Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

26 ene 2014

Bajo La Luz Quemada

Bajo la luz quemada...

Bajo la luz quemada,
tienen frío los ojos con que buscas
estas horas de octubre
y su jardín manchado de ginebra,
hojas secas, silencios
que de nosotros hablan al caerse.

Porque si ya no existe,
aunque nadie se ocupe de sus solemnidades,
hay noches en que llega la verdad,
ese huésped incómodo,
para dejarnos sucios, vacíos, sin tabaco,
como en un restaurante de sillas boca arriba
ya punto de cerrar.
                                        -Nos están esperando.

Nada sé contestarte,
sólo que soy consciente de mi propia ironía,
porque el hombre es un lobo también consigo mismo
                                         -Nos están esperando.

Negras y en alto, buitres silenciosos,
nos esperan las nubes en la calle.

Luis García Montero

¿Realmente Nicol Kidman puede "hacer" de Grace Kelly?



Las historias de la Historia

Las disputas en torno a las identidades españolas y la frontera entre verdad y ficción en los discursos de legitimación política alimentan varios libros que iluminan los debates del presente.


'Defensa del Parque de Artillería de Monteleón' (1884), obra de Joaquín Sorolla.
Una de las preguntas que le hace a José Álvarez Junco la historiadora Paloma Aguilar en una larga entrevista que forma parte de un reciente libro de homenaje al autor de Mater dolorosa es la siguiente: “¿Cómo resuelves el dilema entre lo que Jon Elster llamó el ‘cemento de la sociedad’, lo que hace que las sociedades se mantengan cohesionadas y no entren en conflicto permanente, y la necesidad de impedir la creación de mitología nacional que distorsione la historia y demonice al otro?”. En la pregunta quedan bien definidos los dos polos en torno a los que bascula el concepto de nación, el “cemento” y los “mitos”, y queda anunciado que en la elaboración de ese discurso tienen un papel no menor los historiadores.
“¿Puedo simplificar un poco?”, pregunta Álvarez Junco. “Si la nación fuera un niño, sería imprescindible que reforzáramos su identidad (qué nombre tiene, cuál es su familia, a qué país pertenece…) y también su autoestima: por ser como eres, no puedes ir por ahí con la cabeza baja. Esto es evidente, pero eso no significa que haya que ponerse pesado. Tienes una identidad, sí, pero luego están los otros. El nacionalismo desempeña un papel necesario, de integración y legitimación política, ayuda a reforzar los lazos comunes que existen en un colectivo donde todos son distintos. Pero corre una serie de peligros que no hay que olvidar, como el de cerrarte a cuanto ocurre fuera y convertirte en un ignorante, sin horizontes, siempre complaciente con lo propio y reacio a lo ajeno”. Pueblo y nación. Homenaje a José Álvarez Junco lo han coordinado Javier Moreno Luzón y Fernando del Rey, y reúne diferentes aproximaciones al trabajo de un historiador que ha abordado, y siempre con maestría, algunos fenómenos esenciales de la historia española: el anarquismo, el populismo, el nacionalismo y la relación entre visión del pasado y construcción de identidad.
Santos Juliá, en uno de los textos del libro, subraya la capacidad de Álvarez Junco para reconstruir toda la complejidad del pasado y destaca su habilidad para fulminar los mitos y leyendas que parecen ser el único camino posible para tratar con la historia. “El mito no se estudia, se cree y se celebra”, escribe Juliá, “y en la creencia colectiva y en la celebración ritual encuentra la comunidad su razón de ser, su orden, la base de continuidad en el tiempo, su camino de salvación”. “Vuelvo a lo más sencillo”, insiste Álvarez Junco, “la función del historiador es la de intentar comprender y explicar el pasado de la manera más objetiva posible. De forma científica. Por eso hay que volver una y otra vez sobre lo que se ha estudiado porque todo cambia. España cambia y cambia la manera de contar lo que ha ocurrido. Toda explicación es relativa y pasajera. Y tiene inevitablemente un mensaje moral implícito. Es importante ser conscientes de esto y saber también que, por mucho que hagas, los políticos (el poder) van a utilizar tu trabajo en función de sus intereses”.
José Álvarez Junco
ha abordado, siempre con maestría, algunos fenómenos esenciales de la historia española
En La invención del pasado, Miguel-Anxo Murado se ha propuesto entrar en el interior del laboratorio donde se hace la historia para contar cómo se fabrica el pasado y cuánto tiene de verdad. “La historia es como la ceniza de un incendio”, escribe. “No es el incendio, ni siquiera un resto del fuego, sino tan solo un vestigio de los efectos del incendio. El viento sopla constantemente, dispersándola”. ¿Qué hacer, entonces, con algo tan volátil como esas cenizas, cómo atraparlas y organizar un relato coherente?
“La historia no es simplemente la recuperación del pasado”, contesta Murado por correo electrónico, “lo cual, en sentido estricto, es imposible, porque ya no existe; es más bien el esfuerzo por darle un sentido a lo que nos queda de él, que son solo un número limitado de vestigios. Puesto que somos nosotros quienes le damos el sentido, la historia es en gran parte una proyección del presente, una especie de metáfora de nuestro propio tiempo”.
