorgárseles a sus creadores algunas compensaciones y facilidades, la tendencia actual es a expoliarlos ya en vida, a privarlos de sus derechos o reducírselos, a tenerlos por unos caraduras y por individuos privilegiados (!). Shakespeare y Cervantes, Beethoven y Mozart, Velázquez y Caravaggio también tenían que pagar sus facturas, y la lista de genios que pasaron penurias es interminable
. Hoy nos entristece que Van Gogh no vendiera un cuadro, que Cervantes y Dickens visitaran la cárcel y se llenaran de deudas, habiendo hecho tanto por nosotros.
 De haber vivido en una época como la actual, en la que además es fácil esquilmarles sus escasas ganancias con impunidad, es probable que hubieran abandonado pinceles y pluma, acuciados por la necesidad.
 Y que, como me decía ese lector airado, hubieran debido dedicarse a otros menesteres para procurarse el sustento.
 No me cabe duda de que, a cambio de haber satisfecho esa demanda de “cultura gratis”, el mundo sería hoy mucho más ignorante, más pobre, más triste y más lerdo.
elpaissemanal@elpais.es

Vencer para los demás....................................Tiene que haber soluciones......¿Por qué no le reconocen su incapacidad de un 33%?

Aziz protagonizó una histórica sentencia de la UE. Su caso forzó un cambio en la ley antidesahucios. Pero nada ha variado para él.

 

Mohamed Aziz, en el portal de su antigua casa, en Martorell, el pasado martes. / Gianluca Battista

Mohamed sube las escaleras que conducen a la que fue su casa durante ocho años
. Lo hace con paso lento, su lesión lumbar y cervical no le permite mayores alegrías. Con gesto adusto, este marroquí alto y fornido, de 53 años, llega hasta la puerta
. Donde antes había una vieja cerradura, ahora hay dos más, mucho más modernas. “Las habrán puesto por si vienen okupas, o algo”, dice frente al que fue su hogar
. La última vez que estuvo aquí fue en febrero de 2011, el día en que le desalojaron junto a su mujer y sus dos hijos, no había vuelto a este lugar desde entonces
. Y todo por cuatro meses sin pagar la cuota de la hipoteca
. Todos sus ahorros, el producto de sus más de 18 años de trabajo en España, volatilizados.
 Sin trabajo, sin casa, sin dinero y con una deuda de 85.000 euros.
 Este exsoldador y extrabajador de la Seat es el hombre que forzó hace apenas un año una histórica sentencia que obligó a modificar el sistema español de desahucios
 . Cuando el pasado 14 de marzo de 2013 el Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictaminó que las normas españolas vulneraban la normativa de protección de derechos de los consumidores, se abrió una puerta a la esperanza para él y miles de desahuciados.
 Pero el cambio legislativo del 14 de mayo, paradojas de la vida, no se le puede aplicar
. La etiqueta color crema con su nombre sigue ahí en el buzón de correo del bloque de viviendas en que habitaba, en la calle de Montserrat en Martorell, a 40 kilómetros de Barcelona: Mohamed Aziz, 1º 4.
Pero su casa ya no le pertenece.
La Ley 1\/2013 de Medidas para Reforzar la Protección a los Deudores Hipotecarios, popularmente conocida como ley antidesahucios, ha otorgado un instrumento a los jueces para paralizar desalojos si observan cláusulas abusivas, s
í. Pero la disposición transitoria primera de la ley impide su aplicación a personas ya desahuciadas. “Antes de la sentencia de Luxemburgo se soñaba con un futuro de daciones en pago, de gente que podría volver a sus casas, que podrían ser indemnizados”, relata Dionisio Moreno, el humilde abogado de Martorell que tuvo la idea de plantear el conflicto de la normativa española con la legislación europea sobre consumidores.
“Hemos perdido una ocasión de arreglar bien las cosas”, dice Moreno, “la ley es como un queso gruyer, una chapuza”.
Juzgados colapsados por demandas, jueces de primera instancia teniendo que atender cuestiones que deberían examinar juzgados mercantiles, deudores que no pueden renegociar condenados a deudas imposibles de pagar en situaciones precarias; el drama está lejos de detenerse.
 El número de entregas de viviendas en los seis primeros meses de 2013 fue de 35.098, según el Banco de España
. En todo el año 2012, la cifra fue de 44.745.
El 2 de mayo, el magistrado del Juzgado Número 3 de Barcelona, José María Fernández-Seijo, el hombre que formuló la cuestión prejudicial ante Luxemburgo, declaraba abusivas las cláusulas del contrato de Aziz. El banco, Catalunya Caixa, presentaba un recurso de apelación ante la Audiencia Provincial de Barcelona.
Y el propio Dionisio Moreno también recurría al estimar que no se ha declarado la nulidad del procedimiento y no se le ha devuelto la casa a su cliente.
 El caso está, por tanto, en el aire, pendiente de fallo. El banco no espera un pronunciamiento antes de octubre de este año, señala una portavoz.
El préstamo hipotecario que Aziz suscribió con Caixa Sabadell para comprar su casa en 2003 fue de 126.000 euros; pagaba cuotas de 860 euros al mes, cuando sus ingresos como soldador eran de 1.340 euros mensuales
. En 2007, cuando quedaban 115.000 euros por pagar, renegoció y lo amplió a 138.000 euros, pagando cuotas de 700 euros
. En 2009, tras cuatro meses consecutivos sin pagar, el banco iniciaba el proceso que condujo a su desahucio.
Quiero que me devuelvan mi casa, ahí está todo lo que ahorré durante muchos años”, dice el exsoldador
Mohamed Aziz es hoy, tres años después de su desalojo, un hombre cansado de un interminable proceso judicial que no acaba de resolverse
.Cobra 426 euros de la Renta Activa de Inserción.
 Tiene a su cargo a su mujer y a dos hijos de 20 y 11 años. Los servicios sociales locales le encontraron una fórmula habitacional: un piso de 55 metros cuadrados que se comía gran parte de sus ingresos, 370 euros al mes hasta que, el pasado mes de junio, la casera le redujo el alquiler a 270 euros.
Una vez pagadas la luz y el agua, cuenta con unos 120 euros para afrontar el mes.
Los libros de texto de su hijo de 11 años los alquila: la beca que solía haber hasta hace dos años para material escolar voló con los recortes
. Para la comida, recurre a la ayuda de instituciones como la Cruz Roja, que distribuyen productos como leche, aceite y azúcar entre los más necesitados.
“Yo me he dejado la carne aquí en España”, dice Mohamed Aziz.
Y se remanga la chaqueta de pana marrón. Aparecen las lesiones de su trabajo como soldador, cicatrices que recorren su mano y su antebrazo
. “Quiero que me devuelvan mi casa, ahí está todo lo que ahorré durante muchos años, que debería ser para mis hijos
. Luego vendrá uno de esos fondos buitre que se queda con tu piso, lo vende y se lleva el dinero a otro país”.
Aziz no puede volver a trabajar.
 Sufre una hernia discal que hace que no pueda estar de pie mucho rato.
Ha pedido dos veces la incapacidad laboral, pero se la han denegado.
 Asegura que tiene un 33% de discapacidad pero que, como no trabaja, ni tiene ingresos, no puede pagarseuna revisión médica para evaluar su estado actual.
En un descampado al que da la terraza del que fue su hogar, con el traqueteo del tren que pasa a escasos 100 metros, Mohamed Aziz lía un cigarrillo.
 “Al final, nada ha cambiado porque somos pobres
. Los que financian a los Gobiernos son los bancos, ¿qué van a hacer los Gobiernos, dar la razón a los pobres?”.