¿Cuándo ha tenido el poder político mayor influencia en la construcción de la historia de España? “Bueno, en España han escrito la historia desde un rey —Alfonso X— hasta un presidente de Gobierno —Cánovas del Castillo—. Comparado con eso, el historiador nunca ha estado más lejos del poder que hoy en día. Lo que ocurre es que cuando leemos una historia que no nos gusta tendemos a considerarla siempre fruto de la manipulación interesada. Subestimamos la fuerza evocadora que tiene el discurso histórico, yo me atrevería a decir que casi mágica, y que hace que tanto unos como otros crean sinceramente en lo que dicen. El poder apoya el tipo de historia que le interesa, sin duda, pero eso no bastaría si la gente no quisiera creerla. La única cura para el fanatismo que inspira la historia es preventiva: no darle tanta importancia”.
“Como decía Froude, un historiador del siglo XIX”, escribe Murado en su libro, “la historia es como una imprentilla infantil en la que uno puede elegir las letras que quiere y ordenarlas en la forma que quiere para que digan lo que a él le apetece”. Es posible, pues, que en ese particular taller se crearan los relatos más disparatados para celebrar las hazañas de un rey o para dar sentido a un proyecto de futuro, quién sabe, ese destino en lo universal que aireaba el franquismo. ¿Cuáles han sido los mitos más disparatados que se han colado en la historia de España? “Yo no los llamaría ‘mitos disparatados’ porque creo que los mitos históricos cumplen siempre una función, lo interesante es detectarlos y tratar de explicar cuál”, explica Miguel-Anxo Murado. “Hoy nos puede resultar disparatado que en el pasado los españoles se creyesen descendientes de la familia de Noé. Pero eso era fruto de la necesidad psicológica de enlazar su historia con la Biblia de un pueblo para el que el cristianismo era la base de su identidad. Hoy hacemos algo parecido cuando, desde la historiografía que sea, elegimos arbitrariamente hechos históricos para convertirlos en nuestros orígenes o seleccionamos aquellos que nos proporcionan una sensación de continuidad y conexión con el pasado”.
De esos hechos históricos que han servido para darle sentido y continuidad a la nación española se ocupa un voluminoso libro recientemente publicado. Hace unos seis años, los historiadores Antonio Morales Moya, Juan Pablo Fusi y Andrés de Blas se plantearon el desafío de realizar una suerte de estado de la cuestión de lo que es la Historia de la nación y del nacionalismo español. El libro tiene más de 1.500 páginas, han participado 48 especialistas y es un viaje por las historias, y lógicamente por los mitos, que han terminado por hacer de España lo que es.
“Antes de que surgiera la propia idea de nación, existían elementos que le daban cohesión a ese colectivo que sería después, hablando con más propiedad, la nación española”, explica Andrés de Blas. “Desde la época de los Reyes Católicos se impulsaron ya distintas estrategias para dar cohesión a esa comunidad nacional que, más adelante, seguiría reconociéndose como tal durante la monarquía de los Austria. El reformismo ilustrado del siglo XVIII reforzó las soldaduras de ese colectivo a través de una serie de discursos patrióticos que luego heredarían los diputados de las Cortes de Cádiz. Es ahí donde verdaderamente se puede hablar de revolución, y de un proyecto de modernización de este país. Los liberales son conscientes de que no pueden legitimar el nuevo Estado con los viejos expedientes: el catolicismo, la monarquía y las tradiciones. Y por eso empiezan a hablar de una comunidad de ciudadanos que defiende un orden de derechos y libertades. El acento se desplaza a la ciudadanía y a su Constitución, han dejado de servir los viejos señores”.
No hay referencia alguna a los asuntos de los nacionalismos periféricos en el volumen. La protagonista exclusiva es la nación española. Desde muy pronto se da noticia de sus mitos, con el texto de Álvarez Junco que abre el libro, así que tampoco hay que alarmarse: no se trata de ninguna casposa reivindicación de esas esencias patrioteras todavía tan queridas por una parte de los españoles. Los cronistas que narraron, casi dos siglos más tarde, el primer enfrentamiento bélico con los musulmanes recurrieron, cuenta Álvarez Junco en su trabajo, “a los modelos narrativos bíblicos y a los de la Antigüedad clásica”. Hay una leyenda que se refiere a las guerras médicas: en el año 480 antes de Cristo, las huestes de Jerjes fueron poco a poco aplastando las ciudades griegas hasta llegar al santuario de Apolo en la montaña de Delfos. No había allí más que un puñado de aguerridos defensores frente a los fieros persas, pero el dios terminó por intervenir. Lanzó rayos y cayeron peñascos, y los temidos enemigos empezaron a matarse unos a otros en plena confusión. Los supervivientes huyeron, y no tardarían en perecer por un fuerte temblor de tierra y el desbordamiento de un río: el puñado de griegos de Delfos había triunfado. “El relato de Covadonga reproducía este esquema casi al pie de la letra”, escribe Álvarez Junco.

“El franquismo colonizó la idea de España, se la apropió, y eso produce una enorme distorsión”, dice Javier Moreno Luzón.
Los viejos héroes de Iberia e Hispania, las peripecias del país durante la Edad Media, los reinos que conviven en el siglo XV, el concepto de España que se arma durante el XVI y el XVII, y las últimas iniciativas anteriores a la primera Constitución: así arranca esta propuesta, que luego explora con toda minuciosidad las formas del nacionalismo español durante el siglo XIX, la España de comienzos de la centuria pasada (hasta el estallido de la guerra) y la que vino después, y que se cierra con dos grandes capítulos que analizan este país desde su periferia y desde el exterior.
“El orden liberal marca los derroteros de España desde 1812 hasta 1923, cuando triunfa la dictadura de Primo de Rivera”, comenta Andrés de Blas. “Desde la Constitución de 1837, que define un orden liberal, urbano y burgués y que establece el marco para la modernización económico-social del país, las líneas de continuidad son evidentes, por mucho que se escoren, a veces hacia la izquierda (en 1869), a veces hacia la derecha (en 1845 y 1876). Al otro lado, como factores de resistencia, solo están el carlismo, y su defensa de los valores tradicionales, y algunas asonadas militares”. Poco a poco surgirán esos ruidos que irán haciendo mella en el proceso. Los nacionalismos periféricos se fueron constituyendo en el País Vasco y Cataluña a lo largo de la segunda mitad del XIX, y se instalaron con más fuerza al empezar el siglo XX. Y luego está la impotencia del régimen de la Restauración, incapaz de acomodar en su seno a las nuevas fuerzas, ya fueran esos nacionalismos periféricos, la clase obrera o los partidos reformistas.
En un libro publicado en 1983 sobre los orígenes y el desarrollo del nacionalismo, el historiador Benedict Anderson “contemplaba las naciones como artefactos culturales modernos que surgen en un momento concreto, se transforman y adquieren, en determinadas circunstancias, una fuerza extraordinaria”. Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas recogen la cita en la introducción que abre Ser españoles, un libro colectivo que busca profundizar en los imaginarios nacionalistas que han echado raíces en este país a lo largo de la pasada centuria. No permanece inmutable siempre la misma versión de las cosas, la cultura “no consiste en un todo armonioso y coherente, sino que sus contenidos se negocian y se disputan entre sectores enfrentados en la esfera pública”, escriben Moreno Luzón y Núñez Seixas. De ahí surge el proyecto, del afán de revisar esas disputas, y no tiene que ver para nada con reivindicación alguna de las esencias patrias, sino que quiere, más bien, dar cuenta de “las vicisitudes” por las que ha pasado una identidad: qué ha sido eso de ser españoles a lo largo del siglo XX. Los mitos, los símbolos de España, el lugar que ocupó la República, el papel de la religión o de la lengua o las lenguas, los toros, el deporte, el turismo o el cine, los mapas, la influencia de la capital, América y la fiesta del 12 de octubre, la proyección africana, la música, la situación de la mujer respecto a su identidad…, en fin, la monarquía.