En el dolor más profundo............................ Gregorio Belinchón

Mañana, por 9,95 euros con EL PAÍS, ‘La herida’, ganadora de dos ‘goyas’.

 

Marian Álvarez, en 'La herida'.

Hay un momento de desconcierto del público, de dolor continuo en la pantalla y de su inmediata prolongación al espectador, que empuja a preguntarse: ¿es La heridauna película de director o de actriz? ¿Qué importa más, Fernando Franco, el veterano montador que debuta como director, o Marian Álvarez, la actriz protagonista, que cuenta sus películas a duras penas con los dedos de las dos manos, pero que a cambio tiene premios a la mejor interpretación femenina en festivales como Locarno y San Sebastián?
Ambos.
 Porque Álvarez es una fuerza de la naturaleza poco apreciada por el cine español, que a pesar de Lo mejor de mí, de su fulgurante estallido europeo no ha encontrado más que la televisión para desarrollar su talento
. Y su vez, porque Fernando Franco decidió encomendarse a esa fiereza, no despegar de su cara la cámara, mantenerla en todas las secuencias —La herida está articulada en largos planos secuencias, algo extraño para un montador, aunque a cambio demuestra su olfato como director, sublimando la forma a lo contado—.
 Y a pesar de su humildad y bonhomía, Franco demuestra mucha seguridad y claridad de ideas:
“El plano secuencia me interesa porque me gusta trabajar en tiempo real. Es más flexible con los actores. Como cineasta busco la mejor manera de contar cada historia”.
Es una película tanto de su director como de su actriz protagonista
La herida, que no llega al millón de euros de presupuesto, era el filme más barato de los que competían al Goya a la mejor película.
 Venía de presentarse en San Sebastián donde, además de la Concha de Plata a Álvarez, obtuvo el Gran Premio del Jurado, y donde logró un recibimiento muy positivo con su retrato del día a día de una chica aquejada de un trastorno límite de personalidad, aunque ella lo desconozca.
“Queríamos que el público atravesara ese vaivén emocional, y la medida emocional es su rostro”, asegura su director como explicación a esa apuesta visual.
 “Me planteé hacer un documental sobre el tema, y contacté con mucha gente: todo se ha filtrado en la historia.
Sin embargo, descubrí que ante la cámara los afectados acentuaban el trastorno, y creí que sería mejor la ficción. ¿Influencias que puedan verse en La herida?
 Los Dardenne, por supuesto, pero también Lodge Kerrigan, el cine de retrato psicológico…
Pensé mucho en el cinéma vérité”.
  Y en cuanto a que en ningún momento se menciona la enfermedad en la pantalla, el realizador sevillano, Goya con La herida a la mejor dirección debutante, asegura:
 “Optamos por no nombrar el trastorno.
Al amarrar el punto de vista de forma tan radical con Marian, no hay flash-backs ni voz en off, no hay ciencia ni subrayado.
 Sencillamente primo el rigor en la construcción del punto de vista”.
La herida es soberbia, compleja, atrevida, es un ejemplo de lo que algunos llaman el nuevo cine español, que tiene pocas oportunidades en cartelera y sí amplia repercusión en festivales de todo el mundo.
Es también una reflexión —puede que inconsciente— sobre la sociedad actual y desde luego se llevó dos goyas merecidísimos para su pareja creadora, Franco y Álvarez.