“Es muy importante subrayar que el franquismo colonizó la idea de España, se la apropió, y eso produce una enorme distorsión”, dice Javier Moreno Luzón. “Toda la oposición a la dictadura, tanto la de izquierdas como los nacionalismos, identificaron así a España con el franquismo, y no querían ni oír hablar de sus relatos, ni de sus símbolos. De lo que se trataba, por tanto, era de construir una nueva identidad nacional, donde todos tuvieran sitio. La monarquía representa un papel esencial en la construcción de esa nueva identidad, democrática y constitucional. Sea como sea, la proyección de lo que fuera esta nueva España tuvo un perfil bajo en los primeros años de la Transición. Solo tras el golpe del 23 de febrero se fue imponiendo la idea de que no se podía dejar España y sus símbolos en manos de la extrema derecha”.
“Un momento clave fue 1992”, subraya Moreno Luzón: “Se aprovecharon dos grandes eventos, los Juegos Olímpicos que se organizaron en Barcelona y la Expo de Sevilla, para reelaborar los símbolos tradicionales, quitándoles el moho asociado a su viejo esencialismo para proyectarlos hacia el futuro. Juan Carlos I se había presentado ya como el piloto del cambio y el defensor de la democracia contra sus enemigos en el 23-F.
 Y aquel año se reinventaron los vínculos con América, 500 años después de la conquista, disolviendo cuanto tuviera que ver con las atrocidades que se cometieron durante la conquista para reforzar la idea de una comunidad de iguales, donde el papel de España fuera el de servir de puente entre aquella América lejana y una Europa cada vez más próxima. Fue entonces cuando empezaron las cumbres iberoamericanas…”.
La cuestión de las identidades está, sin embargo, siempre sometida a disputas.
Y es verdad que hubo un tiempo en que las aristas más conflictivas entre los nacionalismos periféricos y el español quedaron eclipsadas por un proyecto de futuro.
En los Juegos Olímpicos convivieron la bandera española y la senyera, no había grandes conflictos. “Fue con la llegada de Aznar al poder cuando se produjo un reforzamiento del nacionalismo español”, observa Moreno Luzón. “Reformuló la celebración del 12 de octubre e impulsó la enseñanza de la historia de España. De regreso de un viaje a México, e impresionado por la enorme bandera que se desplegaba en el zócalo del Distrito Federal, decidió hacer algo semejante aquí y se izó aquella inmensa enseña en la plaza de Colón de Madrid. Era un viraje que no iba a gustar mucho ni a los nacionalismos periféricos ni a las fuerzas de izquierda. No hay que olvidar que es en las manifestaciones contra la gestión del desastre del Prestige y contra la guerra de Irak cuando vuelven a verse en las calles numerosas banderas republicanas. Y por el lado nacionalista se acentuaron dinámicas propias: la reacción condujo en el País Vasco al plan Ibarretxe, y en Cataluña al proyecto de modificar el Estatut”. Las viejas inquinas en torno a los rasgos identitarios de España y de sus nacionalidades volvieron, así, a primer plano. Y en esas andamos.

 

Todos podemos ser felices

La depresión es un trastorno que impide el funcionamiento diario; la tristeza es otra cosa

Disfrutar de la vida depende de valorar lo realmente importante y evitar recrearse en lo negativo.

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Ilustración de João Fazenda

“¿Por qué estás triste?”. “No lo sé, no sé qué me pasa, tengo una pena encima todo el día. Miro a mi alrededor y debería ser feliz, porque lo tengo todo: una casa bonita, una pareja que me quiere, unos hijos sanos, tengo amigos, pero no consigo disfrutar de la vida”.
La tristeza no siempre lleva a una depresión
. Eso son palabras mayores que se refieren a un trastorno psicológico que impide el funcionamiento cotidiano.
 Hasta lo más sencillo, como arreglarse, cocinar y comer de forma equilibrada, se convierte en un mundo.
 La depresión afecta a su vida personal, familiar, laboral y social
. El futuro se contempla como un lugar desolador, y algunos afectados pierden hasta las ganas de vivir. La persona con depresión suele requerir tratamiento farmacológico y psicológico.
La felicidad generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días”
Benjamin Franklin
Pero ¿y la tristeza, esa pérdida de ilusión, la sensación de vivir a medias, esa dificultad para sentir placer? Afecta a muchísima gente
. No llega a incapacitar, pero sí los sumerge en una vida gris, pobre en emociones, en la que el tiempo pasa sin dejar huella.
¿Por qué hay personas que disfrutan de la vida y otras que no? Aquí tiene algunas claves, que además dependen de usted.
Tener otro ritmo de vida. Huya de la “prontomanía”.
Es la obsesión por contestar a todo de forma inmediata, pronto, ya, como si el mundo se fuera a acabar en los próximos segundos
. Las nuevas tecnologías le están quitando los mismos minutos que cree que adelanta dando respuesta a todo ipso facto
. Frene, pare. Usted y su entorno han decidido que son urgentes tareas que no lo son. Reeduque a sus compañeros de trabajo, amigos y familia.
Pasar de la fantasía a la acción. En mis conferencias suelo preguntar a los asistentes: ¿si pudiera elegir ahora con su varita mágica otra vida en la que no fuera profesionalmente quien es, a qué le gustaría dedicarse? Nadie contesta “ser millonario”.
 La mayoría de las respuestas están relacionadas con actividades o formación a la que uno puede acceder cuando quiera: “sería cocinero, fotógrafa, músico, daría la vuelta al mundo en bicicleta, escribiría un libro…”. Casi todo tiene que ver con la parte más creativa de las personas y con nuestra capacidad para expresar nuestro talento. Son profesiones, pero pueden ser hobbies.
 ¿Por qué no organiza su agenda y busca tiempo para apuntarse a un curso de cocina, o de fotografía, o para hacer más deporte? Igual debería establecerlo como una prioridad.
 Le hará más feliz que cualquier antidepresivo.