 

22 feb 2014

Amy Tan no perdona

La escritora indaga en el pasado de su abuela china en el libro 'El valle del asombro'

¿Se puede perdonar el abandono de una madre? Traición y desencuentros recorren la novela

.
Amy Tan. / Rick Smolan / Against All Odds Productions
Tuve un novio que mi madre no soportaba. Como no cortaba con él, cogió un cuchillo y me lo puso en la garganta”

Reír y llorar

José Luis de Juan
Sostenía Wilkie Collins que al lector se le atrapa haciéndole reír, haciéndole esperar y, en el momento oportuno, haciéndole llorar.
Pues bien, Amy Tan sigue a su manera los consejos victorianos que cimentaron la multitudinaria estima de Dickens, el amigo de Collins.
 La autora de El club de la buena estrella construye en El valle del asombro no tanto un valle de risas y lágrimas (recordemos el filme de John Ford Qué verde era mi valle) como un brillante escenario de vívidos y curiosos detalles en el que los destinos se enlazan a una cadena formada por eslabones de amor y sufrimiento, de resistencia y entrega
. Los personajes estelares de esta novela son mujeres duras en desigual lucha contra un mundo de hombres débiles que esconden su constitucional fragilidad tras la violencia viril y el sometimiento femenino
. Violeta narra su infancia en una refinada casa de cortesanas de Shanghái de la cual su madre americana, Lucía, era la madame.
Lucía llegó a la ciudad híbrida persiguiendo a un pintor chino del que estaba enamorada, el cual le arrebataría su segundo hijo antes de perderse en la maraña familiar de honor y xenofobia.
 Violeta crece entre “flores” con nombres como Nube Mágica y Paloma Dorada, y busca a su padre en todos los hombres, mientras no se siente querida por su madre.
Y ella la perderá a causa del indeseable Fairweather, que la engaña haciéndola creer que su hija se encuentra a bordo del barco que la lleva a San Francisco
. Entonces empieza el calvario de Violeta en una ciudad que ya empieza a no ser segura. Sigue los pasos de Lucía y es instruida con ahínco chino en las artes de la seducción, que incluyen desde el recitado de poemas y el tañido de la cítara hasta el mínimo gesto erótico.
 “Algunos de mis clientes alcanzaron el paroxismo del placer solamente con la vista”, le dice Calabaza Mágica, su mentora
. Ella la enseña “a dominar la expresión de la tragedia”, que será su especialidad en el arte como en la vida. Sin embargo, igual que Lucía, Violeta busca el amor “auténtico”, que dure más allá de unos meses. Y lo encuentra en brazos de Edward, de quien tendrá una niña, Flora, que perderá igual que su madre la perdió a ella.
La peripecia cervantina de Violeta incluye a un falso poeta que la atrae a un sórdido concubinato en el Estanque de la Luna, otro escenario vacío de los sentimientos sublimes, pues El valle del asombro solo es una burda copia de un paisaje clásico que pintó su desconocido padre, Lu Shing, cuadro en el que la joven Lucía creyó ver “un lugar donde vivir”
. A estas enjundiosas alturas del relato ya hemos tenido algunas risas, debidas a los enredos sexuales de las concubinas entre partidas de mahjong, y entonces llega la espera, por obra de Lucía, que describe el pene de su primer amante como “un roedor ciego y lampiño en busca de una teta llena de leche”. La antigua madame vuelve a 1897, cuando rompió con la familia y se fue al Lejano Oriente. Amy Tan regresa, en esta novela que evoca Memorias de una geisha, a sus temas habituales: la aguda, para ella irresoluble disparidad entre la cultura china y la idiosincrasia americana; las tensiones geológicas entre madres e hijas; el misterio del amor y el aprendizaje del abandono.
Y lo hace recurriendo a largos monólogos laberínticos en los que el lector a veces se confunde, aunque nunca pierda la emoción, pues Tan tañe con su afinada cítara narrativa las fibras que nos conmueven y nos interrogan hasta el final, lo cual no deja de ser una hazaña.
El valle del asombro. Amy Tan. Traducción de Claudia Conde. Planeta. Barcelona, 2014. 677 páginas. 22,50 euros (electrónico: 12,99)