Para conectarnos

Ilustración de João Fazenda
PELÍCULA
‘En busca de la felicidad’,
dirigida por Gabriele Muccino y protagonizada por Will Smith
MÚSICA
‘Color esperanza’, de Diego Torres
LIBRO
‘El guerrero pacífico’, de Dan Millaman
(Books4Pocket)
Busque el placer con los amigos y familia, y disfrute de la vida social.
 Un estudio del investigador y profesor en psicología Richard Wiseman demostró que somos más felices con las experiencias que vivimos con amigos y los viajes que hacemos que con cualquier objeto material que compramos
. Nos da felicidad los momentos que compartimos, las risas, y lo recordamos siempre como un placer, mientras que el valor de lo que compramos se olvida rápidamente
. Invierta tiempo en experiencias, le será más gratificante que lo que gasta en comprar ropa, zapatos o relojes.
No deje para la jubilación todo lo que tiene pendiente: leer, aprender a dibujar o bailes de salón. Las personas se preocupan tanto por el futuro que dejan de vivir y ser felices en el presente
. Ser responsable con las obligaciones es genial, pero tener la agonía de que nunca puede estar tranquilo es un sinvivir. La vida tiene tanto de incertidumbre que es imposible mantenerlo todo bajo control.
 Disfrute de lo que la vida le ofrece con las personas que quiere. Ahora, aquí y en este momento.
Bese, toque, achuche, busque el calor.
El afecto y el amor son grandes fuentes de bienestar. A las personas les gusta sentirse queridas, y las muestras de afecto son la prueba más sincera y directa de amor.
 Toque incluso a la gente más lejana, mire con cariño a quien le atiende en una cafetería, verá cómo recibe enseguida una respuesta recíproca.
 El afecto se siembra.
Esperar cosas buenas de la vida. Significa tener esperanza. ¿Hasta ahora ha tenido éxito en su vida cuando se ha dedicado a anticipar las desgracias? No, rotundo.
 Pensar que va a tener suerte y creer que su momento le espera a la vuelta de la esquina le permite implicarse con más esfuerzo y dedicación en sus proyectos.
Y lo hará porque espera obtener un resultado.
 Pero si piensa que la vida no le depara nada bueno, bajará los brazos y no se esforzará. La esperanza es una fuente de motivación, le empuja para darlo todo.
 Es la profecía autocumplida. Espere también cosas buenas de las personas, “bieninterprete” las intenciones y comentarios que reciba.
Cambiar el foco de atención. ¿En qué está pensando, en lo que tiene o en lo que le falta? Las personas felices lo son no porque tengan más que los demás, sino porque centran la atención en lo importante.
Dé otro valor a lo que siente. Las emociones son buenas todas, incluso las que cree que le hacen daño. Se necesita el miedo, la ansiedad y la tristeza.
 Son termómetros
. El miedo y el estrés le advierten de que existen amenazas, y su tristeza, de que algo va mal.
 Pero el termómetro solo es el pistoletazo de salida, no un aviso para que nos recreemos en lo mal que nos encontramos
. Deje el victimismo de lado, le hace débil y no le permite reaccionar.
 Sus emociones son el aviso de que tiene que reaccionar. Si la amenaza es verdadera, luche, corra, y si lo está pasando mal, actúe e introduzca un cambio en su vida.
 Si espera que las circunstancias cambien para empezar a dar pasos, igual se queda sentado toda la vida.
 Y no exagere lo que siente, no le da más valor del que tiene.
 Si decide dedicarle toda su atención, sentirá las emociones más intensas de lo que son.
 Deje la hipervigilancia para otros temas y busque algo que le cambie el estado de ánimo: la música, una charla con amigos, pasear, maquillarse y un largo etcétera.
Compararse. Siempre hemos dicho que uno es como es y que no debe compararse con nadie.
Pero a veces las personas se vuelven el ombligo del mundo y pierden la perspectiva de lo afortunadas que son en la vida.
 Solo se miden con su estado de bienestar anterior o con quienes tienen más suerte o están mejor posicionadas.
 Rara vez se comparan con quien sufre, con quien tiene dificultades o con quien no tiene trabajo o menos recursos económicos
. Sea empático, póngase en ese lugar, verá cómo su vida no es tan miserable
. Y si fuera capaz de echar una mano a personas más desfavorecidas, comprobaría cómo recupera la ilusión por detalles de su propia existencia a los que ahora no da ningún valor.
Tanto si cree que puede como si no, tiene razón” Henry Ford
Convénzase de que merece ser feliz. ¿Por qué tiene esa idea absurda de que en esta vida estamos para sufrir? Estamos para disfrutar y para sacarle todo el jugo que se pueda.
 Hay personas a quienes les da miedo ser felices
. Tienen la creencia completamente irracional que relaciona este sentimiento con sentirse culpables y atraer las desgracias.
 Un pensamiento del tipo “estoy tan feliz que algo malo tiene que llegar”. Estas ideas les llevan a frenar su estado de bienestar, por miedo a tentar a la mala suerte y que se pongan enfermos o se muera alguien o pierdan el trabajo
. No hay una relación directa entre disfrute y que vengan mal dadas.
 Lo cierto es que la vida trae buenos y malos momentos, no siempre controlables por nosotros. Así que es normal encontrarse con piedras y dificultades en el camino, pero no son la consecuencia de que seamos felices, sino de que se tienen que vivir y nos pasan a todos, vienen en el reparto de la vida.
 Hay que buscar y provocar nuestros estados de paz y felicidad personales.
La felicidad no se compra, sino que se deleita en cada momento de nuestra vida.
Deje de invertir en cosas y hágalo en tiempo, risas, cenas, una buena copa de vino, disfrutar de la amistad, de un café, de una llamada de teléfono relajada, de un paseo, de los detalles que se le escapan buscando la felicidad en el mapa del tesoro.
 Claro que podría estar mejor de lo que está, usted, su vecino y yo también
. Pero pensar en ello le limita. Disfrute lo que tiene y no deje de esforzarse para seguir viviendo experiencias.